El caballo de oro

Juan David Morgan · Capítulo 14 de 38

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El caballo de oro

Capítulo 13

13

 

William Aspinwall no parecía el mismo hombre entusiasta y optimista del que John Stephens se despidiera meses antes. La muerte del tío Sam, el último de los hermanos Howland, lo había sumido en un estado de melancolía del que le estaba resultando difícil reponerse. Sentado detrás de su escritorio, rememoraba junto a su socio y amigo.

—Murió durante el sueño, tal como predijo. Creo que soy el único que sabe cuánto le debe Howland & Aspinwall al tío Sam. No fue sólo nuestro socio fundador, sino un verdadero empresario en el mejor sentido de la palabra. Excelente planificador, concienzudo hasta la exasperación, audaz pero cauteloso a la hora de tomar grandes decisiones. A pesar de sus críticas constantes, siempre constructivas, cuando lo sustituí en la dirección de la empresa se convirtió en mi aliado fiel. Cada vez que se requería tomar una decisión susceptible de comprometer futuras ganancias, lanzaba sus comentarios como dardos, pero terminaba por secundar mis propuestas. Detrás de ese trato áspero, que a muchos irritaba, se escondía un corazón bondadoso y noble. Además, desde mi infancia tengo de él gratos recuerdos. Lo extrañaré mucho y me apena enormemente que no vea realizada la obra del ferrocarril interoceánico.

—Lo extrañaremos todos, William. Aunque lo traté poco, le había tomado cariño al viejo. Y creo que a pesar de sus sarcasmos también él me apreciaba.

—Tan pronto te conoció leyó todos tus libros y los comentaba con entusiasmo.

—Nunca me lo dijo.

—Así era el tío Sam: aunque sabía apreciar los méritos ajenos, era reservado y comedido a la hora de reconocerlos. Pero vayamos a los negocios.

—Tal vez no sea el mejor momento...

—Todo lo contrario, John. Necesito con urgencia ocuparme de algo que me aleje de tanta pesadumbre. Ya fui informado de que las noticias del istmo no son buenas.

—Así es, William. No podemos contar con la ruta fluvial del Chagres, lo que nos obligará a construir la línea del ferrocarril desde la costa atlántica, invertir más dinero en el proyecto y relevar a Totten y Trautwine de su contrato.

—El verdadero problema no es el dinero sino el tiempo —dijo William, reclinándose en la silla—. La emigración masiva que se ha desatado con el descubrimiento del oro en California les ha abierto las agallas, si es que podían abrírseles más, a Vanderbilt y George Law. Mientras el comodoro quiere establecer una ruta fluvial y lacustre a través de Nicaragua que compita con nuestro ferrocarril, Viejo Roble me sigue presionando para que le venda a precio de fundador un paquete de acciones que le permita sentarse en la Junta Directiva de la empresa. Precisamente esta tarde viene a visitarme. Como dije, la inversión adicional, aunque ascenderá a una suma importante, la podemos obtener sin dificultad. De lo que no disponemos es de tiempo para realizar nuevos estudios en la ruta del Atlántico. Me temo que habrá que improvisar.

—Baldwin tiene ideas muy claras sobre el asunto. De los estudios originales y de los que él llevó a cabo por su cuenta se desprende fácilmente que la mejor alternativa es comenzar a construir la línea a partir de Portobelo. Durante su último viaje al istmo hizo a pie el trayecto entre Gorgona y esa ciudad colonial, y, según él, se trata de un área menos húmeda y menos escarpada; por esa razón, hace más de doscientos años los españoles empedraron allí un camino para transportar a través del istmo el oro y la plata que producían sus colonias. Todavía quedan vestigios de aquella antigua calzada que llamaban el Camino Real.

—El coronel Hughes no está de acuerdo con ese planteamiento — recordó Aspinwall—. Piensa que la ruta se alargaría innecesariamente incrementando mucho los costos. Por eso recomienda construirla a partir de Navy Bay.

—Sitio que ni él, ni nadie, conoce bien. Baldwin piensa que se trata de un área mucho más pantanosa y complicada que la de Portobelo, e incluso que la de Chagres, que fue la que recorrimos originalmente, pero que, definitivamente, sería mucho más larga.

—Si te parece, el próximo viernes convocaremos una Junta Directiva para adoptar las decisiones que hagan falta. Invitaré a Baldwin, a Hughes y a los contratistas.

—Yo no sentaría a Baldwin y a Hughes alrededor de la misma mesa —advirtió Stephens—. Se armaría una pelea de perro y gato y no llegaríamos a nada.

—Entonces creo que debo invitar solamente al coronel Hughes, que tiene más prestigio y ha estudiado el asunto mejor que Baldwin. ¿Te parece?

—De acuerdo, siempre y cuando consultemos después con Baldwin. El coronel Hughes puede ser un gran teórico, pero jamás en su vida ha colocado un riel. James, en cambio, es un verdadero hombre de campo, alguien que ha aplicado en la práctica lo que aprendió en la escuela.

—Así será.

En ese momento el ujier tocó discretamente la puerta para anunciar que Viejo Roble aguardaba en el vestíbulo.

—¿Quieres quedarte a presenciar nuestra próxima escaramuza? — preguntó, divertido, Aspinwall.

—Te lo agradezco, William, pero creo que me privaré de ese placer. Me lo cuentas el viernes —dijo Stephens y abandonó el despacho.

William, cuyo ánimo no estaba para soportar mucho tiempo las bravuconadas de su competidor, hizo pasar enseguida a George Law, que entró acompañado de un hombre bajito, inquieto y de mirada esquiva.

—Muy buenas tardes, William. Este caballero es Albert Zwingle, mi asistente. Le pedí que me acompañara porque tiene información que puede interesarnos mucho —dijo Law.

—Gusto en conocerlo, señor Zwingle. ¿De qué se trata esta vez, George?

—William, me sorprendes. ¿Dónde han quedado tus exquisitos modales? ¿No nos brindarás ni tan siquiera un vaso de agua antes de iniciar nuestra conversación? ¿Es que acaso las noticias del istmo son tan malas que has perdido tu tradicional buen humor y sentido de la caballerosidad?

A William no le quedó más remedio que sonreír y llamar al ujier para que le sirviera a Viejo Roble su tradicional trago de whisky.

—¿Y usted, señor Zwingle, desea lo mismo que su jefe o comparte conmigo un inocente café?

—No quiero nada, gracias —respondió el aludido, removiéndose en la silla y esquivando la mirada de William.

Cumplidas las cortesías, Aspinwall volvió a preguntar:

—Entonces, George, ¿a qué debo el honor de que me visites en mi propia casa que, por cierto, también es la tuya?

—¡Ése es el William Aspinwall que yo conozco y que tantas personas admiran! Antes de entrar en materia déjame expresarte una vez más lo mucho que siento la partida del tío Sam. El apretón de manos que compartimos en la iglesia no fue suficiente para transmitirte el sentimiento de pesar que embarga a los que lo conocimos y aprendimos a respetarlo en este incomprendido y difícil negocio. Muchas veces debimos enfrentarnos, pero lo hicimos con gallardía. Lo siento de veras, William. Sé lo mucho que lo querías.

—Gracias, George —respondió William, que empezaba a aceptar la triste realidad de que la visita del Viejo Roble no sería breve.

—Bueno, hablemos ahora del ferrocarril.

—¿Otra vez lo mismo, George?

—Han surgido situaciones imprevistas que ameritan esta reunión.

Zwingle continuaba revolviéndose en la silla y mirando al techo.

—¿A qué te refieres?

George Law se inclinó y se acercó más al escritorio, como si quisiera compartir un secreto.

—Me ha llegado el rumor de que al remolcador que ibas a emplear en la ruta del Chagres se lo comieron los gusanos.

«¡Ya lo sabe!», pensó Aspinwall.

—¿Voy bien? También me dicen mis fuentes, muy fiables por cierto, que el otro remolcador, el de fondo de hierro que enviaste como reemplazo, quedó sembrado en la mitad del río.

Viejo Roble se detuvo un momento a contemplar la reacción de Aspinwall, cuyo rostro permanecía inescrutable.

—Para terminar, también he sabido que los contratistas, Totten y Trautwine, ¿no?..., buenos hombres, renunciaron al contrato porque ahora hay que construir la vía desde la costa del Atlántico hasta el Pacífico y ellos no estaban preparados para semejante tarea.

Hubo un momento de silencio, interrumpido finalmente por Aspinwall.

—Veo que, como siempre, estás bien informado. Efectivamente, hemos enfrentado dificultades imprevistas, pero ya estamos atendiéndolas y no necesitamos inversionistas adicionales para obtener los fondos que harán falta.

—¡Qué terco eres, William! El tío Sam debe estar muy orgulloso de ti, dondequiera que se encuentre.

Viejo Roble se bebió de un trago el whisky, se levantó y comenzó a pasearse por el despacho.

—No se trata de dinero, William. Sé que lo tienes y puedes conseguir de tus socios todo el que necesites. Se trata de algo mucho más importante.

De pronto se detuvo y en tono autoritario se dirigió a Zwingle, que todavía se movía en la silla.

—Zwingle, dame acá los papeles.

El hombrecillo, con un gesto de alivio, abrió su maletín, extrajo un legajo y se lo entregó a su jefe.

—Lo que tengo en mis manos, mi querido William —Law volvió a sentarse, blandiendo los documentos—, son opciones de compra sobre cada metro de terreno que hay a lo largo de la costa atlántica del istmo entre Chagres y Portobelo. Se trata de contratos válidos que obligarán a tu flamante empresa a negociar conmigo, a menos, por supuesto, que quieras construir la vía férrea en el aire.

El triunfalismo con el que George Law había pronunciado las últimas palabras molestó a Aspinwall tanto como el intento de chantaje. Pero la gravedad de lo afirmado por su competidor lo obligó a mantener la calma y tratar de ganar tiempo.

—Me parece imposible que cada uno de los poseedores de tierra de un lugar tan atrasado como es el istmo sea dueño de un título susceptible de ser traspasado legalmente. Mi abogado tendrá que echarle un vistazo a esa documentación.

—Te aseguro que las opciones son legítimas, William. Tú me conoces y sabes que si intentas construir en terreno que legalmente me pertenece tendrás que pasar el resto de tus días defendiéndote de mis demandas en los tribunales. Sin embargo, yo, que soy un hombre razonable cuyo único interés es participar en un negocio relacionado con el mío, estoy dispuesto a pactar contigo. Te venderé la opción que te haga falta en el mismo precio que pagué por ella y tú, a cambio, me venderás, por el precio que pagaste, la cantidad suficiente de acciones que me permitan sentarme en la Junta Directiva de la empresa del ferrocarril. ¿No te parece justa mi oferta?

—¡Lo que tú llamas oferta yo lo defino como chantaje! —exclamó William, sin poder contenerse—. Ni más ni menos. No estoy dispuesto...

—¡Una cosa es ser agresivo en los negocios y otra muy distinta chantajear! —vociferó Law.

—Es obvio que tus métodos y los míos no son compatibles — replicó Aspinwall con firmeza—. Después de que mi abogado las revise, estoy dispuesto a pagar un precio razonable por la opción que nos interese. Puedes cobrar tus gastos y los del señor Zwingle y añadirle una ganancia razonable, pero eso es todo lo que estoy dispuesto a ofrecerte.

—Pero ¡¿por qué eres tan testarudo?! —gritó Law, exasperado—. Lo que te propongo facilitará enormemente la construcción del ferrocarril y, sin embargo, lo rechazas poniendo en peligro, incluso, la supervivencia de la empresa. ¿Por qué, por qué demonios, William?

—No hay por qué alzar la voz, George. Ya te expliqué que...

—Me sacas de quicio, William Aspinwall —volvió a gritar Viejo Roble—. No sé cómo has adquirido fama de empresario audaz y visionario si ni siquiera entiendes que el apego a principios caducos puede acabar con tu empresa.

—No hace falta un gran esfuerzo para sacarte de quicio, George. Eso lo sabe todo el que ha hecho negocios contigo. Decía que tu presencia en la Junta Directiva de la empresa del ferrocarril sería como una piedra, una gran piedra, en el zapato del resto de los directores.

Viejo Roble se levantó y dio un fuerte golpe sobre el escritorio que hizo saltar a Zwingle en la silla.

—Haz lo que te venga en gana, William. Pero te aconsejo buscar otro sitio para construir tu ferrocarril porque mientras yo esté vivo no pondrás un solo riel en la costa atlántica del istmo. ¡Nos vamos, Zwingle!

—Eso lo veremos —alcanzó a decir Aspinwall antes del portazo.

Dos días más tarde, William Aspinwall ponía al tanto a los demás miembros de la Junta Directiva de su entrevista con Law. La elección de la mejor ruta había perdido importancia frente al grave problema planteado por Viejo Roble, y algunos de los directores se preguntaron si no sería mejor llegar a un acuerdo con el enemigo, sugerencia que fue descartada por la férrea oposición de William Aspinwall y John Stephens. Los directores se dieron entonces a la tarea de examinar, lupa en mano y centímetro a centímetro, los mapas de la costa atlántica del istmo y los dibujos levantados por la expedición del coronel Hughes.

—¡Un momento! —exclamó Stephens, cuando ya el desaliento era un pesado silencio—. Esta pequeña porción de tierra que aparece aquí, en Navy Bay, con el nombre de Manzanillo, parece una isla. Si lo fuera, no puede ser objeto de apropiación privada y estaría incluida en la concesión que nos otorgó Nueva Granada.

—¿Estás seguro? —preguntó, esperanzado, Aspinwall.

—Segurísimo. El contrato que yo firmé incluye, específicamente, las áreas insulares como parte de la concesión otorgada para la construcción del ferrocarril. Y si observamos bien el mapa, Manzanillo, aunque muy próxima a tierra firme, es una isla. Law no puede haber obtenido una opción de compra sobre algo que pertenece al gobierno neogranadino y nos ha sido dado en concesión.

—¡Entonces construiremos el ferrocarril a partir de Manzanillo! — proclamó Aspinwall, cuya inusual euforia sorprendió al resto de los directores—. Y si Law exhibe algún título sobre esa pequeña isla, tendríamos argumentos jurídicos suficientes para defendernos de él en los tribunales mientras proseguimos con la obra.

—¿No sería prudente enviar enseguida a alguien a Panamá que nos confirme que, efectivamente, Manzanillo es una isla y que es factible construir el ferrocarril a partir de allí? —preguntó el vicepresidente Alexander Center—. Después de todo, si se trata de una isla habría que iniciar la colocación de los rieles construyendo un puente o un terraplén de relleno.

—Tal como sugieres, en condiciones normales enviaríamos expertos y evaluaríamos el riesgo antes de tomar una decisión — respondió Aspinwall—. Pero en este caso la prudencia significa pérdida de tiempo y no podemos darnos ese lujo. Les recuerdo que ya estamos en el mes de abril, que en Panamá la estación seca termina a principios de mayo y que debemos iniciar los trabajos antes de que se nos venga encima el grueso de la estación lluviosa. Igualmente les recuerdo que del informe de Hughes se desprende que la construcción del ferrocarril es factible en cualquier lugar de la actual ruta transístmica. Probablemente al escoger Manzanillo como punto de partida tendremos que invertir más fondos, posibilidad que existe siempre que se emprende algún negocio que implique riesgos imprevisibles.

—Creo que todos estamos de acuerdo con William —dijo Horatio Allen—. Sin embargo, nos queda por resolver el tema de los contratistas. Ahora mismo no tenemos quien ejecute los trabajos.

—Lo más lógico sería mantener a Totten y a Trautwine como nuestros contratistas —dijo Aspinwall—. O, mejor dicho, como subcontratistas. La propia empresa se hará cargo de los trabajos.

—¿Cómo es eso? —preguntó James Brown.

—Lo que sugiere William —intervino Stephens—, y pienso que tiene razón, es que la responsabilidad de la ejecución de los trabajos del ferrocarril, sobre todo la financiera, recaiga sobre la Panama Railroad Company, y que Totten y Trautwine presten sus servicios a cambio de una compensación fija y no de una ganancia eventual.

—Exacto —confirmó Aspinwall—. Repito que luchamos contra el tiempo y no podemos esperar a que los contratistas lleven a cabo una nueva evaluación de los trabajos para sentarnos a discutir con ellos un nuevo acuerdo.

Luego de un breve intercambio de ideas, los directores aprobaron la iniciativa de Aspinwall e hicieron pasar a la reunión a Totten y a Trautwine, quienes se mostraron conformes con la nueva relación contractual y acordaron reunirse al día siguiente con Aspinwall y Stephens para negociar los detalles. Por último, la Junta Directiva resolvió capitalizar un millón de dólares adicionales y efectuar inmediatamente el primer desembolso para que los subcontratistas zarparan cuanto antes rumbo al istmo.

Tres semanas después de aquella reunión, y antes de que terminara el mes de abril, Totten, Trautwine y Baldwin estaban de vuelta en Chagres. En esta ocasión no desembarcaron en el sitio acostumbrado, sino que dirigieron sus botes hacia el nuevo poblado que, con el nombre de Yankee Chagres, empezaba a surgir en la orilla opuesta del río, donde ya se contaban cuatro hoteles, varias tabernas, casas de juego, algunas viviendas y un pequeño galpón que albergaba las oficinas y el almacén de la empresa del ferrocarril. A diferencia del caserío original, en Yankee Chagres todas las edificaciones eran de madera y las calles menos inmundas. Aunque tampoco se libraban del bochorno, de las ratas, de las cucarachas y de las picadas de los implacables mosquitos, los miles de aventureros que allí desembarcaban rumbo a California lo preferían al mísero lugar de enfrente, donde solamente acudían cuando no hallaban espacio en Yankee Chagres, todo lo cual iba creando una notoria rivalidad entre los blancos extranjeros, que diligentemente construían el nuevo poblado, y los oscuros aborígenes que veían pasar el dinero frente a sus narices sin siquiera olerlo. Sólo el negocio de los bongos seguía en manos de los nativos, por cuyo uso cada vez exigían más dinero, motivando frecuentes enfrentamientos. El único que se movía con igual soltura en una y otra orilla era Peter Eskildsen, que para entonces ya había abierto en Yankee Chagres otro hotel con su correspondiente taberna y casa de juego.

—¿Y el amigo Stephens? —preguntó el nórdico cuando acudió a recibir a los hombres del ferrocarril.

—Tuvo que permanecer en Nueva York atendiendo algunos asuntos de la empresa, pero antes de dos meses estará de nuevo por estos lares —respondió Baldwin.

—Supongo que si están de vuelta es porque han decidido construir de todas maneras la vía férrea —comentó Eskildsen mientras acompañaba a los recién llegados a su hotel.

—Nunca desistimos —respondió Totten.

—¿Y qué ruta han escogido?

Los hombres del ferrocarril se miraron y Trautwine se adelantó a responder:

—Iniciaremos la construcción de la vía en la isla de Manzanillo.

—¿Qué isla? No conozco ninguna con ese nombre. Además, ¿por qué una isla? ¿No es eso más costoso?

—Es una larga historia, amigo Eskildsen —rezongó Totten—. Manzanillo está en Navy Bay, muy cerca de la costa.

—¿En Navy Bay? Allí no existe ninguna isla, al menos no que yo sepa.

—Pues en los mapas sí existe y queremos visitarla cuanto antes. ¿Cree usted que podría arreglar que unos cinco o seis bongos nos trasladen allá pasado mañana?

—Claro que puedo, pero debo advertirles que ahora los nativos cobran mucho más por sus servicios.

—La ley de la oferta y la demanda, amigo Eskildsen, la misma que lo ha convertido a usted en un distinguido hotelero —dijo Trautwine, con ironía mal disimulada.

Eskildsen rio de buena gana.

Una semana más tarde, al filo de la madrugada, media docena de bongos se alejaban de la desembocadura del Chagres. Iban rumbo a Navy Bay y en ellos viajaban James Baldwin y John Trautwine acompañados de catorce nativos. Totten había aprovechado la presencia en Chagres del carguero Magdalena para embarcarse el día anterior rumbo a Cartagena a fin de contratar trabajadores. Cerca del mediodía, tras navegar varias horas bajo una pertinaz llovizna, los ingenieros avistaron el arrecife coralífero que había permitido la formación de esa pequeña extensión de tierra que en el mapa figuraba como Manzanillo. Tan pronto descendieron del bongo y comenzaron a caminar con el agua hasta los tobillos, comprendieron que aquello no era en realidad una isla. Contra la barrera de arena y coral se había ido acumulando lama, troncos de árboles y otros deshechos que con el paso del tiempo habían creado una formación pantanosa, permanentemente anegada. En el aire caliente un vaho putrefacto dificultaba la respiración. Sobre las cabezas de los intrusos, contra un cielo plomizo, gaviotas y pelícanos curiosos volaban a baja altura.

—Aquí nada puede crecer muy alto porque no hay dónde ni cómo afincar raíces —comentó Trautwine, señalando algunas palmeras de escaso tamaño que destacaban sobre la superficie.

Mientras avanzaban lenta y penosamente, tratando en vano de protegerse de las nubes de mosquitos que, enardecidos por la inesperada presencia de sangre fresca, atacaban sin piedad, los ingenieros se preguntaban si realmente podría construirse una vía férrea en aquella superficie inestable e insalubre sobre la que a duras penas podían caminar. Llevaban recorridos unos cien metros cuando avistaron el canal que separaba el naciente islote de la costa.

—Son más de ciento cincuenta metros —comentó Baldwin, desolado.

—Así es —respondió Trautwine—. Se trata de una verdadera isla. Una isla pantanosa y en formación, si se quiere, pero una isla al fin y al cabo.

En ese instante uno de los nativos gritó algo ininteligible y todos dirigieron la mirada hacia donde apuntaba con su índice. A menos de treinta metros, dos enormes cocodrilos avanzaban hacia ellos. Acostumbrados a estos menesteres, dos de los nativos cortaron con agilidad sorprendente un par de cocos y los lanzaron en dirección de los reptiles, que enseguida cambiaron de rumbo.

Y allí, en medio de aquella inhóspita desolación, ante el asombro de los nativos, Trautwine y Baldwin tomaron sendas hachas, chapotearon hacia el cocotero más cercano, se apostaron uno a cada lado y le dieron hasta derribarlo. Concluida la faena, Trautwine bajó el hacha, apoyó sobre el tronco una de sus botas y solemnemente anunció:

—Hoy, 3 de mayo de 1850, hemos iniciado oficialmente la construcción del ferrocarril de Panamá.

 

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