Deuda pagada
Capítulo 11
No has traído a Benjamin? –preguntó Marcus después de un amistoso recibimiento–. Me sorprende que lo hayas dejado en casa –sonrió mientras acompañaba a Katy al helicóptero–. Ha debido de ser una decisión muy repentina por tu parte la de venir a ver a Eloise.
–Sí, ha sido algo muy repentino. Y solo me voy a quedar una noche. Pero después de leer el periódico, he pensado que no podía darle a Eloise esta noticia por teléfono.
–No me digas que ha bastado un día sin ella para que la empresa quiebre.
–No, pero es algo que le concierne directamente a Eloise –miró a Marcus y le sonrió–. ¿Sabes? Antes de conocerte, habría jurado que Eloise permanecería virgen durante el resto de su vida. Pero desde que está contigo, se ha convertido en una mujer increíblemente confiada. Harry y yo estábamos impresionados el día que accedió a ir al estreno de esa película contigo. Habría jurado que Eloise nunca volvería a aparecer en público después del trauma que sufrió en el juicio. Se suponía que el nombre de la víctima iba a permanecer en secreto, pero ese canalla envió una carta a la prensa desde la prisión para vengarse de ella. El día que fue contigo a ese estreno pensamos que por fin había superado el miedo a los hombres y a que alguien pudiera reconocerla –miró a Marcus agradecida–. Aun así, es difícil romper con las viejas costumbres. Llevamos tanto tiempo intentando protegerla… Quería estar a su lado para cuando lo averiguara.
¿Víctima? ¿Juicio? ¿De verdad Eloise era virgen? La mente de Marcus corría a toda velocidad mientras sentía que se abría un inmenso abismo ante él. Era obvio que Katy pensaba que sabía de qué le estaba hablando.
–¿Averiguar qué? –le preguntó muy tenso, mientras la ayudaba a montar en el helicóptero.
–Supongo que Eloise te habrá hablado de aquel intento de violación y de su herida –Marcus sintió que la sangre abandonaba su rostro mientras escuchaba con creciente horror el relato de Katy–. Fue una época terrible y ella superó con gran valor esa prueba. Pero lo que seguramente no sabes es que Rick Pritchard, que había sido condenado a siete años de prisión, ha salido después de haber cumplido solamente cuatro.
–Ya entiendo –Marcus se había quedado helado.
–Después de ser condenado, juró que volvería a encontrarse con Eloise. La carta que envió dos semanas más tardes a la prensa lo reafirmaba. Pero ahora te tiene a ti para protegerla, y además tiene la suerte de estar en Grecia. Es muy poco probable que ese canalla pueda encontrarla en Rykos.
Marcus no había sentido tanta furia en toda su vida, dirigida sobre todo contra sí mismo. Dios, ¿qué había hecho? De repente, muchos detalles comenzaban a cobrar sentido. La actitud protectora de Harry y de Katy, el temor de Eloise a la publicidad…
Al oír el helicóptero, a Eloise le dio un vuelco el corazón. Se miró por última vez en el espejo y bajó corriendo las escaleras. La felicidad coloreaba sus mejillas y hacía resplandecer sus ojos esmeralda.
No estaba soñando. Marcus le había pedido que se casara con él. Por primera vez desde su reencuentro con Marcus, su corazón ardía de esperanza.
Se detuvo en la puerta y salió al patio trasero de la casa, donde tenían la pequeña pista de aterrizaje. Observó a Marcus descendiendo del avión y ayudando a Katy a bajar.
–Es fantástico –musitó Katy, mirando a su alrededor–. ¡Esto sí que es una casa, Eloise!
–Me alegro de que te guste –Eloise sonrió a Katy de oreja a oreja–. Y espera a que veas la piscina –alzó la mirada hacia Marcus–. Quizá podamos probarla después de que Katy se haya instalado –sonrió un poco nerviosa, pero no recibió ninguna sonrisa a cambio. Marcus la miraba con expresión distante y sombría.
–Yo no, tengo trabajo del que ocuparme en el estudio. Nikos os enseñará la habitación de Katy, y puesto que solo piensa quedarse un día aquí, supongo que tendréis muchas cosas de las que hablar. Nos veremos durante la cena –y se metió en el interior de la casa sin siquiera mirar atrás.
Poco después, una llamada telefónica le hacía ponerse blanco como el papel. La mano con la que sujetaba el auricular temblaba con la fuerza de sus emociones.
–Envíamelo todo por fax. La transcripción del juicio, los artículos de prensa –dejó caer el teléfono y comenzó a caminar por el estudio como si fuera una animal enjaulado.
No podía creerlo, no quería creerlo, pero sabía que era verdad. El detective al que había contratado le había dicho que Eloise era pura como la nieve y él, con su habitual cinismo, había dado por sentado que era un comentario irónico. Pero leer la transcripción del juicio le puso enfermo. Eloise era virgen cuando había sido atacada, y continuaba siéndolo después de aquel asalto.
Eloise, su Eloise, había sido brutalmente atacada en un parque por un depravado llamado Rick Pritchard. Afortunadamente, una pareja que paseaba a su perro había conseguido ponerle freno.
Enterró la cabeza entre las manos, horrorizado por todo lo que había ocurrido y deseando poder matar a Rick Pritchard con sus propias manos.
–Ahora entiendo por qué Marcus ha querido traerte aquí –comentaba Katy media hora más tarde, sentada frente a Eloise en el balcón de su dormitorio.
–Vamos, Katy, dime de una vez por qué has venido –era totalmente impropio de Katy andarse con tantos rodeos.
Katy miró a su amiga con expresión compasiva.
–Hay cosas que no resulta fácil decir. Rick Pritchard está fuera de la cárcel desde el lunes pasado, Eloise.
–¿Y eso es todo? –Eloise intentó sonreír. Estaba profundamente conmovida por la preocupación de su amiga. Pero si algo había aprendido durante los últimos tres meses, era que no podía seguir escondiéndose de la dura realidad de la vida, ni dependiendo de los demás para que la protegieran–. Lo sé, Katy. Lo leí ayer, cuando me llevaste el periódico. Pero no tiene importancia.
–¿Estás segura? ¿No estás asustada?
–De verdad, Katy. ¿Te parece que estoy asustada? –señaló a su alrededor–. Mira donde estamos y con quién. No creo que ningún hombre se atreva a enfrentarse a Marcus –se permitió una fugaz sonrisa.
–Sí, tienes razón. Harry ha dicho que me estaba preocupando innecesariamente y Marcus se ha quedado helado cuando se lo he contado. Pero bueno, ahora que estamos aquí, por lo menos podemos intentar disfrutar de la piscina.
–¿Se lo has contado a Marcus? –preguntó Eloise horrorizada.
–Sí, mientras veníamos, ¿por qué? ¿he hecho algo malo?
–No, por supuesto que no. Pero hazme un favor, no vuelvas a mencionarlo –la mortificaba la idea de que Marcus conociera su secreto–. Es un hombre muy machista y supongo que se habrá puesto de muy mal humor al recordar que otro hombre intentó atacarme. Además, preferiría no volver a hablar de lo ocurrido.
Aunque estaba segura de que Marcus querría conocer toda la historia. En aquel momento, comprendió por qué había vuelto tan sombrío después de ir a buscar a Katy.
–Claro, si tú lo dices, tema zanjado. Y ahora, llévame a bañarme.
Pasaron el resto de la tarde en la piscina, pero Marcus no apareció. Aquella situación estaba poniendo a Eloise al borde de un ataque de nervios. Hasta entonces, había conseguido engañar a Katy haciéndole pensar que Marcus era el amor de su vida y que todo iba estupendamente. Si Katy se daba cuenta de que las cosas no eran lo que parecían, comenzaría a hacerle preguntas hasta obligarla a confesar la verdad.
¿Pero cuál era la verdad? se preguntó Eloise mientras se arreglaba en el dormitorio para la cena. El día anterior se estaba diciendo a sí misma que odiaba a Marcus por ordenarle que se fuera con él a Grecia. Pero por la noche, tras el episodio de la playa, se había sentido libre como nunca en su vida. Aquella mañana, cuando Marcus le había ofrecido matrimonio, había creído que la felicidad era posible. Pero cuando Marcus había vuelto con Katy, había tenido la sensación de que las últimas veinticuatro horas no habían existido.
Que el cielo la ayudara. Era una completa novata en las relaciones con los hombres, pero estaba segura de que un hombre tan tradicional como Marcus y con la posición que ocupaba, jamás se casaría con una mujer que había estado a punto de ser violada y se había convertido en la protagonista de una sórdida noticia, concluyó con tristeza.
Cuadró los hombros y abandonó el dormitorio para reunirse a cenar con Katy y con Marcus.
Cenaron en la terraza, disfrutando de la vista del mar. Marcus condujo la conversación con todo el encanto y el ingenio que era capaz de desplegar en aquellas ocasiones. Pero Eloise no se dejó engañar. Advertía la tensión que su cuerpo exudaba.
No habían vuelvo a hablar a solas desde que aquella mañana le había propuesto matrimonio y había esperado a que Katy y ella estuvieran sentadas a la mesa para presentarse a la cena. Era evidente que la estaba evitando. Y también que se había arrepentido de su propuesta de matrimonio. Pero en el fondo, Eloise nunca había creído que estuviera hablando en serio. Ella no creía en los milagros.
De sus labios escapó un suspiro de alivio cuando Katy anunció que estaba cansada y se marchaba a la cama.
–Sí, yo también estoy cansada –se mostró de acuerdo Eloise, levantándose de su asiento–. Creo que me voy a la cama –le dijo a Marcus–, si no te importa.
–Yo me tomaré antes una copa. Te veré más tarde.
Mientras seguía a Katy al interior de la casa, Eloise advirtió el tono sarcástico de su voz y se volvió hacia él. Para su asombro, descubrió una expresión de tan amarga devastación en su oscuro rostro que se detuvo. Necesitaba preguntarle qué le ocurría. Pero pronto se impuso el sentido común. Marcus no había necesitado a nadie en su vida, así que continuó caminando hacia su habitación.
Después de desnudarse y ducharse, se sentó en la cama con el cepillo en la mano y comenzó a cepillarse el pelo. Marcus la confundía y atormentaba de tal manera que no era capaz de pensar correctamente. Lo había intentado. Había intentado mantener el control, defender su pobre corazón contra la sobrecogedora atracción que sentía hacia él, pero estaba comenzando a creer que era una tarea imposible. El labio le tembló y una lágrima solitaria comenzó a rodar por su mejilla. Se la secó rápidamente. Se negaba a caer en la autocompasión.
Estaba tan absorta en sus propios pensamientos que no se dio cuenta de que Marcus había entrado en la habitación. Pero al cabo de un tiempo, alzó la mirada y lo descubrió a solo unos metros de distancia, quieto como una estatua de mármol.
–El baño está libre –le dijo estúpidamente.
–Y también tu atacante –siseó Marcus entre dientes–. ¿Por qué no me habías contado que te habían intentado violar?
–Creía que no te interesaba. En cualquier caso, Katy ya te lo ha contado.
–Katy pensaba que lo sabía. Después de unas cuantas llamadas, me han enviado la transcripción del juicio y de todo lo que salió en prensa. Acabo de terminar de leerlo.
Eloise palideció y el cepillo que tenía en la mano cayó al suelo.
–Ha pasado mucho tiempo desde entonces –intentaba parecer natural, pero el dolor todavía se reflejaba en su voz.
–¿Por qué no me lo contaste? –le preguntó salvajemente. Se acercó a ella y la agarró del brazo–. ¿Por qué me mentiste? Te pregunté por esa cicatriz y me dijiste que había sido un accidente.
Eloise se levantó lentamente y le dijo la verdad.
–Me daba vergüenza; al menos la primera vez.
–¿Pero por qué ibas a querer esconderme una cosa así? –la furia de Marcus era tan violenta que Eloise retrocedió asustada–. Tenías miedo de mí –siseó, con indignada incredulidad.
Eloise se estremeció.
–No, solo quería olvidarlo.
–¿Olvidarlo? ¿Y cómo se supone que puedo olvidarlo yo? ¿Tienes la menor idea de cómo me siento? ¿Cómo voy a olvidar que te forcé a acostarte conmigo?
Eloise retrocedió como si acabaran de abofetearla, pero el orgullo la ayudó a enfrentarse a él. Le dirigió una mirada fría como el hielo. Recordaba a otro hombre acusándole en otro lugar. Era como si ella fuera la culpable de tener un cuerpo deseable. Se sentía como si el pasado volviera a atraparla otra vez.
–¡No me toques! ¡Suéltame! –estalló. El enfado la ayudaba a mitigar el dolor que Marcus le había infligido con sus duras palabras–. Si, como acabas de decir, has leído lo que ocurrió en el juicio, sabes que técnicamente fue un intento de violación. Tú no entras dentro de esa categoría –le dirigió una mirada de puro desprecio–. Al menos todavía.
Marcus la soltó tan bruscamente que Eloise estuvo a punto de caer de espaldas en la cama. Marcus se pasó nervioso la mano por el pelo. Diablos, ¿qué estaba haciendo? Nada de lo que había pasado era culpa de Eloise. Ella era la víctima, por el amor de Dios.
–No debería haberte dicho eso –admitió–. Me he dejado llevar por el enfado. Lo siento.
–Olvídalo –musitó Eloise, sacudiendo la cabeza y se sentó en la cama. Las piernas ya no la sostenían–. Yo ya lo he hecho –después del juicio, se había prometido a sí misma que no volvería a justificarse delante de ningún hombre y no iba a empezar a hacerlo delante de Marcus.
Se hizo un largo silencio. Marcus tomó aire y se enderezó.
–No puedo olvidar lo que te hizo ese hombre, Eloise. No estoy enfadado contigo, sino con ese tipo y conmigo mismo. No he podido caer más bajo. Me negué a creerte porque todas las pruebas me decían que eras una mentirosa. No puedo decir que me arrepienta de haberme acostado conmigo, pero… reconozco que no soy mucho mejor que el hombre que te atacó. Pero no tienes que tener miedo de mí. No volveré a tocarte otra vez.
Eloise se quedó blanca como el papel. Se hizo un tenso silencio mientras digería lo que Marcus acababa de decirle.
–De acuerdo –dijo por fin. Siempre había sospechado que, en cuanto descubriera su pasado, Marcus perdería todo el interés en ella–. Mañana me iré con Katy –no iba a llorar, se prometió, no iba a suplicar–. En cuanto al dinero que te debo…
–No me debes nada, Eloise. Lo he sabido desde que Harry me contó que habías invertido tu herencia en levantar el negocio y que ahora los tres sois socios a partes iguales.
Eloise comprendía, en algún lugar remoto de su mente, que Marcus le estaba diciendo algo vital, pero no era capaz de pensar correctamente. Sentía náuseas y solo un supremo esfuerzo de voluntad le permitía sostener las defensas mentales que le impedían llorar.
–De acuerdo.
Lo estaba haciendo otra vez. Marcus entrecerró los ojos mirando su pálido rostro. Su brillante cerebro comprendió al instante lo que estaba haciendo Eloise. Era increíble que su propia insensibilidad le hubiera impedido descubrir antes aquella táctica.
–¡No, maldita sea, no puedes estar de acuerdo! No vuelvas a hacer eso otra vez. Ahora comprendo por qué ayer estabas como estabas. Esa es tu forma de protegerte. Ayer ya sabías que habían soltado a ese violador, ¿verdad?
–Leí el periódico antes de salir de Londres, sí –admitió.
Dejó caer la cabeza. Ya no le importaba lo que Marcus pudiera pensar o sentir. Lo único que deseaba era que se fuera antes de que se derrumbara completamente.
Un gemido agónico le hizo alzar la cabeza. Marcus permanecía de pie, con los hombros hundidos y el rostro entre las manos. Bajó los brazos y clavó en ella la mirada. Tenía los ojos llenos de lágrimas y el horror dibujado en cada una de sus facciones.
–¡Que el cielo me ayude! Ayer estabas en estado de shock y te ordené que te metieras conmigo en la ducha.
Eloise no había visto tanto dolor y tanta angustia en toda su vida. Alargó la mano para buscar la de Marcus.
–Disfruté del rato que pasamos en la ducha –le dijo suavemente.
Marcus continuaba mirándola como si no la hubiera oído. Al cabo de unos minutos, la agarró con fuerza de la mano.
–Dios mío, Eloise –gimió, abrazándola con fuerza–. Me gustaría que fuera cierto.
–Lo es –murmuró Eloise, inclinando la cabeza para mirarlo a los ojos.
Marcus la miró en solemne silencio; sus ojos sondeaban los de Eloise con ardiente intensidad. Y de pronto, como si no pudiera evitarlo, volvió a gemir y bajó la cabeza.
–Te quiero tanto. No puedo soportar la idea de que alguien te haga daño y sé que yo debo haberte hecho sufrir. ¡Dios! Te he obligado a estar conmigo. No soy mejor que ese canalla que te apuñaló.
La abrazaba con tanta fuerza que Eloise se sentía como si le faltara aire en los pulmones. No podía creer lo que acababa de oír. Marcus la amaba. Alzó la mano vacilante hacia su cabeza. Odiaba ver a su orgulloso amante tan angustiado. Pero ella sabía lo que tenía que hacer.
–Marcus, nunca me has hecho daño, y mucho menos físicamente. Siempre te he deseado, incluso cuando discutíamos, y quiero que me creas.
–Eres demasiado buena –gimió Marcus, buscando sus labios–. Necesitas que alguien te cuide –rozó su boca con el más delicado de los besos–. Deja que sea yo y te juro que nadie volverá a hacerte nunca daño.
–Pero tú… ¿me amas? –tenía que preguntárselo, necesitaba estar segura.
–Eloise, te amo, y jamás en mi vida me he sentido más indigno. Lo único que puedo hacer ahora es rezar para que me perdones y me permitas hacerte feliz.
Eloise abrió sus enormes ojos verdes de par en par. Le resultaba casi imposible creerlo, pero la verdad estaba allí, en la profundidad de sus ojos oscuros. Y también en la fuerza con la que la abrazaba. Y sabía que estaba también allí, en su corazón.
–No hay nada que perdonar. Bastará con que me beses y vuelvas a decirme que me amas.
–Te amo, Eloise –gimió Marcus, la levantó en brazos y la dejó sobre la cama, cubriéndola de besos.
Hicieron el amor con una profunda pasión que le llegó a Eloise hasta el alma. Marcus besó la cicatriz, besó su cuerpo entero y se amaron hasta que terminaron acurrucados en la cama, el uno en brazos del otro, con los corazones latiendo al unísono.
–Por favor, cásate conmigo –le pidió Marcus, y Eloise se movió sinuosamente contra él.
–¿Quieres que hagamos otro trato? –bromeó ella.
–No. Y nunca deberíamos haber hecho el trato anterior –reconoció Marcus con escrupulosa honestidad–. Tenemos que hablar, Eloise.
Se colocó de lado, apoyó la cabeza sobre el codo y la miró.
–Cuando Theo murió y descubrí lo que Chloe había hecho, contraté un detective para encontrarla. Cuando me dijeron que había muerto y que no tenía una hermana, me quedé intrigado. El dinero significaba poco para mí; la verdad era que lo que más me interesaba era encontrarte. Me habías robado el sueño durante años y tenía curiosidad por saber en qué te habías convertido. El detective te localizó, me informó de tu verdadero nombre y me contó que eras propietaria de una joyería de diseño. Yo estaba amargamente desilusionado; cuando el detective me dijo que eras tan pura como la nieve, ya no quise seguir escuchándole. Creía que pretendía ser sarcástico.
–Pero yo te dije la verdad, Marcus. Mi madre utilizó mi proyecto de carrera y también falsificó mi firma. Eso no tenía nada que ver conmigo – protestó.
–Ahora lo sé –Marcus trazó con el dedo el perfil de sus labios–, Déjame terminar. Cuando te encontré en aquel club, me quedé completamente impactado. Eras más hermosa de lo que recordaba, pero estabas con un hombre mayor…
–Pero ya sabes que entre Ted y yo…
–Chss. Por primera vez en mi vida sentí celos. Y pensé en lo que tú y tu madre le habíais hecho a mi familia. Me puse furioso.
–Ya te expliqué…
Marcus la silenció con un beso.
–Por favor, Eloise, quiero que todo quede claro entre nosotros. No quiero nada de secretos. Cuando te invité a cenar, pensaba acusarte de ser una mentirosa y exigirte que devolvieras el dinero de Theo, pero durante la cena, te mostraste tan dulce, tan divertida, que pensé, ¿por qué molestarse? No necesitaba el dinero… Y después hicimos el amor.
Eloise le sonrió con expresión soñadora.
–Aquella noche fue perfecta. Para mí fue un milagro. Pensaba que jamás podría tolerar que un hombre me tocara, pero contigo era diferente. Creo que era porque te había conocido antes del ataque. Fue como si no hubiera existido nunca ese trauma y tuviera diecinueve años otra vez.
–Dios mío, Eloise, estabas tan nerviosa que comprendí que era la primera vez. Pretendía cuidarte, olvidar todo lo que le había pasado a mi tío… Pero después de esa llamada de teléfono, me dijiste que la noche anterior habías obtenido financiación para tu empresa gracias a Ted, e insinuaste que te habías acostado con él. Me dijiste que habías llegado a casa a las tres, pero estabas tan emocionada que no te habías dormido hasta las cinco… y que habías firmado el contrato por la mañana y lo habíais celebrado con una comida –el semblante se le oscurecía al recordar tanto dolor–. Estaba destrozado, pensando que podía haberme confundido, y que en realidad habías pasado la noche con Ted para que invirtiera en KHE, igual que había hecho tu madre.
–Entonces… –lo miraba con los ojos abiertos como platos–. Me preguntaba por qué te mostrabas tan distante cuando me llevaste a casa. ¡Pero estabas completamente confundido! Ted me dejó en la puerta de mi casa y después estuve hablando con Katy y con Harry hasta muy tarde. Al día siguiente, Ted vino a reunirse con Harry y nos invitó a todos a comer. Pero claro, si pensabas…
–Sí, eso es exactamente lo que pensaba. Tenía el ego absolutamente destrozado. Necesitaba alejarme de ti para pensar. Por eso alargué mi estancia en los Estados Unidos y llevé deliberadamente a Nadine a ese baile benéfico, esperando que vieras la fotografía.
–Y la vi –admitió Eloise–. Me sentí terriblemente herida, pero, extrañamente, seguía estándote agradecida porque, aunque no volviera a verte nunca, me habías curado un trauma emocional en lo que a los hombres se refería. Por lo menos eso era lo que me decía a mí misma.
Marcus arqueó una ceja con expresión irónica.
–Supongo que tengo que tomarme eso como un cumplido, pero no estoy seguro de que quiera convertirme en un consejero sexual.
–Y será mejor que no lo hagas. A partir de ahora, yo soy la única mujer a la que vas a aconsejar sobre cuestiones sexuales.
–Tú eres la única mujer a la que deseo –deslizó la mano por su cuello hasta alcanzar sus senos henchidos con una tierna caricia.
–¿Y Nadine? –preguntó la joven vacilante–. ¿Qué ocurrió con ella?
–Soy bastante mayor que tú, y ha habido otras mujeres en mi vida, pero solo han sido relaciones informales. Nadine fue una de ellas. Hacía meses que no la veía y me la encontré al llegar a Londres, pero nunca ha habido nada serio entre nosotros. Además, tú eres la única mujer con la que me he acostado desde el momento en el que volví a verte. Créeme.
–Te creo –pero todavía no comprendía por qué había tardado tres meses en volver a ponerse en contacto con ella y se lo preguntó.
–No me atrevía. Dios, te habías convertido en una obsesión, me estabas volviendo loco. Después de hacer el amor contigo, comprendí que ya no habría ninguna otra mujer para mí. Cuando me fui a Estados Unidos –se interrumpió un instante–… estaba enfadado y decidido a vengarme de ti. Consulté a mi abogado y él era de la opinión de que me costaría más iniciar un juicio que el dinero que Theo había perdido. Pero me decía a mí mismo que no quería volver a verte nunca. Y lo intenté, realmente lo intenté. Me concentré en el trabajo. Estaba completamente decidido a olvidarte. Después Ted Charlton se puso en contacto conmigo y prácticamente me suplicó que asumiera su compromiso en KHE. Después de haber pasado dos meses echándote de menos, me pregunté, ¿por qué no? Era una razón legítima para verte. Entonces me contó que se había acostado contigo, fue como la confirmación de lo que ya sabía y me convencí a mí mismo de que, si te habías acostado con él por dinero, también podrías acostarte conmigo.
–Nunca me acosté con él.
–Ahora lo sé, pero los celos son un sentimiento muy poderoso. Y, para serte sincero, creo que en el fondo me asustabas. Prefería verte como a una especie de ladrona porque de esa forma podía negar mis verdaderos sentimientos hacia ti. El caso es que estaba decidido a tenerte y Ted me dio una herramienta para hacerlo. Y, para mi vergüenza, la utilicé.
–Pero entonces, ¿cuándo fuiste por fin consciente de que estabas enamorado de mí? –intentó sentarse, pero Marcus le hizo tumbarse nuevamente colocándose sobre ella, apoyando los codos a ambos lados de sus hombros y enmarcándole la cabeza con las manos.
Un largo beso después, Marcus fijó la mirada en sus ojos.
–Siempre he estado enamorado de ti. Me había propuesto casarme contigo cuando tenías diecinueve años, pero desapareciste. Así que me negué a mí mismo ese amor. Lo consideraba como un signo de debilidad y decidí negarlo… Hasta esta mañana. Te he mirado y he sabido que me estaba engañando. He perdido el control y, probablemente, mi propuesta de matrimonio haya sido la menos romántica del mundo, pero estaba aterrado ante la posibilidad de que tu respuesta fuera no.
–Pues a mí me ha gustado.
–Perdóname, Eloise, y cásate conmigo. Te cuidaré, te protegeré y sé que puedo hacer que me ames, aunque muera en el intento.
–No vas a tener que intentarlo, Marcus. Te amo y la respuesta es sí.
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