El castillo en el bosque

Norman Mailer · Capítulo 78 de 109

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El castillo en el bosque

Libro XI

se celebró. Aunque el precio no constituía una ganancia real, tampoco sufrió Alois la pérdida que había temido. Lo irreversible de la transacción le convenció además de que cualquier sueño de vivir sus últimos días en una granja debían arrinconarse junto con toda esperanza de que el hijo primogénito le proporcionase todavía algún motivo de orgullo. No, ahora le correspondía a Adi. Ni por asomo era tan ágil ni tan fuerte como Alois, ni tampoco tan bien parecido, pero sí tan despierto, quizás, y obediente.

Obediente sí era. Llamarle con el silbato se había vuelto un placer. La reacción era rápida.

Sin embargo, Alois guardaba en su corazón el equivalente de una fotografía. Aún había noches en que se sentaba en el banco de roble y cavilaba sobre la caja Langstroth que había construido para él. Daba una palmadita en el asiento como para recordar el sonido del cachete que solía dar a la caja de madera en los viejos tiempos, sí, una bonita y contundente bofetada para alborotar a las abejas.

Desde entonces había llovido mucho. La Historia (para quienes han vivido tanto tiempo como yo) rara vez se recuerda como algo fascinante. Es un auténtico vivero de mentiras. Es la única razón por la que yo recomendaría la vida de un demonio a posibles aspirantes. Sabemos muchísimo sobre cómo ocurre, cómo ocurre realmente. ¿Quién querría perder semejantes riquezas? Con todo, no es inconcebible que esto sea exactamente lo que yo he hecho al revelar mi relación con el Maestro. Quizás la perversidad de nuestra naturaleza diabólica guarde alguna relación con esa curiosa naturaleza humana que se abre camino hacia la existencia entre los obstáculos de la orina y excrementos, pero más tarde sueña todas las noches con una vida noble.

LIBRO XI

El abad y el herrero

1

En el verano de 1897, tras la venta de la propiedad de Hafeld, la familia se trasladó al Gasthof Leingartner, en Lambach, donde viviría hasta el final de año. Habiendo dejado atrás las responsabilidades de la granja, Alois comenzó su jubilación auténtica, que deparó unos cambios pequeños pero sorprendentes. Por ejemplo, no le interesaban las cocineras y las criadas del Gasthof. Peor aún, ellas no mostraban el menor interés por él. Ni a él le importaba.

Incluso yo diría que estaba temporalmente satisfecho. En la medida en que podía afectar a nuestros designios con respecto a Adi, yo vigilaba de cerca las modestas actividades de Alois. Para mi sorpresa, adoptó un interés de propietario por el sabor medieval de Lambach y disfrutaba recorriendo sus calles. La ciudad tenía una población de no más de mil setecientas personas, pero podía jactarse de un monasterio benedictino fundado en el siglo XI, y de una iglesia, Paura, que había sido construida con forma de triángulo y tres torres, tres puertas y tres altares. Debo decir que Paura produjo un efecto extrañísimo en los pensamientos de Alois.

Había empezado a preguntarse si, cientos de años antes, no habría vivido allí una vida anterior. ¿Percibía un oscuro atisbo de una existencia previa?

No descartó la idea. Sin duda explicaría sus cualidades viriles más osadas.

Der Ritter Alois von Lambach!

Si se me pregunta una vez más cómo puedo conocer esta reacción cuando Alois, al fin y al cabo, no es mi cliente, reiteraré que en determinadas ocasiones podemos entrar en los pensamientos de humanos que tienen una