El caballo de oro
Capítulo 4
4
Mientras aguardaba a que se abriera la puerta de la mansión, en la que desde que tenía memoria habitaba el tío Samuel, William Aspinwall pensaba en lo mucho que con el paso de los años se había agudizado la testarudez que mejor definía el carácter de su tío. En vano le había pedido que vendiera aquella casona situada en un barrio que el progreso de la gran urbe había devorado sin piedad. «Aquí está rodeado de edificios. Construya una nueva casa en un sitio más abierto, donde haya árboles y pueda ver el cielo», insistía William, a lo que el tío invariablemente replicaba con una negativa cargada de ironía. «Vivo aquí hace más de cuarenta años, mi querido sobrino. Me gusta este barrio del West End, donde tengo cerca todo lo que me interesa. Además, esta casa y yo nos llevamos muy bien. Ambos estamos viejos y nos tienen sin cuidado los árboles y los espacios abiertos. Y en cuanto al cielo, no tengo ganas de contemplarlo antes de la hora de la última despedida». William se preguntaba si al llegar a viejo también él se tornaría un hombre testarudo cuando se abrió la puerta y George, el mayordomo de rigurosa levita, lo invitó a entrar, no sin antes recordarle que el señor Howland lo aguardaba desde hacía diez minutos.
—¿Cómo ha seguido el tío Samuel?
—La tos continúa mortificándolo. Aunque él dice que está mejor a nosotros no nos gusta su aspecto.
«Nosotros» eran el mayordomo, la cocinera y la muchacha del servicio. La tía Edna había muerto hacía más de diez años y el hijo había abandonado la casa paterna mucho antes de contraer matrimonio.
William siguió a George a través de pasillos lúgubres e interminables, en cuya semipenumbra apenas se distinguían las pinturas que colgaban de las paredes. En la habitación del tío Samuel la oscuridad era casi total. La llama de la vela que oscilaba junto al lecho, más que luz, despedía sombras.
—Pasa, sobrino.
Olores a medicina, a cera derretida, a alcanfor, a humedad y a antiguos objetos almacenados impregnaban el aire aprisionado en aquella habitación en la que casi no se podía respirar.
—Buenas tardes, tío. ¡Qué calor hace aquí! ¿No quiere que abramos alguna ventana?
—Sabes que no me gusta el frío, William. ¡Cuándo acabará este invierno! George, enciende la bujía que está junto a mi silla. Mi sobrino necesita más luz que yo.
William no pudo disimular la consternación que le causó el aspecto del tío Samuel. La empequeñecida cabeza, como la de una tortuga, sobresalía de la bata amplia y raída, y a través de la piel del rostro, amarillenta y apergaminada, se adivinaban sin dificultad los rasgos de la calavera. Samuel Howland esbozó una sonrisa amarga y desdentada.
—¿Te asusta mi apariencia, William? Lo cierto es que ni siquiera los médicos saben de qué mal padezco. Cansado estoy de decirles que me dejen en paz, que lo mío son estragos propios de la vejez. Aquí se aparecen todas las semanas con ventosas y jarabes para succionarme la poca sangre que me queda y amargarme el paladar. Pero no hablemos más de enfermedades. ¿Qué te trae por aquí? ¿Cómo avanzan los planes de abrir un canal en Centroamérica?
Acostumbrado a los sarcasmos del socio fundador de Howland & Aspinwall, William dejó pasar la pulla.
—El ingeniero Baldwin regresó el mes pasado. Tal como usted dijo, el costo de construir un canal sería tan alto que solamente un gobierno podría llevarlo a cabo. El ferrocarril, sin embargo, sí es factible. Baldwin encontró sitios en la división continental que no pasan de cuatrocientos pies. Según él y Stephens, el terreno es apropiado para colocar rieles.
—¿Está de vuelta también nuestro escritor viajero?
—John llegó de Nueva Granada la semana pasada y ayer sostuve una reunión con ambos. Ya tenemos por escrito la promesa del gobierno granadino para la concesión del ferrocarril. Los términos, en general, son muy favorables. La única obligación imprevista que nos exigen es la de depositar una garantía de cumplimiento con la que...
—¿Qué garantía es ésa? —interrumpió el viejo Howland.
—Dinero en efectivo. Debemos depositar ciento veinte mil dólares en un banco de Nueva York a la orden del gobierno de Nueva Granada. El dinero lo perderíamos si no completáramos los trabajos en ocho años y se nos devolvería con intereses al finalizar la obra a tiempo.
—Es mucho dinero —dijo el tío Samuel, pensativo.
—Sí, pero lo que logramos a cambio bien lo vale. Durante cuarenta y nueve años tendremos el derecho exclusivo de navegación comercial en el río Chagres, así como el de construir cualquier ferrocarril, carretera o canal a través del istmo de Panamá. Nos conceden, además, el derecho a utilizar gratuitamente todas las tierras públicas en la ruta del ferrocarril. Los puertos a ambos extremos de la vía serán libres y podremos fijar a nuestro arbitrio las tarifas de pasajeros, correo y carga.
—¿Qué ocurriría al cabo de los cuarenta y nueve años?
—La concesión terminaría y los bienes pasarían a ser propiedad de Nueva Granada. El contrato también tendrá una cláusula que le permite al gobierno recuperar la concesión a cambio de cinco millones de dólares después de los primeros veinte años de terminada la obra, cuatro millones al cabo de treinta años y dos millones después de que transcurran cuarenta. Además, se incluye la facultad de prorrogarlo si así lo desean las partes.
El tío Samuel, quien parecía haber recuperado algo de entusiasmo, quiso saber cuánto tendría que desembolsar por fin la empresa para llevar a cabo el proyecto.
—Menos de lo que preveíamos porque al inicio el ferrocarril se construirá solamente entre la cima de la división continental y la ciudad de Panamá. En la vertiente del Atlántico la ruta se hará en vapores pequeños siguiendo el cauce del río Chagres. Es por eso que del capital aportado originalmente por los socios saldrán con creces los ciento veinte mil dólares que nos pide el gobierno granadino como garantía de cumplimiento.
—Tengo que reconocer que es un proyecto visionario, sobrino. Lástima que no viviré para verlo. —Por un instante se le humedecieron los ojos al viejo, pero luego prosiguió con voz más firme—: No quiero que te sientas obligado a consultar conmigo cada vez que tengas que tomar alguna decisión, así que he dispuesto otorgarte un poder general para que me representes en cualquier reunión de directores o accionistas.
—No hace falta, tío Samuel. Créame que para mí es importante contar con su experiencia y consejos.
—Tonterías, William. He visto cómo has desarrollado tus capacidades empresariales convirtiendo a Howland & Aspinwall en la primera firma naviera de los Estados Unidos. Ya le comuniqué a mi hijo que serás tú y no él quien me representará. —El viejo se calló por un instante y luego continuó como si hablara consigo mismo—. El trabajo no es la actividad predilecta del pobre Bill. Él es bueno pero poco eficiente... como su madre, que Dios la tenga en su gloria.
—Insisto en que...
—¡Déjame terminar, demonios! También he añadido un codicilo a mi testamento en el que advierto que cuando me despida de este mundo (y, créeme, el momento no está lejos) las acciones que poseo en la empresa pasarán a manos de Bill, pero tú tendrás, mientras vivas, el derecho de voto. —El viejo reflexionó un instante antes de continuar —. Algún día aprenderás que cuando se crea una gran empresa la responsabilidad por su continuidad va más allá de cualquier sentimiento, familiar o personal. Y ahora dime... ¿qué otras novedades hay?
—Gracias por la confianza, tío Samuel. De todos modos me reservo la facultad y el placer de citarlo a las reuniones que celebremos y a visitarlo cuando usted no pueda acudir. Puedo adelantarle que ya cada uno de los socios principales hemos desembolsado los primeros doscientos cincuenta mil dólares y confiamos en tener lista la incorporación de la sociedad tan pronto logremos la autorización de la Dirección de Compañías del Estado, lo que probablemente ocurra dentro de los próximos seis meses, a mediados o fines de julio. John Stephens será el presidente de la Junta Directiva y el coronel Alexander Center, que goza de excelentes relaciones en la Casa Blanca y en el ejército, será el vicepresidente. El resto de los directores serán James Brown, Cornelius Van Wyck, Joseph Varnum, Prosper Wetmore, Edwin Barlett, Horatio Allen, usted y yo.
—Ya te dije que me dejes a mí fuera. Nombra, si quieres, al primo Gardiner; yo ya no tengo nada que aportar.
—A usted lo hemos incluido porque su nombre infunde confianza en los inversionistas. El resto de los directores se han comprometido a aportar cada uno entre cincuenta y cien mil dólares.
El viejo Howland masculló unas palabras ininteligibles y luego exclamó, impaciente:
—Será como tú digas. ¿Qué más?
—¿Recuerda al coronel George W. Hughes, del Cuerpo de Topógrafos del Ejército? Es quizás el ingeniero con más experiencia en el trazado de vías ferroviarias. Pasado mañana partirá para Panamá en compañía de Baldwin y otros treinta y cinco ayudantes a diseñar la ruta definitiva del ferrocarril, incluyendo la porción entre la costa atlántica y el poblado de Cruces, que se construiría más adelante. Le hemos pedido que rinda un informe definitivo antes del mes de julio.
—¿Y el escritor viajero no los acompañará? —preguntó el viejo con una mezcla de sorna e interés.
—Esta vez no. Stephens permanecerá aquí, pendiente de que llegue la autorización al ministro de Nueva Granada en Washington para la firma del contrato de concesión. Además, el último viaje lo dejó con algunos quebrantos de salud que lo mantendrán tranquilo y recluido hasta que termine el invierno. A propósito, me ha dicho que quiere venir a contarle sus experiencias en el istmo.
—Que se apure, entonces. A menos que quiera realizar un viaje al más allá.
Samuel Howland soltó una carcajada tétrica que le provocó un violento acceso de tos. Por señas le indicó a su sobrino el frasco colocado al lado de su mesa de noche, de cuyo líquido verduzco bebió con mano temblorosa. Una vez calmado prosiguió.
—¿Cómo marcha la construcción de los nuevos vapores?
—Mejor de lo que proyectábamos. A mediados de mayo el California zarpará rumbo a San Francisco. Estimamos que el viaje tomará menos de seis meses, así es que cumpliremos sin dificultad las condiciones de nuestro contrato con el gobierno.
El anciano escuchó las últimas palabras de William con los ojos clavados en el vacío, como si oteara en el pasado o en el futuro. Luego dijo con voz queda:
—Comienza una nueva era, sobrino, plena de oportunidades y vicisitudes; las distancias se acortarán y las naves adquirirán aún más importancia. Ayer fue el viento, hoy el vapor, y mañana quién sabe qué nueva energía las impulsará a través de los océanos. Ahora déjame, que necesito descansar un poco.
Tres meses después, William Aspinwall regresaba a la mansión del West End donde el tío Samuel esperaba para acompañarlo a presenciar la botadura del California. El anciano caminaba con mucha dificultad y para subirlo al landó fue preciso que entre George y William prácticamente lo cargaran en vilo.
—Soy puro hueso y pellejo, sobrino. Lo único bueno es que me pueden llevar sin dificultad, de aquí para allá, como un mueble apolillado. No sé por qué me dejé convencer de esta locura. ¿No te preocupa que me vean así?
—En absoluto, tío. Me preocuparía más lo que pensaría la gente si usted no nos acompañara en una ceremonia tan importante.
—Pensarían que por fin el viejo Howland rindió su alma al Creador y que ahora las nuevas generaciones no tienen quien le ponga obstáculos al desarrollo de la empresa.
—Para nosotros y nuestros accionistas lo que usted llama obstáculos son consejos sabios y oportunos en los que prevalecen la prudencia y el buen juicio que solamente se aprenden con los años.
Mientras el cochero le cubría las piernas con una frazada, el viejo Howland se quedó mirando un instante a los ojos claros de su sobrino. «¿Es que realmente existen seres tan nobles?». Finalmente exclamó:
—¡Pamplinas! ¿Alguna novedad?
—Sí. George Law me ha invitado a cenar esta noche en el Club Náutico. Aunque no estoy seguro, creo que se ha olido lo del ferrocarril y quiere parte de la empresa.
—¿Y tú qué piensas?
—Que no puede entrar en esta etapa en que estamos organizándola. Como será una empresa pública, nada le impedirá adquirir acciones en la Bolsa posteriormente.
El viejo Howland meneó la cabeza.
—No, no —dijo—. Viejo Roble Law nunca se ha conformado con migajas y es un hombre que por orgullo está dispuesto a quemarse en el infierno. Con él no caben la caballerosidad y la buena fe, sobrino, así es que tendrás que andar con mucho cuidado y prepararte para jugar con cartas marcadas, que es como acostumbra a jugar él.
—Estoy preparado, tío. Ya sobrevivimos a la más baja de sus maniobras cuando después del incendio del cuarenta pretendió comprar la empresa por una cuarta parte de su valor.
—Con Law las bajezas son insondables. ¡Cuánto me gustaría acompañarte a esa cena!
—Y a mí. Pero creo que podré defenderme sin problemas.
Alrededor de doscientas personas se reunieron aquella tarde de primavera en el astillero de William H. Webb Company, a orillas del río Hudson, para presenciar el lanzamiento del primer buque a vapor de Howland & Aspinwall que serviría la ruta del Pacífico entre Panamá y San Francisco. William había llegado temprano para instalar al tío Samuel en el lugar de honor desde donde, cómodamente sentado, saludaba con desgano a quienes se acercaban a preguntar por su salud. A las cinco en punto del 19 de mayo de 1848, vitoreado por amigos, accionistas y simples curiosos, el California se deslizó lentamente por la rampa del astillero y con un elegante cabeceo acarició las aguas por primera vez. El comando del vapor había sido confiado por la empresa al capitán Cleveland Forbes, quien durante seis años había capitaneado el Atlantic Runner en sus viajes por el Caribe y Europa. A William lo había impresionado el informe de su último viaje al istmo de Panamá, en el que con lujo de detalles el comandante daba cuenta en su bitácora de los incidentes de a bordo, el estado del poblado de Chagres, el desempeño de la inusual misión de custodiar a una dama, hija del futuro senador por Missouri, y la sanción que hubo de imponer a uno de sus hombres por faltar a su deber de marino y caballero.
Cuando Aspinwall llegó al comedor del Club Náutico ya George Law esperaba en una mesa situada en el rincón más apartado. Con una sonrisa socarrona, el Viejo Roble se levantó para ir al encuentro de su competidor. Mucho más alto y fornido que Aspinwall, en las facciones toscas y las maneras bruscas del descendiente de irlandeses se adivinaba un pasado pleno de los obstáculos que hubo de superar para alcanzar el poder, la fama y la fortuna. Aunque el presidente de Howland & Aspinwall no sentía ninguna simpatía personal por Law, reconocía en él al empresario decidido y audaz que a lo largo de sus sesenta años había incursionado con mucho éxito en la construcción de puentes, canales y ferrocarriles y que, gracias a su tenacidad y esfuerzo, era propietario y presidente de la United States Mail Steam Line, así como de la empresa que operaba el servicio de tranvías en la ciudad de Nueva York.
—Te felicito por el California, William. Me cuentan que es un soberbio vapor.
—Gracias, George. ¿Cómo va la construcción de los tuyos?
—Muy lenta. No creo que estén listos a tiempo para cumplir con la concesión del gobierno, así es que tal vez tenga que fletar algunos.
Mientras se sentaban, Viejo Roble lanzó una breve carcajada sarcástica antes de preguntar a su rival:
—¿Estarías dispuesto a arrendarme uno de los tuyos?
—No es posible. El gobierno pensaría que estamos burlando su decisión de separar las concesiones del Atlántico y el Pacífico. Ningún concesionario puede disfrutar de ambas rutas.
A diferencia de Law, el tono de Aspinwall reflejaba una ironía más sutil.
—Quizá tengas razón, aunque no creo que el gobierno pueda oponerse si entre los dos decidimos mejorar la ruta construyendo un ferrocarril a través del istmo de Panamá.
Advirtiendo que su comentario había tomado por sorpresa a su adversario, Viejo Roble añadió enseguida:
—Fuentes muy confiables me aseguran desde Albany que ya presentaste la solicitud de inscripción de la Panama Railroad Company. Te felicito por la iniciativa, pero ¿no crees que es lógico que esa obra, que beneficiará toda la ruta, sea construida de común acuerdo por las dos empresas navieras que la servirán y no solamente por una de ellas?
William Aspinwall observó la expresión, a la vez divertida y dura, del rostro de Law y antes de que pudiera responder lo escuchó sugerir en el tono más amable de que era capaz:
—¿Por qué no disfrutamos de la cena y de un buen vino y luego, a la hora del café y el tabaco, volvemos sobre el asunto? Tenemos otros temas de interés mutuo, aparte de que quisiera que me contaras cómo anda la salud del viejo Howland y si es cierto que estás construyéndote un castillo en Staten Island.
A William no le quedó más que sonreír ante la primitiva sagacidad y peculiar diplomacia de su antiguo competidor. En el fondo, necesitaba tiempo para meditar una respuesta que provocara el menor roce posible con quien, sin duda, podía ser un enemigo de cuidado. Así es que se dispuso a hablar del tío Samuel, de su proyectada casa de verano en Staten Island y de cualquier otro tema que contribuyera a preparar el terreno para que una confrontación entre los líderes de la industria marítima no produjera daños irreparables.
Concluida la cena, en la que Viejo Roble demostró su legendaria capacidad de ingerir alimentos y licor, los dos empresarios se trasladaron al salón de fumar y se sentaron en los mullidos sillones en los que los socios disfrutaban el placer de un buen cigarro y un estimulante pousse café. Antes de hablar, William, que no fumaba, aguardó a que su competidor exhalara la primera bocanada de humo.
—Como sin duda sabes, la idea de construir un ferrocarril a través de Panamá no es nueva. Son varias las concesiones que ha otorgado Nueva Granada a empresas que han fracasado sin siquiera iniciar la construcción de las obras. Lo que es nuevo es que el gobierno de los Estados Unidos haya decidido anexar y desarrollar los territorios de California y Oregon y los contratos marítimos que hemos logrado tú y yo para ese propósito. Es obvio que tu concesión en el Atlántico, donde ya existe un comercio tradicional y próspero, es mucho más lucrativa que la nuestra, que tendremos que desarrollar una ruta apenas explotada.
—Si lo que me insinúas es que mi ruta es mejor que la tuya y que para equilibrarnos tú debes construir el ferrocarril, estoy dispuesto a que compartamos todo a partes iguales.
El que rio con sarcasmo ahora fue William.
—En primer lugar, como dije antes, sería ilegal unir nuestras concesiones y crear un monopolio en la ruta. Además, si bien es cierto que el ferrocarril en cierta manera contribuirá a emparejar diferencias, el hecho es que Howland & Aspinwall pensó en ello antes y ya llevamos invertido tiempo, energía y dinero en el proyecto. Como no ignoras, tanto como facilitar la ruta de California nos interesa el rápido acceso a los mercados del Lejano Oriente. Tú tienes otros negocios, George. Nosotros estamos dedicados por entero al transporte marítimo.
—Hay varios factores que no has considerado, William. El más importante es que el comodoro Vanderbilt ya está hablando de abrir una ruta competitiva a través de Nicaragua. Y cuando Cornelius se propone algo no hay quien lo aparte de su objetivo. No quisiera tener que unirme a él para llevar al fracaso tu proyecto de ferrocarril.
El rostro de George Law era ahora el epítome de la seriedad. William lo escrutó un instante a través del humo. «Esto no va a terminar bien», pensó.
—Tú y yo sabemos que la ruta de Panamá es mucho más corta y accesible que la de Nicaragua. Vanderbilt siempre ha hecho su santa voluntad y hasta ahora no le ha ido nada mal. Pero si insiste en abrir una ruta alterna en Nicaragua se encontrará con su primer descalabro financiero. Yo no puedo evitarlo, así como no puedo evitar que te unas a su fracaso.
Viejo Roble intentó una sonrisa que terminó en mueca.
—No menosprecies la habilidad y tenacidad del comodoro, William. Y mucho menos la mía. Lo único que te estoy solicitando, razonablemente, es que me permitas participar en el negocio del ferrocarril en Panamá. Si a cambio deseas asociarte a alguna de mis empresas, podemos llegar a un acuerdo. Hasta estoy dispuesto a ceder parte de mi negocio de tranvías en Nueva York. Es cuestión de sentarse a comparar cifras.
—George, tus ideas y métodos son incompatibles con los míos. No quiero que de competidores en el negocio naviero pasemos a contrapartes en los tribunales de justicia. No sé en cuántas acciones legales están envueltas tus empresas, pero sé que son muchas. Howland & Aspinwall no tiene un solo litigio pendiente y no quiero uno contigo.
—Lo que ocurre es que mientras tú estás dispuesto a sacrificar tus derechos con tal de rehuir una confrontación, yo no permito que nadie abuse de mí. No nací en cuna de oro, William, y lo que tengo lo he ganado día a día, quebrándome el espinazo. Tú heredaste un negocio próspero. Cuando te dieron el timón, ya el barco navegaba por aguas tranquilas y con rumbo seguro. Quizá por eso yo peleo por cada centavo y tú no.
Temiendo que la discusión con George, que poco a poco había ido elevando la voz, derivara hacia situaciones personales, William decidió ponerle fin.
—Lo siento de veras, George, pero el proyecto ferroviario será llevado a cabo por Howland & Aspinwall y algunos otros socios que ya aportaron parte del capital.
—¿Es ésa tu última palabra?
William meditó un instante.
—En realidad no. The Panama Railroad Company será una empresa pública. Cuando se inicie la construcción llevaremos a la Bolsa un porcentaje importante de las acciones con el propósito de recaudar fondos. Eres el primero en enterarte y si quieres podemos ofrecerte desde ahora parte de esas acciones a un precio prefijado.
Viejo Roble soltó una carcajada hueca.
—Cada vez que se inicia una gran inversión surgen dos oportunidades de hacer negocio, William. La primera, con las ganancias derivadas de la actividad de la empresa; la segunda, con las derivadas de venderle al público, posteriormente, acciones sobrevaluadas. Yo quiero participar de ambas ganancias y no ser una víctima de la segunda.
—Lo que dices confirma lo mucho que difieren nuestras convicciones. El empresario que concibe y crea un negocio invierte tiempo y esfuerzos además de asumir el riesgo de que fracase. Mientras que aquellos que invierten a través de la Bolsa participan en una empresa ya probada.
—¡Aspinwall, el noble! —exclamó Law, fingiendo exasperación—. ¿Qué disfrutas más, William, el dinero que te producen tus empresas o tu reputación de empresario escrupuloso y temeroso de Dios?
—Ambas cosas —respondió Aspinwall levantándose—. Gracias por la cena, George.
Viejo Roble se puso de pie lentamente, extendió su mano grande y áspera y mientras estrujaba la más pequeña y delicada de William, lo atrajo hacia sí, lo miró fijamente y musitó mordiendo las palabras:
—Mi equitativo y honesto amigo no me ha dicho ni una palabra del oro de California. Del Oeste me llegan rumores de que allá se han descubierto montañas de oro y que en la frontera pueblos enteros se están quedando vacíos porque sus habitantes han salido en estampida rumbo a la tierra prometida. Tu ferrocarril, William, transportará a todos los que desde la Costa Este quieran ir a hacerse ricos de la noche a la mañana y los traerá de vuelta cargados del precioso metal. En lugar de un caballo de hierro vas a construir un caballo de oro. ¿No será ésta la verdadera razón que te impide aceptarme como socio?
—No sé de qué me hablas, George —respondió William, soltándose bruscamente—. Buenas noches.
Al día siguiente, tan pronto llegó al despacho, el presidente de Howland & Aspinwall hizo llamar a su hermano John y a su primo Bill para relatarles la conversación con George Law y discutir qué acción se podía tomar. Al finalizar el encuentro, concluyeron que la única manera de protegerse de Viejo Roble y del comodoro Vanderbilt era acelerando el desarrollo del proyecto. Cuando ya se despedían, William comentó la afirmación de Law sobre el descubrimiento de oro en California.
—Viejo Roble tiene espías por todas partes —dijo—. Si está en lo cierto, el ferrocarril será todavía más apetecible para nuestros posibles competidores. Debemos investigar si se trata solamente de un rumor o si realmente se ha descubierto oro en California. ¿Quieres encargarte, John?
—Por supuesto, hermano. ¿Cómo fue que llamó Viejo Roble a nuestro ferrocarril? ¿El Caballo de Oro? Ocurrente el tipo, ¿no?
Al mismo tiempo que William ponía en conocimiento de sus socios las pretensiones de George Law, en las oficinas de la United States Mail Steam Line, situadas un par de calles al sur de las de Howland & Aspinwall, Viejo Roble, que desde el amanecer cavilaba en torno a la manera de doblegar a Aspinwall, impartía instrucciones a Albert Zwingle, el más astuto y audaz de sus agentes, especialista en ejecutar aquellas maniobras comerciales en las que los escrúpulos sobraban y a las que su jefe recurría siempre que no lograba su objetivo por los métodos tradicionales.
—¿Comprendes bien la urgencia y la importancia de tu misión, Zwingle? De ti dependerá que Aspinwall se vea obligado a ofrecernos parte de su empresa del ferrocarril, que, de ser cierto lo que se dice sobre el descubrimiento de oro en California, será una de las más prósperas de que se guarde memoria. No repares en métodos ni en gastos; si es necesario torcer brazos, tuércelos. Y si además de pagar a los poseedores tienes que comprar a las autoridades, hazlo. Pero no regreses aquí sin haber comprado todas y cada una de las propiedades que existen en la costa atlántica del istmo, entre los poblados de Chagres y Portobelo. Si cuando terminemos William todavía rehúsa negociar conmigo, veremos cómo se las ingenia nuestro honrado amigo para colocar los rieles de su ferrocarril en el aire.
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