El castillo en el bosque

Norman Mailer · Capítulo 8 de 109

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El castillo en el bosque

Capítulo 5

divertirse. Sólo que ¿por qué te empeñas en insultar a mi inteligencia?

Sabemos que la chica es preciosa. Por lo menos una vez en la vida haz el amor con una camarera que no parece el pudin de anoche.

Alois: Muy bien, te diré la verdad. Me gusta un poco su palmito, sí.

Aunque, la verdad, no es mi tipo. No, no lo es. Pero en todo caso no me acercaría a ella. Por ahí se oye lo peor. Ni siquiera quiero decírtelo porque a ti te cae bien.

Anna Glassl: ¿Que me cae bien? Es una aprendiz de furcia. Tu mismísimo tipo.

Alois: No, está enferma. He oído decir que tiene una enfermedad contagiosa entre las piernas. No me acercaría a ella.

Anna Glassl: No te creo. No puedo creérmelo.

Alois: Como quieras. Pero te prometo que es la última chica de la que preocuparte.

Anna Glassl: ¿Entonces de quién quieres que me preocupe? ¿De Klara?

Alois: Tienes un excelente sentido del humor. Si no estuviéramos en público, me reiría a carcajadas y después ya sabes lo que haría. Eres tan atractiva, tan perversa. Serías capaz de mandarme a besar a una monja.

5

Al final, Fanni le dijo a Anna Glassl que estaba embarazada de dos meses y que pronto se le notaría. Para Anna, aquello fue el fin del matrimonio. Que Alois le hubiese dicho que la chica tenía una enfermedad sabiendo en todo

momento que estaba encinta: ¡imperdonable! Además, por entonces Anna Glassl estaba más cansada de vivir con Alois que temerosa de vivir sola.

Era en verdad extenuante reunir las artes que le quedaban para poder ser una fiera al amanecer. Ahora ansiaba paz. Incluso decidió que sus celos habían sido una última inoculación contra algo aún peor: justamente la fría aversión a un compañero que se te mete dentro incluso cuando los celos pierden fuerza. En suma, se mudó. Como eran católicos no podían divorciarse. Hasta para obtener una separación legal, según la ley austriaca, Anna tenía que declarar no sólo su incompatibilidad mutua, sino afirmar por escrito la inquina que él le inspiraba. Alois se vio obligado a leerlo. La frase sobresalía en el documento como un forúnculo en la barbilla. Picaba tanto que mostró una copia a sus camaradas de borrachera.

–Mirad, habla de aversión personal. Esto es directamente indignante. Si no fuera indecoroso, os diría cuánta aversión había. Se ponía a gatas en cuanto yo le decía: «Prepárate.»

Ellos se reían y hablaban de otra cosa. Él estaba irritado aquellos días por más razones que la partida de Anna Glassl. Fanni y él vivían juntos ahora en las mismas habitaciones de la Gasthaus Streif. Él no tenía ningún inconveniente: era el primero en decir que no se ataba al pasado. Después descubrió que Fanni no estaba embarazada; sólo había creído que podría estarlo. ¿O fue que había tenido un aborto temprano? A este respecto era muy poco clara.

Él pensó que le había contado una mentira horrible, pero ¿qué iba a hacer?

Con ninguna mujer había conocido un placer mayor. Fanni, por supuesto, no tardó en mostrarse tan celosa como Anna Glassl, y tenía un oído perfecto para detectar en la voz de Alois el menor indicio de que deseara a otra mujer. Muy pronto ella le hizo un agujero en el barco bien protegido de sus planes futuros. Le dijo que Klara tendría que marcharse. De lo contrario, se iría ella.

Aquello representó un trastorno enorme para Alois. Fanni no tardaría en estar embarazada de verdad, o eso esperaba él en vista de las señales que,

en el momento más feliz, vio en la elocuente erupción de su útero, que notó que se inflaba cuando la estaba penetrando a todo trapo: no era el tipo de conclusión al que llegase normalmente con otras mujeres. (Excepto una vez

-mucho tiempo atrás- con Johanna.) Además, estaba plenamente dispuesto a que un hijo, de preferencia varón, llevase su nombre. Si, cuando no se hallaba en la mitad de sus mejores instantes con Fanni, pensaba muchas veces en la coyuntura en que ella estaría embarazada de seis o siete meses y le tocase el turno a Klara. Las probables complicaciones futuras no le disuadían. Estaba en la naturaleza de su trabajo abordar más de un problema a la vez.

En cuanto al escándalo, no le preocupaba. No excesivamente. En Braunau estaba acostumbrado a ser el centro de las habladurías. Los habitantes de la ciudad podrían quejarse a las estrellas del cielo de que él viviera con una concubina, pero esto no llevaba a ningún sitio. Se consideraba igual a un oficial acuartelado en una ciudad a la que no debía nada. El sueldo se lo pagaba la inspección fiscal de Viena. Siempre que en su trabajo fuera intachable, al lejano brazo del gobierno Habsburgo le importaba poco cómo se comportase en su vida privada.

Era probable que conservara la más alta posición en los rangos medios que había alcanzado. Tenía el puesto asegurado. La aduana le necesitaba. Al fin y al cabo, hacía falta años para que un funcionario obtuviera la misma experiencia que él. A su vez, él necesitaba a la aduana. ¿Dónde encontraría otro trabajo tan bien pagado? Se había convertido en el instrumento perfecto para su cometido, pero no era una destreza que pudiera utilizarse para fines distintos. Estaba, por tanto, atado a su trabajo y la inspección de finanzas estaba amarrada a él. Así que el diablo se llevase a los habitantes de Braunau. Podía doler lo que dijeran, pero no entorpecerían actividades más interesantes. Una chica daría a luz a su hijo y la sobrina (que temblaba delante de él cuando él hablaba) sería su amante. Por descontado, estaría más que dispuesta cuando llegara el momento. ¿Por qué otra razón temblaba? Era porque la sobrina sabía que él podía enseñarle todas las cosas que ella ignoraba y ni siquiera se atrevía a preguntar.

Tal era el designio secreto en el que se entrometió Fanni. Ninguna Klara iba