El gran rojo

Benito Olmo · Capítulo 43 de 51

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El gran rojo

Chantaje

 

 

Gerard parecía exhausto. Como si el recuerdo y el desarrollo de aquel relato hubiera mermado su escasa provisión de energías. Ayla supuso que ver a alguien suicidarse te cambiaba la vida y se preguntó cuántas sesiones de psicólogo harían falta para que el amigo de su hermano volviera a sonreír.

—Cogiste el teléfono de Blume.

Mascarell lo dijo como si fuera algo evidente, pero Gerard asintió de todas formas. Después sacó de su bolso un móvil y se lo mostró.

—Lo llevamos a un conocido de Samir, especialista en desbloquear teléfonos.

Ayla pudo imaginar a quién le habría llevado Samir el móvil, lo que consiguió arrancarle un amago de sonrisa que no fue más allá. Gerard toqueteó la pantalla del teléfono y lo volteó hacia ellos.

El vídeo mostraba a un tipo sodomizando a una mujer. Se encontraban en un despacho de aspecto elegante y la grabación había sido tomada desde el exterior del edificio a través de una cristalera enorme. La cámara oscilaba ligeramente arriba, abajo, a un lado y al otro, lo que la hizo suponer que Gerard había empleado el dron que manejaba con tanta pericia. Era de noche y la luz procedente del interior dotaba a la imagen de tanta nitidez que parecía que la estuvieran emitiendo a través de un televisor.

El hombre tenía los pantalones por los tobillos y los ojos en blanco por la excitación. Se había quitado la chaqueta, pero no la camisa ni la corbata, que se balanceaba con cada embestida. Mientras, la mujer mostraba el rostro anodino de quien está realizando un burdo trámite administrativo. No había emoción alguna en su rostro más allá de un infinito aburrimiento que no hacía nada por disimular, aprovechando que el hombre no podía verle la cara.

La grabación duraba varios minutos. La visión de aquellos dos seres humanos fornicando resultaba más repetitiva que apasionante y, una vez que se acostumbró a ella, Ayla reparó en todos los detalles que pasaban desapercibidos en un primer momento. La cristalera permitía una visión panorámica del despacho. Sobre el escritorio, además de los enseres habituales de cualquier oficina, había también un par de copas mediadas, una botella de licor, varias rayas de una sustancia blancuzca y un billete enrollado. Sin duda aquellos dos se estaban corriendo una buena juerga.

También reparó en que la mujer tenía la mejilla hinchada y restos de sangre seca en los labios, pero resultaba difícil apreciar esos detalles con nitidez y no supo si en realidad se los estaría imaginando.

Gerard detuvo la reproducción, cansado ya de sujetar el móvil.

—Más o menos es todo el tiempo así.

—¿Se suicidó porque lo pillaron tirándose a una puta?

Los rostros de ambos se volvieron hacia Ayla, como si no hubieran esperado oír salir de sus labios una pregunta así. Ella siguió mirando a Gerard, exigiéndole una respuesta que este no parecía dispuesto a darle. Mascarell se le adelantó.

—No se trataba sólo de eso. Al día siguiente esa mujer apareció muerta en el rio Main.

Aquel nuevo retazo de información la dejó atónita. Miró a Gerard, a la espera de que desmintiera semejante barbaridad, pero, para su sorpresa, lo único que hizo fue bajar la cabeza. El detective lo tomó como una invitación a seguir hablando.

—A juzgar por esas imágenes, la fiestecita bien pudo írsele de las manos y terminó costándole la vida a esa chica. Si el vídeo hubiera salido a la luz, Blume habría sido investigado por homicidio. Lo más probable es que se suicidara por un intenso sentimiento de culpabilidad.

Gerard negó y alzó la vista, con los ojos brillantes por la excitación.

—No sabíamos que esa chica murió. Pensábamos que esta grabación podría buscarle un lío con su empresa, pero poco más.

—Claro que no. No teníais por qué saberlo. Por eso no os lo dijeron.

Ayla se estaba perdiendo. Mascarell debió de notarlo, ya que se volvió hacia ella para hablarle directamente, con la seguridad de un profesor explicando una materia que domina a la perfección.

—Ackermann buscaba la forma de deshacerse de Gunther Blume. Por eso contrató a estos dos.

«A estos dos idiotas», fue lo que Ayla creyó que iba a decir, pero se contuvo. Gerard protestó, pero Mascarell no lo dejó ir más allá.

—Eso no es del todo…

—La torre de ISSUE CORPS es enorme. ¿Cómo iban a saber qué piso y qué ventana debían enfocar exactamente? Muy fácil: contaron con ayuda desde dentro. Ackermann les dio las directrices.

Gerard movió la cabeza de lado a lado, pero, para sorpresa de Ayla, no hizo más que eso. Ni protestó ni rechazó esa teoría, lo que dio alas a Mascarell para seguir exponiéndola.

—Pero erais demasiado listos para plegaros a los deseos de Ackermann, ¿verdad? Seguro que os prometió una bonita suma a cambio de esa grabación, pero pensasteis que podríais ganar mucho más si acudíais directamente a Blume.

En ese punto, las mejillas de Gerard se arrebolaron hasta las orejas. Ningún maquillaje del mundo habría podido disimular tanto rubor.

—Era cosa mía —dijo—. Samir quería respetar el trato con Ackermann, pero pasé de él y fui a ver a Blume por mi cuenta. Debería haber sido fácil. Ya lo había hecho antes con aquel imbécil del Lamborghini.

El tono era de protesta. Como si no pudiera creer que la mala suerte se hubiera cebado con él de esa manera. El detective continuó por él.

—Por lo que nos has contado, hay mucho material interesante en ese teléfono. Apuesto a que se trata de documentos que comprometen a algunos trabajadores de ISSUE CORPS. Gunther Blume debía de estar extorsionando a altos cargos de la empresa. Puede que incluso al propio Ackermann. La información es poder y pensaba usar la que tenía para ascender, aunque tuviera que llevarse a unos cuantos por delante durante el proceso.

El silencio de Gerard certificó aquella conjetura y Mascarell aprovechó para seguir hilvanando una hipótesis tras otra.

—Ackermann debió de enterarse de lo que sucedió con el tipo al que extorsionasteis. Frankfurt no es una ciudad tan grande como para que los secretos duren mucho siendo secretos. Eso le dio una idea: elaboró un plan para conseguir material con el que extorsionar a su vez a Blume.

—Lo único que hicimos fue grabarle. ¿Cómo íbamos a saber que aquella chica iba a morir?

—Que lo pillen tirándose a una prostituta en su despacho es una jodienda, pero, si lo piensas bien, tampoco es para tanto. Sin embargo, si resulta que esa mujer aparece muerta al día siguiente estaríamos hablando de un homicidio.

—¿La mató? —preguntó Ayla.

Mascarell negó y se detuvo un instante para brindarle una sonrisa de suficiencia. A Ayla le recordó a un mago a punto de ejecutar su mejor truco. «¿Preparados?».

—Ackermann planeó hasta el último detalle. Apuesto a que drogaron a Blume y a la chica. Conozco a un par de tipos que, por el precio adecuado, podrían haberle conseguido un poco de escopolamina.

Ayla conocía los inquietantes efectos de aquella droga, también conocida como «burundanga». Durante un tiempo fue muy utilizada por ladrones y violadores. Una dosis convierte a quien la ingiere en una marioneta que hará cualquier cosa que le pidan. Es muy difícil detectar la presencia de escopolamina en el organismo, lo que redunda en su eficacia. La popularidad y peligrosidad de esa sustancia la puso hace tiempo en el punto de mira de las agencias antidroga y, en la actualidad, resultaba muy difícil de conseguir. Sin embargo, como decía Mascarell, nada es imposible si estás dispuesto a pagar el precio adecuado.

—Lo más jodido de esa droga —continuó— es que cuando despiertas no eres capaz de recordar nada de lo sucedido durante las últimas horas. Ackermann o alguno de sus hombres se personó en el despacho y roció a la parejita con una buena dosis de escopolamina, convirtiéndolos así en marionetas. Después mató a esa chica, o tal vez le ordenó a Gunther Blume que lo hiciera y este no pudo negarse. A continuación le pidió que se echara a dormir junto al cadáver.

Ayla notó la boca seca. La magnitud de lo que Mascarell estaba contando con tanta ligereza le provocó una ingrata sensación de vértigo al constatar, en caso de ser verdad, la clase de individuos con los que se las estaban viendo.

—Imaginad lo que sucedió cuando Gunther Blume despertó sin poder recordar nada de la noche anterior y se vio junto al cadáver de esa mujer. La habían estrangulado. ¿Qué pensó? Lo mismo que hemos pensado nosotros al ver esa grabación: que la fiesta se le fue de las manos y había terminado cargándose a esa chica por accidente.

A la teoría le siguió una nueva risita y Mascarell empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, como si de esa manera pudiera canalizar mejor sus pensamientos.

—Seguro que fue el propio Ackermann quien ayudo a Blume a deshacerse del cadáver. Subió a su despacho con cualquier excusa con la intención de encontrárselo en medio de aquel embolado. Blume debía de estar desolado, así que trató de mostrarse comprensivo y se ofreció a hacer desaparecer el cuerpo, sin compromiso. Podría haberle sucedido a cualquiera, ¿no? En realidad, al auxiliarle se estaba convirtiendo en el guardián de su terrible secreto. En adelante podría extorsionarle, o bien utilizar lo que sabía de él en su propio beneficio. De ahí la grabación. Hacer que tu enemigo trabaje para ti es mucho más útil que hacerlo desaparecer, así que llamó a sus contactos, puede que a Hammer y Nagel, para que se ocuparan de librarse del cadáver de esa chica.

En aquel punto se detuvo y señaló a Gerard con un dedo ominoso.

—Pero a esas alturas vosotros deberíais haber estado fuera de la ecuación. Tendríais que haberle dado a Ackermann ese maldito vídeo y haber cobrado por el maldito encargo. Puede que Gunther Blume ya hubiera pensado alguna vez en suicidarse, sobre todo después de verse convertido en un asesino, pero fue tu visita la que le dio el argumento definitivo para tomar esa decisión.

Gerard apretó los dientes. Por un momento, Ayla temió que fuera a lanzarse a por el detective, pero, para su sorpresa, lo único que hizo fue ponerse a sollozar. Parecía desolado, como si las palabras de Mascarell hubieran puesto en evidencia, al fin, algo que él sabía a ciencia cierta pero se había negado a aceptar hasta aquel momento.

—Y para colmo te llevaste su puñetero teléfono —continuó el detective —, lleno de pruebas contra Ackermann y toda la cúpula de ISSUE CORPS. Mira que eres capullo.