El hombre de nieve

Jörg Fauser · Capítulo 6 de 43

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El hombre de nieve

Capítulo 6

 

«Pues no hay nada que hacer —pensaba Blum por la noche en su habitación del puerto; hay que salir adelante—, tú no eres Larry, no eres australiano, no has respirado gas venenoso en Vietnam; tú eres Blum y tienes que salir adelante. Sólo necesitas tener al fin una oportunidad, una única oportunidad, pero de verdad, un buen golpe, una mano ganadora; entonces se acabarían las miserias, y conseguirías pasta de verdad de una vez por todas. Dios, pillar algo grande, sacar la cabeza de la mierda y disfrutar del cálido sol de verdad, Madonna mia, y cuando haya que pagar las consecuencias, que vengan con lo que sea y, por mí, que todo reviente».

Estaba hojeando el libro que le había comprado en noviembre a un americano en Algeciras. Se trataba del Bahamas Handbook and Businessman’s Annual, Nassau, 1978, con un prólogo del gobernador general en funciones. Una fotografía mostraba a sir John Cash con la reina Isabel II. Un negro apuesto de rostro socarrón. Bien, era algo gracioso, una excentricidad en las Bahamas, pero un país donde el funcionario de mayor importancia se llamaba «dinero en efectivo» era, al fin y al cabo, un lugar muy distinto. El americano había preguntado a Blum a qué se dedicaba y éste sonrió vagamente y le dijo que al mundo de la construcción. Eso siempre sonaba bien. Le preguntó lo mismo al americano. Trabajaba para el Gobierno; le había respondido con la misma sonrisa vaga, y Blum se dio cuenta de que esperaba algún insulto. Pero Blum asintió comprensivo y se fijó en cuánto dejaba de propina el yanqui. Nada, por supuesto. Blum contempló las fotos de los diputados del parlamento de las Bahamas. La mayoría eran negros, pertenecían al Progressive Liberal Party y eran gente de negocios, sindicalistas o ambas cosas. «Si está metido en el mundo de la construcción, las Bahamas es un buen destino —le dijo el americano mientras se despedían —, allí se está produciendo el mayor boom de la construcción del hemisferio occidental». También resultaba raro que un hombre que trabajaba para el Gobierno y al que le habían dado un manual, que posiblemente regalaban a todos los turistas como bienvenida, dejara que le pagaran dos dólares por él. En fin, los americanos estaban necesitados. También Hackensack, con sus habanos y su burbon y los rubíes en sus dedos regordetes, parecía necesitar algo; eso es algo que se nota. Blum, que ya había dejado pasar de largo muchos booms, estuvo a punto de dejar el manual, pero ahora se alegraba de haberlo cogido. Había días en los que incluso las estadísticas de exportación-importación y los anuncios de los corredores de fincas, por no hablar del capítulo sobre la «flora» (resultaba tranquilizador saber que en las Bahamas también había coles de Bruselas), tenían sobre él los efectos de una droga calmante que lo arrullaba y lo transportaba a playas donde siempre había sol y palmeras, y peces voladores y mujeres que daban la bienvenida a los viajeros con guirnaldas de flores. Pero Blum nunca era uno de aquellos viajeros. Blum nunca aparecía en esos sueños, lo que resultaba de lo más agradable, ya que en ellos nunca se fracasaba.

Llamaron a la puerta. Mientras se acercaba a la entrada miró el reloj. Ya era hora de que llegara Rossi. Debía de haberse quedado dormido.

—Espero no molestarle —dijo mister Haq enseñando a Blum un diente de oro. Llevaba el mismo traje de seda verde, pero para la visita se había puesto unos zapatos de plástico negro, e incluso calcetines. Con todo aquel cuidado daba la impresión de estar decidido, como un hombre que ha resuelto exigir un aumento de sueldo.

—Lo siento, pero tengo una cita y debo irme ahora mismo —dijo Blum metiéndose la camisa por el pantalón. También él se lavaba las camisas y la azul marino de Tánger casi no tenía arrugas a pesar de llevar bastante tiempo planchada.

—Oh, no le entretendré mucho —dijo el pakistaní echando un vistazo rápido a la habitación. Lo que vio pareció tranquilizarle. El alemán tampoco se encontraba mucho mejor que él.

—Esperaba que volviera a visitarme y me diera la oportunidad…

—Las revistas están ya vendidas, mister Haq. Me las voy a llevar ahora mismo.

—No estaba pensando en las revistas, mister Blum.

A Blum se le subió la sangre a la cabeza. Lo que menos falta le hacía ahora era una agotadora discusión sobre los problemas de los quince mil trabajadores pakistaníes que buscaban empleo entre la Meca y Yida. ¿Por qué tenían que pegársele siempre los perdedores? Fue al lavabo y se peinó. Una cucaracha se arrastró hasta el interior del desagüe, aunque sólo lo hizo para aumentar la imagen de pobreza de la habitación. Blum se miró al espejo. Empezaba a perder pelo también en las sienes. Pronto tendría más esperanzas que cabello. Pero el pakistaní no se encontraba entre sus esperanzas; aún no.

—Mister Haq, si está pensando en sus sueños de Arabia Saudí…

—¡No son ningún sueño, mister Blum! Son ideas concretas. Incluso son más que ideas: ¡son planes!

Blum se secó las manos. La toalla llevaba una semana en la habitación.

—Mister Haq, en los próximos días me iré de aquí, pero Yida no está en mi ruta.

—¿Puedo preguntarle adónde se dirigirá?

Blum se puso la chaqueta.

—Aún no he concretado los detalles, pero estoy pensando en instalarme en Italia.

—¿Italia? Mister Blum, ¿conoce usted Italia? —Se metió un caramelo en la boca, mostrando dos dientes de oro—. Permítame que hablemos con calma de mis planes. ¿Qué es lo que puede buscar un hombre como usted en Italia? Ni siquiera tienen dinero en condiciones.

Blum se guardó los cigarrillos y sacó del armario la maleta con las revistas. Ahora no podía hacer nada más.

—El dinero es dinero, mister Haq, y el dinero italiano también es dinero. Y después haré una escapada a Alemania, a mi patria, como usted ya sabe. Allí queda mucho por hacer. Ya veré qué.

El pakistaní asintió y dejó de mirar la maleta para observar de nuevo a Blum, por lo que tuvo que levantar la cabeza.

—Yo también estuve allí. Mis planes sobre Arabia Saudí también tienen que ver con un viaje a Alemania occidental…

Blum cogió la maleta.

—Déjeme que le diga algo, mister Haq. ¿Por qué no vuelve mañana y me deja explicarle exactamente por qué no me interesa?

—¿No le interesa? Pero ¿cómo podría interesarle antes de conocer en profundidad mis planes?

—Me fío de mi instinto. Vamos, tengo que irme.

El pakistaní sonrió melancólico.

—Esperaba que fuera una persona más decidida con quien analizar los problemas de la vida moderna. A partir de ahí, las relaciones comerciales se establecen casi siempre por sí solas.

Al fin salió al pasillo y Blum pudo cerrar con llave la habitación.

—Todo a su tiempo, mister Haq. Cuando sepa que puedo pagar la cuenta del hotel, me encantará contarle algunas cosas sobre los problemas de la vida moderna.

El pakistaní no añadió nada más. Bajaron por la oscura escalera y salieron a la calle. Blum aspiró una mezcla de aroma de flores y olor a desperdicios. La basura dominaba. Desde el puerto llegaban los aullidos de las sirenas de los barcos. Se encendió un HB y se volvió hacia el pakistaní, cuyo rostro adquiría un tono grotesco bajo la luz roja del letrero del hotel.

—Buenas noches, mister Haq.

—Realmente me sería útil alguien como usted, mister Blum.

«Oh, no», pensó Blum, y subió por la calle rápidamente. Al llegar a la esquina se volvió para ver de nuevo al pakistaní. Mister Haq seguía de pie bajo la luz roja y a Blum le pareció que le hacía una seña a alguien situado en la otra acera. «Este tipo resulta agotador», pensó.

En la Republic Street reinaba aún gran agitación. Rostros de todas las razas, música rock proveniente de las discotecas, luces de neón. Blum se abrió camino con su maleta entre la multitud. Un chico joven lo cogió de la manga.

—Mister, hey, mister!

La típica letanía. Blum siguió andando. El chico no lo soltó y le enseñó algo. Una pequeña estampa enmarcada. «Vaya por Dios», pensó Blum, «la competencia también sigue en la calle. Trabajar con niños. ¡Qué cerdos!».

—Mister, for the church!

Blum se quedó de pie y la multitud lo echó inmediatamente a un lado. Un japonés lo dejó pasar y le sonrió como si le animara, como si quisiera decir: adelante, coge también eso…

—¿Para la iglesia? Bueno, enséñamelo.

El chiquillo le dio la estampa y Blum lo miró apretando la maleta con las piernas. La Virgen María, vestida de azul y rodeada de oscuras nubes, se alzaba con los brazos abiertos sobre un globo terrestre con una corona de estrellitas sobre la cabeza. Sonreía con dulzura. No, no podía hacer nada por ese valle de lágrimas. En el reverso había un texto en maltés. Madonna berikni u salvani. No hacía falta conocer el idioma para comprenderlo. El muchacho tiró a Blum de la manga.

—For the church, mister!

«Si el inspector Cassar me viera ahora», pensó Blum preocupado, y se sacó un par de monedas del bolsillo del pantalón. En ese mismo instante, notó cómo lo empujaban contra el escaparate de una librería. Todo fue muy rápido. Un agarrón y, cuando se liberó, se dio cuenta de que la maleta había desaparecido. El chico también había desaparecido y Blum tenía la pequeña estampa de la Virgen en la mano. La multitud pasaba de largo con indiferencia. Sonaron las campanas de la catedral de San Juan. Eran las once.