El gran rojo

Benito Olmo · Capítulo 27 de 51

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El gran rojo

Deudas

 

 

Apenas reconozco a Otto cuando lo veo al otro lado del mostrador de recepción de la torre de ISSUE CORPS. Parece otra persona con la camisa planchada, el traje negro y la chapita con su nombre en la solapa. Incluso va bien peinado. Nada que ver con el tipo de rostro alucinado y con la ropa sucia que me encontré tirado en la Schmerzhaus.

Cuando me ve llegar, su rostro pasa por tres fases en lo que dura un suspiro: primero el vago reconocimiento, como si le sonara mi cara pero le costara ubicarme; después la sorpresa, al caer en la cuenta de quién soy; por último el enfado, la rabia por lo incongruente de mi visita y sus posibles consecuencias.

Viene a mi encuentro. Sus pasos repican con rencor sobre el suelo de mármol del enorme vestíbulo del rascacielos.

—¿Qué coño haces aquí?

Traiciona los susurros con un tono furioso. Pretende disimular la hostilidad patente entre nosotros, a pesar de que no hay testigos a la vista.

—Quería comprobar si era verdad que trabajabas en este edificio.

—Será mejor que te largues antes de que te eche a patadas.

—Hazlo y todos se enterarán de tus vicios.

El color abandona sus mejillas y se le descuelga el labio inferior. No le doy la oportunidad de recuperarse.

—Busco a un tipo que trabaja aquí. Va en silla de ruedas y tiene muy mala hostia. Seguro que sabes a quién me refiero.

La descripción no le sorprende. Eso delata que sabe de quién hablo, pero se las arregla para mantener la expresión ceñuda, «A mí no me la das».

—Ya he hecho mucho por ti, tío. Más vale que te largues o…

—Llama a ese tipo. Dile que he venido a verle.

La petición le lleva a boquear en busca de excusas. Como no las encuentra, se las arregla para soltar una carcajada que resuena por todo el vestíbulo como si la hubieran dejado caer desde un séptimo piso.

—Estás mal de la cabeza.

Me agarra del brazo, dispuesto a sacarme de allí por las bravas.

—Suéltame o le contaré a la policía que me has pasado un vídeo de seguridad que, probablemente, a nadie le interesa que vea la luz.

Otto parpadea con nerviosismo, al límite de su capacidad de contención. Parece enajenado, capaz de cualquier cosa. En este momento, las posibilidades de que me dé una paliza y de que se eche a llorar son prácticamente las mismas.

Finalmente no hace ni una cosa ni la otra. Me suelta, se pasa una mano por el cabello repeinado hacia atrás y echa una ojeada furtiva a su alrededor para asegurarse de que seguimos solos.

—El señor Ackermann no te atenderá si no tienes cita.

Memorizo el apellido y asiento, como si hubiera estado esperando esa respuesta.

—Más te vale que lo haga, Otto.

Balbucea algo ininteligible. Sospecho que son excusas, así que le aguanto la mirada para dejarle claro que no voy a variar un ápice mi determinación.

—¿Es que quieres que me despidan o qué?

—No lo harán si haces lo que te pido.

Es evidente que, aunque acceda a mis peticiones, nada me impedirá regresar otro día y volver a chantajearle. Debe de estar pensando en ello cuando niega y mira hacia los tornos que dan acceso al ascensor. Creo que está tratando de decidir si vale la pena jugársela por mí. Sabe la respuesta demasiado bien como para estar tranquilo.

—Veré lo que puedo hacer.

Regresa tras el mostrador. Ahora sus zapatos no golpean el mármol, sino que más bien se arrastran sobre él, cansados y humillados. El pesimismo lo persigue como una sombra cosida a sus pies.

Me reconforto en esta pequeña victoria y miro la hora en mi teléfono para constatar cuánto queda para que expire el plazo que me ha dado el emisario del Gran Rojo.

En trece horas pueden pasar muchas cosas.

 

Otto sube conmigo en el ascensor. Tengo la sensación de que no sólo quiere asegurarse de que llego a mi destino sin incidencias, sino también de que no me pongo a deambular por el edificio. Llegamos al piso veinticinco, justo en el meridiano del rascacielos, y reconozco la elegante moqueta gris, muy similar a la que besé la última vez que estuve allí.

Atravesamos un largo pasillo con puertas a ambos lados y nos cruzamos con varios tipos trajeados que apenas nos prestan atención. Nadie se molesta en responder a los «Guten Morgen» que mi acompañante lanza a discreción.

El tipo de la silla de ruedas nos espera junto a la puerta de su despacho. No parece sorprendido de verme. Otto le ha telefoneado desde la recepción para anunciarle que estoy allí y, para su consternación, ha accedido a recibirme en el acto.

—Buenos días, señor Ackermann.

El señor Ackermann ignora a Otto. Sólo tiene ojos para mí. Me permito contemplarle desde las alturas, con la desfachatez que me permiten mis dos piernas rígidas y aparentemente operativas. No da la impresión de estar molesto por mi presencia, sino más bien complacido. Sonríe como sonríen los hijos de puta justo antes de acometer una fechoría.

—Puede marcharse, gracias.

La propuesta va dirigida a Otto, que la recibe con un balbuceo nervioso. Es evidente que no quiere dejarme a solas con aquel tipo. Sé demasiado como para que la idea no lo inquiete. Eso hace que la sonrisa del señor Ackermann se esfume y sus mejillas se crispen y tiemblen de ira.

—Que se largue, hostias.

El volumen y el exabrupto no casan con su aspecto supuestamente apacible, pero lo conozco demasiado bien como para sorprenderme. Otto decide no tentar a la suerte y murmura una excusa ininteligible antes de darnos la espalda y marcharse en dirección al ascensor que lo llevará de vuelta a su puesto de trabajo.

—Pase, por favor.

La petición es educada, aunque formulada en un tono impostado bastante revelador. Es indudable que está conteniendo las ganas de lanzarme un buen par de gritos que me hagan famoso en el edificio. No le doy la oportunidad y entro en el despacho con las manos en los bolsillos y una sonrisa bailándome en la comisura de los labios. Ackermann pasa por mi lado y rodea el escritorio para colocarse al otro lado. De día las vistas son formidables. Aparte de eso, nada parece haber cambiado desde la última vez que estuve allí. Encuentro el punto exacto donde Semenko me sacudió la última ración de táser.

—¿Dónde está su perro guardián?

—No quiera saberlo.

Ignoro la amenaza y me recreo en las vistas. El despacho tiene orientación noreste, así que recibe los rayos del sol desde primera hora de la mañana y ofrece una panorámica espectacular de las famosas torres gemelas del Deutsche Bank, también conocidas como Crédito y Débito.

—¿Ha encontrado a ese chico, Mascarell?

Su tono es irónico, por supuesto. Sabe que mis pesquisas no han dado resultado y sólo quiere poner esa cuestión sobre la mesa antes de pasar a lo que sea que haya ido a buscar allí.

—Gerard Ludwig le debe dinero a gente muy peligrosa.

Sigo mirando a través de las cristaleras para disimular el embuste. Noto el escrutinio de Ackermann, que se toma unos segundos antes de hablar.

—¿A esto se dedica ahora? ¿A cobrar deudas para esa gentuza?

Ha dicho «esa gentuza», así que sabe perfectamente a quién me refiero. Está al corriente de que los hombres del Gran Rojo andan detrás de Gerard. Me asaltan tantas preguntas que se las haría todas a la vez, pero dudo que vaya a responder a nada. Además, no quiero parecer un inútil. Fingir que poseo las respuestas a todos esos interrogantes tal vez juegue a mi favor.

—Por desgracia, sí.

—Déjeme decirle que no le veo aptitudes para este trabajo, Mascarell. Le falta músculo y le sobra ingenuidad.

—Créame, lo sé. No pedí dedicarme a esto.

Otra vez la sonrisa de escualo, encantado de llevar razón. Sin embargo, la mueca no logra ocultar del todo la furia que le provoca mi presencia.

—Prefiero efectivo, si no le importa.

La petición rompe al fin la pátina de inmutabilidad y muestra la verdadera cara del señor Ackermann. La sonrisa desaparece y su mandíbula se contrae, las muelas a punto de saltar en pedazos por la fuerza con la que aprieta los dientes.

—No le voy a dar una mierda.

—Señor Ackermann, esto es importante.

Me lo tomo como un impasse. Un paréntesis que nos obliga a desprendernos de nuestras reticencias y encarar el asunto con prudencia. Esto ya no va de él ni de mí. Tendremos tiempo para odiarnos cuando todo pase. Tomo asiento en una de las sillas destinadas a las visitas para que nuestros ojos queden a la misma altura. Me despojo de mi chulería anterior e intento parecer infinitamente más dócil de lo que soy. Quiero mostrarle que estoy de su parte y que, a pesar de nuestros desencuentros anteriores, estoy dispuesto a olvidarlo todo en pos del bien común.

—Gerard le debe pasta a gente muy jodida. Ni se imagina de lo que son capaces.

Cada vez me siento más a gusto con esa mentira, aunque haya sido un tiro a ciegas. Si le hubiera pedido que me devolviera el dinero que me birló Semenko, se habría reído en mi cara. De esta forma, le hago saber que el destinatario de toda esa pasta es otra persona. Alguien sin escrúpulos que hará lo que sea para encontrar a Gerard.

Si algo tengo claro es que Ackermann no quiere que nadie más dé con ese muchacho. Ignoro qué clase de asunto se traen entre manos, pero parece empeñado en borrar de la ecuación a cualquiera que trate de inmiscuirse. Como si se tratara de un asunto personal.

Hace girar su silla y encara el vasto paisaje que el ventanal planta ante nosotros. Da la impresión de ser un movimiento habitual, repetido miles de veces. Puede que contemplar el mundo desde veinticinco pisos de altura le ayude a tomar decisiones importantes.

—¿Y qué harán?

No me mira, pero el silencio con el que acojo esa cuestión lo lleva a insistir.

—Si no paga, ¿qué pueden hacer?

Niego con la cabeza, intentando concentrar en ese gesto todo un abanico de posibles respuestas, tantas que sería imposible enumerarlas. Por más vueltas que le doy no acabo de comprender qué extraño vínculo une a este hombre y a Gerard Ludwig. Sospecho que tiene algo que ver con Gunther Blume y con los motivos por los que este decidió quitarse la vida arrojándose desde el último piso.

—¿Cuánto les debe?

—Dos mil euros.

El montante de la deuda no parece sorprenderle. Acepta la cifra con un cabeceo. Tengo la impresión de que habría obtenido la misma respuesta si le hubiera pedido el doble. Por un instante, lamento no haberlo hecho.

—Semenko le llevará el dinero.

La mención de su subalterno me arranca un mordisco en la boca del estómago y noto el reflujo áspero y corrosivo escalar por mi garganta a toda velocidad. La idea de volver a verle no me hace ninguna ilusión, pero disimulo como puedo.

Recito de corrido la dirección del piso de Frau Maud. No quiero que Semenko vuelva a presentarse en el domicilio de Schrader y Mutti. Ackermann no hace nada que delate que me haya oído siquiera y sigue mirando hacia el exterior el tiempo suficiente como para que me quede claro que acaba de finiquitar la reunión. No merezco ni un segundo más de su tiempo. Por eso me pongo en pie y, tras musitar una despedida que vuelve a ignorar, salgo del despacho con la sensación de haberme olvidado de algo. Como cuando sales de casa y no recuerdas haber apagado el horno.

La sensación me acompaña hasta el ascensor. Miro el habitáculo con renovado respeto al recordar que hace apenas una semana Gerard Ludwig ocupó este mismo espacio acompañado de un tipo que terminó cayendo desde el último piso. Observo las dos hileras de botones y mi dedo se dirige al de la planta baja, pero, en el último momento, cambia de dirección y pulsa el que tiene impreso el número cincuenta.

 

Desembarco en el punto más alto de la torre de ISSUE CORPS. Salgo a un hall idéntico al que acabo de abandonar, pero este está desierto. Mis ojos encuentran la cámara de seguridad situada en una esquina, apuntalada hacia el ascensor. Es la misma que hace una semana grabó a Gerard y al suicida. O tal vez debería decir presunto suicida, porque a estas alturas no puedo dar nada por sentado. Puede que el muchacho empujara a ese tipo, o que se produjera un forcejeo de consecuencias inesperadas. No puedo descartar tampoco la implicación de un tercero que ya anduviera por allí, esperándoles. ¿Semenko, tal vez?

A un lado del hall hay una cristalera. Las vistas son tan impresionantes que dejan en pañales las del despacho del señor Ackermann. Compruebo que se trata de un vidrio de seguridad imposible de abrir antes de internarme por un pasillo que deja a los lados varios despachos y una sala de reuniones acristalada. Busco alguna otra cámara de seguridad, pero no la encuentro, por lo que no me queda más remedio que fiarme de la palabra de Otto.

No me cruzo con nadie y concluyo que la planta está vacía. Deben de reservar estos despachos para las reuniones importantes o para impresionar a posibles inversores que vayan de visita. Cuando llego al final del pasillo, veo una nueva puerta de cristal traslúcido y supongo que se trata del lugar que estoy buscando, así que me armo de valor y la abro.

Me estremezco cuando el aire cabrillea en mi rostro. Se trata del balcón del que me habló Otto, un espacio de apenas cuatro metros de largo por dos de ancho que asemeja más a un pasillo que a un lugar en el que relajarse. El alféizar me llega a la altura del ombligo, el mismo lugar donde noto la mordedura del miedo con más intensidad.

Echo un vistazo hacia abajo con las manos ancladas en la balaustrada, una ilusión de seguridad tan endeble que prefiero no pensar en ello. Doscientos metros más abajo, cientos de ciudadanos aparentemente respetables pasean ajenos a mi escrutinio. No parecen hormigas. Las hormigas suelen ir en grupo y los peatones caminan cada uno a su aire, arrastrando tras ellos el peso de sus propios problemas, sus miserias y sus secretos. Más bien son como gotas de un mismo océano, insignificantes y prescindibles.

A lo lejos distingo Sachsenhausen, Niederrad y Neu-Isenburg. También se ve el aeropuerto y, más allá de este, la central nuclear de Biblis, cuyas enormes torres de refrigeración me recuerdan a la intro de Los Simpson.

—Da miedo, ¿verdad?

La voz me hace dar un respingo. Cuando me vuelvo veo a Ackermann en el umbral del balcón, sonriente como un diablo. Me ha parecido detectar un deje amenazante en su tono. No es descabellado pensar que, si se lo propusiera, lograría arrojarme al otro lado de la balaustrada a pesar de la silla de ruedas que limita de forma evidente sus movimientos.

—La semana pasada un tipo se suicidó saltando desde aquí.

Acerca la silla al murete y se alza en peso sobre los reposabrazos para echar una ojeada.

—Pero eso usted ya lo sabe, ¿verdad?

No creo que necesite una respuesta, así que no se la doy. No sé cómo demonios ha adivinado que iba a subir al último piso, pero ha venido tras mis pasos, como si de alguna manera quisiera encontrarse aquí conmigo. Eso me envalentona.

—¿De verdad se suicidó?

Hace una mueca interrogativa, «Quién sabe», antes de volver a sentarse y observarme con fijeza.

—¿Qué cree que sucedió, si no? ¿Que Gerard lo arrojó al vacío?

Lo dice como si fuera una locura, un imposible que nadie tomaría en consideración. No conozco a Gerard Ludwig, así que en realidad ignoro si sería capaz de actuar de esa manera o no.

—¿Por qué no me habla de Gunther Blume?

Ackermann suelta una risa queda. Supongo que no va a responder. Por eso me sorprende tanto cuando empieza a hablar.

—Nadie sabe lo que se le pasa por la cabeza a alguien que decide quitarse la vida, ¿no le parece?

Hay algo en su tono que me repugna. Tengo la impresión de que le fascina el hecho de que, hace apenas una semana, un hombre saltara desde el mismo lugar en el que nos encontramos. Más que una tragedia, lo considera el tipo de anécdota que lo convertirá en el rey de las fiestas.

—No era muy popular que digamos. Venía, hacía su trabajo y se iba a casa. No sabíamos nada de su vida privada. Parece ser que tenía muchos más problemas de los que aparentaba.

—¿Entonces se suicidó sin más? ¿Delante de Gerard?

Se encoge de hombros y mira más allá de la balaustrada. Se pierde en la contemplación de otros edificios que compiten en altura y majestuosidad con este.

—¿Por qué quiere saberlo?

Es una buena pregunta. Diría que han pasado mil años desde la mañana en la que la señora Niemann me encargó encontrar a Gerard. El hecho de que Semenko me quitara el dinero y de que ella se haya negado a darme más conlleva una sentencia ineludible: estoy trabajando gratis. Por amor al arte y por satisfacer mi malsana curiosidad. Una vez que liquide la deuda con el Gran Rojo, no tendré ningún motivo lógico por el que deba seguir tras la pista de ese muchacho, cuya búsqueda ha estado a punto de costarme la salud demasiadas veces.

Ante mi silencio, Ackermann se responde a sí mismo.

—Exacto. Más le vale dejarnos en paz si no quiere tener problemas de verdad.

Debería tomarme la amenaza en serio, pero tras pasar la velada anterior con uno de los subalternos del Gran Rojo y su séquito de matones hay pocas cosas que puedan asustarme. Por eso me separo de la balaustrada y me envaro como si me hubieran metido un rascacielos por el culo, en un intento por subrayar todavía más la diferencia de altura que la silla de ruedas establece entre nosotros. La Fiesta de la INTEGRACIÓN la dejamos para otro día.

—Me tiene hasta los huevos, señor Ackermann. No se imagina las ganas que tengo de perderle de vista.

Enseña los colmillos en una sonrisa sádica, encantado de causarme tal impresión. Quiere pelea. No le voy a dar esa satisfacción, así que lo ignoro y rodeo la silla para salir del balcón.

Lo dejo allí y deseo con todas mis fuerzas que encuentre valor para encaramarse al murete y arrojarse rumbo al sueño eterno. Le sentaría bien el disfraz de hombre pájaro. No tardo en concluir que, en realidad, es lo peor que podría pasarme. Si se tira, además de poner la calle perdida con sus sesos, me va a complicar mucho la vida y me va a obligar a dar muchas explicaciones sobre lo que he ido a hacer allí.

Tomo de nuevo el ascensor hasta el vestíbulo. Otto me observa con acritud cuando paso por su lado y me pregunta algo, pero lo ignoro sin clemencia.

Salgo a la calle y miro con aprensión a un lado y a otro. Me noto acelerado, nervioso, pero por suerte no veo el cuerpo destrozado de Ackermann por ningún lado. Parece que ha logrado mantener a raya sus impulsos suicidas, si es que los tiene. A pesar de ello me alejo a toda prisa, por si acaso se le ocurre hacer la gracia de saltar en el último momento, aprovechando que paso por allí.

Con la suerte que tengo, seguro que me caería encima.