El caballo de oro

Juan David Morgan · Capítulo 27 de 38

Páginas del PDF

El caballo de oro

Capítulo 4

4

 

DEL DIARIO DE ELIZABETH BENTON

 

Noviembre 7, 1851

 

Durante los últimos tres meses sentí que me extinguía, que la vida que se gestaba dentro de mí arrebataba la mía. Que tú, mi pequeño John, nos exigías comprender que el acto de traer un nuevo ser al mundo, además de fuente de inconmensurable dicha, es un desafío a la naturaleza y al paso del tiempo, como si al procrearte John y yo jugáramos un poco a ser Dios.

Pero hoy el pequeño se ha aquietado en mi interior, poco a poco recupero las fuerzas y vuelvo a sentarme, en el portal de nuestra cabaña, para ver pasar el río que, igual que los días que jalonan nuestra existencia, corre incesante, siempre el mismo aunque siempre renovado, sin que las aguas sepan que son las mismas que más tarde desaparecerán para siempre en el mar. Y vuelvo a tomar la pluma.

En los meses de angustia, cuando languidecía, más que por mi salud temí por la de John. ¡Cuánta entrega y preocupación! Por mucho que le rogaba que regresara a sus labores, que Jack y Josefina sabrían cuidar bien de mí, él insistía en permanecer a mi lado, en llevarme a la cama los alimentos que inútilmente trataba de ingerir. Advierto que es la primera vez que menciono a Josefina en este diario. A veces somos así de egoístas y nos olvidamos de la gente humilde, gente de todos los días, de esas personas cuya existencia transcurre paralela a la nuestra sin que nos percatemos de que están allí y de que son seres humanos como nosotros, con sentimientos, anhelos y temores.

Josefina llegó una tarde al hospital acompañando a su hermano, un botero que había sido herido por varios disparos en una de las tantas batallas entre los nativos de Chagres y los aventureros que llegan a Yankee Chagres. Él murió antes de que el doctor Totten pudiera hacer nada y Jack, el bueno de Jack, se dio a la tarea de consolar a Josefina. Cuando ésta preguntó: «¿Qué voy a hacer ahora? Mi hermano era lo único que tenía en el mundo», le respondió, instintivamente, que se quedara en el hospital Nueva Esperanza para ayudar con los enfermos. Creo que desde que la vio sintió algo por ella. Josefina regresó a Chagres para enterrar a su hermano pero tres semanas después volvió a aparecer por el hospital y desde entonces ella y Jack no se han separado. ¡Me alegro tanto por él! Josefina es una mujer hermosa. Aunque no es negra, sino apenas mulata, su parecido con mi querida Jessie es asombroso. Fue lo primero que me dijo Jack cuando se atrevió a hablarme de ella. «He vuelto a encontrar a mi Jessie». Enseguida supe que era cierto, que para él Josefina era la reencarnación de Jessie, a la que seguía amando. El amor... ¿Habrá en nuestros corazones uno capaz de abarcar a todos los seres?

 

Noviembre 10

 

Tan pronto me sentí recuperada obligué a John a reintegrarse al ferrocarril, que, gracias a Dios y a George Law, marcha viento en popa. Ahora todos los pasajeros desembarcan en Manzanillo para tomar el ferrocarril hasta donde llegan los rieles. La empresa tiene dinero fresco y más de mil obreros trabajan en las obras. Lamentablemente, la muerte sigue dando zarpazos despiadados, lo que significa que el macabro negocio de cadáveres del doctor Totten prospera. No se trata ya solamente de la fiebre del Chagres, la disentería y el cólera. Con el crecimiento de Manzanillo el lugar está plagado de prostitutas que, igual que los trabajadores, llegan de todas partes. La mayoría de ellas, las que menos cobran por sus bíblicos servicios, son negras o mulatas de por aquí. Pero también hay norteamericanas, francesas, italianas, españolas, orientales, que se venden a mejor precio. La promiscuidad y la falta de higiene han hecho que se desaten verdaderas epidemias venéreas y son muchos los que llegan al hospital en busca de ayuda. Los afectados por las infecciones más severas, como la sífilis, casi nunca salen de allí, a menos que lo hagan en uno de los barriles del doctor Totten.

Releo lo que acabo de escribir y me cuesta trabajo creer que esas palabras hayan salido de mi pluma. Es como si la proximidad de la muerte minara poco a poco nuestra compasión... Ya no queda nada sagrado sobre la faz de esta tierra de locura y perdición.

 

Noviembre 26

 

Después de mucho rogar, convencí a John de que me llevara a Manzanillo. La ciudad que surge en medio del pantano es un lamentable caos. Las edificaciones son todas de madera rústica y se yerguen a lo largo de una sola calle que no es más que un prolongado lodazal. Para trasladarse la gente utiliza unos tablones que ponen, quitan y vuelven a poner hasta que logran llegar a su destino. La mayoría de los edificios son cantinas, casas de juego y hoteles, todos construidos sobre zancos que los mantienen aislados de las aguas putrefactas, de los reptiles y arácnidos que todavía se sienten dueños del lugar. Se escucha un jolgorio permanente mientras se observa a las mujeres de la calle —del lodazal, más bien— en plena faena. Al expresar mi decepción y mi vergüenza, John me recordó que así habían empezado todos los pueblos de la frontera. A mi mente acudió Westport, el pequeño villorrio a orillas del río Missouri donde vi por última vez a Robert. ¡Qué lejano se me hace el recuerdo! Como si alguien que no fuera yo hubiera vivido esa otra vida.

Para justificar su optimismo, John me llevó al puerto y me mostró verdaderos signos de progreso. El muelle es muy amplio y moderno. Un vapor acababa de llegar y los pasajeros, eufóricos, caminaban hacia nosotros por un largo espigón techado. A un costado los obreros le daban los últimos toques a una construcción de mampostería y ladrillos. «Éste es el primer edificio permanente que se levanta. Albergará la futura estación de Aspinwall», me dijo. «¿Aspinwall?», pregunté. «Sí. Aspinwall. Es el nombre que hemos escogido para Manzanillo. Es un homenaje a William, a cuya visión y empeño se debe su existencia». Irónica, expresé dudas sobre si semejante foco de pestilencia, sordidez y desvergüenza podía ser digno homenaje para un hombre virtuoso como lo era Aspinwall y le recordé que Yankee Chagres se había fundado con mucho entusiasmo para desaparecer en menos de dos años. «Imaginaba que reaccionarías así y por eso no quería traerte, pero eres tan testaruda», me respondió. Y añadió optimista: «Te aseguro que aquí surgirá una ciudad importante cuyo nombre recordará a las futuras generaciones al empresario responsable de su fundación».

Noviembre 30

 

Ayer tuvimos el placer de recibir una de las visitas periódicas de Baldwin. Si alguien disfruta su trabajo en este mundo loco es este ingeniero singular que tiene a su cargo el trazado de la ruta. En el fondo es un verdadero misántropo, que goza de su soledad descubriendo lugares nuevos. John y yo nos divertimos mucho con sus pintorescas y originales descripciones de los paisajes, de la naturaleza y de las gentes. Baldwin es un observador minucioso y un narrador nato que cuando quiere ser más preciso nos lee de un cuaderno de tapas duras que lleva siempre consigo para anotar todo lo que llama su atención. Estuvo especialmente elocuente cuando nos relató anécdotas de las excentricidades que ha despertado la fiebre del oro. Contó la llegada de veinte camellos que algún chiflado tuvo la ocurrencia de traer de los desiertos de Arabia para reemplazar a las mulas. «Lo veía y no lo podía creer. ¡Camellos en el istmo! Las pobres bestias duraron menos de un mes. A los que no se desbarrancaron se les pudrieron las pezuñas, que, acostumbradas a la arena seca y ardiente, no soportaron la humedad del trópico». Habló también de su encuentro con otro empresario que hizo traer a Panamá dos toneladas de hielo. «Lo envolvió en sacos con sal, lo embarcó en Boston y a los tres meses, después de atravesar el cabo de Hornos, lo recibió en Panamá. ¡Se imaginan la novedad y el escándalo! Me asegura que hizo buen negocio pues, aunque durante la travesía casi la mitad se le convirtió en agua, con el resto obtuvo una buena ganancia vendiéndolo a cantinas, hoteles y casas de juego que pagaban lo que fuera por brindar hielo a sus asombrados clientes». Pero los relatos que más disfrutamos son los que hace nuestro amigo de las estaciones por las que va avanzando la línea del ferrocarril. Entusiasmado, nos hace revivir con él cada paso que da: sus dificultades para romper la barrera de la manigua; o para encontrar un camino que bordee las profundas cañadas en las que abundan los reptiles y las fieras; o para determinar los sitios más adecuados donde cruzar los muchos ríos y riachuelos que corren a fundirse en el Chagres antes de desembocar en el Atlántico. Los nombres de los lugares por los que va tendiendo la ruta los recoge de boca de los nativos que no saben cuándo ni cómo se originaron: Lion Hill, Ahorca Lagarto, Bohío Soldado, Frijoles, Tabernilla, Barbacoa; extrañas denominaciones que Baldwin va anotando sobre el mapa para luego ensartarlas en una línea dentada que representa la ruta que algún día recorrerá el ferrocarril. Con el dedo índice sobre el mapa señala el recorrido, se detiene en Barbacoa y dice gravemente: «Llegar hasta este punto no será mayor problema, sobre todo después de las dificultades de Manzanillo y el Pantano Negro. Pero aquí, en Barbacoa, debemos atravesar el Chagres, lo que nos obliga a construir un puente de más de seiscientos pies de largo. Ése será nuestro próximo gran desafío».

Si bien su versión detallada de los avances de la ruta resulta apasionante, donde Baldwin se revela como un verdadero poeta es en las descripciones de la naturaleza que extrae de las notas de su cuaderno. Oyéndolo es fácil imaginarse los pájaros de pico descomunal, vívidos colores y vuelo torpe que los nativos llaman tucanes; los enormes árboles de tronco desnudo coronado por un penacho de hojas muy verdes que llevan el nombre de Panamá; la gran variedad de mariposas que pintan el aire con colores y matices nunca vistos; los tapires, saínos, monos perezosos, osos hormigueros, cangrejos de tierra y otros extraños animales que el ingeniero descubre por primera vez y describe con maestría.

Concluida la visita, Baldwin guarda su cuaderno, se echa a la espalda la vieja mochila de cuero y se pierde de nuevo en la espesura. El cálido eco de su voz permanece vibrando entre nosotros y salpicando de notas alegres nuestras tertulias.

 

Diciembre 23

 

Esta mañana acompañé a John a la inauguración del edificio que albergará el terminal atlántico del ferrocarril. En vista de lo avanzado de mi embarazo —los cálculos indican que el pequeño me habita desde hace casi ocho meses— John se resistía a llevarme, pero mi deseo de conocer a George Law, que viajó para la ceremonia, fue más fuerte que su reticencia. Accedió a condición de que no me separara de él y que no le soltara a Viejo Roble ninguna impertinencia. «Solamente quiero preguntarle si sabe cuánto le costó a la empresa su maniobra de comprar todos los terrenos de la costa», bromeé.

El acto fue más solemne de lo que yo anticipaba. Además del gobernador del Departamento, asistió también, en representación del gobierno de la Nueva Granada, un señor muy estirado, don Victoriano de Diego Paredes, quien por coincidencia pasaba por Panamá camino de Washington, donde ocupará el cargo de ministro de su país. Cuando John me lo presentó, se inclinó, me besó la mano y me dijo que era un gran amigo y admirador de mi esposo. «Hombres visionarios como él son los que mueven las ruedas del progreso — exclamó en perfecto inglés y añadió—: Es por eso que nos honraremos designando con el nombre de Aspinwall a esta ciudad que hoy da sus primeros pasos rumbo a un futuro grandioso». A la hora de los discursos, el señor Paredes fue pródigo en alabanzas para Aspinwall, para John, para Law y para todos los que de una manera u otra colaboraban en la realización de la magna obra del ferrocarril. Aseguró que con verdadero placer y agradecimiento designaba con el nombre de Aspinwall a esta ciudad que hoy se fundaba para ser, en un futuro no muy lejano, el emporio comercial de las Américas y del mundo entero. John se vio obligado a corresponder con un breve discurso en el que hábilmente combinó el castellano y el inglés y me hizo sentir orgullosa de su elocuencia y su perfecto dominio de ambos idiomas.

Pero el punto sobresaliente de ese memorable día fue, sin duda, mi conversación con Viejo Roble Law. Tan pronto lo vi pude comprobar lo acertado del apodo: George Law es un hombre altísimo, recio, muy erguido a pesar de sus sesenta años, de facciones toscas que tal vez un día fueron hermosas, ojos de un azul muy oscuro que contrastan con su barba y cabellos blancos. Lleva siempre en los labios una sonrisa casi infantil en la que se mezclan sarcasmo y picardía. Hago un esfuerzo para recordar en detalle nuestra conversación: «Desde hace tiempo quería conocerlo, señor Law. John me ha hablado mucho de usted». «Ya supongo lo que le habrá contado. Sin embargo, es imperdonable que a mí no me haya hablado de usted. Imagino que cuando se tiene un tesoro tan valioso uno no quiere compartirlo con nadie. Menos aún si ese tesoro lleva otro dentro». «Es usted muy amable. No es ésa la imagen que uno se forma después de saber lo difíciles que hizo las cosas para la empresa del ferrocarril y, por supuesto, para mi marido». «El problema no fui yo, mi estimada señora, sino la testarudez de William Aspinwall, que no quería que un hombre elemental y rudo se sentara alrededor de la misma mesa directiva con los distinguidos caballeros del Este que lo acompañan». «Entre los cuales, por supuesto, se encuentra mi marido». «Permítame disentir, señora. Su marido es tan extraño a ese grupo como lo soy yo. Aunque usted no lo crea, nos parecemos más entre nosotros que nosotros a ellos. Yo vengo de una isla muy pobre y distante, abatida por mares tempestuosos. Creo en el trabajo, en el progreso y en la justicia y he tenido la fortuna de emprender obras pioneras en su campo. Su marido, como usted sabe mejor que yo, es un artista, un descubridor de tierras lejanas, ignotas y antiguas, un hombre único que ahora persigue una quimera. Ambos hemos venido a auxiliar a nuestros estirados socios neoyorquinos: yo, para obligarlos a enfrentarse a la realidad; Stephens, para abrirles la puerta de los sueños». «Su elocuencia me conmueve, señor Law». «No es usual en mí... ¿Me permite llamarla Elizabeth? Seguramente ante usted no me queda más remedio que utilizar palabras dignas de su belleza e inteligencia. En cuanto a las dificultades causadas a la empresa, que usted me reclama, debo confesarle que a veces admiro la terquedad de nuestro común amigo Aspinwall. Construir un ferrocarril en este sitio olvidado de Dios, y muy recordado por el demonio, es una verdadera proeza. Debe usted aceptar, sin embargo, que, de no haber sido por mí, esta ciudad, “futuro emporio comercial de las Américas”, como ha dicho el ministro, no existiría, y Aspinwall no habría visto su nombre esculpido en la historia para orgullo propio y de sus descendientes». «Espero que acepte que lo que ha prevalecido siempre en usted es el interés por el dinero». «Para bien o para mal, mi querida señora, el dinero es la rueda que mueve el mundo. Yo solamente ayudo a que gire un poco más rápido». En ese momento se acercó John e invitó a Viejo Roble a visitarnos en nuestra cabaña para continuar allí tan amena charla. «Nada me agradaría más —contestó el irlandés gentilmente—, pero todavía tengo que recorrer la vía hasta la última estación... ¿Cómo se llama?... ¿Frojiles?». John soltó una carcajada. «Frijoles, George, Frijoles». Law también rio. «Frijoles —dijo con dificultad—. Lo cierto es que, aunque soy partidario de combinar placer y trabajo, es hora de continuar trabajando, que a eso vine. El placer me lo ha proporcionado el haber conocido y departido con su exquisita señora. Le felicito, Stephens, no solamente por la belleza de su consorte sino por su valentía. No debe ser nada fácil concebir y dar a luz a una criatura en este lugar tan ajeno a la civilización».

Creo que a John no le gustó que de camino a casa le comentara lo fascinante que me había parecido la personalidad de Viejo Roble Law. «Tú no tienes que hacer negocios con él», respondió lacónico.

 

Diciembre 25

 

Esta Navidad deja un recuerdo imborrable. Hoy por la mañana aparecieron en la cabaña Baldwin y el coronel Totten en compañía de un hombre vestido de riguroso negro. «Tenemos visita», me dijo John. Por la mirada cómplice que intercambió con los hombres del ferrocarril comprendí que los esperaba. «Les presento al reverendo Jeremías Lockwood, de la iglesia bautista», anunció Totten. Muy circunspecto, el hombre estrechó mi mano, luego la de John y, clavando la mirada en mi descomunal barriga, dijo que se alegraba de que hubiéramos decidido enaltecer nuestra relación. Al advertir mi sorpresa, John se limitó a sonreír.

En el umbral de la cabaña, con el rumor del río como música de fondo, se celebró la ceremonia. Totten y Baldwin actuaron como padrinos y Jack y Josefina, que habían venido a celebrar con nosotros el advenimiento del Redentor, fueron los testigos. Josefina me adornó con un modesto pero hermoso velo de novia elaborado por ella misma y después John y yo intercambiamos los mismos anillos que ya llevábamos, arras y promesas. El juramento de amarnos hasta la muerte me causó un estremecimiento involuntario que hizo que John me apretara la mano con más firmeza. Tan pronto el reverendo Lockwood bendijo nuestra unión, le pedí que repitiera el rito con Jack y Josefina, y ahora los sorprendidos fueron todos los demás. «No tengo ninguna objeción en sacramentar la unión de personas de color», anunció con voz grave. Le coloqué a la novia el velo cuya blancura resaltaba aún más sus hermosas facciones, prestamos nuestros anillos y arras y John y yo actuamos de padrinos y Baldwin y Totten como testigos. La nueva pareja juró también amarse en la bondad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separara. Volví a turbarme al escuchar la infausta palabra, pero, pendientes como estábamos de la felicidad de Jack y Josefina, nadie lo notó. El pastor nos entregó el certificado que formalizaba nuestro matrimonio y prometió elaborar otro para Jack Forbes y Josefina Peña y entregárselo a Totten tan pronto regresara a Aspinwall. Se sirvieron viandas y pasteles que Josefina había preparado en secreto, descorchamos una vieja botella de champaña y aquella mañana de Navidad nos olvidamos del ferrocarril, de la fiebre del oro y del constante asedio de la muerte. Hasta el reverendo Lockwood dejó a un lado su mesura y contó anécdotas que revelaban un agudo sentido del humor. «De haber sabido que hoy era día de matrimonios habría traído conmigo a una de las compañeras de viaje con la que sería muy fácil sacrificar la soltería. En lugar de dos habríamos sido tres los sentenciados», comentó jocoso al despedirse.

Cuando nos quedamos solos, agradecí a John tan precioso regalo al tiempo que le recordaba que en nuestro amor las solemnidades legales no eran necesarias. «Entre nosotros no, pero tal vez sí lo son para el hijo que está por nacer. Nadie puede anticipar las exigencias del mundo que le espera». Como si entendiera, el pequeño John se dejó sentir mientras un dolor intenso recorría mis entrañas. «Creo que llegará antes de fin de año», le susurré a mi esposo.

 

Enero 3, 1852

 

Hace cuatro días que esa criatura que palpitaba dentro de mí decidió, por fin, reclamar su lugar en el mundo. Llegó con el Año Nuevo, como un presagio de tiempos inéditos, de esperanzas reverdecidas. Escuchar su primer llanto, contemplar su carita arrugada, compartir con John la felicidad de saber que nuestro paso por el escenario de la vida no será efímero, son sensaciones y recuerdos que se quedan con nosotros para siempre. Mientras escribo estas líneas, John, que acaba de retirar a su hija de mi pecho, la pasea por la habitación y la arrulla.

Sí, quien vino a colmar nuestra alegría no fue el pequeño John sino la pequeña Elizabeth. Aunque ambos anhelábamos un varón, ahora juramos que preferíamos una niña. Se ama lo que se conoce y ese ser diminuto ha despertado sentimientos que sólo alcanzamos a comprender cuando nos sabemos responsables de otra vida. «Tu belleza merecía ser repetida», me dice John. «Tu inteligencia también», le respondo, y acordamos esmerarnos para que Elizabeth goce de la compañía de un hermanito lo antes posible.

El comportamiento del doctor Totten durante el parto me ha confirmado que no alcanzamos a conocer verdaderamente a las personas hasta que compartimos con ellas experiencias profundas.

¡Con cuánta paciencia y ternura se dedicó a atenderme! Cuando finalmente colocó a la pequeña sobre mi pecho brillaban lágrimas en aquellos ojos redondos e inexpresivos. Y encima me agradeció el privilegio de haberle permitido contribuir a traer un nuevo ser al mundo. A pesar de sus rarezas, el doctor Totten no solamente es un buen médico sino, más importante aún, un excelente ser humano.

 

Enero 5

 

Mientras trataba de saciar el increíble apetito de la pequeña Elizabeth, John se acercó sigiloso y dejó sobre mi regazo unos versos.

 

Un gran dolor que florece,

un llanto pequeño que enciende sonrisas,

un dulce cansancio,

un nuevo presagio,

un aliento eterno que arraiga sin prisa.

 

Un inmenso fulgor que madura,

que todo lo adorna con rosas de sol; una frágil calma,

un rumor de alas,

un camino incierto bordeando el dolor.

 

Un afán absurdo de estancar el tiempo en un río de auroras,

de paz y de amor, y la angustia inerme

de saber que siempre

los nuevos capullos anhelan ser flor.

 

¡Cuánto te amo, John! Creo que lo primero que descubrí en ti cuando el destino, o, mejor dicho, la Providencia te trajo a mi lado, fue la infinita sensibilidad que anida en tu corazón.

 

OceanofPDF.com