Deuda pagada
Capítulo 8
Marcus se tumbó de espaldas en la cama, arrastrando a Eloise con él. La abrazaba con tanta ternura que, por un instante, Eloise tuvo la sensación de que habían hecho el amor. Incluso había llegado a sentir que eran un solo cuerpo unido por el amor. Pero sabía que no era cierto…
Deseando huir de aquella peligrosa sensación, alzó la cabeza y chocó contra la intensidad de su mirada.
–Necesito ir al baño –dijo prosaicamente, y alejándose de su abrazo.
Mientras se duchaba, intentó analizar lo que había hecho, pero antes de que pudiera poner orden en el caótico mundo de sus emociones, se abrió la puerta y apareció Marcus.
–Permíteme –musitó riendo y le quitó el jabón de las manos.
Lo que siguió a aquel gesto fue una lección de sensualidad que dejó a Eloise tan débil como un gatito y aferrándose a sus anchos hombros para que Marcus la llevara a la cama y la arropara como si fuera una niña.
Horas después, Eloise abría bruscamente los ojos. La rodeaba una completa oscuridad y no sabía dónde estaba. Lo recordó de pronto y miró al otro extremo de la cama. Estaba sola.
Cinco minutos después, vestida y con el pelo recogido en una cola de caballo, entraba en el salón. Marcus estaba sentado a la mesa, con un ordenador portátil frente a él, evidentemente trabajando.
¿Qué habría que decirle a un hombre después de haber pasado la tarde acostada con él?, se preguntó Eloise desesperada.
–Creo que será mejor que me vaya –fue lo único que se le ocurrió.
Marcus se levantó y se acercó a ella con dos grandes zancadas.
–Eloise, estás despierta. Pero no, no vas a ir a ninguna parte. He anulado tu habitación del hotel y he encargado que trajeran tus cosas aquí –señaló la maleta de Eloise–, creo que mientras estemos en París, es lo más lógico.
Inclinó la cabeza y, comprendiendo que iba a besarla, Eloise se apartó.
–¡Tú… tú…! ¿Cómo te has atrevido a hacer una cosa así? ¡No tienes ningún derecho!
–Tengo todo el derecho del mundo, Eloise. Me lo diste tú misma ayer, cuando aceptaste nuestro acuerdo para evitar ir a los tribunales.
Eloise palideció al oírlo.
–Ya comprendo –y era cierto que lo comprendía: Marcus tenía todas las cartas en la mano y, por lo tanto, él siempre ganaría–. ¿Pero qué le diré a Katy?
–Yo me encargaré de Katy y de Harry –respondió él con arrogancia.
A la misma velocidad y con la misma astucia con la que se había hecho cargo de su vida, estaba segura. Azuzada por el orgullo, cuadró los hombros y lo miró a los ojos.
–Sí, supongo que es lo más conveniente para el poco tiempo que voy a pasar en París –y añadió con burlona dulzura–, al fin y al cabo, ¿para qué voy a gastarme el dinero en un hotel cuando soy la amante de un hombre rico? De hecho, podría hacer lo mismo con la ropa. No me he traído mucha porque pensaba que solo iba a pasar aquí un par de noches.
Marcus tuvo el valor de soltar una carcajada.
–Eso es lo que me gusta de ti, Eloise. Ni siquiera te hundes cuando estás derrotada.
–Eres un cerdo –le espetó ella–. Voy a deshacer la maleta.
Pero tiempo más tarde, de nuevo en la enorme cama con Marcus, «cerdo» no era precisamente la palabra que acudía a su mente. Eloise tuvo que apretar los dientes para no dejar escapar las palabras de amor que se acumulaban en su garganta. Se repetía una y otra vez que no quería involucrarse emocionalmente con aquel hombre.
Cuando por fin tuvo sus emociones completamente bajo control, se atrevió a preguntar:
–¿Desde cuándo tienes este apartamento? –Marcus contestó con una carcajada y Eloise lo miró de soslayo–. ¿Qué es lo que te parece tan gracioso?
–Tú, Eloise. Acabamos de disfrutar de una experiencia sexual alucinante y de pronto me vienes con una pregunta como esa.
–Lo siento. No sabía que solo podíamos hablar de asaltos sexuales.
–Asaltos sexuales. Qué forma tan burda de decirlo, Eloise.
–Burdos han sido también nuestros encuentros, ¿no?
Marcus se tensó al instante.
–Si es eso lo que piensas, entonces es que tu educación sexual no ha sido tan completa como pensaba. Quizá debería mostrarte la diferencia –y, tumbándola de espaldas, le tomó las manos, se las sujetó por encima de la cabeza y la besó.
Eloise sintió la pasión que latía en su beso. Marcus continuó besándola y sujetándola contra la cama, atormentándola hasta hundirla en una sensación tan increíblemente erótica que fue incapaz de protestar u ofrecer ninguna resistencia cuando él se colocó bruscamente entre sus muslos.
Su cuerpo entero lo llamaba y en el momento en el que Marcus la penetró, sintió que la atravesaba una flecha de fuego. Lo amaba y siempre lo amaría. No importaba que fuera un hombre despiadado y arrogante, o que no sintiera por ella nada más que deseo. Al pensar en ello, escapó de sus ojos una solitaria lágrima.
Marcus la vio y se quedó completamente paralizado. ¿Qué demonios estaba haciendo? Poniendo en juego toda su fuerza de voluntad, retrocedió y continuó mirándola.
Eloise alzó la mirada hacia él, preguntándose por qué se habría parado.
–Lo que hemos compartido hasta ahora no ha sido en absoluto burdo, Eloise. Y quiero que continúe sin verlo.
Marcus observó las emociones que asomaban al rostro de Eloise: sorpresa, arrepentimiento, y al final un profundo alivio que suavizó sus facciones. Pensó entonces en su propia contención. Él jamás se había sentido protector con sus compañeras de cama, pero, por alguna razón inexplicable, con Eloise todo era diferente. Se aclaró la garganta.
–¿Qué era lo que querías saber? ¿Desde cuándo tengo este apartamento? –se tumbó de espaldas y la invitó a apoyar la cabeza en el hueco de su hombro mientras procedía a contárselo–. Mi padre me compró este apartamento durante el año que pasé estudiando en Francia. Él pensaba que si quería trabajar en el mundo de las finanzas, era esencial que aprendiera los dos idiomas de la diplomacia, el francés y el inglés.
Saber que lo amaba le hacía sentirse increíblemente vulnerable, pero, confortada por el calor de su cuerpo y el sonido melodioso de su voz, Eloise fue relajándose poco a poco.
–Ah, por eso hablas francés tan bien. Y el hotel de Londres, ¿también te lo compró él?
–No –contestó Marcus, riendo–. Ese lo compré yo unos años después, cuando todavía era un hombre serio y muy correcto.
–¿Por qué será que me cuesta imaginarte así? A menos por supuesto, que en secreto fueras una especie de monstruo sadomasoquista.
–Ingeniosa idea, querida –se inclinó hacia ella y musitó–. El sadomaso no es lo mío, pero estaría completamente dispuesto a practicarlo si con eso consigo retenerte en mi cama.
–No, por supuesto que no –contestó Eloise, asustada por los derroteros que podría tomar una simple broma.
–Es una pena –observó Marcus con una sonrisa–. Aun así, creo que siempre y cuando sea contigo, me conformaré con las formas más convencionales del sexo.
–Sexo convencional con una mujer de mala vida –al advertir la furia que iluminaba los ojos de Marcus, inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho.
–Olvida la parte de la mala vida, limítate a ser mi mujer y yo haré lo mismo. El trato que hemos hecho no tiene por qué afectar a nuestra relación –se encogió de hombros–. Si quieres, podemos hacer una tregua.
Fingir que el trato nunca había existido. Sería una tontería, se dijo Eloise, pero en cuanto Marcus comenzó a besarla, decidió aprovechar aquella oportunidad. Aquellas palabras le habían dado la primera migaja de esperanza sobre su futuro.
–De acuerdo –musitó.
–Ese diseño parece realmente prometedor –Katy se había colocado detrás de Eloise y estaba examinando uno de sus dibujos–. Una verdadera inspiración. Es el mejor ejemplo de lo que el amor de un hombre puede llegar a hacer –bromeó.
Eloise hizo una mueca. ¡Si al menos fuera verdad! Pero las intenciones de Marcus estaban muy lejos de ser honorables.
–¿Y dónde está ahora? –preguntó Katy–. Hace más de una semana que no lo vemos.
–Marcus trabaja –contestó Eloise en tono burlón–. Tiene una oficina en Wall Street y apartamentos en Londres y en París, pero vive en Grecia. Y si nosotras trabajamos un poco más, quizá también podamos comprar alguna que otra casa más –intentó distraer a Katy de temas más personales preguntándole por las ventas de los últimos diseños.
Había pasado casi un mes desde que había vuelto de París. La semana que había pasado en la capital francesa había sido una auténtica revelación para ella. La mayor parte del tiempo lo había pasado en la cama con Marcus. Habían salido a cenar en alguna ocasión y él había insistido en gastarse una fortuna en ropa para ella. Eloise había intentado detenerlo, señalando que estaba bromeando cuando había sugerido que le comprara ropa y que, en cualquier caso, solo iba a pasar un año con él.
Marcus había respondido secamente, recordándole su tregua.
De vuelta en Londres, había insistido en acompañarla a su apartamento. Y aunque lo último que Eloise quería era terminar haciendo el amor con él en su casa, eso era precisamente lo que había ocurrido. Desde aquel día, Eloise no era capaz de dormir una sola noche sin acordarse de Marcus compartiendo aquella cama con ella.
Al día siguiente, la había llamado, supuestamente para invitarla a cenar. Pero la cena se había limitado a un sándwich de queso y a una espectacular velada en su enorme cama.
Durante las semanas siguientes Marcus se había comportado de manera que tanto Katy como Harry pudieran pensar que era la pareja ideal para Eloise. Además, su aportación financiera a la empresa había sido considerable. Eloise había podido observar a Marcus riendo y bromeando con Jeff y Julián, y con Katy y con Harry. Cenaban todos juntos con frecuencia y, para todos ellos, Marcus era maravilloso.
Lo mismo le ocurría a todo el mundo. Hasta el pequeño Benjamin se emocionaba cuando Marcus aparecía. Eloise intentaba recordarse que era un manipulador, un hipócrita, pero, que el cielo la ayudara, cada vez le resultaba más difícil guardar las distancias.
Fiel a su palabra, Marcus estaba procurando darle relevancia a su aventura. Había insistido en llevarla al estreno de una película y al día siguiente habían aparecido en todas las revistas del país. Eloise se había asustado al ver tanta publicidad y vivía aterrada ante la posibilidad de que alguien pudiera hacer alguna conexión con su pasado. Había hablado sobre ello con Marcus y, después de aquella noche, este se había plegado a sus deseos y sus salidas habían sido mucho más discretas.
Sorprendentemente, a medida que pasaban las semanas, Eloise comenzaba a descubrirse pensando en Marcus como si fuera su novio. Él no hacía nada para disipar aquella idea y la tregua que habían pactado en París continuaba vigente: en ningún momento mencionaban el verdadero motivo por el que estaban juntos.
–Soñando despierta es difícil trabajar –la voz de Katy se filtró en sus atribulados pensamientos–. Pero no te culpo. Aunque adoro a Harry, es imposible no darse cuenta de que Marcus es un hombre maravilloso. Si juegas bien tus cartas, estoy segura de que terminaremos oyendo campanas de boda.
–No, no lo creo –contestó. Pero, en el fondo de su corazón, deseaba que fuera verdad–. Y, para contestar a tu pregunta, ahora mismo está en Nueva York y probablemente se quede allí una temporada. Y, conociendo a Marcus, dudo que me esté echando mucho de menos. Hay demasiadas mujeres hermosas en el mundo dispuestas a complacerlo.
–El problema es que tú no te das cuenta de lo adorable que eres, tanto por dentro como por fuera. Pero Marcus lo sabe, estoy segura.
–Gracias por el cumplido, Katy. Y espero que tengas razón –Eloise forzó una sonrisa y se concentró de nuevo en el trabajo–. Pero hasta entonces, te sugiero que nos pongamos a trabajar de nuevo.
La libertad era algo muy divertido, reflexionó Eloise mientras paseaba por Kensington High Street durante el segundo viernes de ausencia de Marcus.
Eloise se había dicho a sí misma que se alegraba de estar sola otra vez, de poder pasar el tiempo tal como le apetecía, pero la verdad era que echaba de menos a Marcus.
Marcus había estipulado que pasaría un año siendo su amante, y, para su más completo horror, Eloise se había descubierto la noche anterior calculando las semanas que faltaban y molesta por el tiempo que Marcus estaba pasando lejos de ella. Era tan atractivo, y ella había oído que Nueva York estaba lleno de mujeres bellas. Sola con sus pensamientos, había terminado consumida por los celos y al final había llegado a la conclusión de que quizá Marcus podría decidir no terminar siquiera el año.
Pero Eloise sabía que en realidad a Marcus el dinero no le importaba. ¿Cómo podía importarle cuando se gastaba una fortuna en ropa y regalos para ella? Y se consolaba a sí misma pensando que quizá había superado ya el enfado y que realmente disfrutaba de su compañía.
A medida que iban pasando los días, Eloise iba estando cada vez más convencida de que Marcus la apreciaba a un nivel más profundo. Lo demostraba de muchas maneras: con flores, con joyas.. Eloise intentaba rechazar aquellos regalos tan valiosos, pero él no se lo permitía, diciéndole que era un recuerdo de lo que habían compartido en París.
A veces el regalo era pequeño, como una rosa solitaria, o gracioso, como cuando se había presentado en su casa con un gnomo y le había hecho prometerle que aquel sería el único hombre al que miraría durante su ausencia.
Solía llamarla a diario, a primera hora de la mañana en Inglaterra, mientras él todavía estaba en la cama. Aquellas conversaciones alimentaban en el corazón de Eloise la esperanza de que quedaba alguna oportunidad para su amor.
Marcus iba a llegar el martes siguiente y Eloise, tremendamente animada, entró en los almacenes Harrods con una sonrisa en el rostro. Se compraría una combinación que dejaría a Marcus tumbado, decidió. Se detuvo en el mostrador de la perfumería, y acababa de probar una de las fragancias cuando la saludó una voz familiar.
–Eloise, ¿cómo estás?
–Ted, Ted Charlton. Me temo que tengo que arreglar cuentas contigo – pero no pudo evitar sonreír al ver su expresión.
–Culpable –alzó la mano–. Sé lo que vas a decir, pero déjame invitarte a tomar algo y te lo explicaré.
Aquella era una soleada tarde de verano y se extendía ante ella un largo fin de semana y esa noche no tenía nada que hacer, de modo que decidió aceptar.
–Sí, de acuerdo.
–Tengo una cita muy especial el sábado por la noche –le explicó Ted con una sonrisa–. Vamos a buscar algún sitio en el que podamos comer y beber algo y te confesaré todos mis pecados.
Ted la llevó a un restaurante francés. Allí pidió un par de Martinis, una botella de vino y la cena.
–He visto tus fotografías con Marcus en la prensa, y puedo imaginarme por qué quieres hablar conmigo.
–Marcus parece creer que tú y yo… –se aclaró la garganta, repentinamente avergonzada.
–Sé lo que estás intentando decir. Y lo siento, no debería haber mentido. Pero intenta verlo desde mi punto de vista.
–Te escucho, Ted.
–Marcus Kouvaris es un hombre mucho más joven que yo. Rico, atractivo –Ted alzó su vaso y lo vació de un solo trago.
–¿Y?
–Bueno, eso no me deja a mí en muy buen lugar.
–Ted, limítate a contarme lo que pasó.
–En realidad todo fue culpa de mi ex esposa. Su abogado consiguió que me sacara unos cuantos millones y yo necesitaba dinero rápido y en efectivo. Sabía que Kouvaris estaba en la ciudad y recordaba cómo te había mirado.
–¿Cómo me había mirado? ¿Eso que tiene que ver con nuestro negocio?
–Soy un hombre. Sé cómo funciona la mente de un hombre. Así que me acerqué a Kouvaris para que me quitara de las manos mi participación en KHE. Sabía que él podía permitírselo y que querría ganar puntos contigo. No me equivoqué: aceptó inmediatamente.
–¿Quieres decir que te crees que Marcus compró tu participación en KHE para complacerme?
–Por supuesto, Eloise. Eres una mujer increíblemente bella, además de una artista con talento. Cualquier hombre se enamoraría de ti.
–Me halagas Ted, pero eso no te va a servir de nada. Quiero saber por qué le mentiste a Marcus sobre nuestra relación.
–Puedes echarle la culpa al orgullo de un hombre viejo. Invité a Marcus a cenar a mi hotel para celebrar el trato y, ante mi insistencia, después nos retiramos al bar. ¿Qué puedo decir? Había bebido demasiado y después estaba esa preciosa rubia a la que yo llevaba varios días intentando impresionar, pero que no estaba interesada en mí… y, sin embargo, se había encaprichado con Marcus. A él no le gustaba nada y, cuando al final ella se dio por vencida y se marchó después de echarme a mí un buen jarro de agua fría, yo me quedé destrozado. Y cuando Marcus me preguntó hasta qué punto te conocía… –Ted se interrumpió y se ruborizó violentamente.
–Continúa…
–Mentí y le dije que habíamos pasado la noche juntos. Fue culpa de mi estúpido ego. Primero, mi esposa me rechaza. Después, esa rubia con la que había estado bebiendo alegremente la noche anterior solo tenía ojos para Kouvaris. No podía soportarlo más y dije esa estúpida mentira. Lo siento.
–No importa Ted –el hecho de que Marcus hubiera rechazado a otra mujer le hacía sentirse generosa–. Te perdono.
–Tú amas a ese hombre.
–Algo así –contestó ella con una sonrisa.
Les sirvieron la comida, que resultó ser excelente, y estuvieron hablando como viejos amigos. Ted era uno de los pocos hombres con los que Eloise se sentía cómoda. Más tarde, cuando Ted llamó a un taxi e insistió en acompañarla a casa, ella no protestó. Incluso lo invitó a tomar café…
Marcus salió del taxi, se acercó a la puerta del edificio georgiano y presionó el botón del apartamento de Eloise. Se dio cuenta entonces de que el portal estaba abierto. Un descuido, pero ideal para sus intenciones. Quería darle una sorpresa.
Había hablado con ella la noche anterior y le había dicho que no regresaría hasta la semana siguiente. Pero después de colgar el teléfono, el recuerdo de su aterciopelada voz le había hecho desearla hasta tal punto que había cancelado algunas reuniones y había decidido volar a Londres.
Marcus llegó a la puerta del apartamento y oyó voces. Estupendo, estaba en casa y, obviamente, viendo la televisión. Llamó con los nudillos a la puerta, esta cedió bajo la presión de su mano. Marcus cruzó el vestíbulo y llegó al cuarto de estar.
–Eloise, cariño.
–¡Marcus! –exclamó Eloise extasiada–. No te esperaba hasta la semana que viene.
Marcus caminó lentamente hacia ella.
–He cancelado todas las reuniones que tenía. Quería darte una sorpresa.
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