Deuda pagada

Jacqueline Baird · Capítulo 2 de 12

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Deuda pagada

Capítulo 2

 

De manera que, en vez de tomarse un somnífero, Eloise se tumbó boca arriba, hizo unos ejercicios de relajación y dejó que su mente volara libremente hasta aquellas lejanas vacaciones en Grecia.

Eloise estaba llevando una bandeja de bebidas al jardín cuando había visto por primera vez a Marcus. Este se encontraba al borde de la piscina, junto a su madre y Theo. Eloise había estado a punto de tirar la bandeja ante el efecto que su masculina belleza había tenido en su corazón adolescente. Vestido de manera informal, con unos pantalones blancos y una camisa abierta, era, ante los ingenuos ojos de Eloise, como la reencarnación de un dios griego.

–Deja de perder el tiempo, hermanita. Aquí nos estamos muriendo de sed –le había ordenado su madre. Y las diez personas que había alrededor de la piscina, Marcus incluido, se habían vuelto hacia ella.

Eloise se había sonrojado violentamente. Durante un instante, su mirada se había cruzado con la de Marcus y ella había bajado tímidamente la cabeza.

Milagrosamente, Marcus había aparecido entonces a su lado.

–Dame esa bandeja. Una chica tan guapa como tú debería estar esperando a que alguien la atendiera, y no al revés –y así había comenzado todo.

Marcus se había presentado a sí mismo como el sobrino de Theo y la había animado a bañarse con él en la piscina. La imagen de Marcus en bañador era suficiente para que a cualquier mujer le temblaran las rodillas y Eloise no había sido una excepción. Había estado hablando, bromeando y coqueteando con ella y al final de la velada, Marcus estaba ya al corriente de que era una estudiante de diecinueve años sin compromiso, que aquel era su primer viaje al extranjero y que estaba pasando las vacaciones en la isla con su hermana.

Eloise odiaba mentir, pero su madre había insistido en que nadie debía saber que eran madre e hija y a ella le había parecido un precio muy pequeño a cambio de poder estar a su lado. Eloise sabía que su madre la quería a su modo; lo había demostrado después de la muerte de sus padres. A Chloe no le había importado que estos le dejaran todo lo que tenían a su nieta, incluyendo aquella casa. Eloise se había sentido terrible y había tenido que emplear toda su capacidad de persuasión para conseguir que su madre aceptara al menos el dinero de la venta de la casa.

Eloise se movió nerviosa en la cama y se humedeció los labios. Tenía la sensación de que no había pasado el tiempo desde que Marcus la había besado por primera vez. Suspirando, se tumbó boca abajo y enterró la cabeza en la almohada, dejando que continuaran corriendo los recuerdos.

Antes de abandonar la fiesta, Marcus había conseguido abrazarla y besarla, dejando a Eloise perdidamente enamorada.

A las diez de la mañana del día siguiente, Marcus se había presentado en su casa en un descapotable y se la había llevado a conocer el otro extremo de la isla.

–Vamos, cariño –durante la excursión, había aparcado el coche al borde de un acantilado y le había abierto la puerta al mismo tiempo que sostenía una cesta y una manta blanca en el otro brazo.

–¿Aquí? –Eloise había mirado asustada por lo abrupto del paisaje.

–Confía en mí –le había contestado Marcus sonriendo.

Y Eloise había confiado.

Para bajar por la pendiente del acantilado, habían tenido que agarrarse a una vieja cuerda que hacía las veces de barandilla. Aquel había sido el paseo más aterrador que Eloise había experimentado en su joven vida y para cuando habían llegado por fin a la playa, las piernas le temblaban.

Después de bañarse, habían compartido una comida fría que habían acompañado con una botella de champán.

–Me mimas demasiado –había suspirado Eloise, tumbándose saciada y feliz al final de la comida.

Marcus se había apoyado sobre un codo y la había mirado a los ojos.

–Y esto no es nada comparado con lo que me gustaría hacer por ti –había musitado, deslizando el dedo índice por sus labios–. Por tu boca –el dedo había descendido por su garganta–, por tu cuello –había bajado hasta el valle de sus senos–, por tus lujuriosos senos…

Eloise se había sentido como si la estuvieran tocando con fuego. Cada una de sus terminales nerviosas temblaba. Le había rodeado el cuello con los brazos y había hundido los dedos en su pelo. Marcus se había movido hasta quedar tumbado sobre su tembloroso cuerpo. Después, inclinando la cabeza, había dibujado su boca con la punta de la lengua. Eloise, estremecida, había entreabierto los labios para darle la bienvenida a las profundidades de su boca. El roce de los muslos de Marcus contra sus caderas le resultaba increíblemente erótico y, a medida que la boca de Marcus recorría el camino que sus dedos tan recientemente habían trazado, la excitación de Eloise había ido elevándose hasta cotas inimaginables para ella.

Marcus había enterrado la cabeza en el valle de sus senos y, de alguna manera, había conseguido quitarle la parte superior del bikini. Eloise temblaba violentamente mientras Marcus musitaba algunas palabras en griego, antes de coronar con la lengua el montículo de su senos para, muy delicadamente, succionar el rosado pezón con los labios.

Eloise se había estremecido violentamente y se había arqueado contra él, rozando al hacerlo su entrepierna.

–Te gusta –había susurrado con voz ronca. Había bajado la mano hasta su cintura y desde allí había descendido hasta su vientre–. Dime qué más te gusta, Eloise –le había preguntado con voz ronca, mientras su boca alcanzaba el otro seno para repetir aquel asalto sensual.

Eloise jamás había experimentado nada parecido, pero de alguna manera, con Marcus todo le parecía natural. Sus caricias abrasaban su piel y sus senos se henchían anhelando un placer que hasta entonces ni siquiera sabía que existía.

Marcus había deslizado los dedos por el único material que ocultaba su desnudez y de pronto Eloise se había tensado con un miedo inocente y había posado las manos en su pecho.

–No, no… –Marcus estaba yendo demasiado rápido.

Marcus había retrocedido bruscamente.

–No, has dicho que no, pero me deseas… No estarás bromeando, ¿verdad?

–No, no… –Eloise no podía soportar que la mirara con aquella expresión de cinismo–. Es solo que yo… Bueno, yo nunca –había cerrado los ojos y había tragado saliva–. Soy virgen.

–¿Virgen? –había exclamado Marcus y, a partir de aquel momento, había cambiado completamente de actitud.

Había pasado de ser un hombre sensual y sofisticado a convertirse en un compañero tierno y cariñoso. Cuando aquella noche se habían despedido con la promesa de volver a verse al día siguiente, Marcus le había ofrecido un beso de buenas noches que rápidamente había dado paso a un apasionado abrazo. Pero con una capacidad de control impresionante, se había separado de ella y, tras soltar una maldición en griego le había asegurado:

–Voy a hacer que para ti todo sea perfecto.

Aquella noche, Eloise se había ido a la cama con la cabeza llena de sueños y promesas. Pero al día siguiente, nada más llegar, Marcus le había explicado que su padre estaba enfermo y tenía que marcharse, pero que no se preocupara porque pronto volvería.

Bostezando, Eloise dio media vuelta en la cama y se enterró bajo el edredón. En Inglaterra marzo era un mes muy frío. No como en Grecia, pensó. Pero sus sueños griegos habían terminado mucho tiempo atrás y lo mejor que podía hacer era olvidarlos y continuar con su vida actual. Iría a cenar con Marcus por los viejos, tiempos, y nada más.

 

–Lo hemos conseguido, chicas –Harry llegó al día siguiente al taller con Jeff siguiéndole los talones, una botella de champán en la mano y Ted Charlton tras ellos.

Eloise alzó la mirada de su cuaderno de dibujos y Katy dejó el soldador a un lado.

–¿Está usted seguro, señor Charlton?

–Completamente seguro –contestó Ted riendo–. Tan seguro como que he convencido a Jeff y a tu marido para que cierren la tienda y me permitan invitaros a comer.

Cinco minutos después, la botella de champán estaba abierta y estaban brindando por KHE y por la futura inauguración de una tienda en París.

 

Sonó el portero automático y Eloise dirigió una última mirada al reflejo que le devolvía el espejo. Hizo una mueca. Había intentado arreglarse de forma sofisticada y se había recogido el pelo en un moño y se había puesto la única ropa que tenía que, aparte de la falda de la noche anterior, podía considerarse elegante: el traje que se había comprado para la boda de Katy. Era un traje de corte clásico de color jade que combinaba con un colgante y unos pendientes de ámbar, ambos diseñados por ella.

Estaba saliendo precipitadamente del dormitorio cuando oyó que llamaban a la puerta.

La sorpresa le hizo vacilar un instante, pero en cuanto volvieron a llamar corrió a abrir.

Encontró a Marcus apoyado con gesto indolente contra el marco de la puerta. Llevaba un traje azul marino y continuaba siendo tan increíblemente atractivo y romántico como en sus sueños.

–¿Cómo has conseguido entrar? –le preguntó.

–Hola a ti también. ¿Quieres que salga y empecemos otra vez?

–No, claro que no –farfulló Eloise, asustada por la rapidez y la intensidad con la que su cuerpo estaba respondiendo a su presencia.

–Relájate, Eloise. Tu amigo Harry me ha abierto la puerta del portal.

Le sonrió al tiempo que alargaba el brazo y la tomaba del codo.

–Harry y Katy son mis socios –le explicó Eloise.

–A mí me ha parecido tu guardaespaldas –señaló Marcus con una irónica sonrisa–. En menos de un minuto me ha preguntado quién era, a dónde pensaba llevarte y si iba a traerte después a tu casa.

–Muy propio de Harry –confirmó Eloise con una sonrisa mientras salían a la calle–. Katy y yo lo conocimos cuando estábamos en la universidad. Se enamoró de Katy nada más verla y no se alejó de la puerta de nuestro apartamento hasta que Katy accedió a salir con él. Ahora están casados.

–Así que es un hombre con determinación. Eso me gusta –comentó Marcus, mientras le abría la puerta del coche.

En cuanto el coche estuvo en funcionamiento, Marcus la miró de soslayo.

–Quería llevarte a un restaurante francés, pero estoy esperando una llamada urgente, así que lo he arreglado todo para que cenemos en mi hotel. Espero que no te importe.

Eloise disimuló un estremecimiento de pánico y miró su perfectamente cincelado perfil. Marcus no era ningún desconocido y aquella no iba a ser su primera cita. Pero entonces, ¿por qué vacilaba?

–Eloise, o cenamos en el hotel o cancelamos la cita –no estaba mintiendo. Esperaba esa llamada, pero también quería tenerla para él solo cuando la desafiara a explicarle qué papel había jugado ella en la jugada que su madre le había hecho a su tío.

–Sí, sí, no pasa nada –estaba siendo una estúpida, se dijo a sí misma. Era una mujer de veinticuatro años y estaba saliendo con un hombre al que conocía, por el amor de Dios.

El hotel en el que Marcus se alojaba era uno de los mejores de Londres y Eloise se felicitó por haber elegido cuidadosamente su atuendo cuando cruzó el vestíbulo con Marcus para dirigirse a los ascensores.

–¿Vamos a cenar en el restaurante de la última planta? –le preguntó emocionada mientras entraba en el ascensor–. He oído decir que la vista es espectacular.

–No exactamente; vamos a cenar en la suite del ático. Pero la vista es igualmente impresionante.

–¿En… en tu propia suite?

–La llamada que estoy esperando es confidencial –musitó Marcus secamente–. Y tu lenguaje corporal es de lo más expresivo. Te he invitado a cenar y parece que te crees que vas a ser tú el plato principal –rio.

De alguna manera, su risa sirvió para aliviar la tensión y Eloise entró en la suite sintiéndose mucho más confiada. La suite resultó ser una enorme habitación con una zona de comedor. La mesa estaba dispuesta con la más fina cubertería de plata y un mantel de lino. A su lado estaba la zona que hacía las veces de salón, con dos sofás flanqueados por una mesita de café y unos enormes ventanales con vistas espectaculares de la ciudad.

–El baño está allí, si lo necesitas –Marcus señaló con la mano una doble puerta.

En cuestión de minutos, Marcus pidió la cena y una botella del mejor champán. En cuanto el camarero terminó de servirlos y abandonó la suite, Marcus alzó su copa hacia Eloise:

–Por la renovación de nuestra amistad, y podría añadir que también por tu aspecto encantador.

–Gracias –Eloise se sonrojó violentamente; la mirada de Marcus se oscureció por un instante y, sorprendentemente, Eloise se estremeció.

–¿Tienes frío? –le preguntó, Marcus.

–No, estoy bien. No puedo tener frío en el primer día de primavera.

–¡A cualquier cosa le llaman primavera en Inglaterra! Deberías venir a Grecia, allí sí que es primavera –y comenzó a describir las flores de Rykos.

Mientras daban cuenta de la sopa de espárragos y de la lubina a las finas hierbas, la conversación fluyó agradablemente. Eloise fue perdiendo sus inhibiciones al tiempo que se sentía sucumbir una vez más a los encantos de Marcus.

No quiso tomar postre, pero aceptó encantada que volviera a llenarle la copa de champán. Cuando llegó el postre que Marcus había pedido, una increíble combinación de crema, chocolate, nueces y fruta, Eloise soltó una carcajada.

–No vas a poder comértelo –exclamó con una sonrisa–. ¡Parece una versión psicodélica de la torre de Pisa!

–Ahora ya conoces mi vicio secreto –Marcus hundió la cucharilla en el helado–. Tengo debilidad por los dulces –se llevó el helado a la boca y se lamió los labios.

De pronto, desapareció todo rastro de humor de la mirada de Eloise. Mientras observaba el lento movimiento de la garganta de Marcus, sintió nacer un intenso calor en su pecho. Había algo increíblemente sensual en verlo disfrutar de aquel placer.

–¿Quieres? –Marcus le acercó la cucharilla a los labios–. Vamos, estoy seguro de que te encantará –la animó Marcus suavemente–. Está muy bueno.

Pero no había nada bueno en el resplandor de su mirada, sino una explícita promesa sexual. Involuntariamente, Eloise se inclinó hacia delante, como si fuera una marioneta y Marcus hubiera tirado del hilo, y entreabrió los labios. Sintió el frío del helado en la lengua, pero su cuerpo ardía.

–Está muy bueno –farfulló.

–Ya te lo he dicho. Ahora bebe un poco de champán –volvió a llenarle la copa.

Eloise bebió otro sorbo. ¿Sería ella la única que sentía la tensión que había en el ambiente?, se preguntaba. Y, desesperada por apartar de la conversación cualquier connotación sexual, preguntó:

–Por cierto, ¿cómo está tu tío?

–Murió hace un año en una accidente de coche. Ha dejado una esposa y una hija.

Buen intento, se dijo Eloise con pesar. El rostro de Marcus había adquirido la calidad del granito.

–Oh, lo siento.

–¿Por qué ibas a sentirlo? Él no tenía nada que ver contigo. Era tu hermana Chloe la que era su amiga.

Eloise se sonrojó violentamente y, ya fuera por los nervios o por efecto del champán, de pronto se oyó admitir:

–En realidad Chloe no era mi hermana, era mi madre.

–¿Tu madre? Me sorprende. Chloe no parecía tan mayor –admitió Marcus.

Sabía que la inocencia de Eloise era fingida. La noche anterior, había admitido que su apellido era diferente del de su hermana. Era obvio que era consciente de que había cometido un error y quería enmendarlo.

–Tienes razón. Chloe solo tenía diecisiete años cuando yo nací. Esa es la razón por la que, cuando alquiló la casa, fingió que yo era su hermana.

–¿Y para ti no era difícil? Eras demasiado joven para tener que mentir constantemente.

–No, la verdad es que no. Yo no conocía muy bien a mi madre. Se divorció de mi padre a los tres meses de haberse casado, él desapareció y ella se volvió a casar. Mis abuelos se encargaron de cuidarme mientras Chloe proseguía su exitosa carrera en el mundo de los negocios.

–Entonces has heredado de tu madre el gusto por los negocios.

–Sí, supongo que podría decirse así. De hecho, Chloe estaba muy orgullosa de mis éxitos en la universidad y si no hubiera sido por ella, Katy, Harry y yo no habríamos podido comenzar como lo hemos hecho. Gracias al dinero que Chloe me dejó, pudimos formar la empresa.

¡Así que esa era su versión! Muy convincente. La muerte de Chloe daba peso a sus palabras. Dios, aquella mujer era un genio, pensó Marcus con cinismo. Si él no hubiera leído su nombre en el contrato, también la habría creído.

–Supongo que eso te ayudó a superar el dolor de su muerte.

–Sí y no –sonrió con tristeza–. Pero Harry decía que era importante, si querías llegar a la cumbre, estar en el lugar indicado. Con el dinero que heredé, pagué la entrada de la casa en la que vivimos y trabajamos –sin ser consciente de que Marcus la estaba animando a hablar, le contó su sueño de extender el negocio por todo el mundo.

–Con tu entusiasmo, estoy seguro de que tendrás mucho éxito –Marcus volvió a llenar las copas, le dirigió una seductora mirada y añadió–: Un brindis por tu éxito. Espero que consigas todo lo que te mereces.

Eloise alzó la copa y observó los dedos morenos de Marcus alrededor de la suya. Tenía unas manos maravillosas, estrechas y fuertes. Por un instante, Eloise recordó aquellos mismos dedos acariciando sus senos desnudos. Su rostro se sofocó ligeramente cuando la voz de Marcus se filtró en sus eróticos pensamientos.

–Y por la amistad recuperada –acercó su copa a la de Eloise, sin apartar la mirada de su rostro.

–Por el éxito y por la amistad –contestó Eloise vacilante.

Marcus vació su copa de un solo trago. Aquella mujer había estado a punto de engañarlo con su inocencia, maldita fuera. Lo confundía como no lo había confundido nunca una mujer. Todavía no sabía qué opinar sobre ella. O bien se merecía un óscar por su actuación o realmente no estaba al corriente de los negocios de su madre. Su paradójica actitud le hacía desear sacudirla para exigir a la verdadera Eloise que apareciera.

Una sonrisa burlona curvó sus labios. ¿A quién pretendía engañar? Lo que realmente deseaba era desnudarla y enterrar su rostro en aquel exquisito cuerpo una y otra vez.

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