El hombre de nieve
Capítulo 28
En el centro comercial de la B-Ebene el aire siempre estaba viciado, también por las noches; también aquella noche de marzo. Blum inspeccionó la zona durante media hora. Si habían hecho una redada podían volver a hacerla. Bajo a la plaza de Hauptwache todo parecía haber acabado, ya que sólo había viajeros del metro que cruzaban a toda prisa los pasillos pasando por delante de las tiendas, las farmacias, los puestos de primeros auxilios y las esquinas oscuras en las que estaban echados los mendigos, entre mierda y botellas de dos litros, contemplando cómo los criminales se peinaban antes de mostrar a los jubilados y a las educadoras de los jardines de infancia qué era lo que había en el corazón de los menos privilegiados. Pero hoy todo parecía vacío allí abajo y la zona donde se encontraban las consignas presentaba una calma fantasmal. La única persona a la vista era un muchacho con un anorak de esquiador que estudiaba un cartel de un concierto de pop colgado a la salida de un puesto de venta de entradas. Incluso los baños estaban vacíos. Blum hubiera preferido largarse, pero no tenía la intención de pasar la noche en Fráncfort con 100 gramos de cocaína en la chaqueta. Y también tenía que echar monedas en la consigna. Había dejado el hotel justo después de la Policía.
—Mi avión sale en una hora y tres cuartos.
—¿Su avión? ¿A estas horas?
—Es un avión privado al que no le afectan las restricciones nocturnas.
—Vaya, vaya. ¿Puede saberse adónde va?
—A Viena.
—¡Ah, las azules aguas del Danubio! Una ciudad preciosa. Entonces hará un total de 345,80, señor Blum, impuestos incluidos. Evidentemente, también tenemos que contarle esta noche.
—Pero póngale el sello, por favor. Los de hacienda son muy quisquillosos con estas cosas.
Había conseguido engañarle. Tras diez kilómetros en taxi en dirección al aeropuerto, le dijo al conductor que tenía que ver qué tal se encontraba su tía enferma, que vivía en Neu-Isenburg, la siguiente salida. Seguro que el hombre le había tomado por terrorista, pero en cinco minutos llegaron a Neu-Isenburg y desde allí regresó al centro en otros dos taxis distintos. Resultaba caro, pero quien quería sobrevivir y además sacar algo de todo aquello no debía escatimar en lo necesario. El chico del anorak de esquiador se largó, pero a cambio dos vagabundos bajaron cuidadosamente la escalera. Uno llevaba la bolsa de plástico con las bebidas, mientras que el otro fumaba un puro de baja calidad. Una imagen que rebosaba paz. Blum se acercó a las consignas.
Pero allí aún había vida. Al fondo Se había reunido gente de todas partes que no sabía adónde ir. Una botella iba de boca en boca, una cría que no tendría más de doce años se pintaba los labios, un chaval turco con cicatrices en el rostro jugaba a las cartas con un mestizo que aún debía de estar bajo la ley de protección a la infancia. Y a su alrededor había unos diez mirones que observaban cómo jugaban, conformando una mezcla de lo más diversa. El jardín de infancia de la B-Ebene. A Blum su presencia le resultó inquietante. Sabía que no le quitaban los ojos de encima. Abrió la consigna y les dio la espalda. Acababa de meter la coca en la bolsa de viaje y, mientras la colocaba junto al maletín, oyó un carraspeo que le hizo estremecerse. Era la cría. Sus labios insolentes y de color cereza se curvaron formando una sonrisa maliciosa.
—¿Tienes un pitillo, tío?
Se había puesto a su lado y miraba de soslayo el interior de la consigna. Blum apretó el bolso contra el fondo y cerró la puerta.
—¿Quieres que te lo haga?
—¿Qué es lo que has dicho?
—Me has entendido perfectamente. Por veinte pavos, te dejo. Tengo un buen culo.
—Dios, niña, lárgate antes de que…
—¿Antes de qué? ¿Antes de que saques la placa? ¿Eres poli, no?
Tenía el marco con cincuenta preparado y lo introdujo en la ranura. Después giró la llave y la sacó. La cría seguía sus movimientos con ojos hambrientos.
—Piérdete, muchacha.
—Piérdete tú, gilipollas.
Ahora también se encontraban los muchachos a su alrededor. El mestizo extendió la mano.
—Dame un marco.
For the church, mister. Pero esto de aquí tenía un aspecto mucho más brutal.
—A mí también.
—A mí también.
—Y a mí.
El chaval turco sacó el total.
—Danos diez marcos y quedamos en paz.
—¿Por qué tendría que daros diez marcos? ¿Os habéis vuelto locos?
—Ha dicho que me quiere follar por el culo —afirmó la cría de los labios rojos.
—Entonces, lo mejor es que nos des veinte marcos —concluyó el mestizo.
Durante un instante, Blum creyó que había perdido la razón. Demasiada cocaína. Cerró los ojos un momento y después los abrió del todo. Aún se encontraba delante de las consignas y los niños seguían atosigándole.
—Eh, tío, ¿te encuentras mal?
—Parece que se vaya a desmayar.
—Seguro que el chute que se ha metido tenía detergente.
—Eh, quiere deciros algo…
—El tío habla como un poli, pero no lo es.
—Suelta la pasta, abuelo, si quieres que no te pase nada.
Los vagabundos estaban de pie y callados, observando la escena junto a un pilar. Blum hizo acopio de fuerzas. Ya había salido de situaciones parecidas. Si no tuviera aquella niebla en el cerebro… Decidió enfrentarse al turco.
—¿Qué le parece a tu padre que andes por aquí, Mustafá?
El turco le dedicó una mirada de desprecio. Entonces, el mestizo se metió por medio y agarró a Blum de la manga.
—No cambies de tema, abuelo. Sabemos qué estás haciendo aquí.
Blum le dio una torta suave. Los otros sujetaron al mestizo y de repente el chaval turco tenía un cuchillo en la mano. Blum soltó un puñetazo y el cuchillo cayó al suelo tintineando.
—Aún os queda mucho que aprender antes de saber algo —dijo, pero no se quedó para enseñárselo. Tenía que regresar al mundo real. Uno no se enfrenta a una pandilla de adolescentes que han llegado a la madurez antes de tiempo cuando tiene un casillero lleno de coca. Los mendigos estaban allí de pie, junto al pilar, con la boca abierta, y habían olvidado su sed durante un momento. Blum les saludó y ellos le devolvieron el saludo. Aún tendrían que quedarse bastante tiempo en la B-Ebene. Arriba hacía frío y llovía. Alemania sólo era habitable para aquellos que conocían el terreno. Blum se consideraba uno de ellos, pero aquellos niñatos casi se la habían liado. «En Calcuta les hubieses dado algo —pensó—, pero en cuanto hablan alemán, te quedas descolocado». Se fue al puesto de comida rápida más cercano, se pidió un café y un aguardiente, y se metió una raya en el baño. La noche empezaba realmente bien.
Hubiese preferido sumergirse en el ajetreo nocturno de la metrópoli, pero Fráncfort era más bien una laguna estancada; todas las flores eran del mismo tipo y todas las libélulas bailaban sobre la misma agua. No tenía suficiente dinero como para irse a un prostíbulo. Necesitaba un refugio para pasar la noche, un lugar fijo para las horas en las que todo estaba en peligro. Y como los otros también lo sabían, tal vez lo mejor fuese dejarse llevar. Decidió empezar a hacerlo en aquel mismo momento.
En el bar en el que se metió todos lo saludaron como si fuera cliente habitual y un tipo con un peto le preguntó si tendría otros dos gramos.
—¿Otros dos gramos de qué? —respondió Blum con el ceño fruncido y cara de póquer.
—Eh, tío, ¿de qué va a ser? De coca, por supuesto.
—¿Coca? ¿Te refieres al refresco?
—Oye, ¿es que no me conoces? Soy Detlev.
—Ah, eres el del movimiento antinuclear. Ya entiendo. Cocaína en lugar de energía atómica. Energía estimulante. Coca nuclear. ¿Intentáis lograr vuestra propia energía atómica con productos biológicos y celofán? Yo os recomiendo la espuma de afeitar, que es del todo aséptica.
Detlev lo miró decepcionado y mientras se retiraba dijo:
—Sí, la coca es brutal, tío, me he dado cuenta.
—¿En serio? Y yo que quería pasarme al negocio del afeitado…
Pero seguir con el número cómico toda la noche no podía salir bien. Quizá el trágico funcionara mejor. Se sentó durante una hora en un bar, mirando fijamente su vaso. Después la camarera le preguntó si le pasaba algo y Blum se marchó. Llovía. En otro bar creyó ver a Cora —el mismo pelo y la misma figura, aunque esta vez llevaba un vestido largo—, pero cuando vio a la chica de frente no era Brigitte Bardot, sino, como mucho, Anita Ekberg. «Demasiado cine», pensó y pagó la cuenta. Aún llovía. Los andamios de la ópera brillaban. Estaban reconstruyéndola de nuevo «para lo auténtico, lo hermoso, lo bueno», como rezaba la inscripción de la fachada. «Por mí perfecto —pensó Blum—. Si consigo un millón, yo también seré auténtico, hermoso y bueno. Quizá Cora tuviese razón y no era vida estar pensando sólo en números, viajar con recelos, moverse en la paranoia y confiar únicamente en el dinero en efectivo. Eso hace que todo sea, en cierto modo, sucio; es cierto, nena, pero ¿acaso no se acaba ensuciando todo lo limpio? Y además, soy demasiado mayor para empezar de nuevo y, si pudiera, volvería a hacer lo mismo. No tiene sentido, no creo en el amor, pero siempre he pagado por él, y cuando llegue a tener mi bar en la isla pondré en la puerta: “Aceptamos divisas de todos los países”. Creo que esto también es una especie de fe». Había dejado de llover. Ahora nevaba.
A las tres de la madrugada Blum se encontraba delante de un bar que estaba cerrando y se limpiaba la nieve de las gafas de sol con el fular. Un coche de policía pasó a su lado. El copiloto lo miró de arriba a abajo. «Ahora informará al detective jefe de que aún estoy por ahí —pensó Blum—. Volverá a comprobar los datos, pedirá que le traigan el dossier. “Este tío”, pensará, “tiene algo que me huele fatal. Fíjese, Tomaczek, en que el tipo pasó un año en el extranjero; vamos a tener que intervenir. Y va y nos cuenta que se dedica a comprar alfombras. Es uno de esos berlineses de pega, Tomaczek, un fraude. Ajá, aquí lo tenemos. Así que estuvo en Tánger. Todo esto apesta a drogas, se huele a la legua. Póngame con la Interpol y pille a este camello, Tomaczek, exprímalo y tráigame el resto, y no se olvide de limpiar el suelo después. Con lejía”».
Un taxi se detuvo. Dos tipos con largas gabardinas bajaron y también descubrieron que el bar había cerrado. El taxi se largó. Intercambiaron algunos comentarios en voz baja. Blum se dio cuenta de que uno lo observaba por el rabillo del ojo. Bajo aquella luz mortecina los dos tenían rostros pálidos. Los copos de nieve se derretían sobre sus cabellos morenos y despeinados. Blum quería largarse, pero se quedó allí como si hubiera echado raíces. Al final, los dos se acercaron a él. «Yonquis —pensó Blum—, lo que te faltaba».
—Seguro que puedes ofrecernos algo —dijo el más alto.
—¿Yo? ¿Qué te hace pensar eso?
—Es algo que se tiene en la sangre —dijo el más bajo con desprecio.
Eran yonquis.
Se fue con ellos a una casa. «Una estupidez», pensó, pero en aquel momento le daba igual. Llevaba encima el bote de pastillas con la cocaína. En cierto modo, nada importaba lo más mínimo. Había que dejar que las cosas siguieran su curso. Seguir la corriente cuando llegaba y flotar con ella. Sonaba a mera palabrería, pero quizá fuese la mejor opción y además las drogas tenían algo de mágico. La casa era grande y oscura, un edificio antiguo con vistas a la calle y con árboles delante. Una cocina sucia; el resto como en todas partes, con los mismos trastos inútiles. Los yonquis eran yonquis, ésa era la única diferencia. Les dio un poco y ellos mezclaron la cocaína con heroína y se la chutaron en vena delante de sus ojos, curtidos como mendigos asiáticos con la fría habilidad de un cirujano.
—¿Quieres probar tú también?
—No, gracias, no me gustan las agujas.
—Pues te estás perdiendo lo mejor que hay.
Negó con la cabeza y se dedicó a curiosear por la casa. La puerta de una habitación se abrió con un crujido; una chica de cabellos revueltos y pelirrojos apareció bajo la luz del pasillo, sujetando una bata vieja contra su pecho. Su cara le sonaba, pero no sabía de qué.
—¿Y tú quién eres? —preguntó.
—Un espectro —respondió.
—A ti te he visto en algún sitio —dijo y se encendió un cigarrillo. Llevaba las uñas muy largas y pintadas de rojo sangre.
—Yo tengo la misma sensación.
—Ya sé dónde. En el Eisernen Steg. Tú eres el tío de la cocaína.
—Y tú eras la que conducía el Mercedes del alto.
—¿Aún te queda algo?
Se sentaron con los yonquis. La pelirroja se metió una raya. Blum le preguntó por qué el alto habría cancelado el trato.
—Ah, él —contestó con desprecio—, es sólo un farolero. Se las da del emperador de la China y luego anda con una mano delante y otra detrás.
Blum asintió. A lo lejos se oía el traqueteo de un tranvía. Uno de los yonquis puso un disco de reggae.
So as sure as the sun will shine
I'm gonna get my share, what is mine
and the harder they come
the harder they fall…
Después permanecieron allí sentados y la pelirroja quiso acostarse con Blum, pero éste no quería heroína y tampoco sexo. Sólo quería el dinero, doscientos pavos por un gramo; dinero de yonqui manchado de sangre, dinero de sangre; cenizas a cambio de nieve. La pelirroja empezó a pintarse las uñas. Y Blum se echó en un sofá y escuchó hablar a los yonquis: uno llevaba seis días sin cagar, el otro hablaba de un negocio sucio y los dos parecían estar tratando el mismo tema; síntomas intercambiables del mismo estado, de la misma enfermedad incurable. Vio cómo la luz del amanecer se abría paso perezosamente por entre los árboles; vio cómo se despertaba la ciudad, cómo seguía la vida, Fráncfort del Meno, República Federal Alemana.