El gran rojo

Benito Olmo · Capítulo 29 de 51

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El gran rojo

Gracias

 

Ayla trató de hacerse una idea de la clase de persona que tenía delante. De la indignación que había rezumado al verla irrumpir en su vehículo había pasado en apenas unos segundos a la desolación más absoluta. Era él, no cabía duda: el protagonista del vídeo almacenado en el teléfono de Hannah Ludwig; el tipo al que Gerard y Samir habían extorsionado.

¿El asesino de su hermano, tal vez?

—¿Qué… qué quieres?

Sonaba aterrorizado, pero Ayla no se permitió sentir lástima por él. No podía fiarse de aquel tipo, algo en lo que redundaba aquella sentencia que Hannah le había atribuido a Samir: «Nadie sabe de lo que es capaz un animal cuando se ve acorralado».

Sabía quién era aquel hombre, al igual que su hermano y cualquiera que viviera en la Colmena o en las calles aledañas. El suntuoso Lamborghini de color amarillo chillón en el que se movía no pasaba desapercibido y todos conocían a su propietario, aunque fuera de vista. Le bastó preguntar aquí y allá para averiguar dónde vivía exactamente.

Lilo había hecho un buen trabajo. Le había devuelto el teléfono de la hermana de Gerard desbloqueado y libre de cualquier tipo de contraseña, así que ahora podía usarlo como si fuera suyo. Cuando le preguntó cuánto le debía, el informático respondió que estarían en paz si pasaba a la trastienda y se la chupaba. Ayla replicó que antes preferiría chupársela a un perro. Finalmente negociaron un precio de sesenta euros que Ayla tuvo que tomar del fondo para emergencias.

—Por favor, no puedo daros más dinero. Mi mujer se dará cuenta.

No podía apartar los ojos del archivo de vídeo y Ayla se preguntó por qué a aquel hombre le importaba tanto que alguien le hubiera grabado teniendo relaciones. ¿Tanto miedo tenía de perder su tren de vida? Concluyó que no era asunto suyo y guardó el teléfono, con lo que consiguió que, al fin, aquel desdichado volviera a mirarla a la cara.

Una lágrima traicionera rodó por su mejilla, como destinada a lacrar la tristeza y certificar su autenticidad. Parecía tan desolado que Ayla no pudo evitar un inoportuno arranque de compasión.

Aflojó la presión con la que sostenía la navaja en el bolsillo al concluir que aquel hombre era inofensivo. Cualquier otro la habría echado a patadas de su deportivo, pero él ni siquiera se había atrevido a insultarla. A pesar de que no tenía más pruebas que su propia intuición, le costaba creer que ese tipo hubiera tenido algo que ver en la muerte de Samir.

—Olvídelo.

La miró sin comprender y Ayla hizo el amago de bajarse del coche.

—Espera, por favor. ¿Puedes borrar ese vídeo?

Ayla le sostuvo la mirada unos segundos. Después sacó el móvil de nuevo, abrió la grabación y la borró delante de él.

Esta vez sí, las lágrimas brotaron con generosidad.

—Gracias.

Repitió varias veces más aquella única palabra mientras sacaba su cartera, extraía un puñado de billetes y se los tendía. Ayla dudó si aceptarlos o no, pero concluyó que sería una buena manera de recuperar el dinero que había tenido que pagarle a Lilo.

Tomó los billetes y salió del coche sin despedirse. Alcanzó a oír a aquel hombre dar las gracias una vez más antes de echar a correr calle abajo, sin dejar de pensar en lo contento que se había puesto al verla borrar la grabación.

Ignoraba que en aquel teléfono había al menos una docena de vídeos más en los que aparecía con su amante. ¿Cómo podía la gente ser tan confiada? Ayla no tenía pensado utilizar aquellas grabaciones, pero, en manos de algún malnacido, bastarían para seguir extorsionando a aquel tipo durante una buena temporada, hasta que se le acabara el dinero o las ganas de seguir engañando a su mujer. Lo que sucediera antes.

Se preguntó si sería conveniente borrar el resto de los vídeos, pero decidió no hacerlo. No creía que aquel tipo estuviera implicado en la muerte de Samir, pero, en caso de que se equivocara, no le vendría mal tener algo que poder usar contra él.