El hombre de nieve

Jörg Fauser · Capítulo 11 de 43

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El hombre de nieve

Capítulo 11

 

Por la noche, Blum asistió a una fiesta. Una chica con el pelo teñido de verde, a la que él había visto con cocaína en su pecosa nariz, le había dado la dirección en una cafetería de Leopoldstrasse, donde estaba meditando su próximo paso. La chica había salido con dos hermafroditas maquilladas y con imperdibles en la oreja, y parecía invitar a la fiesta a todo el mundo que pudiera aportar algo al sarao. Quizás había visto en Blum un ejemplar clásico de tiquismiquis. A él no le molestaba: tener una buena tapadera era de vital importancia en aquel momento. Y hacía tiempo que se consideraba a sí mismo un clásico.

La mansión pertenecía a un escritor y se encontraba en medio de un jardín cubierto de maleza. Un bote de remos se oxidaba entre los arbustos. Cuervos sobre el tejado del garaje, luna creciente sobre la silueta de la ciudad, la casa iluminada, guirnaldas luminosas incluso en el jardín, donde aún seguía cayendo el aguanieve, y en todas las salas música a todo volumen, jaleo, voces confusas.

—Nos mudamos al campo —le explicó la anfitriona—. ¿Sabe usted que las hipotecas de aquí nos están volviendo locos? Y en el campo, mi marido podrá por fin volver a trabajar y yo podré cultivar verduras. ¿Usted también escribe?

—Sólo números —respondió Blum. Al oír esto, la anfitriona se marchó con su traje de modelo a hablar con los siguientes invitados. Blum se sirvió un whisky. Parecía que a este escritor no le iba nada mal. En las salas, las mesas se combaban bajo el peso de las fuentes con sopas y ensaladas, bandejas de canapés, cubiteras con champán, botellas de vino y whisky en brillante sucesión. Blum se puso una ensalada de marisco a la que siguió un chile picante y algo de queso. Observaba a la gente. A pesar de que la mayoría tenía su edad, trataban de aparentar ser jóvenes despreocupados. Muchas mujeres se mostraban tan animadas que parecían histéricas profesionales. Por contra, los pocos jóvenes que había llevaban ropas extrañas, pero, a pesar de ello, su aspecto era el de inspectores de empresa incapaces de abandonar su escrutadota mirada ni siquiera durante su tiempo libre. Blum sintió pronto una ligera nostalgia de las pesadillas de Larry, las descabelladas ideas de mister Haq, las noches del jueves en el Pegasus Bar. Dejó su plato por ahí y le echó un vistazo a la casa.

En una sala en penumbra se había reunido la guardia de los fumadores de porros. Velas, almizcle, pelos a lo afro, pantalones con petos lila, kilos de joyería india, una pipa de agua en el centro y, apoyado en la pared, el inevitable majadero de los bongos. Blum se sacó del bolsillo el botecito de coca. La gente se mostró encantada.

—El gramo cuesta…

—Eh, no pasa nada, tío, relájate.

El que Blum sólo aceptara efectivo hizo que nadie sospechara de él, pero también lo convirtió en un aguafiestas. Volvió a guardarse el bote.

—Lo siento, amigo, pero los préstamos sólo los da el banco de Wienerwald.

—Eres igual de negativo que el Wienerwald —le dijo el de los pelos verdes.

—Tienes mal karma, tío —le dijo uno sentado como un indio. Los Stones cantaban con voz quejosa en los altavoces:

Please, Cousin Cocaine, place

your cool hands on my head.

Hey, Sister Morphine, you better

make up my bed…

Blum vagó hasta la habitación siguiente. Una vela vacilaba sobre el alféizar de la ventana; dos jugadores de ajedrez estaban sentados ante un tablero con actitud pensativa. Con ellos seguro que tampoco había nada que hacer. Ya se habían metido algo. En el primer piso había una preciosidad con rostro de virgen que recibía la adoración de dos pipiolos.

—Está acabado, así te lo digo, literalmente acabado, vacío, agotado. Sólo se limita a citarse a sí mismo.

—Pero al principio era brillante, tienes que admitirlo. Esa tía medio muerta con las botas de las SA, fotografiada a través de la luz del cartel de estriptis, es algo difícil de igualar.

La madonna asintió piadosamente.

Un tipo con esmoquin, rechoncho y medio calvo, se acercó a Blum.

—Acabo de oír que tenemos a Charley en casa. ¿Se refieren a usted?

—Lo siento, yo me llamo Blum.

—¡No, hombre, no! Charley con C, como coca, ¿me entiende? Se refieren a usted, ¿verdad?

No eran más que comerciantes de medio pelo. Comerciantes de películas, de libros, de arte, de moda, de periódicos, comerciantes de flaquezas y de emociones. Todos parecían estar forrados, pero en cuanto Blum hablaba de pagar en efectivo, se echaban atrás: «Ahora mismo me falta liquidez, tío, pero llámame en quince días, que tendré el nuevo anuncio… el dinero de la producción… la pasta de Bonn… la herencia de Hamburgo… el sueldo de mi mujer… el dinero del Goethe-Institut… la paga del servicio de inteligencia alemán…».

—¿Del servicio de inteligencia?

—El servicio de inteligencia también se mete en política y cultura, y yo sólo puedo dar gracias a Dios. Cuando pienso en todo lo que habrá hecho la CIA con su dinero…

—¿Qué es eso de política y cultura? Estamos hablando de medio kilo de cocaína.

—Amigo mío, ¿nunca has oído hablar del Air Opium?

Blum comprendió. La vida era dura, pero el arte era aún más duro; no se les podía apretar. No obstante, Blum debía apretarles, por desgracia.

—Realmente lo necesito en efectivo, muchachos. Quizá podríais pedir un pequeño crédito, ¿no?

«Aunque es posible que no se crean que tengo dos kilos y medio de cocaína bajo la cama en el Metropol —pensó mientras continuaba su camino —. Seguramente noten que hasta ahora nunca he hecho nada más que negocios de poca monta, como un vagón lleno de mantequilla de la Comunidad Europea, un Tiziano o un cargamento de revistas porno danesas. Qué demonios, en esto consiste el sistema, en que el dinero encuentre su camino. Vosotros tenéis el apoyo de Bonn, del servicio secreto o, cuando menos, de la cultura; yo tengo que aceptar lo que llegue. Y venderlo lo más caro que pueda».

Siguió mirando alrededor. Todos aprovechaban sus oportunidades. Bajo una lámpara cubierta con una media azul estaba sentado un poeta, en torno al cual se había formado un corrillo. Bebía vino de una botella de dos litros y de vez en cuando tocaba alguna nota con un arpa de boca. La audiencia estaba fascinada.

—Había superado de nuevo los síntomas de los estupefacientes, pronto sanaría —dijo una vieja, repitiéndolo de nuevo para la grabadora que le trajo uno.

—¿Tienes un pitillo, camarada?

Un hombre con la barba de una foca y los ojos de un perro basset que hubiese crecido en un albergue para animales le dio a Blum unos golpecitos en el hombro con su dedo manchado de nicotina. Bebieron juntos un whisky.

—He publicado seis volúmenes de poesía, dos de ellos en editoriales de renombre. Además, he compuesto veintiuna obras de teatro y más de cien artículos de ensayo sobre el Zeitgeist —afirmó la foca—, pero llega un día en que, de repente, todo esto no vale nada. En las redacciones dicen que ya no necesitan sección cultural, que quieren el sonido original de las cintas transportadoras y los engranajes de la depauperación. De un día para otro lo eliminan todo, fuera, a la papelera, como si esos engranajes no me devoraran a mí también. ¿Ya está vacía la botella? Si no sabes dónde dormir, aún hay un rincón libre en el sótano donde el príncipe Gorki guarda las patatas.

Poco después de medianoche, Blum observó cómo algunos gorrones se llenaban los bolsillos del abrigo con los restos del bufé frío. Alguien como usted podría serme útil, mister Blum. «Niños, no son más que niños». Abandonó su esquina y volvió a vagabundear por la casa. Si no encontraba ningún comprador, al menos podía buscarse una mujer.

En la habitación donde se habían sentado los jugadores de ajedrez, había ahora un ser rapado al cero, en cuclillas, con una serpiente al cuello y una camisa de seda resplandeciente. Tres varillas de incienso se estaban consumiendo y, en medio de aquel ambiente viciado, tres mujeres vestidas con sari se sostenían con las manos sobre un somier y soltaban a intervalos rítmicos sonidos guturales con los ojos cerrados:

—¡Auauaua-ah!

—¡Ululululu-uh!

En una habitación grande y oscura zumbaba un proyector cinematográfico. La película había sido grabada en blanco y negro y sin luz artificial, pero las imágenes no dejaban duda alguna respecto a la trama: tres perros bracos destrozaban a una mujer mientras un hombre desnudo se masturbaba. El público no parecía satisfecho.

—Estéticamente, esta película deja mucho que desear —explicó un tipo con un tupé wagneriano—. Uno no deja sufrir a seres humanos si el arte no se impregna cada instante del sufrimiento como deseo inmanente de búsqueda estética.

En la cocina, un hombre con un chaleco de punto y zapatos típicos de Múnich se comía una sopa de guisantes, y la anfitriona, ahora con un traje de amazona de corte recto, decía:

—Espero que os estéis divirtiendo. Mi marido también lo espera, ¿no es cierto, cariño?

—No —respondió el hombre del chaleco de punto sacando de la sopa un trozo de estómago de cerdo—. Odio el cine, odio el arte. Joseph Goebbels tenía toda la razón del mundo: cuando oigo la palabra «cultura» saco la pistola. Por desgracia, no tengo ninguna. Si no, os mataría a todos ahora mismo.

—La crítica no entendió su última novela —explicó su mujer.

—La entendieron perfectamente —afirmó el hombre con la boca llena. Un guisante rodó por su barbilla.

Blum estaba de pie junto a una mujer pequeña y esbelta, con largos cabellos oscuros, que contemplaba con pena al escritor. Llevaba un vestido largo que realzaba su delicada figura. Blum le puso un vaso de champán en la mano. Llevaba un anillo de casada. Cogió el vaso y sonrió sorprendida.

—Venga —dijo Blum—, le mostraré algo.

Salieron al vestíbulo y se sentaron junto a una pareja de lesbianas.

—Tenía tanto talento —explicó la mujer—, y ahora produce lástima. ¿Por qué todos acaban tan mal? ¿Puede decírmelo?

Miró a Blum como si realmente le interesara la respuesta. Blum asintió como alguien a quien le planteasen ese tipo de preguntas a diario.

—Nunca se tiene suficiente talento. Lo ha vendido a granel, ha hecho su agosto y lo ha agotado.

—Lo dice como si estuviera muy seguro.

—¿Acaso no es cierto?

—Sí, posiblemente. Y a usted ¿qué tal le va?

—Yo trabajo en un gremio completamente distinto.

Sacó la lata y la abrió. No se había equivocado. Ella conocía el material y tomó una pizca.

—¡Es magnífica! —exclamó después—. ¿Es usted el tipo ése que tiene tanta nieve y que sólo la vende por dinero en efectivo?

—¿Su marido era uno de los hombres con esmoquin?

—Mi marido está en un monasterio de Tailandia.

—¡Virgen santa! ¿Y qué hace allí?

—Supongo que buscarse a sí mismo. Pero quizá me esté buscando a mí también. O alguna cura para la fiebre del heno. Usted no parece un tipo que trafique con cocaína.

—¿Hay un aspecto oficial homologado para ser traficante?

La mujer se rió y le puso la mano sobre el brazo.