El castillo en el bosque

Norman Mailer · Capítulo 91 de 109

Páginas del PDF

El castillo en el bosque

Capítulo 11

–No -dijo-. Te prohíbo que me hables de esa manera. No huelo mal. Me he bañado.

–Con baño o sin él, Adolf -dijo Angela-, puede que no seas muy buena persona.

Él se enfureció tanto con ella que salió del camino forestal y se metió en la nieve deshecha. Ella le siguió, tan enfadada como Adolf. En cuanto estuvieron fuera del alcance del oído de toda persona que podría haber asistido al oficio, ella le gritó tan fuerte que Adolf se marchó corriendo:

–¡No eres buena persona! ¡Eres repugnante! ¡Eres un monstruo!

Solo en el bosque, Adolf empezó a temer su propia muerte. Hacía mucho frío en la nieve. Recordaba la expresión de terror en los ojos de Edmund cuando escuchaba los cuentos de los hermanos Grimm.

Angela le alcanzó y volvieron a casa caminando en silencio. Al llegar vieron que su padre tenía la cara roja e hinchada. Alois se volvió hacia Adolf y le dijo:

–Ahora tú eres mi vida.

Le abrazó y de nuevo se deshizo en llanto. Qué falsas eran sus palabras, pensó Adolf. Su padre seguía creyendo que Edmund era la única esperanza.

Ni siquiera fingía que pudiera haber otra verdad. «Odio a mi padre», se dijo de nuevo.

11

Varias noches después del funeral, preparé una implantación de sueño para Adolf. Un ángel le dijo que sus crueldades con Edmund aún serían

justificadas. ¿Por qué? Porque la vida de Adolf había sido preservada en la infancia. Había un designio especial para su futuro. Lo único que debía hacer era obedecer todas las órdenes que recibiera de arriba. De esta manera escaparía de toda clase de muertes ordinarias. Habría de convertirse en la dádiva de Dios al pueblo, feroz como el fuego, fuerte como el acero.

Fue un sueño meticulosamente elaborado, pero hube de preguntarme si implantar esta convicción no habría sido un poco prematuro. Sugería que viviría eternamente. Lo cual, por supuesto, no es en absoluto imposible de creer. Es una buena explicación de que a un ser humano le resulte difícil representarse su propia muerte: yo indicaría que el alma espera ser inmortal.

Hasta cierto punto, puede que sea cierto. Muchos humanos, en definitiva, han vuelto a nacer. No quisiera insinuar que se reencarnan gracias a la imposición, cuando están sumergidos en el agua, de la mano de un cura o un reverendo. El Maestro nos ha dicho que forma parte de un plan conceptual desarrollado por el D. K.

–Se considera el divino artista. Por supuesto, también mete la pata: muchísimas creaciones suyas son una chapuza. No pocas son desastres que luego reinvierte en la cadena alimenticia. Es la única forma de impedir que su innumerable prole, que es mediocre y que a menudo carece de sentido, asfixie la existencia del resto. Pero reconoceré que es obstinado. Sigue empeñado en mejorar sus creaciones anteriores.

Tal como el Maestro lo describe, el Dummkopf está condenado a tratar de mejorar incluso a los humanos de más insatisfactorio desarrollo. Y por eso pocos hombres y mujeres creen de verdad que dejarán de existir. Lo dirían en voz alta si no temieran hacer el ridículo. De hecho, su auténtica inquietud es que la nueva vida, debido a como malgastaron la última, les acercase más al calor de la cólera del Dummkopf, sí, les acercara más que en la vida anterior. La nueva situación de alguien en la vida podría reflejar lo mal que vivió la última vida. Por tanto, el renacimiento podría constituir un puro ejemplo de infierno viviente. Aunque el Maestro no nos imparte estas enseñanzas, estoy convencido de que hay una región en el inconsciente de todos los seres humanos donde existe la creencia de que son