Deuda pagada

Jacqueline Baird · Capítulo 9 de 12

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Deuda pagada

Capítulo 9

 

Eloise necesitó toda la fuerza de voluntad que poseía para no arrojarse a sus brazos.

–Marcus –se humedeció nerviosa los labios–. Te he echado tanto de menos…

Marcus se detuvo a solo unos centímetros de ella.

–Eloise –susurró con voz ronca.

Recorrió su rostro con sus ojos oscuros resplandecientes de deseo, la estrechó en sus brazos y cubrió su boca con un beso.

–Ha pasado tanto tiempo –gimió, presionando su cuerpo contra el suyo–. Demasiado tiempo… –podía sentir sus senos llenos estrechándose contra su pecho.

–Ejem…Siento interrumpir.

Marcus levantó bruscamente la cabeza y su oscura mirada chocó contra los ojos azules de Ted Charlton. Era obvio que aquel hombre estaba a punto de dirigirse al dormitorio.

Marcus se sintió como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago. Soltó un juramento en griego y apartó violentamente a Eloise.

–Eres miserable.

–No, esto no es lo que parece –musitó Eloise, mirándolo aterrada.

–¿Entonces qué está pasando aquí? ¿O prefieres que me lo imagine yo? – preguntó con cínico desprecio–. Una semana sin sexo y ya no eres nadie – deslizó la mirada hacia Ted, aparentemente incapaz de creer lo que estaba viendo.

Eloise lo agarró del brazo.

–No, Marcus, escúchame. Me encontré a Ted en unos almacenes; él le estaba comprando un perfume a su novia y yo le pedí que me dijera qué era lo que pretendía al decirte que me había acostado con él.

–Puedo imaginármelo. ¿Y ya le has persuadido para que mienta por ti?

–Maldita sea, no. Ted te mintió. Esta noche me ha invitado a cenar y me ha dicho la verdad. Me ha contado todo sobre la celebración del trato y la chica que estaba en el bar. Te dijo que se había acostado conmigo porque estaba celoso de ti. ¿Es que no puedes entenderlo? –le preguntó, desesperada.

–Lo único que entiendo es que eres una mentirosa capaz de vender su cuerpo por el precio de una cena.

Eloise comprendió que no la creía. Eso quería decir que su supuesto amor jamás había existido. Era solo producto de la imaginación de una joven de diecinueve años. Eloise no reconocía al hombre que tenía frente a ella, pero, consciente de la presencia de Ted, intentó calmar la situación.

–He cenado con Ted porque quería disculparse por haber mentido, nada más, y sí tú eres demasiado cabezota para comprenderlo, peor para ti.

Marcus dio un paso adelante, le apartó la mano a Eloise y se detuvo. Eloise vio la furia y el desprecio resplandeciendo en sus ojos.

Comprendió entonces que lo único que les había unido a ella y a Marcus había sido el sexo. Una pasión que había sido incapaz de controlar. Marcus no la amaba, jamás lo amaría, y aquello era lo más doloroso de todo.

De pronto, Ted se acercó a ella, la apartó y se enfrentó a Marcus.

–Si quieres pegar a alguien, pégame a mí.

–Puedo mandarte al infierno cuando me apetezca –respondió Marcus amenazante, y lo agarró de la camisa.

–Lo sé. Y esa es la razón por la que te mentí y te dije que me había acostado con Eloise. Vi cómo mirabas a Eloise el día que te conocí. Y también vi cómo te miraba esa rubia del bar cuando el día anterior había estado bebiendo conmigo. Estaba borracho, celoso… y mentí. Sé que es repugnante, pero esa es la verdad.

Los dos hombres se miraban el uno al otro. Ted rojo como la grana y Marcus pálido de rabia. Durante largos segundos, Eloise se limitó a contemplar la escena en silencio, concentrando todas sus fuerzas en luchar contra el intenso dolor que estaba intentando esconder. Pero mientras los miraba, aquel dolor se disolvió en un sentimiento diferente.

Aquella era su casa, su vida. El orgullo le hizo erguirse. Ella no tenía por qué justificar su conducta ante ningún hombre y menos ante dos hombres egoístas y machistas que se comportaban como un par de perros disputándose un hueso. ¡Y en su propio cuarto de estar!

–¡Ya basta! –exclamó–. Salid inmediatamente de mi casa.

Marcus la miró con absoluta incredulidad.

–Fuera –gritó Eloise de nuevo.

Marcus soltó lentamente a Ted y parte de la rabia pareció desaparecer de sus ojos.

–Creo que ya es hora de que te vayas –dijo entre dientes–. Eloise es mía, ¿entiendes?

–¿Ah, sí? –musitó Ted secamente, sacudiendo la cabeza. Pasó por delante de Marcus, se detuvo frente a Eloise y le dio un beso en la mejilla–. Buena suerte y, si alguna vez me necesitas, ponte en contacto conmigo.

–Estás tentando a tu suerte –gruñó Marcus, caminando hacia ellos.

–No –Ted sonrió y se despidió de Marcus con un movimiento de la mano–. Nunca confío en la suerte. Pero mañana tengo una cita importante, y por lo menos yo sé cómo tratar a una dama –riendo, salió a grandes zancadas del apartamento.

Eloise, con piernas temblorosas, se sentó en el sofá más cercano.

–Creo que será mejor que te vayas.

–No –replicó Marcus, acortando la distancia que los separaba–. He cancelado mis planes para pasar unos días contigo y todavía no he cambiado de opinión.

Bajó la mirada hacia Eloise. Quizá fuera inocente en lo que a Ted concernía. Ted estaba muy borracho cuando se habían visto en Nueva York y muy afectado por el divorcio de su última esposa. Recordaba vagamente que Ted le había presentado a una rubia y poco más.

En cuanto al resto… Si era sincero consigo mismo, tenía que reconocer que dudaba de que Eloise hubiera estado involucrada alguna vez en los chanchullos de su madre. Había estudiado los libros de la empresa y había descubierto que Harry, Katy y Eloise eran socios a partes iguales y ganaban idéntico salario. Algo extraño, si Eloise hubiera tenido tanto dinero como al principio pensaba él.

Probablemente Eloise fuera inocente de todo lo que la había acusado. Además, había sido increíblemente generosa con sus amigos. Había sido ella la que había comprado el edificio en el que trabajaban y vivían. Marcus comprendió de pronto que quería participar en la empresa para buscar la aprobación de Eloise. Había conocido a muchas mujeres en su vida, algunas de ellas tan hermosas y sensuales como Eloise, pero también sabía que ninguna de ellas había llegado a afectarlo tanto como lo afectaba ella.

Desde el día que había posado los ojos en ella, cuando solo tenía diecinueve años, no había podido olvidarla. Y, después de las semanas que habían pasado juntos, las más felices de sus treinta y cuatro años de vida, había llegado a convertirse en una obsesión. Una secreta obsesión que necesitaba ocultarle a Eloise, pero tendría que tener más cuidado en el futuro. Inocente o no, no habría más Teds. Al día siguiente mismo se la llevaría a su casa, concluyó con arrogancia.

Marcus estaba allí y todavía la deseaba. Eloise no sabía si llorar o reír. Sentía los erráticos latidos de su propio corazón golpeando su pecho. En aquel tenso silencio, probablemente hasta el propio Marcus podía oírlos, pero Eloise no se atrevía a mirarlo. En cambio, sí fue capaz de hacerle una pregunta.

–¿Por fin te crees que nunca he tenido una aventura con Ted? –tenía la mirada fija en el suelo. De pronto le parecía imprescindible que Marcus creyera en ella.

–Eso no es importante. Olvídalo. Yo ya lo he olvidado.

–Te dije que Ted había mentido y él te lo ha confirmado.

Marcus arqueó una ceja con expresión cínicamente divertida.

–Sí, ¿también tú me mentiste?

–¿Qué tengo que hacer para convencerte? ¿Escribirlo con sangre?

Marcus alargó la mano hacia ella y dejó que sus dedos se enredaran en su sedosa melena.

–Si quieres convencerme… –dijo con voz profunda–, puedes intentarlo.

Eloise ya tenía una respuesta. Sexo. Lo único que Marcus quería de ella era sexo. Intentó apartar la cabeza, pero Marcus no estaba dispuesto a dejarla escapar.

–Sería divertido, ¿no crees? –añadió.

–Eso es lo único que soy para ti, ¿verdad? Un divertimento sexual –le reprochó Eloise, con la furia entremezclada por el terror cuando Marcus inclinó la cabeza hacia ella.

Se tensó y abrió los ojos como platos, con un brillo de desafío en la mirada. No estaba dispuesta a dejarse vencer una vez más por su invasora sensualidad. Eso era lo que había estado haciendo desde que habían coincidido en París y tenía que poner freno a aquella situación.

Aun así, su traicionero pulso se aceleró cuando Marcus cubrió sus labios con un explosivo beso. Marcus posó las manos en su cintura mientras saqueaba salvajemente su boca.

Eloise se aferró a sus brazos en un último intento de liberarse. Pero él no pensaba dejarle marchar. Le hizo tumbarse en el sofá y se colocó encima de ella sin dejar de besarla.

Eloise luchaba para conservar el control.

–No –gimió contra sus labios, negándose las sensaciones que Marcus desencadenaba en ella.

Le parecía imposible controlar su propio cuerpo, pero, haciendo un supremo esfuerzo, consiguió empujarlo con el puño y con la rodilla.

Marcus retrocedió al instante y la miró estupefacto.

–¿A qué viene eso? –preguntó, reclinándose contra el sofá y frotándose el pecho.

–Adivínalo tú mismo –se levantó y lo miró furiosa.

Marcus se levantó con un gesto de impaciencia y se acercó hasta ella.

–Estás enfadada porque he echado a Ted.

Eloise tragó saliva.

–No, no es por eso –dijo con voz queda–. Sino porque no le has creído y, lo más importante, tampoco me has creído a mí.

–Así que quieres que te crea; y parece molestarte el que no lo haya hecho. ¿Y por qué?, me pregunto. A lo mejor es que me aprecias más de lo que estás dispuesta a admitir.

Un minuto más y adivinaría lo que realmente sentía, algo que Eloise no podía permitir.

–No, pero me molesta que me traten como si fuera una prostituta, una mujer capaz de acostarse con un hombre y una hora después con otro. Y por tu comportamiento, es así como me ves.

–Ah, Eloise. Lo único que yo creo es que eres una mujer inteligente e increíblemente bella –dijo delicadamente. Posó las manos en sus hombros y la estrechó contra él–. Y si te he dado una impresión equivocada, lo siento – le acarició la mejilla y la tomó por la barbilla.

–Esa es una buena forma de empezar –contestó ella

Intentaba ocultar con el sarcasmo su nerviosismo. Pero la voz le tembló cuando Marcus le hizo alzar la cabeza para poder mirarla a lo ojos.

–Y creo lo que me has dicho sobre Ted.

–¿De verdad? –Eloise lo miró fijamente a los ojos y el corazón le dio un vuelco en el pecho.

Marcus deslizó la mano por su brazo para rodearle con ella la cintura. Tenía que tener cuidado. Todavía no estaba preparado para confesarle que le habían cegado los celos.

–Al fin y al cabo, una mujer que me tiene a mí como amante no miraría dos veces a un hombre como Ted.

Eloise no pudo evitarlo; incluso cuando estaba furiosa, Marcus tenía la habilidad de hacerle cambiar de ánimo con una sola palabra.

–¡No he conocido nunca a alguien tan arrogante! –sacudió la cabeza, pero le resultaba imposible esconder la diversión que hacía brillar sus ojos.

–Pero te gusto.

–Sí, podría decirse que sí –contestó Eloise, riendo ella también. Y cuando, de una forma casi reverencial, Marcus inclinó la cabeza y la besó, ella le devolvió el beso completamente rendida.

Marcus le deslizó suavemente el vestido por los hombros, la levantó en brazos y acarició con la punta de la lengua uno de los pezones.

–Oh, sí –suspiró ella, hundiéndose inmediatamente en un mar de placenteras sensaciones–. Por favor…

–Sí –ronroneó Marcus también, cerrando la boca sobre el pezón y lamiendo lentamente la carne henchida hasta hacerle arder de deseo y pasión.

Después, la alzó todavía más y capturó su lengua con un beso embriagador mientras la llevaba al dormitorio. Una vez allí, volvió a ponerla de pie, deslizándola a lo largo de su cuerpo y dejándola sentir su palpitante excitación antes de quitarle el vestido con un solo movimiento.

Pero él continuaba llevando demasiada ropa. Con un ronco gemido de frustración, Eloise deslizó las manos bajo su chaqueta y le hizo bajar la cabeza para encontrarse nuevamente con su boca.

Marcus la levantó para posarla en la cama y segundos después, se reunía desnudo con ella. De los labios de Eloise escapó un erótico suspiro de placer.

Marcus trazó con la yema de los dedos el contorno delicado de su cuerpo, la suave curva de su cintura, la sedosa planicie de su vientre… Y Eloise tembló. Se aferraba a sus hombros presa de un deseo febril. Marcus jugaba con su boca, lamiéndola, mordisqueándola, hundiendo en ella la lengua. Y, en todo momento, continuaba acariciándola, pero evitando deliberadamente alcanzar los rincones que más anhelaba Eloise que acariciara.

–Marcus –jadeó, olvidándose de todo, salvo de lo mucho que lo deseaba.

–Dime lo que quieres. ¿Esto quizá?

Todo el cuerpo de Eloise se estremeció cuando Marcus entreabrió los aterciopelados pliegues de su carne para acariciar el palpitante y húmedo botón del placer.

Eloise acarició febrilmente los hombros de Marcus, descendió por su pecho y dibujó la dura línea de su estómago, dejándose llevar por una necesidad primigenia y femenina de poseer y ser poseída. Encontró lo que buscaba y curvó los dedos alrededor del satinado sexo de Marcus.

Lo sintió temblar y aquello le hizo sentirse increíblemente poderosa. Pero un instante después, cuando Marcus se apoderó de sus labios, atrapándolos con un beso voraz, ya no fue capaz de pensar en absoluto. Involuntariamente, tensó los dedos alrededor de él.

Con un gemido gutural, Marcus alzó la cabeza.

–Hazlo –le pidió bruscamente, clavando sus ojos en Eloise.

Y Eloise obedeció…

 

Eloise se despertó a la mañana siguiente, se estiró lánguidamente y al instante fue consciente de que había alguien a su lado. Volvió lentamente la cabeza y abrió los ojos de par en par al reparar en Marcus.

Con los ojos cerrados y la sombra de la barba oscureciendo su barbilla, parecía menos autosuficiente, más joven y, de alguna manera, vulnerable.

Recordó avergonzada lo que había ocurrido la noche anterior. Lo había tocado íntimamente con manos y boca, algo que jamás se habría imaginado haciendo. Era increíble….

Marcus era maravilloso. Habían hecho el amor con una pasión que había durado horas y, saciados y agotados, habían terminado hundiéndose en un relajado sueño. Sonrió satisfecha, deslizando la mirada por su torso desnudo.

No podía apartar la mirada de aquel cuerpo perfecto mientras evocaba el placer de la noche anterior. Incapaz de resistirse, alargó la mano y acarició su vello oscuro, desde el centro de su pecho hasta la zona que desaparecía bajo las sábanas.

–Hum. Eso me gusta –murmuró Marcus, dándole un beso en la frente.

–Pensaba que estabas dormido.

Eloise se sonrojó ligeramente y se echó hacia atrás, sintiéndose casi feliz. Marcus había dicho la noche anterior que se creía lo que le había contado sobre Ted. Aquel era un paso de gigante.

–Lo estaba, hasta que me has despertado.

–¿Yo?

–Sí, tú –contestó Marcus y después de darle un beso, dio media vuelta en la cama–. Voy a preparar el desayuno, tú empieza a hacer las maletas. Nos vamos a Grecia.

–Estás bromeando, por supuesto –exclamó ella, observándolo y preguntándose cómo un hombre desnudo podía parecer tan increíblemente elegante–. Ahora mismo no puedo irme de Londres.

–Claro que puedes, Eloise. En Londres hay demasiadas cosas que te distraen –sabía que sonaba muy duro, pero no pudo evitarlo. Eloise le había mirado con el rostro pálido como el papel, casi horrorizada y aquello había vuelto a causarle aquella peculiar sensación en la zona del corazón.

¿Cómo era posible que cambiara tan repentinamente de actitud, transformándose de pronto en un auténtico tirano?, se preguntaba Eloise. Una noche de pasión no parecía significar nada para Marcus. Aquella carencia total de sentimientos le confirmó lo que ya sabía.

Pero ella vivía allí, se dijo Eloise con firmeza. Trabajaba allí. Marcus tenía que estar loco. No podía dejarlo todo y marcharse a Grecia solo porque él lo dijera.

–No seas ridículo.

–Sería ridículo si te dejara aquí sola. En Rykos, cuando yo no esté cerca, podrán cuidarte mi familia y mis amigos –Marcus sabía por experiencia propia lo difícil que era tener una vida sexual en aquella pequeña isla en la que todo el mundo se conocía.

Y si era difícil para un hombre, para una mujer era prácticamente imposible. Ningún hombre se acercaría a ella, y eso era lo que él quería.

–No necesito que nadie me cuide –replicó Eloise furibunda.

Él no era nadie para darle órdenes y así pensaba decírselo, pero Marcus desapareció antes de que ella hubiera podido abrir la boca.

Oyó el ruido de la ducha y suspiró. No tenía sentido discutir con él, decidió con amargo resentimiento. Después de la noche que habían pasado juntos, había albergado grandes esperanzas de que Marcus pudiera llegar a confiar en ella, de que pudiera llegar a quererla. Pero Marcus había dejado brutalmente claro que no era así. Y aquella no era la menor de las preocupaciones de Eloise. Normalmente Marcus había sido extremadamente cuidadoso, nunca había dejado de utilizar preservativos. Pero la noche anterior ambos lo habían olvidado…

Media hora después se reunía con Marcus en la cocina. Mientras caminaba hacia él con unos vaqueros y una camiseta gris, era consciente de que iba hecha un desastre, pero no le importó. No iba a ir a ninguna parte y aquel iba a ser el final.

–¿Eso es lo que vas a ponerte para el viaje? No es muy elegante, y en agosto en Grecia hace demasiado calor para ponerse vaqueros.

–No voy a ir a Grecia. No tengo ni tiempo ni ganas –le dijo fríamente.

Arrastró una de las sillas y se sentó en la mesa de la cocina frente a él. La asombró ver que había preparado café, tostadas y una selección de embutido.

Así que no era un completo inútil en la cocina, pensó secamente, sintiéndose repentinamente hambrienta. Se sirvió una taza de café, bebió un sorbo y alargó el brazo para tomar una tostada.

–En otra ocasión, quizá.

–Buen intento, Eloise –respondió él, con expresión burlona–. Pero no es una petición, es una orden.

–Lo siento, pero tengo que trabajar y además tengo un compromiso con Katy.

–¿Necesito recordarte que hemos hecho un trato? En primer lugar, estás comprometida conmigo. Y en cuanto a tu trabajo, puedes hacerlo perfectamente en Grecia.

Aquella deliberada mención de su trato fue como una bofetada cruel para Eloise. Se despreció a sí misma por haber albergado la absurda esperanza de que Marcus pudiera llegar a amarla. ¿Cuándo iba a aprender? El orgullo fue lo único que le permitió contener las lágrimas mientras decía:

–Pero yo no quiero ir.

–No tienes otra opción.

–Entonces este es el fin de la tregua.

–Sí, si es así como quieres verlo. ¿Por qué seguir fingiendo, Eloise? Los dos sabemos que me bastaría con tocarte para que cambiaras de opinión.

Eloise perdió el apetito ante su arrogancia. La tostada se le cayó de entre los dedos. Y lo más terrible era ser dolorosamente consciente de que Marcus estaba diciendo la verdad. Se sentía tan vulnerable…

En ese momento sonó el timbre de la puerta. Eloise se levantó de un salto y estuvo a punto de tropezar durante su vertiginosa carrera hacia la puerta. Marcus pretendía hacerse cargo de toda su vida. Y ella no parecía tener la fuerza necesaria para impedírselo. Y eso la asustaba.

Katy entró en el vestíbulo.

–Toma, el periódico –lo dejó caer en la mesita del vestíbulo y alzó la cabeza para olfatear–. ¿Estoy oliendo a café? –se dirigió inmediatamente a la cocina.

Eloise cerró la puerta y se agachó a tomar el periódico. Se había caído al suelo y había quedado abierto por la página central. Sus ojos repararon en un nombre que allí aparecía: Rick Pritchard. La sangre abandonó su rostro, las manos le temblaron y tuvo que cerrar los ojos para tranquilizarse. Después, con deliberada lentitud, se levantó, dobló el periódico y volvió a dejarlo en la mesita.

Aquel nombre era un recuerdo muy oportuno. Durante los últimos meses, había permitido que Marcus la tuviera bajo control. Había dejado que rompiera el escudo tras el que escondía sus emociones. Era la única persona que lo había hecho en cuatro años. Lo que tenía que hacer era volver a erigir sus defensas contra él. Un trémulo suspiro escapó de sus labios. Irguió los hombros, respiró varias veces y puso en práctica los ejercicios de relajación que le habían enseñado.

Si la falta de precauciones de la noche anterior tenía alguna consecuencia, Eloise sabía que tendría que abandonar a Marcus. Y eso significaba que debería vender la casa y acabar con su sociedad. Las visitas matutinas de Katy, al igual que su amistad, se convertirían en un recuerdo del pasado. Y todo por culpa de Marcus Kouvaris. Pero en ese preciso momento eso no era lo más importante. Tenía cosas más trascendentales de las que preocuparse, como la de permanecer viva… De pronto, Grecia le parecía un lugar muy deseable para permanecer.

Para cuando Eloise volvió a la cocina, Marcus ya había convencido a Katy de que era una maravillosa idea que Eloise fuera a Grecia. Eloise protestó, no quería que Marcus se diera cuenta de que había cambiado de opinión porque de pronto quería estar en cualquier lugar que no fuera Inglaterra…

 

Una doncella de piel morena la acompañó por las escaleras de mármol del palacete y a través del largo pasillo que conducía al dormitorio.

–El dormitorio –le dijo entre risas.

Eloise la miró sin comprender.

–Gracias –musitó, sorprendida por no estar más avergonzada. La doncella retrocedió y cerró la puerta tras ella.

Eloise miró impasible a su alrededor. Se encontraba en una habitación suntuosamente elegante, con una enorme cama colocada sobre una tarima. Caminó a través del suelo de mosaico y empujó la puerta del baño, decorado en oro y negro con una bañera redonda, doble ducha y paredes de mármol y espejo. Perfecto para Marcus, pensó, volvió al dormitorio y se acercó a los ventanales por los que se accedía a un largo balcón. El aire le parecía caliente y pesadamente perfumado después de la frialdad del dormitorio. Y la vista era arrebatadora.

Un patio central con una piscina en forma de delfín conducía a un jardín que en aquel momento, bajo el sol de la mañana, era un derroche de color. El jardín descendía suavemente hasta el mar. Eloise miró de lado a lado y distinguió grandes extensiones de naranjos y limoneros. En la distancia, podía distinguir los perfiles de otras lujosas villas. Por supuesto, ninguna tan lujosa como aquel palacete que, cinco años atrás, se había convertido en el escenario del drama que había convertido su vida en una tragedia. Miró en dirección contraria y el corazón se le detuvo en el pecho. Acababa de reconocer el acantilado y el precario camino que descendía hacia aquella cala escondida.

Se volvió bruscamente hacia el dormitorio. Marcus la había llevado a su casa de Rykos, una casa que había construido y diseñado durante los últimos dos años. Lo que no le había dicho era que estaba tan cerca del acantilado y de la playa en la que por primera vez se habían acariciado.

Eloise había guardado el recuerdo de aquel día perfecto como una suerte de talismán. En los momentos de dolor y tristeza, lo utilizaba para conjurar el horror. Resultaba irónico que, tras haber leído el nombre de Rick Pritchard en el periódico de aquella mañana, hubiera necesitado conjurar aquella vista. Sin embargo, la tenía en aquel momento ante sus ojos y parecía haber perdido completamente su eficacia.

La inocencia de los diecinueve años se había ido para siempre. Marcus se había asegurado de eliminarla. Y, lo más triste de todo era que él ni siquiera se había dado cuenta.

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