Deuda pagada

Jacqueline Baird · Capítulo 4 de 12

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Deuda pagada

Capítulo 4

 

Qué te parece? –Eloise hizo una pirueta, mostrando un vestido negro sin tirantes que le llegaba por encima de las rodillas y se pegaba como una segunda piel a cada una de sus curvas–. ¡La nueva Eloise!

Era sábado por la tarde y Eloise había pasado casi todo el día comprando todo un nuevo guardarropa. Durante la última hora, había estado probándose los modelos delante de Katy.

–Estoy asombrada. Todos son preciosos. Has sufrido una auténtica metamorfosis.

–Lo sé –Eloise se sentó al lado de Katy en el sofá–. En realidad nunca había sentido la necesidad de hacer una cosa así y además, sabiendo que Ted va a invertir en la firma, ya no me siento culpable por gastar tanto dinero.

–En realidad, creo que tu nueva línea de ropa tiene muy poco que ver con nuestro negocio y está directamente relacionada con un griego de ojos negros. Y me alegro por ti, pero creo que deberías tener cuidado.

Eloise sintió que se ruborizaba. Katy tenía razón. Desde la cena con Marcus, su actitud había cambiado. Habían pasado cuatro días desde que había hecho el amor con él y ya lo estaba echando de menos. Le bastaba pensar en los besos que habían compartido para sentir el sabor de sus labios, y cuando recordaba lo que había ocurrido después, todo su cuerpo ardía.

–¿Me has oído? –Katy se rio al ver la expresión soñadora de su amiga–. Tienes que tener cuidado.

–No sé a qué te refieres. Solo he cenado una vez con Marcus –por supuesto, no le había contado a su amiga todo lo ocurrido–. En cuanto a lo de tener cuidado, ¿no lo tengo siempre? –musitó secamente–. Vamos, te ayudaré a subir a casa. Harry debe estar a punto de llegar.

En ese momento se oyó un portazo al que siguió el grito de Harry llamando a su esposa.

–Hablando del rey de Roma –rio Eloise, mientras acompañaba a su amiga al apartamento.

Media hora después, regresaba a su casa. Harry había vuelto de París habiendo cerrado un contrato que les permitiría abrir allí una nueva joyería. Todo iba a salir maravillosamente y lo único que faltaba para que la vida de Eloise fuera perfecta era el regreso de Marcus.

Eloise se sentó a leer relajadamente el periódico y, en cuestión de segundos, todo su anterior estado de felicidad se hizo añicos. El estómago le dio un vuelco en cuanto fijó la mirada en las páginas de sociedad. En ella aparecía Marcus Kouvaris acompañado por Nadine asistiendo a un baile benéfico que se había celebrado el martes por la noche. La misma noche que Eloise había estado en el hotel.

Eloise quería gritar. Qué tonta había sido. Se había imaginado a sí misma manteniendo una relación maravillosa con Marcus. Había albergado absurdos sueños de amor que contemplaban hasta la posibilidad de matrimonio. Incluso había renovado todo su guardarropa esperando su próxima llamada.

Apretó los dientes, furiosa por su ridícula conducta y lentamente, como si de pronto hubiera envejecido cincuenta años, se levantó dejando caer el periódico al suelo y se dirigió a su dormitorio. Una vez allí, se tiró en la cama y dio rienda suelta a las lágrimas.

Ella todavía podía recordar cada caricia, cada beso, la maravilla de sentir a Marcus dentro de ella. Pero era evidente que lo que para ella había sido un milagro, para Marcus solo había sido otra cana al aire.

 

El trabajo fue la salvación de Eloise, pero cuando no estaba ocupada, se descubría a sí misma intentando justificar la conducta de Marcus. Quizá la cita con Nadine había sido completamente inocente. A lo mejor todavía la llamaba, se decía esperanzada. Y después se despreciaba a sí misma por aquella debilidad.

Pero terminó marzo y llegó abril. Y después mayo. Y Marcus no volvió a ponerse en contacto con ella. Eloise por fin admitió que había vuelto a olvidarla.

Katy dio a luz a un precioso bebé, Benjamin, y Eloise se volcó más que nunca en el negocio. Pero diseñar era su principal ocupación, así que decidió emplear a dos personas más: un joven, Peter, que la ayudaba a montar las piezas y Floe Brown, una mujer de cincuenta años que era una auténtica joya. Cuando no ayudaba a Harry en la oficina, se encargaba de atender al bebé para que Katy pudiera trabajar.

Eloise terminó alegrándose de haber renovado su vestuario. Sorprendentemente, descubrió que le daba mucha más seguridad en sí misma. Como Katy estaba pendiente del bebé, le tocaba a ella hacerse cargo de muchos aspectos relacionados con la publicidad del negocio y aquella nueva sofisticación le era de gran ayuda para enmascarar su naturaleza íntima y reservada.

 

Era una cálida tarde de junio y faltaban solamente dos horas para que se inaugurara la tienda de París. Eloise miró alrededor del elegante establecimiento con ojo profesional, segura de que iba a ser un éxito. Habían invertido una considerable cantidad de dinero y habían contraído importantes deudas, pero según Harry, nada que no pudieran controlar.

–Muy bien, Jeff. Te dejo a cargo de todo. No toques nada y no se te ocurra empezar ya con el champán. Katy, Harry y yo estaremos de vuelta alrededor de las cinco y media y la inauguración comenzará a las seis, ¿de acuerdo?

–Deja de preocuparte y vete a ponerte guapa. Julián quiere conseguir buenas fotografías esta noche para poder venderlas a las revistas de sociedad. Con que vengan la mitad de los invitados, la fiesta ya será un éxito, así que no te preocupes más.

Pero una hora después, de pie frente al espejo del baño del hotel, Eloise no podía dominar sus nervios. Se aplicó una nueva capa de brillo de labios y retrocedió un paso. Se había recogido el pelo en lo alto de la cabeza en una corona de rizos. El maquillaje era sutil: sombra de ojos, perfilador y un poco de máscara para las pestañas era todo lo que había necesitado. Alrededor del cuello llevaba una gargantilla de jade que caía sobre su pecho con un intrincado diseño y realzaba la palidez de su piel. Unos pendientes a juego y un brazalete completaban el modelo.

Eloise se pasó las manos por las caderas, acariciando la suave tela de su vestido negro.

Sí, Katy tenía razón, era el modelo ideal para la joyería, pensó mientras abandonaba el baño y se dirigía hacia la habitación de sus amigos.

–Por fin –estalló Harry. Abrió la puerta en cuanto Eloise llamó–. Vamos a llegar tarde.

–Que no cunda el pánico, Harry. Estoy segura de que todo saldrá bien.

Y así fue, pensaba Eloise tres horas después, en medio de una sala abarrotada de gente. Los dos empleados franceses que habían contratado estaban ocupados en todo momento. Julián estaba feliz, tomando fotos de las cuatro supermodelos que asistieron. Estaban también presentes cuatro de los mejores diseñadores franceses, además de algunas de las más importantes fortunas del país.

–Te lo dije, Eloise –Ted Charlton apareció de pronto a su lado–, tienes madera de ganadora, nunca lo he dudado.

–Eso espero, tanto por tu bien como por el nuestro –le contestó con una sonrisa.

–Oh, yo soy lo de menos –replicó Ted y, cambiando bruscamente de tema, le preguntó–: ¿Qué tal te va con Marcus Kouvaris?

Eloise se tensó al instante.

–Cené con él hace mucho tiempo. Supongo que podría decirse que somos amigos, o conocidos, sí quizá sea esa la palabra más adecuada. ¿Por qué lo preguntas?

Ted tomó una copa de champán de la bandeja de un camarero antes de volver a prestar atención a Eloise.

–Quiero invitarte después a cenar. Ya hablaremos entonces, ¿de acuerdo?

–De acuerdo, Ted.

–Magnífico –le palmeó el hombro y volvió a fundirse entre la multitud.

Eloise sacudió la cabeza. Ted estaba ya medio borracho. Eloise vació su propia copa y la dejó sobre una mesa.

–Hola, Ted, me alegro de volver a verte.

Eloise distinguió aquella voz profunda en medio de la multitud y se quedó completamente helada. Era Marcus Kouvaris. ¿Qué estaría haciendo allí? Desde luego, ella no lo había invitado. Aunque podría haberlo hecho si él se hubiera tomado la molestia de ponerse en contacto con ella, le obligó a admitir su innata sinceridad, mientras luchaba por controlar los latidos de su corazón.

Cuando por fin pudo recomponer su expresión y disimular la sorpresa, giró con la cabeza alta y dejó que su mirada vagara por la habitación. Entonces lo vio. Tenía la cabeza inclinada hacia una de las modelos y aparentemente estaba escuchando lo que ella estaba diciendo.

Eloise no podía apartar los ojos de él. Fuera lo que fuera, el magnetismo animal de aquel hombre era indiscutible.

De pronto, Marcus alzó la cabeza y clavó en ella aquellos ojos negros como la noche. Eloise tenía ganas de gritarle, de preguntarle dónde demonios se había metido durante aquellos tres meses. Por supuesto, no lo hizo, e incluso consiguió dirigirle una tensa sonrisa antes de desviar la mirada.

Fingió interesarse por la conversación de una anciana dama que estaba admirando su gargantilla, pero no oía una sola palabra de lo que le decía.

De pronto, alguien le rozó el brazo para llamar su atención. Marcus estaba a su lado. Obligándose a mantener el frío y sofisticado aspecto que le correspondía a una mujer de negocios, Eloise se volvió hacia él.

–Marcus, qué sorpresa. Pensaba que estabas demasiado ocupado para asistir a este tipo de cosas.

–Ah, Eloise, ¡cómo iba a perderme la apertura de tu tienda! –replicó él con humor–. Pero siento no haberme puesto antes en contacto contigo. He estado muy presionado por el trabajo, ya sabes cómo son esas cosas.

–Sí, por supuesto –Eloise no podía decir otra cosa. Ella no tenía ningún derecho sobre aquel hombre.

–Sabía que lo comprenderías.

–Sí, claro, siempre he sido una chica muy comprensiva –intentó bromear.

–Y también muy guapa. Estás fantástica –alargó la mano hacia la gargantilla que llevaba en el pecho–. ¿Es uno de tus diseños?

Estaba demasiado cerca. Su masculina fragancia y el roce de sus dedos parecían confabularse para volver a encender el deseo en Eloise. Tragó saliva y dio un paso hacia atrás.

–Exquisita. Felicidades, Eloise. Parece que tu última aventura va a ser un gran éxito.

–Gracias. Eso espero –respondió ella intentando sonreír.

–¿Quién puede dudarlo? Al fin y al cabo, tu madre fue una mujer de éxito, y es evidente que tú has heredado su talento.

–¿Tú crees?

–Estoy convencido –respondió él, arqueando irónicamente una ceja–. Pero dejémonos de convencionalismos y vayamos a lo que realmente me interesa.

El resplandor de sus ojos y su forma de recorrer con ellos la esbelta figura de Eloise no dejaba ningún espacio a la duda.

–La verdad es que me ha sorprendido verte aquí. No recuerdo haberte invitado.

–Tú no, pero Ted Charlton sí me invitó.

Eloise lo miró completamente estupefacta.

–No sabía que lo conocías hasta ese punto.

–Veo que te sorprende –contestó él con una sonrisa–. Pero no hablemos ahora de Ted; hablemos de ti. Supongo que sería absurdo esperar que no estés saliendo con nadie. En París hay demasiados hombres que seguro han reclamado tu atención.

–No creo que eso sea asunto tuyo –esbozó una irónica sonrisa.

–Yo pensaba que éramos amigos. Cuando esto termine, me gustaría invitarte a cenar.

–Gracia por la invitación, pero ya tengo otra cita.

¿Por qué clase de estúpida la tomaba? Se había acostado con ella, la había abandonado como a un trapo viejo y pretendía volver a seducirla otra vez.

–Es una pena. Quizá en otra ocasión. Recuerdo que la última vez que cenamos juntos parecías disfrutar de mi compañía, y desde luego, yo disfruté de la tuya.

Eloise se puso roja como la grana. ¿Cómo se atrevía a recordárselo? Lo hubiera abofeteado con gusto para borrar aquella estúpida sonrisa de su rostro. Apretó los puños, intentando controlarse.

–Eloise, ¿no es maravilloso? –Katy fue su salvación.

La mirada de Eloise voló hacia el rostro de su amiga.

–Sí, es magnífico.

–Por el amor de Dios, alégrate, Eloise. Estamos teniendo un gran éxito. Disfrútalo y preséntame a este hombre maravilloso.

Eloise estuvo a punto de gritar, pero no tenía otra opción, así que hizo las presentaciones y observó con frialdad las palabras con las que Marcus, alabando su belleza y su intuición para los negocios, encandiló a su amiga.

–Creo que a Harry ya lo conoces –comentó Eloise cuando este se unió al grupo.

–Sí, es el guardián de vuestra casa. Y no puedo decir que te culpe, Harry, teniendo dos bellezas como estas de las que cuidar.

–Tu machismo es realmente notable –bromeó Katy y todos se echaron a reír.

–Entonces me disculparé invitándoos a cenar.

–No, no –Ted apareció en aquel momento–. Esta noche invito yo. Eloise ya ha aceptado la invitación, pero ¿por qué no vamos todos juntos? Y tú también, Marcus. Así ahorraremos tiempo.

–¿Eloise? –Katy dejó que tomara su amiga la decisión.

¿Ahorrar tiempo para qué?, se preguntó Eloise brevemente, pero forzó una sonrisa.

–Claro, cuantos más seamos más nos divertiremos.

–Entonces no hay más que hablar –exclamó Harry–. Demos las gracias a todos y despidámonos de los invitados. Jeff y Julián pueden encargarse de cerrar. La fiesta ya se ha prolongado media hora más de lo previsto y no estoy acostumbrado a cenar tan tarde. Tengo el estómago en los pies.

Una hora después, los cinco estaban sentados en una mesa próxima a la pista de baile de un club del barrio latino, disfrutando de una espléndida cena.

–Ya no pudo más –gimió Katy, mirando los restos de una crema de chocolate–. Y si no vuelvo pronto al hotel, nuestro hijo no tardará en empezar a berrear.

–Antes de que os marchéis –intervino Ted–, tengo algo que deciros.

La cena había sido una tortura para Eloise, que había estado intentando mantener una conducta agradable y despreocupada a pesar de la presencia de Marcus. Cuando Katy había propuesto marcharse, no había podido evitar un suspiro de alivio. Pero estaba completamente equivocada. Aquello solo era el principio.

–Katy, Eloise, tengo que anunciaros algo –declaró Ted.

Eloise advirtió inmediatamente las miradas conspiratorias que intercambió con Marcus y con Harry.

–Le he vendido mi participación en KHE a Marcus. Él me ha hecho una oferta que no podía rechazar y se ha comprometido a invertir el doble de lo que yo tenía previsto.

Eloise se sentía como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago. Miró a Marcus y él le devolvió la mirada sin pestañear. Su rostro no expresaba emoción alguna. Eloise escrutó su mirada, intentando descubrir sus intenciones, pero no encontró nada. ¿Qué demonios se propondría Marcus invirtiendo en su negocio?

–¿Lo sabías? –le preguntó Katy a Harry.

–Sí, pero no quería preocuparte. Además, el trato lo cerramos hace tres días y no queríamos que los socios de París tuvieran noticia de que estaban cambiando los planes. Ya sabes cómo es la prensa, le encanta propagar cualquier posible rumor de inestabilidad.

–Tu marido tiene razón, Katy. No tengo intención de interferir de ninguna de las maneras en vuestro trabajo. Eloise y tú podréis seguir contando con la misma libertad artística que hasta ahora –se volvió hacia Eloise y dijo, mirándola a los ojos–: Te lo prometo. Yo me limitaré a proporcionar dinero dónde y cuando sea necesario –una sonrisa fugaz curvó sus labios.

Eloise se retorcía las manos en el regazo. Marcus permanecía allí sentado, frío, tranquilo e inmensamente seguro de sí mismo. Y ella solo era capaz de pensar en que aquella sonrisa nunca alcanzaba sus ojos.

–Será estupendo, Eloise –le aseguró Harry.

–Deberíais habérnoslo contado. Ted, es… era –se interrumpió al ver a Katy hablando animadamente con Marcus. Era evidente que ella ya había aceptado el trato.

–¿Estás de acuerdo con este nuevo arreglo, Eloise? –le preguntó por fin Katy–. Personalmente, creo que es una oportunidad increíble.

¿Una oportunidad para quién?, se preguntó Eloise. ¿Y realmente le quedaba a ella alguna opción?

–Sí, probablemente tengas razón –admitió.

A partir de entonces, prácticamente no intervino en la conversación. Estaba demasiado ocupada intentando poner orden en el caos de sus pensamientos y sus emociones.

Aquello no tenía sentido. Si Marcus la quisiera, quizá habría comprendido que invirtiera en KHE. Pero no se había puesto en contacto con ella desde hacía meses. ¿Por qué lo habría hecho entonces?

Pidieron otra botella de champán y se hizo un brindis por el nuevo socio.

–Sé que he dicho que no interferiré en la dirección del negocio –aquel comentario de Marcus hizo que Eloise se tensara en su asiento–, pero creo que KHE es un nombre un tanto críptico para una joyería de diseño. No pretendo faltaros al respeto, Katy y Harry, pero ¿habéis considerado alguna vez la posibilidad de un nombre como Diseños Eloise? Es mucho más sofisticado –Marcus dejó caer el nombre original, inventado por Chloe y Eloise durante una conversación y miró a esta última con los ojos entrecerrados. Esta tenía un aspecto tan culpable como el pecado, tal como él esperaba. Aunque no esperaba el silencio que se hizo a continuación.

Se volvió hacia Katy. Esta estaba mirando a Eloise con una mezcla de horror… ¡y de compasión! Había algo entre ellas que Marcus no conseguía comprender.

–Lo pensaremos –contestó Katy–, pero KHE nos parece más enigmático.

Eloise suspiró aliviada cuando Marcus, tras aceptar la explicación de Katy, la invitó a bailar. Por lo menos eso lo mantendría alejado de la mesa unos minutos y le daría tiempo para intentar ordenar sus pensamientos.

–No, lo siento Marcus. Harry y yo ahora somos padres, creo que ya es hora de que llamemos a un taxi y volvamos con nuestro hijo. En cuanto a Ted, con todo lo que ha bebido, me temo que no podrá volver solo al hotel, así que nos lo llevaremos con nosotros.

–¿Y tú Eloise? ¿Quieres que bailemos, o también vas a abandonarme?

Eloise sintió que el color le subía a las mejillas y rezó para que nadie lo advirtiera. Había sido sorprendentemente consciente de Marcus durante toda al velada. De los ocasionales roces de su pierna por debajo de la mesa, de cuando posaba la mano amistosamente sobre su brazo… Sin siquiera proponérselo, había conseguida ponerla en un estado de tensión insoportable. De modo que lo último que le apetecía era bailar con aquel hombre.

–No… –comenzó a excusarse.

–Por supuesto que sí –la cortó Katy, levantándose–. Lleva ya dos días resolviendo todo tipo de problemas, así que no creo que le venga nada mal divertirse esta noche.

–Creo que puedo hablar por mí misma –contestó Eloise cuando por fin recuperó la voz.

–Lo sé, Eloise –respondió Katy, poniéndose repentinamente seria–. Lo siento.

Marcus miró alternativamente a una y otra mujer, pensando que iba a ocurrir algo entre ellas, pero rechazó aquella idea en cuanto Eloise habló.

–No tienes por qué disculparte –alzó su mirada desafiante hacia Marcus y añadió–: Sí, me gustaría bailar –se había prometido no volver a temer a ningún hombre nunca más y no pensaba dejar que Marcus la intimidara.

De modo que, después de que los demás se marcharan, Eloise se encontró entre los brazos de Marcus, moviéndose por la pista de baile.

Marcus miraba su gesto altivo y podía sentir su tensión. Tensión que él contribuía a intensificar estrechándose descaradamente contra ella.

Eloise se estremecía en respuesta, pero luchaba para evitar que aquel sentimiento la dominara.

–¿Vas a decirme por qué después de ignorarme durante tres meses de repente has decidido invertir en nuestra empresa?

–Creo que los dos conocemos la respuesta –contestó Marcus con una irónica sonrisa.

–No tengo la menor idea. Pero estoy convencida de que terminarás diciéndomela –estaba demasiado cansada para discutir, y en cuanto la abandonó parte de la tensión, decidió relajarse en sus brazos.

Sabía perfectamente lo que Marcus pretendía, pero en lo que a él concernía, ya era demasiado tarde.

Marcus era consciente de que aquel abandono era una suerte de burlona rendición, pero saberlo no mitigó el impacto de sentir aquel cuerpo sensual contra el suyo. Marcus estuvo a punto de gemir en voz alta. Eloise era tan hermosa, tan dulce, tan receptiva… ¡Dios! ¿De dónde había salido aquella mujer?

Conteniendo su enloquecedora libido, Marcus se detuvo y la separó ligeramente de él. Vio la sorpresa reflejada en sus ojos, pero la ignoró.

–Creo que tenemos que hablar, pero no aquí, en un lugar privado. Tú eliges, ¿vamos a tu hotel o a mi apartamento?

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