Deuda pagada
Capítulo 7
A las siete y media de la mañana siguiente, Eloise entraba en el comedor del hotel. Se había vestido cuidadosamente, eligiendo unos pantalones de lino claros con una chaqueta a juego y una blusa verde menta. Esperaba que los cosméticos hubieran servido para disimular los estragos provocados por la confusión emocional de la noche anterior y una noche de insomnio. ¡Pero no tenía por qué preocuparse! A sus labios asomó una sonrisa en cuanto vio a Katy y a Harry sentados a la mesa, frente a una ventana que daba al Sena. Katy llevaba puestas las gafas de sol.
Eloise caminó inmediatamente hacia ellos.
–¿Tienes resaca, Katy? –se quitó la chaqueta, la dejó en el respaldo de la silla y se sentó al lado de sus amigos.
–Buenos días a ti también –contestó Katy y Harry soltó una carcajada.
–Buenos días, Eloise. La de ayer fue la primera salida de mi esposa desde que se ha convertido en mamá, y creo que se pasó un poco de la raya. Sírvete un café. Me temo que tendremos que dejar esta reunión hasta que vuelvas a Inglaterra –miró con inmenso cariño a su esposa–. Katy no está en condiciones de sostener una opinión válida sobre nada.
Eloise se sirvió una taza de café. La mesa estaba dispuesta para tres y Harry había pedido ya un desayuno continental. Eloise sabía que debían estar en el aeropuerto a las ocho y media y sintió una punzada de culpabilidad porque le había dicho a Marcus que la reunión era a las nueve menos cuarto… Inmediatamente se recordó que no le debía a Marcus ninguna clase de lealtad.
–Tienes razón –gimió Katy–. Dios mío, ¡no volveré hacerlo nunca más! – miró a Eloise y añadió–. Afortunadamente tú tienes mejor aspecto. Cuéntame, ¿qué hicisteis tú y nuestro nuevo socio cuando nos marchamos?
–Estuvimos bailando y después llamamos a un taxi –Eloise bebió un largo sorbo de café, luchando contra el rubor que amenazaba con asomar a su rostro.
Durante las tempranas horas del amanecer, cuando había podido pensar ya con claridad, se había hecho una pregunta vital que quería responder. Marcus no podría haberla chantajeado como lo había hecho si no fuera socio financiero de su empresa.
Eloise no era ninguna estúpida. Sabía que si hubiera sido una simple cuestión de reponer el dinero que su madre había robado, probablemente podría haber conseguido un crédito utilizando la casa y la empresa como avales. Desgraciadamente, al haber comprado la participación de Marcus, estaba en posición de arruinarlos.
–Quiero hablar con vosotros sobre Marcus –fijó la mirada en Harry–. ¿Hasta qué punto está metido en la empresa? Creo que deberías haberme consultado antes de venderle la participación de Ted en la empresa.
Durante los minutos siguientes, Harry estuvo explicándoselo y, para cuando terminó, Eloise comprendió que no se podría haber hecho otra cosa. Al parecer, Ted Charlton le había informado a Harry unas semanas atrás que los acuerdos del divorcio le iban a costar más de lo que pensaba y que tendría que renunciar a las inversiones que pretendía hacer en la empresa. Pero Ted le había llamado unos días después para decirle que no se preocupara, que tenía otro comprador, el señor Kouvaris, que estaba dispuesto a invertir el doble que él. Harry no había querido preocupar a Katy y a Eloise, así que había decidido no contar nada hasta que se abriera la tienda de París.
Eloise no tenía nada que discutir al respecto. Harry le había confirmado lo que Marcus le había contado, que Ted le había ofrecido su parte.
Marcus le había contado la verdad, y eso le hizo sentirse ligeramente mejor. Pero si alguna vez volvía a ver a Ted Charlton, tendría unas cuantas preguntas que hacerle. Entre otras, por qué le había dicho a Marcus que se había acostado con ella.
Durante la siguiente media hora estuvieron hablando de otros asuntos. Le sugirieron a Eloise que debería quedarse en París durante una semana, en vez del par de días que en principio había previsto, solo para asegurarse de que no había ningún problema.
–De acuerdo –contestó Eloise, tomando otro pedazo de un delicioso cruasán de chocolate–. ¿Pero por qué no vais a buscar de una vez a Benjamin y a Floe? No quiero que perdáis el avión –prefería que se marcharan antes de que Marcus apareciera.
El estómago se le revolvió al pensar en la inminente llegada de Marcus. Eloise tenía poca fe en su capacidad para fingir normalidad con Marcus delante de Katy. Su amiga la conocía demasiado bien. Cuando vio que Katy y Harry se levantaban, no pudo evitar un suspiro de alivio. Se levantó ella también y se dispuso a ponerse la chaqueta.
Pero su alivio no duró mucho.
–Vaya, buenos días –exclamó Katy.
Eloise sintió que se le ponían los pelos de punta. Vio sonreír a Katy justo antes de que un fuerte brazo le rodeara la cintura y la estrechara contra él en un gesto turbadoramente íntimo.
–Buenos días, Katy, Harry –contestó Marcus alegremente.
Eloise se tensó y lo miró sin disimular su asombro. Marcus tenía un aspecto masculino, vibrante. Iba vestido de manera informal, con unos pantalones de algodón color crema y un polo a juego. Parecía relajado; una ancha sonrisa iluminaba sus facciones.
Sintiéndose manipulada, pero incapaz de hacer nada, observó el atento escrutinio de Marcus a los restos del desayuno.
–Parece que llego tarde –comentó él. Desvió la mirada hacia ella y, sin previa advertencia, inclinó la cabeza y la besó en los labios–. Eloise, cariño, creía que habías dicho que el desayuno era a las nueve menos cuarto. Pero te perdono. Es una delicia verte tan hermosa y fresca a estas horas de la mañana, habiéndote acostado ayer tan tarde.
Aquello formaba parte de su repugnante estrategia, pensó Eloise furiosa. ¡Y ella intentando mostrarse discreta! Miró a su amiga y advirtió la expresión de asombro de Katy.
–Debo haberme equivocado –musitó, intentando liberarse de su brazo, pero Marcus continuaba sujetándola con fuerza por la cintura.
–¿Por qué te acostaste tarde, Eloise? Creía que habías dicho que estuvisteis bailando y después llamaste a un taxi –preguntó Katy, sonriendo.
Marcus contestó por ella.
–Sí, lo llamó. Pero después de que hubiéramos visitado algún que otro lugar –ronroneó Marcus, mientras miraba a Eloise con expresión soñadora–. Fue magnífico, ¿verdad, Eloise? –y sonrió.
Eloise lo fulminó con la mirada. Ardía de enfado, pero estando sus dos amigos delante, lo único que podía hacer era mostrarse de acuerdo.
–Sí.
–Bueno, siento que te hayas perdido el desayuno, Marcus –terció Harry–. Pero tenemos que irnos. De todas formas, no tienes por qué preocuparte, Eloise se quedará aquí durante el resto de la semana y podrá proporcionarte cualquier cosa que necesites.
–Estoy seguro –contestó Marcus, arrastrando las palabras.
Katy observó a Eloise y a Marcus con el ceño fruncido.
–Harry, ¿por qué no te quedas a tomar un café con Marcus? Eloise puede venir conmigo para ayudarme a prepararlo todo. Sé que está deseando subir a despedirse de su ahijado favorito –le informó–. Nos reuniremos contigo dentro de veinte minutos.
Marcus dejó marcharse a Eloise, pero no antes de darle otro beso en la frente y musitar, de forma que todos lo oyeran:
–No tardes.
–Muy bien, ahora cuéntame qué está pasando aquí –exigió Katy en cuanto estuvieron en el ascensor–. Marcus prácticamente se ha abalanzado sobre ti, y yo nunca te había visto tan nerviosa –clavó en Eloise su astuta mirada–. Hace tres meses cenaste con él y me dijiste que no había pasado nada, que solo había sido una cena entre viejos amigos. Y ahora ese hombre se ha convertido en nuestro socio y parece incapaz de mantener las manos lejos de ti.
Agradecida por haber podido escapar durante un rato de Marcus, Eloise miró los preocupados ojos de Katy. Su amiga la conocía demasiado bien como para creerse que podía iniciar de un día para otro una aventura.
–Creo que estoy enamorada –le contó, comprendiendo que era eso lo único que podía hacer–. Y pienso que Marcus siente lo mismo.
Katy se quedó boquiabierta. La conocía demasiado bien como para conformarse con algo menos relevante. Había sido el apoyo de Eloise después de aquella salvaje agresión y del horror del juicio y sabía que no había vuelto a mirar a ningún hombre desde entonces.
–Y ayer por la noche, los dos… bueno, ¿lo hicisteis?
–Sí. Y fue maravilloso –contestó Eloise, diciendo, aunque solo fuera parcialmente, la verdad.
–Oh, Eloise. Me alegro tanto por ti –la abrazó con fuerza–. Sabía que algún día lo superarías todo.
Mientras observaba a la familia meterse en el taxi, Eloise sintió que toda la energía la abandonaba. Lo había hecho. Había conseguido convencer a Katy de que estaba encantada y feliz con su nueva relación con Marcus. Había escuchado con atención mientras Katy fantaseaba suponiendo que Marcus debía haber estado enamorado de ella durante todos aquellos años y que esa era la razón por la que había invertido en su empresa.
Eloise no la había desilusionado, aunque le había cruzado por la cabeza la idea de confesarle la verdad mientras la veía marcharse, sintiéndose de pronto víctima del más profundo abandono. Pero mientras abrazaba a Benjamin y lo besaba para despedirse de él, se había convencido de que no podía hacer una cosa así. No había nada sobre la tierra que pudiera hacerle poner en peligro la felicidad y la unidad de la familia de Katy.
Pálida y tensa, le dirigió una mirada amarga y resentida a Marcus mientras se dirigían hacia el ascensor.
–Desde luego, te ha faltado tiempo para hacer pública nuestra sórdida aventura. Si crees que tu comportamiento de esta mañana ha sido discreto, entonces que el cielo me ayude.
–Sonríe –sugirió Marcus con voz sedosa, absorbiendo con la mirada la tensa palidez de su rostro–. La gente podría pensar que estamos discutiendo.
–¿Y desde cuándo te importa lo que puedan pensar los demás? Me prometiste que mantendrías nuestra relación en secreto hasta que se hubieran ido de París.
–Entonces te mentí. Un hombre puede prometerle cualquier cosa a una mujer cuando está con ella en la cama. Tú no eres ninguna ingenua –añadió con sarcasmo–. Estoy seguro de que has hecho lo mismo en incontables ocasiones. Al fin y al cabo, me mentiste en lo de la hora del desayuno.
Eloise se puso blanca como el papel. Ser atrapada en una mentira era incómodo, pero darse cuenta de que Marcus la consideraba capaz de utilizar su cuerpo para conseguir lo que quería le demostraba la baja opinión que tenía de ella. El enfado y la humillación atenazaban su estómago mientras se liberaba de su abrazo justo en el momento en el que el ascensor se detenía.
–Eres el ser más repugnante que conozco, ¿por qué no te vas un rato a paseo? –le espetó y se dirigió a su habitación.
Deslizó la tarjeta por la ranura, empujó la puerta… ¡y no ocurrió nada!
Un fogonazo de rabia detuvo a Marcus durante unos minutos. Él no estaba acostumbrado a que las mujeres lo insultaran, y menos una mujer con la que se había acostado la noche anterior. Pero Eloise no era una mujer como las que él acostumbraba a tratar, se recordó. Era una mentirosa, muy sexy, por cierto, y no merecía la pena enfadarse por ella. Lo único que él quería era acostarse con ella, nada más, se dijo mientras la seguía.
Observó sus vanos intentos de abrir la puerta. La furia coloreaba su rostro. Pero no, no solo estaba furiosa. Por su forma de apretar los dientes y por la tensión que reflejaba su cuerpo, se dio cuenta de que también estaba nerviosa. La mano le temblaba.
–Permíteme –Marcus tomó la tarjeta, abrió la puerta y la siguió al interior de la habitación.
–Te he dicho que te vayas –Eloise se volvió hacia él.
Marcus la agarró entonces por los hombros.
–¿De verdad es eso lo que quieres? –deslizó sus ojos negros sobre ella, deteniéndose unos instantes en la curva de sus senos antes de volver a su rostro.
Advirtió en sus ojos un destello fugaz de algo que identificó como miedo e, inexplicablemente, sintió una punzada de culpabilidad.
La había acusado de ser una ladrona, y, después de todas las lindezas que le había dirigido, pretendía acostarse con ella. Y para colmo, cuando Eloise todavía estaba intentando asumir lo que había ocurrido la noche anterior, había aparecido él otra vez y la había puesto deliberadamente en una situación embarazosa delante de sus amigos.
–¿Por qué no nos vamos los dos a paseo, como tú tan elocuentemente has dicho? –dijo de pronto con una sonrisa–. Podríamos pasar el día haciendo turismo y divirtiéndonos
La miró a los ojos, vio el enfado y la estupefacción que reflejaba su mirada, y sintió un ligero remordimiento. Pero no fue suficiente para impedir que la estrechara contra él y cubriera sus labios con un beso.
–¡Basta! –jadeó Eloise.
Luchó contra él al principio, moviendo la cabeza de lado a lado. Pero Marcus era tan insistente y, al mismo tiempo, tan extrañamente tierno… Su boca se movía con delicadeza contra la suya y no se detuvo hasta que, con un ligero gemido, Eloise sucumbió y le devolvió el beso.
Marcus interrumpió el beso y la tomó por la barbilla.
–Pasa el día conmigo. Sabes perfectamente que es eso lo que quieres.
Sí, era eso lo que quería. Pero le bastó percibir su expresión burlona para volver de nuevo a la tierra.
–Tengo que trabajar –se apartó bruscamente de él–. Esa es la razón por la que estoy aquí.
Cruzó la habitación y tomó el bolso que había dejado en el armario. Una vez fuera de su alcance, intentó recuperar el ritmo normal de la respiración y se volvió hacia él con la determinación grabada en cada una de las líneas de su rostro.
–Al fin y al cabo, ahora tú también estás interesado en el futuro de KHE, y cuanto más trabaje, más beneficioso será para ti.
Marcus rio con cinismo.
–Me alegro de que por fin lo comprendas –se burló–. Pero como en esta aventura yo soy el jefe, seré yo el que decida qué tareas tienen prioridad – dirigió una provocativa mirada a la cama antes de volver a mirarla a los ojos.
Eloise retrocedió inmediatamente hacia la puerta, disgustada y, para su más absoluta vergüenza, también secretamente emocionada. Se aferró con fuerza a su bolso y pasó rápidamente por delante de él.
–Tengo que marcharme… Tengo una cita con las nuevas ayudantes de ventas.
–Iré contigo.
–Pero tú…
–Tal como tú misma acabas de decir, tengo importantes intereses en el negocio.
Dos horas después, Eloise salía de la nueva joyería ardiendo de furia. Ella pensaba que lo estaba haciendo bastante bien, explicándoles en su rudimentario francés a las nuevas encargadas, una muy elegante dama francesa y a una joven dependiente, lo que se esperaba de ellas. Pero de pronto Marcus la había interrumpido y se había presentado a sí mismo como socio de la firma. A partir de ahí, en un francés envidiable, había hechizado de tal manera a las dos mujeres que, por el caso que le habían hecho a Eloise, no habría sido necesaria su presencia.
–¿Hacía falta que fueras tan condenadamente metomentodo? –le espetó cuando salieron de la joyería–. Soy perfectamente capaz de instruir a mis empleadas. No es necesario que intentes seducir a todas las mujeres con las que te cruzas.
Marcus advirtió el enfado en sus ojos. Dejó que su mirada vagara por la intensa sensualidad de su cuerpo, deteniéndose deliberadamente en la elevación de sus senos. A su boca asomó una sonrisa que pronto se convirtió en carcajada.
Eloise sintió que sus pezones se erguían contra la seda de la blusa, y aquello hizo que aumentara su furia.
–¿Qué es lo que te parece tan gracioso?
–Estás celosa, Eloise.
Aquello era lo último que la joven esperaba.
–Por supuesto que no, mono engreído.
Después de un segundo de silencio, Marcus echó la cabeza hacia atrás y rio a carcajadas.
–Bueno, supongo que eso es preferible a ser algo repugnante. Pero estás celosa, ¿verdad, Eloise? ¿Por qué no admites la verdad? A mí podría pasarme lo mismo.
Marcus supo, en cuanto lo hubo dicho, que acababa de cometer un error. Cinco años atrás, cuando se habían conocido y él la consideraba una joven inocente, habría admitido sus celos. Pero no el hombre en el que se había convertido y que tenía siempre presente la prueba de su perversidad. Él siempre se había enorgullecido de ser un sofisticado amante capaz de complacer a las mujeres sin perder nunca el control sobre sus propios sentimientos. Pero Eloise tenía una habilidad asombrosa para hacerle olvidar quién era realmente ella y por qué no le gustaba.
¿Qué diablos?, se dijo así mismo. Aunque solo fuera por un día, podía intentar olvidarlo todo y limitarse a disfrutar.
A Eloise le dio un vuelco el corazón. ¿Marcus celoso? Aquella idea fue un bálsamo para su maltratado orgullo.
Marcus inclinó la cabeza y le dio un beso fugaz en los labios mientras le pasaba el brazos por los hombros.
–Mira a tu alrededor, Eloise. El sol brilla y estamos en París, una ciudad hecha para los amantes y, haya pasado lo que haya pasado entre nosotros, no podemos negar que somos amantes. Así que, por favor, déjame enseñarte esta ciudad.
Eloise lo miró. La oscura vitalidad que de él emanaba era una potente tentación para cualquier mujer y ella no era una excepción.
Marcus le tendió la mano.
–¿Aceptas la invitación? –le preguntó con voz ronca y Eloise permitió que tomara su mano.
–Sí –respondió hechizada por su resplandeciente mirada.
–Si estás de acuerdo, he pensado que lo primero que podemos hacer es ir a ver la Torre Eiffel.
–¿Tengo posibilidad de elegir? –preguntó Eloise con una irónica sonrisa al ver la determinación de su expresión.
–Para ser una mujer tan atractiva, haces demasiadas preguntas –señaló Marcus, mientras comenzaban a caminar.
Fueron hasta la Torre Eiffel y subieron hasta arriba en ascensor. Cuando se encontró con la vista panorámica de la ciudad, a Eloise le temblaron las piernas y la cabeza comenzó a darle vueltas. Vio que Marcus le señalaba algo en la distancia y oyó vagamente su voz enumerando las virtudes de algún edificio, pero ella era víctima de un intenso mareo. Alargó el brazo para aferrarse a Marcus. Las alturas no eran lo suyo.
–Eloise –Marcus observó con los ojos entrecerrados la palidez de sus facciones y al comprender lo que ocurría, la abrazó con fuerza–. Deberías haberme dicho que te daban miedo las alturas. Vamos a bajar ahora mismo –la mantuvo bajo la protección de su abrazo hasta que estuvieron sobre el suelo firme del pavimento.
Eloise alzó entonces la mirada hacia la impresionante estructura de hierro y, todavía mareada, se apoyó contra uno de los soportes, maravillándose de haber sido capaz de subir.
–¡Lo he conseguido! –le dirigió a Marcus una sonrisa resplandeciente.
–Sí. Pero creo que ahora iremos a Les Invalides y a la tumba de Napoleón, que están bajo tierra, para que te sientas más segura. A menos que también tengas claustrofobia.
Eloise estaba alborozada por haber podido contemplar el famoso espectáculo de la ciudad de París desde aquella impresionante altura. Si hubiera estado ella sola, jamás se habría atrevido. Agradecida además por la aparente preocupación de Marcus, entreabrió los labios con una sonrisa radiante.
–Marcus, me estás tratando como si fuera una anciana –rio.
Marcus acortó entonces la distancia que los separaba, apoyó las manos en la barra de hierro de la torre y cubrió la boca de Eloise con un beso. Allí estaba, a los pies de la Torre Eiffel, a plena luz del día y rodeado de cientos de turistas, besándola con tal pasión que Eloise sintió que una ola de intenso calor abrasaba sus venas.
–Marcus –jadeó Eloise cuando Marcus abandonó sus labios–. Nos están mirando.
–¿Y qué? Eres mi mujer –replicó él–. Pero tienes razón, no tengo la costumbre de hacer este tipo de cosas en público. Pero tú me vuelves loco – miró a su alrededor con aire distraído–. Vámonos.
Marcus podría haber sido uno de los generales de Napoleón, pensaba Eloise con secreta diversión mientras paseaban por el Arco del Triunfo y la tumba al solado desconocido.
Se sentaron a descansar en un café de los Campos Elíseos donde, rodeados de parisinos y turistas de todo el mundo, compartieron una botella de vino y unas esponjosas tortillas con ensalada. Bien fuera por el vino o por la compañía, Eloise descubrió que estaba disfrutando como nunca. Marcus era un gran conversador y sabía mucho sobre París. Además, como si hubiera algún acuerdo tácito entre ellos, evitó toda conversación de índole personal. Relajada, Eloise vació su vaso de vino y lo dejó en la mesa. Miró a Marcus, que en aquel momento estaba sacando unos billetes de la cartera.
–¿Nos vamos? –preguntó Eloise–. Me encanta estar aquí, contemplando cómo pasa la vida.
Y a él le encantaba mirarla, pensó Marcus, pero no se lo dijo.
Eloise se había remangado la blusa color menta y se había desabrochado los primeros botones, revelando el camino que conducía a sus senos. Racionalmente, Marcus sabía que era una mentirosa y una tramposa, pero no podía evitar que su cuerpo respondiera a ella de la forma menos conveniente.
–Quiero que visitemos el Louvre durante aproximadamente un par de horas y que después vayamos al Centro Pompidou –gruñó, levantándose.
–Todo muy bien organizado –bromeó Eloise, pero tomó la mano que él le ofrecía y dejó que la condujera hacia el Louvre.
La cola para entrar era enorme.
Eloise se volvió divertida hacia él, y vio la frustración reflejada en su rostro.
–Nos han derrotado, mon generale –se burló–. Esta vez tendrás que esperar como todo el mundo.
–No, creo que ya he esperado suficiente –le apretó la mano y la miró con masculina intensidad.
El ambiente se cargó súbitamente de electricidad. La multitud que los rodeaba desapareció y Eloise sintió que se ahogaba en las profundidades de sus ojos. Marcus le acarició la palma de la mano con el pulgar y tiró suavemente de ella para estrecharla contra el duro calor de su cuerpo.
–¿Por qué esperar para ver una antigua obra de arte cuando tengo una obra perfecta entre mis brazos? Mi apartamento está cerca de aquí.
Eloise quería arremeter contra él por tratarla con tan arrogante posesividad. Y el día anterior lo habría hecho, pero después de lo ocurrido aquella noche, ya solo era capaz de pensar en la sensualidad de sus labios y en aquel cuerpo desnudo y fuerte que se había deslizado en su interior.
Marcus caminó con ella de la mano hasta llegar a la entrada de un gran edificio. Eloise sentía que el corazón le latía violentamente en el pecho y percibía la tensión sexual que dominaba el magnífico cuerpo de Marcus. Al pie de las escaleras, Marcus la recorrió de los pies a la cabeza con la mirada y, como si lo impulsara una fuerza indomable, le hizo apoyarse contra la pared y le dio un beso devastador que dejó sus huesos hechos gelatina.
–¡Diablos! ¿Por qué se me ocurriría comprar el ático? –prácticamente, la arrastró por las escaleras hasta llegar a su casa.
Una vez allí, abrió la puerta y le hizo pasar al mismo escenario de la noche anterior. En aquella ocasión Marcus no vaciló. La condujo directamente hasta el dormitorio.
Eloise no tuvo tiempo de fijarse en lo que la rodeaba mientras Marcus se abalanzaba sobre ella. Eloise podía sentir la tensión de todos sus músculos, la almizcleña fragancia de su masculinidad y el potente fuego que se avivaba en el interior de su propio cuerpo.
Marcus le desabrochó los botones de la blusa con una velocidad que hablaba de su vasta experiencia, pero a Eloise no le importó. Se aferró a su cintura y tiró de su camisa mientras él le deslizaba la blusa por los hombros y le desabrochaba el sujetador.
Con un gemido, dejó caer la cabeza y succionó uno de los pezones erectos mientras se aferraba con fuerza a su cintura.
De la garganta de Eloise escapó un involuntario gemido de placer. Echó la cabeza hacia atrás mientras Marcus la hacía descender sobre la cama y, con manos ligeramente temblorosas, le quitaba los pantalones y la ropa interior.
Las propias ropas de Marcus estaban en el suelo un segundo después, mientras él se inclinaba sobre ella poderosamente excitado para iniciar una sensual exploración por los rizos de cobre que cubrían la unión de sus muslos, provocando al instante un efecto devastador. Sin darle tregua, se apoderó de su boca, descendió por su cuello y buscó sus anhelantes senos. Allí prolongó sus caricias y estuvo saboreando aquella piel tan sensible hasta que el cuerpo entero de Eloise se tensó en una fiera anticipación.
–Tengo que hacer el amor ahora –musitó Marcus con voz ronca.
Mordisqueó uno de los pezones y suavizó con la lengua el efecto de su brusca caricia. Eloise se retorcía bajo él, consumida por un deseo y una pasión tan intensa que gritó desesperada su nombre.
El sonido de su nombre saliendo de aquellos voluptuosos labios llevó a Marcus al borde del abismo. Tomó a Eloise por las caderas para obligarla a elevarlas y se fundió con ella.
Eloise hundió los dedos en su pelo oscuro y se entregó con una salvaje y deliciosa sensualidad a aquella primitiva unión. Estaba completamente enardecida y cuando Marcus volvió a tomar sus labios en una salvaje admisión de su deseo, ella le devolvió el beso, iniciando un febril duelo con sus lenguas. Todo Marcus se tensó mientras luchaba para conservar el control.
Eloise le acarició la espalda y le sintió estremecerse y apretar los músculos, intentando amortiguar aquella intolerable tensión.
Marcus alzó la cabeza y con los ojos ardiendo como ascuas de carbón, buscó la mirada de Eloise.
–Tú me haces… –pero sus palabras se perdieron cuando Eloise se tensó involuntariamente y le rodeó la cintura con las piernas.
Marcus comenzó a moverse con rápidas y potentes embestidas y Eloise, naturalmente, se sumó a aquel furioso ritmo que la transportaba hasta un mundo de puras sensaciones que terminó explotando en una deflagración tan devastadora como el nacimiento de una estrella. Se aferró a Marcus y de su garganta escapó un grito salvaje.
Marcus, jadeante, se hundió en sus aturdidos ojos verdes y la soltó lentamente, permitiéndola volver a tumbarse por completo. Con las pupilas dilatadas todavía fijas en ella, abandonó su interior, rozó sus labios y, apoyado sobre un codo, la miró en silencio.
–Eres exquisita –musitó suavemente–. Nunca te había visto completamente desnuda a la luz del día –y le dio otro beso en la frente.
Solo entonces Eloise se dio cuenta de que no podían ser más de las tres de la tarde, de que el sol del verano entraba a raudales por la ventana y de que ella estaba completamente desnuda delante de un hombre que era su enemigo.
–Oh –instintivamente, se cubrió los senos con las manos.
Marcus al verla estalló en carcajadas.
–¿Qué te parece tan gracioso? –exigió Eloise.
–Creo que es un poco tarde para mostrarte tímida, cariño –hacía notables esfuerzos para contener la risa–, después de lo que hemos hecho.
Eloise comprendió lo absurdo de su gesto y también rio.
–Sí, bueno, soy una mujer tímida.
–Desde luego, a veces te comportas como si lo fueras. Pero, afortunadamente –la miró con masculina satisfacción–, en la cama eres la más apasionada y sexy de las mujeres.
Eloise estuvo a punto de reír otra vez, pero en aquella ocasión con ironía. Si Marcus supiera que desde que tenía veinte años jamás había vuelto a mirar a un hombre… De hecho, el propio Marcus era el único hombre al que le había permitido acariciarla.
Marcus escrutó su cuerpo con la mirada y dejó que sus dedos vagaran desde su boca hasta la aureola oscura que encumbraba sus senos. La sintió temblar y la miró a los ojos con renovado deseo.
–Creo que nunca podré saciarme de ti –musitó.
Eloise sabía que creerlo sería como adentrarse en el camino al infierno, sabía que no podía bajar la guardia, pero cuando Marcus volvió a tomar su boca con un ardiente beso cargado de pasión, se derrumbó. Se aferró a sus hombros, cerró los ojos y se resignó a lo inevitable.
–Estás tan caliente, tan excitada –musitó Marcus una vez más.
Gimiendo su nombre, se hundió en ella por última vez y en cuanto la sintió alcanzar nuevamente el clímax, se estremeció violentamente, con la fuerza de su propia liberación.
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