El castillo en el bosque
Capítulo 2
regañándole hasta que él conseguía ponerse en pie. Yo le sostenía en el camino de vuelta. Nunca me he sentido tan horriblemente avergonzado. Te aseguro, Hans Frank, que sé lo diabólico que puede ser el alcohol. A causa de mi padre, me envenenó la juventud.
De hecho, refirió esta historia tan bien que Hans Frank la repitió durante los procesos de Nuremberg.
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Lo cierto era que Alois estaba bebiendo menos. No se atrevía a trasegar mucha bebida. El hecho de que Edmund no estaría allí para saludarle por las mañanas se le hacía insoportable. Se sentía como si en sueños hubiera ingerido un cuenco de cenizas.
Muchas noches también necesitaba estar despierto porque iba a las Buergerabends. Aunque los notables fuesen quizás más cultivados que él, su compañía le sacaba un poco de sus peores estados de ánimo. Sin una diversión tan elegante, habría tenido que pasarse las noches rumiando la muerte del niño. Y de este modo se volvió un asiduo y con frecuencia asistía a las cuatro veladas de la semana, con independencia de la posada que hubieran elegido. Sí, al principio, se había mostrado rígido en sus llegadas y despedidas, la silenciosa compasión que le dispensaban fue aflojando su actitud. Una cortesía general le recibía al entrar.
Muchos se mostraban efusivos cuando se iba. «Es el lado bueno de la pequeña nobleza», se decía. En las aduanas, siempre les había visto glaciales en sus maneras, salvo cuando tenían algo que ocultar.
Lo que asimismo le impresionaba era que uno de los asistentes asiduos a las Buergerabends era un rabino llamado Moriz Friedmann, que había sido