El gran rojo
Mala gente
Ayla bajó del tranvía en Konstablerwache. No tenía planeado dejarse caer por allí, pero estaba demasiado cabreada como para dejarlo pasar. Detectó a Abdel en su lugar habitual acompañado de al menos una docena de sus colegas.
—Hola, Ayla. ¿Cómo estás?
Lo ignoró y fue directamente hacia Enke, que permanecía sentado junto a otros chicos y torció el morro al verla aparecer.
El primer puñetazo le alcanzó en la nariz. Ayla consiguió plantarle dos más antes de que varios pares de manos la agarraran y la obligaran a apartarse del muchacho, que miraba a su alrededor con los ojos desorbitados y dos gruesos goterones de sangre manándole de las fosas nasales.
—¡Déjalo! —intervino Abdel.
—¿Tienes algo que contarme, Enke? ¿O prefieres que te lo saque a golpes?
Negó con nerviosismo, desprovisto de su arrogancia habitual. En aquel momento daba la impresión de no ser más que un chiquillo asustado, pero Ayla no permitió que la compasión diluyera su enfado.
—Vas a venir conmigo y me vas a explicar qué hacías esta mañana en mi barrio.
Abdel la arrastro unos metros y Ayla se dejó llevar, sin dejar de ametrallar a Enke con la mirada.
—Tranquila, tía. ¿Se puede saber qué mosca te ha picado? Estás llamando la atención.
Tenía razón. Varios transeúntes se habían detenido al ver la trifulca y tal vez alguno de ellos estaría en esos momentos telefoneando a la policía para alertar del incidente. Por eso miró a su amigo directamente a los ojos.
—Déjame hablar con ese niñato y me iré.
—Cuéntame lo que ha pasado.
Abdel la llevó hasta un banco cercano. Desde allí, Ayla observó al grupo de muchachos que se había quedado en la escalinata, sorprendidos aún por su irrupción y la ferocidad del ataque. Enke se apretaba un pañuelo contra la nariz, intentando en vano detener la sangría. Ayla había tenido tiempo de sobra para concluir qué lo había llevado a merodear por la Colmena.
—Unos tipos me esperaban esta mañana, apostados cerca de mi casa. Me buscaban y él me identificó.
Abdel asintió, pero no dijo nada. El silencio que se instaló entre ambos como un invitado más bastó para delatarlo.
—Lo sabías, ¿verdad?
Ni siquiera intentó negarlo. Tan sólo sacó un cigarrillo, se lo colocó en los labios y se tomó su tiempo en encenderlo.
—Vinieron anoche.
Ayla procesó la información mientras su amigo daba una nueva calada. Parecía necesitarla de veras.
—Eran cuatro y preguntaron por ti.
—¿Y qué les dijisteis?
Abdel dejó caer una mirada grave, «No me puedo creer que me estés preguntando eso».
—Que no te conocíamos. No se lo creyeron, pero debieron de darse cuenta de que no iban a sacarnos más y se largaron.
—Supongo que Enke fue a verles más tarde.
—Eso no lo sabes, Ayla. Tal vez fueron ellos los que le hicieron una visita a él. Es sólo un crío, debió de acojonarse.
Le costaba creer que Enke, con su petulancia y aquella actitud soberbia, se hubiera amedrentado por tan poco. Tenía más sentido que hubiera visto la irrupción de aquellos cuatro gorilas como una oportunidad de mantener a Ayla fuera de la circulación durante un tiempo más y asegurarse así de conservar el empleo. Por eso había averiguado dónde vivía, se había apostado junto a la Colmena durante toda la mañana y, cuando la había visto aparecer, la había saludado alegremente, «Hola, Ayla», lo bastante fuerte como para que los cuatro energúmenos que esperaban al otro lado de la calle la identificaran sin la menor duda.
Miró hacia el grupo de chicos y vio al crío revolverse mientras varios de sus amigos lo sujetaban. Su nariz había dejado de sangrar al fin y contemplaba el banco que ocupaba Ayla con furia, ansioso por cobrarse la afrenta, «Soltadme que la mato».
—Será mejor que te vayas —advirtió Abdel.
Sabía que no podía echarle en cara aquella decisión. De hecho, su amigo estaba siendo bastante indulgente. Si cualquier otro hubiera aparecido de la nada para golpear a uno de sus chicos durante la jornada «laboral», probablemente lo habrían llevado a algún callejón cercano para darle una lección.
—Ya nos veremos, entonces.
Empezó a marcharse, pero se detuvo a mitad de camino.
—¿Quiénes eran esos tíos?
Abdel negó y dio otra calada. Exhaló el humo ante él y observó cómo se disipaba antes de decidirse a responder.
—No estoy seguro, pero he oído que son mala gente.
Una nueva calada, una nueva voluta de humo, una nueva ojeada distraída a un lado y a otro para comprobar que no había nadie a la escucha.
—Creo que trabajan para el Gran Rojo.
La mención de aquel nombre la hizo palidecer. El Gran Rojo, nada menos. Ayla trató de disimular su turbación con un cabeceo y se encaminó hacia el metro. Tuvo que contener las ganas de echar a correr.
La posibilidad de que su hermano hubiera estado en tratos con la organización del Gran Rojo era un disparate, pero habían sucedido tantas cosas disparatadas en los últimos días que no se atrevía a descartarla sin más, por descabellada que pareciera.
Intentó no pensar en ello mientras se sumergía en la boca de metro y miraba a su alrededor con disimulo, para asegurarse de que nadie la seguía.