Deuda pagada

Jacqueline Baird · Capítulo 5 de 12

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Deuda pagada

Capítulo 5

 

Había estado a punto de volver a dejarse conquistar por su formidable encanto una vez más, pensó Eloise desconcertada. Pero si pensaba que en aquella ocasión iba a poder seducirla, Marcus estaba muy equivocado.

–De verdad, Marcus, seguro que se te puede ocurrir algo mejor que eso. He visto mejores estrategias en algunos adolescentes.

–Estoy seguro –repuso Marcus sombrío–. Pero al contrario que Ted Charlton, yo no pienso conformarme con una aventura de una noche.

–¿Tú crees que… que Ted y yo…? ¿Pero entonces por qué…?

Agarrándola del codo, Marcus la condujo hacia la mesa.

–Tú le robaste a mi familia. Y quiero que vuelvas a mi cama hasta que considere que has saldado la deuda que has contraído conmigo.

Eloise lo miró boquiabierta. Intentó hablar, pero su garganta no emitía el menor sonido. Al sentir el borde de la silla detrás de las rodillas, se dejó caer y miró aterrada a su alrededor. Continuaba estando en el mismo club, pero se sentía como si fuera Alicia en el País de las Maravillas cayendo por el agujero negro.

¿Cómo era posible que Marcus estuviera acusándola de haberse acostado con Ted Charlton? Lo miró furiosa. ¿Y qué era eso de que le había robado? Por lo que ella sabía, Marcus acababa de invertir en su negocio. ¿Se habría vuelto loco?

–Estás loco. Has perdido completamente la razón.

–No. Tengo pruebas, Eloise. Esta vez no te vas a escapar de las consecuencias de tus actos. Voy a asegurarme de que no lo hagas.

Se cernía sobre ella como una especie de ángel vengador. O de demonio, para ser más exactos, se corrigió.

–Yo no he robado nada en mi vida. No sé de qué estás hablando, de verdad.

–Mentirosa. La última vez que nos vimos te acostaste conmigo solo para suavizarme… y estuviste a punto de conseguirlo.

Eloise se encogió como si acabaran de golpearla. Abrió la boca para volver a decirle que ella no le debía nada, pero el miedo le atenazó la garganta cuando recordó que la había amenazado con volver a llevarla a su cama.

¡Tenía que salir cuanto antes de allí! Agarró su bolso e intentó levantarse, pero Marcus se lo impidió, posando la mano en su hombro y obligándola a sentarse.

–Siéntate –le ordenó.

Eloise no podía pensar. Estaba paralizada por la impresión. Se sentía enferma y su miedo crecía al darse cuenta de que Marcus realmente creía lo que estaba diciendo.

–Sé lo que eres, Eloise. Bajo esa fachada de inocencia se esconde una auténtica ladrona –fijó en ella su mirada con una intensidad inconfundiblemente sexual–. Pero todavía te deseo y hasta que considere que has pagado la deuda que tu madre contrajo conmigo, permanecerás a mi lado.

–¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto? –preguntó Eloise con voz trémula.

–¡Oh, por favor, Eloise, no te hagas la inocente! Pero bueno, haremos las cosas tal como quieres –le aclaró con impaciencia–. Te lo explicaré. Chloe alquiló la casa de mi tío, lo sedujo y le persuadió para que invirtiera medio millón en un negocio de joyas, con tu ayuda, Eloise. Y en cuanto tu madre cobró el cheque, desaparecisteis las dos.

Abrumada por el escenario que Marcus acababa de presentar, Eloise sintió que la tensión se apoderaba de cada uno de sus músculos. Porque en el fondo de su corazón, tenía la terrible sensación de que podía ser cierto. Su madre tenía mucha relación con Theo Toumbis cuando estaban en Rykos. Y se habían marchado precipitadamente de la isla. Quizá Chloe le había pedido dinero. Eloise no conocía suficientemente a su madre como para saber si eso podía o no ser cierto. Pero su madre había muerto y, aunque solo fuera por respeto a su memoria, se merecía que la defendiera.

–¡Y esperas que me convierta en tu… amante hasta que pague esa supuesta deuda! –arrastró la silla hacia atrás e intentó levantarse.

Marcus la imitó, con una sonrisa glacial en sus labios.

–Piensa en ello. O aceptas mis condiciones o retiro el dinero de tu empresa. Sin el capital para mantener la sucursal de París, os encontraríais de pronto con una montaña de deudas y en muy poco espacio de tiempo la empresa entraría en bancarrota. Yo me aseguraría de ello.

–¡No puedes hacernos una cosa así! No te lo permitiré.

–No puedes hacer nada para impedirlo. Habla con Harry si quieres, él te lo confirmará. Tienes hasta mañana para decidirte. Pero creo que no deberías perder de vista el bienestar de Katy, Harry y el pequeño antes de tomar una decisión –dejó un puñado de papeles sobre la mesa–. Vamos, te acompañaré a un taxi.

–No necesito pensar –le espetó. La furia había acabado completamente con sus temores–. La respuesta es no. Y en cuanto a Katy y Harry, son mis amigos. Ellos me apoyarán e ignorarán tu ridícula acusación –Eloise dio un par de pasos y se volvió hacia él–. Y yo misma puedo conseguir un taxi – siseó–. No soy nada tuyo y por mí, ese contrato puede disolverse mañana mismo.

–Como quieras. En ese caso nos veremos en los tribunales.

Eloise sintió que la sangre abandonaba su rostro. Se quedó helada. Había estado una sola vez en los tribunales y aquella había sido la peor experiencia de su vida. No podía enfrentarse a otro juicio. Tomó aire, luchando contra el pánico que amenazaba con superarla y volvió el rostro lentamente hacia él.

–¿A los tribunales? ¿Qué quieres decir?

–A no ser que lleguemos a un acuerdo, te denunciaré –se encogió de hombros y curvó los labios en una cínica sonrisa–. Tú decides, pero ya no puedes esperar hasta mañana. Quiero que contestes esta noche.

–Antes quiero ver esas pruebas –respondió Eloise quedamente.

–Están en mi apartamento, a diez minutos de aquí –Marcus se acercó a ella y le pasó el brazo por los hombros–. Podemos continuar allí esta conversación. Estoy seguro de que estarás de acuerdo.

¿Tenía un apartamento en París? Y por qué no. Una risa histérica revoloteaba en su garganta. Aquel hombre lo tenía todo; era un hombre poderoso, una leyenda en el mundo de las finanzas. Un hombre acostumbrado a tener todo lo que se le antojara; a recibir y no a dar.

Aun así, estando tan cerca de él, podía percibir su almizcleña fragancia y su piel traicionera cosquilleaba allí donde él la tocaba. Si no lo hubiera conocido, podría haber hecho de ella todo lo que quisiera. Pero ya no era ninguna ingenua, pensó Eloise con una sonrisa irónica mientras inclinaba afirmativamente la cabeza. Y odiaba que un hombre, cualquier hombre, intentara manipularla.

El apartamento de Marcus era pequeño y, obviamente, había sido diseñado pensando en un hombre soltero. El salón y la cocina, que no tenía otra función que calentar ocasionalmente algún café, formaban una sola pieza. Una puerta cerrada conducía a lo que Marcus le indicó era el dormitorio, con baño incluido.

Eloise se acercó hacia la ventana y contempló el reflejo de la luna sobre el Sena, estupefacta ante la jugada que le había preparado el destino.

–¿Te apetece tomar una copa? –le preguntó Marcus, manteniéndose cerca de ella.

Eloise se volvió hacia él.

–No, lo que quiero es que me enseñes esas pruebas. Y rápido. No todos los días la acusan a una de ser una ladrona.

–Ahora las tendrás.

Marcus cruzó la habitación para acercarse a un escritorio, abrió un cajón, sacó un portafolios y lo dejó sobre la mesa, colocando sobre él uno de los documentos que encerraba.

–Tómate todo el tiempo que quieras –dijo con voz burlona–. Yo necesito una copa.

Eloise se acercó al escritorio, levantó el documento y leyó la primera línea. Aparentemente, era un contrato entre Chloe Baker y Theo Toumbis. En él, Chleo le vendía a Theo la mitad de su última aventura empresarial, un negocio dedicado al diseño de joyas, Diseños Eloise, por quinientas mil libras.

Con creciente horror, Eloise leyó el documento y las tres firmas que aparecían al final del contrato: Chloe Baker, Theo Toumbis y Eloise Baker.

Se quedó mirando su propia firma aterrorizada. Era una réplica exacta de su firma, pero en realidad, ni siquiera era su verdadero nombre.

–Yo no he firmado esto –miró a Marcus–. Tienes que creerme. No lo había visto en mi vida. Y además, me apellido Smith –protestó.

–Entonces, ¿hace cinco años no fingías ser la hermana de Chloe, no estuviste en Rykos y no sabes nada de ese contrato?

–No, sí y no –bajó la mirada hacia el documento que tenía en la mano–. Chloe debió falsificar mi firma –musitó, estupefacta ante el aparente engaño de su madre.

Marcus tenía razón: se había hecho pasar por la hermana de Chloe en la isla. Cualquier buen abogado podría hacer picadillo su proclamada inocencia. Dejó caer el documento en el escritorio y, en el proceso, vio el portafolios azul.

–¡Oh, no! –exclamó horrorizada al verlo. Sabía lo que contenía antes de abrirlo, pero lo abrió, consciente de que sus peores temores estaban a punto de confirmarse.

–Claro que sí, Eloise –Marcus apareció a su lado con una copa–. Creo que ahora vas a necesitar esto.

Eloise tomó la copa y bebió precipitadamente. No estaba segura de si era brandy o whisky, pero tosió violentamente. Pasó por delante de Marcus y se dejó caer en el sofá con un movimiento particularmente carente de gracia. Todo vestigio de color había desaparecido de su rostro. ¿Cómo podía haberle hecho su madre una cosa así?

No solo había falsificado su firma, sino que aquel portafolios contenía una copia del proyecto que Eloise había elaborado para la universidad. La única diferencia era que Chloe se nombraba a sí misma como creadora del proyecto. Un elaborado proyecto que incluía los costes, el trabajo de diseño, la publicidad… y todo lo necesario para remontar una empresa, Diseños Eloise, hasta los primeros puestos del mercado.

Bebió otro sorbo de alcohol. Lo necesitaba. Ni en sus peores sueños habría sido capaz de imaginar que su madre utilizaría su firma y su trabajo para sacarle dinero a un hombre. Pero, por lo poco que había visto hasta entonces, eso parecía ser exactamente lo que había hecho su madre. Impactada por la sensación de vergüenza y humillación ante las acciones de su madre, vació la copa.

El alcohol la golpeó violentamente. Eloise se recostó contra el respaldo del sofá y cerró los ojos, incapaz de soportar la enormidad de aquel engaño. Los abrió lentamente y distinguió a Marcus bajo la sombra de sus largas pestañas. Se había quitado la chaqueta y la corbata y llevaba la camisa abierta hasta el pecho. Estaba apoyado con gesto indolente contra la chimenea, dando vueltas a un vaso de whisky, como si nada le importara.

–Así que, al parecer, mi madre engañó a tu tío para que invirtiera en una empresa inexistente. Es cierto que el proyecto que utilizó era mío. Ese es el proyecto que presenté al final de la carrera, pero nada más. Mi madre lo utilizó como reclamo. Pero KHE no es la misma empresa y el problema de tu tío no tiene nada que ver conmigo –declaró Eloise desafiante, y se levantó–. Y puesto que ahora están los dos muertos, dudo mucho que puedas denunciar a nadie –terminó cáusticamente.

–Deberías continuar dedicándote al diseño, Eloise. Es obvio que no sabes nada de leyes. Yo soy el testamentario de Theo y como tal, puedo denunciar a cualquiera en nombre de su familia –la informó sombrío–. El nombre que utilizabas entonces era el mismo que aparece en el contrato. Y sucede que el dinero de Theo terminó en una cuenta bancaria a nombre de tu madre y tuyo. Y también sé que vaciaste esa cuenta para comprar la casa que utilizas para tu negocio.

Eloise se quedó helada. Apretaba con tanta fuerza la mano con la que sujetaba el bolso que tenía los nudillos blancos.

–Oh, Dios mío –gimió.

Había olvidado aquella cuenta conjunta. La cuenta que su madre había insistido en abrir para guardar el dinero obtenido con la venta de la casa de los abuelos de Eloise. Un dinero que esta no había querido tocar hasta que había muerto su madre. La había sorprendido la cantidad de dinero que en ella había, pero, como había dicho entonces el abogado de Chloe, su madre había tenido un gran éxito en los negocios.

¿Pero en qué negocios exactamente? ¿Su madre se dedicaba a robar? ¡Había sido capaz de robar a su propia hija! Era indudable que Chleo había utilizado el proyecto de Eloise para conseguir que Theo invirtiera en una empresa fantasma y había falsificado su firma…

Eloise comprendió con infinita tristeza que jamás había conocido a su madre. Se había dejado llevar por la visión idealizada de la mujer brillante y exitosa. Al comprender que aquello solo era un mito, la desilusión fue total.

–Esperar la intervención divina no va a servirte de nada –se burló Marcus–. Tienes dos opciones: aceptar mi trato o los tribunales. Tú eliges.

Lo que no sabía Marcus era que Eloise no tenía ninguna posibilidad de elegir. No podía ir a los tribunales después de todo lo que había pasado. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para no terminar suplicándole, volvió a sentarse en el sofá.

–¿Por qué me haces esto? –le preguntó, con una mirada glacial–. ¿Por qué has invertido en una empresa a la que quieres arruinar?

–Tengo que admitir que ese no era el plan inicial. Theo fue un estúpido; le dio dinero a tu madre en un momento en el que él estaba ampliando su propio negocio en Rykos. Era un dinero del que no podía permitirse el lujo de prescindir y, durante cuatro años, tuvo serios problemas financieros, pero era demasiado orgulloso para pedirme ayuda. Solo me contó lo que había ocurrido una semana antes de morir, cuando su empresa estaba a punto de quebrar.

–De quebrar –casi gimió Eloise. Aquello empeoraba por segundos.

–Obviamente, como testamentario suyo, me corresponde asegurarme de que su esposa y su hija no sufran por culpa de su estupidez. La venganza es un sentimiento completamente humano, y, lo admito, yo quería vengarme de tu madre. Me llevó algún tiempo que el detective que había contratado la localizara, y solo para descubrir que estaba muerta y no tenía ninguna hermana. Solo tenía una hija. Sin embargo, en memoria de la joven inocente a la que había conocido, pretendí concederte el beneficio de la duda. Me decía a mí mismo que en aquella época probablemente actuabas influenciada por tu madre. Comprobé la situación de KHE y al ver que era una empresa con potencial, me dispuse a pedirte que me devolvieras el dinero invertido por Theo.

–Es una buena idea –se mostró de acuerdo Eloise, con un brillo de esperanza en la mirada–. Estoy segura de que podremos llegar a algún tipo de acuerdo.

–Oh, no, Eloise. Esa opción ha desaparecido –se acercó hasta ella–. En realidad, estaba dispuesto a comprometer mis propias convicciones porque quería verte en mi cama para terminar lo que habíamos empezado hace cinco años. Pero ya no –respondió con sedosa suavidad–. No desde que descubrí que después de haberte acostado conmigo no te importó confesar que también lo habías hecho con Ted Charlton, simplemente para que invirtiera en tu negocio.

–¡Eso es mentira! –exclamó Eloise, horrorizada por aquella absurda acusación.

–¿Y se supone que tengo que creerte?

Eloise se levantó de un salto.

–Estás equivocado, ¡yo nunca me he acostado con Ted!

–Ted no me dijo lo mismo. Me llamó a Nueva York y me ofreció su parte de KHE. Al parecer los abogados de su ex esposa lo han dejado sin blanca y necesitaba dinero en efectivo, así que decidí ayudar a Ted a superar su problema y adquirí parte de lo que, de todas formas, debería haberle pertenecido a mi tío.

–Así que lo hiciste para ayudar a Ted. Qué gesto tan altruista –se burló.

–Eso pensaba yo, hasta que salimos una noche a cerrar el trato y Ted se emborrachó. Entonces admitió abiertamente que había dormido contigo.

–No, Ted no haría una cosa así –gritó Eloise.

–Claro que lo hizo. Y estoy utilizando lo de dormir como un eufemismo. Tanto tú como yo sabemos perfectamente lo que haces en la cama.

Eloise enrojeció de furia. En otra ocasión había tenido que defender su honor delante de un juez y aquella experiencia la había destrozado. No pensaba repetirla otra vez.

–¡Eres un canalla! –gritó, y su mano golpeó la mejilla de Marcus–. Ya estoy harta –gritó, perdiendo completamente el control.

Marcus había removido viejos recuerdos… y, por si no fuera suficiente enterarse de que su madre la había traicionado, le había demostrado que también lo habían hecho Ted y él mismo. Eloise estaba destrozada, harta y furiosa.

Marcus le agarró violentamente la mano con la que acababa de abofetearlo y la estrechó en sus brazos. Eloise se retorcía desesperadamente contra él.

–¡Suéltame!

–No –Marcus la levantó en brazos con una aterradora facilidad y le hizo tumbarse en el sofá–. No voy a dejarte –y su boca descendió sobre la de Eloise.

La besó con una pasión cruda, brutal; con una sexualidad tan salvaje como excitante. Eloise sentía su hambre voraz a través de todas las células de su cuerpo y, durante un instante de locura, respondió con idéntico delirio. Hasta que Marcus alzó la cabeza y la realidad volvió a golpearla con todas sus fuerzas.

–La química no ha cambiado. Continúas deseándome –la desafió–. E incluso sabiendo la clase de mujer que eres, yo también te deseo –admitió–. He comprado a Ted porque no quería verlo a tu alrededor. No quiero ver a ningún hombre cerca de ti.

–¿Pero por qué?

–Creía que lo había dejado suficientemente claro, pero si insistes…

Se inclinó sobre ella, deslizó la mano por su cintura y la alzó ligeramente, reforzando el contacto físico que Eloise estaba intentando evitar, mientras hundía la otra mano en su pelo.

–Te conozco, cariño. Sé que en cuanto te pierda de vista estarás dispuesta a seducir a cualquier otro hombre rico para que te dé el dinero que necesitas para saldar tu deuda. Pero ninguna mujer me va a tomar el pelo dos veces.

Aturdida por la despiadada velocidad con la que había conseguido dominar,la casi sin respiración y obligada a aquel íntimo abrazo, Eloise se sentía incapaz de continuar resistiéndose. Pero tenía que negar la última acusación de Marcus.

–No, yo no…

–No quiero más mentiras –la interrumpió, y volvió a besarla.

No iba a escucharla, y, aunque lo hiciera, jamás la creería, con las sobrecogedoras pruebas que tenía contra ella. Deslizó la lengua en el húmedo interior de su boca. Eloise quería resistirse, realmente quería… pero de su garganta escapó un gemido de rendición y su cuerpo parecía derretirse contra él. Buscó sus hombros y lo besó con impotente abandono.

El porqué dejó de tener importancia. El tiempo ya no significaba nada; lo único que existía era el milagroso mundo de sensaciones que solo Marcus era capaz de crear.

Posando la mano en su espalda, la urgió a incorporarse. Y, sin saber muy bien cómo, el corpiño del vestido descendió varios centímetros. Marcus enterró la cabeza en la suavidad de sus senos hasta que su boca encontró uno de los erguidos pezones y lo succionó con fiero placer.

Todos los sentimientos que Eloise había estado intentando reprimir desesperadamente durante tres largos meses afloraron a la superficie. La sangre fluía por sus venas. Sus dedos buscaban el pelo de Marcus para hundirse en su sedosa negrura y lo abrazaba con fuerza, deseando que la excitación no acabara nunca.

Marcus alzó la cabeza y observó la pálida piel de Eloise teñida por el calor de la excitación.

–Eres mía –gimió–. Y te he deseado durante tanto tiempo… –con la sonrisa de un depredador, se echó hacia atrás, se quitó la camisa y buscó la cintura de los pantalones.

Eloise sintió el aire frío bañando sus senos mientras la voz de la cordura intentaba hacerse oír en su cabeza. La boca se le secó y se tensó rechazando lo que Marcus le estaba proponiendo.

–No –musitó.

Marcus maldijo en un susurro. Sus ojos oscuros, cargados repentinamente de furia, fulminaron el rostro de Eloise.

–¿No? ¿Has dicho no?

–Sí –respondió Eloise asustada.

Marcus la apartó bruscamente de él, se levantó y la miró con expresión glacial.

–Eres una mujer muy sensual. Todo tu cuerpo tiembla cuando te toco y tus ojos brillan como esmeraldas. Me deseas, pero es evidente que te gusta jugar a hacerte la difícil. Pues bien, conmigo puedes ir olvidándote. No he forzado a una mujer en mi vida y no pienso empezar a hacerlo contigo. No soporto que me tomen el pelo.

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