El gran rojo

Benito Olmo · Capítulo 2 de 51

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El gran rojo

Día 1

Noche de autos

 

La noche me envuelve con un abrazo de silencio, humedad y asfalto. Al otro lado del río, los rascacielos se alzan con la desfachatez de torres de Babel empeñadas en arañar la negrura. Los edificios resplandecen con osadía, engalanados con colores alegres que deberían hacerlos más atractivos en medio de la noche. Las luces componen una ilusión de belleza y optimismo tan cruel como la última cena de un condenado a muerte.

Es una ilusión vacía, claro. Sin ir más lejos, hace unos días alguien se quitó la vida arrojándose desde lo alto de uno de esos rascacielos. El suicidio ocupó las portadas de todos los tabloides de la ciudad durante unos diez minutos. Eso fue lo que tardaron los periodistas en encontrar otra noticia con la que tapar el suceso. A las grandes corporaciones que habitan esos colosos de cristal y acero no les interesa que nadie conozca las miserias que esconden en su interior y los periodistas actúan en consecuencia.

No muerdes la mano que te da de comer. Hasta los perros saben eso.

Doy un trago a mi cerveza. El sabor de la birra se mezcla con el regusto metálico de la sangre con tanta intensidad que parece que estuviera chupando una moneda. El alcohol me escuece al contacto casi tanto como el recuerdo del encuentro con Ivanka. Ir a reclamar una deuda y volver sin dinero, con el labio roto y un ojo morado se me antoja la peor manera posible de empezar la semana.

Me digo que podría haber sido peor y pienso en el pobre infeliz que decidió que era buena idea lanzarse desde lo alto de uno de esos rascacielos.

El edificio más alto de la ciudad es la torre del Commerzbank. Doscientos cincuenta y nueve metros, nada menos. ¿Cuánto tardas en tocar el suelo desde esa altura? Debe de existir una fórmula matemática para calcularlo, pero no la conozco. Doscientos cincuenta y nueve metros no parece tanto, en realidad. Viene a ser la distancia que hay desde mi casa hasta la parada de metro más cercana. Sería buena idea establecer la altura de los edificios en función del tiempo que tardas en tocar el suelo si saltas desde el punto más alto. «Ese edificio de ahí mide cinco segundos». «Ese otro mide seis y medio». «Pues yo trabajo en uno que mide casi diez segundos».

Es una idea macabra, pero, si llegara a ponerse en práctica, estoy seguro de que muchos se lo pensarían mejor antes de tomar la determinación de arrojarse desde una de esas torres. La perspectiva de verse más de dos segundos suspendido en el vacío, sin nada más que aire entre tú y el maldito suelo, no resulta nada alentadora. Si alguna vez me decidiera a quitarme la vida, preferiría un método indoloro. Un atracón de somníferos estaría bien. Quedarse dormido y no volver a despertar es una buena forma de morir.

Dicen que cortarse las venas tampoco duele, pero soy tan manazas que si me decidiera por esa vía es bastante probable que terminase vivo y con los brazos hechos unos zorros. Con la suerte que tengo, seguro que tendrían que amputarme un brazo o algo así. Seguiría vivo y, por si fuera poco, manco.

Sólo me faltaba eso.

Alguien se acerca. Es un hombre que conduce una bicicleta pertrechada con alforjas.

—Buenas noches. ¿Ya se ha terminado la cerveza?

Acompaña la pregunta con una sonrisa desastrosa. Le muestro un dedo para pedirle paciencia mientras apuro el resto de la lata, que es poco más que un poso de espuma caliente. Después se la ofrezco.

—Gracias, amigo.

Sus ojos se detienen un momento más de la cuenta en los moratones de mis mejillas, pero finge no verlos. Cuando guarda la lata, el resto del botín que lleva en las alforjas le da la bienvenida con un tintineo metálico.

—Hace buena noche, ¿verdad?

—No está mal.

—Dicen que en unos días volverá el frío.

Lo dice de un modo curioso. «El frío». Como si fuera una persona en vez de un fenómeno atmosférico. Saco mi paquete de cigarrillos y el desconocido lo mira con avidez. Le ofrezco un pitillo, que coge al vuelo.

—Gracias, señor. ¿No tendrá fuego, por casualidad?

Enciendo su cigarrillo y después el mío. Fumamos en silencio, convertidos en camaradas resueltos a compartir trinchera. Nos quedamos absortos en la contemplación del río Main, que refleja las luces de los rascacielos con una nitidez acuosa, como si allá abajo miles de pequeños insectos luminosos se afanasen en componer aquella estampa fantasmal. El desconocido vuelve a colocar los pies en los pedales y se despide con un ademán militar.

—Que le vaya bien, señor.

Aunque no lo dice abiertamente, sé que se refiere a mis heridas. Desea que mis problemas, sean cuales sean, se resuelvan pronto. Le doy las gracias con un cabeceo y lo observo alejarse. Cada pedalada va acompañada del tintineo de las latas con las que carga. El sonido me recuerda a las campanillas que deben de escucharse cuando el trineo de Papa Noel anda cerca. Buscar botellas y latas vacías y entregarlas en algún comercio a cambio de unas monedas se ha convertido en una especie de subgénero laboral, una ocupación tan común y respetada que ya cualquiera lo hace. Desde adictos al crack hasta padres de familia con apuros para llegar a final de mes. Diablos, hasta yo mismo lo he hecho en alguna ocasión, cuando he necesitado algo de efectivo con urgencia para pagarme una copa, un paquete de cigarrillos o un bocadillo.

Mi estómago ruge mientras el reflujo ácido me asciende por la garganta a toda velocidad. Contengo una arcada mientras saco la caja de Omeprazol. La acidez remite nada más meterme una cápsula en la boca. Doy una nueva calada para celebrarlo y lanzo el cigarrillo al río. El pitillo ejecuta una parábola luminosa antes de entrar en contacto con el agua y apagarse con un siseo.

Resignado, me levanto las solapas del abrigo y le doy la espalda a los rascacielos.

No quiero hacer esperar a mi cliente.

 

¿Qué clase de desgraciado cita a otro a las cinco de la mañana? Llevo preguntándomelo desde que el día anterior recibí la llamada que me emplazó a vernos justo a esta hora. Una vez leí que los grandes magnates y empresarios, los auténticos dueños de la civilización, empiezan su jornada mucho más temprano que el resto de los mortales. Así se aseguran de que cuando sus competidores comienzan a rodar, ya les llevan varias horas de ventaja.

La mujer al otro lado de la línea fue escueta. Conjuró el sitio y la hora y colgó antes de que tuviera ocasión de preguntarle qué demonios quería de mí. En condiciones normales lo habría tomado por una tomadura de pelo, que es exactamente lo que parece. Si he decidido acudir es por dos motivos.

El primero es el lugar en el que me han citado. El antiguo caserón está ubicado en la zona más exclusiva del barrio de Sachsenhausen, lo que delata el altísimo poder adquisitivo de la persona que quiere verme. La gente para la que suelo trabajar cuenta cada euro de mi minuta con avidez, ansiosa por encontrar algún detalle que no figure en la provisión de gastos para poder ahorrárselo. De no tratarse de una broma, es probable que me las vea con un cliente particular que podrá proporcionarme una buena inyección de liquidez.

Eso conduce al segundo motivo: la necesidad de efectivo con el que hacer frente a las deudas que empiezan a atestar mi buzón. Tras un par de encargos que no han salido como debían y a la espera de que Ivanka decida pagarme, mi situación comienza a ser poco menos que alarmante.

Conclusión: no está la cosa como para ir rechazando encargos alegremente.

Cuando llego a mi destino compruebo que la mansión es imponente, mucho más de lo que parecía en Google Maps. Tres torreones, varios balcones y un jardín delantero del tamaño de una cancha de baloncesto anteceden lo que me espera en el interior. Las tejas de color negro asemejan las escamas de un dragón dormido. Un cliente así es justo lo que necesito: un ricachón dispuesto a pagar a cambio de pruebas de una infidelidad, una estafa al seguro o un vicio secreto, y que no fiscalice cada euro que le pida.

Me detengo frente a la verja y trato de componer mi aspecto para aparentar formalidad. Lamento no tener un espejo a mano, pero puede que sea mejor así. Al pulsar el timbre percibo un aristocrático «ding dong» que se escapa del interior del caserón. A esa hora de la mañana suena tan escandaloso que temo que vaya a despertar al resto del vecindario.

No sucede nada en absoluto. La sensación de ser objeto de una broma pesada se hace más fuerte a cada segundo que pasa y estoy a punto de largarme. Me obligo a permanecer allí, pero no me atrevo a volver a llamar. El portón no se abre hasta casi un minuto después para dejar salir a una figura menuda, encorvada y con la cabeza coronada por un grueso moño gris. Se acerca a la verja sin más abrigo que una rebeca fina y a todas luces insuficiente para combatir la humedad que se cierne sobre nuestras cabezas.

—Buenos días. ¿Es usted el fontanero?

La posibilidad me hace sonreír, aunque a la mujer no parece hacerle ninguna gracia.

—No, señora. Soy el detective.

Lo digo como si fuera algo habitual. Sólo soy una más de las visitas que esperan ese día. «Hoy vendrán el fontanero, el albañil y el detective». Ensancho la sonrisa, aun a riesgo de que malinterprete el gesto y me mande a hacer puñetas.

En lugar de eso me observa sin decir nada. Mi aspecto la descoloca, aunque no puedo culparla por ello. Aprovecho para examinarla yo también y hacerme una idea de la clase de persona que tengo delante. El moño gris le da una apariencia vetusta, desmentida por los vivaces ojillos que se mueven de un lado a otro de mi rostro y se detienen algo más de la cuenta en los moratones que me he puesto para la ocasión. Si el moño la hace parecer una ochentona, la mirada suspicaz es la de alguien de cuarenta años. Me planto en un cómodo término medio y apuesto a que tiene unos sesenta. No parece la dueña del lugar, sino más bien alguien del servicio, aunque se mueve con familiaridad. Su ropa es sobria, a un paso de ser harapienta.

—Adelante.

Abre la verja y la sostiene para que pase. Las hojas secas crujen para darme la bienvenida. Desde el interior, el jardín parece aún más grande y solemne, pero no está tan bien cuidado como debería. El césped echa de menos un buen rasurado y las plantas piden a gritos que un jardinero las cuide o bien las sacrifique para acabar de una vez con su sufrimiento. Si las flores pudieran gritar, las que se arrebolan junto al portón no dejarían dormir a nadie en los alrededores.

Cuando entro en el caserón me asalta un agradable aroma a leña. El mobiliario es antiguo, pero está limpio y bien conservado, lo que le confiere una elegancia atemporal. En el recibidor detecto un busto de Goethe, un carrillón y varios cuadros que muestran a señoras desnudas correteando por jardines floridos.

—Por aquí, por favor.

La sigo a través de un pasillo tan largo que podríamos jugar una partida de bolos en él. Estoy casi seguro de que la mujer que me antecede es la misma que me telefoneó ayer y estoy a punto de preguntarle qué demonios quiere de mí, pero sospecho que no respondería, así que me reservo las dudas por el momento.

El pasillo desemboca en una estancia ampliamente iluminada y, para mi alegría, bastante caldeada. La luz proviene de unos apliques que hay en la pared y de una chimenea en la que arden con generosidad unos troncos tan perfectos que parecen de atrezo.

Frente a la chimenea hay un sofá de piel enorme. Sobre él, una mujer. Es rubia y lleva un vestido blanco con un escote tan generoso como un príncipe saudí hasta arriba de Ruavieja. No hace nada que delate que nos haya visto llegar, ocupada en contemplar el fuego. Un segundo vistazo me hace notar que no se trata de una chimenea real, sino de una especie de pantalla tras la que arden de forma ficticia esos troncos tan correctos. Son los radiadores dispuestos en las paredes los que hacen el trabajo sucio; la presunta chimenea se limita a figurar.

La señora que me ha guiado hasta allí se queda a un lado de la habitación, confundida entre las sombras, como si quisiera mimetizarse con el entorno y pasar desapercibida. Creo que lo consigue.

La mujer del sofá finge no percatarse de mi presencia. En su rostro bailan muy pegados la indolencia y el aburrimiento. Pasa un minuto completo antes de que hable.

—Mascarell es un apellido valenciano.

Pronuncia mal mi apellido, pero estoy acostumbrado. Los alemanes tienen un serio problema con las erres. Es como si fueran animales viscosos que trataran de atrapar con las manos untadas de aceite. Las erres se les hacen un mundo; las dobles erres, una tragedia. Además emplea un tono tan desabrido que se me quitan las ganas de responder, pero lo hago de todas formas.

—Mi padre era valenciano. Mi madre, de Cádiz.

—Cádiz.

Deja la palabra ahí, como si le trajera recuerdos inesperados y lejanos. Empiezo a estar un poco harto de esa pose de mujer fatal, pero cuando la veo llevarse a los labios una copa que toma de algún lugar en el suelo, concluyo que no está actuando. Si no me equivoco, está borracha como un piojo.

—Es una bonita mezcla, Cádiz y Valencia. ¿Qué demonios hace en Frankfurt am Main?

«El idiota», pienso, pero me encojo de hombros y doy un par de pasos para situarme en su línea visual. Eso la obliga a mirarme al fin. Como temía, veo en sus ojos el temblor etílico de quien lleva en el cuerpo muchas más copas de las que debería.

—Frankfurt es un buen lugar en el que vivir.

—Si usted lo dice.

—Sí.

Un día de estos debería buscar una buena historia con la que explicar mi presencia en esta ciudad. Me digo lo mismo cada vez que alguien me pregunta qué se me ha perdido aquí, pero siempre olvido hacerlo.

—Encantada de conocerle, Mascarell. Yo soy la señora Niemann.

Se incorpora ligeramente para estrecharme la mano. Sus dedos se deslizan entre los míos como si se adentraran en territorio desconocido, prudentes y osados al mismo tiempo.

—Bonito nombre, señora Niemann.

No paso por alto que su apellido se parece mucho a la palabra Niemand, que en alemán significa «Nadie». Eso me hace pensar que nuestro encuentro tiene algo de clandestino. La señora Nadie quiere mantenerlo en secreto. Lo primero que se me ocurre es que quiere pedirme que investigue a su marido. No lleva alianza, pero eso no tiene por qué significar nada.

—Confío en su discreción, señor Mascarell.

No es una pregunta, así que permanezco en silencio para darle la oportunidad de explicarse. Antes de seguir, toma del suelo una botella y rellena su copa hasta el borde. No me ofrece, pero supongo que es mejor así. Cuando se recuesta, arma de nuevo esa expresión suya de infinito aburrimiento. Da la impresión de que la vida hace tiempo que ha dejado de tener secretos para ella. No cuenta con que nada vaya a sorprenderla a estas alturas.

Aprovecho el paréntesis para examinarla mejor. Diría que tiene la misma edad que la mujer que me ha abierto las puertas de la mansión, si bien la lleva con mucho más aplomo que aquella. Los años se atemperan entre sus curvas y su cabellera rubio platino, casi blanca. Las arrugas apenas son visibles, atrincheradas bajo una gruesa capa de maquillaje. El escote deja a la vista un busto gigantesco, excesivo, sobre una cintura diminuta. Si un adolescente rebosante de hormonas hubiera querido dibujar a la mujer de sus sueños, el boceto se habría parecido mucho a ella. Lleva un afortunado collar de cuentas cuya mayor parte se pierde entre sus senos. El intrépido lunar que corona uno de sus pechos me recuerda a las huellas que nuestros chicos dejaron en la Luna.

—Necesito que encuentre a alguien.

Suelta la petición con la misma alegría con la que los bombarderos dejan caer su carga sobre la ciudad que pretenden arrasar. Trata de fingir indiferencia, pero está atenta a mi reacción. Quiero pensar que permanezco impasible.

—Doris le dará los detalles.

Supongo que se refiere a su ama de llaves, o lo que diablos sea la mujer que me ha guiado hasta allí. La tal Doris no se mueve al oír su nombre y se limita a seguir oculta entre las sombras. Cuando la miro me devuelve una ojeada vacía, tal que si formara parte del mobiliario.

—¿De quién se trata?

La señora de la casa encaja la pregunta con indiferencia, pero antes de responder da un trago nervioso a su copa y hace un gesto de quitarle importancia.

—Un amigo.

El tono desabrido pone en evidencia la mentira. Aun así estoy dispuesto a pasarla por alto con tal de obtener más información. En esos labios, la palabra «amigo» podría significar cualquier cosa.

—¿Ha llamado a la policía?

La cuestión le arranca un alzamiento de cejas. Por un instante, la nube etílica parece retirarse del rostro de la señora Niemann, que ahora me observa como se mira a las visitas que empiezan a prolongarse mucho más de lo estipulado. Por supuesto que no ha llamado a la policía, dice esa mirada. Tampoco me sorprende. La gente de su posición no denuncia ese tipo de incidentes ante la autoridad. No les interesa que quede ninguna constancia oficial. Los trapos sucios se lavan en casa.

—Como ya le he dicho, Doris le dará los detalles.

—Si no me da más datos, difícilmente podré realizar mi trabajo.

Recibe mi atrevimiento con un suspiro de hastío y se pone en pie. Tengo más preguntas, pero me olvido de ellas cuando se me acerca con un contoneo inequívocamente sensual.

—¿Qué le ha pasado en la cara?

El tono es tibio. Acogedor. Dan ganas de quedarse a vivir en él. Se acerca tanto que invade mi espacio personal. Tengo que hacer un esfuerzo titánico para no retroceder.

—No se preocupe, no es tan grave como parece.

—Me alegro.

Da un trago torpe que le deja una gota en forma de lágrima en la comisura de los labios y me permite apreciar el aroma del Apfelwein. Lo que en cualquier otro habría resultado un olor nauseabundo e invasivo, en ella es una invitación a cerrar los ojos y disfrutar de la vida. La lengua asoma y captura la gota de vino antes de que vaya más allá.

Sin previo aviso, su mano se desliza por mi mejilla y estoy a punto de saltar como un gato al que amenazan con una manguera. Consigo mantener el tipo, aunque sé que debería decirle que pare. Que no necesita hacer eso. Que trabajo a cambio de dinero, no de caricias. No soy un caniche. Sin embargo, el contacto es demasiado agradable como para rechazarlo sin más, así que me sorprendo dejándome sobar por una desconocida que probablemente no haya hecho más que mentir desde que he puesto el pie en su salón.

—No me falle, señor Mascarell.

Lo dice como si estuviera acostumbrada a que la decepcionen una y otra vez. La mano se bate en retirada y comienza a juguetear con el collar, lo que me obliga a poner todo mi empeño en seguir mirándola a los ojos.

En ese momento se oye una risita, aunque más bien parece un graznido. Proviene del lugar en el que Doris observa la escena. La descubro sonriente como un cadáver, mirando hacia nosotros con el mismo entusiasmo que si estuviera asistiendo a un parto.

El sonido de su risa rompe la magia y la señora Niemann, tras un breve parpadeo, balbucea algo y me da la espalda. Regresa al sofá y toma asiento como si estuviera subiendo a bordo de una limusina. La copa y la chimenea de pega vuelven a reclamar toda su atención, perdido ya de forma súbita y definitiva cualquier interés en mí.

Sé que debería agradecer la interrupción y el regreso a la normalidad, pero no puedo evitar una punzada de fastidio y aniquilo a Doris con la mirada. Ya ha dejado de sonreír y sale de la habitación con parsimonia. Deja la puerta abierta tras de sí, invitándome a seguirla.

Salgo sin decir adiós.

 

Doris me precede por la pista de bolos mientras pienso en el extraño encuentro que acabo de mantener. No he podido hacer todas las preguntas lógicas que aparejan la búsqueda de una persona desaparecida. A saber: quién es, cuánto lleva sin dar señales de vida, si tiene pareja o algún rollete conocido… Tampoco he podido plantear el precio de mis servicios. La señora Niemann debe de haber delegado todas esas cuestiones en su ama de llaves.

Cuando llegamos al hall, Doris se saca un teléfono del bolsillo y teclea algo sin mirarme.

—Se llama Gerard.

Noto un zumbido procedente del interior de mi abrigo, concretamente del lugar en el que guardo el móvil. Supongo que Doris acaba de hacerme llegar toda la información sobre el tipo al que tengo que encontrar.

—¿Tienen alguna idea de dónde puede estar?

Me mira como si le hubiera preguntado cuándo fue la ultima vez que tuvo relaciones sexuales. Tengo la impresión de que la primera respuesta que se le ocurre es la misma que habría respondido a aquello. Con fastidio, vuelve a introducir la mano en el bolsillo y temo que vaya a sacar un revólver o un machete, pero en lugar de eso extrae un abultado sobre que me tiende con desgana.

—Encuéntrelo.

Intento parecer indignado. Las cosas no funcionan así, dice mi lenguaje corporal. No voy a dejar que me avasallen por un puñado de euros. Creo que resulto bastante convincente, pero soy incapaz de mantener esa pose mucho más. Necesito demasiado la pasta, así que, transcurridos unos segundos, tomo el sobre sin protestar.

Como si fuera la señal convenida, Doris abre la puerta y me planta una mano en la espalda. Me empuja hacia fuera con firmeza. Podría resistirme, pero parece tan decidida a librarse de mí que no veo más opción que dejarme llevar.

Me veo expulsado de la mansión. La puerta se cierra a mi espalda con un sonido definitivo que hace temblar los goznes y me recuerda al que emitiría una tumba al cerrarse. Soy Adán recién desterrado del paraíso, aunque sin el consuelo de tener a Eva a mi lado. Dudo, pero finalmente me deslizo sobre la hojarasca en dirección a la calle. Cuando salgo del recinto me aseguro de que dejo la verja bien cerrada y vuelvo a echar una ojeada al caserón. Ha empezado a clarear. A la débil luz del día la casa tiene un aspecto que merecería muchos calificativos, pero no el de acogedor. Parece desangelada, sin ninguna pista que pueda delatar quién vive allí o qué truculentas escenas se desarrollan en sus entrañas.

Una mujer curiosa, esa Doris. Casi tanto como su jefa. No puedo dejar de pensar en el extraño comportamiento de ambas; en la firmeza casi despótica de la primera y su forma de despacharme, como si considerase mi presencia un incordio que no se ve capaz de soportar durante mucho más tiempo; en la pose afectada y pretendidamente seductora de la segunda. Bien podría haberse escapado de una novela de Raymond Chandler. Dos actitudes contrapuestas que me hacen preguntarme si he hecho bien al dejarme enredar por ellas.

Cuando empiezo a alejarme, saco el teléfono para comprobar lo que me ha enviado Doris. Se trata de una fotografía. En ella se muestra el primer plano de un tipo que sonríe a la cámara con insolencia. Tendrá unos veinticinco años. La instantánea parece haber sido tomada en las gradas de un pabellón. Lo delata el partido de hockey sobre hielo que se está desarrollando a su espalda. Lleva una holgada camiseta de los Löwen Frankfurt y sostiene un vaso de cerveza que alza en dirección a la cámara.

Gerard.

El mensaje no contiene más que ese retrato. Amplío la imagen con dos dedos y busco en los rasgos del muchacho alguna semejanza con la señora Niemann. Por más imaginación que le eche, el rostro de ese chico no delata ningún parentesco con la mujer que me ha encargado encontrarle, aunque sé que eso no es motivo para descartarlo de forma definitiva ni absoluta.

No hay más. Ni datos personales ni información que puedan ayudarme a dar con él. Murmuro una maldición que me sale desde muy adentro. Con esto no tengo ni para empezar y me planteo regresar al caserón para decirle a la señora Niemann que las cosas no funcionan así. Si de verdad quiere que encuentre a ese joven, debe darme más: lugares por los que se deja caer, aficiones, redes sociales, si tiene amigos o alguna pareja estable, si consume drogas… En definitiva, datos que me orienten en la dirección adecuada. Poco voy a poder hacer sin más que una simple fotografía.

En lugar de desandar mis pasos, que sería lo más lógico, saco el sobre que me ha dado Doris. En el interior, un puñado de billetes de cincuenta y de cien desfilan como si no vieran el momento de salir de allí. Lo cuento con discreción y compruebo que hay dos mil euros, una suma mucho mayor que la provisión de gastos que suelo pedir antes de aceptar ningún encargo. Sé que debería estar dando saltos de alegría por esta inesperada inyección de liquidez, pero la extraña manera en la que ha llegado a mi poder me hace pensar que este dinero no me pertenece. Me recuerda a uno de esos tesoros malditos de los que hablan las historias de piratas; tengo la sensación de que si gasto un solo euro estaré condenado para siempre.

Miro a mi espalda. A lo lejos, la mansión se erige tan acogedora como un desguace. Todo en aquel extraño encuentro tiene un aire irreal y estoy tentado de pensar que ha sido fruto de mi imaginación, pero la fotografía que tengo en mi móvil es tremendamente tangible, como también lo es el sobre con dinero o el recuerdo de la caricia de la señora Niemann.

Entonces me fijo en uno de los vehículos aparcados frente a la casa.

Se trata de un Bentley tan majestuoso y enorme que habría podido dar cabida en su asiento trasero a todos los habitantes de un pequeño país africano. No me habría llamado la atención de no ser porque percibo un movimiento tras el parabrisas. No puedo ver a la persona que está al volante, pero por la hora que es y el lugar en el que se encuentra apostaría a que está vigilando la casa de la que acabo de salir.

Me digo que empiezo a pensar como un paranoico y que tengo demasiada imaginación. Aun así, memorizo la matrícula del Bentley antes de darle la espalda y seguir caminando.

El sobre me quema en el bolsillo. La posibilidad de verme obligado a decir adiós a este montón de billetes me impele a desoír a la parte más sensata de mi cerebro. La que no deja de repetirme que todo este asunto huele mal, al igual que la mujer que ha requerido mis servicios y la propia mansión en la que se ha desarrollado el encuentro. Intento sustituir esas dudas por algo parecido a la determinación y empiezo a barajar opciones y vías de acción tomando como punto de partida la foto de ese tipo.

Casi sin querer, mis pies ponen rumbo a la Bahnhofsviertel, el barrio donde empiezan y acaban la mayor parte de mis investigaciones.