
Dulce dueño
Pardo Bazán cerró su carrera de novelista con la confesión de una heredera que no quiere lo que le tienen preparado. Arranca con la leyenda de santa Catalina de Alejandría, leída al calor de una lámpara: de ahí saca Lina su medida, un amor sin rebaja. Pariente pobre en Alcalá, de pronto tiene fortuna, casa en Madrid y pretendientes en fila: un intelectual regenerador, un primo granadino sin oficio, un político con porvenir. Los descarta hasta que acepta al político y decide probarlo: lo saca al lago Lemán con tormenta anunciada, a ver si muere por ella. La barca vuelca, él la aparta de un golpe para salvarse y se ahoga. Luego la penitencia: se despoja de todo, busca la humillación, y un tío aprovecha para hacerla declarar demente. Desde el manicomio escribe estas páginas, serena, convencida de que nunca fue tan feliz.






