El hombre de nieve

Jörg Fauser · Capítulo 33 de 43

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El hombre de nieve

Capítulo 33

 

Blum fue a comer a un chino. En una calle al lado del casco histórico encontró un restaurante de aspecto agradable que estaba completamente vacío. Un hombre alto, sobre cuya calva pulida aún flotaban cuatro pelos largos como algodón de azúcar, le trajo sopa de aleta de tiburón, colmenillas, gambas fritas y licor de arroz. Estando tan solo en aquel local tan grande, bajo aquellas lámparas, entre budas y dragones dorados y siendo observado con atención por toda una tropa de camareros silenciosos y sonrientes, Blum se sintió durante unos maravillosos instantes como un viajero que había sido el primero en llegar a un país desconocido y que era obsequiado por los nativos con aquella selecta hospitalidad, aunque sin dejar claro si el extraño sería aceptado como amigo o si lo despedazarían durante la noche y arrojarían su cuerpo a los cerdos. Por desgracia aquellos instantes no duraron demasiado, ya que otro cliente entró en el restaurante.

El joven —Blum calculó que tendría veintitantos— fue saludado por los chinos con respeto, pero con evidente familiaridad. Se sentó una mesa más allá, de cara a Blum. No se molestó en mirar la carta, sino que escuchó lo que el viejo chino le susurró y después asintió. Llevaba una chaqueta de tweed vieja y vaqueros; sus rubios cabellos caían desordenados sobre sus estrechos hombros y en su rostro seco, bajo sus vigilantes ojos, brotaban mechones de una barba rojiza. Pero sólo con ver la forma en la que se encendió el cigarrillo, Blum ya supo todo lo que necesitaba saber: aquel joven tenía la atractiva indiferencia que él había intentado imitar durante toda su vida.

Blum se ocupó de nuevo de su comida. No obstante, observaba que aquel presuntuoso sólo se tomaba un cuenco de sopa para pedir después un café. Mientras Blum apartaba su plato y se preguntaba si también le apetecía un café, vio cómo el joven sacaba una lata de tabaco, se ponía un poco del contenido en el dorso de la mano y lo esnifaba con un gesto de placer. Después sonrió a Blum como si quisiera decirle: «Bueno, amigo, ¿qué ha sido, tabaco brasileño o peruvian flakes?». Blum se sacó su botecito del bolsillo del pantalón y lo imitó: izquierda-derecha. Y otra vez: izquierda-derecha. Los chinos hacían como si no vieran nada.

—¿Es buena? —le preguntó el joven mientras se echaba azúcar en el café. Tenía acento de Hamburgo.

—Si quieres podemos hacer un intercambio: tú me dejas oler la tuya y yo te dejo la mía.

El hamburgués se levantó y se llevó su taza de café a la mesa de Blum. Visto desde cerca su rostro parecía algo mayor. Tenía ya algunas arrugas y bolsas bajo los ojos.

—El viejo te ha traído comida —dijo sentándose y cruzando sus largas piernas.

—¿Por qué no habría de hacerlo? Estamos en un restaurante, al fin y al cabo, y los chinos viven de traerme comida.

—¿No te ha llamado la atención lo lleno que está esto?

Blum se encendió un HB. Si el tipo quería decirle algo, podía ahorrarse la respuesta. Era algo que sobraba y además en aquel preciso instante le estaba haciendo efecto el peruvian flake, que comenzaba a vibrar dentro de su cabeza. El hamburgués contempló un trozo de la pared donde había colgado un cuadro.

—Resulta muy adecuado haber colgado encima una foto del levantamiento de los Bóxer, ¿no crees?

—¿Encima de qué?

—Pues de la sangre que cayó sobre la pared.

—¿Sangre? ¿Qué sangre?

—Sangre, y también un poco de cerebro. Hace tres semanas se presentó aquí la mafia israelí y tomó a su cargo todo el comercio de heroína chino de un solo golpe, aunque no lo hizo exactamente como se lo había imaginado la unidad antidroga. De todas maneras, ahora esto tiene otra vez un aspecto de lo más civilizado, ¿verdad?

—Muy civilizado. Y la cocina es excelente.

—Sí, mister Lee tenía la mejor cocina cantonesa de todo Ámsterdam.

—¿Tenía? ¿Estaba él también sentado a la mesa?

—La Policía lo sacó del Ámstel al día siguiente, con el dedo gordo del pie metido en la boca. Pero el restaurante sólo estuvo cerrado durante tres días. Y el día que volvió a abrir encontraron a tres israelíes con la garganta abierta en los contenedores de basura del Hilton. Cada uno tenía su propia polla metida entre los dientes. Para los antropólogos Ámsterdam es un lugar de lo más interesante. Los chinos tuvieron la desgracia de que uno de los israelíes perteneciera al Shin-Bet, el servicio secreto. Desde entonces este restaurante está muy tranquilo.

El rubio tamborileaba con los dedos. Uno de los camareros más jóvenes le trajo otro café. Blum acabó el licor de arroz, aunque no le pareció lo suficientemente fuerte.

—Pareces conocer muy bien esto, ¿llevas mucho por aquí? —preguntó Blum.

—Casi una eternidad. Además de para los antropólogos, Ámsterdam también es un lugar muy interesante para ciertos negocios, como puede imaginarse.

—Suponiendo que uno se lleve bien con los israelíes.

—Y con los chinos. Y los de las islas Molucas. Y con los turcos. Y los anarquistas.

—¿Los anarquistas? ¿Qué tienen ellos que ver con todo esto?

—Oh, los anarquistas también tienen mucha influencia. Podrían reducir a cenizas media ciudad, pero por ahora aún prefieren embolsarse todas las subvenciones. En un par de añitos, cuando empiece todo de verdad, sólo te podrás mover en helicóptero, en un Huey americano si tienes suerte, probado en Vietnam, y con una tropa de rangers que dispare a todo lo que se mueva: primero un bote de gases lacrimógenos sobre los tejados, después te pones la máscara antigás y bajas a la oficina con fuego de apoyo y un grupo de escolta… una pequeña escaramuza antes de cada trato anima hasta al más cansado… sin necesidad de drogas. Cuando las cosas se pongan feas aquí, puedes olvidarte de todo lo que hayas leído sobre resistencia callejera. Si esto estalla, podrás oler la mierda hasta en las Bahamas. ¿Una raya?

Blum sacudió la cabeza. Tenía la sensación de que el que iba a estallar era él.

—No conocerás por casualidad a una rubia que se llama Cora, ¿verdad?

El joven sonrió satisfecho.

—Sí que la conozco. Y tú eres Blum, ¿me equivoco?

—¿Cómo has sabido que estaba aquí?

—Pura casualidad.

—No me jodas.

—Me llamo Ted. —Le hizo una seña al chino viejo, que estaba de pie junto a un biombo contemplando el levantamiento de los Bóxer.

—Y yo que siempre había pensado que en este negocio no había casualidades.

—Supongo que me acompañarás a tomar otra copa. Casi habíamos perdido la esperanza de llegar a encontrarte.

—¿Habíamos?

—Mi socio y yo.

Mientras abandonaban el restaurante, los chinos se pusieron en fila como si presenciaran un desfile y se apagaron las luces. En cuanto salieron, bajaron la persiana metálica. En una esquina había un coche con dos antenas aparcado delante de una tienda de puros que llamó la atención de Blum. En su interior había dos hombres que vigilaban el restaurante chino y Blum se sorprendió al notar una sensación casi de alivio. Había otra gente que también tenía problemas.

Ted tenía un viejo Volvo. Durante el trayecto no hablaron demasiado. Dejaron el coche al lado de un pequeño canal y se montaron en un barco-casa. El agua olía a estancada. Del camarote salía un haz de luz amarilla. Ted golpeó la puerta siguiendo una contraseña y abrieron desde dentro. Lo primero que vio Blum fue a Cora sentada en un cojín mirándole impaciente desde allí abajo.

—Hola, nena —dijo Blum. Y entró.