El hombre de nieve
Capítulo 10
—Para ser alguien que ha pasado un año en el sur, tienes mala pinta —le dijo el hombre que parecía una toalla blanca y que no se movía de su sofá de cuero.
—Últimamente he dormido poco —dijo Blum moviendo el azúcar de su café—. Además, la vida se amolda a nuestras prisas, independientemente de dónde estemos.
—En eso vuelves a tener razón. La verdad es que ya no hace falta salir a la calle.
Blum contempló las vistas. Sobre los tejados aún quedaba nieve y el cielo colgaba suspendido sobre ellos como un techo de asfalto sucio, y eso era más o menos todo lo que se podía ver desde el ático. El norte de Múnich no ofrecía un panorama especialmente atractivo aquel domingo de marzo.
—Molan las vistas, ¿eh?
—En cualquier caso, aquí no tendrás problemas si te quieres suicidar, Hermes.
Hermes sonrió y se encendió un Gauloises con su mechero de oro. Era un tipo enjuto, de mediana altura y, siendo generosos, de edad indeterminada y que sólo se vestía con ropa negra. El ático estaba decorado con sobriedad, pero era de primera clase. Bebían café de jamaica. Había una gran cafetera sobre una placa que mantenía el calor. También la chica que se encontraba tendida sobre la cama de matrimonio era de primera clase, una euroasiática de diecisiete años como mucho. Estaba leyendo El hombre rebelde, de Camus. Blum cogió un HB del arrugado paquete y se lo encendió con su mechero desechable.
—Pero no habrás salido de la cama, o de la licorería, en un día tan bonito como éste y cogido un avión hasta Múnich sólo para hablar conmigo de problemas de suicidio, ¿verdad?
La voz de Hermes no permitía reconocer su procedencia.
Con ese pelo moreno y peinado hacia atrás y esa nariz aguileña podría pasar por italiano, pero Blum sabía por casualidad que había llegado a Berlín en 1965 desde una pequeña ciudad de la Baja Sajonia y que desde entonces estaba metido en el negocio de las drogas sin haber tenido nunca problemas con la Policía. Quizá tuviera también un poco en casa. La euroasiática pasó una página y se mordisqueó la uña del pulgar. Hermes le dedicó una enigmática sonrisa.
—No —respondió Blum al fin.
—Bien —dijo Hermes sonriendo—. ¿De qué se trata?
—De cocaína —contestó Blum.
La euroasiática lo miró fugazmente por primera vez desde que entrara en el ático y se acarició el sedoso pelo negro, que le llegaba hasta las rodillas. Hermes frunció el ceño.
—¿Quieres que te venda cocaína?
—No. Yo tengo algo.
—Blum, tengo que reconocer que me sorprendes.
Hermes metió cuidadosamente los pies en las zapatillas negras de estar por casa que tenía sobre la alfombra, como si estuviera comprobando la estabilidad del suelo. Después se levantó, tiró la colilla en una maceta de alabastro con un ficus que se elevaba hasta el techo y se sirvió otra taza de café.
Blum sabía que Hermes estaba esperando una explicación, pero no tenía intención de dársela. Al final, Hermes sonrió y se acercó al teléfono que se encontraba sobre un escritorio de estilo imperio. Marcó un número que conocía de memoria, dijo un par de frases en voz tan baja que Blum no pudo entender nada y colgó de nuevo. Después se inclinó, eligió un disco del montón que había repartido sobre la alfombra y lo puso en el tocadiscos sin llegar a encenderlo. La euroasiática pasó otra página. O había hecho un curso de lectura rápida o ya se sabía el libro de memoria y sólo leía alguna palabra que otra. O quizá estaba haciendo como que leía y estaba grabando la conversación con el micrófono inalámbrico que tenía debajo de la uña del pulgar.
—Después hablaremos de eso —concluyó Hermes nada más volver al sofá—. No soy ningún experto en la materia, como bien sabes.
—Sí, ya lo sé —dijo Blum devolviéndole la sonrisa.
—Y ¿qué tal el viaje, Blum? ¿Te trataron bien? ¿La comida era pasable? ¿Has hecho algo nuevo, algo apasionante?
—No puedo quejarme —respondió Blum—. De todas maneras, nunca me quedo demasiado tiempo en el mismo sitio.
—Ah, sí, eres un profesional. La verdad es que yo me he retirado completamente de mi oficio. Ahora me dedico a educar a mi hija.
Blum se fijó en la mirada que Hermes le dedicaba a la euroasiática.
—¿Te refieres a ella?
—¿Qué te habías pensado, viejo sátiro? ¿Que me voy a la cama con niñas?
—Ése es un problema que todos tenemos alguna vez —contestó Blum.
—Pues ten tú también una hija y se te pasará. Pero tienes razón en cierto modo. Desearía poder decir que al fin puedo mostrar algo de razón y un poso de refinamiento, pero nada, como era de esperar. Tú también rondas los cuarenta, ¿no?
—Sí. Sé a qué te refieres.
—Seguro que sí. Podríamos tomarnos un whisky, ¿no?
En esta ocasión se levantó con rapidez y agilidad, cogió una botella y dos vasos y los llenó. Bebía de pie, mientras miraba a la chica que supuestamente era su hija. Ella le dedicó de repente una sonrisa que casi dejó sin aliento a Blum. Después se giró, les dio la espalda a los hombres y se sumergió en su libro. Blum nunca se habría imaginado que un culo con unos vaqueros puestos pudiera resultar tan atractivo.
Llamaron a la puerta. Hermes apretó el botón del telefonillo y apareció un tipo joven, bajito y gordo, con gafas de pasta y un maletín, que se quitó un abrigo de piel de conejo.
—Éste es mi asesor científico —anunció Hermes—. Henri, éste es Blum. Un viajero profesional. Bueno, Blum, veamos qué te has traído.
Blum se sacó un bote de pastillas del bolsillo del pantalón y se lo dio a Henri, que lo puso sobre la mesita de café para después abrir su laboratorio químico portátil.
—Ven, tómate un escocés mientras analizan tu material —le invitó Hermes mientras le llenaba un vaso. Blum habría preferido ver qué hacía Henri, pero posiblemente eso contravenía la etiqueta. Tomó el vaso y le dio unos sorbos. Afuera caía agua-nieve y toda la ciudad parecía su propio cementerio. Una bandada de cuervos sobrevoló el estadio olímpico.
—Desde que mi hija está conmigo he sentado la cabeza —comentó Hermes—, si no, no estaría aquí. Su madre se ha metido en política y me vi obligado a hacer algo.
—¿En política?
—Sí, allí en Asia las cosas cambian constantemente. Ésa es otra de las razones por las que me he retirado del negocio. La semana que viene nos vamos a Suiza a buscar un internado para ella. La pequeña se hará amiga de los hijos de la gente contra la que lucha su madre. Quizás aproveche la ocasión y me busque un lugar para mi jubilación. Zúrich no estaría nada mal. O incluso Lucerna.
—Así que te he encontrado aquí de casualidad, ¿no?
—Querido Blum, en este negocio no se debe contar con la casualidad.
Herni guardó su laboratorio y le dio a Hermes el botecito. Blum dio otro trago. Tenía la garganta reseca. Se dio cuenta de que la euroasiática había desaparecido.
—Peruvian flake —dijo Henri—, directamente del productor. Aún no la han cortado. Noventa y seis por ciento. Es la bomba.
—¿Flake? ¿Qué es eso?
Llamaron a la puerta. Hermes apretó el botón del telefonillo y apareció un tipo joven, bajito y gordo, con gafas de pasta y un maletín, que se quitó un abrigo de piel de conejo.
—Este es mi asesor científico —anunció Hermes—. Henri, éste es Blum. Un viajero profesional. Bueno, Blum, veamos qué te has traído.
Blum se sacó un bote de pastillas del bolsillo del pantalón y se lo dio a Henri, que lo puso sobre la mesita de café para después abrir su laboratorio químico portátil.
—Ven, tómate un escocés mientras analizan tu material —le invitó Hermes mientras le llenaba un vaso. Blum habría preferido ver qué hacía Henri, pero posiblemente eso contravenía la etiqueta. Tomó el vaso y le dio unos sorbos. Afuera caía aguanieve y toda la ciudad parecía su propio cementerio. Una bandada de cuervos sobrevoló el estadio olímpico.
—Desde que mi hija está conmigo he sentado la cabeza —comentó Hermes—, si no, no estaría aquí. Su madre se ha metido en política y me vi obligado a hacer algo.
—¿En política?
—Sí, allí en Asia las cosas cambian constantemente. Ésa es otra de las razones por las que me he retirado del negocio. La semana que viene nos vamos a Suiza a buscar un internado para ella. La pequeña se hará amiga de los hijos de la gente contra la que lucha su madre. Quizás aproveche la ocasión y me busque un lugar para mi jubilación. Zúrich no estaría nada mal. O incluso Lucerna.
—Así que te he encontrado aquí de casualidad, ¿no?
—Querido Blum, en este negocio no se debe contar con la casualidad.
Herni guardó su laboratorio y le dio a Hermes el botecito. Blum dio otro trago. Tenía la garganta reseca. Se dio cuenta de que la euroasiática había desaparecido.
—Peruvian flake —dijo Henri—, directamente del productor. Aún no la han cortado. Noventa y seis por ciento. Es la bomba.
—¿Flake? ¿Qué es eso?
—Depende del proceso de elaboración —explicó Henri—. Imagino que sabrá que la cocaína se obtiene de la pasta base de coca, que a su vez se consigue a partir de otra sustancia, las hojas de coca. Normalmente, en los procesos de elaboración se obtiene cocaína en polvo, que cuenta con un porcentaje de entre un ochenta y un ochenta y seis por ciento de cocaína pura. Pero si se refina la pasta base de tal manera que se seque formando cristales individuales, se consiguen los llamados flakes. Y a veces éstos llegan a tener un noventa y seis por ciento. La cocaína farmacéutica, por ejemplo, siempre tiene un noventa y nueve por ciento de pureza y siempre en flakes. Échele un vistazo.
Puso un poco en un espejito y le prestó a Blum su lupa. Blum vio realmente cristales que brillaban en el polvo. Parecían cubitos de hielo en medio de la nieve.
—¿Y cómo sabe que viene de Perú?
Henri se encogió de hombros y guardó su lente de aumento.
—Bueno, con el tiempo se acaba aprendiendo. Sólo hay tres posibilidades: Colombia, Bolivia y Perú. Algunos colegas creen que la cocaína boliviana es la más fuerte, pero no deja de ser una tontería. Depende del proceso de elaboración. Y éste tiene todas las características del proceso peruano. Pero para saberlo es necesario haberlo aprendido antes, ¿no cree? Y la mejor manera es in situ, como puede imaginar.
—Muy bien, pues tendremos que ver qué tal nos entra —dijo Hermes. Por primera vez dio la impresión de ser el hombre que Blum recordaba. Cogió una pequeña funda de marfil del escritorio, con una cuchilla de afeitar hizo dos rayas de la cocaína que estaba en el espejo y esnifó una con un billete de dólar enrollado. Después respiró profundamente y le pasó el instrumental a Blum.
—Hoy en día la suelen cortar con cosas increíbles: lo más inofensivo que meten es laxante italiano para bebés. ¿Cómo se llama esa cosa, Henri?
—Manitol. Tiene el mismo aspecto a través de una lupa, sabe igual y se disuelve exactamente igual que la cocaína. Últimamente también suelen echarle lactosa.
—¡Santo cielo! —Hermes se encendió un cigarrillo y le dio una profunda calada con una gran muestra de placer—. Un material realmente bueno, Blum. Te felicito.
A Blum le habría gustado preguntarle por qué lo felicitaba. En vez de hacerlo, le pasó el espejo a Henri. Este lo miró interrogante. Blum negó con la cabeza.
—No me apetece.
—¿La has probado alguna vez? —inquirió Hermes.
—El año pasado, en París —respondió Blum—. Me pone demasiado nervioso.
—Chacun a son goût es lo único que puedo decir.
Henri se esnifó la raya y se sirvió un whisky. Le temblaban un poco las manos.
—¿La has metido tú en el país? —le preguntó a Blum.
—Ya lo has oído, Blum es un viajero profesional —interrumpió Hermes —. Viajando uno se encuentra con las cosas más extrañas. A veces, incluso con alguna que merece la pena llevarse como recuerdo. Creo que ahora lo que me apetece es oír música.
Se echó en el sofá dejando el vaso a mano, cogió algo que parecía el mando a distancia de un televisor y apretó un botón. El tocadiscos comenzó a girar. Henri se sentó y empezó a hojear una revista. El único que no se relajaba era Blum. Sostenía su vaso con fuerza mientras miraba fijamente la cama.
—Charlie Parker —dijo Hermes cerrando los ojos—. Charlie Parker All Star Sextet. Charlie Parker, alto; Miles Davis, trompeta; J. J. Johnson, trombón; Max Roach, percusión; Duke Jordan, piano; Tommy Potter, bajo.
Pero la música no podía tranquilizar a Blum. Todo lo contrario: como pasa siempre con Parker, su sonido fácil y casi huidizo parece desatar en todo el mundo un eco oscuro y tortuoso. Para él era un misterio cómo la gente podía oír eso por placer. Era una música con más sombras de las que Blum quería ver en aquel momento y despertaba más preguntas acuciantes de las que Blum deseaba escuchar. Charlie Parker con Out of nowhere, una tarde en el norte, donde el aguanieve parecía una pared gris que aislaba el ático de la periferia de la autopista y de los grandes supermercados, como una pared en la que Miles Davis abría agujeros con sus notas, aunque tras ella había otra pared, como decía Charlie Parker, y detrás otra más. «Ahora no des tu brazo a torcer —pensó Blum—. Esta es la mayor oportunidad que has tenido en años y la vas a aprovechar; y ni Charlie Parker, ni el aguanieve ni Hermes con esa melancólica canción de que se acaba de retirar te la van a estropear. De todas maneras, ¿por qué digo que se acaba de retirar? Este tipo nunca se ha retirado de ningún sitio y seguirá apuntándose a todo lo que se le ponga por delante hasta que se muera. No puedes descuidarte ni un solo segundo».
—Increíble —dijo Hermes cuando se terminó el disco—, presenta una sombra ante cada luz y tiene una respuesta a cada pregunta. Bueno, y ¿qué preguntas tenemos aún pendientes, Blum?
—¿Conoces algún comprador, Hermes?
Hermes se puso de pie y se quedó junto a la ventana con el vaso de whisky en la mano.
—Atiende, Blum, no voy a darte ninguna clase, pero sí un par de normas básicas. El comercio con cocaína es un mundo bastante cerrado y así debe continuar; es mejor para todos los implicados. Todo el mundo conoce a su gente y punto. Hasta ahora sólo han entrado personas inteligentes en el negocio y los clientes lo agradecen de muchas formas, y una de ellas es con dinero contante y sonante. La cocaína no es algo sucio como la heroína. Quizá llegue a serlo cuando se convierta en un gran negocio (y posiblemente esnifar llegue a ser un gran negocio en unos diez años), pero por ahora sólo formamos parte de este mundo un círculo muy exclusivo, con la ventaja de que los policías pueden concentrarse en su querida heroína y en los pequeños yonquis de los lavabos del metro más cercano. Así les es más fácil cumplir los cupos de detenciones. Contestando a tu pregunta, sí, por supuesto que conozco compradores, Blum, pero hasta que no me haya retirado por completo del negocio me reservaré esa información. No obstante, no tendrás problemas para deshacerte del par de gramos que hayas pillado. Yo mismo te los compro. Ni siquiera a mí me resulta fácil pillar una nieve tan buena. Por cierto, ¿cuánto tienes?
Blum se había preparado esa pregunta. No en vano había estado despierto toda la noche observando cómo se iban dibujando las chimeneas de las fábricas y las instalaciones de incineración de basuras a la luz crepuscular del amanecer. No podía decirle a nadie cuánto tenía.
—Esto.
Puso sobre la mesilla la bolsita de celofán que había preparado por la mañana. Era más o menos la décima parte de lo que contenía cada bote. Henri pesó la bolsita en su báscula de precisión hecha con metales ligeros y adornos de nácar.
—Son exactamente 11,35 gramos.
—Muy bien —dijo Hermes—. Esto me ayudará a soportar mejor mi estancia en Suiza. ¿Estás seguro de que no tienes nada más?
Le dedicó una sonrisa enigmática. Blum también le sonrió.
—Ni siquiera vendería eso si no tuviera algunos problemillas de dinero.
—Muy bien, te extenderé un cheque.
—Quizá deberíamos ponernos antes de acuerdo con el precio —objetó Blum.
—Como quieras. ¿A cuánto va el gramo, Henri?
—La adulterada habitual, doscientos marcos. Por los flakes sin cortar puedes pedir unos trescientos.
—Y nunca te los darían. Pero yo no soy así, Blum necesita la pasta. Así que digamos que por 11,35 gramos, con el desatento habitual para los amigos, bueno, te daré un cheque por dos mil cuatrocientos marcos.
—Sólo acepto efectivo, Hermes.
Eso pareció irritar a Hermes.
—¿Efectivo? —Pronunció esa hermosa palabra como si fuera la palabra clave de algún chiste picante y sin gracia—. Así que efectivo, Blum. Un domingo. Nunca tengo dinero en casa, ¿sabes? Pago sólo con tarjeta de crédito. ¿Tienes tú dinero en efectivo, Henri?
—¿Efectivo? —Esto sonó como una variante del chiste anterior con cierta dosis de peloteo. Henri rebuscó en sus bolsillos con una sonrisa de desprecio en los labios—. ¡Mira, un billete de diez! Pero me hace falta para gasolina.
—Pensé que en tu negocio sólo se trabajaba con efectivo —contestó Blum.
—Casi siempre, Blum. No siempre. Y cuando es así, se lleva inmediatamente el dinero a algún otro lugar, se lava y se invierte.
—Entonces no hay nada que hacer —concluyó e hizo amago de irse.
—Vamos —dijo Hermes—, no te pongas así. Siéntate aquí, en este cómodo sillón, tómate otro whisky, disfruta de las bonitas vistas y dame una hora más o menos y lo tendrás en efectivo.
Hermes salió. Blum se encendió un HB. El último. Necesitaba el dinero. Por su cabeza los números pasaban como las cifras de colores de las tragaperras: 10 × 12 = 120… 120 × 20 = 2.400… 2.400 × 200 = 480.000… El premio gordo. Henri hojeaba una revista y cuando la terminó, cogió una nueva. No le dedicó ni una palabra más a Blum. Tal vez una persona con 11,35 gramos fuese algo insignificante para Henri, incluso si se trataba de peruvian flakes, noventa y seis por ciento. Blum sustituyó los doscientos por trescientos. Daba un resultado de setecientos veinte mil. «Mejor quédate en los doscientos», se dijo a sí mismo. «Ahora no hay que volverse loco». Contempló la nieve. Las cifras de colores subían y bajaban a toda velocidad ante el atardecer.
Pasaron más de dos horas hasta que Hermes regresó con los dos mil cuatrocientos marcos. Cogió la bolsita de material y le pagó a Blum.
—¿Está bien así?
Blum le mantuvo la mirada.
—Está bien, Hermes.
Después Hermes cogió un pellizco de la nieve azulada. Su hija entró en la habitación. Llevaba un vestido largo de seda de color melocotón y estaba montando un servicio de té. Pero la mirada que le dedicó a Blum no conllevaba invitación alguna.
—Te quedarás a tomar el té, ¿no, Blum? —preguntó Hermes.
—Una taza no me hará daño.
Cuando se marchó, Parker y Dizzie Gillespie tocaban Perdido. Henri se esnifaba una raya. Hermes yacía sobre el sofá y la euroasiática estaba sentada a su lado, sosteniéndole la mano y leyendo El hombre rebelde.
En el exterior, la nieve le cubría los botines a cada paso. El supermercado de la esquina presentaba la oferta de la semana: LA FELICIDAD EN PEQUEÑAS DOSIS.