El caballo de oro

Juan David Morgan · Capítulo 1 de 38

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El caballo de oro

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ÍNDICE

 

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

CAPÍTULO 13

 

Segunda parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

CAPÍTULO 9

 

Tercera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

CAPÍTULO 11

 

Epílogo

Acerca del autor

Créditos

 

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A Gretel, que aún sonríe a mi lado

mientras escribo, y a Anne Marie y a

Juancho, gracias a cuya amistad mis

palabras encontraron nuevos senderos

AGRADECIMIENTOS

 

Mi hijo, Jorge Enrique, primer lector de lo que escribo, y mis amigos, Ernesto Endara, Felipe Motta Jr., Irina Ardila, Rosa María Britton, Jorge Eduardo Ritter, Arístides Royo, Berna Calvit y, del otro lado del Atlántico, Ángela Romero y Elisa Fenoy, leyeron los primeros borradores y sus observaciones y consejos contribuyeron a que El caballo de oro saliera de su establo mejor enjaezado. Tengo para con ellos una deuda de gratitud impagable.

 

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En el vagón que le servía de oficina, pobremente iluminado por una pequeña lámpara de keroseno, el coronel Totten repasó una vez más las cuentas del día. «Los últimos controles», murmuró para sí.

Mientras colocaba cuidadosamente el legajo en el cajón de su escritorio, un relámpago alumbró el compartimiento y a los pocos segundos el ruido familiar de un trueno resonó en sus oídos. George Totten sonrió con amargura. «¿Es que no cesará de perseguirme, ni siquiera el último día?».

Se puso de pie, se acercó a la ventanilla y se inclinó para contemplar la noche. Un nuevo centelleo iluminó su rostro austero y macilento, enmarcado por una tupida barba negra en la que asomaban las primeras canas.

—Me has atormentado durante cinco largos años, ¿qué esperas para desatarte ahora? —gritó, y su voz se confundió con el eco de un trueno más cercano.

En ese instante se abrió la puerta del vagón y el rostro imperturbable de James Baldwin se asomó en el vano.

—¿Pasa algo, coronel? —preguntó.

Totten se irguió. Una expresión extraña se dibujaba en su rostro.

—Nada, retaba a nuestra vieja enemiga. ¿Estamos listos?

—La cuadrilla nos espera en el lugar escogido. Traiga su capote, que aunque estamos en plena estación seca no demora en llover.

Totten cogió su capote, descendió los tres peldaños y comenzó a caminar al lado del ingeniero Baldwin.

—Siempre llueve, ¿no? Siempre... —gruñó.

Bajo el resplandor intermitente de las descargas eléctricas, la figura alta y desgarbada del jefe de las obras del ferrocarril contrastaba con la más baja y compacta de su asistente. Obedeciendo a una vieja costumbre, tan pronto dejaron atrás los dos vagones, la plataforma y la locomotora, ambos hombres continuaron su camino sobre los durmientes. Marchaban en silencio, conscientes de la trascendencia del acto que iban a realizar. Premonitorios, los relámpagos intensificaban su fulgor y los truenos se sentían cada vez más seguidos. Cuando llegaron al sitio en el que aguardaba la cuadrilla, las primeras gotas, gruesas y pesadas, comenzaban a caer.

—La luz que nos regala la naturaleza hará innecesarias esas antorchas, muchachos —rezongó Totten.

Baldwin se adelantó, tomó el mazo que sostenía uno de los obreros y se lo entregó a su jefe.

—Llegó la hora, coronel —dijo con solemnidad poco acostumbrada.

Los obreros acercaron las antorchas y Totten observó con detenimiento el tramo de riel que hacía falta afianzar para culminar tantos años de esfuerzos.

—¡Denme un par de buenos pernos! Espero que el travesaño no sea de guayacán negro —bromeó el coronel.

—Escogimos uno de madera suave. Mañana lo reemplazaremos — respondió Baldwin en el mismo tono jovial.

El coronel colocó con cuidado el perno en el agujero de la grapa y se aprestó a clavar el último riel de la primera vía férrea que uniría el Atlántico con el Pacífico, la más difícil, la más ingrata y la más trágica de las obras que había emprendido.

Con el primer golpe el cielo pareció estallar. El chasquido violento de una nueva descarga iluminó el lugar con claridad diurna, el retumbar del trueno estremeció la bóveda celeste y un descomunal aguacero se desató sobre la veintena de hombres que integraban el grupo. Enardecido, Totten se deshizo del capote y comenzó a clavar con furia.

—¿Creíste acaso que vencerías, maldito demonio? Este mazazo es por los sueños truncados; éste por tanto dolor; éste por todos los muertos...

La lluvia, la llama oscilante de las antorchas y el parpadeo de los relámpagos daban a la escena un aspecto fantasmal. Mientras Totten lanzaba imprecaciones y golpeaba sobre los durmientes, las caras empapadas y expectantes de los obreros desaparecían para volver a iluminarse revelando expresiones de incredulidad, sorna y compasión. Algunos pensaban que después de cinco años de penas, privaciones, frustraciones y angustias, el coronel había perdido el juicio, no así Baldwin, que conocía muy bien el temple de su jefe.

Como si obedeciera a una señal acordada de antemano, con el último golpe amainó también la tormenta. Totten se irguió lentamente y devolvió el mazo al jefe de la cuadrilla.

—Hemos terminado, muchachos. Con mucho esfuerzo y sacrificios, la naturaleza ha sido conquistada y por primera vez en la historia una vía férrea une dos grandes océanos. Deben sentirse orgullosos de ser parte de este momento. Les doy las gracias y les pido que me acompañen a dárselas también al Creador.

Sorprendidos por el inusitado arranque de religiosidad del jefe, los que tenían gorro se descubrieron y todos inclinaron la cabeza.

—Quienes logramos sobrevivir a esta odisea te damos gracias, Señor, y te pedimos que acojas en tu seno a los hermanos que sucumbieron. Amén.

—Amén —corearon los demás, aliviados al comprobar que George Totten conservaba la cordura.

En el camino de regreso, los ingenieros marcharon en silencio entre los rieles hasta que Baldwin quiso saber el destino del tren.

—Esta noche volvemos a la estación de Culebra —anunció el coronel—. Mañana nos trasladaremos a la terminal del Atlántico para preparar el primer tránsito completo entre Aspinwall y Panamá.

Instalado nuevamente en su vagón-oficina, mientras la locomotora comenzaba a jadear, Totten se sentó a escribir el borrador de su informe final. Para evitar que el traqueteo del vehículo hiciera ilegible la letra, apoyaba firmemente el cuaderno contra su muslo derecho.

 

Culebra, enero 27, 1855

Honorables Señores

Miembros de la Junta Directiva Panama

Railroad Company New York

 

Honorables Señores Directores:

 

Me complace informarles que en la noche de hoy, 27 de enero de

1855, han quedado concluidos los trabajos en la línea del

ferrocarril entre Aspinwall, estación terminal en el Atlántico, y la

terminal del Pacífico en la ciudad de Panamá. Hace apenas unos

minutos, el último riel fue clavado personalmente por mí en un

punto ubicado diez millas abajo de la estación de Culebra, cima de

la división continental. Mañana realizaremos la primera travesía

interoceánica.

Con esta carta remito los datos que completan la información

que a lo largo de estos cinco años he estado enviando a la empresa.

Como pueden observar los señores directores, el costo aproximado

de la obra ascendió a la suma de ocho millones de dólares...

 

En este punto, George Totten dejó de escribir. ¿Cómo hablar del costo de la obra y dejar a un lado tanto dolor, tanta penuria? No, el precio del ferrocarril de Panamá no podía medirse únicamente en dólares y centavos. El coronel se levantó de su silla y, balanceándose al ritmo del vagón, se encaminó hacia el camastro en el que solía reposar cuando el cansancio lo vencía. Antes de cerrar los ojos volvió a formularse la pregunta que desde hacía mucho tiempo lo atormentaba: ¿valió la pena?

En sus cuarenta y seis años de existencia, George Muirson Totten había participado en construcciones de gran envergadura. En los Estados Unidos, su país de origen, ayudó a construir varios canales fluviales y lacustres y algunas de las primeras líneas ferroviarias en el estado de Pennsylvania. En el extranjero, junto a su antiguo socio John Trautwine, había logrado del gobierno de Nueva Granada la concesión para el dragado y ensanche del Canal del Dique, entre el río Magdalena y la bahía de Cartagena. Muchas dificultades fueron vencidas para llevar adelante esta gran obra, pero nada parecido a la tragedia que significó la construcción del ferrocarril de Panamá. ¿Cuántos seres habían muerto en el esfuerzo?, ¿cuántos perdieron para siempre la salud y las ilusiones?, ¿cuántos desaparecieron sin dejar huellas, ni siquiera una cruz que los custodiara en su viaje hacia el más allá? Totten nunca imaginó que pudiera existir tanto egoísmo, tanta insensibilidad, tanto odio, tanta miseria humana como la desatada por la fiebre del oro de California que, semejante a una maldición bíblica, cayó sobre el istmo y la empresa del ferrocarril. En su fuero íntimo estaba convencido de que las pestes, las epidemias, el sufrimiento extremo, eran consecuencia de la ira divina desatada para castigar el afán de lucro desorbitado que el oro había despertado en la humanidad. En cambio, para Baldwin, su invaluable ayudante de campo, la importancia de la labor compensaba con creces el vía crucis. «Ninguna obra magna como la que estamos llevando a cabo puede realizarse sin un sacrificio igualmente grande», solía afirmar. Pero en la mente del coronel Totten seguía revoloteando la misma pregunta: ¿valió la pena?

 

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