El caballo de oro

Juan David Morgan · Capítulo 15 de 38

Páginas del PDF

El caballo de oro

Capítulo 1

SEGUNDA PARTE

 

«Para llevar a cabo las grandes obras debemos vivir como si nunca fuéramos a morir».

MARQUÉS DE VAUVENARGUES

 

OceanofPDF.com

1

 

DEL DIARIO DE ELIZABETH BENTON

 

Noviembre 27, 1849

Han pasado casi dos años desde la última vez que tomé la pluma. «¿Para qué —me preguntaba— recrear desventuras, tragedias y sueños truncados?». Hoy, sin embargo, siento que mi vida recibe un nuevo aliento y el destino me abre otros caminos capaces de reverdecer ilusiones y alegrías. Las palabras regresan y es hora de volver a hilvanarlas.

Cuando arribé a California dediqué todo mi tiempo y entusiasmo a encontrar el lugar en el que Robert y yo forjaríamos nuestro hogar. Escogí una pequeña finca de veinte acres, situada frente al mar, a escasas dos millas al sur de San Francisco. Allí tendríamos la proximidad al centro urbano, que quería Robert, y un espacio de cielos y horizontes ilimitados que yo tanto anhelaba para ver crecer a mis hijos. De lo alto del acantilado se abriría a nuestros pies la majestuosa bahía de San Francisco y a la hora del ocaso podríamos contemplar la zambullida del sol al otro lado del océano. Emocionada con mi hallazgo, pagué caro por el derecho de comprarla y crucé los dedos para que mi esposo aprobara el sitio.

Transcurrieron las semanas y luego los meses sin noticias de Robert. Desesperada, me trasladé con Jessie a la encrucijada del Fuerte Sutter, en cuyos alrededores surge la ciudad de Sacramento, paso obligado de todos los que culminan la aventura de atravesar a pie el vasto territorio de los Estados Unidos. Los pocos que llegaban, marcados para siempre por la dura experiencia, no sabían nada del destacamento militar encargado de explorar la mejor ruta y terminaban por confiarme sus propias desventuras, las increíbles dificultades de la travesía y la pérdida de familiares y amigos víctimas de las enfermedades, de los pieles rojas y de los animales salvajes. Regresé a San Francisco para preguntar a los que hacían el viaje por mar si en el Este habían oído alguna noticia antes de embarcarse. Pero nadie sabía nada: Robert y sus hombres se habían esfumado en las heladas cumbres de las Montañas Rocosas. Mi acostumbrado optimismo, sin embargo, me llevó a la convicción de que mi esposo se había visto obligado a regresar al Este y pronto sabría de él. Y, así, me dediqué a esperar. Poco a poco el desaliento marchitó la fe y al cabo de un año comprendí que jamás volvería a verlo. Cuando llegó a California el general Smith como jefe militar de la plaza, le solicité el envío de una patrulla para buscar a Robert y sus hombres. Sin muchos miramientos me respondió que, si después de año y medio nada se sabía del mayor Freeman, las posibilidades de encontrarlo con vida eran nulas. La expedición que yo misma organicé el último verano tenía como propósito localizar sus restos, sepultar de una vez la esperanza y darle a mi vida el sosiego de la certidumbre. Pero ni los días soleados nos permitieron encontrar rastro alguno de la ruta que mi pobre marido buscaba en las cumbres heladas. Y regresé con las manos y el alma vacías.

Un extraño sentimiento de fidelidad me obligó a permanecer en San Francisco, soportando las bajezas, la miseria, el egoísmo y las aberraciones de los aventureros que arribaban de todas partes del mundo buscando enriquecerse. Pero no, esta frontera donde prevalece la locura no era sitio para una mujer sola y mucho menos para una viuda joven. Por más que me vestía con ropas masculinas y procuraba hablar y actuar como un minero más, los hombres me asediaban con proposiciones cada vez más soeces. ¡Cuán atractiva para el varón resulta una mujer que ha perdido el amor! Nadie que no haya experimentado la viudez prematura es capaz de comprender que, como un perfume que se evapora, el amor que se escapa con la muerte del ser amado pierde su aroma para siempre. En medio de tanto desasosiego apareció Frank Walker, caballero de intachable comportamiento que, sin más interés que el humanitario, me ofreció su apoyo. El señor Walker había llegado a San Francisco con los primeros aventureros y pronto se convirtió en el único comprador del oro que extraían de los ríos aquellos mineros que para seguir en su empeño necesitaban dinero fresco. Pero «muchos pocos hacen mucho» y al cabo de algunos meses estableció un banco. Hoy es uno de los más prósperos habitantes de San Francisco. De él fue la idea y provino el dinero para que yo montara La Mano de Dios, almacén que terminó siendo el principal centro de compras en el que se aprovisionaban los que iban y volvían de las minas. Le debo mucho a Frank Walker, sobre todo haberme devuelto algo de fe en la humanidad, y, más que en la humanidad, en los hombres.

Y entonces, cuando ya casi me resignaba a la punzante soledad, que se intensifica cuando se está rodeado de tanta batahola, apareció Cleveland Forbes. Gratos, muy gratos recuerdos guardaba yo del capitán Forbes. Durante el trayecto de Nueva York a Panamá, a bordo del Atlantic Runner, supo ser galante, cordial y afectuoso sin propasarse. Me hizo ver que yo era el más importante de sus pasajeros por razones que, ambos sabíamos, transcendían el simple cumplimiento de un deber. La apostura y el donaire del capitán Forbes y el placer con que aceptaba sus galanterías despertaron en mí sentimientos de culpa, como si sostener la mirada de sus ojos grises, tranquilos y sinceros fuera faltar a mi deber de esposa. Los ojos que me volvieron a mirar casi dos años después no habían perdido nada de su belleza y transparencia ni tampoco la había perdido su dueño, a cuya galanura se sumaba ahora el encanto de los primeros cabellos plateados. Tan pronto supo de la muerte de Robert, insinuó delicadamente su interés por mí. Yo, sin pensarlo mucho, acepté su oferta de dejar California sin saber, realmente, cuál sería mi nuevo destino. En el momento de comunicar mi decisión a Frank Walker y pedirle, una vez más, su ayuda para la venta del almacén, quien fuera mi protector y amigo me confesó, abiertamente, sus sentimientos. «¿Por qué ahora y no antes?», le pregunté, entristecida. «Porque ahora eres una mujer libre de pesares y ataduras y antes habría significado aprovecharme de tu desasosiego», respondió. ¡Hay gente buena, hombres buenos, en este mundo que gira en el límite de la locura!

Esta mañana subí a bordo del California y pronto zarparemos hacia Panamá. ¿Con qué rumbo navego? No hacia la casa familiar, que ni siquiera existe. Mi padre, el flamante senador por el estado de Missouri, habita ahora en Washington y al enterarse de mi pérdida escribió una sola carta en la que, con mal disimulados reproches, ofrecía recibirme nuevamente en su hogar «siempre que me supiera comportar como la hija de un importante líder político». No, a la casa de mi padre no volveré. Entonces, ¿hacia dónde voy? Me siento tan protegida en compañía de Cleveland... Las sobremesas transcurren amenas y vuelvo a disfrutar con espontaneidad casi olvidada. Pero no puedo permanecer para siempre a bordo de su barco. ¿Es que, además de apreciarlo y admirarlo, empiezo a enamorarme del capitán Forbes? Si así fuera, ¿por qué todavía me siento culpable cuando pienso en Robert y me estremezco cuando me asalta el recuerdo de John Stephens? ¿Es que acaso voy en busca de aquel viajero iluminado? ¿Me deparará el destino mieles y alegrías o seguirán la hiel y la tristeza enlutando mi vida?

 

Noviembre 29

Dos días de navegación. Me fascina observar desde cubierta el movimiento de las grandes ruedas de paleta que, mordiendo sin cesar la superficie del océano, impulsan este extraño navío donde el ingenio del hombre es capaz de generar tanta o más fuerza que el viento. El capitán Forbes me ha contado las desventuras sufridas por el California en su viaje a San Francisco y se excusa por la falta de lujo y comodidades. «No había nave más elegante», afirma, y me asegura que pronto volverá a serlo. Por ahora su mayor preocupación es el comportamiento de la improvisada tripulación, a la que supervisa constantemente, más como un padre que como un comandante. A veces da risa observar a estos hombres de las montañas moviéndose con torpeza sobre cubierta para desempeñar labores que jamás imaginaron. El líder del grupo, un tal McKennon, es la mano derecha del capitán. Él y un negro que perdió al amo trabajan sin descanso: el montañero en la cubierta y el esclavo en las calderas. Igual lo hace el bueno de Jim, un muchacho inocentón que se siente hijo de Forbes y que se la pasa corriendo de un lado a otro, llevando órdenes y reportando averías. Jim, quien no conoció a sus padres y es dueño de los ojos más tristes que jamás he visto, tal vez busca en mí a la madre que nunca tuvo. Y yo, francamente, no sé cómo actuar. No quiero que sufra un desengaño al terminar la travesía.

Solamente dos pasajeros más se embarcaron en San Francisco: un abogado del Este que, según afirma, regresa a la civilización decepcionado del caos imperante en California, y un pastor arrepentido de haber abandonado el púlpito y a sus feligreses para llevar la palabra de Dios a los buscadores de oro. «Ésos solamente entienden el lenguaje del demonio», repite constantemente. Sospecho que su decepción obedece a que el oro no respondió a sus oraciones.

Cleveland Forbes se ha acercado a mí poco a poco, con recato, con timidez. Creo que no sabe cómo hablarle a una mujer por la que siente algo más que una atracción física. Sus ojos son más elocuentes que sus labios. No puedo negar que me atrae mucho. Es como una roca capaz de soportar el más violento de los huracanes, precisamente lo que necesito en medio de la incertidumbre que me rodea, si bien por él no siento lo que me llevó a los brazos de Robert. Todavía no...

Estoy segura de que a Jessie le gusta el esclavo Jack, aunque no quiere admitirlo. «Es un bruto», dice con aparente desprecio. Ella, que lee y escribe como cualquier blanco, se sabe muy superior al pobre Jack, que lo único que parece tener es una fuerza descomunal y una energía inagotable.

 

Diciembre 3

Una tormenta, que apareció sin la menor advertencia, nos ha obligado a recoger velas y acercarnos a la costa mexicana en busca de protección. Vivimos momentos de desasosiego cuando el viento levantó olas inmensas que vapulearon sin piedad al California y obligaron a despejar la cubierta. En medio de la incertidumbre, el capitán Forbes vino a nuestro camarote para asegurarse de que estábamos bien. Mi estado de pánico lo movió a abrazarme para susurrarme al oído que él velaría siempre por mi seguridad y que pronto pasaría el peligro. ¡Cuán reconfortantes y seguros aquellos brazos! Jessie, que contemplaba la escena, por un momento dejó a un lado su expresión de terror y sonrió con complicidad.

Esa noche, cuando la tormenta había dado paso a una calma fantasmal, subí a cubierta en busca de Cleveland para agradecerle su preocupación por nuestro bienestar. Me recibió en el puente de mando y en silencio se aproximó, me tomó en sus brazos y me besó. No rechacé aquel beso entre tímido y apasionado. Era el primero en mucho tiempo, tan dulce, tan ingenuo, pero tan ardoroso que sólo después de separar mis labios de los de Cleveland acudió a mi mente el recuerdo de Robert y la pasión se confundió con un sentimiento de culpa imposible de acallar. Después me retuvo en sus brazos, hundió sus ojos grises en mi alma y me dijo con ternura que se había enamorado de mí. Suavemente me desprendí de él y regresé a mi habitación. Mientras el sueño revoloteaba en vano, lloré calladamente y volví a sentir el aliento fuerte, la barba sedosa y las ganas de amar de Cleveland. Aquello ¿era amor o solamente ese deseo instintivo que desde el origen del mundo rige las relaciones del hombre y la mujer? ¿Por qué, implacable, viene a mí la sonrisa de John Stephens?

 

Diciembre 5

Para asistir a la cena que ofrece esta noche el capitán a sus tres pasajeros, Jessie me ha obligado a sacar del baúl un vestido que, según ella, me hará lucir como la mujer bella y civilizada que soy. Aunque finjo desdén, siento una gran curiosidad por saber si todavía, después de casi dos años de vestir y actuar como una salvaje, puedo parecer la dama elegante del Este que fui una vez. Antes de que pueda mirarme al espejo, Jessie insiste en maquillarme. «Como antes, señora, como antes», repite entusiasmada, y luego, con picardía, me deja saber lo mucho que impresionaré al capitán. «¿Qué te hace pensar que quiero impresionarlo?», pregunto, para seguir el juego. Sin responder me asegura que formamos una bella pareja y que si nos casamos tendremos hijos muy hermosos. «Igual que tú y Jack», la puyo. Para sorpresa mía, Jessie me mira con sus enormes ojos oscuros y dice, muy seria: «En realidad me gusta ese negro bruto, pero tiene mucho que aprender». Ambas reímos. Jessie me lleva ante el espejo, y yo quedo sorprendida con la imagen que me devuelve.

Cuando aparezco en el comedor, profusamente iluminado, mis compañeros de viaje se deshacen en piropos. Cleveland se acerca muy formal, me besa la mano y me dice quedamente que soy la mujer más hermosa que ha surcado el Pacífico. Durante la cena, el abogado y el pastor, estimulados por el vino, cuentan sus peripecias en la tierra del oro. Yo les cuento mi tragedia y en sus gestos adivino que ambos piensan que el capitán se encargará de remediar mi temprana viudez. ¿O será que mi sentido de culpa me traiciona? Lo cierto es que se apuran por terminar el café, rechazan el cigarro que les ofrece el capitán y nos dejan solos. Cleveland me da la mano y me invita a contemplar la noche. «Estamos frente a la costa sur de México y jamás verás brillar tantas estrellas en el firmamento». Es cierto. La noche parece un diluvio de diminutos diamantes. Nos besamos apasionadamente largo rato. No sé de dónde saqué fuerzas para desprenderme de su intenso abrazo.

 

Diciembre 16

DURANTE VARIOS DÍAS LA PLUMA HA ENMUDECIDO, COMO SI EL IMPACTO DE BESAR A OTRO HOMBRE ME HUBIERA CONDENADO A UN VOTO DE SILENCIO. CLEVELAND SE DESESPERA ANTE MI MUTISMO; LE HE PEDIDO QUE ME PERMITA ENCONTRAR EL SENTIDO DE LO QUE OCURRE ENTRE NOSOTROS. NO, ÉL NO TIENE LA CULPA DE NADA, AL CONTRARIO. JAMÁS SOSPECHÉ QUE EXISTIERA TANTA TERNURA EN UN HOMBRE. ME ATORMENTA NO SABER SI REALMENTE LO AMO , SI SERÍA CAPAZ DE VIVIR CON ÉL EL RESTO DE MI VIDA. Y EN MEDIO DE MI DESASOSIEGO, DE MIS REMORDIMIENTOS Y MIS ANGUSTIAS PIENSO EN JOHN STEPHENS, Y ENTONCES LOS SENTIMIENTOS DE CULPA NO SON POR ROBERT, SINO POR CLEVELAND. ¿CÓMO SALIR DE ESTE TORBELLINO QUE ME SACUDE?

 

Diciembre 19

Dentro de aproximadamente diez días arribaremos a Panamá. Ayer, finalmente, sostuve una larga conversación con Cleveland. Me ha dicho que su amor por mí es sincero y para siempre y me ha pedido que lo acepte como esposo. Le he respondido que, aunque creo que lo quiero, no estoy preparada para un nuevo matrimonio y le he rogado que permita que el tiempo nos ayude a encontrar rumbos.

Ante su temor de no volver a verme le he asegurado que me quedaré en Panamá mientras tomo una decisión y se ha tranquilizado un poco. «Si me lo prometes, seguiré navegando hasta que tu alma se aquiete y puedas resignarte a la idea de pasar conmigo el resto de tus días. Te aseguro que entonces abandonaré el mar». Me ha jurado que a su lado seré feliz, verdaderamente feliz. ¡Ah, Cleveland, qué poco conoces el corazón femenino! No es la felicidad lo que nos importa; es el amor quien manda, aunque nos haga infelices. He aquí la gran contradicción de nuestras vidas.

 

Enero 2, 1850

HOY HEMOS DESEMBARCADO EN PANAMÁ. AQUELLA VILLA APACIBLE QUE CONOCÍ DEL BRAZO DE JOHN STEPHENS ES AHORA UN VERDADERO INFIERNO. COMO HONGOS HAN BROTADO TABERNAS Y PENSIONES, LA INMENSA MAYORÍA CON LETREROS EN INGLÉS. AVENTUREROS DE TODAS LAS CALAÑAS PULULAN POR LAS CALLES, EXHIBIENDO, COMO TROFEOS, SUS ARMAS, SU ARROGANCIA Y SU FALTA DE CULTURA. EL VESTÍBULO DEL HOTEL EN EL QUE CONOCÍ A JOHN SE HA TRANSFORMADO EN UN GRAN SALÓN DE JUEGOS DONDE LAS PROSTITUTAS SE PASEAN SIN RECATO. AUNQUE LA INTENSA ACTIVIDAD ECONÓMICA SIN DUDA TRAERÁ RIQUEZA Y PROSPERIDAD, COMPADEZCO A LOS HABITANTES QUE DEBEN SOPORTAR , IMPOTENTES, LA VULGARIDAD QUE LES HA LLEGADO CON LOS BUSCADORES DE ORO. NO ME SIENTO CAPAZ DE PERMANECER AQUÍ POR MUCHO TIEMPO Y ASÍ LO HA COMPRENDIDO CLEVELAND. HEMOS HABLADO CON EL REPRESENTANTE LOCAL DE HOWLAND & ASPINWALL, WILLIAM NELSON, QUIEN HA PROMETIDO HACERSE CARGO DE MÍ. EL POBRE CLEVELAND DEBE SEGUIR RUMBO A CALLAO PORQUE EN PANAMÁ NO EXISTEN NI LOS MATERIALES NI LOS ARTESANOS QUE HACEN FALTA PARA TERMINAR DE RESTAURAR EL CALIFORNIA. AL DESPEDIRLO SIENTO MÁS ALIVIO QUE PENA PORQUE AHORA TENDRÉ TIEMPO PARA PENSAR Y AUSCULTAR MIS EMOCIONES . MI FUTURO SIGUE SIENDO UN GRAN SIGNO DE INTERROGACIÓN.

 

Enero 15

William Nelson, a cuyo cuidado me ha dejado Cleveland, no es un hombre de mi agrado. Rechoncho, la cara picada de viruela, por más que trata de ser amable hay algo en él que me incomoda. Parece que su único interés fuera el de participar en cuanta oportunidad olfatee su muy aguzada nariz de comerciante. A pesar de que el cargo que desempeña como representante de Howland & Aspinwall es de los más importantes de la ciudad, sobre todo ahora que los miles de aventureros que pasan por aquí rumbo a California dependen de él para asegurar un puesto en los barcos que cubren la ruta, el individuo emplea gran parte de su tiempo especulando en bienes raíces y tratando de iniciar nuevos negocios. Debo admitir, sin embargo, que es un hombre sumamente eficiente pues, aun cuando la empresa naviera no ha logrado establecer un servicio regular, se las ingenia para colocar argonautas en cualquier cosa que flote. No importa si se trata de cargueros o de pequeñas embarcaciones de cabotaje, Nelson logra convencer a los capitanes de que transporten sus pasajeros hasta California.

Lo último que me ha dicho, porque el caballero alardea de todo cuanto hace, es que piensa adquirir una recua de mulas para dar servicio entre Cruces y Panamá hasta que concluya la obra del ferrocarril. Según afirma, el actual es muy deficiente y poco confiable, por lo que pronto tendría el monopolio absoluto de la ruta. Disimulando mi interés, pregunté por el avance de las obras del ferrocarril y poco a poco la conversación derivó hacia John Stephens. «El presidente de la compañía del ferrocarril tuvo que regresar a Nueva York para resolver algunos problemas inesperados. Su intención era llegar hasta California y allí contemplar con sus propios ojos la fiebre del oro», me dijo Nelson, y yo, ilusa, pensé si sería éste su verdadero interés. A mi pregunta de cuándo regresaría el señor Stephens, Nelson respondió que realmente lo ignoraba, aunque estaba seguro de que muy pronto lo vería de nuevo por Panamá. «Stephens tiene la afición de viajar y describir lo que sus ojos observan. Ha publicado varios libros. ¿No los ha leído usted? Se trata de un hombre fascinante a quien le agradaría conocer». Yo me limité a sonreír.

 

Febrero 16

UNA NUEVA TRAGEDIA SE CIERNE SOBRE MÍ. JESSIE, MI FIEL Y AMADA JESSIE, HA CAÍDO ENFERMA, VÍCTIMA DE LA EPIDEMIA DE CÓLERA QUE AZOTA LA CIUDAD DE PANAMÁ DESDE HACE VARIAS SEMANAS. SEGÚN AFIRMA NELSON, Y LO CORROBORAN LOS MÉDICOS, LA PLAGA LLEGÓ CON UNO DE LOS GRUPOS DE AVENTUREROS QUE PASARON RUMBO A CALIFORNIA. LAS ENFERMEDADES SON LA PEOR DE LAS DESGRACIAS QUE LA INVASIÓN DE EXTRANJEROS HA TRAÍDO A ESTA DESAPERCIBIDA VILLA. «JUNTO A LOS DÓLARES Y EL ORO NOS LLEGAN LOS VICIOS Y LAS FIEBRES», SE HA LAMENTADO EL DOCTOR ICAZA, UN PANAMEÑO MUY AGRADABLE Y COMPETENTE QUE HA VENIDO A ATENDER A JESSIE. SU DIAGNÓSTICO NO DA LUGAR A MUCHAS ESPERANZAS. «ESTÁ MUY GRAVE. QUE SOBREVIVA DEPENDERÁ DE SU FORTALEZA», SENTENCIÓ. LA POBRE JESSIE ME MIRA CON AQUELLOS OJOS ENORMES QUE HAN PERDIDO SU BRILLO. YO PROCURO CALMARLA Y LE ASEGURO QUE PRONTO ESTARÁ MEJOR. DESDE QUE ENFERMÓ , JACK NO SE SEPARA DE SU LADO.

 

Febrero 28

Ayer murió Jessie. El día antes de perder la conciencia, cuando sabía que se iba, me confió el único de sus secretos: en el momento de enfermar esperaba un hijo de Jack. «La criatura se irá conmigo y Jack se quedará muy triste y muy solo. Es un hombre bueno y le pido que lo cuide como cuidó de mí».

Jack me acompañó a enterrarla y me pidió que en la lápida incluyera también el nombre del hijo malogrado. «Se habría llamado Cleveland», me dijo y yo me estremecí. Sólo entonces pude comprender lo mucho que el capitán Forbes significa para el antiguo esclavo. ¡Cuánto extrañaré a mi buena Jessie! Jack me ha pedido que le permita velar por mí, como lo hacía Jessie. Por supuesto que sí, Jack. Nos cuidaremos mutuamente.

Marzo 10

PARA CUMPLIR UNA PROMESA QUE ME HICE DURANTE LA ENFERMEDAD DE JESSIE, ESTA MAÑANA VISITÉ EL HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS. COMO TODO EN ESTA CIUDAD, EXCEPTO LAS TABERNAS, LOS HOTELES Y LAS SALAS DE DIVERSIÓN, SE TRATA DE UN EDIFICIO MUY DETERIORADO QUE, SIN DUDA, HA CONOCIDO MEJORES DÍAS . LAS CAMAS NO ALCANZAN, MUCHO MENOS CUANDO ALGUNA EPIDEMIA AZOTA LA CIUDAD. EL DOCTOR ICAZA SE HA MOSTRADO MUY COMPLACIDO POR MI INTERÉS EN OFRECERME COMO VOLUNTARIA . «CON LA MAREJADA DE AVENTUREROS QUE NOS LLEGAN TODAS LAS SEMANAS, Y LAS ENFERMEDADES QUE NOS DEJAN, EL TRABAJO SE HA INTENSIFICADO Y REALMENTE NOS HACE FALTA ALGUIEN QUE PUEDA ENTENDERSE CON ELLOS EN SU LENGUA». TENGO ALGUNOS CONOCIMIENTOS DE ENFERMERÍA Y EL CUIDADO DE JESSIE ME HA MOSTRADO UN NUEVO CAMINO. ME INTERESA, SOBRE TODO, VELAR POR LA SALUD DE LOS NIÑOS.

 

Marzo 29

DADAS LAS PRECARIAS CONDICIONES EN QUE LABORAMOS, EL TRABAJO EN EL HOSPITAL ES ARDUO Y, A VECES, NO MUY AGRADABLE. FALTA DE TODO: MÉDICOS , ENFERMERAS, MEDICAMENTOS Y EQUIPO ADECUADO. LO ÚNICO QUE SOBRA SON ENFERMOS. ASÍ COMO ME COMPADEZCO DE LOS QUE LLEGAN VÍCTIMAS DE ALGUNA DOLENCIA, DESPRECIO A LOS QUE SE PRESENTAN PARA QUE SE LES ATIENDAN HERIDAS CAUSADAS POR LAS FRECUENTES RIÑAS QUE LLENAN EL OCIO DE LOS QUE AGUARDAN UN BARCO QUE LOS LLEVE A EL DORADO.

 

Abril 18

AYER, EUFÓRICO Y CARGADO DE REGALOS, REGRESÓ CLEVELAND. ESA MISMA TARDE ME HIZO ACOMPAÑARLO A VER UN RENOVADO E IRRECONOCIBLE CALIFORNIA . EN LA CABINA VOLVIÓ A DECLARARME SU AMOR Y A BESARME CON PASIÓN LARGAMENTE REPRIMIDA, A LA QUE RESPONDÍ CASI CON FRIALDAD. «¿OCURRE ALGO, ELIZABETH? ¿HAY ALGUIEN MÁS?». LE CONTÉ DE LA MUERTE DE JESSIE Y MI TRABAJO EN EL HOSPITAL. «NO HAY NADIE EN MI VIDA, CLEVELAND. EL PROBLEMA SOY YO Y LA INCERTIDUMBRE CON LA QUE MIRO HACIA EL FUTURO . NECESITO MÁS TIEMPO». Y MIENTRAS HABLABA, EL RECUERDO DE JOHN STEPHENS INTENSIFICABA MIS DUDAS.

 

Mayo 1

PRESIONADO POR NELSON Y LOS ARGONAUTAS, CLEVELAND HA PARTIDO CASI ENSEGUIDA HACIA SAN FRANCISCO EN UN VIAJE QUE LO MANTENDRÁ NAVEGANDO POR LO MENOS DOS MESES. AUNQUE LO EXTRAÑO, UNA PLACENTERA PAZ SE APODERA DE MI ESPÍRITU CUANDO SE ALEJA. ¿POR QUÉ? ¿ME ACOSTUMBRO ACASO A LA SOLEDAD? ¿O ES QUE NO AMO A CLEVELAND? DISFRUTO, SÍ, DE SU COMPAÑÍA Y SU TERNURA, PERO NO ALCANZO A IMAGINAR TODA UNA VIDA A SU LADO. A DECIR VERDAD, A VECES LO SIENTO COMO UN HERMANO , UN ADORABLE HERMANO MAYOR. NO SÉ POR QUÉ HE ALIMENTADO SUS ESPERANZAS.

 

Mayo 24

ESTA MAÑANA ACUDÍ A LA OFICINA DE WILLIAM NELSON PARA INFORMARLE QUE HABÍA ENCONTRADO UNA VIVIENDA ADECUADA A MIS NECESIDADES Y QUE PRONTO DEJARÍA LA PEQUEÑA CASA QUE OCUPO JUNTO A LA SUYA. EL CORAZÓN ME DIO UN VUELCO CUANDO SU ASISTENTE, UN JOVEN PERUANO, ME INFORMÓ QUE EL SEÑOR NELSON SE ENCONTRABA REUNIDO CON UN REPRESENTANTE DEL FERROCARRIL. PERO QUIEN AL CABO DE UNOS MINUTOS SALIÓ DE LA OFICINA DE NELSON NO FUE JOHN STEPHENS, SINO UN ADUSTO PERSONAJE A QUIEN NELSON ME PRESENTÓ COMO GEORGE TOTTEN. EL HOMBRE SE REMOVIÓ EL SOMBRERO, SE INCLINÓ PARSIMONIOSAMENTE Y, SIN PRONUNCIAR UNA SOLA PALABRA , SALIÓ DE LA OFICINA. «EL CORONEL TOTTEN TIENE A SU CARGO LA CONSTRUCCIÓN DEL FERROCARRIL Y HA VENIDO EN BUSCA DE MANO DE OBRA. SEGÚN ME CUENTA, DE CINCUENTA BRACEROS QUE TRAJO DE CARTAGENA, MÁS DE LA MITAD HAN MUERTO POR LA FIEBRE DE LOS PANTANOS . LE HE HECHO SABER QUE DUDO QUE AQUÍ CONSIGA GENTE DISPUESTA A DEJAR EL DINERO FÁCIL QUE CORRE POR LAS CALLES PARA IR A CLAVAR RIELES EN LA SELVA». ANTES DE QUE YO PREGUNTARA ME DIJO QUE ERA PROBABLE QUE STEPHENS REGRESARA PRONTO AL ISTMO. ¿POR QUÉ ESTA INMENSA Y SÚBITA ALEGRÍA ?

 

Junio 2

A partir de hoy tengo un nuevo oficio. Un compatriota, el señor Judson Ames, enterado no sé cómo de mi afición por la escritura, me ha pedido que colabore como redactora de The Herald, periódico que acaba de fundar. La historia de Ames es fascinante. Decidido a fundar el primer periódico de San Francisco, adquirió una imprenta manual y se embarcó con ella en Nueva Orleans rumbo a Chagres. Tras desembarcar, con mucha dificultad logró subirla a una barcaza, con tan mala suerte que en la mitad del trayecto la maquinaria se soltó y cayó al río. Como pudo la rescató del fondo lodoso y prosiguió su viaje. En Cruces, la colocó sobre el lomo de dos mulas y la trajo hasta Panamá. Mientras la limpiaba y reparaba, su barco partió sin él. Como buen aventurero, cambió de planes y decidió imprimir un periódico destinado a los miles de norteamericanos que pasan por aquí rumbo a las minas. «Pero, señor Ames, Panamá es una ciudad pequeña y ya circula un periódico editado en inglés», le recordé yo. «Así es, pero The Star de periódico no tiene nada. No es más que un tabloide que sale irregularmente para anunciar la llegada y el zarpe de los barcos y otros temas relacionados con la navegación. The Herald, en cambio, saldrá cada viernes con noticias de lo ocurrido en los Estados Unidos, en California y en Panamá, publicará artículos de interés general y se ofrecerá también a los comerciantes, locales y foráneos, para que anuncien sus productos. Además, pienso acercarme a las autoridades para que vean en The Herald un órgano informativo que les permita divulgar noticias oficiales de modo que los viajeros sepan lo que el gobierno espera de ellos». El señor Ames, hombre muy persuasivo y tenaz, me ofreció una cuarta parte de los beneficios que rinda la empresa. Acepté y ya empieza a cautivarme el mundo de las noticias.

Mi vida se va ligando a esta villa cuyo presente es un caos y su futuro una incógnita. En eso nos parecemos esta ciudad y yo.

 

OceanofPDF.com