El castillo en el bosque

Norman Mailer · Capítulo 88 de 109

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El castillo en el bosque

Capítulo 6

batiendo las alas hasta el final!

Adolf guardaba un luto silencioso.

Sin embargo, Alois conservaba tanto rencor hacia Der Alte que se vio recompensado con una intensa punzada de placer: una reacción de lo más indecorosa. Para compensarla -no sabía por qué-, en Navidad le compró a Adolf una escopeta de aire comprimido. Era un regalo sólido, capaz de escupir balas con fuerza suficiente para matar una ardilla o una rata, y así demostraría su valía al chico, aunque no todavía. Alois tuvo la impresión de que Adolf quizás lloraba en sueños. Tenía un aspecto asustado por la mañana. Entonces contrajo el sarampión.

Klara puso la casa en rígida cuarentena. Nadie estaba autorizado a visitar a Adolf en la hasta entonces desocupada habitación de la criada del segundo piso. Sólo Klara le atendía, con una máscara de gasa en la boca, y después se lavaba las manos con un antiséptico.

Adolf tenía un sarpullido y los ojos enrojecidos, no le dejaban leer, se aburría y se quejaba continuamente a su madre, pero casi se alegraba cuando ella salía de la habitación. El olor de antiséptico que despedía era casi insoportable.

Resultó, no obstante, que fue un acceso suave. Los puntos blancos en la lengua y la garganta desaparecieron al cabo de unos días y el sarpullido disminuyó, pero aumentó su inquietud. Le obsesionaba lo sucio que se sentía. ¿No era precisamente la opinión que todos tenían de él? Enfermo y, por lo tanto, sucio. Le preocupaba dónde estaría Der Alte ahora que no sólo estaba muerto, sino abandonado a la putrefacción.

6

Tal vez convendría una última palabra sobre Der Alte. Adolf seguía confiando en que el apicultor, descompuesto o no, estuviese de camino hacia el cielo. Tal sentimiento en mi joven cliente me desconcertaba, porque yo apenas estaba seguro de que hubiésemos llevado a nuestro amigo al infierno como se debía. La verdad es que no sé mucho del infierno. Ni siquiera tengo la certeza de que exista. Al fin y al cabo, el Maestro nos ha tenido en enclaves. Se supone que no debemos saber lo que no hace falta que sepamos.

Para mantener nuestra moral, sin embargo, nos recuerdan sin cesar las cósmicas pretensiones que hay en los asuntos humanos. A menudo nos citan las palabras inmortales de Nietzsche: «Todos los curas son mentirosos.»

–¿Cómo podría ser de otro modo? – dice el Maestro-. El Dummkopf no va a revelar sus secretos a individuos tan deformados que eligen el ministerio del sacerdocio a fin de dominar a públicos crédulos con sus interesadas descripciones de cóm o el Señor premiará su fe cuando mueran. Los curas son, en efecto, m entirosos. No saben una palabra de las más altas cuestiones. Ni tampoco vosotros, dicho sea de paso.

Así pues, digamos que yo no sabía nada del destino definitivo de Der Alte.

Sospecho que era de esos clientes que datan de muy antiguos y a los que, a la postre, no tenemos más remedio que pasar por alto. Desde luego, su utilidad para nosotros había desaparecido. De modo que es posible que suplicara al cielo una aceptación final. ¿Quién sabe? Con los escasos datos de que dispongo, yo diría que el Dummkopf acepta a algunos de nuestros clientes para que se reencarnen. Como ya he mencionado, el Maestro no se opone vigorosamente a ello. «Concedámonos el placer de recoger una vez más a este sujeto insignificante si el D. K. es tan insensato de dar a Der Alte otra oportunidad de inflar sus vanidades.»

En el curso de su enfermedad, Adolf no sólo pensó en Der Alte, sino que incluso con más frecuencia deseó que la desdicha del sarampión contagiase a Edmund. Cuando Adolf se recuperó, Edmund cayó postrado por un ataque

más grave que el de su hermano. Ahorraré al lector una descripción detallada del alboroto que retumbaba -es la palabra justa- en la Garden House mientras el estado del niño empeoraba. La cara se le hinchó. Decía incoherencias. El médico avisó a la familia de que también podría sufrir encefalitis.

En el dormitorio conyugal, Alois se arrodilló al lado de Klara y se pusieron a rezar por la vida de Edmund. Alois llegó a decir:

–Creeré en Dios si Edmund se salva. Que me muera si incumplo este juramento.

Nunca sabremos si habría cumplido su palabra. No obstante, dijo:

–Dios, llévate mi vida, pero respeta la del niño.

Después, Edmund murió.

La oración puede ser una expedición arriesgada para quienes rezan.

Nosotros, por ejemplo, tenemos un poder -al que es oneroso recurrir- que nos faculta para bloquear hasta las oraciones más esenciales, sentidas y desesperadas, y lo ejercemos cuando las circunstancias lo exigen.

El rezo vulgar, por el contrario, lo estimulamos. Consideramos que agrava la fatiga del Dummkopf, su indiferencia. El rezo vulgar le cansa. El patriotismo barato le enfurece. (Ese patriotismo, en definitiva, es una de nuestras fuentes más valiosas.)

Lo cierto es que, a pesar de las plegarias de Alois y de Klara, bloqueadas o no, Edmund murió el 2 de febrero de 1900. Incluso me sentí como si fuera uno de sus deudos. Edmund fue el primer niño por el que yo había albergado una serie de sensaciones tan curiosas como el amor (o al menos un afecto incondicional, suficiente para explicar el calor que me habitaba en su presencia). No había sido consciente de lo que sentía por él. Sólo sabía que Adolf no pensaba meditar sobre la muerte de su hermano (pues, en realidad, tenía un secreto que enterrar tan directo y poderoso como el brazo

que sobresalía de la tumba), y yo tampoco pensaba hacerlo. Yo también había sido culpable.

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7

El día del funeral de Edmund, Alois le dijo a Klara que no asistiría. Ni siquiera acertó a dar un motivo. Se quedó como una columna de piedra.

Después empezó a llorar.

–Hoy no puedo controlar mis sentimientos -dijo-. ¿Querrías que diera un espectáculo en la iglesia? ¿Una iglesia que odio?

Por primera vez en su matrimonio, ella levantó la voz, furiosa.

–Sí -dijo-, esa iglesia que odias. Pero yo voy en busca de paz. De un poco de consuelo. Así puedo hablar con nuestro Gustav, y con Ida y Otto, y ahora… -Le tocaba a ella prorrumpir en llanto- con Edmund.

No riñeron. Lloraron juntos. Ella dijo al final:

–No tienes que ser tan duro con Adolf. Es la única esperanza que te queda de tener un buen hijo. ¿Por qué le tumbas a golpes?

Alois asintió.

–Haré una promesa -dijo-. Es decir, si te quedas hoy aquí conmigo. Porque no puedo ir al funeral. No soy capaz de contenerme. – Ya estaba llorando antes de terminar de hablar. Abrazó a Klara-. Te necesito -dijo-. Necesito que te quedes conmigo en esta casa. – Nunca le había dicho esto. Apenas daba crédito a sus propias palabras-. Sí -declaró-. Haré una promesa solemne. No volveré a pegar a Adolf.

Es un error describir a un marido y mujer que sufren, pero no puedo por menos de observar que, en mi experiencia, existen pocos matrimonios en

que un juramento no sea desmentido por un pacto secreto.

Sí, así es nuestro Alois. Se ha dicho a sí mismo: «No, no volveré a pegar a Adolf, a no ser que haga una atrocidad», pero Klara tampoco era fiable. Ya no. Empezaba a preguntarse si la destrucción era el destino de la familia. De hecho, no estaba preparada para el funeral. Aquella vez le tocaba a Dios prestarle atención a ella.

Por tanto, le dijo a Angela que tenía que representar a la familia.

–Si la gente pregunta, di simplemente que tus padres están afligidos. Lo cual es verdad -dijo-. No creo que yo vaya, y tu padre no puede. Nunca le he visto llorar hasta hoy. Está casi desquiciado. Angela, es tan terrible para él. No puedo dejarle solo. ¡No debo! Así que hoy actuarás como la mujer de la familia. Hoy, al menos, tienes que serlo.

–Tienes que venir a la iglesia con Adolf y conmigo -dijo Angela-. Si no, será un escándalo.

–Tú eres demasiado joven para que te preocupe un escándalo -dijo Klara-.

Diles que estamos enfermos. Con eso bastará.

–¿Te quedarás aquí, como mínimo, me prometes que te quedarás en casa? –

preguntó Angela-. Me temo que él querrá salir. Querrá llevarte a la taberna y se emborrachará para que no le duela tanto. No tienes que salir de casa.

–Depende de tu padre.

–Tú eres su esclava.

–¡Cállate! – dijo Klara.

Para sorpresa de Adolf, él y Angela fueron a la iglesia solos. Cuando le preguntó por qué, Angela se limitó a decir:

–Antes de marcharnos tienes que darte un baño. Vuelves a oler mal.