El gran rojo
Parte del espectáculo
Apoyo la cabeza en la ventanilla del tranvía número 16 y cierro los ojos. De buena gana echaría una cabezada, pero no quiero pasarme la parada. De todas formas no podría dormir aunque quisiera, dada la virulencia con la que el conductor reacciona cada vez que se topa con una parada o un semáforo que le corta el paso. La brusquedad de los frenazos mantiene a los pasajeros atentos y cabreados. He tratado de cederle mi asiento a una señora que ha estado a punto de caerse dos veces, pero ha rechazado mi ofrecimiento con un punto de orgullo. Como si desafiara al chófer a tratar de tumbarla una vez más.
Nos adentramos en Oberrad. Cuando llegamos a la parada de Flaschenburgstrasse contemplo con horror cómo sube al tranvía una pareja de revisores. Lo que faltaba. Hace semanas que no recargo mi tarjeta de transporte y si me pillan sin billete tendré que hacer frente a una multa que no podré abonar.
Mascullo una maldición que no pasa inadvertida a mi compañera de asiento, una chica de piel oscura que transita sobre unas zapatillas Air Jordan destrozadas, su vida útil extendida mucho más allá del límite de lo razonable. Me observa con curiosidad y trato de sonreír, aunque no sé si lo consigo. El tranvía se pone en marcha y los revisores comienzan a hacer su trabajo. Intento calcular si les dará tiempo a llegar hasta mi posición antes de la próxima parada.
Entonces uno de ellos clava su mirada en mí y lo reconozco: es Igor.
Cuando me ve, hace florecer una sonrisa malévola y avanza en dirección a mí, olvidándose del resto de pasajeros. Es tarde para escabullirme, hacerme el dormido o saltar del tranvía en marcha. No me dejará escapar tan fácilmente.
Igor llega frente a mí y la sonrisa adquiere proporciones hercúleas.
—Billete, por favor.
Sabe que no tengo. Se le nota. Ni siquiera me molesto en construir una excusa creíble. Los revisores de la RMV son implacables y el malnacido que tengo delante no es una excepción. Igor parece disfrutar especialmente de la parte de su trabajo que incluye humillar a los tipos que osan tomar el transporte público sin el correspondiente billete. Nos hemos visto las caras en tantas ocasiones que empiezo a creer que está empeñado en emprender una cruzada contra mí. En realidad no sé cómo se llama, pero siempre me refiero a él como Igor porque tiene un poco de estrabismo. Como aquel personaje interpretado por Marty Feldman en El jovencito Frankenstein.
—Por favor…
—Mascarell, ¿verdad? Déjeme ver su identificación, por favor.
Empieza a teclear en su maquinita la correspondiente denuncia. Un monto que va a hacer tambalearse, aún más, mi maltrecha cuenta corriente.
Entonces la chica que tengo al lado saca una tarjeta de transporte y la planta en la línea de visión entre Igor y la maquinita.
—Viene conmigo.
La sonrisa del revisor se acobarda cuando la muchacha se incluye en la ecuación. Estoy a punto de decirle que no se moleste, pero Igor ya lo hace por mí.
—Esto no va contigo, jovencita.
—Ya lo creo que sí, jovencito.
Las miradas que se cruzan ahora son incendiarias. Igor está a punto de añadir algo más, pero varios pares de ojos se han vuelto hacia nosotros, atentos al desenlace. No le queda más remedio que contenerse y, con evidente fastidio, recular. Toma la tarjeta de la chica y la pasa por el lector. Después nos da la espalda y se aleja.
Estoy tan sorprendido por esta inesperada muestra de altruismo que no sé qué decir. Me atropello al darle las gracias, pero la joven le quita importancia con un manoteo y vuelve la vista al frente, como si ya se hubiera olvidado de mí. Me encantaría compensarla por el detalle. Si tuviera pasta le compraría unas nuevas Air Jordan que no parecieran salidas de una trituradora.
Claro que si tuviera pasta no habría necesitado su ayuda, pero eso da igual.
Seguimos el viaje en silencio, cada uno sumido en sus propias cavilaciones. Cuando llegamos a Offembach me despido de ella con un «Hasta luego», al que no responde, y bajo del tranvía convencido de que no vale la pena volver a tentar a la suerte; lo primero que haré cuando consiga algo de pasta será recargar mi abono de transporte. Aunque claro, eso será después de hacer frente a varios pagos ineludibles y más urgentes, y en este momento hay un asunto muy concreto que ocupa el número uno en mi lista de prioridades.
Wilfred no me dará la información gratis.
Por eso estoy aquí, arrastrando mi sombra como un condenado camino de la horca mientras contengo las ganas de dar media vuelta. La única opción de conseguir algo de efectivo con el que pagar la información que Wilfred me ha prometido pasa por el antro que se recorta en la lejanía, una tasca cavernosa condenada a la planta baja de un edificio medio derruido con un cartel tan desgastado que ni siquiera se puede intuir su nombre.
Ni falta que hace. Todo el mundo lo conoce como el bar de Ivanka.
La propia Ivanka está detrás de la barra, sirviendo cervezas y combinados con un palillo entre los dientes y el mismo entusiasmo con el que otros se muerden los padrastos o se liman los callos. La camiseta sin mangas deja a la vista los bíceps musculados y festonados de tatuajes. Al verme, ensaya una mirada torva a la que no me veo con ganas de responder.
—Mascarell.
Libera mi nombre sin ganas, como si quisiera comprobar cómo suena en voz alta. Examina mis moratones con ojo clínico. Creo que está preguntándose cuáles son obra suya y cuáles me los he ganado por mi cuenta.
—¿Qué has venido a buscar aquí?
Me acodo en un extremo de la barra y me encojo de hombros.
—Cerveza, si tienes.
—¿Tienes tú con qué pagarla?
—Descuéntalo de lo que me debes.
La propuesta le arranca una mirada furibunda que sostengo sin demasiada convicción. No tengo ganas de que se líe a puñetazos conmigo otra vez, pero creo que mi rostro castigado le inspira algo de compasión, ya que asiente con lentitud y saca una botella de Binding de algún lugar bajo la barra.
—Que la disfrutes.
Cuando me planta la cerveza delante, guiña un ojo y sonríe. «Esa birra es todo lo que vas a sacarme», dice esa sonrisa. Tengo que contenerme para no borrársela de un botellazo. En lugar de eso, alzo la Binding hacia ella. Ivanka no responde al brindis y me da la espalda para seguir con lo que fuera que estuviese haciendo antes de mi llegada.
La clientela del bar de Ivanka se compone en su mayoría de borrachos sin otra pretensión que ver pasar la vida desde el otro lado de un vaso. La luz es tenue y las canciones de Rammstein atronan a un volumen demasiado alto como para permitir una conversación civilizada. Eso no es un problema, ya que los asiduos no van allí a socializar: sólo a beber y, ocasionalmente, a ver algún partido de la Bundesliga, cuando Ivanka se acuerda de pagar el recibo de la tele.
Pietro también anda por allí. Se contonea entre las mesas lanzando miradas lascivas a su alrededor. Lleva un gorrito de marinero algo ladeado y reparte sonrisas a diestro y siniestro, tan agradable y zalamero que dan ganas de partirle la crisma.
Cuando me ve, conjura una sonrisa y una caída de ojos que me recuerdan a Sharon Stone en Instinto básico. Más que caminar se desliza en dirección a mí, con movimientos tan afectados que me cuesta tomármelos en serio.
—¿Qué te ha pasado en la cara, Mascarell?
Como si no lo supiera. Me encojo de hombros para darle a entender que son gajes del oficio. Pietro se conforma con eso y comienza a limpiar una mesa cercana con movimientos tan lentos que me hacen pensar en unos turbios preliminares. Irradia sexualidad, o eso debe de creer.
Observo de reojo a Ivanka, que mira hacia nosotros ávida de celos y deseo, enamorada hasta las trancas de aquel italiano delgaducho y resultón que le hace ojitos a todo el que se le pone por delante.
La cosa fue así: Pietro tuvo un novio al que hacía años que no veía, o al menos eso decía él. Un australiano que recorría el mundo haciendo negocios y que cada cierto tiempo se dejaba caer por Frankfurt. Ivanka contrató mis servicios para que comprobara si de verdad su novio le era fiel o si continuaba viéndose con aquel tipo.
Tras seguirle durante un par de semanas, averigüé que Pietro no sólo seguía tirándose al australiano de vez en cuando, sino que además tenía una cohorte de amantes de ambos sexos que convertían a Ivanka en la mayor cornuda de Offenbach. Al parecer, el italianini tiene tanto amor dentro que es incapaz de ofrecérselo a una sola persona. Conseguí fotografías de Pietro en actitud muy cariñosa con varios hombres y con alguna mujer a las puertas de hostales mugrientos, de esos que alquilan habitaciones por horas. Después le llevé todo el material a Ivanka. Sólo un idiota habría rechazado la verdad porque no resultaba de su agrado.
Pero, claro, Ivanka es bastante idiota y está tan enamorada de Pietro que no piensa de manera lógica.
A mí me daba igual si aquellos dos se peleaban o decidían casarse y tener hijos: lo único que quería era cobrar el trabajo. Sin embargo, cuando aparecí por allí para reclamar mi dinero, Ivanka me acusó de intentar estafarla. Al parecer, Pietro le había dado argumentos de sobra para convencerla de que aquellas fotografías constituían un absurdo montaje que había elaborado para minar su relación, con la esperanza de que, una vez que cortaran, pudiera tener alguna oportunidad con él. Tengo que reconocer que al muchacho no le falta imaginación. A una Ivanka enfurecida, con la autoestima por los suelos y desesperada por encontrar un motivo para no dejar a su amado le fueron bien esas explicaciones. Por eso, cuando le pedí que abonara mi minuta, me mandó a tomar por culo.
La discusión subió de tono. En un momento dado la acusé de estar ciega ante los tejemanejes de aquel desgraciado que se aprovechaba de su enamoramiento enfermizo para hacer lo que le daba la gana con ella. A nadie le gusta que le pongan la verdad por delante, sobre todo cuando incluye palabras como «chapero», «cornuda» y «depravado». El resultado fue que Ivanka enrojeció de ira, saltó la barra y me obsequió con una tunda de puñetazos de los que apenas pude defenderme, mientras Pietro asistía a la escena escandalizado y entusiasmado a partes iguales. No me quedó otra que salir por piernas y aplazar el cobro del dinero prometido por aquel encargo, al menos por el momento. Me prometí que, antes o después, liquidaría aquella deuda de la manera que fuera.
Pietro continúa limpiando la mesa, que hace un rato que está reluciente, mientras me lanza ojeadas cada vez más explícitas. Me dejo observar unos minutos antes de hablar.
—¿Puedo preguntarte algo?
Intenta parecer sorprendido, pero no lo consigue. Debía de haber supuesto que, antes o después, iba a aparecer por allí para pedirle explicaciones. Se yergue y se recoloca el gorro, coqueto. Me gustaría decirle que con ese accesorio, más que a un marinerito sexi, me recuerda al pato Donald.
—Dispara.
Señalo hacia el lugar en el que se encuentra Ivanka. Se entretiene en pasarse el palillo de un lado a otro de la boca mientras finge indiferencia. Está pendiente de nosotros, pero desde su posición es imposible que nos escuche. Aun así bajo el tono para hacerle a Pietro la pregunta del millón:
—¿Qué haces con ella?
Sopesa la pregunta antes de hacer una mueca de desconcierto, como si la respuesta fuera evidente, así que insisto.
—Puedes estar con cualquiera. Y vuestra relación me parece un tanto… extraña.
Vuelve a pensárselo. Quiere aparentar que lo he decepcionado, que esperaba mucho más de mí, pero al responder imita mis susurros, lo que pone en evidencia que él tampoco quiere que Ivanka nos oiga.
—Me trata bien. Me da lo que necesito. No es fácil encontrar eso, hoy en día.
—Reconócelo, para ti es mucho más fácil que para la inmensa mayoría.
Sonríe con satisfacción mientras desliza el trapo sobre la mesa por septuagésima quinta vez. La modestia no es su punto fuerte.
—El día que tengas pareja sabrás a lo que me refiero, Mascarell.
—El día que tenga pareja no la engañaré con medio Hessen.
El comentario hace que ensanche la sonrisa. Lo considera un cumplido en lugar de un reproche. La mesa está a punto de tener un orgasmo.
—Un día podríamos tomar una copa.
La propuesta lo descoloca, aunque no tarda más que un par de segundos en asumirla con una sonrisa. Como si hubiera estado esperándola.
—No eres mi tipo, Mascarell.
—Puedo ser lo que tú quieras, Pietro.
—No estés tan seguro de eso.
—El My Main es tu hostal favorito, ¿verdad? Puedo reservar una habitación esta misma noche para que pasemos un buen rato.
El My Main es uno de los lugares donde Pietro suele verse con sus amantes. La propuesta le merece un alzamiento de cejas y se toma un momento antes de responder.
—No me fío de ti, Mascarell.
—¿Por qué no?
—Porque te han partido la cara por mi culpa. No puedo evitar pensar que estás intentando tenderme una trampa.
—Así que, en realidad, no es porque no te guste.
Vuelve a negar y se quita el gorrito para enjugarse el sudor de la frente, aunque creo que el gesto es más teatral que otra cosa. Entiendo que no se fíe de mí, pero espero que la posibilidad de añadir una muesca a su revólver le haga pensárselo, al menos.
—Tengo trabajo, Mascarell.
—No te preocupes. Nos vemos esta noche en el My Main.
—No he dicho que vaya a ir.
—Tampoco que no vayas a hacerlo.
Hace un mohín con los labios. Después viene otra caída de ojos y un vistazo discreto a Ivanka, que parece estar preguntándose qué clase de conversación puede hacer sonreír a su novio de esa manera. Pietro se acerca un poco más y me coloca la mano en el hombro. Sharon Stone se ha evaporado para dar paso a una versión italiana de Marlene Dietrich en El expreso de Shanghái.
—No sabía que albergabas esos sentimientos hacia mí.
—Me intrigas. No sé qué le das a tus amantes, pero debes de ser realmente bueno.
—En realidad…
No dice más. La mano empieza a hacer movimientos circulares en mi hombro. La caricia tiene algo de excitante, de peligro calculado. El hecho de que Ivanka se encuentre a unos metros de distancia parece salpimentar la sensación. Pietro está encantado con aquel inesperado coqueteo y se le nota, así que aprieto un poco más.
—¿Entonces nos vemos luego?
—Tal vez.
Ahora la mano se desliza arriba y abajo. Pietro suelta un ronroneo similar al de un gato a punto de eyacular y baja el tono un poco más.
—Coge la habitación 201. Es mi favorita.
—¿Por qué?
—Tiene una ventana que da al puente de Alte Brücke, donde se amontonan los turistas para contemplar la ciudad. Me gusta sentirme parte del espectáculo.
Adereza la respuesta con un guiño travieso. Ahora es Mae West en No soy ningún ángel. La explicación es tan absurda que tengo que hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada. Pietro me da la espalda y se larga, llevándose consigo aquella caricia pegajosa y antierótica. Camina meneando el culo de un lado a otro con solemnidad. Me lanza algunos vistazos para asegurarse de que no he dejado de mirarle y dejarme claro que aquel contoneo me tiene a mí como único objetivo.
Doy un trago a la Binding para quitarme de la garganta el sabor agrio que me ha dejado su compañía. A mi alrededor todo permanece igual que antes. Los borrachos siguen trasegando a gusto; Ivanka sigue fusilándome con la mirada y pasándose el mondadientes de un lado a otro; la música heavy sigue atronando con tanta fiereza que los altavoces parecen a punto de estallar en mil pedazos.
El único momento de paz llega entre canción y canción. La pausa apenas dura unos segundos, pero constituye un remanso de tranquilidad y permite oír con total nitidez el sonido de las vidas de todos aquellos tipos yéndose a la mierda. Durante ese breve paréntesis el bar de Ivanka parece un sitio normal, acogedor incluso, aunque la sensación se desbarata en cuanto la pausa se disuelve y los compases del siguiente tema irrumpen para castigar los tímpanos de todo el que tenga la mala suerte de andar cerca. A ese volumen y con un sistema de sonido tan malo sería más agradable oír el chirrido de unas uñas rotas contra una pizarra.
En esta ocasión, sin embargo, el silencio entre una canción y la siguiente se ve roto por una única frase pronunciada a todo volumen.
—«¿Entonces nos vemos luego?».
Es mi voz, enlatada, que ha salido a través de mi teléfono móvil. Varios rostros se vuelven en mi dirección y pido perdón a la concurrencia mostrando la palma de la mano, como si al trastear con mi teléfono hubiera activado sin querer aquel archivo de audio. Ivanka me observa con la frente arrugada, demasiado alejada para haber entendido siquiera el significado de esa frase.
A su lado está Pietro. Su rostro se ha puesto lívido al comprender que he grabado nuestra conversación. Sigo manipulando el móvil sin mirarle, como si tuviera cosas más importantes de las que ocuparme. Mandarle aquel archivo de audio a Ivanka, por ejemplo, para provocarle a aquel inútil con ínfulas de conquistador una buena bronca que tal vez termine con él de patitas en la calle y con Ivanka llorando por las esquinas de Offenbach.
En realidad, no creo que a Pietro le cueste demasiado convencer a Ivanka de que si me ha dado carrete ha sido para reírse de mí. Al fin y al cabo, no ha reconocido en ningún momento su infidelidad. La certeza de que Ivanka estará deseando creer cualquier excusa que quiera aducir juega sin duda a su favor. Aun así, la perspectiva de tener que pasarse el resto de la noche justificándose y dando explicaciones no debe de entusiasmarle demasiado. Puede que, después de todo lo que ha pasado, su relación no sea tan sólida como antes. De ser así, esta grabación podría convertirse en el detonante que haga saltar el noviazgo por los aires.
Sea como sea, espero. No tengo nada que perder, a menos que Ivanka decida volver a utilizarme como saco de boxeo. A la menor señal de peligro saldré pitando.
Pietro se mueve de un lado a otro. Está nervioso y trata de que nuestras miradas se encuentren, pero lo ignoro y sigo a lo mío, dando sorbos a mi Binding como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. En un momento dado, lo veo acercarse a la caja registradora y, tras asegurarse de que Ivanka está ocupada atendiendo a un cliente, la abre y saca un puñado de billetes que se guarda en un bolsillo. Después viene hacia mí, abandonado ya el contoneo anterior. Me tiende el dinero con un gesto furtivo.
—Eres un cabrón de mierda.
El insulto me sabe a dulce, así que se lo agradezco con un cabeceo. Cojo la pasta y la cuento sobre la barra sin disimulo. Eso desespera al italiano, que no deja de mirar a Ivanka ante el temor de verse descubierto. Si eso sucede, no sólo tendrá que dar explicaciones sobre el contenido de la grabación, sino también sobre por qué ha cogido esos billetes de la caja y me los ha dado.
—¿Noventa euros? ¿Esto es lo que vales, Pietro?
—Por favor, Mascarell. Lárgate o me buscarás la ruina.
Ahora sí que suda, el gorro de marinerito a punto de caérsele por el nerviosismo. Me guardo el dinero, que es algo menos de lo que Ivanka me debe, pero mucho más de lo que tiene pensado pagarme.
—Ya volveré, cretino.
Pero no voy a volver, al menos en una buena temporada. Ni de coña. Estoy seguro de que esa misma noche, cuando Ivanka se dé cuenta de que falta dinero en la caja y monte en cólera, Pietro se las arreglará para hacerme parecer culpable del hurto. A esas alturas llevará toda la noche rumiando nuestra conversación y habrá llegado a la conclusión de que, en realidad, tampoco dijo nada tan grave como para justificar el chantaje. Para entonces será demasiado tarde y me hallaré a kilómetros de allí.
En la calle, el frío me acaricia los moratones con la dulzura de una bendición. Tomo el tranvía de vuelta a Frankfurt y, esta vez sí, compro un billete. Estoy atento a cada parada por si vuelvo a ver a Igor. Nada me gustaría más que encontrármelo de nuevo y restregarle el billete por las narices, pero no hay suerte y el tranvía llega a su destino sin consecuencias.