El caballo de oro
Capítulo 1
PRIMERA PARTE
«Los hombres que hacen la historia no tienen tiempo para escribirla».
METTERNICH
OceanofPDF.com
1
William Henry Aspinwall se levantó de su escritorio y se acercó al ventanal que daba sobre los muelles de South Street. A sus cuarenta años era un hombre elegante, de mediana estatura, robusto sin ser gordo. El cabello, cuidadosamente peinado, caía sobre la barba oscura que contrastaba con la albura del rostro y el azul celeste de los ojos, tan claros que se diría que Aspinwall no tenía nada que ocultar. Su figura y expresión eran las de una persona sincera, afable y bondadosa, cualidades que lo distinguían de los demás líderes de empresa neoyorquinos. Entre sus pares y amigos, el presidente y director ejecutivo de Howland & Aspinwall tenía reputación de justo y ecuánime, atributos difíciles de adquirir en el rudo mundo de los negocios marítimos, donde la expresión «lobo de mar» no describía únicamente a los curtidos capitanes de navío.
Con las manos cruzadas detrás de la levita, William contempló el bosque de jarcias y mástiles desnudos que se balanceaban bajo la mortecina luz de la tarde. Aquel año de 1847 los rigores del invierno habían caído prematuramente sobre Nueva York y al final del día era poca la actividad que se observaba en los muelles. Entre los mástiles distinguió sin dificultad los más altos y angostos del Rainbow, el más rápido de todos los buques de vela que integraban la flota de Howland & Aspinwall. Con mucha paciencia había logrado William persuadir al resto de los socios de la necesidad de construir barcos cuya velocidad fuera capaz de satisfacer el ritmo siempre creciente de los negocios. Gracias a su visión y entusiasmo, la firma era ahora propietaria de los cuatro veleros más veloces que surcaban las aguas del Pacífico, yendo y viniendo del Lejano Oriente. Además del Rainbow, los clíper Natchez, Ann McKim y Sea Witch hacían de Howland & Aspinwall la empresa con mayor empuje en el inconmensurable mercado de la China. El resto de sus embarcaciones explotaban con igual éxito el comercio en el Mediterráneo, en las Indias Occidentales y en la América del Sur. William Aspinwall, sin embargo, sentía un cariño especial por el Rainbow, que en el mundo marítimo ostentaría siempre la distinción de haber sido el primer clíper en surcar los mares a velocidades nunca antes alcanzadas, desplegando orgullosamente su enorme velamen sobre la estilizada silueta del casco, del que había desaparecido la excesiva redondez de popa de las viejas embarcaciones. Sabía que muy pronto el vapor sustituiría al viento, pero en los anales de la navegación el nombre de Howland & Aspinwall quedaría inscrito como la firma naviera que lanzó al mundo el primer clíper .
Sin embargo, la razón que motivaba la reunión de socios próxima a celebrarse no guardaba relación directa con la construcción de nuevos barcos. En la mente del presidente de la Junta Directiva de Howland & Aspinwall bullían ideas de mucha más trascendencia cuando la voz del ujier lo sacó de sus meditaciones.
—Ya están aquí todos los socios.
—¿Llegó también tío Samuel?
—Sí, señor. A pesar del frío que hace allá afuera, fue el primero en llegar.
La biblioteca, que hacía las veces de sala de reuniones, estaba ubicada al fondo del segundo piso, a pocos pasos del despacho del presidente. Igual que el resto de las oficinas, se trataba de una habitación sobria, de madera oscura y muebles sólidos y pesados. La ventana, pequeña en comparación con el tamaño de la estancia, daba sobre Jones Court, una de las oscuras callejuelas laterales que desembocaban en South Street, por lo que aún durante el día se requería la luz de las bujías para iluminar la habitación. En la pared del fondo colgaban los grabados a tinta de los navíos que integraban la flota de Howland & Aspinwall. Estos dibujos, un enorme mapamundi, situado frente a la ventana, y una pequeña bandera azul y blanca, colocada en el centro de la mesa, eran los únicos adornos. Cuando William entró por la puerta que abría al pasillo, le esperaban sentados alrededor de la mesa sus tíos Samuel Howland y Gardiner Greene, fundadores de la firma, su hermano John Lloyd Aspinwall y su primo William Edgar Howland, hijo único del tío Samuel.
—Buenas tardes. Les agradezco que hayan asistido a pesar del corto aviso, sobre todo a usted, tío Samuel.
Todos comprendían que la presencia del viejo Sam Howland significaba que esa tarde se abordarían asuntos trascendentales.
—¿De qué se trata esta vez? —preguntó el tío Samuel sin más preámbulo.
—De algo sumamente importante que requiere del consejo y decisión de la junta de socios —respondió William mientras se sentaba a la cabecera de la mesa—. Ayer, finalmente, después de larga espera, el gobierno aprobó el traspaso a nuestra firma de la concesión para la explotación del servicio marítimo entre Panamá y Oregon que nos hizo Arnold Harris.
—¿Significa que ese sinvergüenza especulador queda definitivamente fuera?
—Así es, tío Samuel. La concesión y el subsidio para el transporte de correos ahora pertenecen, exclusivamente, a nuestra nueva empresa, Pacific Mail Steamship Company. El término de la concesión es de diez años, prorrogables, y el subsidio anual que nos otorga el gobierno para transportar el correo será de ciento noventa y nueve mil dólares. Uno de los propósitos de esta reunión es aprobar formalmente los contratos de construcción de los tres navíos que contempla la concesión. Como ya hemos visto, se trata de embarcaciones de alrededor de mil toneladas, con doscientos pies de eslora, treinta y cuatro de manga y veintiuno de calado, movidas a vapor por ruedas de paletas de madera y tres mástiles con velas de apoyo. La mejor cotización la hemos recibido del astillero William Webb & Co., que ofrece construir cada uno de los navíos a un costo de doscientos mil dólares. Hemos escogido los nombres de California, Oregon y Panamá.
—Aparte de los nombres, que no tienen mayor importancia, todo lo demás es historia sabida, William —interrumpió Samuel Howland, impaciente—. Ya hemos discutido bastante sobre el riesgo que significa montar una empresa con medio millón de dólares de capital, además de préstamos por otro medio millón, con el propósito de explotar una ruta en la que todavía hoy casi no existen puertos ni comercio. Pero te dimos un voto de confianza y seguiremos adelante. Si lo que quieres ahora es un acta formal para la aprobación de los contratos de construcción, cuenta con ella.
William Aspinwall miró con detenimiento a su tío y sonrió casi con mansedumbre.
—Ni nuestra inversión inicial ni los préstamos serán tan cuantiosos. Tengo en mi poder documentos firmados por posibles inversionistas que están dispuestos a aportar hasta el cuarenta por ciento del capital de la nueva empresa naviera.
William se levantó, se dirigió a la ventana y le dio vueltas al mapamundi hasta encontrar el sitio deseado.
—He estado analizando los hechos que movieron a nuestro gobierno a otorgar concesiones y subsidios para el transporte marítimo, una en el Atlántico, entre la Costa Este de los Estados Unidos y Panamá, y otra en el Pacífico, entre Panamá y la Costa Oeste. El propósito fundamental es, por supuesto, disponer de un servicio postal que les permita mantener contacto permanente y fluido con Oregon y California, además de contar con navíos que de manera regular y segura lleven a los funcionarios y los militares que administrarán y custodiarán las nuevas posesiones. Se trata de zonas de gran extensión y enorme potencial y nuestras naves transportarán todo lo que haga falta para su desarrollo, incluidas familias enteras que irán en busca de nuevos horizontes. Por lo pronto, de allá se están exportando, aunque en poca cantidad, pieles, cueros y maderas preciosas. Este desarrollo de la Costa Oeste...
—Perdona que interrumpa, William, pero creo que los que estamos aquí reunidos conocemos todo esto. Además, sabemos también que el contrato más jugoso nos lo ganó George Law, quien tendrá el monopolio de la mucho más productiva ruta del Atlántico.
—Así es, tío Samuel, así es. Pero los antecedentes son necesarios para explicar mi propuesta.
—¡Oigámosla de una vez por todas! —exclamó inquieto el viejo Howland.
—Decía que el desarrollo de la Costa Oeste constituye una prioridad en los planes de Washington, sobre todo ahora que se vislumbra la terminación de la guerra con México y la incorporación de California como territorio de la Unión. Quiérase o no, el transporte entre el Este y el Oeste será cada vez más intenso y la ruta de Panamá es la más rápida y económica. La del cabo de Hornos es muy larga y arriesgada, tanto como lo es atravesar los Estados Unidos en carreta o a caballo. A lo que voy es que tenemos que concentrar nuestra atención en el desarrollo de la ruta de Panamá. Actualmente los pasajeros y la carga llegan a Chagres, un villorrio en la costa atlántica del istmo, que apenas cuenta con un muelle. De allí navegan por el río del mismo nombre para luego continuar a lomo de mula hasta Panamá, donde vuelven a embarcarse rumbo a San Francisco. Debo añadir que tan consciente está nuestro gobierno de la importancia de la ruta del istmo que el año pasado celebró un tratado con Nueva Granada para protegerla y asegurar su control. Lo que yo propongo, en pocas palabras, es construir una vía de comunicación eficiente a través de Panamá.
Las últimas palabras de Aspinwall sacaron de su sopor a los socios.
—¿Qué clase de vía? —preguntó enseguida el tío Samuel.
Aspinwall intercambió miradas con su hermano John y su primo William Edgar.
—En realidad, aún no lo sabemos. Habrá que estudiar a fondo el asunto. Lo que sí sabemos es que si lo logramos no solamente seremos la empresa de transporte más importante en el desarrollo de los nuevos territorios del Oeste sino que, al mismo tiempo, estaremos abaratando costo y distancias en nuestro comercio con China y el Lejano Oriente. Lo pueden apreciar mejor aquí, en el mapamundi.
Precedidos por Samuel Howland, los socios se acercaron para seguir de cerca las explicaciones de William Aspinwall.
—Actualmente nuestra área más importante de comercio, que representa casi tres cuartas partes de los ingresos, son los mercados del Caribe, América del Sur y Europa. Todos sabemos, sin embargo, que el Lejano Oriente es, con mucho, el mercado que más potencial ofrece, sólo que la distancia impide desarrollarlo adecuadamente. Si abrimos un paso a través de Panamá que una los dos océanos, China nos quedaría a la vuelta de la esquina.
—¿No estarás pensando en un canal? —preguntó casi con sorna su tío Gardiner Green.
—Como dije, aún no estoy seguro.
—¡Desciende de las nubes, William! —exclamó el viejo Howland —. Desde la época de la colonia se ha estado hablando de un canal por Panamá y jamás se ha concretado nada.
—Lo sé, lo sé. Acepto que el canal sería una empresa muy ambiciosa y especulativa, pero un ferrocarril sería mucho más factible. ¿No les parece?
—¿Un ferrocarril? —El tío Samuel meditó un momento—. ¿No es también una idea descabellada? Y ¿qué piensan de todo esto tu hermano John y tu primo William Edgar, que hasta ahora no han abierto la boca?
Quien respondió fue el joven Howland.
—Will ha estado consultando el asunto con nosotros, papá. Creemos que vale la pena explorarlo.
—¿Y por qué nadie había dicho nada?
—Porque antes queríamos estar seguros de contar con la concesión postal en el Pacífico —respondió John Aspinwall.
—Un ferrocarril... —musitó, más calmado, el más viejo de los socios mientras regresaba a su silla.
William Aspinwall esperó a que todos estuvieran sentados antes de continuar.
—Lo que necesito de ustedes es la autorización para explorar la posibilidad de construir un canal o un ferrocarril a través del istmo de Panamá.
—¿Por qué insistes en hablar de un canal? Suficiente complicación será construir una vía férrea, en lo que no contamos con ninguna experiencia.
—Es verdad, tío Gardiner. Por eso he pedido la colaboración de dos individuos que pueden ayudarnos a tomar la decisión. Ellos aguardan en la antesala y si me permiten los hago pasar.
—Que pasen, que pasen —masculló el tío Samuel. En su ánimo la curiosidad parecía haber sustituido a la impaciencia.
Minutos después, William Aspinwall regresaba seguido de dos hombres a quienes presentó como el abogado John Lloyd Stephens y el ingeniero James Baldwin. Ambos aparentaban alrededor de treinta y cinco años, pero no podían ser más diferentes: alto, delgado, de rasgos finos y elegantemente vestido, Stephens; bajo, cuadrado y enfundado en un abrigo en el que se adivinaba un uso prolongado e inmisericorde, Baldwin. El abogado procedió a dar la mano con finos modales a cada uno de los socios mientras Baldwin se limitó a pronunciar unas palabras ininteligibles e inclinar brevemente la cabeza antes de tomar asiento.
—El ingeniero James Baldwin tiene una vasta experiencia en la construcción de ferrocarriles. Además, recientemente trabajó en Nueva Granada, muy cerca del istmo, en la apertura del Canal del Dique, la vía acuática que unió el río Magdalena con la bahía de Cartagena. John Lloyd Stephens, quien desde hace muchos años abandonó la práctica de las leyes, es un experimentado viajero que conoce mejor que nadie la región centroamericana, incluyendo Panamá. Además...
El tío Gardiner interrumpió a William.
—¿Es usted el famoso escritor? —preguntó.
—A sus órdenes —respondió Stephens.
—He leído todas sus obras y soy uno de sus admiradores. Gracias a usted he podido visitar países y lugares a los que nunca viajaré: Egipto, Arabia, Tierra Santa, Turquía, Rusia, y no sé cuántos más. También ha descubierto y revelado usted al mundo la cultura milenaria de los mayas. Realmente, es un honor tenerlo entre nosotros.
—Le estoy muy agradecido —respondió el aludido, inclinándose levemente.
—Debo añadir —intervino Aspinwall, satisfecho— que, a petición del presidente Van Buren, John Lloyd recorrió Centroamérica en 1839, precisamente con el propósito de explorar las posibilidades de construir un canal o un ferrocarril interoceánico. Además, habla español y gracias a sus viajes mantiene excelentes contactos con las autoridades de Nueva Granada, que nos serán muy útiles a la hora de negociar la concesión para la construcción de la vía que escojamos.
—Espero que usted no comparta con mi sobrino la quimera de construir un canal a través del istmo —refunfuñó el tío Samuel.
—Sería una obra grandiosa, pero en mi opinión imposible de realizar por ahora. Algún día los buques cruzarán de uno a otro océano a través del istmo de Panamá, pero me temo que ninguno de los aquí presentes vivirá para verlo.
«Otro soñador», pensó el viejo Howland, mientras con los dedos huesudos de su mano derecha tamborileaba sobre la mesa.
—En cambio, un ferrocarril es perfectamente factible.
El que había hablado era Baldwin.
—¿Quisiera explicarnos qué le hace pensar así? —preguntó el tío Gardiner.
—La distancia entre ambos océanos es relativamente corta en el istmo, unas cincuenta millas, y entiendo, además, aunque esto habrá que comprobarlo en el campo, que la altura de la cordillera es menor que en el resto de la región. No sé si lo saben, pero para construir una vía férrea se requiere que la máxima elevación sea inferior a seiscientos pies; de otra manera, la locomotora no tendría fuerza para arrastrar los vagones.
—No, no lo sabíamos —respondió Gardiner—. En realidad no conocemos nada sobre ferrocarriles.
—Hemos hecho planes —dijo Aspinwall— para que Stephens y Baldwin se embarquen inmediatamente rumbo a Panamá a fin de comprobar la viabilidad del proyecto. Ya acordamos las condiciones generales bajo las cuales prestarán sus servicios a Howland & Aspinwall y solamente quedan por afinar algunos detalles.
—¿Y qué condiciones son ésas? —quiso saber el tío Samuel.
—Aparte de que cubran mis gastos, no espero nada por desplazarme a Panamá —se adelantó Stephens—. Para mí el viaje será una nueva oportunidad de continuar compartiendo con los lectores mis experiencias en regiones ignotas. Sin embargo, si la empresa decide construir la vía férrea, entonces William sabe de mi interés por participar en la aventura como accionista y director.
—Además —añadió Aspinwall—, si concluyen que el proyecto es viable, seguirán hasta Bogotá para obtener de las autoridades de la Nueva Granada un compromiso que nos permita llevar a cabo la obra.
—Y si no consiguen nada de los granadinos, nuestro abogado viajero escribirá otro libro —bromeó el viejo Sam.
Stephens rio de buena gana, mostrando unos dientes blancos y parejos bajo el bien cuidado bigote.
—No lo dude, mi estimado señor. Figúrese las cosas que podré contar luego de atravesar el istmo, tomar un navío que me deje en el puerto de Buenaventura para de allí marchar a pie y a lomo de mula hasta alcanzar los tres mil metros en los que los conquistadores españoles, por razones que solamente ellos y Dios entienden, decidieron levantar la muy austera ciudad de Santa Fe de Bogotá.
El que rio ahora fue el viejo Sam.
—Admiro su entusiasmo, joven. ¿Cuándo tienen previsto embarcarse?
—Si ustedes están de acuerdo, mañana mismo zarpa el Liberty del muelle que está justo enfrente de esta oficina. Baldwin y yo ya hemos reservado pasajes.
—Pues ¡buen viaje! Y no crea que porque pronto cumpliré ochenta años he dejado de soñar.
OceanofPDF.com