El castillo en el bosque
Capítulo 3
miembro de la escuela austriaca del distrito durante dieciocho años. Alois veía que la mayoría de los presentes trataban con respeto a Friedmann, y esto sin duda reforzaba su idea de que la humanidad se dividía entre las personas que eran instruidas y las que no lo eran. Dedujo que si un judío era aceptable para una Buergerabend, entonces también lo sería un campesino nacido en las más humildes circunstancias, sí, un hijo ilegítimo de una mujer que dormía sobre paja en un pesebre abandonado. No, no era proclive a beber con exceso en aquellas veladas. Adolf nunca tuvo que llevarle borracho a casa. En vista de la acogida calurosa que ahora le dispensaban en ellas, llegó a la conclusión de que tenía derecho a pertenecer a aquella sociedad porque él también, al igual que el rabino Moriz Friedmann, era un individuo especial. Alrededor de seiscientos judíos vivían en Linz en aquel tiempo, lo cual, habida cuenta de una población de sesenta mil, significaba que había un hombre o una mujer judías por cada cien habitantes. La mayoría de los judíos provenían de Bohemia y en realidad no eran tan toscos como cabía esperar: así se lo habría dicho a Klara si ella no hubiera supuesto que él era judío. En realidad, muchos de ellos eran asimilados. No se paseaban con viejos caftanes que olían a lugares rancios. Muchos eran profesionales o industriales y muchos, como Moriz Friedmann, ocupaban puestos federales honorarios. De modo que sí, venían de fuera, lo mismo que él.
Para entonces Alois pensaba (como el alcalde Mayrhofer) que la taberna de la ciudad era demasiado zafia. Debido a su luto, el vocerío le ponía al borde de las lágrimas cuando pensaba en Edmund. Además, habría bebido más en la taberna. Qué espectáculo tan impropio de un hombre daría si le sobrevenía allí el llanto.
3
Adolf comenzó la enseñanza secundaria en septiembre de 1900, cerca de ocho meses después de la muerte de Edmund. Si aprobaba todos los cursos en los cuatro años siguientes, al cumplir quince habría terminado secundaria. Declaró que su preferencia era cursar el Gymnasium, con su programa de estudios centrado en lenguas clásicas y arte, en vez de la Realschule, donde se hacía hincapié en las disciplinas prácticas.
Alois y Adolf hablaron a este respecto. A veces Klara estaba sentada en la habitación y a veces no, pero la materia de discusión era el Gymnasium.
Adi creía que podría cursarlo con provecho. Manifestó que poseía talento para el arte. Con ánimo de ablandar a Alois, añadió que también estaba dispuesto a estudiar a los clásicos. Alois se mostró desdeñoso.
–Los clásicos? ¿Hablas en serio?
Klara habló.
–Nuestro hijo está disgustado. Lo cual, naturalmente, afecta a otras cosas.
–Entiendo algunos de sus infelices pensamientos -dijo Alois-. Pero lo que dices no va a ninguna parte. No veo de qué sirve intentar el ingreso en el Gymnasium. No va a conseguirlo. – Optó por mirar a Adolf a los ojos-.
Puesto que ahora pareces incapaz de escribir alemán sin faltas, ¿cómo, en el nombre del buen Dios de quien habla tu madre, vas a asimilar el latín o el griego?
En este punto, Alois decidió hablar a su hijo en latín. No para ponerle a prueba, sino para burlarse de él.
– Absque labore nihil -dijo.
–¿Y qué quiere decir eso? – preguntó Klara, bruscamente.
¡Qué cruel por parte de Alois! Simuló que encendía su pipa, expulsando humo lentamente, y después lo liberó a su gusto antes de decir:
–Sin trabajo no hay nada. – Asintió-. Eso significa. – Exhaló el humo a pequeñas bocanadas instruidas-. A mi entender, el proverbio se aplica bien al estudio. En el Gymnasium, los alumnos deben dominar la gramática. La latina y la griega. ¡Las dos! Son hermosos conocimientos que adquirir. Te darían superioridad sobre otros durante el resto de tu vida. Pero nada se obtiene sin el esfuerzo adecuado, y esa escuela, Adolf, no es para ti.
Tampoco necesitas estudiar historia antigua, filosofía o arte. Creo que sobresaldrías en muy pocas de estas asignaturas. En mi opinión, es mejor que entres en la Realschule. No sólo sus enseñanzas prácticas son lo que necesitas, sino que puedo ayudarte a ingresar en ella. – Pensaba en la ayuda del alcalde Mayrhofer-. Por mucho que me esfuerce, es inútil intentar que te admitan en el Gymnasium. Les bastará con echar un vistazo a tu ortografía.
Sabía que podría pedir a miembros de las Buergerabends recomendaciones para el Gymnasium, pero ¿para qué? No bastarían, sin duda. Él perdería mucho más de lo que pudiera ganar, y para nada. Suspiró.
4
La vida de Adolf empeoró a partir de entonces. Linz estaba a ocho kilómetros de distancia y era veinte veces más grande que Leonding. Había un trolebús cada hora, pero Klara quería que fuese caminando, y era un largo trayecto a campo través y bosques hasta la Realschule.
Cada mañana su padre, su madre o incluso Angela le recordaban de una forma u otra que era el único hijo que quedaba y que la familia tenía que contar con él. No tardó mucho en aborrecer la Realschule. Los días oscuros era un edificio imponente. Se había desvanecido el placer que sentía en la escuela de Hafeld, de Lambach y de Leonding, donde descollaba. Ahora los pasillos compartían su melancolía. Pensaba a menudo en el día en que
Alois, llorando la muerte de Edmund, casi le había asfixiado con la fuerza de su abrazo, al tiempo que repetía: «Eres mi única esperanza.» Una esperanza que apestaba a tabaco. ¿Escucharía siquiera la atmósfera una mentira semejante? Este recuerdo, tan lleno de desdicha y falsedad, se había adherido ahora a los portales de la Realschule.
La mayoría de sus condiscípulos provenía de familias prósperas. Se comportaban de un modo distinto que los chicos de granja o de ciudad que había conocido en los últimos años. No creía a su madre cuando ella le decía:
–Tu padre es el segundo hombre más importante de Leonding. Y el primero, el alcalde, Mayrhofer, es un buen amigo suyo.
Dudaba de que la importancia de ambos llegase hasta las afueras de Linz.
Caray, el alcalde, que según su madre era el hombre más importante de Leonding, vendía también verduras en su tienda: ¡un alcalde de lo más encumbrado! Adolf no llevaba un día en la escuela y ya se sintió ignorante.
En el recreo entreoyó a dos alumnos que hablaban de las cualidades de la ópera a la que les habían llevado sus padres la noche anterior. Aquello ya le dio bastante que pensar, y hubo de preguntarse qué dirían de él. «Este Hitler tiene que venir andando desde Leonding.» Sí, los días de lluvia tomaba el trolebús, pero sólo si sus padres le daban los pfennings para pagarlo. ¡Un forastero! Muchísimos de aquellos chicos de Linz no habían pisado nunca Leonding. Lo suponían un pueblo lleno de barro. Y además Adolf difícilmente podía quedarse después de clase y hacer amigos cuando tenía que volver a la Garden House. Sus guerras de mentirijillas en el bosque ya sólo eran posibles los sábados. No había tiempo para adiestrar a las tropas.
Poco tardó en asediarle de nuevo la antigua pregunta. ¿Era responsable de la muerte de Edmund? Una vez más, optó por hablar a los árboles. Pero las conversaciones se habían vuelto alocuciones. Arremetía contra la estupidez de sus profesores y el olor de sus ropas percudidas. «Ganan una miseria», le dijo a un roble majestuoso. «Es evidente. No pueden permitirse cambiar la ropa blanca. Angela debería oler a esos profesores. ¡Entonces respetaría a su hermano!» Tenía otros temas. A un olmo viejo le declaró: «Se supone
que es una escuela avanzada, pero sólo puedo decir que es un lugar estúpido. Es burdo.» Oía cómo las ramas murmuraban su asentimiento. «He decidido dedicarme al dibujo. Sé que soy excelente en capturar cada detalle de los edificios más interesantes de Leonding y de Linz. Cuando enseño estos dibujos a mis padres, hasta mi padre los aprueba. Dice: “Eres un dibujante magnífico.” Pero luego tiene que estropearlo. Dice también:
“Tienes que aprender más de perspectiva. No has descubierto el tamaño correcto para las personas que pasan por delante de tus edificios. Algunas podrían medir dos metros y otras son pigmeos. Tienes que aprender a dibujar cuerpos a escala. La gente debe estar proporcionada con el tamaño del edificio y la distancia a la que se encuentran de él. Lástima, Adolf, que no hagas esto bien, porque tu dibujo en sí sería un boceto estupendo.”»
Por supuesto, la mitad de los elogios de su padre valía más que todas las aprobaciones cariñosas de Klara. Demostraba su teoría. Valía la pena el arte, no el saber académico. «El estudio académico», le dijo a la siguiente arboleda, «es pretencioso. Quizás sea el motivo por el que mis profesores denotan una falta de interés en mis posibilidades. Son esnobs. Asquea verlos revolotear alrededor de los alumnos de familias ricas. El aire de esta escuela, por lo tanto, se me ha vuelto inaguantable.» Lo que no les decía a los árboles era que los únicos camaradas que le hacían caso durante los recreos eran casualmente los más feos, los más tontos o los más pobres.
Creía en la sabiduría de aquellos árboles añosos. Le parecían tan sabios como elefantes adultos.
Algunas mañanas se retrasaba y tenía que tomar el tren desde Leonding a Linz. A Klara le disgustaba. No era un gran dispendio pero resultaba superfluo cuando el sol ya había despuntado. Una sensación de pérdida la corroía cuando se gastaba dinero alegremente. Las monedas gastadas de aquella manera caían en un pozo cuyo fondo estaba seco y del que arrancaban un ruido espantoso.
No obstante, las muchas mañanas en que Adolf debía caminar, su itinerario le llevaba a atravesar hermosos prados antiguos, y pronto se interesó por los fuertes que encontraba en el camino, sobre todo después de haber sabido