Cuando el abismo separa

Nicholas Evans · Capítulo 1 de 1 · parte 2/16

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Cuando el abismo separa

Agradecimientos .......................................................................... 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.

Sarah vio que estaba haciendo un dibujo preciso en tinta negra de un antiguo palazzo. Había trozos de estuco que se estaban desmoronando y recargadas volutas en las ventanas. Estaba dibujando hasta el más mínimo detalle; tal vez los recordaba de memoria o quizá simplemente se los estaba inventando. Fuese lo que fuera, se trataba de una obra impresionante. Una vez más la sorprendió mirándolo y le enseñó

gentilmente lo que estaba haciendo. Empezaron a hablar. En un inglés enérgico, aunque defectuoso, le dijo que era de Roma y que iba a Venecia cada primavera a visitar a una tía anciana. El edificio del dibujo era su casa.

—Debe de ser una mujer muy distinguida —dijo Sarah.

—Hago que la casa pareza mucho más distinguida de lo que realmente es. A ella le gusta.

—Dibujas muy bien.

—Gracias, pero soy demasiado técnico. Soy estudiante de...

architettura.

—Arquitectura. Mi marido era arquitecto.

—Ah. ¿Ya no lo es?

—No, quiero decir que es arquitecto. Pero ya no es mi marido. Cuando llegaron a Torcello, caminaron juntos por un sendero que avanzaba serpenteando desde el muelle hasta la antigua iglesia de Santa Fosca. El sol de los primeros días de primavera despedía un calor agradable y se reflejaba intensamente en el cemento blanco. Sarah se quitó el jersey y se lo ató alrededor de las caderas como una adolescente. Llevaba una camiseta rosa sin mangas y una falda blanca de lino.

El joven dijo que había ido hasta allí solo para dibujar el famoso campanario de Torcello. Parecía saber un montón de cosas sobre la historia de la isla. Dijo que había sido colonizada en el siglo V, mucho antes que Venecia. Antiguamente había sido un lugar próspero, con una población de veinte mil habitantes. Pero la malaria había

ahuyentado a la gente, y la mayoría de los edificios se habían convertido en ruinas y habían desaparecido. Por entonces solo vivían allí unas cuantas docenas de personas. En el exterior de la iglesia, le mostró el trono de piedra toscamente tallado que al parecer había pertenecido a Atila el Huno.

—¿Crees que de verdad se sentó aquí? —preguntó ella.

—No por mucho tiempo. No parece muy cómodo.

—A lo mejor por eso era tan cruel.

Entraron en la iglesia. El interior era fresco y oscuro, y se respiraba un silencio reverencial. Permanecieron un largo rato contemplando con asombro un mosaico dorado de la Madonna y el niño. El joven le susurró que en su opinión era lo más hermoso que se podía ver en toda Venecia, a excepción quizá de la Scuola Grande di San Rocco. Le preguntó si la había visitado, y al ver que ella contestaba que no, se ofreció a enseñársela al día siguiente. Halagada y entretenida por la atención que le prestaba aquel hombre atractivo y algo tímido que, con su piel y sus dientes perfectos y sus ojos marrón claro, era lo bastante joven para ser su hijo, aceptó la oferta.

Concertaron una cita. Sarah se separó de él cuando el joven se preparaba para dibujar el campanario, y no se dijeron sus nombres hasta el momento de estrecharse las manos. Él se llamaba Angelo, un nombre muy apropiado.

Y ahora estaba allí, esperando como una tonta, según lo acordado, en el exterior de la Scuola Grande o como quiera que se llamara aquel condenado

sitio, siendo objeto de las risitas de un grupo de colegialas que probablemente, dado que estaba fumando y esforzándose por parecer elegante con sus gafas de sol y su breve vestido azul marino de Armani, la habían tomado por una fulana anticuada. Volvió a consultar el reloj. Le había dado veintidós minutos (los dos minutos de más eran un patético desafío a su marido) y ya era suficiente. Aplastó el cigarrillo con la suela del zapato, sacó la lengua a la más insolente de las colegialas y se marchó resueltamente. Tres minutos más tarde, oyó que alguien gritaba su nombre y al mirar atrás vio que Angelo se acercaba corriendo por el puente que ella acababa de cruzar. Esperó a que la alcanzara y le dedicó la más sofisticada de sus sonrisas. Entre jadeos, el joven le explicó que su tía había enfermado esa misma mañana. «Pobrecillo —pensó

Sarah—, se le podría haber ocurrido algo mejor». Pero parecía tan sinceramente arrepentido y afligido por haberla hecho esperar que decidió perdonarle sin más. De acuerdo, era una facilona, pero qué demonios. Él era una compañía mucho más agradable que la de las viudas alegres, quienes de todas formas posiblemente la consideraban demasiado presumida.

La Scuola Grande estaba repleta de Tintorettos. La sala superior era enorme y oscura, y se hallaba suntuosamente equipada con muebles de terciopelo rojo y madera de nogal pulida que relucía a la luz de las lámparas de las paredes. Tal vez hubiera allí cincuenta o sesenta personas, incluidas las colegialas que también habían entrado, contemplando en silencio las pinturas que adornaban las paredes y el techo. Los cuadros estaban tenuemente iluminados, y Sarah tuvo que ponerse las gafas para distinguir los motivos religiosos que aparecían representados. Angelo era un guía diligente y bien informado, como había demostrado el día anterior en la isla. Le susurró que aquel lugar había sido construido a principios del siglo XVI y que estaba dedicado a san Rocco, el patrón de las enfermedades contagiosas, con la vana esperanza de que salvara la ciudad de la epidemia. Tintoretto, según explicó Angelo, había pasado casi un cuarto de siglo decorándola. Era el tipo de información que se podía saquear fácilmente de cualquier guía, y a Sarah se le ocurrió la cruel idea de que el joven tal vez acostumbraba a escoger a mujeres turistas de cierta edad.

Se quedaron un largo rato contemplando La crucifixión, el cuadro más famoso de Tintoretto, que se hallaba en una pequeña sala contigua. Sarah nunca había sabido qué pensar sobre la religión. Su madre era una católica

no practicante y su padre un ateo no practicante que ahora, a sus setenta años, oscilaba entre el agnosticismo y una esfera todavía amorfa de creencia. Benjamin siempre había censurado cualquier forma de creencia religiosa como una excusa conveniente para no tener que pensar. Y

aunque Sarah era menos vehemente en su escepticismo, su actitud respecto a aquel tema —y tantos otros— se había visto contagiada por la de él. De modo que, una vez más, el hecho de dejarse emocionar tanto por el cuadro quizá fuera un intento vano y semiinconsciente de librarse del influjo de su ex marido, de distinguirse como una persona con una mentalidad independiente. La obra era una vorágine de sufrimiento y belleza en la que cada grupo de personajes se hallaba sumido en su propio drama. Y el Cristo clavado, dotado de alas y coronado de luz contra el cielo pétreo, mirando desde la cruz a sus verdugos, irradiaba tal serenidad que Sarah se sorprendió embargada de una confusa e indescriptible nostalgia.

Tras sus gafas, sus ojos empezaron a inundarse de lágrimas, pero logró contener el llanto. Sin embargo, estaba segura de que el joven que se hallaba a su lado se había dado cuenta. Estaba diciendo algo sobre la costumbre de Tintoretto de incluir un autorretrato en sus cuadros, pero se interrumpió y se apartó unos pasos para estudiar otro cuadro. Sarah lo agradeció. Si la hubiera tocado para consolarla, sin duda habría perdido el control y habría empezado a sollozar. Y ya había llorado bastante durante los últimos años. Le desconcertó, incluso le enfureció un tanto, que un simple cuadro pudiera provocarle una emoción tan extrema, y echó mano de la ira para reprenderse y serenarse.

Fue un alivio volver a ver la luz del sol. Recorrieron el camino sinuoso hasta el Gran Canal justo a tiempo para tomar un vaporetto que llevaba al puente de Rialto, donde según Angelo había un pequeño restaurante en el que servían buena comida. Le dijo que allí iban los venecianos, no los turistas. Resultó ser un sitio modesto, situado en mitad de un angosto callejón. Unos camareros vestidos de blanco, que Sarah encontró extrañamente pequeños, corrían entre las mesas con bandejas llenas de marisco fresco y pasta humeante. El que les tomó nota a ellos lo hizo con una educación llena de sequedad.

Sarah le dijo a Angelo que escogiera por ella, pues prácticamente comía de todo. Él pidió una ensalada de tomate dulce, albahaca y mozzarella de búfala y luego un pescado blanco asado a la parrilla cuyo nombre a ella no le sonaba, pero que una vez servido le recordó un poco en el aspecto y el

sabor a la lubina. Pidió también una botella de vino blanco que, según comentó Angelo, estaba hecho con unas uvas que

crecían en la orilla oriental del lago Garda. Estaba fresco y Sarah bebió demasiado y empezó a sentirse ligeramente achispada.

Nunca se había sentido cómoda hablando de sí misma. Era un tema sobre el que consideraba que no había nada que pudiera interesar a alguien.

Naturalmente, después de separarse de Benjamin, había progresado mucho en aquel sentido. Iris y el grupo de amigas íntimas que se reunían en torno a ella no le habían dejado más opción, animándola a que analizara con ellas el fracaso de su matrimonio, examinando los rincones más miserables hasta que pareció que no quedaba nada que decir y todas se hartaron del tema.

Mucho antes de aquello, casi tanto como Sarah podía recordar, cuando ella y Benjamin estaban —al menos, por lo que a ella respectaba—

felizmente casados, había desarrollado una sencilla técnica para evitar revelar demasiada información sobre sí misma. Ella solía hacer preguntas y pronto descubrió que cuanto más directa e inesperadamente personal fuera la pregunta, más probable era que el individuo interrogado (sobre todo si resultaba ser extranjero y encima hombre) empezara a hablar de sí mismo y se olvidara de seguir preguntando. Y eso mismo es lo que estaba haciendo ahora con Angelo.

Le preguntó por Roma, por sus estudios, por el tipo de arquitectura que le interesaba; le preguntó por su tía (cuya enfermedad, sorprendentemente, parecía ser auténtica) e incluso le hizo hablar de una novia alemana llamada Claudia con la que esperaba casarse algún día. Al llegar a ese punto, la disparidad entre las confesiones de él y la reticencia casi total de Sarah de hablar de ella se hizo tan evidente que Angelo posó las palmas de las manos sobre el mantel cubierto de migas y le pidió

que le diera unas cuantas respuestas.

Le preguntó si trabajaba, y ella le dijo que había vendido su librería y que había supuesto un alivio librarse de ella después de todos aquellos años.

—¿No te gustaba?

—Me encantaba. Los libros son mi gran pasión, pero hoy en día las tiendas pequeñas e independientes como la nuestra tienen mucha competencia. Así que ahora en lugar de vender libros simplemente los leo.

—¿Qué otras pasiones tienes?

—Hum. A ver. Mi jardín. Aprender cosas sobre las plantas...

—Y ahora que has vendido la librería, puedes disfrutar de todas esas cosas. Eres... ¿Cómo se dice? Una mujer viciosa.

—Creo que lo que quieres decir es una mujer ociosa.

Sarah sonrió y lo miró por encima de las gafas mientras bebía lentamente otro sorbo de vino, y al hacerlo se dio cuenta de que estaba coqueteando. Hacía un siglo que no tenía la sensación de estar coqueteando con alguien. Casi creía que se le habría olvidado cómo se hacía. Pero estaba disfrutando de ello y, en ese momento, si él le hubiera preguntado si podía ir con ella a su habitación de hotel a dormir la siesta, puede que incluso le hubiera dicho que sí.

—Así que estabas casada —dijo él.

—Correcto.

—Pero ya no lo estás.

—Correcto.

—¿Cuánto tiempo estuvisteis casados?

—Una eternidad. Veintitrés años.

—¿Y vives en Nueva York?

—En Long Island.

—¿Y tienes hijos?

Ella asintió con la cabeza lentamente. Aquella era la razón de mayor peso para evitar las preguntas. Sintió que el placer se escapaba por el agujero que el joven acababa de abrir. Carraspeó y contestó en voz baja empleando el tono más sereno del que fue capaz.

—Una pareja. Un chico y una chica. De veintiuno y veintitrés años.

—¿A qué se dedican? ¿Estudian?

—Sí.

—¿Están en la universidad?

—Sí. Más o menos. ¿Te importa si pedimos la cuenta?

Necesitaba salir de allí y respirar aire fresco. Sola. Observó que, como era de esperar, Angelo se había quedado desconcertado por el repentino cambio que ella había experimentado. ¿Cómo podía alterar tanto el humor de una mujer la simple mención de sus hijos? Era el tema con el que normalmente se entusiasmaban, por encima de todos los demás.

Naturalmente, el pobre muchacho malinterpretaría su reacción. Lo más probable es que supusiera que le daba vergüenza reconocer que tenía hijos casi de la misma edad que él. O que llegara a la conclusión de que no se había divorciado, de que simplemente se había escapado en busca de

diversión y de que la mención de los hijos la había hecho sentirse culpable.

Sarah sintió lástima por él y lamentó haber roto el trato natural y agradable que tenían entre ellos. Pero no pudo evitarlo. Se puso en pie, sacó su tarjeta de crédito del bolso y la colocó sobre la mesa delante de él, haciendo caso omiso de sus protestas. A continuación se excusó y se marchó en busca de los servicios.

Una vez fuera, él le preguntó desconcertado si le apetecía visitar otra galería y ella dijo que no y se disculpó, fingiendo que el vino le había sentado mal y que no estaba acostumbrada a beber. Le dio las gracias por haber sido tan amable y por haber hecho tan bien de guía, y por todas las cosas maravillosas que le había enseñado. Él se ofreció a acompañarla al hotel, pero ella contestó que, si no le molestaba, prefería ir sola. Le dijo adiós y le tendió la mano, pero él tenía un aspecto tan triste que en lugar de ello Sarah le puso las manos en los hombros y le dio un beso en la mejilla, lo cual pareció confundirlo todavía más. Cuando ella se fue, se quedó totalmente desolado.

Al llegar al hotel, el vestíbulo estaba en silencio. Una joven pareja británica estaba registrándose. Tenían la cara de tímida felicidad de los recién casados en luna de miel. Sarah recogió su llave y se dirigió al ascensor, haciendo resonar los tacones sobre el suelo de mármol blanco.

—¿Señora Cooper?

Se volvió y el conserje le entregó un sobre. Apretó el botón del ascensor y, mientras los cables emitían ruido y rechinaban tras la puerta de cristal, abrió el sobre.

Era un mensaje de Benjamin, desde Santa Fe, donde ahora vivía con aquella mujer. Había llamado a las ocho de la mañana y luego a las diez.

Quería que ella lo llamara. Era urgente, decía.

Capítulo 4

Ben y Eve estaban viendo una película antigua de Cary Grant en la televisión cuando llamó el agente Kendrick. Eran poco más de las nueve.

Eve había encendido unas velas y las llamas parpadeaban agitadas por una corriente de aire procedente de alguna parte, proyectando sombras inclinadas y trémulas sobre las toscas paredes encaladas, los cuadros y los tapices. Pablo dormía en la habitación de al lado. Ben había ido a verlo poco antes y se había acercado a él dando traspiés entre los juguetes para tapar sus escuálidos hombros con otra manta de lana blanca. El niño se

había movido y había murmurado algo en pleno sueño, y luego había vuelto a calmarse, con sus largos rizos morenos esparcidos sobre la almohada como una aureola. Era sábado y habían disfrutado de uno de los días de primavera perfectos a los que los habitantes veteranos de Santa Fe estaban acostumbrados, pero que Ben seguía considerando milagrosos. El aire seco del desierto traía una extraña fragancia a lilas y a cerezas, el cielo era de un azul claro e intenso, y la luz, aquella luz viva, pura, casi sobrecogedora de Nuevo México con sus sombras proyectadas sobre las paredes de adobe, el tipo de luz que podría despertar incluso en un daltónico inculto el deseo de coger un pincel, todavía, después de llevar cuatro años viviendo allí, podía provocarle un estado próximo a la euforia.

Los tres habían salido a almorzar al mercado de Tesuque con el jeep y luego habían estado curioseando en los puestos del mercadillo, donde Pablo se había dedicado a correr delante de ellos como un explorador, descubriendo cosas y llamándolos para que se acercasen a mirar. Eve se había comprado un vestido antiguo estampado con remolinos de color morado, marrón y naranja cortado al bies. Tenía un agujero debajo de un brazo, y había regateado con la mujer hasta que se lo había dejado por treinta dólares; al alejarse de allí había susurrado que sería fácil arreglarlo y que valía al menos cien dólares.

Por la tarde, en el pequeño jardín, bajo la suave y dorada luz del sol, y mientras el cerezo crujía por el desmesurado peso de las flores rosas, habían asado a la parrilla filetes de atún, pimientos rojos y calabacines, mientras Pablo jugaba a pillar con la niña sueca de la casa de al lado. La casa de Eve era una de las seis viviendas de un enclave situado en el lado orientado al sur de un valle de salvia y pinos que se adentraba en el lado oeste del pueblo. Poseía un solo piso y estaba construida con adobe, y tenía las esquinas redondeadas y las puertas de una madera de pino antigua y grisácea. En la casa de Long Island donde Ben había vivido todos aquellos años con Sarah, y donde ella vivía ahora sola, podrían haber cabido tres casas y tres jardines de aquel tamaño, pero él prefería aquello. Le gustaba su aspecto funcional austero y deteriorado y el modo en que pertenecía a la tierra que la rodeaba. También le gustaba porque era de Eve, y todavía más porque no era de él. Al igual que Pablo,

aquello le hacía sentirse desprovisto de cargas, como si su asociación respondiese totalmente a una elección propia. Y aquello, claro está, le hacía sentirse más joven y más libre de lo que merecía un hombre de casi

cincuenta y dos años. Justo cuando la comida estaba a punto de ser servida, los niños habían llegado corriendo por el camino, muy excitados, diciendo que los colibríes habían vuelto. Habían visto uno junto al estudio de Eve, donde el patio parecía más una selva que un jardín. Eve les había preguntado de qué especie creían que era. Era demasiado pronto para los rufos, había dicho, y a juzgar por lo que le habían contado, habían llegado a la conclusión de que debía de tratarse de un barbinegro. Después de cenar, cuando Pablo ya se había bañado y tenía el pijama puesto, se habían dedicado a hurgar en el armario en busca de los comederos de los pájaros, los habían llenado de agua con azúcar y los habían colgado de una rama baja del cerezo. Pablo quería quedarse despierto para ver si aparecían los colibríes, y mientras Eve se daba un baño, Ben se había quedado sentado en el sofá rodeándolo con el brazo, leyendo La isla del tesoro y aspirando la fragancia cálida y dulce del niño; el hijo de otro hombre al que había llegado a querer como si fuera suyo. El niño tenía casi ocho años, pero era bajo y delgado y parecía más pequeño. Los colibríes no habían aparecido, y al hacerse de noche Ben lo había llevado dormido en brazos a la cama.

Fue Eve la que contestó cuando llamó Kendrick. Y por su cara y su voz, Ben supo de qué tipo de llamada se trataba. Eve le tendió el teléfono y quitó el sonido a la televisión. Se incorporó y sacó las piernas de la cama, y Ben estiró el brazo para hacer que se quedase. Ella siempre se marchaba y encontraba algo que hacer cuando Ben recibía alguna llamada relacionada con su otra vida. En cierta ocasión en que él le preguntó por esa reacción, Eve había dicho que lo hacía únicamente para darle espacio, pero él sospechaba que también lo hacía para protegerse a sí misma. Esta vez, susurró que iba a preparar más té y que volvería inmediatamente. El agente especial Dean Kendrick trabajaba fuera de Denver y se había convertido en el principal contacto de Ben con el FBI. Él había hablado con otros agentes durante los últimos tres años y medio que Abbie llevaba fugada, y estaba seguro de que muchos más agentes lo habían vigilado, lo habían seguido, le habían pinchado los teléfonos, habían intervenido sus correos electrónicos y habían controlado sus cuentas bancarias; hombres y mujeres anónimos que probablemente sabían más sobre sus costumbres que él mismo.

Las personas cuyos nombres conocía y a las que había llamado para informarse cada dos o tres semanas eran bastante amables, pero casi nunca cordiales. Sin embargo, Kendrick era distinto. Parecía comprensivo de verdad, y se había convertido prácticamente en un amigo para él, aunque

Ben solo lo había visto una vez. Ahora incluso se llamaban por sus nombres de pila. Tal vez él hiciera mejor su trabajo que los demás. Sin duda conseguía que Ben se sintiera más cómodo y, naturalmente, al sentirse de ese modo, era más probable que se le escapara algo, algún retazo secreto de información que pudiera ayudarlos a atrapar y condenar a su hija. «Ojalá —

pensó Ben— tuviera algo que ocultar.»

—Ben, ¿qué tal estás?

—Perfectamente. ¿Y tú?

—Estoy bien. ¿Hay alguien contigo?

Parecía una pregunta extraña, teniendo en cuenta que acababa de hablar con Eve.

—Sí. Estábamos viendo una película. ¿Por qué?

—Tengo noticias. Sobre Abbie. Iban a mandar a uno de nuestros hombres en Albuquerque para que fuera a decírtelo en persona, pero pensé que preferirías que te lo dijera yo.

Hizo una pausa. Ben se había adelantado a él.

—Me temo que no son buenas noticias.

Aun así, le embargó la alegría. ¿Qué noticias se consideraban buenas o malas tratándose de Abbie? ¿Y buenas o malas para quién? Hacía ya casi tres años que no sabían nada de ella: ni él, ni Sarah, ni siquiera su hermano Josh. Si el FBI la había atrapado, sin duda se podía calificar de buena noticia, ¿no? Tragó saliva.

—¿Y bien?

—Han encontrado su cuerpo en los montes Front de Montana, al oeste de Great Falls. Llevaba allí un tiempo. Ben, lo siento mucho.

Cary Grant estaba a punto de recibir una paliza de manos de dos matones. Estaba intentando utilizar su encanto para salir del apuro, pero no estaba funcionando. El cerebro de Ben se bloqueó. ¿Su hija, muerta? Casi podía imaginárselo como concepto si pensaba en ello de forma desapasionada, pero no estaba dispuesto a dejar que aquella idea entrara en su cabeza. No era posible. Eve apareció en la puerta con dos tazas de té verde. Se paró y se quedó muy quieta, con su pelo suelto en negro contraste con la palidez de sus hombros, mientras salían volutas de humo de las tazas y la luz de la vela parpadeaba en las arrugas de su bata de satén color melocotón. Lo miró con aquellos serenos ojos marrones, como si fuera consciente de la gravedad de lo ocurrido.

—¿En qué estado...?

Ben fue incapaz de terminar la frase. Su niña, en estado de descomposición; un cadáver devorado por animales salvajes. No.

—¿Estáis seguros de que es ella?

—Al cien por cien. Tenemos sus huellas dactilares y su ADN. Ben, de verdad, lo siento mucho.

Se hizo un largo silencio. Se sentía como si estuviera viendo que su mundo se tambaleaba y se alejaba de él dando vueltas lentamente. Eve dejó el té y se sentó en la cama a su lado. Posó su brazo frío alrededor de los hombros de Ben. Kendrick aguardó, y cuando Ben estuvo listo siguieron hablando. Trataron cuestiones prácticas, a partir de las cuales empezó a construirse un frágil escudo para protegerse de la conmoción. Kendrick le preguntó con delicadeza si debía comunicárselo a Sarah, pero Ben dijo que lo haría él mismo y que, de todas formas, estaba en Italia. Gracias a la llamada semanal que había hecho a Josh dos días antes, sabía que no iba a volver a casa hasta el lunes.

Kendrick dijo una vez más que lo sentía mucho y que volvería a llamar por la mañana. Entonces podrían decidir lo que iban a hacer con relación a los preparativos

del funeral y qué iban a contarle a los medios de comunicación.

Naturalmente, tendrían que hacer alguna declaración.

—Sí —dijo Ben—. Claro.

Benjamin le dio las gracias y colgó, y se quedó sentado mirando la televisión. Estaban saliendo los títulos de crédito de la película. Cogió el mando a distancia y apagó el aparato. Y entonces se echó a llorar.

Una hora más tarde, tumbado y con la cabeza todavía apoyada sobre el pecho de Eve, cuyo camisón estaba empapado de lágrimas, empezaron a hablar de lo que debían hacer. Ben se preguntaba si sería mejor no contárselo a Sarah hasta que hubiera vuelto. Si sería preferible ahorrarle las largas horas en el avión sin nadie que la consolara, encerrada en su propio dolor. Tal vez debiera volar a Nueva York, recibirla cuando saliera del avión y contárselo entonces. Pero Eve, que era más lúcida que él y, como madre, sabía más sobre esas cuestiones, dijo que no podía esperar tanto tiempo.

Sarah tenía derecho a que se lo dijera de inmediato, y si no lo hacía, ella se lo recriminaría.

Calcularon que en Venecia debían de ser las seis de la mañana.

Demasiado pronto para llamar. «Deja que duerma —pensó Ben—. Ahórrale dos horas de dolor.»

De aquel nuevo dolor. La llamaría a medianoche. Entonces podrían decidir entre los dos cómo comunicar la noticia a Josh y a quien tuviera que saberla. Mientras esperaban, le dijo a Eve lo que Kendrick había comentado sobre la divulgación de la noticia a los medios de comunicación. Un par de años antes, el caso de Abbie Cooper, una niña rica convertida en ecoterrorista, buscada a lo largo y ancho de Estados Unidos por asesinato, había sido una gran noticia. Se habían emitido programas enteros de televisión dedicados a ella, con reconstrucciones dramatizadas de lo que se decía que había hecho. Durante meses, Ben había tenido que atender docenas de llamadas de reporteros cada semana, la mayoría de las veces intentando aportar un nuevo punto de vista. Pero a medida que el tiempo pasaba y no se producía ninguna detención, la prensa empezó a perder interés y el circo se había desplazado a otra parte. Quizá no diesen mucha importancia al hallazgo de su cadáver. O quizá sí.

A medianoche, cuando llamó a Venecia, le dijeron que la signora Cooper ya se había ido del hotel. Y cuando volvió a llamar dos horas más tarde, todavía no había regresado. Esperaron durmiendo de forma interrumpida, abrazados el uno al otro mientras las velas emitían cada vez menos luz y se iban consumiendo una a una hasta apagarse. Cuado Eve se quedó dormida a su lado, de espaldas a él, con la curva de su cadera apoyada en el estómago de Ben, él se levantó y volvió a llorar mientras los rayos de luna atravesaban la ventana.

Justo antes de las siete se despertó sobresaltado. Eve estaba de pie junto a la cama y le tendió su teléfono móvil.

—Es Sarah —dijo.

Ben vio su nombre en la pantalla, y estaba tan desorientado a causa del sueño que por un momento se preguntó por qué lo habría llamado. Entonces la triste realidad volvió a imponerse. Su hija había muerto.

Eve ya estaba vestida. La luz del sol salpicada de motas de polvo entraba

oblicuamente por la ventana situada detrás de ella. Ben se incorporó y cogió el teléfono, y ella lo besó en la frente y salió de la habitación. Había dejado una taza de café en la mesita de noche. Oyó a Pablo gritar desde la cocina. Apretó el botón verde del teléfono y dijo «hola».

—¿Benjamin?

La voz de Sarah sonaba tensa y ronca, apenas reconocible. Era la única persona en el mundo que lo llamaba Benjamin.

—Cariño...

Ella lo había reprendido más de una vez por llamarla de aquella forma

—«Sea lo que sea para ti ahora, Benjamin, desde luego no soy tu cariñito»—, pero resultaba difícil romper una costumbre mantenida durante tantos años. Esta vez ella lo interrumpió antes de que acabara de pronunciar la palabra.

—¿Qué pasa? —dijo—. ¿Es Abbie? ¿La han encontrado?

A Ben le sorprendió que ella lo supiera. Aunque por entonces solo hablaban para tratar sobre sus hijos. En aquel instante comprendió que al decir «encontrado»

ella se refería a si la habían localizado. Tragó saliva, mientras se esforzaba por despejar su cabeza.

—Sarah...

—¡Por el amor de Dios, Benjamin! ¡Dímelo!

—Está muerta.

—¿Qué?

Era más una aspiración de aire que una palabra. ¿Cómo había podido soltarlo de aquella forma? Kendrick le había dado la noticia con mucha más delicadeza. Continuó de forma titubeante.

—Han encontrado su cuerpo. En Montana. En algún sitio de las montañas.

—No. Abbie. Oh, no. No...

Ella comenzó a emitir un tenue gemido quejumbroso y luego intentó decir algo, pero le resultó imposible. Y como el sonido era tan angustioso, Ben empezó a hablar para no tener que oírlo. Habló y siguió hablando, tratando de parecer sereno y lúcido, diciéndole lo que sabía, hablándole del ADN, de las huellas dactilares, del lugar donde tenían el cuerpo y de las decisiones que iban a tener que tomar, hasta que ella le gritó y le dijo que parara. Al oír aquello, la voz de él se quebró y perdió el control, como si todas las palabras que había pronunciado lo hubieran vaciado y debilitado.

Y separados por tantos miles de kilómetros y por otra clase de distancia mucho más grande, empezaron a sollozar en su respectiva soledad como si fueran un solo ser por la tierna vida que habían engendrado, amado y perdido por separado.

Según le habían dicho a Ben, el tanatorio estaba a escasa distancia del aeropuerto de Missoula y había decidido que iría allí en cuanto su avión llegase. No le había dicho a Sarah que iba a hacer aquello, y sabía que

probablemente debería esperar a que ella llegara de Nueva York para que pudieran ir juntos. Pero cuando aterrizó y encendió su teléfono móvil, había recibido un mensaje de Sarah en el que

le decía que iba a tener que tomar un vuelo que salía más tarde. Sarah no llegaría a Missoula hasta la noche y para entonces el tanatorio estaría cerrado. Aquello significaba que tendría que ir con ella al día siguiente. Y él no podía esperar tanto. Únicamente había llevado equipaje de mano, y fue uno de los primeros pasajeros en abandonar el avión. La alegre joven de la compañía Hertz le dio la bienvenida como si fuera una vieja amiga, aunque posiblemente la hubieran formado para ello.

—¿Está de vacaciones? —preguntó ella.

—No, he venido... a ver a mi hija.

—Qué bien. Está en la Universidad de Montana, ¿verdad?

—Lo estaba, sí.

Tardó pocos minutos en rellenar todo el papeleo. La joven le dijo el número de la plaza del aparcamiento donde le esperaba el coche alquilado y le entregó los documentos y las llaves.

—Bueno, ya está. Que lo pase bien.

Benjamin le dio las gracias y salió por las puertas de cristal de dos hojas. El cielo estaba copado por nubes de color pizarra, y soplaba un aire cálido y agitado como si se fuera a echar a llover en cualquier momento.

Abbie solía decir que el tiempo de Montana era como la caja de bombones de Forrest Gump: nunca sabías lo que te iba a tocar. Recordó la primera visita que había hecho a Missoula, hacía ya más de cinco años, cuando él y Sarah habían volado hasta allí con ella para ver la universidad. Estaban a finales de octubre y al llegar la temperatura era de veintiséis grados. Al despertarse al día siguiente, había una capa de nieve de treinta centímetros, y tuvieron que salir a comprar ropa de abrigo. Le habían comprado a Abbie un anorak de color cereza que costaba más de doscientos pavos en una tienda de North Higgins. Dios, qué hermosa estaba aquel día. Tan segura, tan llena de alegría. Ben se detuvo. No debía pensar en ella de aquella forma. Había demasiadas cosas que resolver, decisiones importantes que tomar, gente con la que hablar (el sheriff, los agentes locales del FBI) para averiguar lo que creían que había ocurrido. Si la recordaba de aquella forma, toda radiante y feliz, sin duda perdería el control y sería incapaz de pensar con claridad. Por encima de todo, Sarah necesitaba que fuera fuerte.

Él no quería decepcionarla ni darle otro motivo para que lo odiase. El coche

era un pequeño vehículo japonés de color plateado. Tuvo que echar el asiento hacia atrás al máximo para poder meter las piernas debajo del volante. Seguramente Sarah pensaría que era un tacaño y que debería haber alquilado algo más grande. Hacía más de un año que no se veían, y ya notaba el temor en el estómago. Arrancó el coche, dio marcha atrás para salir del aparcamiento y se dirigió

despacio hacia la autopista.

La segunda vez que habían hablado por teléfono, antes de que Sarah regresara de Italia a casa, ella había recuperado totalmente la compostura.

Se había mostrado fría, casi formal. Ninguno de los dos había derramado una sola lágrima. Ben temía que entablaran una discusión, pero había sido más bien como escuchar una serie de declaraciones. El cuerpo sería enviado de vuelta a Nueva York, había dicho Sarah, y el funeral se celebraría allí, donde vivían todos los seres queridos de Abbie. Aquello excluía a Ben, por supuesto, pero él lo dejó correr. Y sería enterrada, que era el procedimiento empleado por la familia de Sarah en aquellos casos. Ben había pensado sugerir que la incinerasen y que esparciesen las cenizas allí, en Montana, el lugar que Abbie más amaba en el mundo. Pero no estaba dispuesto a pelearse por aquello.

Sin embargo, la cosa no acababa ahí. Sarah ya había telefoneado a Josh a Nueva York. En palabras de ella, estaba «desolado pero bien». La forma de comunicar la noticia a su hijo era otro de los temas que Ben esperaba discutir con ella. Estaba furioso. Lo había preparado todo para viajar a Nueva York y decírselo en persona, y ahora deseaba no haber esperado.

Además, Sarah también había dispuesto que el chico se quedara en Bedford con sus padres. De hecho, ellos ya habían ido a la ciudad a recogerlo. Sarah lo vería, aunque brevemente, cuando regresara de Italia y luego volaría a Missoula. Y según le había dicho, Josh no iba a ir con ella. De modo que ella se le había adelantado y lo había desplazado totalmente. Y, como siempre, Ben se tragó su ira y no dijo nada. Era una técnica que Sarah había perfeccionado a base de utilizarla una y otra vez desde que él la había abandonado, excluyéndolo de las decisiones importantes que afectaban a sus hijos con un aplomo y un aire despreocupado —en ocasiones incluso cordial— que hacía que pareciera grosero quejarse. El mensaje subyacente siempre era el mismo: al marcharse, él había demostrado su absoluta falta de amor hacia ellos y, de ese modo, había perdido todo derecho a ser consultado.

A veces lo hacía de forma tan brillante que él no podía más que sentirse impresionado. Y aunque le sorprendió que ella hubiera recurrido a aquella técnica en aquel momento, cuando los dos padecían la misma tortura, más tarde se percató de que en realidad se había superado a sí misma. Y es que ahora Ben tendría que llamar a Josh al campo enemigo de sus ex suegros.

George y Ella Davenport siempre lo habían considerado indigno de su niña bonita, y su deserción había justificado su desprecio. Ben se hallaba ahora debidamente confinado a un estrato inferior poblado por tramposos, embusteros e inútiles.

Inmediatamente después de que acabara de escuchar la lista de decisiones de Sarah, llamó a Josh a su móvil.

—Hola, Joshie.

—Hola.

—Había pensado coger un avión y contarte lo de Abbie, pero mamá me ha dicho que ya te ha dado la noticia.

—Sí.

—¿Qué tal estás?

—Bien, supongo.

Hubo una larga pausa. A Ben le pareció que oía unos susurros de fondo.

—¿Estás con los abuelos?

—Sí. Estamos en el coche.

—Ah. Está bien. Bueno, salúdalos de mi parte.

—Vale.

—Mamá me ha dicho que no vas a venir a Missoula.

—¿Para qué?

Su voz sonaba tan apagada y desvaída que Ben se preguntó si el muchacho no habría tomado demasiados antidepresivos como los que acostumbraba a consumir durante los últimos meses. O a lo mejor simplemente estaba aturdido por la noticia, quizá incómodo por tener que hablar delante de Ella o George. Ben se maldijo por no haber ido a Nueva York. Era él quien debería estar con su hijo en aquel momento, y no aquellos dos.

—Supongo que tienes razón. Escucha, ¿me llamarás cuando tengas un momento?

—Vale.

—Adiós, entonces. Te quiero, hijo.

—Sí, adiós.

El tanatorio y crematorio Valley View —«Al servicio de los familiares de los difuntos de Missoula desde 1964»— se hallaba situado entre el aparcamiento de un concesionario de coches de segunda mano y un bar de aspecto siniestro llamado Mountain Jack's. Estaba rodeado por una fina franja de césped que intentaba parecer elíseo. Ben estacionó el coche en el aparcamiento, que por lo demás estaba vacío, y se dirigió hacia la recepción con las manos en los bolsillos de su abrigo. El edificio estaba construido con columnas de estilo paladiano y estuco de color crema, un curioso híbrido de templo y hacienda que en cualquier otro momento habría hecho sonreír al arquitecto que había en él. Más allá del edificio, hacia el oeste, un relámpago parpadeó contra la mortaja de bronce que se había posado sobre las montañas. El aire olía a polvo húmedo y, justo cuando llegó a la parte cubierta del pórtico, las primeras gotas gruesas de lluvia empezaron a golpear y salpicar el asfalto.

La zona de recepción era un espacio silencioso con una alfombra rosa claro y las paredes color magnolia, decorado con elaborados adornos de flores falsas y grabados enmarcados. En un rincón del fondo, una televisión sin sonido entretenía a una mesita de café y un par de sillones vacíos de terciopelo azul. Ben apretó el botón del mostrador de recepción y mientras esperaba se dedicó a pasear sin hacer ruido, examinando los cuadros. Todos eran de paisajes y en todos aparecía el agua en distintas representaciones: un río, un lago o un mar. Había en ellos un elemento de calma unificadora y anodina; nada demasiado conmovedor ni arriesgado, ni puestas de sol ni cielos tormentosos, ni atisbos del infierno ni del Juicio Final. Se preguntó si censurarían los cuadros a fin de adaptarse a la especial sensibilidad de sus clientes. A lo mejor habían hecho aquello con él, pues no había ni una sola montaña nevada en las paredes.

—¿En qué puedo ayudarle?

Un joven de cara afable y redondeada y un cuerpo que parecía demasiado largo para sus piernas estaba cruzando la recepción en dirección a él. Ben se presentó y advirtió una pequeñísima alteración en la sonrisa del hombre. No estaba exagerándola, sino hallando la graduación adecuada de empatia profesional. Aquel

individuo era el tal Jim Pickering con el que Ben y Sarah habían hablado por teléfono.

—Su mujer ha llamado para decir que no iban a llegar hoy.

—Ha tenido que coger otro vuelo. Yo he llegado esta mañana desde Albuquerque. Estamos divorciados.

No sabía por qué había comentado aquello, pero el hombre asintió con la cabeza, reajustando su sonrisa de nuevo con un ligero toque de preocupación.

—¿Hay algún problema en que vea a...? —Ben fue incapaz de acabar la frase.

¿Debía decir Abbie? ¿Mi hija? ¿El cadáver?

—En absoluto. Lo tenemos todo listo para usted.

—Simplemente quería, ya sabe, asegurarme...

—Lo entiendo perfectamente.

El joven le pidió a Ben que esperase un momento y se fue a toda prisa por donde había venido. Desapareció por un pasillo y volvió a hacerse el silencio. Aquel sitio tenía la mejor insonorización que Ben había encontrado en mucho tiempo. Se sorprendió preguntándose por los materiales que habrían utilizado. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Estaba esperando para ver el cadáver de su hija y se ponía a pensar en la maldita acústica?

Jim Pickering regresó y pidió a Ben que lo siguiera. Mientras recorrían una serie de pasillos, le explicó que habían embalsamado el cuerpo, como había solicitado la señora Cooper, y que los hombres del servicio de búsqueda y rescate habían facilitado mucho la tarea al mantenerlo rodeado de tanto hielo durante el rescate y el traslado. Los resultados, dijo, eran por consiguiente mucho mejores que los obtenidos en las circunstancias que cabría esperar. Ben era incapaz de determinar si el hombre estaba haciendo un modesto alarde profesional o si simplemente estaba intentando aliviar su ansiedad.

—No teníamos ropa, así que lleva puesto lo que llamamos un camisón de hospital. Por supuesto, no disponíamos de ninguna referencia para el peinado y el maquillaje, así que verá que hemos optado por un estilo natural. Si lo desean, cabe la posibilidad de hacer algún pequeño ajuste. Y

el ataúd es solo temporal. La señora Cooper no nos ha dicho si estaban interesados en comprar uno de nuestros ataúdes o de la funeraria del este.

Tenemos una amplia variedad.

—No me cabe duda.

—Bueno, ya hemos llegado. Esta es nuestra capilla ardiente. Se detuvo ante unas puertas blancas de doble hoja, con las manos preparadas para

abrirlas. Estaba mirando a Ben a la espera de la señal para proceder.

—¿Está listo?

Ben asintió con la cabeza.

La sala tenía unos cuatro metros por tres y estaba iluminada con un fulgor rosado por cuatro altos apliques, cuya parte superior brillaba como si fueran lirios. El sencillo ataúd de color claro se hallaba abierto sobre una mesa que llegaba hasta la cintura de una persona. Desde la puerta, lo único que Ben podía ver de su interior era una franja de forro de satén rosa.

—Lo dejaré solo —dijo Jim Pickering—. Estaré al otro lado del pasillo.

Tómese el tiempo que necesite.

—Gracias.

Las puertas se cerraron silenciosamente a su espalda. Durante un instante Ben permaneció inmóvil, tratando de recurrir a su absurda esperanza inicial de que el cadáver correspondiese a otra persona. Pero sabía que era Abbie. Notaba cómo el pulso le palpitaba veloz e insistentemente en los oídos y cómo un peso gélido se revolvía en la boca de su estómago. Tragó saliva y dio un paso adelante. Hacía casi tres años que no la veía. Por aquel entonces llevaba el pelo teñido de negro, corto y peinado de punta, como para demostrar su ira. Pero ahora el cabello había recuperado su color natural rubio rojizo, era más largo y estaba perfectamente peinado, de tal forma que enmarcaba su fino cuello y suavizabasu aspecto. El rostro, con su nariz respingona y sus cejas arqueadas de forma encantadora, se hallaba a años luz de la contorsión hostil y vociferante que había lucido su cabeza desde aquella noche terrible.

La muerte, en un gesto perverso, la había vuelto más cálida. El maquillaje funerario había otorgado a su piel un lustre atractivo y saludable. Incluso en la inclinación de su barbilla y en los hoyuelos de las comisuras de su boca se advertía una curiosa inminencia. Como si algún elemento de un sueño le hubiera hecho gracia y fuera a sonreír en cualquier momento o a despertarse y decirle a su padre de qué se trataba. Y a abrir aquellos ojos. Unos ojos de un gris verdoso moteado de color avellana. Ojalá hubiera podido verlos una sola vez más. El único cadáver que había visto Ben hasta entonces era el de su padre, casi veinte años antes. Y los de la funeraria se habían equivocado en todo: su pelo, su expresión, la forma en que se hacía el nudo de la corbata, todo. Le habían puesto tanto colorete, rímel y lápiz de labios que parecía una espantosa drag queen sin peluca.

Pero con su camisón blanco, como la novia que jamás llegaría a ser, su hija lucía un aspecto sereno, inocente e increíblemente hermoso.

—Oh, cielo —susurró—. Mi cielo.

Se agarró al borde del ataúd, agachó la cabeza y cerró los ojos. Cuando los sollozos le hicieron estremecerse, no intentó contenerlos. Ahora, a solas, podía permitírselo; ya se reprimiría cuando llegara Sarah.

No supo cuánto tiempo estuvo allí de pie. Cuando fue incapaz de llorar más, se irguió y atravesó la sala en dirección a una mesita donde había colocada una caja de pañuelos de papel. Una vez que se enjugó la cara y se serenó, volvió hacia el ataúd, se inclinó y besó a su hija en la mejilla. No olía a nada y su piel estaba fría como una piedra al contacto con sus labios.

Capítulo 5

Sarah dejó que la camarera le llenara la taza de café por tercera vez y procuró

no mirar a los dos hombres que estaban terminando su desayuno al otro lado de la mesa. La visión y el olor de toda aquella cantidad de huevos, beicon y patatas fritas le estaban revolviendo el estómago.

Después de medianoche, se había tomado un somnífero para superar el desfase horario y lo único que había conseguido era sumirse en un estado de semicoma superficial con sueños agitados. Se había despertado enrollada en las sábanas como una momia, confusa y con un dolor de cabeza que no habían conseguido despejar los dos analgésicos que había tomado. Fuera estaba lloviendo. No había parado desde que ella había llegado.

Benjamin la había ido a buscar al aeropuerto y la había llevado al hotel en el ridículo cochecito que había alquilado. Sarah no entendía por qué era tan tacaño, pero prefirió no mencionarlo. En el vuelo se había dado a sí misma instrucciones estrictas a fin de ser amable. Pero, Dios santo, qué difícil resultaba. Incluso la imagen de él comiendo su desayuno y hablando de trivialidades con aquel sheriff la sacaba de quicio. Se había dejado el pelo largo y se había comprado unas gafitas modernas con montura metálica. Todo muy propio de Santa Fe.

Benjamin había reservado unas habitaciones contiguas para ambos en el Holiday Inn Parkside, y después de registrarse la noche anterior habían pedido prestado un paraguas y habían ido dando un paseo a un restaurante japonés de North Higgins. La comida era buena, pero la conversación había resultado terriblemente artificial, tal vez porque los dos se estaban

esforzando mucho por evitar hablar de Abbie. Benjamin parecía incapaz de mirarla a los ojos y no había parado de hacerle todo tipo de preguntas sobre Venecia. A ella le habían entrado ganas de gritarle que se callara. ¿Quién demonios se creía que era? Aquel extraño educado con el que había compartido su vida durante tantos años ahora la trataba como si fuera una invitada con la que hubiera coincidido en un cóctel. Sarah sabía que estaba siendo injusta y que probablemente ella tenía la culpa de que él se estuviera comportando de aquella forma. En su cerebro parecía haberse activado un curioso mecanismo de defensa. La única forma de soportarlo que tenía era mostrándose fría, cruel e irascible con él. Si se permitiera ser más amable o más receptiva al consuelo, perdería su punto de apoyo, se caería por el precipicio y descendería al remolino negro que la estaba esperando abajo.

Su niña muerta, fría, en una caja... No, no pensaba dejar que aquello le pasase por la cabeza. Pero cuando él la rodeó con el brazo al volver al hotel, estuvo a punto de caer. Y volvió a ocurrirle cuando le dio un beso de buenas noches en el sombrío pasillo y cada uno se fue a su solitaria cama de matrimonio, separadas por un tabique tan fino que podían oír los pasos del otro, sus toses y el sonido de la cisterna del retrete. La oficina del sheriff Charlie Riggs no estaba en Missoula, y por eso les había sugerido que se reunieran para desayunar en The Shack. Era un lugar al que Abbie los había llevado en una ocasión, un sitio escondido en West Main al que habían ido desde el hotel dando otro paseo bajo la lluvia.

El sheriff los estaba esperando allí, con su sombrero de vaquero empapado por la lluvia y una bolsa de plástico blanca apoyada junto a él en el banco del pequeño reservado de madera. Se levantó para saludarlos; era un hombre alto, más alto incluso que Benjamin, y más corpulento que él, con un bigote poblado que se estaba llenando de canas. Tenía unos ojos dulces, y en ellos se advertía una tristeza que Sarah sospechó permanente y no solo adoptada como deferencia hacia ellos. Tenía los modales anticuados del Oeste a los que ella nunca había podido resistirse, y al estrecharle la mano asintió con la cabeza educadamente y la llamó «señora».

Inmediatamente declaró lo mucho que sentía lo de Abbie.

—Yo también tengo una hija —dijo—. No puedo soportar la idea de que le pasara algo así.

—Espero que todavía no sea sospechosa de asesinato —dijo Sarah con aire desdeñoso antes de poder refrenarse.

El pobre hombre hizo una mueca y Benjamin apartó la vista.

—No, señora —dijo el sheriff serenamente.

Se sentaron y los dos hombres estuvieron charlando sobre el tiempo hasta que la camarera llegó y les tomó nota. Luego, tras inclinarse hacia delante y empezar a hablar en voz baja para que los demás no lo oyeran, el sheriff Riggs les contó lo que había pasado. Les relató el hallazgo que habían llevado a cabo los esquiadores y les explicó que la autopsia no había podido determinar ni cómo había acabado allí Abbie ni cómo había muerto exactamente. Les preguntó si tenían alguna idea de qué podía estar haciendo en aquella parte del mundo, y Benjamin contestó negativamente.

Abbie había sufrido heridas en la cabeza, prosiguió el sheriff, así como la fractura de una pierna y la dislocación de un hombro. Y tenía agua en los pulmones, lo que hacía pensar que podía haberse ahogado. Por el momento, la mejor hipótesis era que las heridas se habían producido a raíz de una grave caída, cuya causa seguía siendo un misterio.

—¿Quiere decir que alguien podría haberla empujado? —preguntó Benjamin.

—Es una posibilidad, señor. —El sheriff miró a Sarah, evaluando indudablemente su grado de sensibilidad ante la conversación. Ella se sintió ligeramente ofendida.

—¿Y qué hay del suicidio? —dijo.

Benjamin la miró sorprendido.

—Abbie nunca habría hecho algo así —dijo él.

—¿Cómo lo sabes? —le soltó ella.

Los dos hombres se la quedaron mirando. El rencor de Sarah parecía brotar de forma espontánea. Ella continuó hablando rápidamente, tratando de suavizar el tono.

—Quiero decir, cómo podemos saberlo cualquiera de nosotros. Llevaba mucho tiempo desaparecida. No sabemos lo que ha podido estar pasando.

—Tiene razón, señora Cooper —dijo Charlie Riggs suavemente—. Hay algunas posibilidades que todavía no podemos descartar.

Sarah sabía que él se estaba formando una idea de cómo estaban las cosas entre ella y Benjamin. Probablemente ya la había tachado de zorra mayor. Iba a tener que calmarse y refrenar la lengua.

—De todas formas —prosiguió el sheriff—, quiero que sepan que este es un caso de máxima prioridad. Vamos a seguir trabajando allí arriba mientras la nieve empieza a derretirse. Con un poco de suerte, encontraremos algo que nos ayude a hacernos una idea de lo que pasó.

Les dijo con cierta incomodidad que si alguno de los dos quería ver dónde había sido hallada Abbie, él les mostraría el lugar encantado.

Benjamin le dio las gracias y dijo que a lo mejor regresaría al cabo de una semana o dos para ello. «Qué

absurdo e inútil», pensó Sarah, pero evitó decirlo en voz alta. No se le ocurría nada peor, excepto ver el cadáver, lo que tenían pensado hacer más tarde, aunque no estaba del todo segura de que pudiese afrontarlo.

Parecía que el sheriff se dispusiera a decir algo más cuando la camarera llegó

con la comida. De ser así, se lo pensó mejor y no volvió a hablar del tema mientras él y Benjamin comían. Sarah había pedido unas tostadas de pan de trigo, pero ni siquiera las tocó. Lo que realmente le apetecía era un cigarro, pero no estaba dispuesta a dejar que su dignidad se viese todavía más maltrecha saliendo a fumar en medio de la lluvia.

Cuando hubieron terminado Charlie Riggs dijo que, si no les importaba, los llevaría a la oficina de los federales en Pattee Street para presentarles al agente local del FBI, quien tenía que hacerles unas cuantas preguntas rutinarias que les podían ayudar a averiguar lo que le había ocurrido a Abbie. Sarah dijo que no tenían inconveniente. Entonces, con un aire un tanto incómodo, el sheriff cogió la bolsa de plástico que tenía al lado.

Seguir: parte 3 de 16