El gran rojo
Cita
Se establece un incómodo silencio a tres bandas. Gerard empieza a estar hundido. Sabe que ha cometido una montaña de disparates, a cual más temerario, pero escucharlos en mis labios los hace tangibles. Dolorosamente reales. Saca fuerzas para mirar a Ayla y resumir su desazón en cuatro palabras.
—Samir no pudo soportarlo.
La mención de su hermano hace que la muchacha se crispe. Es evidente que jamás se conformará con esa versión de los hechos. Seguirá dudando hasta el fin de sus días. Creo que es demasiado joven para cargar con esa pesada losa, pero también ha demostrado ser sobradamente más madura y sensata de lo que parece.
—¿De dónde la sacó? —pregunta a Gerard.
—¿El qué?
—La droga.
Titubea. No está seguro de que quiera oír esa respuesta, pero termina capitulando.
—Era de mi hermana. La tenía por casa.
—¿La tenía por casa, dices? Está en una clínica de desintoxicación.
—Sí. Debería haberme deshecho de esa mierda, pero…
Deja la frase ahí. No tiene ninguna otra explicación, así que no se esfuerza en convencerla y se limita a negar con la cabeza.
—Así que mi hermano encontró la heroína y decidió metérsela.
Por la forma y el tono que utiliza deja claro que le parece una idea ridícula. Me pondría de su lado, pero, me guste o no, no tenemos tiempo para esto. La muerte de su hermano es una desgracia. Una mierda candente que va a lastrar su felicidad durante mucho tiempo. Sin embargo, en estos momentos tenemos asuntos mucho más graves y acuciantes a los que hacer frente. No tenemos forma de saber si Ackermann o los hombres del Gran Rojo vendrán de nuevo a por nosotros, o si en este momento estarán de camino para darnos un escarmiento por colarnos en su fiesta sin invitación.
—¿Fueron a por vosotros?
Gerard vuelve a mirarme y tengo la impresión de que agradece mi intervención, ya que le libra de tener que seguir sincerándose con Ayla.
—Ackermann me telefoneó. Estaba furioso. Me dijo que sabía que había ido a ver a Gunther Blume por mi cuenta y me acusó de haber incumplido mi parte del trato.
—Que era justo lo que habías hecho, vaya.
—Cuando volví a casa descubrí que ya habían estado allí. Lo habían revuelto todo. Debían de haber deducido que me había llevado el teléfono de Blume.
—Estuviste en mi casa —interviene Ayla.
Lo acusa sin pestañear. Gerard titubea, a punto de negarlo. Me mira en busca de ayuda, pero paso de él, así que no tiene más remedio que responder.
—Samir se encargó de llevar el teléfono a un tipo para que lo desbloqueara. Por desgracia, murió antes de llegar a dármelo.
—Así que encontraste su cadáver y tuviste la suficiente sangre fría como para registrarle los bolsillos en busca del móvil de Gunther Blume. Al no encontrarlo, le quitaste las llaves y viniste a casa. Debiste de esperar a verme salir antes de subir, sabiendo que mi padre estaría solo.
A Ayla le brillan los ojos. El enfado y la rabia que bullen en su interior la hacen impredecible. Peligrosa. Si tuviera un revólver a mano en este momento, probablemente le descerrajaría un par de tiros al impresentable que tiene delante. Por suerte no lo tiene, pero temo que le dé por utilizar la navaja con la que cortó mis ataduras hace un rato para rebanarle el cuello a este papanatas. Intervengo para desviar su atención.
—¿Encontraste el teléfono en casa de Samir, entonces?
Gerard asiente sin mirarme.
—Lo siento mucho.
Parece sincero. Insisto para darle a Ayla la oportunidad de calmarse.
—Descubriste que habían estado en tu casa, así que tuviste que buscar refugio en otro lado. ¿Dónde fuiste?
Ayla me mira, cabreada por que mis continuas interrupciones no la dejen seguir con su interrogatorio, pero Gerard se aferra a la pregunta como si le hubiera arrojado un salvavidas.
—Conozco un hostal en Ostend. Un sitio discreto en el que no hacen demasiadas preguntas. Tomé prestada algo de ropa de Hannah y me refugié allí.
Ya, claro. Digo que sí con la cabeza, pero no le creo. Es una mentira piadosa, pero una mentira al fin y al cabo: esa ropa no puede ser de su hermana. Le sienta demasiado bien y, sobre todo, la lleva con una desenvoltura que me hace pensar que se siente verdaderamente cómodo con ella. Además, nadie se mueve sobre unos tacones con tanta habilidad sin algo de práctica.
—No te voy a preguntar cómo conociste ese sitio, pero sí me gustaría saber qué pinta el Gran Rojo en todo esto.
Está a punto de responder, pero Ayla se le adelanta.
—La chica que murió debía de trabajar para ellos.
Le doy el visto bueno con un cabeceo, lo que le da ánimos para continuar exponiendo esa posibilidad.
—La policía estará investigándoles, así que les encantaría tener algo que darles a los sabuesos. Por ejemplo, una grabación de esa muchacha manteniendo relaciones con un alto cargo de ISSUE CORPS horas antes de morir. Cuando se enteraron de la existencia de ese vídeo centraron sus esfuerzos en dar contigo.
Gerard se encoge de hombros para darle a entender que no tiene ni idea de a qué se refiere. Lo ignoro y tomo la palabra de nuevo.
—No puedo dejar de darle vueltas a algo: tienes detrás de ti a los hombres del Gran Rojo y a los matones que ha contratado Ackermann para encontrarte. ¿Qué diablos haces en un tugurio de Ostend, en vez de poner tierra de por medio?
—La policía me está buscando, Mascarell.
Lo dice como si estuviera explicándole algo muy simple a un imbécil. Para animarle, pongo mi mejor cara de imbécil.
—Deben de tener controladas mis tarjetas. Si intento salir del país o comprar un billete a cualquier parte, me encontrarán.
—¿Y por qué no te entregas? Siempre será preferible eso a que esos tipos te encuentren y decidan hacerse un llavero con tu cabeza.
Cuando cree que lo que va a decir lo va a hacer quedar como un idiota, Gerard Ludwig chasquea los labios y las aletas de la nariz se le arquean de forma casi inapreciable. Si no llevara todo el tiempo haciéndolo no me habría dado ni cuenta.
—No quiero ir a la cárcel.
Lo dice como si fuera algo legítimo. Está envuelto en las muertes del hermano de Ayla, de Gunther Blume y de esa prostituta, pero sigue convencido de que no ha hecho nada malo. Hay ocasiones en las que la mente es maravillosa, pero esta no es una de esas.
—Si Hammer y Nagel te encuentran, te harán pedazos. Y si te encuentra antes el Gran Rojo, ya puedes rezar. Comparado con eso, ir a la cárcel se parece mucho a unas vacaciones.
Piensa en ello. O finge hacerlo. Tanto da.
—Creo que es un buen momento para que nos enseñes qué hay en ese teléfono que compromete tanto a la buena gente de ISSUE CORPS.
Exterioriza su hastío con un suspiro. Sabía que este momento iba a llegar antes o después y no le apetece en absoluto enfrentarse a él, pero comprende que no tiene otra alternativa. Hace un gesto en dirección a Ayla, como si quisiera dejarla fuera de esto. No se atreve a decirlo en voz alta, ni yo creo que sea justo privarla. Tampoco que vaya a permitir que lo hagamos. Merece saber por qué murió su hermano y ha demostrado de sobra ser la más madura de los tres.
Gerard abre la galería del teléfono y me lo pasa. La pantalla muestra una sucesión de fotografías y Ayla se coloca a mi lado para examinarlas conmigo.
Las imágenes tienen como protagonistas a tipos enchaquetados, jóvenes y viejos, con el disfrute como único elemento común. Se lo montan con chicas bellísimas de toda raza y edad. Gerard interviene para que no nos olvidemos de que está allí.
—Al revisar los correos electrónicos y las conversaciones de WhatsApp de este tío descubrí que celebran este tipo de fiestas el último sábado de cada mes. La cúpula de ISSUE CORPS se reúne en lo alto de la torre, se ponen hasta el culo de todo y practican sexo al más puro estilo Lobo de Wall Street.
En ese instante acude a mi cabeza un comentario de Otto al que en un primer momento no di demasiada importancia: en la última planta del rascacielos no hay cámaras de seguridad, con el fin de garantizar la confidencialidad de lo que sucede allí. Está claro que ese detalle tiene mucho que ver con el hecho de que esa panda de ejecutivos escoja ese lugar para sus orgías. Sin embargo, eso no impide que cualquiera pueda subir con su móvil y grabar lo que le venga en gana. Ignoro de qué manera consiguió Gunther Blume estas imágenes, pero no creo que enfocara con su teléfono sin más, ya que lo habrían descubierto. Debió de usar algún otro sofisticado método de grabación. Puede que una cámara escondida en un botón o en un bolígrafo, de esas que venden en La Tienda del Espía.
A medida que avanzo en la galería me asalta la misma sensación de antes: las imágenes son vergonzantes, incluso escandalosas, pero por sí mismas no constituyen un motivo de peso que justifique el plan para implicar a Gunther Blume en el asesinato de una chica. Hay algo que se nos escapa, algo que falla en el conjunto. Sigo observando la sucesión de imágenes con la esperanza de dar con ello.
Lo encuentro.
Hay cientos de fotografías, pero sólo cinco o seis son realmente relevantes, ya que muestran algo que puede llevar a toda la cúpula de ISSUE CORPS a la cárcel.
Menores.
No hay margen de error. No se trata de chicos que rozan la mayoría de edad, sino de rostros y cuerpos indiscutiblemente infantiles. Y digo «chicos» porque me niego a utilizar la palabra «niños» en este contexto.
En una de esas imágenes, el protagonista es el mismísimo señor Ackermann. Está sentado en su silla de ruedas con los pantalones bajados, su rostro adornado con una sonrisa tan radiante que en un primer momento me cuesta reconocerle. Sobre sus piernas escuálidas, mermadas por la inmovilidad, hay un chico con el pito al aire. Es evidente que no llega ni a los catorce años.
—Hostia puta.
Ayla exterioriza el exabrupto por los dos. Oírla me hace recordar su presencia de golpe. Caigo en la cuenta de que estoy viendo imágenes pornográficas con una chica que probablemente sea menor de edad. Por eso cierro la galería y le devuelvo el móvil a Gerard, que lo guarda sin ceremonia.
—Hay que llevar ese teléfono a la policía.
—No diga gilipolleces, Mascarell. Si sigo vivo es, precisamente, gracias a que tengo este teléfono en mi poder.
—¿Crees que se van a olvidar de ti así, por las buenas? Esto sólo acabará cuando esas imágenes sean destruidas, o bien cuando dejes de respirar. Lo que suceda antes.
Se instala un silencio denso entre los tres. Tengo que hacer que Gerard entre en razón. Su vida no es la única que está en juego: también la mía y la de Ayla.
Estoy a punto de insistir cuando mi teléfono empieza a vibrar.
No reconozco el número que aparece en la pantalla. Ayla y Gerard me observan al unísono, preguntándome sin palabras si voy a cogerlo. No me lo pienso demasiado y acepto la llamada.
—Buenas tardes, Mascarell.
La voz de Ackermann me provoca un mordisco nervioso en la boca del estómago. La serenidad de su tono es tan forzada que no engaña a nadie. Está rabioso y concluyo que el resultado de la reyerta entre sus chicos y los hombres del Gran Rojo no debe de haberle resultado favorable, lo que unido a la pérdida de Semenko hace que sus filas estén bastante mermadas.
—Hola, señor Ackermann.
La mención de su apellido hace que Ayla y Gerard crucen una mirada intranquila.
—Le espero dentro de diez minutos.
—Lo siento, pero tengo la tarde ocupada.
—Más le vale venir, Mascarell. Y traiga a Gerard y el teléfono con usted.
—¿Qué le hace pensar que sé dónde está ese tío?
Suelta una risotada histriónica. Tengo la impresión de que sabe de lo que habla. ¿Cómo ha podido enterarse de que estoy con Gerard? Supongo que tiene a gente apostada cerca de mi domicilio y lo han visto entrar, disfrazado y todo.
—No se retrase, Mascarell.
—Ya le he dicho que estoy ocupado.
Exhala un suspiro que llena la línea con un crujido estático. Parece decepcionado, como si odiara verse obligado a actuar como lo hace. Mis respuestas sacan lo peor de él. Debería darme vergüenza.
—La doctora Castillo es muy guapa.
La mención de Gabriela me paraliza. Me enloquece. Si tuviera a Ackermann delante lo mataría con mis propias manos. Como no lo tengo, me conformo con apretar los puños y empiezo a temblar de furia y miedo.
—Como se atreva a…
—Sabemos dónde vive y también dónde trabaja. Si no viene con Gerard y con el teléfono de marras, no iremos a por usted, sino a por ella. ¿Queda claro?
—Voy a matarle, Ackermann.
Esa única frase hace que Gerard y Ayla abran mucho los ojos, sin dar crédito a lo que acaban de oír ni imaginarse qué puede haber dicho Ackermann para provocarme de esa manera.
—Me encantará ver cómo lo intenta, Mascarell.
—No se preocupe, lo verá.
—Traiga también a esa chica. Se llama Ayla, ¿verdad? Tengo ganas de conocerla.
—Déjela fuera de esto.
—Y una mierda. Como no la traiga mandaré a mis chicos a hacerle una visita a su familia.
Acompaña la amenaza con una nueva risa. Está disfrutando. Es un sádico, un psicópata que se divierte haciendo sufrir a los demás. Lo noté la primera vez que lo vi. Los hijos de puta siempre acaban desenmascarándose ellos solitos, sin ayuda de nadie.
—Venga a mi oficina. Prepararé café. Le quedan nueve minutos.
Cuelga antes de que tenga oportunidad de replicar, pero tampoco hay mucho más que decir. Somos simples piezas en la partida que ha organizado Ackermann, que es quien pone las reglas y también el tablero. Cualquier intento por nuestra parte de actuar de otra manera tendrá consecuencias fatales. No sólo para mi integridad, que, a estas alturas de la película, me da bastante igual, sino también para Gabriela y la familia de Ayla.
Miro a la chica, que está expectante. Después a Gerard, que se teme lo peor. Niego y les comunico la buena nueva.
—Cambio de planes: tenemos una cita.
—¿Ramón?
—Hola, Gabi.
Ha respondido a la primera. La he llamado desde el baño para disponer de un poco de intimidad. Ayla y Gerard siguen en la habitación, pero, a pesar de todo lo que tienen que decirse, no los oigo hablar.
—¿Ha pasado algo?
—En realidad, sí.
No sé ni por dónde empezar. El mensaje que quiero transmitirle es muy concreto, así que cierro los ojos y lo hago de la forma más directa posible.
—¿Estás en el trabajo?
—Sabes que sí.
—Bien. ¿Me harías el favor de no volver hoy a casa?
Aguanto la respiración. He lanzado una granada y espero la explosión.
—¿Cómo dices?
—Es algo complicado de explicar. Búscate un hotel y pasa una agradable velada con Hans. Os lo merecéis. No te preocupes, que yo lo pago.
—¿Se te ha ido la olla?
La voz de Hans se alza detrás de ella. «¿Qué dice? ¿Qué quiere?». Me alegro de que estén juntos y busco a toda velocidad una excusa que los retenga lejos de su hogar, al menos hasta que consiga solucionarlo todo. No se me ocurre ninguna que no suponga un distanciamiento total y absoluto, así que me lanzo de lleno.
—He conocido a alguien.
No responde. Debe de estar preguntándose qué diablos puede tener eso que ver con el hecho de que no pueda regresar a su casa. Le dejo unos segundos para que ate cabos. No necesita más.
—No me jodas, Ramón.
—Sólo será hoy. Te lo prometo. Ya sabes que mi casa es un cuchitril y no puedo llevar a nadie allí. Y esta chica me gusta de verdad.
Alcanzo a oír el rugido de Hans. «¡Y una mierda!». Es bueno que haya escuchado la conversación, porque esto le afecta a él también.
—No me lo puedo creer.
—Pues créetelo, Gabi. Es muy importante para mí. Le he prometido una bonita velada y no puedo fallarle. ¿Me harás este pequeño favor?
Me siento tan mal que tengo que contener las ganas de echarme a llorar. Ni siquiera me consuela saber que Hans está subiéndose por las paredes al imaginarme en su cama con alguna fulana.
—Pero Ramón…
Esos puntos suspensivos son pura desesperación. No sabe qué decir. La he pillado con el paso cambiado y pienso aprovecharme de ello.
—Esta mañana cogí unas llaves prestadas, espero que no te importe.
—Vas a tener que buscarte otro plan.
—Demasiado tarde, Gabi. Ya estoy aquí. Y mi chica está al caer. Prometo compensarte en cuanto pueda.
—No puedes pedirme que no vaya a mi propia casa y esperar que obedezca, sin más.
—Bueno, haz lo que veas, pero ya sabes lo que vas a encontrar cuando llegues.
Dejo esa opción abierta para que imagine lo que sucedería si llegase a su casa y me encontrara allí con una mujer. La vergüenza, las explicaciones, la furia de Hans… Sé que le estoy pidiendo un favor inmenso, pero, visto en perspectiva, tampoco es para tanto. Sólo tiene que pasar una noche en un hotel, que además pagaré de mi bolsillo.
Le doy un último empujón y rezo para que sea suficiente.
—Esta chica es especial, Gabi. Puede que sea la buena.
Es una jugada sucia, pero no veo otra salida. Finjo que necesito su ayuda para reconstruir mi vida, bastante deteriorada la última vez que nos vimos. El sentimiento de culpa debe de andar por ahí, agazapado como una alimaña. Espero que asome y me ayude. Me digo que será la última vez.
—Ramón…
—Muchas gracias, Gabi.
Cuelgo. Si no lo hago tal vez encuentre la excusa o la entereza para mandarme a la mierda. Espero que mi plan funcione, ya que no puedo hacer mucho más. En caso de que las cosas no salgan como deben y Ackermann mande a un par de sicarios a por Gabi no la encontrará en su bonito adosado.
Si no funciona estaré perdido.
Hago otra llamada antes de salir del baño.