Cuando el abismo separa

Nicholas Evans · Capítulo 1 de 1 · parte 6/16

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Cuando el abismo separa

Agradecimientos .......................................................................... 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 16 partes.

—Bueno, es algo que deberíamos plantearnos —dijo él.

—Ah, claro. ¿Y cuándo vamos a hacerlo?

Durante semanas hicieron poca cosa más. Y las conversaciones se intensificaron hasta desembocar en una pelea con todas las de la ley.

Resultó que él ya había hecho una visita al lugar con Martin y que le había gustado lo que había visto. Dijo que se los imaginaba viviendo allí. Sarah lo acusó de esconderle todo aquello y de ser un machista al dar por hecho que su carrera profesional debía anteponerse a la de ella y creer que podía decidir dónde iban a vivir. Ella dijo que no quería vivir en una zona residencial. Tal vez se debiera al modo ligeramente despectivo en que pronunció

aquellas palabras, pero, por primera vez, él la acusó de ser una esnob de Westchester, y aquello la enfureció tanto que se pasó tres días sin hablar.

Ninguno de los dos parecía dispuesto a romper el hielo. No se tocaron durante más de un mes. Una soleada mañana de sábado de principios de primavera, mientras empujaba con expresión hosca un carrito por los pasillos de un vivero de las afueras al que habían ido con el fin de comprar plantas para sus dos metros cuadrados de azotea, de repente Benjamin se detuvo y cogió una clemátide.

—Esta es para ti —dijo. Estaba sonriendo de forma extraña, pero por un momento Sarah pensó que su actitud era genuinamente amistosa y que tal

vez se tratara de una propuesta de paz. Entonces vio la etiqueta. El nombre de la variedad era «Reina del Ártico».

Se olvidaron de su discusión con respecto al lugar donde iban a vivir.

Pero aquel acto imprevisto de rencor tardó en desaparecer del corazón de Sarah. Era la primera vez que él la acusaba de ser frígida, y le provocó sorpresa y dolor. Abbie nació dieciocho meses más tarde. Y dos años después, el mismo mes que Ingram Cooper Asociados consiguió su primer encargo serio, llegó Josh. En cada parto, Sarah organizó su trabajo de forma que pudiera tomarse unos cuantos meses libres. Su carrera, pese a no ser exactamente próspera, estaba progresando bastante bien. Un documental había llevado a otro. Una película que realizó sobre los montajes fotográficos de David Hockney incluso fue nomidada a un premio Emmy.

Ahora vivían en el Upper West Side, en otro apartamento de alquiler, más cómodo y espacioso que su antiguo nido de amor. Pero con dos niños pequeños y una niñera que trabajaba a jornada completa y que apenas se podían permitir, seguía resultando

pequeño y distaba de ser perfecto. Cada mañana Benjamin se metía en su ranchera Volvo y avanzaba con dificultad entre el tráfico rumbo a Syosset. Fieles a lo programado, Martin y Berth y sus dos hijos, nacidos con tan solo diez meses de diferencia, ya estaban viviendo allí, mientras que la sede de Ingram Cooper Asociados y su creciente equipo se hallaban alojados en un estudio alargado con techo de cristal ubicado entre los arces de su espacioso jardín. Y para el cuarto cumpleaños de Abbie, los Cooper decidieron unirse a ellos. Con un préstamo avalado (pese a la reticencia de Benjamin) por el fondo fiduciario de Sarah, compraron una casita blanca de madera a escasa distancia de la de los Ingram, y pocos meses después pagaron un anticipo del terreno de casi media hectárea de suave pendiente rodeado de árboles situado en las afueras del pueblo, donde Benjamin construiría una magnífica casa de diseño propio.

Más tarde, a Sarah le costaría precisar el momento en que había empezado a gustarle la idea de mudarse. Se trataba más bien de un proceso de desgaste, una creciente inquietud ante la idea de criar a sus hijos en Manhattan. A diferencia de Abbie, Josh era un niño con problemas. Era un imán para toda clase de virus pasajeros. Tras un terrible fin de semana en que le costaba respirar y se puso de color morado y tuvieron que llevarlo corriendo al hospital, le diagnosticaron asma. Era un niño tímido y enmadrado que no estaba hecho para el ajetreo y el estruendo de la ciudad.

Cada mañana lloraba durante una hora cuando ella se marchaba al trabajo.

Y

cuando a la niñera le resultó demasiado difícil de manejar y dejó el empleo, Sarah empezó a rechazar trabajo para pasar más tiempo en casa.

Los fines de semana veraniegos que pasaban en casa de Martin y Beth haciendo barbacoas bajo los árboles, reuniéndose con sus vecinos y contemplando cómo Abbie y Josh corrían libres, seguros y felices con los demás niños, Sarah llegó a la conclusión de que si iba a convertirse en una madre a tiempo completo, tal vez aquel no fuera un mal sitio para hacerlo.

El tema que zanjó la cuestión —y sobre el que Benjamin y su padre mantuvieron su primera pelea seria— fue la educación. Aunque a ICA le iba bien, la empresa no estaba produciendo suficientes beneficios para pagar las facturas de los lujosos colegios privados de Manhattan. Cuando Sarah les contó a sus padres por primera vez sus planes de mudanza, reaccionaron con una especie de incredulidad condescendiente. Su padre opinaba que Long Island podía ser un buen sitio para aparcar un yate, pero desde luego no era un sitio donde uno pudiera vivir. Nunca había estado en Syosset, pero no le hacía falta para saber la clase de sitio que era. Y el hecho de que su hija y sus nietos se vieran obligados a emigrar allí era la prueba largamente esperada de la incapacidad de Benjamin para mantenerlos como era debido. Si querían marcharse de la ciudad, ¿por qué no iban a Bedford?

En un intento desesperado por evitar que se mudaran, su padre los llevó a comer a su club, un lugar anticuado donde las mujeres solo poseían un estatus ligeramente superior al de un perro de caza mal adiestrado.

Benjamin se sintió

herido en su orgullo antes de sentarse siquiera. Había una temperatura de treinta y dos grados y se había presentado con una camisa con el cuello abierto, pero en la entrada lo habían obligado a tomar prestada una corbata y una chaqueta que le

quedaba varias tallas más grande y olía a humo de puro. Mostrando más entusiasmo del que realmente sentía, Sarah estuvo hablándole a su padre de la casa que iban a construir. Él escuchó en silencio, masticando con seriedad sus chuletas de cordero.

—Y allí hay unos colegios increíbles —concluyó Sarah.

Él miró por encima de sus gafas de concha con forma de media luna.

—¿Vas a llevar a Abbie y a Josh a un colegio público?

—Sí.

—Estoy pasmado.

—Bueno, George —dijo Benjamin afablemente—. A mí me sirvió. El padre de Sarah se volvió lentamente y lo miró.

—¿De verdad?

—¿Perdón?

—¿Te sirvió? Es solo una pregunta. No quiero faltarte al respeto. Estoy seguro de que la educación que recibiste era la mejor que el pueblo de... Lo siento, no me acuerdo...

—Abilene.

—... podía ofrecer. Pero ¿has pensado alguna vez lo que podrías estar haciendo hoy en día si tus padres te hubieran mandado a un sitio mejor?

Era un comentario tan grosero que Benjamin miró a Sarah y sonrió.

Ajeno a aquello, su padre continuó.

—¿Por qué no les damos el mejor comienzo posible en la vida? Yo correré con los gastos.

Benjamin se levantó.

—Gracias, George, pero no será necesario. Son mis hijos... y de Sarah, claro está... y haremos con ellos lo que consideremos mejor. Y ahora, lo siento, pero tengo que ir a ganar dinero.

Fue un momento de tensión, pero Sarah siempre lo admiraría por el firme y solemne autodominio con que manejó aquella situación y muchas otras parecidas en el futuro.

La vida en una zona residencial resultó mejor de lo que Sarah se creía con derecho a esperar. La casa que Benjamin construyó finalmente, con tres niveles separados, era exquisita. Y alrededor, dejando que los árboles y las rocas de la zona dictaran su diseño, Sarah creó el jardín que merecía. Los niños iban creciendo. Ya fuese en el partido de fútbol de los sábados por la mañana o en la clase de equitación, en la función del colegio o en el campamento de vacaciones en los montes Adirondacks, Abbie siempre triunfaba sin esfuerzo.

Josh tardó más en adaptarse. Con solo tres años perdió la parte superior del dedo índice cuando Benjamin se lo pilló sin querer con la puerta del coche. Se sometió a una serie de operaciones para que adquiriera mejor aspecto, y no parecía estorbarle a la hora de escribir, dibujar o hacer cualquier otra cosa. Pero aquello contribuyó a que fuera todavía más vergonzoso y tímido. El colegio le resultaba difícil y le costaba hacer

amigos, y de no haber tenido a Abbie para protegerlo, habría sido víctima de los matones de la escuela. Sin embargo, aunque se hallaba constantemente a la sombra de su hermana, fue ganando poco a poco en fuerza y

confianza, y sus ataques de asma se volvieron menos graves. Era un niño sensible y cariñoso, pero tenía una suerte de resistencia tenaz, resultado sin duda de un exceso de sufrimiento a una edad temprana.

Naturalmente, Benjamin nunca se perdonó por el accidente, ni siquiera después de que Josh empezara a bromear sobre el tema, levantando dos dedos y diciendo con la voz de un hippy colocado: «Casi paz, tío», que pasó a ser una especie de gesto privado de saludo y despedida de la familia. El precio de acompañar a su hijo en sus tribulaciones —aunque ella se negaba a considerarlas como tales— fue la carrera profesional de Sarah. Había ido dejando su empleo poco a poco, y finalmente el teléfono dejó de sonar. Y

cuando por fin él se sintió feliz, sano y seguro y ella empezó a hacer llamadas, descubrió que el mundo había seguido girando. La televisión se había vuelto todavía más despiadadamente comercial y nadie parecía interesado en la clase de documentales que ella había realizado. Ya ni siquiera eran películas exactamente. Se había impuesto una nueva tecnología. Todo el mundo estaba rodando documentales con cámaras de vídeo ligeras; en las salas de montaje, habían tirado las viejas moviolas Steenbeck y las habían sustituido por mesas electrónicas. Sarah no habría tardado en adaptarse, pero algo la refrenó: la sensación de que su vida había seguido avanzando y de que tal vez debería probar algo nuevo.

Fue Benjamin quien se lo propuso. Una tarde, al llegar a casa, mencionó de pasada que acababa de ver un cartel fuera de la librería local que indicaba que estaba en venta. No era un sitio de lo más estimulante, y aunque Sarah y muchas amigas y vecinas la frecuentaban por pura lealtad, todo el mundo se quejaba de lo poco imaginativa, inepta y en ocasiones totalmente grosera que era su dueña. Tener su propia librería siempre había sido una de las fantasías de Sarah, pero hasta que Benjamin lo sugirió, siempre había pensado en ello de la misma forma que él soñaba con ser Paul Newman.

—No nos lo podemos permitir —dijo ella.

—Sí que podemos.

—No sabría cómo llevarla.

—Sabes perfectamente que lo harías de maravilla.

Y así fue. Al cabo de tres años, había sacado a flote la librería Village y había empezado a obtener unos modestos beneficios. Encargó a Benjamin que diseñase una ampliación en la parte trasera y, mucho antes de que a alguien se le ocurriera la idea, hizo que pareciera un estudio poniendo lámparas de pie y cómodos sofás de cuero, así como una pequeña barra donde se podía tomar café, refrescos y galletas caseras. Transformó un rincón en una zona para niños con juguetes y mesas bajas donde los pequeños podían sentarse a leer o hacer dibujos con lápices de colores.

Estableció

nuevos sistemas de clasificación más rápidos y recurrió descaradamente a sus viejos contactos, adulando y rogando a todo escritor que se le ocurrió para que acudiera a dar una charla y vendiera unos cuantos libros.

Mientras tanto, la empresa de Benjamin y Martin iba viento en popa. En la panadería en ruinas del centro que habían transformado en un moderno estudio, tenían ahora empleadas a más de cincuenta personas. Poco a poco, casi de forma imperceptible, y sin que se hubiera tomado ninguna decisión formal al respecto,

Benjamin había pasado a dirigir el negocio mientras que Martin se había convertido en la fuerza creativa que lo impulsaba. Y aunque Benjamin no estaba del todo satisfecho con aquel reparto de tareas y notaba una comezón al ver que un nuevo proyecto iba cobrando forma en la mesa de dibujo, reconocía que las cosas parecían funcionar mejor de aquella forma.

—Él es el genio y yo el que arregla las cosas —decía.

Y a pesar de que Sarah siempre negaba aquello, no solo porque notaba que él quería que lo hiciera, sino también porque siempre había albergado la esperanza de que algún día sería un gran arquitecto, llegó a aceptar que él tenía razón. Él era un editor antes que un creador. Si alguien le enseñaba algo, ya fuera el borrador de una carta, un anuncio de la librería para el periódico o el proyecto de un sensacional edificio en el que Martin estaba trabajando, inmediatamente podía localizar los puntos débiles e indicar cómo mejorarlos. Se trataba de un talento excepcional, pero él no parecía valorarlo. De vez en cuando, para no perder la práctica, se implicaba más en un proyecto o incluso diseñaba algo él mismo. Y cuando aquello ocurría, Sarah apreciaba el cambio que se experimentaba en él, en su ánimo y su energía, y lo mucho que aquello lo estimulaba y alegraba.

Era el mejor padre que ella podía haber deseado para Abbie y Josh.

Siempre estaba disponible para ellos, ya fuera para ayudarles a hacer los

deberes de matemáticas o jugar a baloncesto con ellos en el jardín, para llevarlos en coche a clase de violin o a un partido, o disfrazarse de Drácula para entretener a veinte niños en Halloween. A veces, sobre todo durante los tres años que Sarah tuvo que trabajar tantas horas para sacar adelante la librería y todavía no había contratado a Jeffrey como ayudante, Benjamin los veía más que ella. Incluso se sorprendía sintiéndose un poco celosa cuando los niños acudían a él en busca de ayuda antes que a ella. Sus amigas siempre estaban diciendo lo estupendo que era Ben, las muchas cosas que hacía más que sus maridos y la suerte que tenía Sarah de haberlo encontrado. Pero el comentario que se le quedó grabado para siempre en la cabeza lo hizo Iris. Ella y su marido Leo —quien, cuando no estaba trabajando como corredor de bolsa, pasaba la mayoría del tiempo en el campo de golf— vivían en Pittsburgh, aunque residían en un barrio mucho más elegante que donde ella había crecido. Iris se había dedicado al periodismo y trabajaba de ayudante de edición en el Post-Gazette. Un par de veces al año viajaba a Nueva York con sus revoltosos tres hijos, pero sin Leo, para pasar un largo fin de semana con los Cooper. Una soleada mañana de sábado, durante una de esas visitas, las dos mujeres se encontraban sentadas a la mesa de la cocina, bebiendo café y poniéndose al día, mientras Benjamin, que había preparado el desayuno para todos, llenaba el lavavajillas, ordenaba la colada, hacía la lista de la compra (sin tener que consultar a Sarah) y luego metía alegremente a los cinco niños en el coche y los llevaba al centro comercial.

—¿No es un poco raro?

—¿Qué?

—Que él lo haga todo. Que lo sepa todo. Se supone que los hombres no saben si hay mantequilla en la nevera. Apuesto a que él sabe hasta el número de los zapatos

de los niños.

—Así es.

—¿Y los números de teléfono de sus amigos?

—Sí.

—Leo ni siquiera sabe cómo se llaman. ¿Sabe Ben tu talla de ropa?

—Sí.

—¿Y la de sujetador?

—No me gusta ir de compras. Él me compra la mayoría de ropa.

—¿Sabe cuándo te viene la regla?

—Iris...

—¿Lo sabe?

—Sí.

—No es natural.

—Iris, por Dios, no estamos en los años cincuenta.

—No me malinterpretes. Es fantástico... bueno, algunas cosas... pero no es natural.

Poco después, lo bastante para que resultara evidente que había una relación entre ambas ideas, Iris pasó a contarle a Sarah algo que le había contado una amiga de Pittsburgh, una importante abogada de divorcios.

Lo esencial del comentario era que había dos tipos de hombres que huían del matrimonio: los pícaros y los necesitados El pícaro era un individuo simple que pensaba con la polla y que no podía evitarlo. Sin embargo, pese a que podía querer mucho a su familia, ésta siempre iba después de su principal objetivo en la vida: andar detrás de las mujeres. El necesitado era fundamentalmente inseguro y siempre intentaba demostrarse a sí mismo lo mucho que lo quería todo el mundo. Su familia era en efecto, una gran máquina de amor que necesitaba un control y unas atenciones constantes por su parte. Cuando los niños se hacían mayores y pasaban a vivir sus propias vidas, el padre dejaba de ser tan necesario y de repente se asustaba y se sentía viejo e inútil. De modo que escapaba para buscar una nueva máquina de amor en otra parte.

Iris relató todo aquello más como un chiste que como un serio ejemplo de observación social. Pero durante los días siguientes, Sarah pensó en ello.

Y cuanto más lo hacía, más furiosa se ponía ante lo que aquello insinuaba.

Ella y Benjamin eran más felices que casi todas las parejas que conocía.

Bueno, tal vez él fuera un poco quisquilloso siendo como era arquitecto.

Todo tenía que estar en su sitio en el ángulo adecuado, perfectamente equilibrado y ordenado y bien pulido. Y Sarah tenía que reconocer que era un hombre un poco necesitado de afecto. Le gustaba agradar. Pero ¿acaso no le ocurría eso a la mayoría de hombres?

La idea de que él fuera de la clase de hombres capaces de levantarse de repente y largarse, si es que aquello era lo que Iris había dado a entender (aunque, al mismo tiempo que pensaba en ello, Sarah era consciente de que estaba siendo un poco paranoica), resultaba absurda. Ellos se querían y confiaban el uno en el otro. Y

aunque su vida sexual no fuera tan excitante como a él le gustaría y durante mucho tiempo hubiera sido una fuente de tensión entre ambos, en todos los años que

llevaban casados ella no había sospechado ni una sola vez que él la engañara. Él no era de esa clase de personas. Ni ella tampoco.

Además, en todos los demás aspectos se llevaban estupendamente.

¿Acaso no era así? Había tantas esposas y madres que siempre estaban diciendo lo terribles que eran sus maridos, lo egoístas, groseros y poco comunicativos que se mostraban... Pero Sarah nunca se había sentido así.

Ella y Benjamin siempre hablaban. Hablaban de la gente que conocían, de sus respectivos trabajos, de todo tipo de cosas. Principalmente, claro está, de Abbie y Josh. De sus progresos, problemas y esperanzas, de sus éxitos en el colegio y de sus decepciones. Se enorgullecía de decir que sus hijos eran para ellos el centro del universo. Por suerte era así. Un matrimonio consistía en criar a los hijos, hacer todo lo que uno podía para que fueran felices, protegerlos y prepararlos para la vida, ¿no? ¿Acaso podía haber algo más importante?

No sería hasta mucho más tarde, cuando los niños se hallaban en plena adolescencia y Sarah estaba empezando a desear con impaciencia todas las cosas que ella y Benjamin podrían hacer dentro de poco, los sitios a los que viajarían ellos dos solos, que repararía en la sombra que a veces parecía posarse sobre él. Lo sorprendía mirando a lo lejos con una mirada tan desoladora que le hacía pensar que había pasado algo terrible, que él estaba a punto de contarle que tenía cáncer o que alguien a quien querían había muerto. Le preguntaba si estaba bien, y él sonreía inmediatamente y decía que claro que estaba bien, ¿por qué lo preguntaba?

El día de su boda, la hermana mayor de su padre había llevado a Sarah al altar y, haciendo gala de una discreta vehemencia, le había dado un consejo. Elizabeth siempre había sido su tía favorita y en otra época había sido una famosa belleza de la alta sociedad. No había tenido hijos y había disfrutado de lo que la familia denominaba una vida «movidita», una palabra en clave con la que, según descubrió

Sarah más tarde, se aludía al hecho de irse a la cama con cualquiera. Por aquel entonces, Elizabeth estaba en su tercer matrimonio (moriría posteriormente poco después del cuarto), de modo que a Sarah le pareció un tanto divertido y gracioso que se permitiera ofrecerle consejo.

—Cuidad el uno del otro —le dijo en confianza.

No era precisamente algo trascendental, pero Sarah sonrió educadamente y dijo que lo haría. Elizabeth negó con la cabeza impacientemente.

—No, no lo entiendes. Cuidad el uno del otro. Como pareja. Cuando tengáis hijos, querréis anteponerlos a todo. No lo hagáis. El matrimonio es como una planta. Para mantenerlo con vida hay que regarlo y nutrirlo. Si no lo hacéis, cuando vuestros hijos se hayan ido, miraréis a un rincón y veréis que está muerto.

Capítulo 11

Eve nunca había tenido intención de cumplir su promesa de llamar a los Cooper, al menos no de forma consciente. E incluso después de haberlo hecho, se negó a analizar sus motivos. Con todo el dolor que pronto se desencadenaría, no quería considerarse la culpable del conflicto. En lugar de ello, prefería creer que todo era cuestión del destino. De no haber sido entonces y de aquel modo, el azar habría encontrado otra forma de unirlos a ella y a Ben Cooper.

Durante la semana que habían pasado en La Divisoria, ella y Lori se habían hecho muy amigas de todo el mundo y Eve se había sentido conmovida por el cálido recibimiento que les habían dado. Sarah, en particular, había procurado que se integrasen desde el principio. A Eve le caía bastante bien, pero no mejor que cualquiera de las otras mujeres. Era interesante e ingeniosa, y saltaba a la vista que era muy lista, pero resultaba ligeramente rígida, ni solemne ni superior, sino un tanto distante e inaccesible. Daba la impresión de que si uno se quedase abandonado con ella en una isla desierta durante diez años, probablemente no llegaría a descubrir quién era realmente. Pero su marido tenía algo que había atraído a Eve de forma extraña.

No fue en absoluto algo inmediato. De hecho, al principio, de entre todas las caras nuevas del rancho, no había prestado mucha atención a la suya. Estaba claro que él era uno de los hombres más interesantes y con más inquietudes artísticas de los allí presentes. Le gustaba su actitud sardónica ante la vida y el hecho de que le hubiera preguntado por Pablo, su trabajo y su vida en Santa Fe. Y realmente parecía interesado en las respuestas, pero a medida que la semana avanzaba, aunque como mucho había hablado en serio con él en dos o tres ocasiones, había empezado a percibir entre ellos una curiosa compatibilidad.

Cuando se encontraban en grupo y el tal Bradstock u otra persona estaba hablando largo y tendido, ella y Ben se cruzaban la mirada e intercambiaban una sonrisa irónica. Habían hablado mucho sobre pintura, y no cabía duda de que ella se sentía halagada por el interés que Ben había mostrado por su obra. Sin embargo, lo que la había conmovido, como más tarde descubriría, había sido su tristeza. Pero estaba casado. No sabía si felizmente, aunque daba lo mismo. Estaba vedado. Eve siempre había sido estricta en lo tocante a evitar los líos amorosos con hombres casados. Y no era por escrúpulos morales, sino más bien porque sabía por las experiencias de varías amigas que casi siempre terminaban mal. En la pared de su cocina de Santa Fe, encima del teléfono, había un panel de corcho, un collage desordenado de obsoletas notas y listas de la compra, fotos y postales, junto con las pinturas más recientes (y, naturalmente, brillantes) que Pablo había hecho con los deditos. En medio de ese caos que Eve nunca tenía tiempo de ordenar, estaba la

invitación a la inauguración de la exposición de su amigo William. Se iba a celebrar en una importante galería del Soho; era su primera exposición individual, y estaba tan nervioso que llamaba a Eve casi a diario para que le diera apoyo moral. Clavado junto a la invitación estaba el trozo de papel en el que Sarah había escrito el número de teléfono de los Cooper. Hasta que, cierta mañana, a mediados de julio, después de recibir una llamada de William, Eve lo vio y se lo quedó mirando un instante, y a continuación cogió el teléfono y marcó el número.

Fue Sarah la que contestó. Pareció alegrarse sinceramente de tener noticias de ella. Tras nuevas consultas, durante las cuales Eve se sorprendió fingiendo una vez más y sin motivo aparente que le gustaban los musicales, decidieron que reservarían cuatro entradas para ir a ver Bésame, Kate (pues William, quien realmente adoraba los musicales, insistió en asistir a la cita de Eve). Reservaron una mesa para después de la función en un restaurante de Madison llamado La Goulue, que Eve no conocía pero que Sarah aseguró que le encantaría.

Cuando el taxi de Eve paró delante del teatro y vio a Ben Cooper esperando fuera, guareciéndose de la lluvia junto a muchas otras personas bajo los focos, supuso que Sarah debía de haber entrado ya o que todavía no había llegado. De repente sintió vergüenza y estuvo a punto de decirle al taxista que siguiera y diera la vuelta a la manzana, pero había gente que estaba pidiendo el taxi a voces, de modo que pagó y salió del vehículo. No

llevaba paraguas, de manera que atravesó los charcos dando saltos todo lo rápido que pudo, y aun así se empapó. Él no la vio hasta que no la tuvo al lado, y cuando se giró y la vio, su cara abandonó la expresión ceñuda de agobio y lució una sonrisa tan cálida y cordial que algo se removió dentro de ella. Intentaron besarse en la mejilla, pero los dos eligieron el mismo lado, de forma que sus caras se toparon y estuvieron a punto de besarse en los labios. Se pusieron a bromear sobre la lluvia y el tráfico, y entonces ella le dijo que lo sentía, pero que William no había podido acompañarla. Un corpulento marchante alemán había entrado en la galería justo antes de que cerraran y había dicho que quería comprar toda la exposición.

—Habría llamado, pero era demasiado tarde.

—Nosotros también queríamos llamarte, pero Sarah no encontraba tu número de móvil.

—¿Está dentro o...?

—Tampoco ha podido venir. Un coñazo de escritor que tenía que dar una charla mañana por la noche en la librería acaba de echarse atrás. Van a venir un montón de personas y no tiene a nadie que hable. Así que ahora está haciendo llamadas para encontrar a otra persona. No te puedes imaginar lo enfadada que está. Tenía tantas ganas de verte.

De modo que estaban ellos dos solos. Y aunque ambos siguieron la formalidad de preguntarse si debían cancelar el plan y marcharse cada uno por su lado, era evidente que ninguno de los dos quería hacerlo. Había gente haciendo cola para las devoluciones, y Ben le entregó las dos que les sobraban a una joven pareja y se negó

a dejar que le pagaran.

La obra era maravillosa. ¿Cómo había podido pensar que no le gustaban los

musicales? Salieron entusiasmados, comentando que no sabían que todas aquellas canciones famosas pertenecían a aquella obra. Todavía estaba lloviendo, pero consiguieron encontrar un taxi. Una vez más, actuaron por rutina y se preguntaron si debían dejarlo por ese día y marcharse a casa.

Pero, por supuesto, no lo hicieron. Sentada junto a él en el estrecho asiento trasero del taxi de camino al restaurante del centro, mientras iban riéndose y hablando de la función, rozándose con las piernas sin que ninguno de los dos hiciera el menor esfuerzo por apartarse, pensó en lo atractivo que era y en lo bien que olía y se reprendió bruscamente. El restaurante estaba atestado y se sentaron en un rincón al lado de una joven pareja que era

incapaz de mantener los labios separados, lo cual resultaba un tanto desconcertante. Eve llevaba el mismo vestido verde que había lucido la noche de la fiesta de cumpleaños de Benjamin, aunque más por accidente que a propósito. Pensó

en lo elegante y cambiado que estaba él con su polo negro y su chaqueta negra moteada.

—¿Por qué todo el mundo viste de negro en Nueva York? —dijo.

—Tal vez todos estemos de luto.

—¿Porqué?

—Por la inocencia perdida.

Pidieron bistec y ensalada y una deliciosa botella de Margaux. Él le preguntó

qué tal estaba Pablo, y Eve acabó hablándole del padre del niño, Raoul, y de la pareja poco convencional que habían formado: dos buenos amigos que habían cometido el error de convertirse en amantes. Aunque, teniendo en cuenta que el fruto de aquella relación había sido Pablo, dijo que sin duda había sido el mejor error de su vida. Luego le tocó a él contestar a las preguntas. Ella se interesó por Abbie y Josh, y aquello desembocó en una larga discusión sobre el hecho de ser progenitores y cómo eran sus propios padres. Eve le contó que los suyos seguían más o menos felizmente casados y que vivían en San Diego, un lugar que a ella no le atraía mucho. Ben le habló de su padre y le dijo que nunca habían logrado llevarse bien.

—Él me consideraba un cabrón arrogante, y probablemente tenía razón.

Lo era. Han pasado casi diecinueve años desde que murió y no he hecho las paces con él hasta ahora mismo. Es curioso descubrir cómo estas cosas evolucionan por etapas. Al principio estaba furioso con él. Solía echar pestes contra él, diciendo que nunca me había querido y que siempre me criticaba. En realidad, le odié durante un tiempo. Luego, de algún modo, aquello pasó y simplemente me sentí triste. Un poco defraudado, ¿sabes?

Me molestaba que no fuéramos capaces de acercarnos el uno al otro. Y

ahora, es curioso, pero puedo decir sinceramente que lo quiero. Y sé que, a su manera, él también me quería. Simplemente era de otra generación. Se suponía que los hombres no podían mostrar sus sentimientos como se hace hoy día. Y se portó

estupendamente con Abbie cuando era un bebé. La adoraba. Solía sentarla sobre sus rodillas y le contaba cuentos. Era muy dulce y tierno con

ella. Nunca lo había visto así. Era como si estuviera intentando darle a ella el amor que no había sido capaz de ofrecerme a mí.

Sonrió.

—Claro que si ves fotografías mías de cuando era niño entenderás por qué

debía de costarle tanto.

—Eras feo, ¿a que sí?

—Más bien repelente.

—En las mías parezco fea y repelente. Una mezcla de niña repipi y rana.

—Me cuesta creerlo.

—Lo dices porque ahora soy tan increíblemente guapa.

Fue un comentario estúpido e inadecuado, como si lo estuviera menospreciando por intentar ligar con ella, que no era el caso. Él pareció avergonzado, sonrió y tomó un sorbo de vino. Los jóvenes de la mesa de al lado estaban dándose de comer mutuamente mousse de chocolate con sus cucharas.

—¿Sabes una cosa? —dijo ella, tratando de arreglar la situación—.Si él estuviera vivo, probablemente los dos seríais amigos.

—Tienes razón. Creo que ahora podríamos ser amigos.

Eve le preguntó por su madre, y él le dijo que siempre había sido su preferido, que a los ojos de ella nunca hacía nada malo, que habría podido decirle que era un asesino en serie y aun así ella habría hallado una forma de racionalizarlo y admirarlo por ello. Su adoración, dijo, se había convertido en una especie de broma familiar.

—No hace mucho vino a casa a pasar unos días e íbamos en coche por la ciudad. Ella iba sentada delante, y Abbie, Josh y Sarah, detrás. Y cuando conseguí

aparcar en un sitio que, todo sea dicho, no era un espacio tan pequeño, dijo: «Ben, lo cierto es que aparcas de maravilla». De verdad. Al mirar por el retrovisor vi que Sarah y los niños se estaban partiendo de risa. Todavía me lo dicen cada vez que aparco el maldito coche.

Eve se rió, y él sacudió la cabeza, sonrió y tomó otro sorbo de vino.

—No tiene nada de malo —dijo ella—. Te quiere, eso es todo. Dicen que las madres quieren con locura a sus hijos. Así les dan más seguridad.

—Pues quien lo dice se equivoca. Cuando murió mi padre estuve haciendo terapia unos meses. Y el especialista me dijo que si sientes que

alguien te quiere por algo que sabes que es injustificado o falso, en otras palabras, si sabes que no eres el superhéroe que la otra persona cree que eres, no vale. Esa clase de amor no te da más seguridad, sino que te hace sentir como un impostor. Así que ten cuidado con tu hijo.

—Él aparca su triciclo mejor que nadie.

—¿Lo ves?

Él se había negado a dejar que ella le pagara el dinero de las entradas del teatro, de modo que Eve pagó la cuenta furtivamente al volver del servicio. Él se molestó un poco, pero al rato se le pasó. Había dejado de llover. Las calles y las aceras relucían, soplaba un aire fresco y húmedo y olía a otoño por primera vez. Caminaron un par de manzanas, y de repente él se dio cuenta de lo tarde que era y de que corría el riesgo de perder el último tren. Pidieron un taxi y Ben le dijo al taxista que fuera deprisa a Penn Station. Cuando llegaron allí, metió un billete de veinte dólares por la mampara y se aseguró de que el taxista sabía adónde debía llevarla.

—Me lo he pasado muy bien —dijo Eve—. Gracias.

—Yo también.

Se besaron en la mejilla, esta vez sin problemas.

—Me tengo que ir corriendo —dijo él, mientras salía del vehículo—. Te llamaré... Quiero decir, te llamaremos, ¿vale?

—Vale. Ve a ver la exposición de William si puedes.

—Lo intentaré. Adiós.

—Adiós. ¡Saluda a Sarah y los niños!

Pero cuando ella dijo aquello, él estaba cerrando la puerta y no pareció oírlo. Eve contempló cómo entraba trotando en la estación mientras el taxi se alejaba, y cuando desapareció, recostó la cabeza contra el asiento y se quedó mirando el forro manchado del techo. Como Lori decía siempre, aquella era una de las faenas de la vida: los únicos hombres agradables que conocía estaban casados o eran gays. Eve llamó a la mañana siguiente y se sintió aliviada y al mismo tiempo un poco decepcionada cuando Sarah contestó al teléfono. Las dos dijeron que sentían mucho no haber podido verse. Sarah había encontrado un sustituto menos famoso para que reemplazase al escritor, pero aun así le preocupaba tener que comunicar la noticia a los clientes cuando llegaran. Eve iba a tomar el avión de vuelta a Nuevo México por la tarde, pero dijo que iba a Nueva York dos o tres veces al año y que en su próxima visita se reunirían sin falta.

—Sin falta —dijo Sarah.

—Tú y Ben deberíais venir alguna vez a Santa Fe. Traeos también a los niños.

—Me encantaría. No he estado nunca.

En el viaje de vuelta a casa y durante los días que siguieron, sorprendió pensando en Ben de vez en cuando y en lo mucho que le gustaba. Sin embargo, no pensaba en él con nada remotamente parecido al ansia o a los remordimientos. La idea de su destino común todavía tenía que cobrar forma. A lo largo de los años había aprendido que mirar con anhelo los caminos bloqueados no provocaba más que dolor. Y por ello se limitó a aceptar que las cosas eran así y que no podían ser de otra forma.

Aunque Ben hubiera estado soltero, su actitud no habría variado necesariamente. Aquel hombre poseía una intensidad que despertaba su interés, pero también la intimidaba. Y no sentía la necesidad de ello en aquel momento de su vida. Siempre había sido una persona segura de sí misma, incluso de niña. Sus padres habían sido afectuosos pero ligeramente distantes, y habían fomentado en sus tres hijos una independencia que más tarde Eve valoraría como su regalo más preciado. Se trataba de un rasgo que los demás, sobre todo los hombres, a menudo interpretaban erróneamente como una falta de compromiso, creyendo que un amor sin dependencia era en cierta forma incompleto. El único hombre que lo había entendido a la perfección era Raoul, quien evidentemente estaba hecho de la misma pasta que ella. Incluso durante los dos años que habían vivido juntos lo habían hecho como dos almas separadas, cada una de ellas sola y contenta de estarlo. Como viajeros cuyos distintos periplos hubieran coincidido en un tramo del mismo camino. Antes de estar con Raoul, había vivido sola durante prácticamente toda su vida adulta. Y aunque había experimentado varias clases de dolor, nunca había concebido la soledad más que como una idea o una condición que afectaba a los demás. Siempre había tenido su trabajo y sus amigos y, a veces, cuando le parecía correcto y sencillo y existía un deseo mutuo, había tenido amantes.

Una noche, unos diez días después de regresar de Nueva York, cuando Ben Cooper había desaparecido ya de sus pensamientos y ella había vuelto a sentirse plenamente conectada con su vida en Santa Fe, soñó con él. Ella estaba en un teatro que no era tan lujoso ni imponente como en el que habían estado, y la puesta en escena parecía más propia de un instituto que de Broadway. Eve no se encontraba entre el público, sino sobre el escenario. Le tocaba hablar, pero no había tenido tiempo de aprenderse sus

frases de diálogo. Entonces vio a Ben en la fila de delante, sentado junto a una anciana a la que no reconoció. Estaba moviendo los labios, tratando de recordarle a Eve su frase, pero ella no podía entender lo que decía y se estaba poniendo cada vez más nerviosa. Entonces se despertó. Esa misma mañana, cuando volvía a casa después de haber dejado a Pablo en la guardería, paró a comprar el periódico en un quiosco cafetería de Garcia Street y se encontró con Lori. Mientras bebía a sorbos un té verde con menta en la soleada terraza, le contó su sueño. Durante la semana que habían pasado en Montana, habían coincidido en que Ben Cooper era uno de los hombres más atractivos del rancho, y Lori, con una falsa envidia, le había pedido un relato detallado de la cita nocturna en Nueva York. Tras doce años de psicoanálisis junguiano, se consideraba casi una experta a la hora de descifrar los sueños. Aquel, declaró, estaba más claro que el agua.

—La vieja que está sentada a su lado —dijo—. ¿Cómo se comportaba?

—¿Que cómo se comportaba?

—Su actitud. ¿Estaba sonriendo, fruncía el ceño? ¿Qué hacía?

—No lo sé.

—Eve, es importante. Era su madre. Está claro que quieres saber si ella da su aprobación.

—No es así.

—Sí que lo es. Por eso aparecía.

—La trajo él, no yo.

—No te lo estás tomando en serio.

—Lo sé. Y en cualquier caso, ¿a qué tenía que dar su aprobación?

—A lo vuestro. A lo que hay entre tú y Ben.

—Lori, corta el rollo. No hay absolutamente nada entre Ben Pero mientras lo decía, una voz en su interior dijo que lo habría.

Él se registró en el hotel que había junto al Plaza, un local oscuro y pintoresco con aspecto de haber conocido tiempos mejores. Lo había escogido sin buscar demasiado en una guía turística que afirmaba que tanto John Fitzgerald Kennedy como Errol Flynn se habían hospedado allí.

Mientras dejaba su maleta en la habitación estrecha y sobrecalentada, a Ben le pasó por la cabeza que, considerando el verdadero motivo de aquel viaje, la elección del alojamiento podía haberse visto influida por un deseo inconsciente de asociarse con dos épicos libertinos como aquellos.

Tenía tiempo de sobra y estuvo a punto de llamar a Eve para ver si podía quedar antes, pero llegó a la conclusión de que si lo hacía parecería

demasiado ansioso. El avión que había salido de Kansas había llegado pronto, y pese a la nieve y la multitud de turistas y esquiadores del aeropuerto, había viajado en coche desde Albuquerque en poco más de una hora. La interestatal estaba despejada, y el único peligro era que sus ojos no paraban de desviarse hacia el oeste a través del paisaje de un blanco fantasmal, en dirección a la puesta de sol de color morado y bermejo que se veía en las montañas.

La nieve le había brindado la excusa para alquilar un todo-terreno, un Ford Explorer rojo metálico que le hacía sentirse como alguien duro del oeste, al igual que la chaqueta de lana a cuadros roja y negra, las botas de excursionismo y el gorro de tejido polar, prendas que había comprado el mes anterior en Missoula cuando habían llevado a Abbie a ver la universidad de Montana. Ben había estado a punto de lucir su sombrero de vaquero, pero había decidido que no tendría el valor de ponérselo. En su opinión, la chaqueta le hacía parecer sofisticado y mundano, aunque Abbie decía que simplemente le daba un aire de atracador geriátrico. En cualquier caso, se alegraba de haber ido debidamente equipado. Estaba empezando a nevar otra vez, y cuando volvió a entrar en el coche, el termómetro le informó de que en el exterior la temperatura era de once grados bajo cero.

Sin mirar el mapa se abrió paso entre el tráfico de la tarde hasta el paseo de Peralta. Hacía casi doce años que había estado en Santa Fe, pero incluso a oscuras y con todo lleno de decoración navideña, descubrió que aún se acordaba del trazado básico del lugar y, al poco rato vio la señal que estaba buscando. Tomó un desvío y ascendió

lentamente la colina, y cuando encontró un sitio donde aparcar siguió a pie. Los copos de nieve eran ligeros como plumas y caían de forma vacilante debido al aire sin viento, como si el tiempo y la gravedad se hallaran suspendidos. La nieve se aplastaba bajo sus botas con facilidad.

Aquello hacía que su misión pareciese mucho más intrépida.

Canyon Road era un decorado de cine. Había luces en los árboles y en las fachadas de adobe de las tiendas y galerías. Las ventanas estaban llenas de adornos florales y guirnaldas de espumillón, y allí donde uno miraba había adornos luminosos y pequeñas velas en bolsas de papel cargadas de arena. En una esquina incluso había un corrillo de gente cantando villancicos poco conocidos alrededor de una pequeña hoguera. Ben creyó que, en el momento menos pensado, alguien gritaría «¡Corten!».

Se acordaba de las galerías de arte, pero parecía que se hubieran multiplicado y la mayoría de ellas seguían abiertas; cuevas de Aladino rebosantes de calor y colorido, cuyas ventanas derramaban cuadriláteros de luz amarilla sobre la nieve de la acera. La última vez, y la única, que Ben había estado allí, había jurado que si alguna vez se dedicaba a la pintura viviría en aquel sitio. Algunos de los cuadros expuestos eran buenos, pero la mayoría no lo eran. Y aun así, los turistas acudían en tropel desde todas las partes del mundo y pagaban por ellos unos precios más elevados de lo normal. Mientras fuera grande, estuviera lleno de colorido y tuviera un marco suntuoso, parecía que uno lo pudiera vender prácticamente todo.

Todavía no acababa de creerse que estuviera allí. Era comover que las botas de otro hombre lo llevaban colina arriba; un doble más atrevido y temerario que él. El mismo que había hecho las llamadas telefónicas, había hallado el tono de voz adecuadamente despreocupado, le había dicho que iba a ir a Kansas a visitar a su madre, quien no se encontraba bien, y que Kansas estaba a un tiro de piedra de donde vivía ella. Y que, si estaba interesada, podía ser una buena oportunidad para que hablasen de la posibilidad de que Eve hiciese unos murales para el vestíbulo del emocionante nuevo proyecto que él y Martin estaban desarrollando en Cold Spring Harbor. Tal vez ella pudiera mandarle ums fotografías de sus obras recientes por medio de una empresa de mensajería urgente. Ben se había sorprendido a sí mismo.

¿Quién era aquel hombre? ¿Y de verdad sabía lo que él quería?

Por supuesto, no era la primera infidelidad que cometía. Todavía recordaba el rejuvenecedor estremecimiento de la expectación, aquella vitalidad inicial que anulaba toda perspectiva de culpabilidad. Porque, hasta la fecha, ¿qué había hecho para sentirse culpable? Solo había engañado a Sarah dos veces en todos aquellos años de matrimonio, y había conseguido racionalizar aquel detalle hasta el punto de que lo inusual de su transgresión se había convertido en la prueba de una contención casi virtuosa.

Conocía a muchos hombres, entre ellos Martin, que eran habitualmente infieles, que nunca rechazaban la menor oportunidad que se les presentaba y que las buscaban activamente. Ben había visto cómo se comportaba su socio cuando los dos estaban en alguna conferencia y había presenciado cómo se fijaba en alguna joven en una fiesta o en el bar del hotel. Martin aseguraba que podía reconocerlas a cien metros de distancia. Ben había observado cómo atacaba. Había observado, sin asombro pero

indudablemente impresionado, cómo se presentaba, cómo inmediatamente las hacía reír, cómo escuchaba, seguro y concentrado, creando un ambiente íntimo cual jardinero que cuida de una flor muy preciada. Y en nueve de cada diez ocasiones —bueno, tal vez nueve no; tal vez seis, tal vez cuatro—

triunfaba.

—El secreto está en no dar importancia cuando te rechazan —le dijo Martin una vez—. Incluso las que dicen que no normalmente se sienten halagadas cuando alguien se lo pide.

Ben envidiaba su tranquilidad, la ausencia de preocupaciones y remordimientos. Para Martin, se trataba simplemente de sexo. Él y Beth, quien o bien se merecía un Oscar o era la única persona del condado de Nassau que no estaba al tanto de las transgresiones de su marido, probablemente seguirían siempre casados. Pero las dos veces que Ben se había descarriado —una con una joven abogada de Queens que por aquel entonces le estaba preparando unas escrituras de traspaso, y la otra, con una mujer casada de mayor edad que había conocido en el club de tenis—

había terminado enamorándose. Y como no tenía intención de abandonar a Sarah (ni, lo que era más importante, a los niños, que entonces eran todavía muy pequeños), ninguna de esas historias había durado mucho tiempo y las dos habían acabado en enconadas disputas. Era un milagro que nadie lo hubiera descubierto. La única persona a la que Ben había hablado de ello era a Martin.

—¿Sabes cuál es mi problema? —le confesó en un momento de imprudente

autocompasión, después de que su idilio tenístico terminara—. Por lo visto, no sé

separar el amor del sexo.

Martin se echó a reír.

—Mi problema es que nunca he sido capaz de unir las dos cosas. De modo que había vuelto a las andadas. En lo más profundo de su ser, al menos, era un adúltero renacido. No estaba del todo seguro de que se hubiera enamorado, pero le faltaba poco. Lo cual era ridículo por diferentes motivos. Apenas conocía a aquella mujer. Y aunque supiera que, ya en La Divisoria, y sobre todo aquella noche en Nueva York, ella le gustaba e incluso había algo más entre ellos, aquello no significaba nada. Tal vez debiera olvidarse de todo. Ser agradable pero formal. Tomar una copa, hablar de los murales. Y volver.

Sin embargo, en cuanto la vio supo que las cosas no iban a ser así.

Cansado y prácticamente aquejado de daltonismo después de su recorrido por las galerías, se hallaba sentado en el rincón de atrás del bar donde se habían citado, tomándose un margarita. Se trataba de un salón alargado, oscuro y estrecho, con el suelo de madera pulida y cuadros en cada centímetro de pared (al parecer, no había forma de escapar a eso en Santa Fe). Vio que la puerta se abría y de repente entró una ráfaga de copos de nieve, y cuando desaparecieron, allí estaba ella. Llevaba puesto un viejo sombrero de vaquero gastado y manchado y un abrigo consistente en un gran manto de color rojo y verde intenso sujeto con un cinturón. Se sacó el sombrero, se sacudió el pelo y quitó la nieve del ala dándole unos golpecitos, y uno de los hombres sentados a la barra, alguien a quien evidentemente ella conocía, le dijo algo que Ben no alcanzó a oír. Ella se rió y se acercó al hombre, que la rodeó con el brazo y le dio un beso, apoyó el brazo en su hombro y se quedó un rato hablando y riéndose con todos los presentes.

Entonces uno de los hombres se giró en su taburete y señaló a Ben, y Eve miró

en su dirección y se encaminó hacia él. Ben observó cómo atravesaba el local de un lado a otro, sin apartar en ningún momento los ojos, que centelleaban bajo la luz de las lámparas, y su sonrisa se alteró ligeramente, como si le hubiera pasado por la cabeza un pensamiento o una advertencia; luego la sonrisa volvió a asentarse en sus labios, igual de cálida que antes, pero más serena.

Él se levantó y la saludó, pero ella no contestó y se inclinó por encima de la mesa para ponerle una mano en el brazo y presionar su gélida mejilla contra la de él, y el olor que desprendía estuvo a punto de hacer gemir a Ben. La galería de Lori, dijo, se encontraba justo enfrente y estaba a punto de cerrar. De modo que él dejó su margarita, cogió su abrigo y la siguió hasta el otro lado de la calle. Lori había salido, pero había dejado un mensaje para Ben en el que decía que todos los amigos de La Divisoria tenían derecho a un diez por ciento de descuento. Los cuadros de Eve, dos enormes trípticos pintados al óleo, se hallaban colgados bajo una luz inquietante en una sala con paredes de piedra situada al fondo de la galería.

Eran mucho más impactantes de lo que parecían en las fotografías que le había mandado. El más grande de los dos se titulaba La visitación. Parecía de temática bíblica, con sus intensos y oscuros colores violeta, añil y

carmín. En las dos pinturas exteriores, animales de muchas clases, en tonos más claros de color hueso y

piedra, se retorcían y enredaban entre raíces, como si un fuerte viento los estuviese arremolinando. En el panel central, en medio de un foco de luz, se alzaba una enorme figura alada, en parte caballo en parte humano y en parte reptil, poderosa y a la vez benevolente. Ben se quedó impresionado y conmovido, pero no sabía qué

decir salvo que era maravilloso y extraordinario y que tenía una fuerza asombrosa. Pensó que el atrio de la oficina de una compañía de seguros de Long Island tal vez necesitara algo un poco más comedido, pero le pareció mejor no decirlo. Volvieron al bar y se sentaron a la misma mesa. Ben pidió una copa de vino tinto para ella y otro margarita para él, y estuvieron hablando sin parar durante una hora. Charlaron del tiempo, de Pablo, de lo que habían hecho el día de Acción de Gracias, del viaje que él había realizado el último mes a Missoula con Abbie para ver la universidad y de los planes de ella de trabajar para Greenpeace el verano siguiente. Y, por supuesto, de aquellos espurios murales, la excusa de su presencia en Santa Fe aquella noche nevada e irreal. Todo salía de forma natural. Parecían entenderse, se reían de las mismas cosas y recordaban pequeños detalles de sus respectivas vidas. Ella incluso le tomó el pelo preguntándole dónde había aparcado y qué tal lo había hecho.

Ben le preguntó si había cenado, y ella contestó que no y que estaba muerta de hambre, de modo que ocuparon una mesa junto a la chimenea circular del laberíntico restaurante que lindaba con el bar y comieron camarones, pollo asado bien condimentado y alubias, hablando sin parar.

Ella vestía unos viejos tejanos azules y una chaqueta de cachemir gris verdosa que acabó quitándose al cabo de un rato, sofocada por el calor de la chimenea. Debajo llevaba un top sin mangas a juego que marcaba la forma de sus pechos. Con los hombros descubiertos a la luz de las velas, lucía una hermosura tan desconcertante que Ben tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse boquiabierto.

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