El caballo de oro

Juan David Morgan · Capítulo 28 de 38

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El caballo de oro

Capítulo 5

5

 

Pasada la medianoche, el mesero Manuel salió del American House y se encaminó hacia su casa, en las afueras de Gorgona. Atravesó el parque central y tomó una de las calles laterales. La media luna que a veces asomaba entre las nubes era suficiente para iluminarle el camino. Se adentraba ya en los suburbios cuando cuatro hombres enmascarados emergieron de entre las sombras y, sin pronunciar palabra, lo golpearon en la cabeza, lo ataron de pies y manos, lo amordazaron, le colocaron una capucha y, como un fardo, lo subieron a lomos de un caballo. Dos horas después, en la cantina Goldiggers Hole, un desconocido avisaba a Tim O’Hara que el Jaguar quería verlo inmediatamente para un trabajo importante. Medio ebrio, Tim siguió al mensajero hasta una casa ubicada a un lado del parque. «Nunca se había arriesgado a venir tan cerca», conjeturó el pelirrojo frente a la puerta. Tan pronto la traspuso, los mismos cuatro individuos cayeron sobre él y siguieron similar procedimiento al utilizado con el mesero.

Esa noche del 30 de marzo de 1852, un total de 14 hombres de la banda del Jaguar fueron capturados en Gorgona por órdenes de Ran Runnels. Simultáneamente fueron apresados 26 individuos vinculados a los Darieni: 9 en Aspinwall, 3 en el poblado de Cruces, 2 en Paraíso y 12 en la ciudad de Panamá. En la operación, cuidadosamente sincronizada, Runnels había movilizado sesenta de sus hombres, los mismos que durante los últimos meses habían espiado y anotado los movimientos de cada uno de los sospechosos. Durante los cinco días siguientes, siempre al amparo de la noche, los prisioneros fueron llevados a un viejo galpón abandonado entre el poblado de Paraíso y la capital, que alguna vez sirviera de almacén de depósito a un aserradero. Durante el tiempo que duró la redada y el traslado, los desgraciados habían recibido solamente pan y agua y, atendiendo órdenes estrictas de su jefe, sus captores no les habían dado explicación alguna. Por fin, la tarde del 7 de abril se presentó Runnels. Muchos de los capturados lloriqueaban mansamente, otros gritaban pidiendo perdón y los más audaces exigían explicaciones y clamaban venganza. Tal era el hedor que despedían después de más de una semana de aliviar sus necesidades sin poder siquiera despojarse de las ropas que Runnels se vio obligado a colocarse en sentido opuesto de la corriente de aire.

—¡Silencio! —gritó el vigilante texano en su precario español—. Por si acaso lo ignoran, están aquí para pagar por sus delitos. Responderán ante la ley por todos sus asesinatos y robos. Como aquí no hay autoridad ni orden, la única ley soy yo.

Haciendo caso omiso de las protestas y murmullos de arrepentimiento, Runnels volvió a exigir silencio.

—Es tarde para quejas y lamentos. ¿Acaso sintieron lástima cuando sus víctimas les pedían compasión? ¿Se conmovieron ante sus lágrimas y su sangre? —La voz de Runnels se agudizaba con cada frase—. No se puede pecar sin pagar las consecuencias, ni violar las leyes del Señor sin recibir la sanción correspondiente. Mi misión en la tierra es la de castigarlos y mandarlos al otro mundo, donde se quemarán para siempre en las llamas del infierno. El castigo será ejemplar para que quienes vean sus cadáveres sepan que el crimen no paga. Si algo de decencia les queda les sugiero que la empleen en arrepentirse por la vida pecadora que han llevado. La misericordia divina es infinita y tal vez logren de Él un perdón que yo nunca podré darles.

Los condenados gemían y juraban, todos menos uno que tambaleándose se puso en pie y gritó con voz ronca:

—No veo el rostro de quien predica con maldiciones pero estoy seguro de que se parece más al del Demonio que al del Señor.

Con un gesto, Runnels detuvo a uno de sus hombres que se abalanzaba sobre el sublevado.

—Aunque lleves una capucha, sé quién eres, desgraciado —gritó el texano—. Tu padre es un hombre decente por quien siento lástima. Los demás malhechores que te rodean son la escoria del mundo, pero tú has descendido más bajo que ellos porque a pesar de que provienes de un hogar cristiano escogiste revolcarte en la maldad. ¡Te sentencio mil veces vulgar criminal!

—Criminales son todos los que como tú y tus secuaces se han convertido en cómplices de los malditos aventureros que por llenarse de oro los bolsillos han venido a vejar la ciudad de mis padres y mis abuelos.

Un silencio expectante siguió a las palabras del rebelde. Con el rostro transfigurado por la ira, Runnels se aproximó a quien osaba desafiarlo, le removió violentamente la capucha, clavó en él sus ojos desorbitados y, en voz queda, le dijo:

—El rostro que ves es el del Ángel del Señor... y será el último que vean tus ojos antes de descender a lo más profundo de los infiernos.

Consciente de que era el acto final de su vida, con la poca saliva que le quedaba el muchacho escupió a su captor. Lentamente, Runnels se limpió el rostro, sacó el revólver de la cartuchera, lo apoyó sobre el corazón de Alberto Aizpurúa y disparó sin titubear.

Al escuchar la detonación los demás cautivos creyeron que los ejecutarían allí mismo y se intensificaron los llantos, los ruegos y las lamentaciones. Pero Ran Runnels tenía otros planes.

 

Los pocos parroquianos que, muy entrada la noche, todavía disfrutaban del aire fresco del mar se preguntaban qué propósito animaría a aquellos hombres que, a horas trasnochadas, levantaban febrilmente una estructura de madera sobre el enlosado del Paseo de las Bóvedas. Pasadas las cinco de la madrugada, cuando el andamiaje estuvo terminado, dos carromatos cubiertos, flanqueados por ocho hombres a caballo, descendieron por la Calle de las Monjas en dirección al extremo sur de la ciudad. El repicar de los cascos ahogaba los ayes y gemidos que salían del interior de las carretas, y si algo escuchaban las beatas que a esa hora arrastraban su sombra para acudir a rezar maitines, las buenas mujeres lo atribuían a alguna excentricidad de los aventureros que desde hacía más de dos años habían caído sobre la villa trastornando para siempre su tranquilidad.

En Las Bóvedas, Ran Runnels, que había supervisado personalmente la erección del gigantesco patíbulo, se paseaba inquieto de un lado a otro. El sol comenzaba a rasgar las sombras cuando finalmente arribó el lúgubre cortejo. Treinta y nueve encapuchados fueron bajados de las carretas y conducidos a empellones hasta el sitio en el que aguardaba el texano. Detrás de él, cuarenta cuerdas con sus respectivos lazos se mecían al vaivén de la suave brisa del amanecer. Los hombres fueron obligados a ascender los tres escalones del patíbulo y colocados cada uno frente a su dogal.

—¿Dónde está el cadáver de Aizpurúa? —preguntó Runnels, molesto.

—Lo dejamos en la carreta —respondió uno de sus ayudantes.

—Tráiganlo enseguida, que aunque esté muerto también lo vamos a guindar.

A las seis de la mañana, media hora más tarde de lo previsto por Runnels, se removieron las capuchas a los prisioneros y se les colocó el lazo alrededor del cuello. El pánico acalló momentáneamente las lamentaciones. Sólo se escuchaba el constante batir del mar contra las murallas y el chillido de alguna gaviota tempranera. El ominoso silencio fue quebrado por Runnels, quien gritó a los desgraciados que disponían de un minuto para encomendarse al Señor por última vez.

—Si es que todavía saben rezar —añadió sarcástico.

—Yo también soy norteamericano y no merezco este trato —chilló de pronto Tim O’Hara, la barba rojiza empapada de baba y lágrimas que comenzaban también a humedecer la áspera soga que le rodeaba el pescuezo.

Runnels se acercó al antiguo marino y lo fulminó con la mirada.

—Eres una vergüenza para el país que te vio nacer. Todos estos indios, negros y mestizos tal vez no tuvieron más opción que convertirse en malhechores, pero a ti el Señor te creó blanco y norteamericano y no tienes más excusa que tu propia depravación. Te ahorcaría dos veces si pudiera.

Runnels dio la espalda a O’Hara, volvió a colocarse frente a los ajusticiados y exclamó con voz firme:

—¡Se terminó el tiempo!

Al extremo del improvisado patíbulo, un hombre aguardaba la señal para activar la palanca que abriría las trampas por las que caerían los cuerpos de los ajusticiados. Con estudiada calma, el ranger texano levantó su brazo derecho.

—¡Ya! —gritó al tiempo que bajaba bruscamente la mano.

Al primer intento se abrieron solamente quince de las cuarenta trampas. Mientras los cuerpos lanzaban patadas contra la muerte, el verdugo volvió a activar la palanca con mayor fuerza y ocho cuerpos más iniciaron el macabro bailoteo. El verdugo movió varias veces más la palanca, pero al final tres de los sentenciados permanecían de pie sobre trampas que rehusaban responder al burdo mecanismo. Enfurecido, Runnels terminó de abrirlas de una patada. Escasos seis minutos después, cuarenta cadáveres, las manos atadas a la espalda y la cabeza grotescamente inclinada a un lado, se balanceaban a la luz del amanecer. El cuerpo de Alberto Aizpurúa se distinguía por la rigidez del cuello y por la mancha oscura que teñía su camisa a la altura del corazón.

Concluido el linchamiento, los hombres de Runnels se dispersaron por la ciudad repartiendo volantes en los que se leía:

 

AVISO

 

EN LA MADRUGADA DE HOY, 8 DE ABRIL DE 1852, SE HA HECHO

JUSTICIA CONTRA LA BANDA DE FORAJIDOS DENOMINADA LOS DARIENI

QUE VIOLANDO LAS LEYES DE DIOS Y DE LOS HOMBRES SE HA

DEDICADO A ASALTAR, ROBAR Y ASESINAR A SUS SEMEJANTES EN LA

RUTA DEL FERROCARRIL. TODO AQUEL QUE SE SIENTA TENTADO A

REPETIR ESOS ACTOS DELICTIVOS CORRERÁ LA MISMA SUERTE.

 

RAN RUNNELS La noticia recorrió las calles de San Felipe y del arrabal con la asombrosa rapidez con que se propagan los rumores y las desgracias en las comunidades pequeñas. Poco tiempo después, un grupo de parroquianos, cuyo número aumentaba por minutos, contemplaban horrorizados los cuarenta cuerpos que oscilaban en el improvisado patíbulo que el vigilante texano había levantado sobre el más agradable de los paseos de la ciudad.

—¿Adónde hemos llegado...?

—Esto es cosa del mismo demonio...

—Es culpa de las autoridades, que no hacen nada por reprimir el crimen...

—¿Es que van a dejarlos ahí, colgados?...

—Pobres diablos...

—El de la izquierda, ¿no se te parece al hijo del vicegobernador Aizpurúa?...

—¡Ave María Purísima!

A media mañana, cuando ya los gallinazos comenzaban a volar en círculo, se presentaron en el lugar de los hechos el gobernador, el vicegobernador, el presidente del Consejo Municipal y el jefe de la policía. Arcesio Aizpurúa no tardó en reconocer el cadáver de su hijo y un temblor irreprimible, mezcla de ira y vergüenza, se apoderó de él. Finalmente exclamó con voz ronca, entrecortada por el llanto:

—¿Qué clase de locura y de justicia es ésta? ¿Con qué derecho un extranjero indeseable viene aquí a matar a nuestros hijos? ¿A quién se le puede ocurrir que Alberto era miembro de una banda de forajidos? ¡El único asesino es él y tendrá que pagar!

Mientras Aizpurúa continuaba maldiciendo, el gobernador dio la orden de bajar los cadáveres y darles cuanto antes cristiana sepultura. El cura, Fermín Jované, chantre de la catedral, terminó los primeros rezos por el alma de los ajusticiados y ofreció encargarse personalmente de los ritos mortuorios.

Los voluntarios que esa mañana se ofrecieron para cortar las sogas tuvieron que cubrirse el rostro con pañuelos. «No huelen a muerto sino a mierda y orina», dijo uno de ellos. Decepcionados, los gallinazos fueron a posarse en las ramas de los árboles que daban sombra al paseo y desde allí contemplaron impotentes cómo se les escapaba tan suculento manjar.

El linchamiento estremeció a todo San Felipe y al arrabal, y aunque las autoridades desmontaron el patíbulo y enterraron los cuerpos con premura, no pudieron evitar que quienes lograron presenciar el macabro espectáculo se encargaran de propagar la noticia, añadiendo detalles y exageraciones de su cosecha. Al final del trágico día, en lugar de cuarenta se decía que los ajusticiados habían sido ochenta y en el arrabal se aseguraba que Alberto Aizpurúa no era el único miembro de familias distinguidas que había caído víctima del despiadado hombre de Texas. Prueba de ello era la prisa con que las autoridades, ayudadas por la iglesia, habían hecho desaparecer los cadáveres.

Dos días después, sin embargo, The Star & Herald aclaraba en una edición especial que en total eran cuarenta los ahorcados. Añadía que, sin duda por un grave e injusto error del hombre contratado por la compañía del ferrocarril para mantener el orden público, entre los ajusticiados se encontraba el vástago de una prominente familia de Panamá y sugería que el hecho de que el cadáver del infortunado joven fuera el único que presentaba una herida de bala en el pecho hacía suponer que había muerto antes que los demás y en diferentes circunstancias. El extenso reportaje concluía diciendo que fuentes fidedignas aseguraban que, al enterarse del ajusticiamiento, el gobernador, Bartolomé Calvo, había retado a duelo al señor Ran Runnels reafirmando así que nadie podía tomar la justicia en sus manos.

Pero si bien la extensa noticia del periódico reflejaba fielmente lo sucedido, se quedaba corta en cuanto al lance de honor porque, además del gobernador, el que, para lavar semejante afrenta, también envió padrinos al vigilante texano fue Arcesio Aizpurúa. Después de la masacre, sin embargo, nadie había vuelto a saber de Randolph Runnels, quien seguramente ignoraba que los padrinos designados por Aizpurúa lo buscaban afanosamente con el propósito de notificarle la causa de honor que tenía pendiente. Anticipando un posible encuentro, a partir del día de la tragedia el vicegobernador, que jamás había disparado un arma, llevaría siempre encima una vieja pistola. «Donde lo vea lo mato... o me mata él a mí», repetía constantemente.

La noticia del linchamiento llegó hasta el poblado de Aspinwall en boca de Peter Eskildsen, quien, sin ocultar su alegría, alababa la acción de Runnels. Tan pronto John Stephens tuvo en sus manos la edición de The Star & Herald que confirmaba la veracidad del relato del nórdico, convocó a Totten y a Baldwin a una reunión urgente.

Sin más preámbulo, Totten dijo indignado:

—Sospechaba que el tipo estaba loco, pero nunca pensé que llegaría a tal extremo.

—El relato de lo ocurrido es realmente espeluznante —comentó Stephens—. Pobre Aizpurúa: perder un hijo así.

—En la noticia que trae el periódico se dice que Runnels trabaja para nosotros —observó Baldwin, preocupado—. Es como decir que la empresa del ferrocarril fue la que ordenó el linchamiento.

—Baldwin tiene razón; será necesario hacer una aclaración — opinó Stephens.

—O por lo menos informar a las autoridades que nada tuvimos que ver con las ejecuciones —añadió Totten.

—Creo que debemos ir más allá —opinó Stephens—. No podemos ganarnos la animadversión de los panameños, sobre todo ahora que hemos comenzado la colocación de los rieles entre Panamá y Cruces.

—No es que quiera excusar la salvajada de Runnels —dijo Totten, algo más calmado—, pero no hay que perder de vista que también los panameños estaban hartos de los crímenes de los Darieni. En la misma edición de The Herald que trae el recuento de los acontecimientos se recuerda la incapacidad de las autoridades por imponer y mantener el orden público.

—Pero el linchamiento es un delito, aquí y en Texas —protestó Baldwin—. Y es imposible que las autoridades de la Nueva Granada mantengan el orden cuando hay más de mil aventureros desaforados que pasan por Panamá cada semana rumbo a las minas de oro. Te aseguro que en California la situación debe ser igual de confusa.

Al final de la conversación los hombres del ferrocarril acordaron que, además de aclarar a las autoridades y a los panameños que la empresa ferroviaria nada había tenido que ver con el proceder de Runnels, citarían al texano para imponer límites a su actuación.

Pero parecía que a Runnels se lo había tragado la tierra. Un mes después del incidente comenzaron a tejerse toda suerte de rumores: que algunos sobrevivientes de la banda de los Darieni habían dado cuenta de él; que, asustado por la reacción de las autoridades, había decidido regresar a los Estados Unidos; que, tras el éxito de su misión, el comodoro Vanderbilt le había ofrecido mucho más dinero para que saneara de bandoleros la ruta de Nicaragua...

Lo cierto es que la oleada de violencia parecía haber cesado. Salvo algún incidente aislado de poca importancia, los viajeros atravesaban el istmo rumbo a California o regresaban de las minas cargados de oro sin temor a nuevos asaltos y el ferrocarril avanzaba sin más contratiempos que los obstáculos que ponía a su paso una naturaleza que se resistía a rendirse ante los avances de la tecnología.

Los rieles habían llegado hasta Barbacoa y los hombres del ferrocarril estudiaban la mejor manera de construir el largo puente sobre el Chagres, cuando comenzaron a surgir en la ruta nuevos brotes de bandolerismo. Una paca de mulas fue atacada a la salida de Cruces y dos de los muleros asesinados; tres días después, un bar de Gorgona fue tomado por asalto y los jugadores despojados de su dinero; y a la noche siguiente, en el hotel American House un viajero fue robado y asesinado en su propia habitación. El hecho más grave ocurriría, sin embargo, una semana más tarde en Bohío Soldado, cuando John McGlynn, un pagador de la empresa del ferrocarril, fue despojado de tres mil dólares y brutalmente acuchillado. Antes de expirar McGlynn identificó a su atacante como Thomas Copeland, aventurero que desde hacía dos meses había comenzado a ganarse fama de vago y pendenciero entre los habitantes de Aspinwall, donde, entre otras cosas, se le acusaba de maltratar y robar a las prostitutas. Entonces, reapareció Ran Runnels.

En la cantina One Last Drink, situada al final de la calle principal de Aspinwall, Copeland era el centro de atención de rameras y borrachos que escuchaban con fingido interés las hazañas del antiguo vaquero en la frontera norteamericana.

—Antes de marcharme de los Estados Unidos —alardeaba Copeland— fui el más temible de los vigilantes texanos. No había ladrón, cuatrero o asesino que se me escapara. Aquí vine para ofrecer mis servicios a la empresa del ferrocarril pero, como ven, he decidido disfrutar primero de unas vacaciones. Cantinero, ¡otra ronda para mis amigos!

Gritos de aprobación, carcajadas y comentarios soeces coreaban la generosidad y las ocurrencias de Copeland, que ya a las cinco de la tarde comenzaba a dar señales de embriaguez. En ese momento, por encima de la algarabía, se escuchó la voz aguda de Runnels.

—Thomas Copeland, está usted arrestado.

Junto a Runnels se encontraban Julián Zamora y dos individuos más, uno de ellos un negro descalzo. Todos portaban escopetas de cañón recortado.

Copeland se irguió lentamente, dejando ver la pistola que llevaba al cinto, y con un dejo de desprecio preguntó:

—¿Y quién es usted para arrestarme?

—Soy Ran Runnels y hoy por hoy represento la ley del hombre y de Dios en esta ciudad.

Al escuchar el temido nombre, los que rodeaban a Copeland se replegaron hacia el fondo del salón. Viéndose solo, el forajido cambió de actitud.

—¿Qué piensa hacer conmigo?

—Colgarte por tus crímenes, entre ellos el asesinato de John McGlynn.

Las piernas de Copeland comenzaban a flaquear cuando Runnels y dos de sus hombres cayeron sobre él, le ataron las manos a la espalda y lo sacaron a empellones de la cantina. Una turbamulta de borrachos y aventureros los seguía gritando y chapoteando en el lodo de la calle central.

El coronel Totten, que en ese momento repasaba las cuentas del día, se asomó a la ventana de su oficina a ver a qué obedecía el alboroto. A través de la lluvia que comenzaba a caer logró distinguir a Runnels y enseguida tomó su capote, se sumó al tumulto y una cuadra más adelante le dio alcance.

—Runnels, ¿de qué se trata ahora? —refunfuñó Totten.

—Coronel Totten, cuánto tiempo sin verlo —dijo Runnels con fingida cortesía.

—Hace más de un mes que enviamos por usted. ¿No se lo dijo su socio Nelson? —le reprochó Totten.

—No, no he visto a Nelson —respondió lacónico el ranger. Mientras hablaban llegaron al patio del ferrocarril.

—No me ha dicho qué piensa hacer —insistió Totten.

—Voy a colgar a este criminal y así cumplir con la misión que ustedes me encomendaron.

—¡Nadie le dijo que se tomara la justicia en sus manos! —exclamó Totten por lo bajo.

—Si recuerda nuestra conversación, pedí libertad para actuar.

—No para linchar a la gente.

Runnels se detuvo en seco y miró fijamente a Totten.

—Coronel, después de que ajusticié a los Darieni cesaron los asaltos y asesinatos en la ruta. Todavía quedan malhechores que actúan aisladamente, como este infeliz que ha ultimado a varias personas, entre ellas a un empleado de su empresa. Cuando se corra la voz de que el que la hace la paga, este pueblo y el resto de la ruta serán lugares más seguros. Los viajeros podrán utilizar sus trenes y los tres mil obreros de su empresa colocar rieles sin temor a que los asalten. Para eso fui contratado y siempre cumplo con mis obligaciones. Ahora, ¡déjenme actuar!

Totten se mordió la lengua y no dijo nada.

Cuando llegaron al final del patio, los agentes de Runnels soltaron a Copeland, que cayó a tierra de rodillas y empezó a suplicar por su vida. Como si respondiera a una señal, la turbamulta, que se incrementaba por momentos, comenzó a vociferar pidiendo la horca para el asesino.

—¿Lo ve usted, Totten? Es el pueblo el que clama justicia —dijo Runnels, satisfecho.

—No confunda a esta horda de jugadores, aventureros y prostitutas con el pueblo, Runnels —replicó Totten, dándole la espalda.

—Es la misma gente para la que ustedes construyen un ferrocarril. No serán el pueblo, pero sí sus clientes —alcanzó a oír Totten mientras se alejaba. Y volvió a morderse la lengua.

El ranger se encaminó hacia la gigantesca grúa de vapor que la empresa del ferrocarril utilizaba para descargar los barcos, tomó la soga con el dogal, que le entregó Zamora, y la lanzó por encima del gigantesco brazo de la grúa. Dos veces falló en su intento y, cuando finalmente acertó, un grito de aprobación surgió del fondo de la multitud. Se dirigió luego al operador, que sentado en el pescante contemplaba la escena, estupefacto.

—Cuando dé la señal, haga funcionar la máquina.

Ordenó entonces a sus hombres que levantaran del suelo a Copeland y él mismo colocó el lazo y corrió el nudo alrededor del cuello del infeliz, que ahora aullaba implorando piedad.

—Tiene treinta segundos para encomendarse a su Creador, aunque no creo que su misericordia llegue a tanto.

La muchedumbre comenzó a corear.

—Uno, dos, tres..., veinte, veintiuno..., veinticinco, veintiséis...

A medida que se aproximaban a los treinta, el ritmo y el tono de la cuenta fue disminuyendo y al final lo único que se escuchaba eran los gemidos y las plegarias incoherentes del condenado.

—Señor... Ave María... Padre Nuestro... —murmuraba el infeliz, hasta que finalmente soltó un grito desgarrador.

—¡No quiero morir!

Impávido, Runnels dio la orden de activar la grúa. El operador obedeció y la máquina comenzó a resoplar y a expeler vapor mientras levantaba el largo brazo en cuyo extremo el cuerpo de Copeland, como un títere, iniciaba la danza de la muerte.

Veinte segundos más tarde todo había concluido. Desde lo alto de la grúa el cuerpo inerte del ajusticiado se mecía y giraba lentamente de un lado a otro. En lontananza, el día clausuraba sus últimas claridades.

La nueva hazaña del vigilante texano volvió a escandalizar a las autoridades del Departamento, que insistieron en que no permitirían que un extranjero desalmado continuara usurpando las funciones públicas y reviviendo el ojo por ojo y diente por diente bíblico. Sin embargo, el gobernador y los habitantes del istmo sabían que se trataba de meras palabras, necesarias tal vez para mantener la dignidad del cargo, y que si bien el proceder del texano era aborrecible y ajeno a las tradiciones y costumbres de los istmeños, por lo menos contribuía a mantener algo de orden dentro del caos provocado por la fiebre del oro. Tan pronto supo de la reaparición de Runnels, Arcesio Aizpurúa, la vieja pistola al cinto, recorrió nuevamente las calles de la ciudad, pero el vigilante había vuelto a esfumarse sin enterarse de que el padre de Alberto Aizpurúa lo buscaba para matarlo.

En sus informes periódicos a la Junta Directiva, Stephens y Totten destacaron el horror que habían sentido ante los métodos atávicos que el vigilante contratado por el director Van Wyck había empleado para combatir a los forajidos. Reconocían, no obstante, que la oleada de crímenes parecía controlada y que los trabajos avanzaban satisfactoriamente. «Por el lado del Atlántico hemos llegado con los rieles hasta Barbacoa, donde habrá que construir un puente de importantes dimensiones para atravesar el Chagres. Esperamos que acepten la propuesta de sustituir la estructura de madera sugerida en el informe Hughes por una de hierro capaz de resistir las crecientes del río».

 

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