El hombre de nieve

Jörg Fauser · Capítulo 7 de 43

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El hombre de nieve

Capítulo 7

 

En la puerta de la 523 estaba puesta la llave y en el pomo de madera aún se balanceaba el cartelito con el número de la habitación, como si acabaran de cerrarla. Blum golpeó suavemente la puerta con los nudillos.

—¿Rossi? ¿Estás ahí, Rossi?

Nadie respondió. Blum estaba seguro de que nadie había advertido su entrada en el hotel. Un hombre de mediana edad con gafas de sol lilas, bléiser y un pañuelo anudado al cuello era algo que llamaba tan poco la atención como un marinero borracho en la Strait Street. No obstante, se sentía observado. Alguien lo había seguido durante todo ese tiempo. Alguien que prefería robar una maleta con viejas revistas porno danesas antes que pagar quinientos cincuenta dólares por ellas. El ascensor crujió y se deslizó hacia los pisos inferiores. Del inspector se podía esperar cualquier cosa. ¿Por qué sólo del inspector? De todo el mundo. Blum volvió a llamar a la puerta. No hubo respuesta. El ascensor estaba ahora abajo. A Blum no le quedó más remedio que entrar.

Quien hubiera cerrado la puerta no lo había hecho al entrar, sino al abandonar la habitación, y después había dejado la llave puesta. Y si era allí donde se había celebrado la «próxima fiesta» de Rossi, Blum se alegró de no haber asistido. La elegante habitación estaba arrasada por completo. Habían rajado los colchones y su relleno resultaba casi tan poco apetitoso como los restos de sandwich pegados a la pared y las manchas oscuras en la moqueta cubierta de botellas rotas y cristales pisoteados. La persona que había causado aquellos destrozos sin que nadie le molestara en un hotel repleto con su multitud de turistas, sus galas nocturnas, sus grandes recepciones y sus decenas de vigilantes; la persona que se había tomado el tiempo de romper los marcos de las ventanas, hacer añicos las mesitas de noche, arrancar las cortinas y desatornillar el teléfono, era un tipo de lo más silencioso y un actor excelente. Pero ¿cuál era el escenario? ¿Y cuál era la obra que estaba interpretando? ¿Y qué tenían que ver él y su mierda de revistas porno con todo eso? ¿Era un mero figurante o un miembro destacado del reparto? Miró por la ventana. Las vistas no estaban mal. Esa pequeña roca iluminada en medio del Mediterráneo, una arruga en el velo de la Virgen, for the church, sí, seguro, pero… Todo era tan limitado allí fuera, todos se conocían y él, Blum, había creído que podría alejarse de todo y hacer algún pequeño chanchullo en paz. Sí, seguro. Se preguntó dónde estaría la cárcel, ¿cómo se llamaba? Kordin. Posiblemente se encontrara más al fondo, en la parte tan oscura como la boca de un lobo.

¿Y dónde demonios estaba el signor Rossi?

En el armario seguro que no. Estaba extrañamente vacío, como si allí no viviera nadie. Y tampoco en la bañera ni debajo de la cama. ¿O sí? ¿Acaso no era eso el pelo de Rossi? Blum sintió cómo se le retorcía el estómago. Si la Policía asaltaba ahora la habitación y lo pillaba a él, un reconocido ladrón de arte y traficante de revistas porno, con el cadáver de Rossi bajo la cama… Madonna salvani. En fin, ¿qué otra cosa podía hacer? Se agachó a mirar. Lo que vio le dejó de piedra y le generó muchas dudas, pero su estómago apagó por el momento la señal de alarma. Bajo la cama no estaba el cadáver de Rossi, sino sólo sus cabellos.

Sin querer, alargó la mano y cogió los pelos. No se los habían cortado, no; era una peluca. «Será farsante», pensó. Toda esa exuberancia de rizos no era más que una imagen artificial, treinta mil liras en un centro comercial. Le dio la vuelta y el mal presentimiento regresó al instante. En la cinta de la redecilla había un trozo de celo pegado y, si uno se fijaba bien, podía ver un papelito debajo. Cogió aire y lo sacó.

Se trataba de una hojilla doblada cuidadosamente seis veces. Blum la desdobló con igual cuidado. Era un resguardo de la consigna de la estación central de Múnich, ventanilla 1, con fecha del 2 de febrero de 1980. El resguardo tenía el número 55.601. Estaba muy manoseado, pero no tenía manchas de vino tinto o salsa de espaguetis: todo en orden y perfectamente válido. Blum permaneció unos segundos en la destrozada habitación con el ceño fruncido, sin oler nada, ni ver, ni oír, ni pensar nada. Entonces volvió a doblar el papel y se lo metió en el bolsillo superior del bléiser, junto con el pañuelo rojo de adorno, la caja de cerillas del Pegasus bar y la imagen de la Virgen que le había costado quinientos cincuenta dólares… y quizá mucho más.

En el exterior sonaban las pisadas de gente de paso, risas, una puerta que se abría y cerraba en algún lugar. Blum ya estaba en el ascensor, alisándose el cabello; unas gafas de sol y un pañuelo anudado al cuello; de la cabeza a los pies, un metro y setenta y ocho centímetros de ese garboso Blum en el extranjero, siempre con una sonrisa estudiada en los labios, caminando hacia el bar a buen ritmo, encendiéndose el inevitable cigarrillo ante la puerta y, nada más entrar, dedicándole su primera mirada a las mujeres de la barra. High life.

—Es como si acabara de encontrarse con lady Macbeth dijo Hackensack, mostrándole a Blum el deseo de que se sentara junto a él.

—No, gracias, no hace falta —respondió Blum. Acababa de ver a una conocida y la nariz de Hackensack tenía de nuevo un tono violeta.

—¿No se ha encontrado con lady Macbeth? ¿Ha sido entonces el espíritu de Hamlet?

—Mister Hackensack —continuó Blum—, quizá vaya a visitarlo en Fráncfort. ¿Estará allí la semana que viene?

—Hágalo —le animó Hackensack. Las bolsas de grasa se le concentraban sobre la barbilla, pero sus ojos eran como violetas de hielo. Golpeó la barra con la palma de la mano.

—¡Fráncfort! ¡Una ciudad fantástica! Allí siempre se puede conseguir algo. ¡Tómese un burbon! ¿Qué le pasa, hombre de Dios?

Se rió como alguien a quien pagan para hacerlo y Blum se enderezó las gafas y lo dejó atrás, abriéndose paso hacia la mujer que conocía. Vivía en Düsseldorf y estaba casada con un dentista.

—Hola tesoro —dijo ella clavándole las largas uñas en la muñeca. Blum se apartó. Su estómago volvía a dar señales de alarma. Estaba mirando fijamente a la puerta, donde de repente apareció Larry con su cazadora, acariciándose la barba.

—Tienes problemas —dijo Larry cuando Blum estaba fuera. Los autobuses traqueteaban con problemas de motor por la plaza, junto al City Gate. Se había levantado un fuerte viento.

—Problemas es poco —contestó Blum—. Alguien me ha robado la maleta con las revistas.

—Eso encaja bastante bien. Creo que Rossi está metido en algo que le ha enfrentado con los otros. Y para ellos tú estás en el bando de Rossi.

—¿Quiénes son los otros?

Larry se encogió de hombros y tiró el cigarrillo.

—Mira, no empieces ahora con secretitos…

—No hables tan alto —prosiguió el australiano—. No sé quiénes son los otros. ¿Acaso importa? En Vietnam…

—Larry, no estamos en Vietnam. Alguien me ha robado quinientos cincuenta dólares, y cincuenta eran tuyos. De eso se trata. Y no me vengas ahora con cuentos sobre la mafia maltesa…

La puerta del bar se abrió y la alemana salió tambaleándose sobre sus tacones.

—¿Qué haces aquí, tesoro? ¿Ya no te gusta tu Helga? ¡Eh, usted, ni se le ocurra secuestrar a mi Blum!

Continuó diciendo cosas sin sentido. «Estás jodido —pensó Blum—, jodido en Malta, con la mujer de un dentista al brazo, borracha, con un resguardo de la estación central de Múnich en el bolsillo, un resguardo que has robado de la peluca de un italiano a quien querías colocarle doscientas revistas porno y con un australiano que tiene un solo pulmón y que camina delante de ti entre las palmeras, un tipo incapaz de liberarse de sus propias pesadillas. Por no hablar del inspector Cassar, que acabará limpiándose el culo con tus viejos informes de la Interpol, pero que se esperará a que hayas desaparecido para hacerlo». Robado, jodido, rodeado de amenazas por todas partes, Blum pensaba en el negocio de la construcción, buscando el pelotazo que le hiciera rico también a él. De repente se dio cuenta del frío que hacía.

—¡Venga, tesoro, vamos a tomarnos otra!

Blum se libró de ella por segunda vez, la dejó plantada y se fue con Larry hacia el City Gate. Durante un rato siguió oyendo los gritos de la mujer del dentista.

—Voy a llevarte a Gozo —dijo Larry—, allí estarás a salvo incluso de tu novia.

—¿A Gozo? —Blum se detuvo—. ¿Y qué se supone que voy a hacer en Gozo? ¿Cultivar tomates?

—Oye, sólo quiero ayudarte. Al fin y al cabo, he sido yo el que te ha metido en esta mierda con Rossi.

—Qué va, Larry. En mis mierdas me meto siempre yo solito.

Habían llegado al City Gate. Los establecimientos ya estaban cerrando. El australiano miró fijamente a Blum. Sus ojos no mostraban ninguna emoción.

—¿Y qué piensas hacer ahora?

Blum torció los labios. Lo que pensaba hacer no era asunto de nadie, ni siquiera de un australiano que quería ayudarle.

—Ya nos veremos.

—¡Blum! ¡Espera, hombre!

Pero Blum ya había dado la vuelta a la esquina.