El hombre de nieve
Capítulo 13
Lunes al mediodía, un sol resplandeciente, nubecillas bávaras, un cielo azul y blanco, como la bandera del Land alemán. Blum le compró a un turco un maletín usado de cuero artificial, negro, 54 × 36 centímetros, 85 marcos.
—¿Necesita algo más, señor?
—¿Tiene alguna navaja buena?
El hombre mostró una amplia sonrisa y le enseñó su colección. Blum cogió una con empuñadura de nácar, veinticuatro centímetros, hecha en Solingen y afilada como una cuchilla de afeitar. El hombre engrasó el mecanismo de apertura.
—Así será una décima segundo más rápida, señor.
En la habitación del hotel, Blum guardó los botes en la maleta. El espacio era el justo para veinte. Habrían cabido incluso veintiuno, pero Blum no quería ser codicioso. Guardó un tubito entero y el bote en los bolsillos de los pantalones. Siempre había que tener algo preparado. En la recepción preguntó por la rubia. El empleado hizo como si no supiera nada. A través de la puerta giratoria entró un grupo de suecos que habían llegado en autobús. Había rubias borrachas a granel. Ninguna de ellas era del gusto de Blum. No dejó propina.
Otra cerveza de trigo en el bufé de la estación, con el maletín a su lado, sobre la silla. En esa zona, Múnich seguía siendo la capital del ligoteo y del comercio de ganado, de los magrebíes y de la cerveza. Paisanos de la región de Allgäu con cuellos de toro observaban, junto al local Memminger Boten, a los carteristas de Macedonia, que simulaban tener relaciones íntimas con chicas de servicio de grandes pechos; curanderos ambulantes de Bohemia buscaban con la vista posibles ayudantes entre los hijos parados de los basureros de Anatolia. La felicidad mañanera de Blum acabó de completarse cuando apareció el ejército de salvación. Seis chicas mofletudas cantaban «Aleluya, Dios también viene a ti» y un señor de aspecto marcial, que iba vestido como si ostentara al menos el rango de sargento del Estado Mayor, repartía panfletos. Blum cogió uno en el que se decía que Bob Dylan, el cantante protesta, había encontrado el camino que lleva a Dios. Parecía un final adecuado para los años setenta, al igual que la cocaína del maletín de Blum parecía el principio más apropiado para los ochenta. Blum dio cinco marcos para el Ejército de Salvación y fue a coger el tren Intercity 624, con salida a las 13.16 horas (Wurzburgo - Fráncfort del Meno - Colonia -Wuppertal - Dortmund).
«Por supuesto: pueden estar en cualquier parte —pensó al ver al tipo del enorme abrigo azul entretenido con el Corriere della Sera en el puesto de salchichas—. Rossi o aquellos que habían robado la droga o que pretendían robarla; o el amigo Hermes, o madame Renée; y, por supuesto, la Policía, el Centro de Investigación Criminal, el Servicio Secreto, la Interpol, la CIA, ¿cómo está usted, mister Hackensack? Y todos ellos suponen lo mismo: que acabarás volviéndote loco, que abandonarás, que caerás de rodillas y volverás a llevar la coca a la oficina n.º 1 de la consigna y enviarás el resguardo por correo certificado al Phoenicia. Paranoia es como lo llaman. Manía persecutoria. Esos pinchazos en el corazón, ese dolor en los riñones, el cosquilleo en la médula espinal, el picor bajo la piel que recubre el cráneo; todo eso no es más que manía persecutoria. Mantente frío. Has decidido llevarlo todo hasta el final, así que llévalo hasta el final; entra en el vagón restaurante con el gesto irritado de un viajante de ropa interior para aliviar el reúma, “la semana pasada no hicimos ninguna venta, los productos químicos nos están llevando a la quiebra, la mujer tenía la regla, el Hertha de Berlín ha vuelto a perder y nos hemos pasado toda una semana en la zona de Wuppertal, donde se te ha nublado el cerebro de cerveza”».
—¡Camarero, una cerveza bien fría, rapidito!
Justo la actitud correcta. Ahora sólo me falta un poco más de antipatía en la voz y…
—Y un estofado. Es lo único comestible que servís.
—Eso mismo digo yo siempre —apuntó un hombre y se sentó junto a Blum, a pesar de que aún quedaban algunas mesas libres. Blum apretó la pierna al maletín que tenía bajo el banco y contempló al viajero. Cara redonda, bien peinado, gafas con montura de acero, traje gris, corbata y chaleco. Debía de rondar los treinta y cinco, pero tenía uno de esos rostros que no envejecen, sino que, en algún momento, simplemente se mueren. Puso un voluminoso libro envuelto en papel de estraza junto a los cubiertos y se encendió un Lord Extra.
—¿Usted también se pasa la vida en el tren? —preguntó Blum.
El hombre asintió lentamente. Quizá fuera demasiado honrado para que lo considerara miembro de la mafia de Rossi. Tenía más aspecto de poli. Así que, probablemente, sí que formara parte de la mafia. Blum empezó a sudar. Y el tren sólo iba por Pasing.
—Demasiado tiempo —dijo el hombre—, pero forma parte del trabajo y hay que aceptarlo.
El camarero le trajo a Blum una cerveza helada. Al menos con él había encontrado el tono adecuado. Su interlocutor se pidió un agua mineral y una tostada Mozart.
—Pero que no esté quemada —dijo casi suplicante. El camarero murmuró algo y siguió su camino—. Si está quemada, ya no sabe bien —explicó el hombre como si tuviera que justificarse.
—Pues tómese el estofado.
—Lo comí el viernes —dijo el hombre abriendo su libro. Hasta que no acabaron de comer (la tostada Mozart estaba quemada, por supuesto, y el estofado era una delicia) no volvieron a hablar. Blum se habría puesto a conversar incluso con un sordomudo. Cualquier cosa era mejor que mirar constantemente la puerta por la que podría entrar en cualquier momento alguien con un subfusil, aunque eso era más propio de las películas. En la realidad, la mafia ya estaba sentada a la mesa, apartaba el plato con el resto de la tostada Mozart a un lado y decía:
—Me pregunto si podría hacerme un favor.
«Ajá», pensó Blum.
—Mire, se trata de lo siguiente: ayer por la noche no cumplí del todo la tarea que tenía asignada.
¿Qué era aquello? ¿La confesión de un asesino con exceso de trabajo? El hombre se encendió un cigarrillo y pasó el pulgar por el canto del libro.
—Reptiles. Cuando era joven tenía un lución. Creo que ésa es la razón por la que me interesa el tema.
Blum se relajó. El rarito aquel sería, como mucho, miembro del servicio de inteligencia federal. Incluso se había puesto colorado.
—¿Es que tiene algún examen?
—Oh, no, soy mecánico de aspiradores de profesión. Pero ahora me he especializado en concursos. Dedicar toda mi vida a reparar aspiradores sería algo monótono. ¿No me ha visto en la televisión?
—Apenas veo la tele —confesó Blum—. ¿Qué hace allí?
—Bueno, participo en concursos. Quizá sí que me ha visto, uno no siempre se fija. ¿Concurso para nueve?, ¿Quién sabe más?, ¿La gran pregunta? ¿No? Pues tenemos mucha audiencia. Debuté en Cine para expertos, pero sólo se puede ganar el premio gordo una vez. Como profesional hay que ser bastante polifacético.
Eso mismo pensaba Blum. Se recostó en el asiento.
—¿Se dedica a eso a jornada completa?
—¿Qué otra cosa puedo hacer? Aprenderse las cosas de memoria es una labor que ocupa todo el día. Por supuesto que mi buena memoria me ayuda. En la escuela era muy bueno en historia. Podía recordar todas las fechas. ¡Hagamos una prueba, pregúnteme algo!
—¿Qué quiere que le pregunte?
—¡Algún acontecimiento histórico!
—¿Qué clase de acontecimiento histórico?
—Algún acontecimiento histórico se sabrá, ¿no?
El hombre parecía molesto. «Un representante clásico», decidió Blum. No tenía nada que ver con la cocaína. Vivía en el pasado.
—O simplemente dígame su número de teléfono y yo le digo qué pasó entonces. ¡Vamos!
Mmm. Sólo un principiante sería tan torpe.
—Bien, entonces: 44 34 59.
El hombre se recostó y arrugó la frente.
—¿Ese es su número de teléfono? Es bastante complicado.
—Estoy seguro de que conoce un hecho histórico para cada número.
—Y así es. Bueno, comencemos: cuarenta y cuatro; por supuesto, el 44 antes de Cristo, el asesinato de César. Treinta y cuatro… esto va a ser más difícil. Ah, lo tengo: el asesinato de Wallenstein, 1634. Y cincuenta y nueve; aquí podemos tomar 1759, la batalla de Kunersdorf.
—Ajá. ¿Y qué fue lo que pasó?
—¿Qué pasó en dónde?
—En la batalla. ¿Por qué se produjo?
—Bah, eso no es nada interesante. Pero ya ha visto que con esta memoria no puedo dedicarme a reparar aspiradores eternamente, ¿verdad?
—Ya veo. ¿Y ahora?
—Ahora debería repasar el cocodrilo. Página 128…
El mamotreto era el volumen 6 de La vida animal de Grizmek. Blum lo abrió. Un cocodrilo le estaba guiñando un ojo. No de verdad, por supuesto, pero sí que parecía hacerlo. Estaba tumbado al sol a la orilla de un río, había abierto las fauces de par en par y parecía sentirse de maravilla.
—De acuerdo, dispare —dijo Blum encendiéndose un HB.
—Los cocodrilos pertenecen al subgrupo de los grandes reptiles. Distinguimos tres familias aún vivas: la familia de los aligatores, la familia de los cocodrilos auténticos y la familia de los gaviálidos. Entre los aligátores se distinguen: los géneros de los aligátores, el género de los caimanes yacaré…
El señor había hecho sus deberes. Blum se preguntó a qué venía aquella farsa. En cualquier caso, sin sus farsas la vida humana sería insoportable. Los cocodrilos llevaban dieciocho millones de años más en la tierra que el ser humano y tenían muchas posibilidades de seguir en ella cuando el hombre abandonase definitivamente sus farsas.
En Wurzburgo ya habían completado la tarea. El experto en concursos premió su esfuerzo con una tercera botella de agua y Blum se pidió su séptima cerveza. Sentía una espantosa presión en la vejiga, pero no se movió de su sitio. De aquel hombre se esperaba cualquier cosa.
—Y ¿desde hace cuánto se dedica a esto?
—Casi cuatro años. Evidentemente, lleva algún tiempo hasta que uno está preparado para la televisión. Es la fiebre de los locos. Y ya le digo, si veinte millones de personas están esperando a que uno no se acuerde de cuándo se produjo la batalla de Aboukir o en qué película hizo de japonés Marlon Brando o cuántos tipos de serpientes pitón existen, cielo santo, entonces da igual lo bueno que sea uno. En esos momentos, uno se siente como si estuviera suspendido de repente en medio del espacio y nadie respondiera a nuestras llamadas en la tierra, ¿sabe?
—Esa sensación no me es del todo desconocida —respondió Blum.
—¿A qué se dedica usted laboralmente, si me permite la pregunta?
—Trabajo en el negocio de la construcción. Vaya, eso tampoco es que sea fácil. Con todas esas fluctuaciones…
—Y que lo diga —apostilló Blum y empezó a hablar del negocio de la construcción. Durante las vacaciones universitarias había trabajado en una obra y la experiencia aún le servía. Cuando pasaron por Aschaffenburg, el hombre de los concursos televisivos, se levantó, cogió su libro y se despidió.
—Me gustaría echarme un poco antes de llegar a Wiesbaden. ¡Vea el programa el cinco de abril! No, por favor, no se levante… ¡y muchas gracias!
Blum pidió que le trajeran la cuenta. Sentía la imperiosa necesidad de encerrarse en el baño o de accionar el freno de emergencia, pero permaneció sentado, se bebió un café y contempló cómo el tren avanzaba en una zona química donde el cielo era tan verde como una pradera.