El gran rojo

Benito Olmo · Capítulo 26 de 51

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El gran rojo

El taller de Lilo

 

Ayla salió bien temprano de casa. Llevaba la capucha del abrigo bien calada, pero además había cogido una gorra, unas gafas de sol y una mascarilla de tela negra. Confiaba en que aquel atrezo bastara para que, en el caso de que el gordo y la flaca aún anduvieran por el barrio, no la reconocieran.

No había ni rastro de ellos, lo que resultaba de lo más extraño. Casi tanto como el hecho de que no hubieran aparecido en toda la noche por su domicilio. Esto reforzó sus sospechas: de haber sido policías, habrían averiguado su dirección exacta y habrían ido a por ella.

Tampoco vio el Mercedes de Martin, aunque no le sorprendió. Que un energúmeno te abofetee y te apunte al pecho con una recortada tiene que acojonar bastante.

En lugar de tomar el tranvía, Ayla utilizó una aplicación de su teléfono móvil para desbloquear un patín eléctrico que había cerca de la Colmena. Aquel vehículo le daría margen para escabullirse en caso de que aquellos dos matones volvieran a ir tras ella.

Condujo hasta Bockenheim.

Lilo regentaba un bar miserable en Rohmerstrasse, si bien llamar «bar» a aquel cuchitril era un desmesurado derroche de optimismo. El local apenas tenía un par de metros cuadrados, lo justo para dar cabida a un armario y una nevera gigantesca donde almacenaba las bebidas. Atendía a sus clientes a través de una ventana que daba a la calle. No tenía mesas en el exterior, ya que su clientela habitual no necesitaba ese tipo de comodidades, sobre todo teniendo un parque a tiro de piedra de allí. Lo usual era acercarse al Trinkhalle de Lilo, pillar unas cervezas y trasladarse a Kurfürstenplatz para beber sentado en un banco o en el césped.

Cuando Ayla llegó, Lilo estaba atendiendo a un grupo de chavales. A pesar de la hora, algunos ya iban cocidos y habían empezado a bromear sobre su aspecto. Lilo encajaba las puyas con diplomacia y media sonrisa mientras colocaba varias botellas de cerveza sobre el alféizar.

—¿Veinte euros por esto? Cómo te pasas.

—¿Cuándo decidiste subir los precios?

—¿Estás ahorrando para ir a la peluquería?

Todos rieron el chiste, incluido el propio Lilo. Absorbía las bromas como un saco de boxeo soporta los puñetazos: con estoicismo y sin quejarse. Ayla nunca lo había visto salir del local y circulaba el rumor de que estaba tan gordo que no se atrevía ni a intentar pasar por la puerta. Su corpulencia y sus greñas le daban el aspecto de un cavernícola que hubiera escapado del cercano museo de historia natural.

Esperó hasta que los chicos se alejaron con sus cervezas antes de quitarse la mascarilla y las gafas de sol. Al reconocerla, Lilo le dedicó una sonrisa ennegrecida por el tabaco y la falta de vitaminas.

—A los buenos días, Ayla.

—¿Cómo va eso, Lilo?

—No me quejo.

Tamborileó con los dedos sobre la barra. La mierda que se acumulaba entre sus uñas habría dado para llenar un par de bolsas de basura, pero Ayla trató de no pensar en ello mientras sacaba el teléfono de la hermana de Gerard y lo colocaba a su alcance.

—A ver qué puedes hacer con esto.

Lilo cogió el móvil, lo ojeó con desgana y lo hizo desaparecer en algún lugar fuera de su ángulo de visión.

—¿Qué quieres exactamente?

—Todo lo que haya dentro.

—No será barato.

La principal fuente de ingresos de Lilo no provenía de la venta de bebidas, sino de su pericia arreglando y vulnerando teléfonos móviles. Era el tipo con el que había que hablar si llegaba a tus manos un móvil de dudosa procedencia o si directamente lo robabas. En la trastienda de su miserable bar tenía una especie de taller clandestino en el que reparaba teléfonos, los desbloqueaba y quebrantaba cuantas leyes fuera posible manipulándolos sin piedad.

Tras cargar la batería del teléfono de Hannah, Ayla comprobó que, como había temido, estaba protegido por una contraseña, así que le fue imposible acceder a lo que había en su interior. Esperaba que Lilo fuera capaz de hurgar en las entrañas del aparato y sacar a flote lo que fuera que hubiera allí dentro.

—Pásate en una hora.

Volvió a tamborilear sobre el alféizar y desvió la mirada hacia un hombre que se aproximaba por detrás de ella. Un nuevo cliente.

Ayla se marchó sin decir adiós.