El castillo en el bosque
Capítulo 3
En todo caso, con la muerte frecuente de los niños, una familia numerosa era una forma más de seguro. Perdías unos cuantos y aún tenías otros.
Por otra parte, técnicamente, él y Klara eran primos. Cuando Alois hizo sus primeras investigaciones en la parroquia de Braunau, descubrió que tendría que rellenar una solicitud.
Ahora bien, debía preocuparse de la mentira que había sido certificada casi nueve años antes, cuando había viajado a Strones con Johann Nepomuk y los tres testigos. ¿Se interpondría aquello en su proyecto de una boda rápida? En el documento oficial él era hijo de Johann Georg Hiedler y por consiguiente primo segundo de Klara. ¿Sería un parentesco demasiado cercano? Si afirmaba ahora que Johann Georg no era en absoluto su padre, tendría que volver a ser Alois Schicklgruber. ¡Ni hablar! Así que él y Klara tendrían que dar el paso de pedir una decisión eclesiástica.
El párroco de Braunau, el padre Koestler, procedió a estudiar el problema.
Al cabo de un mes emitió un dictamen desalentador: no estaba facultado para otorgar dispensas como la que solicitaba Herr Hitler. Klara y Alois tendrían que dirigirse al obispo de Linz. El padre Koestler ayudaría a Alois a escribir la carta.
3
Reverendísimo obispo:
Los que con la más humilde devoción han suscrito lo que sigue desean casarse. Pero según el árbol genealógico adjunto se lo prohíbe el impedimento canónico de una afinidad colateral. Por consiguiente solicitan humildemente de su Ilustrísima les conceda una dispensa basada en los
motivos siguientes:
El contrayente es viudo desde el 10 de agosto del presente año y es padre de dos menores, un niño de dos años y medio (Alois) y una niña de un año y dos meses (Angela), y los dos necesitan los cuidados de una niñera, tanto más porque el padre es un funcionario de aduanas que pasa el día y en ocasiones la noche fuera de casa y no se encuentra, por tanto, en condiciones de supervisar la educación y la crianza de sus hijos. La novia se ha ocupado de ellos desde la muerte de su madre y la quieren mucho. De ahí que haya motivos para deducir que los niños serán bien educados y que el matrimonio será feliz. Además, la contrayente carece de recursos y es improbable que vuelva a tener otra oportunidad de hacer una buena boda.
Por las razones expuestas, los abajo firmantes reiteran su humilde petición de la misericordiosa concesión de una dispensa del impedimento de parentesco.
Braunau am Inn, 27 de octubre de 1884
Alois Hitler, novio
Klara Poelzl, novia
Alois se había hecho amigo del ama de llaves del padre Koestler, una mujer madura y regordeta con luz en los ojos.
Como él a su vez poseía esa misma luz, le enseñó la carta y dijo:
–No se menciona una razón importante para el casamiento. La novia está embarazada.
–Oh, eso ya lo sabemos -dijo ella-, pero no es buena idea dejar una piedra en el sobre.
Tras una pausa para digerirlo, Alois dijo:
–Es un buen consejo. Está muy en su sitio. – Y le puso la mano en el trasero, como para comprobar el centro de su sabiduría. Ella le cruzó la cara.
–¿Cómo ha podido hacer esto? – preguntó Alois.
–Herr Hitler, ¿acaso no le abofetean muchas veces?
–Sí, pero también recibo sorpresas agradables. De buenas mujeres que no son tan altivas y poderosas como usted.
Ella se rio. No pudo evitarlo. Los carrillos de su cara debían de estar tan rojos como el lugar en que él había depositado su cumplido.
–Buena suerte con el obispo de Linz -dijo ella-. Es un hombre tímido.
No hubo noticias de Linz hasta un mes después. El obispo no les concedía la dispensa.
Si Alois había sentido poco afecto por la Iglesia, ahora la despreciaba.
Los clérigos llevan sotanas negras, se dijo, para taparse sus culos blancos como el lirio.
Al padre Koestler le preguntó, con respeto:
–¿Y cuál es ahora el paso siguiente?
–Ahora los eruditos diocesanos tiene que traducir al latín la carta que contiene su petición. De este modo podremos enviarla a Roma. Creo que la curia papal será más receptiva. Suele serlo.
Sí, pensó Alois, estarán lo bastante lejos para no preocuparse de una pareja de austriacos. Al cura le dijo:
–Gracias por sus conocimientos. Aprendo mucho de usted, padre. Creo que en Roma verán que el acto de proporcionar una madre decente a mis dos hijos constituye una buena virtud católica. Es la que yo quiero adquirir.
Sus insinuaciones no fueron pequeñas. Era un pecador que quizás decidiera volver al redil materno.
El padre Koestler estaba tan complacido que le ofreció un buen consejo económico. Como la traducción al latín era onerosa, podría ser sensato firmar una Testimonium pauperatis.
–¿Es decir, una «declaración de pobreza»?
Alois sabía traducir este latín sin ayuda.
–Suprimirá la obligación, Herr Hitler, de pagar la traducción.
Herr Hitler se abstuvo de comentar que como funcionario de la corona se consideraba pudiente, gracias. Y aceptó el consejo. No estaba tan alejado de la sabiduría natural para querer pagar un diezmo que podía ahorrarse.
Tres semanas más tarde, cerca de la Navidad de 1884, Roma concedió la dispensa. Pero Alois y Klara aún tuvieron que esperar. No se celebraban bodas hasta dos semanas después del aniversario del santo nacimiento. Este nuevo retraso resultó aciago para Klara; cuando llegara el momento su barriga de cuatro meses sería visible.
–Tenemos aquí un chico grande -dijo Alois.
–Espero que sí -dijo ella. ¿Qué podía salir de una madre como ella, que se había sentido tan próxima del Maligno en una noche tan crucial? E incluso si el niño vivía, ¿podría estar marcado? La idea rondaba su boda.
Al igual que en muchos casamientos de funcionarios de aduanas, el día se dividió en dos partes. Como diría Klara: «Estábamos en el altar antes de las seis de la mañana, pero a las siete el tío Alois estaba de servicio en su
puesto. Estaba oscuro todavía cuando volvía nuestro alojamiento.»
Por la noche hubo una recepción en la fonda Pommer y Johann Nepomuk, a la sazón ya viudo, hizo el viaje desde Spital a Braunau acompañado de la hermana de Klara, Johanna, que se llamaba como su madre, Johanna Poelzl, quien envió sus «más sentidas disculpas». Tanto mejor, pensó Alois.
La hija de Johanna, que la representaba (y también se llamaba Johanna), era jorobada. Esto dio pie a unas burlas a escondidas de dos funcionarios.
–Sí -dijo uno-, la cuestión es saber si Alois pensará que trae suerte frotarle la joroba.
–No hables tan alto -dijo el otro-. He oído decir que esta cheposa tiene un genio endiablado.
Hubo música. Tocaron un acordeón y Alois y Klara bailaron como pudieron, pero Alois tenía las piernas rígidas. Tantas horas de pie en el servicio no te convertían en un artista del baile.
Otros les siguieron: funcionarios aduaneros y sus mujeres. Una de ellas tenía un hijo lo bastante mayor para bailar una polka vigorosa con la criada recién contratada por los recién casados, una chica de mejillas coloradas y ojos alegres que se llamaba Rosalie, y que también había preparado una pierna de ternera y un lechón asados para colocarlos en el centro del banquete nupcial.
Asimismo había arrojado demasiados leños al fuego. Los demás bailarines pronto desistieron. En la habitación hacía un calor excesivo. A medias enfadado y a medias eufórico, Alois no cesaba de pinchar a Rosalie:
–Oh, ni eres la que tiene prisa en quemar los bienes de un hombre, ¿eh?
Y Rosalie se tapaba las mejillas con las manos y soltaba una risita. Abría los ojos de par en par cuando la provocaban. No era su menor encanto lo pechugona que era, y sus pechos palpitaban después de la polka. Ni siquiera
necesitaba esto para convencer a Klara. Alois se preparaba para su diversión siguiente. Ella recordaría aquella noche durante todos los años venideros, aquellos de tristeza en que el niño Gustav que estaba gestando y los dos que vendrían después, Ida y Otto, morirían el mismo año, Gustav con dos, Ida con uno y Otto con sólo unos meses de vida.
Johann Nepomuk también advirtió el calor que hacía en la habitación y la expresión en los ojos de Rosalie.
–Despide a esa criada -le susurró a Klara, pero ella se limitó a encogerse de hombros.
–La siguiente podría ser peor -le cuchicheó ella en respuesta.
Nepomuk tuvo una pesadilla horrible después de la boda. Le pareció que el corazón le estallaba. Podría haber muerto aquella noche en la cama, pero vivió tres años más. No hay nada más resistente a la rotura que el corazón de un viejo y rudo campesino. Sin embargo, nunca volvió a ser el mismo, un castigo cruel para un viudo anciano que intentaba aferrarse a lo que le quedaba. La muerte le llegó a los ochenta y un años, con la misma epidemia que se llevó a los niños.
4
La difteria había irrumpido en la familia como la peste negra.
Manaba mucosidad de la garganta del niño de dos años y la niña de un año, una erupción de flema verde, más espesa y pesada que el barro de Strones.
El niño y la niña emitían ruidos ásperos, sonidos emitidos con la autoridad torturada de un anciano y una anciana que esforzaban los pulmones como galeotes para despejar una salida estrecha como una paja. Gustav murió el
primero, siempre enfermizo, un niño de dos años y medio que parecía el espectro de los hermanos y hermanas de Klara fallecidos, y tres semanas después de Gustav murió Ida, de quince meses, que con sus ojos azules era la viva imagen de Klara. Las dos muertes volvieron a la madre en el golpe que siguió pronto. Fue la muerte de Otto -¡que sólo tenía tres semanas!-, fallecido a causa de un cólico galopante que le vació entero. El hedor de un bebé nacido para morir en sus tres primeras semanas de vida se asentó en la nariz de Klara como si sus orificios nasales fueran otro miembro del recuerdo.
No dudó quién era el culpable. Alois había estado cerca del Maligno. Pero ella lo entendía. Un chico en Viena completamente solo y siempre lleno de deseos. ¡Por supuesto! Pero ella no tenía disculpa. Había deseado una familia en la que los hijos no muriesen, sino que llegaran a la mayoría de edad, y sin embargo había sido infiel a Dios Todopoderoso la noche en que Gustav fue concebido, sí, y aún intentaba encontrar aquel placer secreto las noches en que Alois le hacía el amor, por variar la dieta de su idilio con Rosalie, la cocinera nueva, en la fonda Pommer.
Le odiaba por aquellas acciones. Pero ya había aprendido que aquel tipo de odio era traicionero. Parecía acrecentar su deseo. Por el contrario, las noches en que sentía un momento de amor por Alois, toda aquella buena vida se convertía en hielo por debajo. Alois refunfuñaba cuando ya estaba consumado el acto y ella le besaba en un afán de arreglar las cosas.
–Tu boca hace promesas que no cumple -le decía él.
No era como si estuviesen casados. Tenía siempre presentes a Anna Glassl y a Fanni. Klara había empezado siendo una criada, luego pasó a ser la niñera de los hijos de Fanni y después su madrastra, pero sus propios hijos habían muerto. Alois hijo y Angela habían sido enviados a Spital cuando la difteria atacó a los más pequeños, y se salvaron del contagio. Habían vuelto con Klara, pero las tres habitaciones que ocupaban en la fonda seguían apestando a la fumigación posterior a cada muerte, y en la ropa de Klara persistía el olor de los tres días distintos en que había asistido a los entierros en el cementerio. Sabía lo pequeño que podía ser un féretro -lo había
aprendido de los fallecimientos en la familia Poelzl-, pero los féretros en miniatura de sus propios hijos fueron como tres cuchilladas en el corazón que le despertaron el amor que no se había atrevido a sentir en vida de ellos.
Había estado aterrorizada por el mal que podía causar a aquellas almas recién nacidas. Hasta después de la muerte de Gustav no se percató de que le amaba.
Alois, por su parte, había decidido que no iba a perdonar a Dios. A sus amigos en la taberna vecina de la casa de aduanas, sobre todo a los recién llegados, les hablaba con la autoridad de sus tres decenios de servicio en la oficina.
–Es el emperador el que tiene el poder de guiarnos -les dijo una calurosa noche de verano-. El auténtico poder reside en él. Dios no hace más que matarnos.
–Alois -dijo un viejo amigo-, hablas como si no tuvieras miedo de comparecer arriba.
–Arriba o abajo, la verdadera autoridad para mí es Francisco José.
–Vas demasiado lejos -dijo su amigo.
Por lo general, Alois no llegaba a casa de buen humor. La cerveza se disipaba en una nube agria. Reñía a su hijo Alois, reprendía a Angela y a Klara no le dirigía la palabra. Ahora bien, una vez a la semana, y no más (y le enfurecía cuánta vitalidad le habían arrebatado aquellas tres muertes), volvía a mirar a Klara como lo había hecho la primera noche y trataba de imaginar una manera de instruirla en determinadas spécialités de la maison.
Alois no hablaba francés pero sabía todo lo que hacía falta saber al respecto de aquellas cuatro palabras. Un funcionario de aduanas había estado en París en su juventud. Contaba que en un burdel de allí había aprendido más en dos noches que durante todo el resto de su vida.
Alois se resistía a dejarse impresionar. Algunos de los detalles no le resultaban desconocidos. A Fanni, para empezar, le gustaba introducir la
boca en muchos sitios, y Anna Glassl no se comportaba como una dama cuando entraba en materia. Y una y otra vez Alois recibía una agradable sorpresa húmeda de alguna de las criadas o cocineras.
Por supuesto, aquellos días estaba con una criatura asustada cuyo torso podía abrasarle aunque sus muslos estuvieran tan fríos como un banco de nieve. Ella hacía el amor, sí, cuando él conseguía entrar realmente en ella -
no muchas veces-; ella era tan fuerte como el sabueso, sí, muy parecidas a perras a las que él había visto gruñir y lanzar una dentellada contra los genitales de un perro. Klara no gruñía ni mordía, sino que saltaba sobre su altar, sola, siempre sola, y era tan íntima que él quería colocar la boca donde más íntima era Klara, y luego introducir el sabueso dentro de la boca de ella. Él le indicaba el emplazamiento de la devoción. Spécialités de la maison!
Si, la calurosa noche de verano en que intentó abrirle las piernas cerradas, y en que él empujó más que nunca con la fuerza de sus brazos, hubo un momento en que le superó el aliento. ¡Una punzada sorprendente! Por un instante sintió como si le hubiera fulminado un rayo. ¿Era su corazón?
¿Estaba al borde de la muerte?
–¿Estás bien? – le gritó ella cuando se tumbó a su lado, resollando con un estertor tan horrible como los últimos arrestos de los hijos perdidos.
–Muy bien. Sí. No -dijo. Después, Klara se le echó encima. No sabía si así le resucitaría o le remataría, pero le embargó el mismo desprecio, afilado como una aguja, que le había sobrevenido después de la muerte de Fanni.
Ésta le había dicho una vez lo que debía hacer. Así que Klara se colocó al revés y puso su cosa más innombrable encima de la nariz y la boca resollantes de Alois, y tomó entre los labios el ariete viril. El tío Alois estaba entonces tan blando como una voluta de excremento. Le succionó, no obstante, con una avidez que estaba segura de que sólo podía proceder del Maligno. De él había surgido el impulso. De modo que ahora los dos tenían la cabeza en el extremo que no era y el Maligno estaba presente. Él nunca había estado tan cerca.