El castillo en el bosque

Norman Mailer · Capítulo 21 de 109

Páginas del PDF

El castillo en el bosque

Capítulo 6

pequeño jadeo, un resoplido y después el rugido de toro de la voz de Alois.

Debajo estaban los gritos de la madre, suaves y ocasionados por la tortura más extraña, gritos que hablaban de gozo inminente, ¡tan inminente pero todavía fuera de alcance, sí, ya, casi! ¡No, todavía no! Por la puerta entornada (dejada abierta expresamente para que ella le oyese si Adi lloraba) vio una escena que su cerebro no pudo asimilar. Había algo parecido a cuatro brazos y cuatro piernas y dos personas, pero una de ellas estaba boca abajo. Vislumbró la cabeza calva de Alois y sus patillas apretadas entre las piernas de la madre. Después, sin decir una palabra, el padre se sentó. ¡Ahora se había sentado encima de la cara de la madre!

Adolf se fue con tanto sigilo como había llegado, pero no le cabía la menor duda. Su madre le estaba traicionando. En aquel preciso instante oyó una última sucesión de gritos lo bastante intensos como para que él se volviera hacia la habitación. Por lo que pudo ver a la luz de la luna que entraba por la ventana, su padre había empezado a fustigar a Klara con todo el cuerpo, y le golpeaba el vientre con su barrigota. Y ella gruñía como un perro. ¡Tan llena de satisfacción! «¡Eres una fiera, un hombre feo, eres un animal!», y a continuación: «Tú, sí, ja, ja, ja.» No había duda. Estaba feliz. Ja.

Adi nunca la perdonaría. El niño de dos años estaba seguro de ello.

Esta vez recorrió todo el camino hasta su cuarto. Sin embargo, aún les oía.

En la cama de al lado, Alois hijo y Angela se reían. «Ganso, ganso», repetían sin cesar.

6

Empezó a berrear pidiendo leche menos de treinta minutos después de que Klara se hubiese sumido en el mejor sueño que había conocido en años.

¿Debemos suponer que un niño no puede tener reacciones muy profundas

porque su vida media no dura más de treinta minutos? Debido a aquella traición, quizás no volviera a amar a su madre tanto como antes. Sin embargo, sus sentimientos se fortalecieron. En su amor había ahora sufrimiento, y una rabia que se manifestaba mordisqueando la teta con los dientes. De hecho, durante unos días se sintió próximo a Lutero, y cuando se adormilaba dormía toda la tarde al lado del perro. Ciertamente, veía al animal como a un hermano, y su afecto fraternal duró hasta que Adolf empezó a aprovecharse demasiado y a aporrear a Lutero en la barriga, a tratar de meterle los dedos en los ojos y, en ocasiones, a darle patadas en las costillas. Si el perro empezaba a gruñir cuando se acercaba, corría lloriqueando donde Klara. Hubo un período en que cesó el placer que a ella le producía amamantarle. Los responsables eran los mordiscos. Los días del destete se acercaban.

En aquellos consejos privados que se celebraban en la cabeza de Klara y que nunca serían accesibles al niño, a sus hijastros, a su marido y ni siquiera al confesonario, había llegado a la conclusión de que tenía que tener otro hijo. Si bien este deseo nacía de su antiguo temor, que persistía, de que Adolf no sobreviviera, también temía que nunca volviese a amarle tanto, no como le había amado, y por eso quizás debería concebir otro hijo.

Además, su matrimonio estaba comenzando una nueva época. Aguardaba impaciente la llegada de Alois al lecho conyugal. Aquellas noches, al cabo de tantos años, ¡el deseo renacía, resurgía en el tuétano, en lo más hondo!

Recordaremos que la última vez que vimos a Alois estaba sepultando la nariz y los labios en la vulva de Klara, con una lengua tan larga y demoníaca como el falo de un diablo. (Digámoslo: no nos abstenemos de hacer nuestra aportación a estas artes.) Alois, desde luego, contaba con nuestra ayuda. Hasta entonces nunca se había entregado tan totalmente a aquella práctica, y pronto había llegado a dominarla, y tan deprisa que sin nuestra contribución el hecho resulta inexplicable. (Por eso hablamos del Maligno cuando participamos en el acto: tenemos la facultad de transmitir esos dones lúbricos a hombres y mujeres, incluso cuando no tratamos de convertirles en clientes.)

A la mañana siguiente, Alois no acertaba a creer que hubiese hecho aquello.

¡Rebajarse hasta aquel extremo! Para vengarse de su degradación en Klara, había -recordemos- aposentado sus posaderas una vez más sobre la nariz y la boca de la cónyuge: justamente la escena espantosa que incitó a Adolf a volver a la cama y a berrear pidiendo leche menos de media hora más tarde.

Sin embargo, a la mañana siguiente, Alois también sintió ternura por Klara.

Aquella deferencia inesperada, unida al placer asombroso que él le había causado por medio de la lengua, un gozo cuya insospechada exquisitez le había elevado hasta, sí, regiones casi ocultas, la predispusieron asimismo a perdonar la parte ingrata. (En realidad, el pesado trasero de Alois olía mejor que el de Adi.)

Como demonio que soy, estoy obligado a vivir en íntimo contacto con excrementos en todas sus formas, físicas y mentales. Conozco el desperdicio emocional de sucesos feos y decepcionantes, el agrio veneno inherente del castigo injusto, la corrosión de los pensamientos impotentes y, por supuesto, también tengo que tratar con caca. Es cierto. Los demonios vivimos en la mierda y trabajamos con ella. Así que muchas veces procuramos entender un matrimonio a través del ojo de la cloaca, y añadiré que no es el peor enfoque, ya que los deberes parentales no son sólo la corona sino el anexo de la coyunda. Como San Odón de Cluny declaró en una observación inolvidable y digna del mejor de los diablos: inter faeces et urinam nascimur (entre heces y orinas nacemos). Lo cual me lleva a decir que el estudio apropiado del matrimonio reside no sólo en la asociación, armonía, afecto, aburrimiento, costumbres previsibles, disgustos cotidianos, refriegas verbales y desesperación diaria, sino en las tripas y la mancha de todo ello: el conocimiento como camaradas de todos los sabores, olores y recovecos anatómicos prohibidos. De hecho, si faltaran todos estos elementos, el sacramento tendría cimientos más frágiles. El matrimonio se basa en la caca. Es lo que yo afirmaría. El lector, a su vez, es libre de rechazar mi opinión porque soy un demonio, a fin de cuentas, y buscamos el mínimo común denominador de cualquier verdad. Nada tiene de extraño que las merecidas propiedades del desecho entren dentro de nuestra competencia.

7

Llegó el ascenso de Alois. La inspección de finanzas le nombró jefe de aduanas del puesto de Passau y Klara estaba contenta, contentísima. Se había casado con un hombre de provecho.

Por otra parte, difícilmente podían mudarse antes de que Alois ocupara su nuevo cargo en Passau. La ciudad estaba a un día entero de viaje desde Braunau, lo que significaba que Alois tendría que pasar semanas lejos de su familia. En consecuencia, Adolf ganduleaba al lado de su madre en la cama grande.

Aunque era doloroso que Klara le expulsara cada vez que Alois volvía a casa, el niño aprendió también que la pérdida de aquella felicidad se remediaría en cuanto Alois regresara a Passau.

Esta situación duró un año. Incluso cuando al final la familia tuvo que alquilar un alojamiento en Passau, Alois debía supervisar otras ciudades fronterizas. En consecuencia, estaba ausente tanto tiempo como antes, lo que permitía a Adolf dormir cerca de su madre.

En cuanto a Alois, su nuevo cargo gratificaba su vanidad, pero introdujo una amenaza para su confianza. En Braunau, un puesto menos importante, los contrabandistas apresados eran normalmente sujetos sin importancia.

Como la mayoría de los productos que cruzaban eran agrícolas, pesarlos era tedioso. Aunque Braunau tuviera una bonita ubicación a la orilla del río Inn, hasta su arquitectura era monótona.

En Passau, las aduanas austriacas, de mutuo acuerdo entre los dos países, operaban en la ribera alemana del Danubio. La diferencia era visible.

Passau había sido gobernado en otro tiempo por un príncipe obispo y podía vanagloriarse de sus torres medievales. Algunas de sus iglesias databan de los albores de la Edad Media. Los muros de Passau reflejaban la grandeza del deber abnegado, crímenes antiguos, cámaras de tortura, secretos oscuros, gloria fenecida y -muy oportunamente para Alois- contrabandistas dotados de suficiente imaginación como para representar un desafío.

De modo que el nuevo cargo tenía sus molestias. Si bien su presencia uniformada había sido hasta entonces una plena advertencia para malhechores en potencia, sabía que mucho dependía del rigor de su actitud profesional. Se esforzaba, por tanto, en presentar una personalidad de calma oficial suprema, la de un hombre que se había investido de un sello incorruptible. Que los viajeros supieran que no era un hombre con quien jugar. Había estudiado a muchos funcionarios de aduanas de la clase alta: los que poseían una educación universitaria, y algunos ostentaban lívidas, inestimables cicatrices de duelo. Eran los que le servían de modelo.

Al asumir el mando en Passau se sintió, sin embargo, menos a gusto en su piel de buen ciudadano austriaco. Su tono, a raíz de hallarse en el lado alemán de la frontera, se volvió una pizca demasiado áspero. A veces una nimiedad suscitaba en él una reacción desmedida. En una ocasión soltó una diatriba porque un subordinado le llamó «Herr oficial» en lugar de «Herr alto oficial Hitler». Intuía que sus nuevos subalternos eran más instruidos que los de Braunau. ¿Se le tornarían críticas aquellas caras nuevas? De vez en cuando, mirando desde su puesto el curso del Danubio por debajo del puente aduanero, los ojos se le llenaban de lágrimas. Daba en pensar en Braunau y en las dos mujeres enterradas en la región, la querida y ardiente Franziska, sí, y por un instante también lloraba a Anna Glassl. No era una belleza, pero sabía qué hacer debajo de las sábanas.

Fumaba sin parar. Sin que él lo supiera, le apodaban «la nube de humo».

(Aquí, el alemán es muy expresivo: die Rauchwolke.) «¿Y de qué humor está hoy die Rauchwolke?», preguntaba un joven funcionario a otro cuando llegaba al trabajo. Alois sabía que aquellos inferiores le guardaban rencor porque no les permitía la libertad que él disfrutaba: no obstante, esta misma injusticia reforzaba su autoridad. Aunque un buen funcionario debía ser, en

general, justo, podía ejercer algunas arbitrariedades. Hecho con sensatez, resultaba eficaz. Rebajaba un peldaño a los subordinados.

Ahora que Klara y los niños se habían reunido con él en Passau, también se volvió más severo con su prole. Alois hijo y Angela pronto aprendieron a no dirigirle la palabra, a menos que les hiciese una pregunta directa. De lo contrario, no debían interrumpir sus pensamientos. Si Alois hijo estaba fuera, el padre se colocaba dos dedos en los labios y silbaba. Era una forma de llamarle idéntica a la que utilizaba con Lutero. A su vez, Alois hijo, de mejillas frescas, fuerte y fornido, y con una cara que recordaba a la de su padre, había provocado en Klara y Angela un acceso de histeria recogiendo una tarde un excremento monumental que Adi había tenido a bien depositar en la alfombra de la sala. Cuando la madrastra y la hermana empezaron a gritar al ver aquello en la mano de Alois, oscura, aguerrida y tan imponente como una estaca primaria, él las persiguió, con ojos fieros.¡Qué travesura!

Klara y Angela gritaban aterrorizadas. Adi se sumó entonces al coro y gritó con las otras dos incluso mientras hacía cabriolas detrás de Alois, y no paró hasta que el hermano mayor, cansado de la juerga, arrancó un trozo de la cagarruta, se dio media vuelta y lo plantó en la punta de la nariz de Adolf.

Aquella noche Klara se lo dijo a Alois padre. La zurra que siguió fue comparable a la que recibió Lutero. Al día siguiente, Alois hijo a duras penas salió arrastrándose hacia la escuela. Rigurosa fue, después de este episodio, la disciplina en la casa. Cuando Alois volvía de su trabajo, los niños a lo sumo osaban susurrar. Klara, no queriendo disgustarle, también estaba callada. Cenaban en silencio. El aliento de Alois, que olía a carne y a cerveza agriada, se mezclaba con el aroma de la lombarda.

Después de la cena se sentaba en la butaca, elegía una de sus pipas de larga boquilla, apretaba el tabaco en la cazoleta con toda la autoridad que se arroga el pulgar de un hombre de importancia oficial y procedía a enrarecer el aire con la humareda. Alois hijo y Angela se iban a su cuarto en cuanto él les daba permiso. Adi, en cambio, se quedaba.

El padre sujetaba con la mano la cabeza del niño de tres años y con una sonrisa híbrida -cincuenta por ciento de afecto y otro cincuenta de pura

ruindad- soplaba humo en la cara de Adolf. El niño tosía. El padre se reía.

Cuando Alois le soltaba la cabeza, Adolf sonreía y corría al retrete. Allí vomitaba. A veces, con la cabeza encorvada sobre el cubo, el pequeño recordaba los sonidos de Alois haciendo el amor con Klara y aquellos mismos gruñidos acompasaban las arcadas del estómago. Se preguntaba una y otra vez por qué su madre nunca se quejaba del humo.

No se atrevía. Intuía que la mayor provocación a su marido sería hacerle un comentario acerca de su pipa.

Además, Adolf le había dado otro motivo de miedo. Un día en que ella le limpiaba el trasero (y no hizo este gran descubrimiento hasta que el niño tenía tres años, tales eran las curiosas convenciones de Klara), advirtió que en vez de dos sólo tenía un testículo.

Un doctor de la ciudad la tranquilizó diciendo que no había que temer aquel fenómeno médico.

–Muchos chicos así, cuando crecen, son padres de familia numerosa.

–¿Entonces no será distinto de los demás cuando vaya a la escuela?

–Los chicos así son a veces activos. Muy activos. Eso es todo.

Estas amables palabras no sosegaron a Klara. La falta de un testículo dejó una mancha más en la familia Poelzl. No sólo había una contrahecha, su hermana Johanna, sino un primo carnal que era un perfecto mentecato. Por no hablar de todos los hermanos difuntos de Klara, de sus hermanas e incluso de sus hijos muertos. Decidió que Adolf no había heredado la fuerte constitución de Alois, no, nada de la fuerza que el padre había obviamente transmitido a Alois hijo. Lo cual era también culpa de Klara. Había amado a su marido la noche en que Adolf fue concebido, pero sólo aquella noche, y de un modo…, ¿no fue pecaminoso? ¡Vaya una noche!

Pero de nuevo -sería demasiado tarde?– ella creía que había vuelto a