El castillo en el bosque

Norman Mailer · Capítulo 48 de 109

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El castillo en el bosque

Capítulo 15

Podemos estar seguros de que Alois practicó la captura de la reina. De hecho, pasó toda una tarde apresando y soltando a cada una de las tres beldades: las buscaba, colocaba con sumo cuidado sobre una u otra el tubo con forma de cúpula y la enviaba de un soplo directamente a la pequeña jaula.

Al realizar una y otra vez esta tarea, llegó a la conclusión de que lo que aquella mañana había captado en el baile de una abeja difícilmente sería un secreto para alguien tan experto como Der Alte: de nuevo tendría que renunciar a un hermoso sueño; no le recordarían como a un descubridor.

15

El final del tiempo caluroso también menguó el optimismo de Alois. Llegó una racha fría, cruel para las expectativas que había despertado una precoz primavera. Alois se hizo a la idea de que aquel frío extemporáneo le privaría de todos sus progresos.

Recordó un viejo axioma. Johann Nepomuk solía decir: «La primavera es la estación más traicionera.»

Así que hubo días en que estuvo cerca del agotamiento, a fuerza de tanto ir y venir quitando cartón alquitranado de encima de cada colmena para volverlo a poner si la luz se atenuaba al mediodía en el cielo. Poco después, tenía que retirar el cartón a toda prisa porque el sol había vuelto a salir y el día era de nuevo caluroso.

Pilló un resfriado durante una racha de frío casi glacial. Lo cual le produjo una inquietud concomitante. ¿Era imposible que alguna de sus reinas se resfriara también? ¿Por simpatía con el cacique? Se reprendió él mismo.

¡Qué insensatez!

Entonces dio en pensar que la reaparición de sus temores quizás no fuese tan tonta. ¿Y si fuera un reflejo de lo que sentía sobre el estado de su auténtica salud? ¿Se acercaba su fin? Era el peor pensamiento posible. Su imaginación abordó un asunto que nunca se había permitido plantear. A lo largo de los años, hasta donde recordaba, no había sentido la amenaza de la muerte. Un fin insulso de una buena vida, quizás, pero nada relacionado con el infierno.

Ahora, sin embargo, las malditas preguntas se sucedían una tras otra. ¿Y si la muerte no era como había supuesto? Había estado convencido de que una excelente razón práctica justificaba la existencia de la religión. No podía ser más simple: había que mantener a raya a los débiles y a los rebeldes. Pero un hombre orgulloso (como él) podía hacer lo que se le antojara.

Sentía ahora otra clase de pánico. Su corazón dio un brinco al pensarlo, un brinco aterrador, como si le hubieran aporreado el pecho. ¿La culpa era real?

Pobre Alois. Estaba indefenso. Ningún Cachiporra se molestaría en protegerle. Yo podría gozar el placer comprobado de aparecerme a él en un sueño. Podría suplantar a un ángel de la guarda. Ni siquiera tenía que estar presente. Sería facilísimo que lo llevaran a cabo mis tres mejores agentes.

Pero ¿con qué objeto? ¿Valdría Alois el mantenimiento?

El hecho escueto, que hacemos bien en no pasar por alto, es que las personas de la edad de Alois rara vez valen la pena. Su utilidad es limitada.

Su naturaleza demasiado rígida cuesta moldearla, y flexibilidad es lo que buscamos en prometedores clientes nuevos. Lo ideal es reorientar sus aspiraciones con las nuestras.

En las raras ocasiones en que elegimos a un hombre o una mujer de más de cincuenta años, buscamos en su estructura psíquica un contorno que nos sirva para un propósito específico. Un ejemplo son las irritaciones

repetitivas. Una anciana obtusa que no para de preguntar a todo el mundo si quieren comer algo cuando sabe que no quieren desquicia a una buena familia. La desasosiega la tentación cada vez más apremiante de asfixiar a la anciana con la almohada más próxima.

Alois, sin embargo, era un producto humano de lo más común. No había mucha necesidad de reclutarle. Bastaba un seguimiento rutinario. Que mis agentes sobrevolaran sus sueños.

16

A principios de mayo volvió el calor y cesaron muchas tribulaciones de Alois. En parte había recuperado el buen ánimo limpiando y engrasando los utensilios que le había comprado en otoño a Der Alte, y realizó esta tarea de un modo muy similar a como un buen soldado desmonta su fusil para engrasarlo y después vuelve a montarlo.

Mis agentes de Hafeld, como no había mucho de que informar, llenaban sus últimos comunicados con listas de herramientas, y lo hacían con tanta frecuencia que me tenían harto sus enumeraciones de comederos de polen, jaulas de incubar, ahumadores de abejas, un rociador de agua, una caja de acoplamiento (fuera lo que fuese) y hasta un removedor de miel hecho por el propio Alois con madera de haya. Y también había un incrustador de rueda dentada para preparar la base de los bastidores insertables: un montón de chismes que no me interesaban nada.

Klara, en cambio, sabía cómo sacarle más partido a la primavera en Hafeld.

No siempre estaba contando cuántos nidos había llenos de pupas nuevas, ni se preocupaba por la temperatura en el interior de las colmenas. Ahora que una segunda ola de sol y aire ondulante había mejorado el clima, se dispuso a aflojar algunos de los nudos que aquel invierno le habían anquilosado los

miembros. «Dios también está descansando», se dijo, mientras aspiraba una bocanada de aire por la ventana abierta de la cocina, y luego, obedeciendo a un impulso, a pesar de que había mucho que hacer en la casa, cogió a Paula, que tenía cuatro meses, y salió con ella al prado. Reinaba el más encantador de los silencios, una ausencia absoluta de sonidos, un silencio que absorbía hasta la más ligera caricia del aire. Era como si oyese el balanceo de la hierba alta en el campo, y casi las reverencias de las flores. Era como si la suma de aquellas sensaciones tiernas apoyara el silencio de las colinas.

«Escucha esta quietud», le dijo a Paula. «Escucha, angelito, y oirás el susurro de las flores.» Fue como si los pétalos más próximos hubieran oído lo que había dicho, porque en efecto empezaron a inclinarse hacia ella, las margaritas más alegres que había visto en su vida.

Se arrodilló en la hierba, con la niña en brazos, y les habló. «Todas sois preciosas», dijo, y sí, no era una ilusión, las flores se movían para ella. «Sí, Paula», dijo, «a estas flores les gustamos tú y yo porque las queremos,

¿verdad, pequeñuelas?» Estaba convencida de que la habían oído y de que hicieron otra delicada reverencia. «Sí, son señoritas», le dijo a Paula, y no pudo por menos de reírse al pensar -¿no era una pura locura?– que las margaritas no sólo le eran queridas, sino que la querían a ella. «Oh, qué tontísima soy», dijo en voz alta. Pero no podía evitarlo. Seguía creyendo que aquellos pétalos blancos le estaban escuchando. El aire balsámico era como amor, sí, exactamente como el amor que sentía por el bebé de cuatro meses en sus brazos. Klara estaba recuperando su cuerpo, o al menos tenía esta sensación. El viejo cuerpo abultado, herido, magullado y estúpido de todos aquellos meses de invierno después de que Paula hubiera nacido, ahora le parecía ablandado por el comienzo de una recuperación auténtica.

Se dijo que era primavera y que la propia naturaleza se había puesto festiva.

¿Podía ser de otro modo? En cada bocanada había una gran fragancia. Dios estaba cerca y estaba en el aire, el buen Dios esplendoroso. Pero el aire estaba en paz. ¿Estaría Dios descansando en sus laureles? Se lo merecía. Lo merecía con creces. Quiso rezarle pero no supo cómo, puesto que en aquel momento no quería pedir nada, sólo alabarle por su gran bondad, lo cual era mejor hacerlo en la iglesia. Allí los demás harían lo mismo que ella y se entendería como un acto humilde, no vanidoso, mientras que en el prado estaba sola con Paula y las flores, y rebosante de felicidad. En efecto,