El gran rojo
Día 3
Vigía
Evidentemente, ni puedo ni quiero pegar ojo.
Paso la noche pegado a la ventana del salón con la luz apagada para no delatar mi posición. No parece haber nadie vigilando el edificio, pero, aun así, sigo pendiente de cada coche, cada sombra y cada sonido con obstinación mientras encadeno un cigarrillo tras otro y maldigo mi mala suerte entre dientes.
A cada minuto que pasa estoy más cerca de que venza el plazo impuesto por el Gran Rojo.
He visto el vídeo de la cámara de seguridad de ISSUE CORPS como un millón de veces. He llegado a memorizar cada fotograma en busca de alguna discordancia y no he dejado de preguntarme una y otra vez qué diantres sucedió durante esos aciagos cuatro minutos que Gunther Blume y Gerard pasaron lejos del indiscreto objetivo de la cámara. Cuando el chico sale del ascensor parece desconcertado, como si no supiera muy bien lo que ha ido a hacer allí. Me cuesta encontrar en su rostro la determinación de arrojar al vacío al tipo que lo acompaña.
En cambio, cuando regresa al elevador cuatro minutos más tarde y presiona de forma frenética el botón de la planta baja, está aterrorizado. Lo examino con atención para comprobar si su aspecto ha cambiado, fruto de un forcejeo o algo similar, pero la calidad del vídeo no es tan buena como para permitirme apreciarlo. Supongo que los expertos de la policía disponen de medios para darle nitidez a la imagen, pero en mi caso tengo que conformarme con verlo en la pantalla de mi teléfono y dejarme las dioptrías en el proceso.
He buscado información sobre ese tal Gunther Blume, pero las noticias sobre él son muy escuetas. Ni siquiera dicen su nombre. Creo que los periodistas se han ahorrado los detalles por respeto a la memoria del suicida, aunque lo más seguro es que ISSUE CORPS haya tenido algo que ver con el hecho de que el asunto se haya despachado con tanta rapidez. Lo único que dicen de él es que sus familiares están devastados por el dolor. No necesito leer un puñetero periódico para saber eso.
Cuando a la mañana siguiente Frau Maud se levanta y me encuentra en el salón con la frente apoyada en el marco de la ventana no dice nada. Se limita a preparar café para ambos. Sería la secretaria más eficiente del mundo si pudiera permitirme pagarle un sueldo. Me tiende una taza llena hasta el borde y le doy las gracias, pero me ignora y vuelve a su habitación. Hasta ahí llega su implicación en mis asuntos. No quiere désordre. No le apetece tener nada que ver con lo que me traigo entre manos y no puedo recriminárselo. Si pudiera, yo también me olvidaría de todo, tomaría el primer avión a España y me esfumaría una buena temporada, hasta que se calmasen los ánimos y el Gran Rojo, la señora Niemann y los matones de ISSUE CORPS se olvidaran de mí.
En lugar de eso, me bebo el café y me pregunto si aún es demasiado temprano para ir a ver a la única persona que puede arrojar algo de luz sobre todo este asunto.