El caballo de oro

Juan David Morgan · Capítulo 26 de 38

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El caballo de oro

Capítulo 3

3

 

Ignorantes de la repercusión favorable que el incidente del Georgia había tenido en las finanzas de la empresa, Totten y Baldwin intentaban en vano mantener el optimismo. Los pocos recursos traídos por Stephens en su último viaje se agotaban rápidamente y habían transcurrido ya dos meses desde que colocaran el último tramo de rieles, apenas media milla más allá de la estación de Gatún. Los hombres del ferrocarril se quejaban también de la falta de apoyo del siempre entusiasta presidente Stephens, quien tan pronto se enteró de que iba a ser padre puso a un lado las preocupaciones empresariales para dedicarse por entero al cuidado de Elizabeth, que comenzaba a padecer los trastornos de la preñez. Las pocas veces que se dejaba ver por las oficinas, Stephens escuchaba con aparente interés los informes de Baldwin sobre la falta de fondos y lo complejo que resultaba el mantenimiento de la vía. De los cuarenta obreros contratados, más de una docena habían fallecido y otros veinte fueron despedidos por falta de recursos. «Estamos llegando al punto en que no podremos contener la naturaleza y la selva hambrienta se tragará los rieles, la locomotora, los vagones... y a todos nosotros», sentenciaba Baldwin. Cuando el presidente terminaba de oír tan desalentadores informes se limitaba a recordar a sus subalternos que en breve llegaría la ayuda prometida por Aspinwall y enseguida empezaba a hablar de Elizabeth, de sus achaques y de la necesidad de que su futuro hijo naciera en los Estados Unidos. Totten y Baldwin se miraban en silencio y después de que Stephens partía de regreso a su cabaña comentaban asombrados hasta qué extremo podía una mujer cambiar a un hombre.

—Está obsesionado —decía Totten, molesto.

—Simplemente enamorado —replicaba Baldwin, risueño.

—Tendremos que resignarnos a no contar con él hasta que Elizabeth dé a luz —concluían ambos.

En el hospital, la ausencia de Elizabeth lo había trastocado todo. Acostumbrado a depender de ella para las funciones administrativas, el doctor Totten se desesperaba al no poder mantener controles sobre el ingreso y atención de los pacientes, los servicios funerarios y los miles de detalles de los que se ocupaba la «doña del presidente». A pesar de sus achaques, Elizabeth procuraba pasar por el hospital por lo menos una vez por semana para tratar de poner un poco de orden. El médico la recibía siempre con la misma frase: «¡Ha vuelto usted, Elizabeth!», y ella respondía: «Sólo por hoy, doctor Totten, sólo por hoy. El hijo sigue sin acomodarse bien».

En la cabaña, donde ahora pasaban juntos la mayor parte del tiempo, el tema de las obras del ferrocarril y del hospital surgía constantemente en las largas conversaciones que sostenían John y Elizabeth. «¿No temes al fracaso?», preguntaba ella, y él respondía que confiaba en Aspinwall, en su voluntad y compromiso con el proyecto. «Me temo que el hospital va de mal en peor y me duele no poder hacer más», decía ella, y él le recordaba nuevamente que ahora su deber primordial era para con el niño que se gestaba en su vientre y para con ella misma. Pero las preocupaciones no empañaban la felicidad que se había instalado en la cabaña del río desde el regreso de John. Aunque para entonces el cuerpo de Elizabeth todavía no dejaba ver que en su interior se formaba un nuevo ser, a John le bastó una mirada a su rostro resplandeciente, a sus ojos llorosos y chispeantes, a su sonrisa de indefinible alegría, para comprender que una nueva luz iluminaba su interior. Stephens jamás olvidaría aquella tarde en que, después de las vicisitudes sufridas a bordo del Georgia, regresó finalmente a los brazos de Elizabeth.

Por encima de la arboleda el sol todavía no acababa de ocultarse, pero alrededor de la cabaña ya se habían arrebujado las sombras. A la luz oscilante de la pequeña lámpara de keroseno, John contempló el perfil de Elizabeth que se mecía lentamente en el portal. Se aproximó y, aún sin distinguir sus rasgos, se detuvo, más que a mirarla, a imaginarla. Avanzó procurando no hacer ruido y dejó escapar el silbido con el que siempre anunciaba su llegada.

—¿John? —exclamó Elizabeth, irguiéndose en la mecedora.

Él volvió a silbar y entró al precario círculo de luz.

—¡John! —gritó Elizabeth—. Bendito sea Dios. Te juro que en este preciso instante pedía para que estuvieras bien y volvieras pronto.

Sin decir nada, John subió los escalones, la abrazó con fuerza y ternura, buscó sus ojos, y la besó.

—Estás más hermosa que nunca —dijo él—. Como si eso fuera posible.

—¿Y tú? Déjame mirarte. Uhm, todavía muy delgado. ¿Trabajaste mucho?, ¿cómo te fue con los accionistas?

John no lograba apartar los ojos de Elizabeth. Finalmente dijo:

—¿Es la luz o eres tú la que brillas con un fulgor diferente?

—Es la felicidad de volver a verte, sano y salvo.

—¡Qué preciosa eres, Elizabeth!

Y volvió a abrazarla.

—Además, ahora somos dos los que cobijas en tus brazos — murmuró Elizabeth.

Sin acabar de entender, él la interrogó con la mirada mientras ella le tomaba la mano y la llevaba hasta su vientre.

—Algo, o, mejor dicho, alguien crece dentro de mí. Alguien tuyo y mío.

—¡Vas a tener un hijo! —gritó él, saliendo de su asombro.

Y se fundieron en otro interminable abrazo. El deseo imperioso de volver a poseer a su mujer había dado paso a una renovada ternura, a un afán de protegerla, de mimarla, de amarla aún más.

A la mañana siguiente, Elizabeth despertó acurrucada en los brazos de John. El calor de su cuerpo, el roce de su piel, la visión de uno de los senos, que había escapado del camisón, los labios entreabiertos, excitaron a John.

—No tienes que tener tanto cuidado —dijo al ver que John comenzaba a hacerle el amor sin el ardor acostumbrado.

Para ambos la presencia del hijo había impuesto una nueva forma de quererse, de acariciarse, de entregarse. La pasión se había dulcificado y alcanzaban el clímax con más sosiego, con más conciencia de que el acto de amarse no concluía forzosamente con el agotamiento de los sentidos.

A las pocas semanas del regreso de John, cuando los senos y el vientre de Elizabeth empezaron a redondearse, surgieron las primeras señales de que la llegada al mundo del nuevo ser no sería un camino de miel y rosas. Una hemorragia abundante la obligó primero a guardar cama y después a restringir sus actividades a lo estrictamente indispensable. Las náuseas le impedían ingerir alimentos y muy pronto desaparecieron la lozanía y la hermosura de los primeros días, como si la nueva vida que bullía en su interior necesitara consumir el cuerpo que la albergaba. Al verla tan agostada, John llegó a temer por su salud y en su ánimo la inquietud sustituyó a la serenidad que despertara aquel hijo que tanto había anhelado. Pero la fortaleza y la tenacidad de Elizabeth se impusieron a la desesperanza y desasosiego de John e inesperadamente, un día de principios de octubre, ella se levantó de la cama, fue a la cocina y se preparó un opíparo desayuno. Cuando John quiso saber qué le ocurría, sonrió y le dijo simplemente:

—Tu hijo ha decidido portarse bien.

Para redondear la felicidad de la pareja, dos días más tarde llegó Baldwin de visita trayendo muy buenas nuevas.

—¿Recuerdas el incidente del Georgia, el barco que te trajo de regreso? Pues el asunto cogió vuelo —dijo Baldwin con una sonrisa más amplia que la de costumbre—. Parece que finalmente Viejo Roble y Aspinwall se han puesto de acuerdo. Van a habilitar el muelle para recibir a los pasajeros que utilizarán el ferrocarril hasta Gatún. Ayer llegaron a Navy Bay los primeros barcos con materiales y equipos. Según nos informó el capitán Broomsfield, a partir de ahora todos los barcos abandonarán Chagres y desembarcarán en Manzanillo. La noticia causó tanto revuelo que la cotización de las acciones se disparó. El propio Broomsfield nos entregó setecientos cincuenta mil dólares que envía la empresa para continuar con los trabajos y nos aseguró que antes de fin de año vendrán otros setecientos cincuenta mil más. ¡Se salvó el ferrocarril, John!

—¡Sabía que Aspinwall no fallaría! —exclamó Stephens, emocionado—. Pero mejor noticia es que Elizabeth ya superó los trastornos del embarazo. Lleva dos días comiendo muchísimo. ¿No notas la mejoría?

—Por supuesto; se lo iba a comentar —mintió Baldwin.

«El amor, el amor», dijo para sus adentros.

Con seis meses de embarazo, Elizabeth era ahora el espejo de la salud y para alegría del doctor Totten había vuelto a encargarse de la administración del hospital. Aunque después de que la línea superó el área de los pantanos eran menos los hombres que caían víctimas de la fiebre del Chagres, todavía las enfermedades y la muerte seguían siendo el enemigo número uno de la empresa y el doctor Totten continuaba la búsqueda desesperada de un remedio milagroso que le permitiera vencerlas. Su última esperanza la había cifrado en la quinina, por el efecto benéfico que parecía producir en quienes la bebían en grandes cantidades. Tan pronto Elizabeth regresó al hospital le confió su nuevo secreto. «Creo que esta vez sí he dado en el clavo», le dijo, las cejas levantadas, la cabeza ladeada y los ojos más abiertos y redondos que de costumbre. «Lo descubrí por pura casualidad al observar que los contagiados que se embriagaban con ginebra y tónico soportaban mejor la enfermedad o, por lo menos, vivían más tiempo. Al principio pensé que se trataba de algún efecto desconocido de la ginebra, pero pronto comprobé que cuando la daba en grandes cantidades lo único que conseguía era que los desgraciados entregaran su alma al Creador presas de una gran borrachera. La quinina, sin embargo, sí ha surtido efectos positivos y tengo varios pacientes que han superado con creces el plazo fatal». Como de costumbre, Elizabeth reprobó el método poco cristiano que empleaba el excéntrico galeno, pero pronto comprobó que tenía razón, y que los pacientes que ingerían grandes cantidades del amargo líquido parecían soportar mejor los rigores de la fiebre de los pantanos. La recuperación de Elizabeth también permitió a John Stephens reincorporarse a sus labores habituales al frente de la empresa ferroviaria, para alivio de Totten y Baldwin, quienes a la hora de tomar decisiones extrañaban las maneras suaves, la capacidad de análisis y el juicio ponderado del presidente de la compañía.

Una tarde de comienzos de noviembre, mientras los hombres del ferrocarril discutían la conveniencia de iniciar cuanto antes la colocación de los rieles a partir de Panamá, se presentó en las oficinas de la empresa de Manzanillo un hombre elegantemente vestido que buscaba entrevistarse con el gerente.

—Buenas tardes —saludó el visitante—. Mi nombre es Arcesio Aizpurúa y vengo de la capital en busca de información.

—Señor Aizpurúa —dijo Stephens—, Elizabeth me ha hablado de usted.

—Ah, sí, la señora Benton Freeman. —Aizpurúa parecía cohibido —. Una excelente periodista y buena amiga. ¿Cómo se encuentra?

—En estos momentos muy bien. Ahora es la señora Benton Stephens y tiene seis meses de embarazo.

Aizpurúa, que nunca había dejado de alimentar esperanzas, dejó traslucir un gesto de contrariedad que no pasó desapercibido a Stephens.

—Me alegro y lo felicito. Por favor transmítale mis saludos y buenos deseos.

—Lo haré con mucho gusto. Si tiene usted tiempo estoy seguro de que le agradaría recibirlo en nuestro hogar.

—Es difícil, pero se lo agradezco. Verán, la misión que me trae aquí es muy personal y dolorosa.

Totten y Baldwin, que hasta ese momento seguían la conversación con indiferencia, prestaron atención.

—Mi hijo Alberto desapareció hace tres semanas y todos los esfuerzos por encontrarlo han sido inútiles. Se trata de un muchacho inquieto que no se arredra ante nada y en alguna ocasión me habló de conseguir trabajo en la empresa que construye el ferrocarril. Hasta llegó a pedirle a William Nelson una recomendación. ¿Sería posible que sin mi conocimiento se hubiera empleado con ustedes?

Los tres hombres intercambiaron miradas.

—Soy personalmente responsable de la contratación del personal —respondió Totten— y le puedo asegurar que en los últimos dos meses, aunque hemos contratado más de quinientos obreros, la inmensa mayoría son negros cartageneros o de las islas del Caribe. No creo que haya más de dos o tres panameños en la obra y también son de color.

—¿Están seguros? —musitó—. ¿No es posible que esté en alguna otra estación? —La decepción de Aizpurúa era evidente.

—La única estación que tenemos funcionando, además de Manzanillo, es Gatún. Yo me traslado allá todos los días y no se contrata a nadie sin mi autorización.

—¿No ha pensado usted —terció Baldwin— en la posibilidad de que su hijo, como tantos otros jóvenes, se haya embarcado rumbo a California?

—Por un instante tuve la duda, pero habría que conocer a mi hijo: es un idealista al que no le interesa el dinero. Al contrario, en varias ocasiones se ha enfrentado a los buscadores de oro que han hecho de nuestra ciudad una nueva versión de Sodoma y Gomorra. Más de una vez ha ido a parar al hospital, donde precisamente la señora de Stephens se encargó de suturarle las heridas.

«De allí la conoce», pensó Stephens.

Luego de un prolongado silencio, Aizpurúa se acercó a cada uno de los hombres del ferrocarril y estrechó sus manos a modo de despedida.

—De veras sentimos no poder ayudarlo —dijo Stephens—. ¿Seguro que no dispone de tiempo para visitarnos? En cualquier caso, tendrá que pasar aquí la noche.

Arcesio Aizpurúa dudó.

—Se lo agradezco, pero debo regresar a Panamá cuanto antes. Me han designado vicegobernador y como el gobernador anda por Bogotá no quiero dejar el cargo en acefalía por más tiempo. A propósito, si en algo puedo ser útil, me tienen a sus órdenes. A todos los panameños nos interesa sobremanera que la obra del ferrocarril llegue a feliz término.

—Precisamente discutíamos la conveniencia de iniciar cuanto antes la colocación de los rieles desde la capital hacia acá. ¿Cree que tendremos alguna dificultad? —preguntó Baldwin.

—Salvo las lluvias, ninguna. Supongo que esperarán a que entre la estación seca...

—Ése es el plan, aunque debo decirle que a la lluvia ya le perdimos el miedo. ¿Qué nos puede decir de la disponibilidad de obreros?

Aizpuría meditó un momento.

—Es un buen punto —dijo finalmente—. Con la construcción de nuevos hoteles, cantinas y lugares de perdición y la gente que allí labora, por primera vez en la historia no hay desempleados en la ciudad de Panamá. Le confieso que francamente no sé qué es mejor: si las dificultades para conseguir trabajo que enfrentábamos antes o el gravísimo relajamiento de la moral y las buenas costumbres que prevalece hoy. Respondiendo a su pregunta, supongo que todo dependerá de cuánto estén dispuestos a pagar.

—Es precisamente lo que tememos —dijo Totten—. La fiebre del oro ha encarecido todo.

—El precio del tren incluido —replicó Aizpurúa, mordaz—. El trayecto entre Gatún y Manzanillo me costó la nada despreciable suma de diez dólares. Además, en la gobernación se presentó hace un mes un grupo de boteros quejándose de que el ferrocarril estaba acabando con su modo de ganarse la vida.

—No se trata solamente de los boteros, que por ahora han trasladado sus bongos a Gatún —concurrió Stephens—. Todos los que construyeron alojamientos, casas de juego, almacenes y otros negocios en Chagres y Yankee Chagres los han visto desaparecer y con ellos sus inversiones. Es la historia de la humanidad que se repite constantemente: el progreso de unos es la ruina de otros.

—Ruina que arrastra consigo frustraciones y resentimiento social —sentenció Aizpurúa—. Supongo que tendremos que prepararnos para el momento en que la culminación del ferrocarril deje sin trabajo a los muleros y provoque el cierre de otros negocios que hoy prosperan a lo largo de la ruta.

—Es justamente lo que debería hacer un buen gobierno: prever y planificar a largo plazo —replicó Stephens.

—Y lo que marca la diferencia en las tendencias políticas —replicó el vicegobernador—. Mientras los liberales tratamos de anticipar el porvenir del nuevo Estado y nos preparamos para enfrentarlo, los conservadores se aferran al pasado y se empeñan en que nada cambie. Lo peor de todo es que en Nueva Granada, en lugar de discutir civilizadamente las desavenencias, nos dedicamos a matarnos en guerras civiles estériles. Pero, bueno, no vine aquí a filosofar. Gracias por su tiempo.

—Le deseamos éxito en la búsqueda de su hijo —dijo Stephens.

—Se lo agradezco y le reitero mis saludos a la señora Stephens.

Una vez que Aizpurúa traspuso la puerta de la oficina, Baldwin comentó:

—Lástima lo del muchacho. Aizpurúa parece un buen hombre.

—Que además se interesa por las cosas importantes de su país. Todo lo que ha dicho es muy cierto —opinó Stephens.

—No es nuestro problema —precisó Totten—. Estamos aquí para construir un ferrocarril y no para medir sus consecuencias.

Esa noche mientras cenaban, John comentó a Elizabeth la visita de Aizpurúa y la preocupación que lo embargaba por la desaparición de su hijo.

—Me pidió que te saludara. Es obvio que te aprecia mucho.

—Aunque es un hombre tímido, creo que me cortejaba. Igual que yo, enviudó hace poco y tal vez pensaba que las circunstancias nos unirían. Arcesio es una buena persona, aunque su hijo Alberto siempre le da problemas.

—Parece que ha tenido enfrentamientos con los argonautas.

Elizabeth movió la cabeza de un lado a otro.

—Más que eso. Yo lo traté un par de veces en el hospital y el muchacho está desequilibrado. La fiebre del oro lo ha obsesionado de tal manera que odia todo lo que se la recuerda. Era él quien buscaba camorra con los argonautas.

—Si es así, no sería raro que lo hubieran matado y hecho desaparecer su cadáver.

—Pobre Arcesio.

 

El 14 de diciembre la banda de los Darieni atacó nuevamente. A mitad del trayecto entre Manzanillo y Gatún cayeron sobre el tren, obligaron al maquinista a detener la locomotora y entraron a los vagones para despojar de sus pertenencias a los pasajeros. Los viajeros se defendieron y en la refriega murieron catorce de ellos y dos asaltantes. Aunque fue poco lo que pudieron robar a los pasajeros, los bandidos lograron alzarse con el dinero que enviaba la empresa para pagar el salario de sus obreros.

La casualidad quiso que ese día estuvieran a bordo Peter Eskildsen y Julián Zamora, que desde que le salvara la vida a su jefe había pasado de simple empleado a socio minoritario en la empresa mulera. Tan pronto escucharon los primeros disparos y sintieron que el tren se detenía, supieron que se trataba de un asalto. Empuñando sus pistolas descendieron del último vagón, se parapetaron detrás de las ruedas y comenzaron a disparar contra los maleantes que en ese momento asaltaban los otros vagones. El resto de los pasajeros los imitó y al cabo de media hora los asaltantes se retiraron sin haber logrado llegar a los dos últimos.

—Parece que usted los atrae, jefe —comentó el peruano cuando todo hubo terminado.

—Me temía que algo así iba a suceder —dijo Eskildsen—. Se lo advertí a Baldwin, pero no tomaron medidas suficientes para proteger el tren. Esta misma noche regresamos a Manzanillo para hablar de nuevo con ellos. ¿Te fijaste en el Jaguar?

—Sí. Era el del pañuelo rojo, ¿no?

—Así es. Pero no es el mismo del primer asalto. Éste es más blanco, más joven y no se acomoda tan bien sobre el caballo.

—¿Será que son varios?

—Tal vez. Pero no deja de ser muy extraño.

Al día siguiente, en Manzanillo, Stephens, Totten y Baldwin se reunían para discutir los pormenores del asalto.

—Es obvio que los Darieni tenían información precisa sobre el dinero que enviaría la compañía y el sitio exacto del vagón en el que iba oculto —comentó Totten, consternado—. Todo indica que al primero que mataron fue al guarda que custodiaba el dinero y que éste era su principal objetivo.

—Lo que nos confirma que los asaltantes tienen espías por todas partes —observó Stephens—. ¿Qué se sabe de...? ¿Cómo se llama el ranger que trajo Van Wyck?

—Runnels —respondió Totten—. Ran Runnels.

—Sí, Runnels. ¿Qué es de él?

—Hace poco lo encontré en Gatún —respondió Baldwin—. Tuve que presentarme de nuevo porque fingió no conocerme, aunque después me di cuenta de que lo hacía para proteger su identidad. Ya se le reconoce como uno de los socios de Nelson en el negocio de las mulas. Según él, su red de espionaje es más efectiva que la de los Darieni y ha avanzado mucho en la identificación de los maleantes.

—Esperemos que así sea —dijo Stephens—. Este asalto al ferrocarril no nos ayudará. Ya me imagino la felicidad de Vanderbilt cuando se entere de la noticia.

En ese momento les avisaron que Eskildsen traía un mensaje urgente y preguntaba por ellos.

—Hágalo pasar enseguida —dijo Totten.

Un instante después, Peter Eskildsen y Julián Zamora entraban en la pequeña oficina.

—Peter —saludó Baldwin—, ¿qué te trae por aquí?

Eskildsen, que desde el primer ataque que sufrió a manos de los Darieni cojeaba de la pierna izquierda, estrechó la mano de cada uno de los hombres del ferrocarril y Zamora hizo otro tanto.

—¿Supongo que ya supieron del asalto al tren? —inquirió Eskildsen.

—Precisamente hablábamos de eso en este momento. ¿Cómo te enteraste tan rápido? —preguntó Baldwin—. ¿Estabas en Gatún?

—No, Julián y yo viajábamos en ese tren.

—¿Otra vez? —preguntó Totten, incrédulo.

—Así es. Dice Julián que atraigo a los asaltantes. Lo importante es que los volví a ver en acción y quisiera hablar de ello con el vigilante que trajeron.

Los hombres del ferrocarril intercambiaron miradas de alarma.

—¿A qué te refieres, Peter? —dijo finalmente Baldwin.

—Después del primer asalto, mientras convalecía en casa del doctor Romero, me visitaron dos señores de la empresa del ferrocarril. Dijeron que su función era garantizar la seguridad en la ruta y acabar con la banda de los Darieni. A uno de ellos, el de nombre más extraño, no lo he vuelto a ver. Al otro, de apellido Runnels, quien dice ser socio de Nelson, y por lo tanto competidor mío, me lo he topado varias veces en algunos de los pueblos de la ruta. De mis conversaciones con él deduzco que el individuo de mulas no sabe nada, lo que confirma la sospecha que tuve cuando lo conocí: ese tipo vino aquí traído por ustedes para atrapar al Jaguar y acabar con los Darieni. Esa noche le dije que había reconocido a uno de los asaltantes, pero han pasado varios meses y nada ha hecho para apresarlo. No quiero interferir en sus métodos, pero es la segunda vez que me asaltan y ahora creo que sé algo más sobre el Jaguar. Me parece que es importante que hable con el señor Runnels.

—Y nosotros también —dijo Stephens, convencido de que era inútil tratar de engañar al nórdico—. Estoy seguro de que al enterarse del asalto se comunicará con nosotros. Si no, enviaremos por él y tan pronto tengamos noticias te lo haremos saber. ¿Dónde estarás durante los próximos días?

—Me voy a Gatún. Esperaré allí.

—Yo lo acompañaré —dijo Totten—. La seguridad de la línea es ahora una de mis prioridades.

Cuando Eskildsen, Zamora y Totten llegaron a Gatún, ya Ran Runnels se encontraba en el pueblo averiguando, discretamente, los pormenores del asalto. La entrevista se celebró en la oficina que tenía el nórdico en el hotel American House. Runnels había exigido que Zamora lo buscara en la barra y públicamente le informara que Eskildsen y el encargado del ferrocarril querían discutir con él una propuesta de negocios.

—Con mucho gusto hablaré con mis competidores —dijo como para que todos lo oyeran—. ¿Dónde se encuentran?

—Aguardan en la oficina.

Runnels se encaminó hacia el fondo del salón y en voz baja ordenó a Zamora:

—Usted no entra. Quédese cuidando la puerta para que nadie nos interrumpa.

El ranger abrió la puerta de la oficina y preguntó en voz alta:

—¿Me dicen que quieren hablar de negocios?

—Así es —respondió Totten, siguiéndole el juego.

Tan pronto cerró la puerta, Runnels cambió la expresión y el tono de voz.

—Espero que se trate de algo importante. Cualquier indiscreción puede dar al traste con mi misión y con el trabajo de meses. El Jaguar tiene espías por todas partes y no me extrañaría que el peruano fuera uno de ellos.

—No exagere, Runnels. Zamora no solamente me salvó la vida sino que ahora es mi socio y mano derecha.

—Siempre me pareció sospechoso que acudiera tan pronto al lugar del asalto. No creo que su intención fuera rescatarlo sino que iba en busca del dinero que usted llevaba encima.

—Veo que su misión le exige desconfiar de todo el mundo, pero es bueno que sepa que durante el último asalto, Zamora, que es un excelente tirador, se encargó de mandar al otro mundo por lo menos a uno de los Darieni.

—¿El peruano estaba en el tren? —preguntó el ranger, asombrado.

—Sí. Ambos viajábamos en el último vagón, al que los asaltantes no pudieron llegar.

—Todo esto es muy interesante —intervino Totten—, pero me parece que debemos concretarnos al motivo de esta entrevista. Señor Runnels, el asalto al tren causará un enorme perjuicio al desarrollo de nuestras actividades. No solamente no podemos permitir que vuelva a ocurrir, sino que es necesario tomar acciones urgentes para que los viajeros que utilizan la ruta del istmo se sientan protegidos.

—¿Me está hablando de un despliegue noticioso? —preguntó Runnels, con marcado sarcasmo.

—Despliegue noticioso será el del comodoro Vanderbilt. Le aseguro que tan pronto se entere del asalto al ferrocarril pondrá en circulación la noticia, exagerándola. ¿Podría informarnos del estado de su misión?

Runnels miró hacia el techo, se llevó la mano a la sien, entrecerró los ojos, y dijo en voz baja:

—Mi misión va más allá de atrapar criminales. Si lo que desea saber es si he avanzado en la captura de los Darieni mi respuesta es sí. Estoy próximo a asestarles el golpe final.

—¿El golpe final? —preguntó Eskildsen.

—O por lo menos definitivo.

—Ni siquiera ha encarcelado usted al mesero ni al dueño de la cantina Goldiggers Hole —reprochó el nórdico.

—Por supuesto que no. Fue siguiéndolos que mis espías lograron identificar a casi todos los miembros de la banda.

—¿Casi todos?

—Todavía no estoy seguro del Jaguar. Al principio pensé que era O’Hara, pero ése no tiene ni la inteligencia ni la disciplina que se requieren para liderar nada.

—Precisamente del Jaguar quería hablarle. El que dirigía el grupo en el primer asalto no es el mismo que impartía órdenes durante el asalto al tren.

Runnels pareció sorprendido.

—¿Está usted seguro?

—Por supuesto. El primer Jaguar era un hombre alto, moreno, buen jinete. El de anteayer era un tipo blanco más bien bajo, que se acomodaba mal en el caballo.

La mirada de Runnels volvió a perderse en el vacío.

—«Hombres de mil caras se interpondrán en tu camino dificultando la misión» —murmuró finalmente. Y enseguida añadió—: Eso explica muchas cosas, amigo mío. A medida que avanzaba en la investigación comencé a sospechar que el Jaguar era un mito, una leyenda inventada para atemorizar a las autoridades y crear liderazgo entre los malhechores. En mis pesquisas he identificado a tres miembros de la banda que podrían ser el Jaguar. Ahora tengo la certeza de que los tres lo son —dijo Runnels, y soltó una carcajada intempestiva—. ¡No existe un líder sino un triunvirato! Señores, mi investigación está completa. Necesito dos semanas para preparar el último acto.

—¿Qué piensa hacer? —quiso saber Totten.

—¿Recuerda nuestra primera entrevista? Pedí manos libres para acabar con la plaga que cayó sobre este camino infernal, sobre esta ruta de insaciables pecadores. En verdad les digo... —la voz de Runnels subía de tono y sus ojos, clavados una vez más en un punto indeterminado, se desorbitaban— que la hora de la venganza divina, la hora del Señor, ha llegado. Sonarán las trompetas del Apocalipsis, desaparecerán los monstruos que habitan los ríos invisibles en los que navega la miseria humana y la paz descenderá finalmente desde las alturas para redimir nuestras culpas, como en Sodoma y Gomorra.

—¡Amén! —respondió Totten, irónico.

—Amén —respondió Runnels, todavía iluminado, y abandonó la estancia sin despedirse.

Totten y Eskildsen se miraron, entre divertidos y consternados.

—Ese hombre está loco —aseveró contundente el nórdico—. Además, es peligroso.

—Pero es nuestro loco y quienes están en peligro por ahora son nuestros enemigos. Desde la primera entrevista anunció que su presencia en el istmo obedecía a una misión que le había sido confiada por el Señor, pero quienes recomendaron sus servicios aseguran que jamás ha habido un vigilante más efectivo en la persecución de criminales que Ran Runnels.

 

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