Deuda pagada
Capítulo 3
Eloise alzó la mirada sorprendida. ¿Habría dicho algo malo? Marcus se estaba inclinando hacia ella con expresión sombría y vagamente peligrosa. Suspiró aliviada al ver aparecer en las comisuras de su boca una sonrisa. Aquella había sido una velada mágica para ella y no quería que nada la estropeara.
–Para un hombre tan alto como yo es difícil permanecer tanto tiempo sentado en una sillita de estas –dijo Marcus mientras se quitaba la chaqueta y se desataba la corbata–. Necesito estirar las piernas.
Eloise tragó saliva. La camisa blanca dibujaba su musculoso pecho a la perfección y bajo la tela se adivinaba la sombra del vello que lo cubría. La mirada de Eloise voló involuntariamente hacia sus piernas mientras sentía cómo se elevaba la temperatura en la habitación.
Afortunadamente, una llamada a la puerta anunció la llegada del camarero con el café y le dio a Eloise la oportunidad de recuperar el ritmo natural de la respiración.
Marcus se acercó a la zona del salón y le señaló la mesita del café al camarero.
–Déjelo ahí por favor, y ya puede retirarse; hemos terminado.
En cuanto el camarero salió, le pidió a Eloise suavemente:
–Ven conmigo.
Eloise se levantó y se acercó hasta donde estaba él.
–Déjame quitarte la chaqueta. Quiero que estés cómoda.
Eloise alzó la mirada hacia él e intentó sonreír. Lo vio acercar sus manos a la chaqueta y se estremeció, repentinamente consciente de la intimidad de la situación.
–Permíteme –lentamente, Marcus le abrió la chaqueta, rozando accidentalmente sus senos.
La reacción de Eloise fue instantánea: sus pezones se irguieron bajo la tela y Eloise jadeó, impactada por su propia reacción.
La chaqueta cayó al suelo. Marcus sintió el temblor de Eloise y vio la sombra de excitación que oscurecía sus ojos verdes. Hizo entonces lo que había estado deseando hacer desde el momento en el que la había vuelto a ver.
Posó la mano en su cintura, inclinó la cabeza, capturó su boca con un beso hambriento y posesivo y hundió la mano en su sedosa mata de pelo, sujetando su cabeza con firmeza al tiempo que rozaba delicadamente sus labios.
Presionada contra el tenso calor de su cuerpo, Eloise era vitalmente consciente de cada uno de los músculos de Marcus. Una agradable sensación de debilidad le robaba toda la fuerza de sus brazos y piernas. Sabía que debía detenerlo. Pero los fuertes latidos de su corazón y la dulzura de los labios de Marcus ahogaban toda posibilidad de comportarse con coherencia.
Marcus notó el instante en el que se relajaba en sus brazos. La oyó gemir suavemente y deslizó la lengua en el interior de su boca. Eloise se alzó hacia él, le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el beso.
La suavidad de Eloise y su delicada fragancia tuvieron un efecto inmediato en Marcus. Reluctante, alzó por fin la cabeza y la miró con una sonrisa triunfal. Acababa de descubrir lo que necesitaba saber: Eloise todavía lo deseaba.
Eloise miró indefensa su atractivo rostro, sin comprender lo que le estaba pasando. Se humedeció los labios y tragó saliva compulsivamente. Marcus la había besado y ella había respondido. ¡Era completamente increíble!
–¿Quieres café o…? –susurró Marcus contra su mejilla.
La invitación era explícita. Eloise pestañeó, con el corazón latiéndole violentamente en el pecho. Dios, estaba tentada, muy tentada, pero algo le hizo retroceder:
–No…, sí, no –tartamudeó.
Marcus rio suavemente y volvió a abrazarla.
–Si tú no puedes decidir, déjame ayudarte –la miró a los ojos.
Eloise lo deseaba, y él la deseaba a ella. La deseaba con un anhelo y un hambre que anulaban todos sus pensamientos. ¿Qué le importaba en aquel momento que fuera una mentirosa? Absolutamente nada, se dijo, y volvió a apoderarse de sus labios.
Eloise sintió cómo volvía a extenderse un intenso calor por su cuerpo. En algún rincón de su cerebro, recordaba que debía ser prudente, pero en vez de apartarse, continuaba maravillándose de su propia respuesta mientras Marcus continuaba cubriendo de besos sus labios.
–Eres tan hermosa –susurró, enterrando el rostro en su pelo–. Eres la mujer más perfecta que he conocido nunca.
–No –musitó Eloise con voz temblorosa cuando Marcus apartó su melena para comenzar a besarle el cuello.
–Sí –susurró Marcus, buscando otra vez su boca.
Como si tuvieran voluntad propia, los labios de Eloise se abrieron para aceptar la persuasiva invitación de su lengua. Eloise temblaba mientras se aferraba a sus hombros, reaccionando a la atracción de su potente sensualidad.
Su senos se henchían, los pezones se erguían y ella se retorcía contra él, dolorosamente consciente de las restricciones a las que los obligaba la ropa.
Marcus hundía la lengua en las profundidades de su boca y la besaba con una fiera pasión que hacía palpitar cada una de las células de Eloise. Si no hubiera sido porque él la abrazaba, Eloise habría caído desmayada al suelo.
Un ronco gemido de deseo escapó de sus labios cuando Marcus alzó la cabeza y clavó en ella sus ojos, negros como el azabache, mientras se movía de manera que pudiera sentir su excitación.
–Vamos al dormitorio, Eloise –posó la mano sobre su seno–. Dime que sí –le pidió mientras acariciaba con el pulgar el pezón que la tela cubría.
Eloise comprendió lo que le estaba pidiendo y supo al instante que aquella era su única oportunidad para el amor. Su única oportunidad de estar con Marcus. El único hombre al que había amado.
Se inclinó hacia él y le rodeó el cuello con los brazos.
–Sí –contestó con voz trémula.
Marcus la levantó en brazos y la condujo hasta el dormitorio.
La habitación estaba iluminada por una tenue luz. Solo estaba encendida la lámpara de noche de la mesilla. La visión de la cama penetró en medio de la pasión, despertando los temores de Eloise, pero antes de que pudiera decir nada, Marcus la depositó en la cama y, sin dejar de besarla con una habilidad que la dejó sin aliento, le quitó la falda y la blusa.
Después, a una velocidad asombrosa, se quitó su propia ropa. Fascinada y temblorosa, Eloise no podía apartar la mirada de su cuerpo desnudo. Marcus era tan perfecto, tan magníficamente masculino… Eloise clavó la mirada en su pecho, descendió por su estómago y continuó bajando… Tragó saliva y sus ojos volvieron a volar hasta el rostro de Marcus mientras él se reunía con ella en la cama.
Eloise ya no tuvo tiempo para el miedo. Marcus buscó sus senos y trazó un camino de ardientes besos por su cuello hasta alcanzar la punta que coronaba aquel seno perfecto. Eloise arqueó la espalda y gimió cuando Marcus rindió el mismo tratamiento al otro seno.
–Te gusta –le dijo Marcus con voz ronca.
Eloise susurró su nombre, acarició su pelo y descendió hasta sus hombros. Marcus volvió a capturar su lengua con un beso embriagador. Cuando interrumpió el beso y se separó ligeramente de ella, Eloise alargó el brazo instintivamente. Necesitaba continuar en contacto con él.
Con la respiración agitada, Marcus eliminó rápidamente las últimas barreras que los separaban. Eloise era tan exquisita, tan hermosa… La deseaba. Quería acariciar, saborear cada centímetro de ella, enterrarse en el húmedo centro de su feminidad, quería oírla gritar su nombre extasiada, quería que fuera completamente suya.
Marcus tomó las manos de Eloise y le hizo alzarlas por encima de su cabeza mientras él bajaba la cabeza lentamente y besaba sus labios. Frotaba su pecho contra sus senos, deleitándose en aquella gloriosa fricción y estremeciéndose triunfante ante su respuesta. Tomó los senos con las manos y acarició sensualmente los pezones, fascinado por la perfección de Eloise.
Eloise jamás había creído posible tanto placer. Se movía ciegamente contra él.
Marcus, sintiéndola anhelante, se colocó entre sus piernas. La sintió resistirse y se prometió esperar hasta que ella estuviera preparada. En una ocasión, le había prometido que sería perfecto y pretendía ser fiel a su promesa. Inclinó la cabeza hacia ella y lamió sus senos para a continuación ir descendiendo lentamente por su cuerpo.
Eloise gimió su nombre cuando Marcus la acarició entre los muslos, lentamente, con la suavidad de una pluma.
Eloise lo deseaba, quería gritar, pero presionó la boca contra su cuello y lo mordió enfebrecida.
Marcus sofocó un gemido y se apoderó de sus labios haciendo que sus lenguas se fundieran en una danza salvaje mientras su mano iba buscando entre los pétalos de su feminidad la carne húmeda y anhelante que lo esperaba.
La acarició con delicadeza, lentamente al principio para ir incrementando la velocidad de sus caricias hasta que Eloise se arqueó contra él y se aferró a sus hombros gritando su nombre.
Eloise se sacudía violentamente, presa de una fiera tensión que en su vida había experimentado.
–Por favor –le suplicó, sacudiendo la cabeza de lado a lado.
Marcus deslizó las manos bajo sus caderas y la elevó ligeramente. Eloise sintió entonces la aterciopelada punta de su virilidad que, tras una sola embestida, se deslizó allí donde la joven quería que estuviera.
Eloise sintió un breve dolor y, después, sucedió. Marcus se detuvo durante un instante, con expresión de incredulidad.
Eloise gimió su nombre una vez más y Marcus comenzó a moverse para arrastrarla en un viaje salvaje de proporciones casi místicas. Eloise gritó al sentir la poderosa fuerza de Marcus embistiéndola, enloqueciéndola hasta el máximo delirio. Marcus se unió con ella en el éxtasis, y Eloise, fundida en alma y cuerpo con él, perdió toda sensación de individualidad.
Minutos después, Eloise continuaba entre sus brazos, sintiendo la delicada caricia de sus dedos contra su carne henchida; Marcus susurraba palabras en griego que ella no comprendía sin dejar de acariciarla. Eloise suspiró con deleite, pero se tensó cuando Marcus alcanzó una cicatriz que tenía en la parte interior del muslo.
–¿Qué es eso? –le preguntó Marcus, inclinándose sobre ella.
–Nada –Eloise intentó cruzar las piernas, repentinamente avergonzada–. Solo una cicatriz.
–¿Y cómo te la hiciste? A los diecinueve años no la tenías.
–No, bueno… –vaciló y tragó saliva–. Me dejé las llaves dentro del apartamento, tuve que romper una ventana para entrar y me corté la pierna. No fue nada serio.
–Nada serio –murmuró Marcus, descendiendo por su cuerpo desnudo. Acarició la cicatriz, enfurecido por aquel accidente. Aquella mujer no volvería a sufrir ninguno, se prometió, mientras sus labios seguían el camino trazado anteriormente por sus dedos. Volvieron a hacer el amor, en aquella ocasión de forma más dulce y tierna. Pero el final fue idéntico: una unión perfecta.
Eloise se acurrucaba contra él y lo abrazaba con fuerza. No quería pensar en el pasado. No quería pensar en nada, salvo en lo mucho que quería a aquel hombre. Aquella noche había sido una revelación y, por primera vez en su vida, sabía lo que era ser una mujer. Admitió ante sí que en realidad nunca había conseguido olvidarlo. Lo había amado cuando era una adolescente, seguía amándolo cinco años después y probablemente siempre lo amaría. Pensando en ello, suspiró satisfecha.
–Un suspiro. No creo que yo sea tan malo –comentó Marcus.
–Ha sido un suspiro de felicidad. Y creo que lo sabes, puedo ver ese brillo triunfal en tus ojos.
–Qué atrevimiento –bromeó–, pero… –no pudo continuar porque lo interrumpió una llamada telefónica.
Marcus se incorporó y descolgó el auricular. Eloise fue testigo de cómo desaparecía su cariñoso amante para que un estricto hombre de negocios ocupara su lugar. Cuando por fin colgó el teléfono, Marcus se volvió hacia Eloise.
–Siento todo esto.
–Así que era verdad que estabas esperando una llamada.
–Claro que sí, mujer de poca fe –sonrió–. Y pronto tendré que hacer otra así que, por mucho que esté deseando pasar la noche contigo, me temo que tendré que llevarte a tu casa antes de que tus amigos empiecen a preguntarse qué te ha pasado.
–Soy una mujer adulta, Marcus.
Marcus le dio un beso en la nariz.
–Y si te quedas aquí mucho más, yo seré otra vez un hombre adulto – contestó él en un tono marcadamente sensual. Eloise se sonrojó ante aquella insinuación y Marcus soltó una carcajada–. Para ser una mujer tan sofisticada, te sonrojas con mucha facilidad.
–Supongo que es el tributo que tengo que pagar por ser pelirroja.
–Una pelirroja natural de la que me encantaría poder disfrutar. Pero si no hago esa llamada, puedo llegar a perder un importante negocio.
–Lo sé, lo sé, los negocios siempre son lo primero.
Marcus la empujó suavemente.
–Así podrás usar el baño primero. Y, si tienes suerte, es posible que me reúna contigo.
Eloise se metió en el baño feliz, pensando que Marcus la quería, aunque no se lo hubiera dicho, y convencida de que a partir de aquella noche, tendrían todo el tiempo del mundo para conocerse el uno al otro.
Pero en eso se equivocaba.
Cinco minutos después, volvió al dormitorio y no encontró señales de Marcus por ninguna parte. Se vistió rápidamente y se acercó a la zona del salón.
Encontró allí a Marcus, que también se había vestido.
–Lo siento, Eloise –le dijo, caminando hacia ella–, pero la llamada ha sido un poco más complicada de lo que preveía –le pasó el brazo por los hombros–. Creo que será mejor que te lleve a casa.
–Oh.
Marcus notó la expresión alicaída de su amante.
–Mañana te llamaré, te lo prometo –y lo decía sinceramente. Deseaba a aquella mujer como nunca había deseado a ninguna y no quería que su relación se comprometiera por lo que para él era una mísera cantidad de dinero.
Él era un hombre orgulloso, un hombre de honor, y se había sentido muy unido a su tío Theo, al que Chloe Baker había engañado. Tenía la certeza de que Eloise se había beneficiado de aquel fraude de su madre, pero eso no significaba que fuera igual que ella. Aquel día había hecho algunas llamadas y había podido comprobar que Eloise era una gran trabajadora con un negocio de éxito y, al contrario que su madre, no se relacionaba sexualmente con los hombres para sacarles dinero.
Lo cual echaba a perder toda su sed de venganza. Todo el mundo tenía derecho a cometer algún error en la vida y Eloise había cometido el suyo siendo muy joven. Arrepentido de sus pretensiones, abrazó a Eloise y la besó:
–Perdóname –susurró contra su mejilla.
Eloise lo miró sorprendida por la vulnerabilidad que expresaba su tono. Marcus estaba realmente preocupado por tener que dejarla.
–Por supuesto que te perdono, Marcus, siempre –posó un dedo en sus labios–. No te preocupes. No olvides que yo también tengo un negocio que atender, así que te comprendo –mientras se dirigían hacia el ascensor, continuó tranquilizándolo–. En realidad, yo también voy a estar muy ocupado. Vamos a abrir una tienda en París.
–¿Y no crees que es un poco precipitado? –le preguntó Marcus, mientras salían al vestíbulo del hotel.
–En realidad no. Después de la cena de ayer, Ted y yo nos quedamos a ver el espectáculo. Fue una noche muy divertida. Estuvimos bailando y bromeando y al final Ted se mostró de acuerdo en invertir dinero para expandir KHE –sonrió radiante–. Fue magnífico, pero eran las tres cuando llegué a casa. Estaba tan emocionada. Creo que me acosté cerca de las cinco de la madrugada, esta mañana hemos firmado el contrato y nos hemos ido juntos a comer para celebrarlo.
Hablaba en plural refiriéndose también a Harry y a Katy, pero Marcus llegó a una conclusión completamente diferente. ¡Había llegado a casa a las tres y no se había dormido hasta las cinco! No hacía falta ser Einstein para llegar a una conclusión. Y él que habría jurado que había sido su primer amante… Aquella mujer había vuelto a engañarlo.
–Ya veo que lo tenías todo perfectamente planeado. Me alegro por ti – contestó, controlando su furia–. Vamos, métete en el coche.
Eloise no advirtió el frío glacial de sus ojos mientras la ayudaba a ponerse el cinturón. Solo fue consciente de la masculina fragancia de su cuerpo y del magnetismo que todo él exudaba.
Marcus detuvo el coche en la entrada de su casa y cuando Eloise se volvió para despedirse de él, este ya había salido y estaba abriéndole la puerta de pasajeros. Confiada, Eloise lo tomó del brazo mientras salía.
–¿Tienes llave?
–Sí, ¿quieres pasar?
–No, tengo prisa.
Eloise lo miró sintiéndose insegura. No sabía muy bien lo que había que hacer después de haberse acostado con un hombre. De pronto, se sentía nerviosa sin saber por qué.
–Bueno, gracias por una noche tan encantadora –le dijo suavemente y le tendió estúpidamente la mano.
–Creo que ya hemos pasado la etapa de estrecharnos la mano, Eloise – repuso Marcus burlón–. Me pondré en contacto contigo, pero creo que ahora voy a tener que pasar algún tiempo en los Estados Unidos.
A Eloise se le cayó el corazón a los pies. Era posible que pasara semanas sin verlo.
–Prométemelo –le exigió con urgencia. Había algo en el frío distante de su mirada que la preocupaba.
Marcus arqueó irónicamente una ceja.
–Oh, te lo prometo, Eloise.
La rodeó con los brazos y tras besarla con fiereza, dio media vuelta y se alejó en el coche antes de que Eloise tuviera siquiera oportunidad de desearle buenas noches.
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