Deuda pagada
Capítulo 10
Eloise deshizo metódicamente la maleta y guardó su ropa en los armarios y cajones del dormitorio, evitando deliberadamente mirar las prendas masculinas con las que se veía obligada a compartirlos.
–¿Qué demonios estás haciendo?
Eloise, que estaba de rodillas colocando la ropa interior en el último cajón de la cómoda, alzó la mirada. Marcus estaba en el marco de la puerta, descalzo. Se había desabrochado los pantalones del traje, que colgaban peligrosamente de sus caderas. La camisa la llevaba desabrochada hasta la cintura, revelando los cincelados músculos de su pecho y el vello oscuro que los cubría. Se fijó en la expresión de su rostro; la estaba mirando con arrogante estupefacción.
–¿Qué crees que estoy haciendo? Deshacer las maletas. Son el tipo de cosas que hacemos los mortales.
Marcus la miró con los ojos entrecerrados.
–Yo contrato a mis empleados para que se encarguen de ese tipo de cosas.
–Oh, sí, mi dueño y señor –musitó ella.
–Te he oído –le advirtió Marcus con voz sedosa–. Y, si mal no recuerdo, habíamos quedado en intentar llevarnos bien.
Marcus escrutó sus ojos esmeralda, anticipando una furiosa negativa, pero para su sorpresa, Eloise se limitó a contestar:
–De acuerdo –y se levantó.
–Espera –Marcus la agarró del brazo cuando pasó por delante de él, inexplicablemente irritado por su aparente indiferencia–. Mis empleados tienen la obligación de atender a mis invitados y les gusta hacer ese trabajo. Se sentirían ofendidos si no se lo permitiéramos –sonaba como un mojigato pedante y él mismo lo sabía.
Eloise miró la mano con la que sujetaba su brazo desnudo y levantó la mirada hacia él.
–Sí, de acuerdo.
Maldita fuera. Eloise había vuelto a seguirle la corriente y no le gustaba nada. Al pensar en ello, se dio cuenta de que había estado haciéndolo desde que Katy había empezado a convencerla de que se fuera a Grecia. Y esa había sido también su actitud en el avión.
Miró intensamente su adorable rostro. El brillo habitual de sus ojos verdes había desaparecido.
–De acuerdo –arrastraba las palabras con cinismo–. Ahora compartiremos la ducha –le exigió.
Eloise era consciente de que estaba intentando enfadarla, aunque no entendía por qué. Lo único que hasta entonces los había unido era el sexo, y seguiría siéndolo hasta que su relación llegara a su final; algo que, teniendo en cuenta lo poco que confiaban el uno en el otro, no tardaría en ocurrir. Pero lo más importante de momento era que había podido alejarse de Inglaterra.
Si al final descubría que había tenido la mala suerte de quedarse embarazada, el pacto tendría que concluir, KHE debería seguir adelante sin ella y ella se quedaría sola. Hasta entonces, intentaría disfrutar de todo lo que Marcus le ofrecía. Estaba segura de que, si se lo proponía, ella podía ser tan dura como cualquier hombre.
–Sí, de acuerdo –contestó, posando la mano en su pecho.
Marcus hizo el amor con ella bajo la ducha, sosteniéndola entre sus brazos y apoyándola contra las baldosas de la pared. Fue un acto duro y rápido, pero disfrutaron del placer de alcanzar la plenitud del clímax al mismo tiempo.
Al terminar, Marcus, con respiración jadeante, le dirigió una mirada abrasadora, y, lentamente, la dejó en el suelo de la ducha. Sin dejar de sujetarla, cerró el grifo y le dio un beso en la frente.
–Será mejor que salgamos y nos vistamos –dijo con pesar–. Pretendía decirte algo antes de que nos distrajéramos. Tía Christine y Stella van a venir a cenar con nosotros.
Eloise se enderezó y se deshizo de su abrazo.
–Sí, de acuerdo –contestó con calma.
Ajena por completo a su propia desnudez, salió de la ducha, se envolvió en una toalla y salió del baño sin volverse siquiera a mirar a Marcus.
«Sí, de acuerdo». Había vuelto a hacerlo… Marcus, frunciendo el ceño con expresión incrédula, agarró una toalla y se la colocó alrededor de las caderas. Por primera vez en toda su vida adulta, se sentía culpable después de haber hecho el amor. Y no le gustaba nada aquella sensación.
Eloise se secó rápidamente y se vistió sin mirarse siquiera en el espejo. Se sentía como si estuviera moviéndose, hablando y actuando a través de una espesa niebla. Había experimentado en otras ocasiones aquella sensación y sabía que se debía a la impresión causada por las últimas noticias sobre Rick Pritchard. Solo en los brazos de Marcus había vuelto a ser plenamente consciente otra vez, pensó con una irónica sonrisa. Desgraciadamente, no iba a poder pasar el resto de su vida entre sus brazos.
La cena no fue la terrible experiencia que Eloise anticipaba. Christine era una mujer de poco más de cuarenta años. Era pequeña, rellenita y de ojos oscuros. Y Stella era una versión de su madre pero con diecisiete años. Poco a poco, Eloise fue dándose cuenta de que Christine no estaba al corriente del estado en el que su marido había dejado sus finanzas. Era una mujer adorable y, por los comentarios que hacía, debía tener una fe inquebrantable en Marcus.
Después de admirar los pendientes de ámbar de Eloise y enterarse de que era diseñadora de joyas, le comentó que era la primera mujer que Marcus presentaba a la familia.
–Tienes mucha suerte –añadió–. Marcus es un brillante hombre de negocios y estoy segura de que podrá ayudarte, ¿verdad, Marcus?
Eloise sintió un nudo en la garganta al advertir las tiernas miradas que cruzaron. Y cuando la velada terminó y Christine y Stella se despidieron de ella con un abrazo y pidiéndole que fuera a visitarlas, la emoción estuvo a punto de desbordarla.
Pero aquello no podía ser. En otras circunstancias, realmente habría adorado a los parientes de Marcus. Pero saber que su madre había tenido una aventura con el marido de Christine y le había estafado una gran cantidad de dinero, le dejaba un amargo sabor en la boca.
–¿Te apetece tomar una copa? –le preguntó Marcus, cuando volvieron al interior de la casa.
–No creo que sea prudente después de todo el vino que hemos bebido –en realidad no había bebido mucho, pero le apetecía distanciarse de Marcus un rato.
–No te preocupes, no te dejaré emborracharte.
–Sí, de acuerdo.
La sonrisa de Marcus desapareció para convertirse en una dura línea. Eloise lo miró y sonrió, pero en realidad era como si no estuviera allí.
–Siéntate en la terraza. Yo llevaré las bebidas.
Eloise se sentó sin decir una sola palabra, pero en vez de sentirse complacido, Marcus se sentía irracionalmente furioso.
Reclinada en una de las tumbonas de la terraza con un vaso de zumo en la mano, Eloise miró a Marcus. Estaba enfadado con ella, pero Eloise no comprendía qué podía haber hecho mal en aquella ocasión. ¿Acaso no había sido suficientemente servil?
–¿Te han gustado Christine y Stella? –le preguntó Marcus de pronto.
–Sí, son encantadoras. En otras circunstancias, estoy segura de que nos habríamos hecho amigas.
–¿Qué quieres decir con eso? Estas circunstancias no tienen nada de malo.
–Sí, claro, si tú lo dices.
Marcus se acercó inmediatamente a ella y posó las manos en sus hombros.
–¿Cómo que «sí, claro»? ¿Qué es eso de estar de acuerdo con todo lo que digo? «Sí, claro», «sí, de acuerdo». Apenas has dicho otras frases desde que hemos salido de Londres.
–Lo siento. No sabía que nuestro trato me obligaba a mantener conversaciones brillantes –replicó.
–Olvídate de ese maldito trato –gruñó Marcus–. Esta es mi casa y quiero que seas feliz en ella. Quiero que los dos seamos felices… –y mientras lo decía, comprendió que era completamente cierto. Quería mucho más de Eloise que sexo. Quería su calor, su amistad… su amor.
¡Quería que olvidara el trato! Eloise estaba tan sorprendida que la impresión que la había mantenido abrumada durante todo el día, se desvaneció, y respondió tentativamente:
–Estoy un poco cansada por el vuelo. Y también desorientada.
Y en lo más profundo de su ser, deseaba que así fuera. No quería dejar que el fantasma del pasado que durante todo el día la había perseguido se saliera con la suya.
–Vamos a la playa –sugirió Marcus–. La brisa del mar te ayudará a despejarte.
–De acuerdo… –comenzó a decir otra vez, y una tímida sonrisa asomó a las comisura de sus labios–. Me parece una buena idea.
Caminaron juntos a lo largo de la playa en un silencio relativamente tranquilo.
En cuanto a Eloise, aunque no desapareció del todo la tensión, el aire limpio de la noche y el sonido de las olas le hacían sentirse a salvo. Miró de reojo a su acompañante y, consciente de que tenía que agradecerle a Marcus aquella sensación de bienestar, tomó la decisión de intentar relajarse y vivir plenamente el momento.
Era una noche maravillosa. La luna llena resplandecía sobre la superficie del agua. Eloise se quitó los zapatos, se acercó hacia las olas que lamían suavemente la arena y se volvió juguetona hacia Marcus.
–Ven, vamos a chapotear un rato.
–Podemos hacer algo mejor que chapotear –respondió él, comenzando a desnudarse.
Eloise lo miraba, sintiendo cómo crecía lentamente el calor del deseo en su vientre.
Marcus permanecía, alto y erguido, a solo unos centímetros de ella. Su cuerpo era una obra de arte, capaz de rivalizar con el mismísimo David de Miguel Ángel.
–Ahora te toca a ti, Eloise.
–Sí –admitió Eloise quedamente, hipnotizada por el ardor intenso de su mirada. Se levantó el vestido, se lo quitó por encima de la cabeza y lo dejó en la arena.
Lentamente se desprendió de las bragas y cuando estuvo completamente desnuda, se enderezó y miró a Marcus.
Permanecieron mirándose en silencio el uno al otro, completamente desnudos y fundiendo sus siluetas con la arena, el mar y el cielo.
Marcus alargó la mano y Eloise posó la suya sobre ella. La adrenalina corría por sus venas; la anticipación caldeaba su sangre. Por primera vez en su vida, se regocijaba en su propia sexualidad. No la temía ni la avergonzaba.
En aquel momento solo veía dos seres desnudos como la naturaleza, liberados de toda clase de convencionalismos. Dio un paso adelante.
–Eres perfecta –musitó Marcus cuando sus bocas se fundieron al calor de una pasión desesperada.
Tomó sus senos con manos temblorosas y rozó con los pulgares los pezones, antes de levantarla en brazos y tumbarla sobre la chaqueta que había dejado extendida en la arena.
–Cuanto más te veo, más te deseo.
Eloise le enmarcó el rostro con las manos y lo urgió a tumbarse junto a ella.
–No digas nada –musitó.
No quería que nada pudiera estropear el erótico sueño que la consumía y selló sus labios con un beso.
El tiempo adquirió una nueva dimensión, mientras se tocaban, dejando que el mar acariciara sus piernas, hasta culminar su unión con un glorioso y delirante orgasmo, que los dejó ambos estremecidos y satisfechos.
Marcus fue el primero en recuperarse y, sonriéndole, le dio un beso en la punta de la nariz.
–Ahora, a bañarse.
Aquella fue otra primera vez para Eloise. Nunca se había bañado desnuda y de noche. Mientras regresaban a casa, se preguntaba si volvería a hacerlo otra vez.
El sol entraba a raudales por la ventana cuando se despertó. Marcus estaba de pie frente a la cama, vestido con unos pantalones cortos y una camiseta negra.
–¿Qué hora es? –le preguntó.
–Casi las doce.
–¿Qué? –abrió los ojos como platos.
–He pensado que necesitabas descansar. Ha llamado Katy. Al parecer, ha convencido a Harry para que le permitiera venir a pasar unos días aquí. Llegará esta tarde.
Eloise miró a Marcus con atención. El amante de la noche anterior había desaparecido. La miraba con expresión pensativa y todo su cuerpo reflejaba tensión.
–Será estupendo –contestó educadamente, pero la obvia reserva de Marcus le hacía mantener cierta distancia emocional.
–Quizá, pero me parece una decisión demasiado repentina por parte de Katy. De hecho, me inclino a pensar que quizá hayas tenido algo que ver con ella. ¿De verdad te molesta tanto la idea de quedarte a solas conmigo?
Marcus había vuelto a su habitual frialdad. Pero Eloise habría jurado que en medio de la noche lo había sentido abrazándola, sosteniéndola protectoramente contra ella. Comprendió con infinita tristeza que probablemente solo había sido un sueño. Inexplicablemente, sintió unas inmensas ganas de llorar. Pero apretó los dientes, luchó contra las lágrimas y se cubrió con la sábana hasta la barbilla.
Eloise tomó aire, e inclinó la cabeza.
–Estás bromeando. No se me ocurriría invitar a ningún amigo mío a estar cerca de ti a menos que no tuviera más remedio que hacerlo. Y puesto que esta es tu casa y seguro que Katy te ha pedido permiso, siempre podrías haberle dicho que no.
Marcus dio un paso hacia ella. Eloise acababa de herirle en lo más profundo. Eloise no tenía familia, pero ni siquiera quería que se acercara a sus amigos, mientras que él había querido llevarla a su casa, le encantaba haber podido presentarle a su familia y estaba deseando que conociera a sus amigos de la isla.
En aquel momento, Marcus, un hombre que nunca había creído en el amor, comprendió que estaba loca y apasionadamente enamorado de Eloise. Se inclinó hacia adelante.
–Eloise –susurró y le acarició delicadamente el pelo.
Eloise retrocedió al instante.
–No –dijo Marcus con brusquedad–. Yo… –pero no podía decirlo.
Había descubierto de pronto el verdadero motivo de su trato. ¿Cómo podía haber estado tan ciego? Le importaba un comino vengarse de ella. Lo que realmente había querido siempre era estar cerca de Eloise, pero había sido demasiado arrogante y estaba demasiado celoso para admitirlo.
–Iré a buscar a Katy –le dijo–. Tú descansa, desayuna y mímate un poco.
Debía sonar como un estúpido incoherente, lo sabía, pero eran tantas las cosas que tenía que arreglar con Eloise que no sabía por dónde comenzar. Necesitaba una estrategia para atraerla, para ganarse su amor. Quizá, Katy pudiera hacerle alguna sugerencia.
–¿Que me mime? –preguntó Eloise. Y al advertir todo el espectro de sentimientos que se reflejaron en el rostro de Marcus, se quedó completamente confundida.
Al advertir su confusión, Marcus se olvidó completamente de toda su estrategia.
–Quiero que estemos juntos, que nos casemos –dijo con fiera determinación. Se sentó en la cama y la abrazó con fuerza.
Eloise sacudió la cabeza, incapaz de creer lo que estaba oyendo.
–Maldita Katy –musitó Marcus, alzando la cabeza al oír las palas del helicóptero cortando el aire.
Eloise alzó la mirada hacia sus ojos. ¿Estaba soñando o realmente Marcus le había pedido que se casara con él? Marcus parecía frustrado y, algo completamente inaudito en él, inseguro y vulnerable.
–Katy –musitó Eloise de forma completamente irracional.
–Tengo que ir a buscarla, pero piensa en lo que te he dicho –le pidió. Se levantó de un salto y se marchó.
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