Cuando el abismo separa

Nicholas Evans · Capítulo 1 de 1 · parte 14/16

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Cuando el abismo separa

Agradecimientos .......................................................................... 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.

de intercambio: su hijo se había salvado y su hija se había ido, probablemente para siempre.

A Josh le resultaba curiosa la forma en que la gente se protegía a sí misma. Como si al no hablar de algo dejase de existir o desapareciera.

Tanto su padre como su madre se comportaban ahora de esa manera.

Durante los cuatro días que había estado en Santa Fe, nadie había mencionado ni una sola vez el nombre de Abbie. Y

no recordaba la última vez que su madre le había hablado de ella. No podía creer que ya no pensaran en Abbie a todas horas. Estaba seguro de que seguían haciéndolo. Tal vez preferían no hablar de su hermana delante de él por si se disgustaba. En fin, quién podría saberlo, a lo mejor tenían razón. Las cosas no cambiaban por mucho que se hablase de ellas.

La visita a Santa Fe no había sido ni con mucho tan terrible como había temido. De hecho, se lo había pasado bien, sobre todo jugando con Pablo.

Sin embargo, resultaba bastante raro ver a su padre con su nueva familia, rodeando a Eve con el brazo como solía hacer con Sarah y comportándose con Pablo como si fuera su verdadero padre. Era curioso lo rápido que uno se acostumbraba a esas cosas. Y Eve era muy simpática. Al principio él no sabía qué esperar, si se mostraría recelosa y fría y lo trataría como a un enemigo o si se pondría en plan empalago y se esforzaría por convertirse en su mejor amiga. Pero no había hecho ninguna de las dos cosas. Se había mostrado relajada y cordial, y no había forzado las cosas en absoluto. Y a él le gustaba. Por supuesto, era bastante guapa y podía entender —bueno, casi— por qué

su padre había hecho lo que había hecho.

La única vez que había tenido la sensación de pifiarla un poco había sido cuando había preguntado si podía ver la obra en la que Eve estaba trabajando en ese momento y ella lo había llevado a su estudio y le había enseñado unos cuadros enormes de hombres y mujeres desnudos. Eve le había dicho que estaban inspirados en estatuas eróticas de templos de la India, y Josh no había sabido qué decir y se había quedado allí como un imbécil, intentando no parecer incómodo. Se sentía mal por no haber contado más cosas a su madre, pero le había parecido lo correcto y sabía que, dijera lo que dijese, haría que ella se entristeciera.

¿Cómo le sentaría que le dijera que Eve era encantadora y que ella y su padre parecían muy felices? ¿Y si le mentía y decía que Eve era una zorra y que los dos parecían terriblemente desgraciados, mejoraría las cosas?

Entonces ella pensaría que todo era una cagada doble o, lo que era peor, empezaría a hacerse ilusiones creyendo que a lo mejor su padre volvía. No.

Era mejor no decir demasiado. Cenaron los dos juntos y luego Freddie llamó y preguntó a Josh si iba a ir a su casa, y justo cuando estaba diciendo que no, que había estado fuera y que iba a quedarse en casa para hacer compañía a su madre, ella le gritó desde la cocina y le dijo: «Por Dios, Josh, sal un poco». De modo que se duchó y se puso una camisa limpia, y cogió el coche para ir a casa de Freddie.

Los padres de Freddie Meacher eran muy ricos. Él no tenía una simple habitación; tenía un apartamento entero encima del garaje en el que su padre guardaba todos sus increíbles coches, incluidos dos Porsche y un Aston Martin. A Freddie siempre le habían dejado hacer prácticamente lo que había querido. Era evidente que sus padres sabían que tomaba drogas, pero nunca lo reprendían en exceso porque los dos habían ido a la universidad. Freddie estaba en la Universidad de Colorado, en Boulder, que según él era la mejor ciudad del planeta, con las chicas más guapas que había visto en su vida. Y a juzgar por las dos que habían ido a pasar unos días en su casa, no bromeaba. Una de ellas, Summer, era su novia. Tenía unas piernas largas y bronceadas y una sonrisa de complicidad.

Josh se moría de envidia. Katie seguía siendo la única chica con la que se había acostado, y desde entonces había pasado tanto tiempo que ya casi no contaba. Le gustaban muchas chicas de la Universidad de Nueva York, y a algunas de ellas parecían mostrarse receptivas, pero, desgraciadamente, no como él habría deseado. Intentaba no compadecerse de sí mismo, pero no podía evitar pensar en lo triste que era que el sexo para un chico de su edad, no demasiado feo ni totalmente inadaptado a nivel social, tuviera que seguir consistiendo en visitar furtivamente páginas web poco explícitas o en encorvarse sobre un ejemplar arrugado de la revista Hustler. La amiga de Summer, Nikki (Josh habría apostado que firmaba poniendo un corazoncito, una flor o una cara sonriente sobre la última letra de su nombre), también estaba bastante buena, aunque tenía un aire más discreto. Y después de unos cuantos porros, cuando los cuatro se hallaban despatarrados en el sofá frente a la kilométrica televisión de pantalla plana de Freddie, viendo una edición en DVD

recién aparecida de Apocalypse Now —la versión de la peluquera de la mujer del director o algo por el estilo—, y ella apoyó su cabeza en el

hombro de él, Josh se emocionó y pensó por unos instantes que podía tener una oportunidad. Pero simplemente acababa de dormirse.

Más tarde salieron a la piscina y Summer y Freddie se pusieron a nadar desnudos; Josh fingió que estaba resfriado y que no le apetecía meterse en el agua, no fuera que su polla revoltosa volviera a dejarlo en ridículo. En lugar de ello, se quedó

en la terraza jugando con la Gameboy de Freddie, y Nikki (por suerte, ataviada con un biquini) se acercó dulcemente y se sentó a su lado, y mientras se secaba el pelo con una toalla empezó a hacerle un montón de preguntas sobre Abbie. A esas alturas ya estaba acostumbrado a hacer de hermano de la famosa Abbie. No era tan distinto a como había sido durante toda su vida, salvo que ahora la bonita princesa se había convertido en el lobo malo. Y el valor de las respuestas que él daba dependía totalmente de la persona que preguntaba. Con Nikki, estaba dispuesto a ser lo más generoso posible. Aunque, claro está, no tan sincero.

—¿Alguna vez se ha puesto en contacto con vosotros?

—No.

—¿Nunca ha escrito una carta a tu madre y a tu padre ni ha llamado por teléfono?

—No. Nunca.

—Dios mío, ha debido de ser terrible para ellos.

—Sí. Ha sido duro.

—Y para ti también.

Josh apretó la mandíbula resueltamente, haciendo caso omiso de la vocecilla que sonaba dentro de su cabeza y le decía: «Cabronazo, mira que utilizar algo así

para llevarte a alguien a la cama. ¿Cómo puedes caer tan bajo?». Nikki era de Boston, pero sus padres se habían mudado a Colorado cuando ella todavía estaba en el instituto. Comentó que le encantaba aquello: las montañas, las excursiones a pie, el snowboard. Josh debería ir allí alguna vez con Freddie, dijo. Josh, que no quería parecer estrecho de mente ni ignorante ni demasiado urbano, le habló

de las vacaciones que habían pasado en Montana y dijo que siempre había querido practicar snowboard en Colorado. En Vail o en algún sitio potente por el estilo. Lo cierto era que no se había montado en una tabla de snowboard en su vida. A veces, sobre todo cuando se estaba esforzando por no mirar los pechos a una chica, le salían de la boca cosas así.

Pero ¿qué importaba una bola más? Se habían vuelto unos mentirosos.

Abbie había sido la causante. Y la mentira más grande de todas era la que escenificaba cada día con su padre y su madre. Porque ocultar algo así, no revelarles un secreto tan importante, era tan malo, si no peor, como decirles algo falso. Abbie había vuelto a ponerse en contacto con él. Josh había hablado con ella dos veces. Y no se lo había dicho a nadie.

Todavía tenía el móvil que ella le había hecho comprar y lo revisaba cada mañana, como ella le había dicho. El día después de que su padre volviera a casa como si se hubiera enfrentado con Mike Tyson, había recibido un mensaje: dos

palabras que una vez descifradas le habían brindado un número de teléfono al que llamar. Había ido a un teléfono público y lo había marcado exactamente a la hora señalada, y durante diez minutos había permanecido a la escucha mientras Abbie maldecía, soltaba improperios y dedicaba a su padre todas las palabras malsonantes que Josh había oído en su vida. No paraba de decir que en la bolsa solo había quince mil dólares, «¡Solo quince mil jodidos dólares, serán tacaños!». Él había estado a punto de colgar, pero no lo había hecho y se había quedado con la cabeza gacha, escuchando y soportando el chaparrón, hasta que al final ella se quedó sin fuerzas y le saltó: «Muy bien, pues se acabó. Diles de mi parte que no van a tener ninguna puta segunda oportunidad, ¿vale?». Josh había estado a punto de contestarle: «Querrás decir hasta que vuelvas a necesitar dinero». Pero, una vez más, prefirió callar. Siguió revisando cada día, religiosamente, su teléfono secreto —un aparato del que, asombrosamente, todavía nadie sabía nada excepto Abbie— y durante ocho meses no había tenido ninguna noticia. Hasta el día de Navidad del año anterior, estando en casa de sus abuelos, cuando bajó a hurtadillas a la pista de tenis para consultar obedientemente su buzón de voz y oyó la voz de su hermana, esta vez sin tono airado, solamente frágil, dándole el mensaje en clave de dos palabras.

La había llamado al día siguiente y, de nuevo, se había quedado diez minutos escuchando. Solo que esta vez ella no había maldecido ni había insultado a nadie. Durante diez largos minutos se había dedicado a sollozar, diciendo lo sola y triste que estaba y las ganas que tenía de suicidarse. Josh había hecho todo lo posible para consolarla, pero

¿qué podía decir? Excepto repetir una y otra vez «Oh, Abbie» y «No lo hagas, por favor, no lo hagas, todo va a ir bien. Solo estás así porque es Navidad...». Qué

comentario tan estúpido.

Ni siquiera le había dicho que volviera a casa o le había sugerido que se entregase porque no quería que empezara a gritar de nuevo. Al menos, esta vez parecía humana. Pero sí le había preguntado dónde estaba, y ella le había dicho que no fuera tonto. Esta vez el número no era de un teléfono público, sino de un móvil con el prefijo 704. Aquello no significaba nada.

Abbie podría haber llamado desde cualquier parte. Y cuando más tarde había vuelto a probar aquel número, preparándose por si ella contestaba y le echaba una bronca, lo único que había escuchado era una señal que le comunicaba que aquel teléfono no estaba disponible. Cuando Josh volvió de casa de Freddie conduciendo con cuidado eran las tres de la madrugada pasadas. Nikki le había dado su número de teléfono, pero él se imaginaba que era lo único que iba a conseguir de ella. Quizá la llamaría alguna vez. O

no. Ya había tenido una relación a distancia y no le apetecía volver a intentarlo. La luz de la habitación de su madre seguía encendida y subió la escalera de puntillas. Al pasar por delante de la puerta de su habitación, Sarah lo llamó y le dijo que entrara. Estaba recostada en la cama, leyendo, con un vaso de leche a su lado sobre la mesita de noche. Cuando Josh entró en el dormitorio, ella sonrió, se quitó las gafas y dio unos golpecitos en la cama para que se sentara. Él la obedeció procurando no mirarla directamente a los ojos. No estaba muy colocado, pero probablemente lo parecía.

—¿Ha estado bien la fiesta?

—Sí. No era exactamente una fiesta. Simplemente hemos pasado el rato, ya sabes.

—¿Qué tal está Freddie?

—Bien.

—¿Cómo le va en la universidad?

—Bien.

—Eso es estupendo. ¿Estás bien?

—Claro. Solo estoy cansado.

—Anda, dame un abrazo.

Josh se inclinó hacia delante, la rodeó con los brazos y los dos se quedaron abrazados un largo rato. A ella se le notaba delgada y frágil. Él siempre le estaba diciendo que tenía que comer más, pero nunca le hacía caso. Parecía que no quisiera soltarlo. Y cuando lo hizo, Josh vio que tenía lágrimas en los ojos.

—Te quiero, Joshie.

—Yo también te quiero.

Capítulo 27

Abbie apoyó su espalda dolorida contra la pared encalada del edificio de la báscula y miró con los ojos entornados los extensos campos donde un centenar de figuras encorvadas seguían recolectando en filas, mientras la luz suave y dorada del sol proyectaba sus sombras negras y alargadas. Un camión estaba entrando desde la carretera, dejando una nube dorada y luminosa detrás de él. Abbie miró su reloj y vio que eran casi las seis. Iba a llegar tarde.

En la cola aún quedaba una docena de jornaleros delante de ella que esperaban a que pesasen sus cestas y les pagasen. La cesta de Abbie estaba a sus pies, y cuando la cola se movió, la empujó hacia delante con la bota por la tierra endurecida. Uno de los supervisores le gritó y le dijo que la levantara del suelo, y ella lo maldijo entre dientes, pero obedeció. Aunque uno estuviera muy cansado o llevara a sus espaldas doce largas y calurosas horas de trabajo deslomador, no podía dejar la cesta en el suelo por si se estropeaban las fresas. Como si no estuvieran ya bastante contaminadas por todos los productos químicos tóxicos con que las rociaban. Ella no iba a volver a comer una fresa en su vida.

Estaban a principios de septiembre y habían pasado tres semanas enteras desde la última vez que había visto a Rolf. Pero iba a verlo esa noche y el corazón empezó a latirle deprisa al pensar en ello y en lo que tenía que decirle. No se había hecho ninguna prueba, pero no le hacía falta.

Estaba segura. Tenía una falta de dos semanas, y normalmente aquello nunca le ocurría. Y esa mañana, por primera vez, había tenido náuseas. No sabía cómo se lo iba a tomar él. Tenía la esperanza de que aquello mejorara las cosas entre los dos. Sin embargo, de una cosa estaba segura. Pasara lo que pasase, dijera lo que él dijese, y por mucho que la presionara, estaba decidida a tener el niño.

Por supuesto, tendría que encontrar el momento adecuado para decírselo. Tal vez podrían bajar a la costa, a Big Sur o a otra parte, buscar un sitio agradable donde quedarse y gastar un poco del dinero que habían ganado.

La idea de pasar un tiempo separados había sido de Rolf. Había dicho que necesitaba espacio, y cuando Abbie le había preguntado a qué se

refería, se había puesto furioso con ella. Él estaba trabajando en una obra en Fresno y ganaba dos o tres veces más que ella por muchas menos horas. Al menos eso era lo que le había dicho la última vez que se habían visto.

Ahora no estaba segura de nada. Ya no tenía móvil y las tres veces que había conseguido llamarlo no había contestado. Abbie solo esperaba que esta vez estuviese de mejor humor, que fuese más amable y que no se pusiese hecho una furia con ella con tanta facilidad.

Había tenido tiempo para reflexionar sobre el motivo por el que se habían torcido las cosas. Sabía que ella tenía más culpa que Rolf. Era demasiado posesiva,

demasiado absorbente y celosa. Tras descubrir por primera vez que la estaba engañando, cuando vivían en Chicago, se había esforzado mucho por cambiar, por no dar a aquel asunto tanta importancia. Para él no era importante, así que ¿por qué

tenía que serlo para ella? Pero en Miami, cuando lo pilló en su cama con aquella putita cubana, todo su noble razonamiento se había venido abajo. A decir verdad, desde el principio había sabido que había otras mujeres. Rolf le decía que maduraría, que era víctima de su patético origen burgués.

Según Rolf, no se pertenecían el uno al otro, y si ella quería tener otros amantes, él no veía ningún problema. Aquello le dolió, aunque no sabía porqué. Ella no quería estar con nadie más. Y mucho menos en ese momento. Bueno, esa noche y al día siguiente, y durante todo el fin de semana, haría un esfuerzo especial y los dos se reencontrarían y las cosas volverían a ir bien. Y cuando él se enterara de lo del niño quizá todo sería distinto.

—¡Siguiente!

Delante de ella, su nueva amiga Inez estaba colocando su cesta en la báscula, y el cabrón con cara de pocos amigos que había al otro lado examinó su contenido y tiró las frutas que en su incuestionable opinión estaban dañadas. Inez se enfrentó a él cuando apartó un par de fresas de apariencia perfecta, pero el hombre se limitó a lanzarle una mirada vaga y ni siquiera se molestó en justificarse. Gritó el peso a los hombres sentados detrás de él en la mesa de caballete, uno con una carpeta sujetapapeles y el otro con el dinero, y a continuación quitó la cesta de la báscula y la colocó en el montón.

—¡Siguiente!

Abbie siempre se ponía un poco nerviosa en la báscula, como todavía le ocurría en las oficinas de correos y los bancos o en cualquier sitio donde le diera la impresión de que su identidad estaba siendo escudriñada. Aparte de un puñado de estudiantes (que es lo que ella fingía ser cuando alguien le preguntaba), era la única persona de raza no hispana que había allí, y los hombres de la mesa de pago siempre parecían mirarla más de cerca que al resto de mujeres. A veces coqueteaban con ella, pero Abbie se limitaba a bajar la vista y nunca les seguía el juego. Sabía que no tenía necesidad de preocuparse demasiado. Todos los jornaleros que trabajaban allí lo hacían de forma ilegal. Nadie iba a hacerle ninguna pregunta embarazosa. De todas formas, ese día el tipo únicamente parecía interesado en las fresas.

—Estas están todas llenas de polvo.

—Y un cuerno.

—¿Qué has dicho?

—He dicho que no tienen polvo. Y si lo tienen es por ese camión que acaba de pasar. Deberías decirles que fueran más despacio.

El hombre tiró la mayoría de fresas que había en la superficie, haciendo oídos sordos a las protestas de Abbie, y luego le lanzó una mirada hosca y gritó el peso.

—¡Siguiente!

El hombre de la carpeta le preguntó el nombre.

—Shepherd.

Anotó la última cesta y pulsó unos botones de su calculadora, y el hombre que

había a su lado contó la paga del día: cuarenta y ocho dólares y veinte centavos. Empujó la cantidad sobre la mesa, y Ann-Marie Shepherd, de Fort Myers, Florida, la recogió, se la metió en el bolsillo de la falda y siguió a Inez hasta las duchas. El inglés de Inez era un poco menos rudimentario que el castellano de Abbie, pero las dos se habían hecho íntimas. Se habían conocido el primer día de trabajo de Abbie, cuando todavía no había encontrado un sitio donde alojarse. Por la tarde Inez la había metido en la parte trasera de la atestada camioneta que los llevaba a las montañas que se elevaban por encima de Salinas Valley. Cuando Abbie llegó allí, no dio crédito a lo que veían sus ojos. Sabía que aquella era la región de Steinbeck, pero no que hubiera cambiado tan poco.

Había un campamento de recolectores de fruta mexicanos, todos ilegales, que vivían en el bosque. Los que habían tenido suerte habían

encontrado cuevas que utilizaban a modo de refugio, pero la mayoría dormían al raso, cubiertos con bolsas de basura de plástico para protegerse del rocío. A Abbie le asombraba lo amables y generosos que eran. Le habían conseguido una manta, una esterilla para dormir y una bolsa de plástico, y le habían dado comida y agua. Resultaba extraño que los que menos tenían eran siempre los que más daban. Había pasado la noche escuchando el aullido de los coyotes, que le habían hecho pensar en Ty.

Al cabo de unos días, Inez había conseguido encontrarle un lugar situado más cerca de los campos: un garaje con su propio fregadero y su lavabo, que compartían con diez personas más, cada una de las cuales pagaba diez dólares por noche para gozar de aquellos privilegios. Inez era tan solo un año mayor que Abbie, pero ya tenía dos hijos que vivían con su madre en Santa Ana. Los echaba mucho de menos. El padre de los niños había desaparecido cuando ella estaba embarazada de ocho meses del segundo, pero no parecía que se lo reprochara.

—Hombres —dijo una noche que estaban sentadas bajo las estrellas, compartiendo un cigarrillo—. No pueden evitarlo. No saben quiénes son ni por qué

Dios los ha creado. No se les puede odiar por lo que no saben; solo compadecerlos. Abbie no le había dicho que estaba embarazada, aunque las nauseas matutinas iban a hacer que resultara difícil guardar el secreto.

Como era viernes por la noche y todo el mundo estaba animado, una camioneta iba a ir a Salinas. Cuando las dos se hubieron duchado y vestido, subieron en la parte de atrás del vehículo y se apretujaron entre la docena de personas que había allí, la mayoría hombres. Abbie quería lucir un aspecto inmejorable para Rolf y se había puesto un bonito vestido estampado de algodón negro y rojo que había comprado en un mercadillo de Miami. Casi nunca se miraba ya en el espejo, pero esa noche Inez la había obligado a hacerlo, y Abbie se había llevado una grata sorpresa. Era como mirar a alguien a quien hiciera años que no veía. Ya no se teñía el pelo; ahora lo llevaba más largo y se le estaba volviendo rubio debido al sol que estaba recibiendo. En su vida había estado tan bronceada. El único detalle que empañaba la imagen era el estado de sus manos. Estaban llenas de callos y de suciedad incrustada, y hacía tiempo que se mordía las uñas.

Inez también se había puesto elegante, así como los tres jóvenes sentados enfrente de ellas. Estaban coqueteando con ella. Abbie no entendía lo que decían,

pero podía captar el significado. Uno de ellos parecía más interesado en ella que en Inez y no paraba de mirarla. El joven le dijo algo a los otros, quienes la miraron evaluándola con timidez y luego asintieron con la cabeza.

—¿Qué ha dicho? —susurró Abbie a Inez.

—Ha dicho que pareces una estrella de cine.

Debía reunirse con Rolf a las siete y treinta en un bar del distrito de Oldtown, cerca del cine Fox, pero estaba a media hora a pie del sitio donde la había dejado la camioneta y, cuando llegó, eran las ocho pasadas y él no estaba. Se sentó a una mesa situada cerca de la ventana para poder ver la calle y pidió un refresco, y sacó un libro de la bolsa de lona que contenía sus escasas posesiones materiales. Pasó una hora y se hizo de noche, y seguía sin haber rastro de él. Para entonces las miradas de los hombres del bar la estaban haciendo sentir incómoda, de modo que se levantó y salió a dar un paseo, tras decirle a la mujer que había detrás de la barra que si llegaba alguien preguntando por ella le dijera que volvería más tarde. Poco antes de las diez, cuando ya estaba muy preocupada y se preguntaba dónde iba a dormir, vio que al otro lado de la calle paraba el coche de Rolf: el pequeño Ford que habían comprado en Florida con lo que les quedaba del dinero de su abuelo. Mientras él cruzaba tranquilamente la calle hablando por un móvil, la vio en la ventana y le hizo una ligera señal con la cabeza, pero no le dedicó ninguna sonrisa. Abbie se levantó y salió a su encuentro, pero tuvo que quedarse en la acera a su lado, como una boba, mientras él hacía como si no existiera y terminaba de hablar por teléfono.

—Sí. Vale. Tú también. Adiós.

Cerró el móvil de un golpecito y se lo metió en el bolsillo de la cazadora, y ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó en los labios.

—Pensaba que no ibas a venir.

—Tenía que ocuparme de unas cosas.

Él no le hizo ningún comentario sobre lo guapa que estaba; de hecho, pasó junto a ella sin apenas mirarla. Cuando entró en el bar, dijo que era un tugurio de mala muerte y propuso que fueran a otro sitio.

Encontraron un restaurante en la misma calle; un local más oscuro con reservados de madera y pequeños candeleros en las mesas. Se sentaron en un rincón y pidieron dos cervezas, y él se bebió la suya de dos largos tragos y pidió otra. La comida era mala, pero Abbie no estaba dispuesta a que aquello le estropease la velada y le habló largo y tendido de la recolección

de fruta, la buena gente que había conocido y las duras condiciones en las que vivían. Rolf asentía con la cabeza como si ya supiera todo aquello.

Prácticamente no dijo una palabra y a veces ni siquiera parecía que estuviera escuchando.

—¿Estás bien? —dijo ella al final.

—Claro. ¿Por qué?

—No sé. Estás un poco callado.

—Estoy cansado, eso es todo.

—¿Me has echado de menos?

En el mismo momento en que aquellas palabras brotaron de su boca, Abbie

supo que era un comentario desacertado. Él suspiró y miró hacia arriba con desdén.

—Sí, cariiiño, te he echado mucho de menos.

Lo dijo con tal desprecio que ella tuvo que morderse el labio y bajar la vista al plato, pero no dijo nada. Derramar lágrimas por Rolf era un signo de debilidad, y sabía que no debía llorar. Pero él debió de notar lo dolida que se sentía, pues le cogió

las manos en un gesto de culpabilidad.

—Lo siento. Pero ya sabes lo que pienso de toda esa mierda burguesa.

—Como echar de menos a alguien a quien quieres.

Él se acercó a Abbie, la rodeó con el brazo y le besó la sien.

—Lo siento. Te he echado de menos. ¿Vale?

Ella asintió con la cabeza, tragó saliva valientemente y sonrió.

—¿Podemos irnos a algún sitio? Solo el fin de semana.

—¿Adónde?

—No lo sé, a algún sitio cerca del mar. Quiero caminar por la playa.

—El domingo tengo que estar en Seattle.

—¿Puedo ir contigo?

—No.

Él nunca le había contado gran cosa, pero ahora no le contaba nada. Sin embargo, Abbie se había enterado por los periódicos de algunas de las cosas que habían estado ocurriendo y en las que probablemente él estaba implicado. Desde la frontera de Canadá hasta el norte de California, se habían producido una serie de ataques, la mayoría de ellos contra compañías madereras y biotecnológicas, cuyos daños ascendían a muchos millones de dólares. Él decía que era demasiado arriesgado que Abbie

siguiese implicándose, pero ella sospechaba que el motivo real era que en Denver le había fallado y se había mostrado demasiado débil y asustada. En otra época la dureza de aquel veredicto le habría hecho daño. Pero ya no le afectaba. Lo cierto era que no quería verse implicada. Todavía admiraba la pasión y la determinación de Rolf. Pero los actos que en el pasado había considerado tan heroicos ahora solo le parecían vanos y peligrosos. Y

también contraproducentes, pues lo único que habían conseguido era despertar simpatía por las codiciosas corporaciones que constituían sus objetivos. De todas formas, Rolf sin duda había encontrado a otras jóvenes que lo ayudasen. Y probablemente también a las que follar, aunque Abbie procuraba no pensar en ello. Lo necesitaba ahora más que nunca.

—Vayamos a algún sitio a pasar solo esta noche y el día de mañana —

dijo ella. Lo besó en el cuello y le puso la mano en el muslo—. Por favor.

Ha pasado tanto tiempo.

Viajaron hacia el sur durante aproximadamente una hora y poco antes de llegar a Big Sur, serpenteando a gran altura por los acantilados, hallaron un pequeño motel desde el que se veía el mar al otro lado de la carretera. En la ventana había un letrero de neón azul que rezaba: HAY

HABITACIONES, y pararon el coche y aparcaron. Detrás del mostrador de recepción había una anciana dormida frente a un televisor borroso, y tuvieron que despertarla para pedir una habitación.

Abbie dejó su bolso y se volvió hacia él, y cuando Rolf cerró la puerta a su

espalda, ella vio en sus ojos un destello oscuro que no reconocía.

—¿Rolf?

Él le rasgó el vestido a la altura de los hombros, la tumbó boca abajo sobre la cama y la folló de forma tan violenta y con tan poca ternura que Abbie le gritó que parara. Consiguió girarse y arremetió contra Rolf, pero él la golpeó fuerte en la cara primero con la palma y luego con el dorso de la mano. Era la primera vez que le pegaba. A continuación, la agarró del cuello y le apretó tan fuerte que Abbie creyó

que iba a estrangularla. Estaba tan asustada, no solo por su propia vida sino también por la del niño que llevaba dentro, que dejó de forcejear y permitió que le hiciera lo que él quiso hasta que quedó saciado. Luego se apartó de ella dándose la vuelta y se desplomó sobre la cama.

Abbie no supo cuánto tiempo permaneció allí escuchando su respiración. Pero cuando al final estuvo segura de que se había dormido y

logró armarse de valor, se apartó de él poco a poco, centímetro a centímetro, salió de la cama y recogió sus cosas en silencio. Cada vez que él cambiaba de postura, se quedaba inmóvil. Cogió las llaves del coche y un fajo de billetes de la cazadora de Rolf y pensó en cogerle también el móvil, pero cambió de opinión. El semen húmedo y cálido que le había derramado en el muslo estuvo a punto de provocarle una arcada. Se dirigió a la puerta desnuda y de puntillas y salió sin hacer ruido, respirando entrecortadamente y rezando para que el suelo no crujiera. Y no crujió.

La luna brillaba oblicuamente a lo largo de la pasarela de madera descolorida que había en el exterior. Se vistió a toda prisa junto a su sombra proyectada en la pared y caminó descalza por la gravilla fresca y gris hasta el coche. Estaba aparcado en una pendiente, bajo unos pinos descuidados, a unos cincuenta metros de la habitación; lo bastante cerca para que él pudiera oír el motor al arrancar y llegar a tiempo hasta ella. No corría ni un soplo de viento, y el único sonido que se oía eran los lejanos ladridos de un perro. Lanzó el bolso en la parte trasera del vehículo, puso el coche en punto muerto y el automóvil descendió rodando lentamente hacia la carretera, mientras la gravilla crujía bajo los neumáticos. Cuando el coche llegó a la carretera, giró la llave de contacto y el motor arrancó renqueando. En el mar, la estela de la luz de la luna resplandecía en dirección al horizonte. Se metió en la carretera y se alejó acelerando suavemente, y volvió por el camino por el que habían venido. No sabía cuánto duraría el viaje, pero sí adonde iba a ir.

Condujo durante toda la noche y avanzó poco a poco hacia el norte hasta que encontró la Interestatal 80. Luego se dirigió al oeste y contempló cómo el sol asomaba por las sierras, brumoso, rojo e implacable. Poco antes de llegar a Reno, le entraron nauseas y paró en un restaurante de carretera, donde vomitó, se lavó y se limpió del cuerpo todo rastro de Rolf. Volvió al coche y reclinó el asiento, y estuvo durmiendo hasta que la despertó el calor y la luz resplandeciente del sol. Tardó ocho horas en cruzar Nevada; los letreros de los lugares pasaban rápidamente ante ella: Lovelock, Battle Mountain y Elko, y el río Humboldt, que avanzaba serpenteando y lanzaba destellos a su lado. A veces salía de la interestatal para repostar gasolina o comer algo, y pasaba por pueblos abandonados y secos con tiendas hechas con tablas, extensos campings de caravanas y armazones saqueados de coches. Luego entró en Utah, donde la carretera avanzaba en

línea recta por la interminable extensión llana del desierto, que brillaba con tonos rosados a cada lado del horizonte mientras se hacía de noche.

Poco después de medianoche pasó por Salt Lake City y entonces, pese a tener las ventanillas abiertas de par en par y al aire nocturno que entraba, cada vez más fresco y matizado por la salvia, se le empezaron a cerrar los párpados y la barbilla comenzó a caerle sobre el pecho, y supo que tenía que parar. Tomó un desvío de la interestatal y encontró un motel barato.

Estaba tan cansada que a punto estuvo de dar su nombre verdadero, pero se corrigió a tiempo y el chico de la recepción le preguntó en tono de broma si se había olvidado de quién era, ante lo cual Abbie sonrió y dijo que, efectivamente, era lo que le había pasado. Había conducido unos mil quinientos kilómetros y, al mirar el mapa al día siguiente, calculó que todavía le quedaban otros tantos. Había considerado la posibilidad de llamar a su casa, pero decidió no hacerlo. Quizá todavía tenían el teléfono pinchado. Y, de todas formas, puede que Josh no estuviera en casa y contestara su madre, en cuyo caso Abbie no sabría qué decir. Tampoco sabía qué

decir a Ty después de los tres largos años que habían pasado y todo el dolor y los problemas que ella le había causado.

A primera hora de la tarde cruzó la divisoria continental, y en Rawlins giró

hacia el norte en dirección a Casper. Y a medida que el sol empezaba a ocultarse tras los montes Bighorn, por fin abandonó la interestatal y entró en Sheridan. Recorrió

plácidamente la calle principal, pasó por delante de la pequeña plaza donde ella y Ty habían estado sentados hablando aquel día, cuyo vaquero de bronce seguía montando guardia con su rifle apoyado en el hombro.

Encontró un sitio donde aparcar y escribió en el bloc que había cogido en el motel la nota que pensaba dejar en el buzón de la entrada. Descartó las dos primeras tentativas. Las disculpas sonaban demasiado inútiles y autocompasivas. Y al tercer intento, escribió dos sencillas líneas: Ty, el lunes al mediodía estaré junto a la estatua del vaquero. Si no vienes, lo entenderé. Con cariño, A.

Después de una ausencia tan larga, le preocupaba no recordar el camino hasta el rancho y acabar perdida en el laberinto de caminos de grava, pero incluso en la penumbra se acordó del trayecto que debía seguir. Pasó junto a un camión que avanzaba en dirección contraria y llevaba escrito en un lado

«Gas y Petróleo McGuigan», y el apellido desencadenó en su cabeza la habitual conexión con la imagen del chico arrodillado ante la casa en llamas. Y mientras atravesaba la nube de polvo cada vez más clara que había dejado el camión, se preguntó cómo había podido llegar a encontrarse en un estado mental tan lamentable y haber perjudicado a tanta gente.

Cuando paró al final del camino de entrada de los Hawkins, un destello blanco le llamó la atención, y al mirar hacia la izquierda con los ojos entornados a la luz del

crepúsculo, vio una pequeña manada de ciervos formada por madres y cervatillos que la estaba observando bajo una hilera de álamos. Pensó que echarían a correr entre los árboles, pero no lo hicieron y se quedaron mirando mientras ella caminaba hacia el buzón. Se detuvo y permaneció inmóvil un rato, dando golpecitos con los dedos al sobre cerrado y mirando hacia atrás a los ciervos. No supo si fueron los animales los que la desafiaron con la mirada o si simplemente se trataba del influjo de una noche solitaria más, pero en lugar de dejar la nota, se dirigió de nuevo al coche, giró el volante y se dirigió hacia la casa.

Como era de esperar, los perros llegaron corriendo y ladrando. Y antes de que hubiera aparcado, una cara apareció en la ventana de la cocina y se encendió la luz de fuera. Cuando abrió la puerta del coche, los perros parecieron acordarse inmediatamente de ella y dejaron de ladrar y empezaron a saltar a su alrededor. Ella salió del vehículo, se agachó y los acarició, y les dejó que le lamieran la cara. Se oyeron unos pasos en el porche, y al alzar la vista vio que Ty se dirigía hacia ella por el camino de grava.

—Hola, ¿en qué puedo ayudarte?

Abbie se levantó frente a Ty y vio cómo la sorpresa se reflejaba en su rostro al reconocerla. Él se paró en seco.

—¡Dios mío! —exclamó en voz baja.

—Lo siento. Si quieres que me vaya, me iré.

—No me lo puedo creer.

—No sabía a qué otro sitio... Mira, lo mejor será que me vaya. Pero él ya estaba caminando hacia ella, y Abbie se quedó quieta, incapaz de moverse, mirándolo. Sin decir una palabra, la rodeó con los brazos, y ella empezó a temblar y se habría caído si él no hubiera estado allí para sujetarla. Ty le acarició el pelo y dejó que llorara, mientras ella pronunciaba su nombre una y otra vez y decía lo mucho que lo sentía, hasta que él la

hizo callar con delicadeza y la llevó despacio hasta la casa. Su madre estaba esperando en el porche, pero Abbie tenía los ojos demasiado empañados y la luz era demasiado débil para saber si era bien recibida o repudiada.

Entonces Martha dio un paso adelante y la recibió de manos de Ty, y la abrazó como si fuera su propia hija, acariciándola y tranquilizándola.

—Pobre niña —murmuró—. Pobrecita niña.

Abbie se sentía abrumada. Su primer baño desde hacía años, la sensación de las toallas frescas, los olores y sonidos al preparar la cena, todas aquellas cosas mundanas, familiares pero olvidadas, abrieron la celda donde había encerrado todos los recuerdos de su hogar y su familia. Martha le dio ropa limpia y le puso en el plato más comida de la que Abbie acostumbraba a ver en una semana. Cuando no pudo comer más, quitaron la mesa y los tres se quedaron mirándose con una incredulidad llena de afecto pero también de recelo, y empezaron a hablar de lo que había pasado y de lo que podía pasar ahora.

Abbie se había fijado en que el sillón donde Ray se sentaba frente al televisor estaba vacío, y Ty le dijo que su padre había muerto hacía casi dos años y que su fallecimiento había sido una bendición para todos. Abbie dijo que lo sentía mucho y que le habría gustado conocerlo mejor. Luego respiró hondo y empezó a contarles lo

ocurrido aquella noche hacía tres años en Denver. E intentó relatarlo con claridad, sin autocompadecerse ni adornar la historia con motivos que justificasen su actitud, y les dijo sencillamente lo que pretendían hacer y cómo las cosas habían tomado un cariz tan trágico.

Ty y su madre la escucharon haciendo preguntas de vez en cuando y oyeron también el relato censurado de su vida posterior, que según Abbie parecía una niebla sobre un valle del que no había conseguido salir hasta ese momento. Y aunque les ahorró los detalles más siniestros y habló de Rolf como si no fuera más que un fantasma de aquella niebla, dijo que había llegado a darse cuenta de la locura en la que había estado sumida y que ya no podía vivir más con ella. Entonces Martha se levantó y fue hacia el aparador, y volvió con algo que parecía una especie de álbum de recortes.

—Mamá —dijo Ty—. Por favor, ahora no.

—Creo que Abbie tiene que verlo.

Lo colocó sobre la mesa delante de ella, y Abbie lo abrió e inmediatamente vio lo que era. Páginas y más páginas de recortes pegados de periódicos y revistas que hablaban de la detención y el encarcelamiento

de Ty, fotos de la policía en las que él aparecía pálido y angustiado, con su nombre y un número colgado del cuello. Y la cara ubicua de Abbie en la foto de su graduación sonriendo al lado. Los titulares proclamaban la culpabilidad de Ty: «Arrestan a un implicado en el asesinato de Denver»,

«El joven de Sheridan es el amante de la terrorista Abbie», «El terrorista Tyler es detenido por asesinato». Había fotos de Ray y Martha, calumniados por asociación. Incluso los recortes más recientes acerca de la liberación de Ty —mucho más pequeños y escondidos en el interior pues, naturalmente, la noticia era menos impactante— aquellas imágenes todavía despertaban en Abbie una persistente sensación de culpabilidad.

Cerró el libro y alzó la vista. Los dos la estaban mirando fijamente. Ella se había quedado sin habla.

—Necesitaba que vieras lo que nos has hecho —dijo Martha.

Abbie asintió con la cabeza.

—No sé qué decir.

Martha asintió a su vez y le dedicó una sonrisa triste, y estiró la mano por encima de la mesa para cogerle la suya. Ty estaba mordiéndose el labio.

Alargó el brazo y cogió la otra mano de Abbie, y durante un rato los tres permanecieron unidos en sus respectivas meditaciones mientras el viejo reloj de pared marcaba el paso del tiempo en medio de aquel silencio pesaroso.

—Me siento tan avergonzada —dijo Abbie finalmente.

—Lo sé, niña. Ty hablará por él, pero yo te perdono. Lo único que importa ahora es lo que vas a hacer al respecto.

—¿Ray llegó a enterarse de todo?

Por supuesto, se refería a la detención de Ty y a la posibilidad de que aquello hubiera contribuido a la muerte de su padre, pero Abbie no se sentía con el valor para expresarlo claramente.

—Creo que no —dijo Ty en voz baja.

Martha se levantó y recogió el álbum de recortes.

—Me voy a la cama. Seguro que los dos tenéis cosas de que hablar. La besó en la frente y los dejó.

Abbie necesitaba tomar el aire. Los dos salieron fuera y atravesaron el patio, pasaron junto a los establos y recorrieron el camino de tierra que se elevaba por encima de los prados. El cielo se había nublado, y por el valle subía una leve brisa. Abbie notó en la cara el aire fresco que arrastraba las primeras notas de la fragancia del otoño. De vez en cuando, a lo lejos, por

encima de las montañas, un relámpago sordo parpadeaba entre las nubes y emitía un brillo azulado. Ty le rodeó los hombros con el brazo y durante un largo rato se dedicaron a caminar sin decir nada. Se detuvieron junto a una verja y se apoyaron en la valla el uno al lado del otro, mirando el declive donde se veían las figuras de los caballos, oscuras e inmóviles, sobre la hierba del prado aclarada por el sol.

En voz baja y sin atreverse a mirarlo, Abbie dijo que desearía poder reparar todo el daño que le había causado y que ojalá hubiera una forma de corregir lo que había hecho. Dijo que sabía que su madre deseaba que se entregara y que ella también lo deseaba, pero que en ese preciso momento se sentía como una niña subida en una roca junto al mar que estuviese deseando saltar pero tuviese demasiado miedo.

—Probablemente todavía sea peligroso que estés aquí —dijo Ty, sin dejar de mirar hacia la oscuridad—. Hoy en día no sé hasta qué punto se toman la molestia de vigilarnos, pero dudo que se hayan olvidado de nosotros. Creo que todavía escuchan nuestras conversaciones telefónicas.

—Me iré por la mañana.

—No.

—Ty, hay otra cosa que quiero decirte.

Él la miró.

—Estoy embarazada.

Ty la miró largamente, y Abbie vio el dolor reflejado en sus ojos y una nueva emoción que empezaba a formarse y que todavía no podía descifrar.

Se acercó a ella y la abrazó estrechándole los hombros.

—Durante estos tres años no ha habido un día que no haya pensado en ti. A pesar de todo lo que ha pasado, nunca he dejado de quererte. Y pase lo que pase, siempre estaré aquí para ti. Me parece justo que te entregues. Y

tienes que hacerlo por el bien del niño. Pero antes dame unos días. Por favor, Abbie.

—Oh, Ty, ¿cómo vamos a...?

—Solo unos días para que estemos los dos solos. Podemos decidir lo que vas a hacer y luego hacerlo como es debido. Conozco un sitio al que podemos ir.

Capítulo 28

Boulder era tan estupendo como Freddie había dicho. De hecho para el gusto de Josh, era demasiado estupendo. Todo el mundo era tan

condenadamente guapo que se sentía como el patito feo. Todos los chicos eran altos y rubios y estaban musculosos y bronceados, y las chicas tenían una sonrisa perfecta, llevaban diamantes en el ombligo y parecía salidas de una pasarela. Era como la primera colonia de una superraza alienígena. O a lo mejor solo era así el grupo de Freddie. Qué demonios, pensó Josh. Estaba allí y hacía un tiempo maravilloso, y Nikki —solo Dios sabía por qué—

todavía parecía interesada en él, de modo que iba a dejarse llevar y a pasárselo bien.

Viajar a Colorado para celebrar el vigésimo primer cumpleaños de Freddy no había sido una decisión tan fácil de tomar. Por culpa de ello, había tenido una bronca de campeonato con su madre. Pensándolo bien, no había sido muy listo. Debería habérselo preguntado en lugar de anunciarle simplemente que iba a estar fuera toda la semana. Él le había dicho que no merecía la pena hacer el viaje hasta allí y pasar menos tiempo, y que podía pedir los apuntes de las clases a las que no asistiera. De todas formas, faltaba regularmente a la mayoría de ellas, pero no había considerado oportuno mencionar aquel punto. Aun así, ella se había subido por las paredes y durante la semana siguiente de las vacaciones de verano apenas se habían dirigido la palabra. Al final, habían llegado a un acuerdo. Josh se marcharía el jueves y volvería a la universidad el martes de la semana siguiente.

Freddie compartía una casa situada junto a Spruce Street con otros tres chicos, todos ellos tan relajados, ricos y guapos como él. La vivienda se había hecho popular y era conocida como el Templo Maldito debido a la cantidad de incienso que quemaban para disimular el olor a hierba, a las cortinas y estatuas orientales, y al hecho de que no hubiera una sola silla en toda la casa, pues únicamente había cojines y colchones.

Era sábado por la noche, la noche de la fiesta, aunque en realidad la fiesta llevaba celebrándose desde que Freddie, Summer y Nikki lo habían recogido en el aeropuerto de Denver dos días antes. La casa estaba abarrotada. Por razones que solo él conocía, Freddie había contratado una empresa de catering japonesa, y unas camareras vestidas de geisha se paseaban haciendo reverencias a todo el mundo y ofreciendo sushi y vasitos con sake caliente, de los cuales Josh ya había bebido demasiados. El efecto no era desagradable, aunque, sumado a la cerveza y los porros que no paraban de circular, podía llegar a resultarlo. No parecía tanto un estado de embriaguez como de parálisis. Josh no notaba ciertas partes del cuerpo, y

cuando volvía la cabeza, parecía que se quedase inmóvil un instante hasta que se giraba. Estaba tumbado en un montón de cojines con Nikki y otros chicos que hablaban y

reían y que, sin duda alguna, se lo estaban pasando bien. Pero la música parecía estar volviéndose un poco estridente y empezó a impregnar su espalda un sudor frío.

—¿Te encuentras bien?

Nikki lo estaba mirando con el ceño fruncido.

—Más o menos.

—Estás blanco como una hoja. Vamos a tomar un poco el aire. Lo ayudó a levantarse y lo llevó de la mano entre el gentío hasta la entrada, que estaba igual de abarrotada, pero donde no hacía tanto calor.

—Mira, no quiero ser un pesado —dijo él—. Voy a salir fuera un rato.

—Voy contigo.

—No, en serio. Gracias. Estaré bien. Solo voy a dar la vuelta a la manzana.

—¿Estás seguro?

—Sí. Luego volveré y te buscaré.

Encontró su cazadora donde la había dejado, junto a su bolsa de viaje, metida debajo de la cama en la habitación de Freddie, y a continuación se dirigió a la puerta principal y bajó la escalera que daba a la calle. El aire de la montaña era fresco y resultaba agradable, y llenó sus pulmones de él una media docena de veces mientras caminaba por la acera, procurando avanzar lo más recto posible. Cuando llegó al centro comercial de Pearl Street, estaba empezando a sentirse mejor y lo recorrió de una punta a la otra, mirando los escaparates de las tiendas, que ya estaban llenos de ropa invernal de colores vivos y equipamiento de snowboard; luego dio la vuelta por el otro lado haciendo lo mismo.

Tenía la cabeza más despejada y notaba las manos frías, y al metérselas en los bolsillos de la cazadora, tocó el móvil de pre-pago que, por fidelidad o simple estupidez, seguía llevando consigo allí donde iba. No lo había revisado desde que había salido de Nueva York, y no sabía por qué seguía molestándose en hacerlo. Abbie no se había puesto en contacto con él desde las Navidades de hacía dos años, cuando se había echado a llorar y había dicho que quería suicidarse. Por lo que él sabía, podía haberlo hecho, pero era algo en lo que procuraba no pensar. Sacó el teléfono del bolsillo y lo

encendió, y unos segundos más tarde, con gran sorpresa, oyó un pitido y apareció el pequeño símbolo que indicaba que tenía un mensaje de voz.

Sin embargo, hacía tanto tiempo que no lo utilizaba que había olvidado el maldito código. Y el trozo de papel que lo especificaba estaba en Nueva York, metido entre las páginas de un viejo diccionario. Cuando oyó que Abbie deletreaba las dos palabras por segunda vez, le entró pánico. La primera palabra indicaba el número, y la segunda, cuándo hacer la llamada.

Pero, maldita sea, aquello era lo único que recordaba. No hacía más que apretar el botón para repetirlo y escucharlo una y otra vez, pero no servía de nada. Entonces oyó un aviso que decía que tenía un segundo mensaje. Era de Abbie nuevamente. En él decía que había estado esperando a que la llamara, pero que a lo mejor ya no miraba el móvil o tal vez se había olvidado del código. Le dio un número y le pidió que lo marcara el domingo a las seis de la tarde. Aquel tono estridente, autoritario e histérico que había acabado resultándole tan familiar había desaparecido.

«Espero que recibas esto —empezaba el mensaje—. Si no tengo noticias tuyas, supongo que tendré que encontrar otra forma de ponerme en contacto contigo. Por favor, llama. Es importante. No se lo digas todavía ni a mamá ni a papá. Te quiero, Joshie. Te quiero de verdad.»

Durante el camino de vuelta a la casa lo escuchó cuatro veces más hasta que se aprendió el mensaje de memoria. ¿Qué podía ser tan importante?

Probablemente quería más dinero. Bueno, por lo menos estaba viva. Lo que más le desconcertaba era el «Te quiero» del final. No recordaba haberla oído decirle aquello; al menos desde que había dejado de ser una niña.

Cuando llegó a la casa, la fiesta estaba un poco más calmada. Las geishas se habían marchado. Miró a su alrededor y encontró a Nikki. Parecía estar con otro chico, uno de los dioses rubios. Preguntó a Josh qué tal se encontraba, y él le dijo que bien. Alguien le ofreció un porro y lo pasó sin darle una calada. Y durante el resto de noche, no bebió otra cosa que agua. Quería tener la cabeza despejada al día siguiente, cuando llegara la hora de hacer la llamada.

Cada mañana, cuando abría la puerta de la cabaña y caminaba a lo largo del riachuelo y más allá de los árboles hasta llegar a la zona donde el terreno descendía abruptamente y se podía ver el valle al este y las montañas al oeste, Abbie siempre esperaba que algo hubiera cambiado.

Pero las señales que mostraban el paso de aquellos días preciados eran casi imperceptibles. El brillo amarillo de los álamos tal vez poseía un tono más

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