El hombre de nieve

Jörg Fauser · Capítulo 35 de 43

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El hombre de nieve

Capítulo 35

 

El bar se encontraba en medio del casco histórico. No era precisamente el Pegasus Bar del Phoenicia y tampoco era el bar que Blum abriría cuando hubiese encontrado su isla, pero la cerveza estaba fría y no había gente rara molestando, siempre que uno se ocupara de sus propios asuntos. Se estaba bebiendo su cerveza mientras contemplaba un cartel de circo en la pared sin pensar en nada particular, cuando un tipo con sombrero se abrió paso entre él y los curiosos personajes de la barra. Una mirada fugaz le bastó a Blum para comprender por qué. Aquel hombre, en aquel entorno, era también como los restos de un naufragio con su gabardina raída y su traje de poliéster, su corbata a rayas y sus cincuenta y cinco años de lucha por la supervivencia en el rostro, las ojeras, la verruga en la mejilla, las arrugas de su cuello de pavo. Pero sus ojos seguían buscando y su barbilla mostraba que aún no estaba acabado. «Otro viajante —pensó Blum—, en el largo camino que parte de Solingen, pasa por Stalingrado y acaba en Neheim-Hüsten; pero éste de aquí aún cree en las Bahamas, como yo. Quizá más bien en Ascona». El hombre saludó a Blum con una inclinación de cabeza, se colocó el sombrero dejando ver un pesado sello negro en su dedo y se pidió una ginebra holandesa en el idioma local. Cuando habló con Blum, cambió al alemán. Tenía una voz gris de fumador.

—Un sitio agradable —dijo, y se tomó de un trago su bebida.

—No se puede decir lo contrario —confirmó Blum.

—¿También alemán?

—Ya ve.

El hombre asintió y se pidió otra ginebra.

—¿Usted también?

—No, gracias, prefiero seguir con la cerveza.

—Muy razonable.

—Sí, la cerveza es lo único realmente auténtico.

—La cerveza y el dinero, ¿no?

—Totalmente de acuerdo.

Estuvieron bebiendo durante un rato y después el hombre dijo:

—Bonita ciudad, Ámsterdam.

—Depende —respondió Blum.

—¿Viene aquí a menudo?

—Según cómo vayan los negocios.

—¿Puedo preguntarle qué tipo de negocios?

—Intermediario —concretó Blum.

Una mirada interesada y otra ginebra. Los bebedores viejos ya no se preocupaban de sus hígados.

—Eso es un campo muy amplio —dijo al fin el hombre—. ¿Y en qué actúa de intermediario?

—De lo que salga. Productos químicos e información, sobre todo. Y usted ¿a qué se dedica?

—Compra-venta. Importación-exportación.

—¡Ah! ¿Conoce Fráncfort?

—¿Quién no lo conoce?

Ahora tenían que pasar al asunto real. Ya habían dicho todas las palabras claves. Quizá faltase aún una más.

—Entonces seguro que conoce la ICA, ¿no?

—¿ICA? ¿Qué feria es ésa?

Así que una falsa alarma. Bueno, no se puede ganar siempre. Aunque poco a poco iba siendo hora de encontrar algo real en todo aquel lío, algo como una manzana o un huevo.

—Olvídelo. Lo había leído en una columna.

Una puta con el pelo teñido de azul quiso acercarse al hombre, pero éste la espantó con la mirada.

—La información es para mí algo demasiado amplio, ¿sabe? Prefiero las cosas que se puedan palpar.

—¿Frutas tropicales? ¿Piezas de recambio? ¿Bolsas de plástico?

—Algo así. Depende precisamente de qué haya en las bolsas.

Aquéllos eran los mismos ojos que habían espantado a la puta, aunque ahora mostraban la inocencia de un ángel. «Cuidado, Blum».

—En la mayoría de las bolsas de plástico hay productos químicos.

—Usted lo ha dicho.

—Aunque en la actualidad la química no tiene muy buena prensa.

—Mire, en mi negocio la prensa sólo sirve para envolver los productos. Y con prejuicios uno no llega a viejo en nuestro negocio, ¿tengo razón?

—Efectivamente, es lo mismo que digo yo siempre. Vamos, tómese otra ginebra.

—Con mucho gusto. Pero propongo que vayamos a algún otro lugar, un sitio algo más… cómodo. ¿Le parece?

«Tenía razón —pensó Blum—. En este rincón de mala muerte no puedo venirle con dos kilos y medio de cocaína. Aquí hasta los culos oyen y seguro que alguno de los pájaros que hay puede llegar a cantar algo más que arias de Verdi o Stranger in the night. Por otro lado, si este tipo no trabaja para Hackensack, sólo puede ser policía». Blum se acabó su cerveza. Miró de nuevo a su alrededor, pero lo que vio no ofrecía ninguna alternativa. Quizá lo que contemplaba era eso que los publicistas llaman «el mundo de la droga», la puta de pelo azul que probaba suerte con dos marineros americanos; la hermafrodita china que se humedecía la coleta con la lengua y mostraba en sus ojos mil años de tortura; los jóvenes vestidos de cuero que se vanagloriaban del número de policías a los que se tirarían la próxima vez; las etéreas gogós de discoteca, estrellas en un cielo en el que ya no brilla el sol de forma natural, y los curiosos de las esquinas. En cualquier caso no era el mundo de Blum. Nunca había pertenecido a aquel mundillo y, por extraño que parezca, con dos kilos y medio de cocaína aún formaba menos parte de él. En aquel momento hubiese dado cualquier cosa por saber cuál era su sitio; pero como nadie podía decírselo, pagó su cerveza y siguió al hombre del sombrero y la verruga y la importación-exportación, y salieron.