El Manhattan perfecto

Shear, Leanne y Toomey, Tracy · Capítulo 1 de 17

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El Manhattan perfecto

Prólogo

Los barman son los aristócratas de la clase obrera.

TOM CRUISE en Cocktail

Prólogo

Me ahogaba en un mar de posavasos empapados, buscando frenética la botella de Grey Goose mientras una horda de parroquianos con la cara desencajada y las venas hinchadas me pedían copas a gritos. Se abrían paso a codazos hasta la barra gritando:

–¡Siete Ketel con tónica! ¡Doce martinis sour apple! ¡Quince Captain con cola! ¡Treinta chupitos de soco lime!

Y yo detrás de la barra, paralizada. No había vasos, no había hielo, no había limones, ni limas ni agitadores de plástico. Todas las botellas que agarraba estaban vacías y la muchedumbre se mostraba cada vez más hostil.

Una mujer enloquecida, con un top Zac Posen de cuentas y una minifalda de Yves Saint Laurent, se subió a la barra reclamando su raspberry mojito, amenazando con sacarme los ojos con sus uñas larguísimas pintadas con aerógrafo.

–Cassie, despierta -me apremió Annie, sacudiéndome el hombro-.

Vamos a llegar tarde al trabajo.

Abrí los ojos totalmente desorientada y miré alrededor las paredes manchadas y cubiertas de moho. En las escaleras resonaba el estruendo que hacían mis compañeros de piso jugando al beer pong en el patio delantero.

Somnolienta, miré el reloj y me quedé pasmada: eran las siete y media de la tarde. Llevaba durmiendo todo el día desde que había llegado a casa a las nueve de la mañana, agotada y resacosa. Salí como pude de la cama, me puse el uniforme asqueroso y un poco de brillo en los labios. Me daba terror la histeria que me esperaba en el Spark. Mientras me enganchaba el abrebotellas en el cinto de la falda me preguntaba cómo demonios habría llegado a casa.

Capítulo 1.

Shirley Temple

¿Estás en el paro? ¿Harto de no tener un centavo? ¿Quieres formar parte de la movida nocturna de Nueva York y ganar hasta mil dólares a la semana? Matricúlate en la escuela de barman Martini Mike's. Por sólo quinientos dólares obtendrás tu certificado en coctelería y podrás ganar hasta mil quinientos dólares por noche detrás de la barra. Martini Mike y su

equipo te enseñarán todos los trucos del oficio y te ayudarán a colocarte en algunos de los bares y clubes más importantes de Manhattan. No pierdas más tiempo. Llama ahora al (212) 555-9806. ¡Puedes ganar miles de dólares en menos de un mes! ¿A QUÉ ESPERAS?

Sobre mi edredón azul cielo se amontonaba una desordenada pila de cuadernos, junto con los horarios de los exámenes finales y varios rotuladores secos desparramados. Yo miraba fijamente el anuncio del Village Voice. Era una ilustración grande, tipo dibujos animados, de un camarero con bigote que, muy sonriente, agitaba con entusiasmo un martini.

Estaba en mi atestado dormitorio de la Universidad de Columbia, en Hartley-Wallach Hall, persiguiendo aquel sueño etéreo de encontrar un apartamento al sur de la calle Catorce que fuera a la vez espacioso y barato.

Pero en lugar de encontrar el último estudio de alquiler a buen precio en Bank Street, el santuario flanqueado de árboles del West Village, encontré a Martini Mike.

Varias semanas antes me encontraba paseando por el Morningside Campus de Columbia como alucinada, hipnotizada por el frenesí de actividad del Lerner Hall Student Center. Cada vez que pasaba por delante de la oficina del Servicio de Orientación Profesional veía arremolinarse a varios estudiantes del último año, vestidos de ejecutivos, esperando a que los entrevistaran para un empleo en cualquier banco importante, asesoría jurídica o despacho de abogados que tocara ese día. Las compañías eran fáciles de identificar por las pancartas de vivos colores que ondeaban en la fachada del edificio: «¡Columbia da la bienvenida a Deloitte and Touche!»,

«¡Columbia da la bienvenida a Accenture!», «¡Columbia da la bienvenida a White Case!». Siempre que me era posible, en lugar de ir y venir de clase por College Walk, tomaba Broadway o Amsterdam y atajaba por la calle Ciento catorce sólo para evitar el espectáculo de los que andaban desesperados buscando trabajo.

–Eh, Cass. – Jocelyn Van Der Wal me llamó el día anterior mientras yo iba corriendo a mi tutoría de Tesis de Ficción. Jocelyn, una de las muchas niñas de papá delgadas y rubias de mi clase, había sido educada desde que nació para hacer carrera en la banca de inversiones. Era guapa, inteligente y ambiciosa, y además su padre era el presidente de Lehman Brothers-.

¿Cómo estás?

–Bien -contesté, ajustándome la pesada mochila. Luego, como era inevitable, pregunté-: ¿Y tú?

–¡Genial! – exclamó-. Acabo de terminar mi tercera ronda de entrevistas con Lehman. Creo que ha ido bien, pero no lo sé. Tengo los nervios de punta.

Era difícil simpatizar con alguien que tenía los nervios de punta cuando su padre era el rey del mundo financiero.

Alexis, mi compañera de piso, estaba en la última ronda de entrevistas con Morgan Stanley. Yo, por otra parte, estaba todavía en pijama a las dos de la tarde de un bonito día de primavera, comiendo palomitas de microondas Healthy Choice y hojeando desanimada el periódico. No me atrevía a salir del refugio de mi cuarto, por miedo a las preguntas que me esperaban fuera:

«¿Cómo te imaginas a ti misma dentro de diez años?», o: «¿Has encontrado ya trabajo, Cassie?» Me iba a licenciar en Escritura Creativa, con una especialización en Literatura Comparada. Con eso y una tarjeta Metrocard de dos dólares podía entrar en el metro.

A pesar de todo, los muy inocentes de mis amigos y profesores tenían grandes esperanzas puestas en mí. Me atacaban desde todos los frentes.

–¿Te has decidido ya? – me reguntó Alexis el lunes anterior. Se estaba mirando en el espejo, aplicándose con gran pericia sombra de ojos Nars Pumpkin.

–Cuando lo sepa serás la primera en enterarte -respondí irritada.

–Pues yo creo que deberías aceptar el trabajo en el US Weekly. ¡Así podríamos ir a todas las fiestas y conocer a los famosos! – sugirió encantada.

Me senté cansada en mi cama y me puse las botas Coach negras y puntiagudas que me habían costado dos semanas de sueldo de mi trabajo en la librería jurídica. Llevaba meses pensando desesperadamente qué hacer una vez que me graduase. El único trabajo que me habían ofrecido, era un puesto de ayudante de redacción en el US Weekly, con un salario de veintidós mil dólares al año. Alexis tenía problemas para entender que mis padres, a diferencia de los suyos, no podían pasarme un sueldo extra para complementar mis ingresos. Si aceptaba el puesto en el US Weekly tendría que buscarme otro trabajo por la noche para sobrevivir en Nueva York.

Después de hacer unas prácticas en el New York Magazine y en Glamour, una cosa sí sabía: yo no estaba hecha para un empleo de oficina en el mundo empresarial estadounidense. Los fluorescentes y el aire acondicionado me chupaban toda la creatividad. Además, sabía que en cualquier puesto de principiante en una revista, el noventa por ciento de mi labor consistiría en tareas rutinarias, como corregir anuncios de doscientas palabras titulados: «TEST: ¿Lo estás acosando? Diez preguntas para saber si eres una celosa obsesiva.» Aunque yo deseaba con toda mi alma ser escritora, convertirme en una rueda de la maquinaria Wenner Media se me antojaba una pesadilla del tipo Atrapado en el tiempo, donde todos los días parecerían el mismo: despertarme, lavarme los dientes, tomarme un té, ir a la oficina en metro, sentarme a una mesa de ocho a doce horas, volver a casa en metro, pedir por teléfono una pizza, caer rendida en la cama.

Repetimos.

Mi familia también se había hecho grandes ilusiones respecto de mí.

Mis padres no pudieron por menos que advertir las pilas de gastadas agendas, diarios y cuadernos sobados que llenaban mis estanterías, llenos a reventar con mis progresivas ideas y guiones de novelas y obras de teatro, y hacían todo lo posible por apoyarme en mi fervor por la literatura.

Asistieron a todas las obras que escribí y dirigí en el instituto, pero jamás dejaron de recordarme los gajes del oficio: salarios miserables y grandes posibilidades de acabar en el paro.

Mis padres, por su parte, no estaban en posición de ayudarme desde el punto de vista económico. A diferencia de muchos de mis amigos de universidad que se habían criado «en la ciudad» y habían ido a colegios pijos tales como Spence, Choate o Horace Mann, nosotros no teníamos relación alguna con los apellidos Tisch, Rockefeller, Steinberg, Hearst, Trump o Vanderbilt. Yo saldría de la facultad debiendo unos cuarenta mil dólares de créditos de estudios, a pesar de que mis padres habían pedido una segunda hipoteca sobre la casa para financiar mi carrera. Lo más irónico de todo aquello era que los amigos que menos necesitaban el dinero eran los que harían las carreras mejor pagadas. Alexis, por ejemplo. Tenía a su nombre un fondo de inversiones de siete cifras que aún no había tocado, sus padres seguían pagándole todos los gastos y caprichos, y ella iba a estudiar una carrera en la que los beneficios extra anuales bastaban para pagar la entrada de una casa de cinco habitaciones en Westchester County.

Durante el primer año comencé a escribir guiones. Envié uno para un corto de treinta minutos a un concurso de la Universidad de Nueva York y, ante mi pasmo y euforia, lo seleccionaron para su producción. Lo había escrito de un tirón cuando volvía en tren a Albany para pasar la Navidad, y trataba de una puta desmoralizada del bajo Manhattan. Unas cuantas noches antes estuve en una fiesta navideña que daba el bufete de abogados del padre de Alexis en Capitale, un club nocturno muy pijo con sede en un edificio de los años treinta diseñado por Stanford White. Mientras buscaba un taxi, encaramada en unos tacones DG prestados, en el bajo mundo de Grand Street y Bowery, me fijé en una chica de mi edad, ataviada al estilo Pretty Woman, con unas plataformas de quince centímetros de plástico transparente, que se acercaba a un Lincoln Town Car negro que se había detenido para solicitar sus servicios. Capté por un instante la inconfundible mirada de vulnerabilidad de la chica y pronuncié en silencio una oración para que el tipo del coche, seguramente un agente de Bolsa millonario, fuera una especie de Richard Gere que la rescatara de la profesión más antigua del mundo. En mi guión, el tío del Lincoln no resultaba ser el típico ejecutivo de Wall Street, sino un novelista famoso. Conmovido por la situación de mi heroína, se la llevaba a vivir con él y se inspiraba en ella para escribir una novela épica ganadora del premio Pulitzer y basada en su vida. Mi siguiente misión era que Focus Films produjera un largometraje a partir de mi historia, titulada El zapato de cristal. Aunque estaba dispuesta a conformarme con Miramax, siempre y cuando Harvey Weinstein no enchufara a la refinada Gwyneth en el papel de mi heroína.

Así que unos meses más tarde, en la víspera de mi graduación, cuando sólo quedaban unos días para que me soltaran en el mundo real, yo también necesitaba desesperadamente que alguien viniera a rescatarme. No tenía trabajo, no tenía dinero y no contaba con ningún fondo de inversión que fuera a activarse cuando me graduara.

Los provocativos anuncios de strippers, operadoras de sexo telefónico y chicas de compañía repartidos por toda la contraportada del Voice se comían prácticamente el anuncio de Martini Mike, y de no haber sido por los símbolos de dólar estraté-gicamente dispersos por todo el recuadro, no lo habría visto siquiera. Lo leí dos, tres veces, pensando que en algún sitio había oído que Bruce Willis estaba trabajando de barman en Nueva York cuando lo descubrió un importante agente…

La graduación era el jueves, y el miércoles por la noche llegaron mis padres a la ciudad para llevarme a una cena de pregraduación. Mi madre tenía la costumbre de leer la guía Zagat como quien lee el periódico, y después de estudiarla con atención durante varias semanas había decidido que teníamos que cenar en el Gotham Bar and Grill, un elegante restaurante del Village.

–¿Estás segura? – le pregunté cuando me contó que había reservado mesa-. Es muy caro.

–Pues claro que estoy segura. No todos los días se te gradúa una hija con matrícula de honor en una de las mejores universidades del país.

Estamos muy orgullosos de ti, Cassie. – Lo que no mencionó fue que para pagar la cena mi padre tendría que hacer horas extras en el Departamento de Bomberos de Albany y turnos de más en el taller de fontanería Joe's Plumbing, donde trabajaba pluriempleado los días libres.

–¿Tiene reserva, señorita? – me preguntó en cuanto llegué la modelo que tenían de recepcionista.

–Pues sí, pero llego antes de tiempo -contesté, enderezando sin darme cuenta los hombros con la esperanza de imitar su pose recta como una vela-. Esperaré en la barra.

Me abrí paso con cuidado entre aquella gente de pasta.

–Ron con Coca-Cola, por favor -le pedí al barman de pelo cano, que llevaba un esmoquin negro impecable y preparaba los cócteles con la precisión de un químico.

Por primera vez en todos los años que llevaba frecuentando los bares, me interesé por la forma en que estaba todo dispuesto y lo observé con atención. En aquel momento estaba preparando una bebida de múltiples ingredientes, espumosa y afrutada, que no logré identificar. Pero en general su trabajo parecía bastante sencillo. Y a medida que el Bacardi se iba asentando cálidamente en mi estómago, se disolvieron mis miedos sobre el futuro. No hay nada como una buena dosis de alcohol para que la tarea de informar a tus padres de que vas a abandonar una carrera con beneficios anuales y pensión de jubilación para dedicarte a servir copas sea un espectro mucho menos sobrecogedor.

El estómago me rugía al ver el ajetreo de los camareros, que iban de un lado a otro con platos humeantes de langosta y filete Kobe. Miré el reloj: todavía faltaban diez minutos para que llegara mi familia. Cuando el

camarero me dio la espalda, me agencié un par de cerezas de la bandeja de frutas que tenía delante, al otro lado de la barra.

–¿Tan mal te va? – me preguntó un hombre que había aparecido de pronto en el taburete de al lado, a pesar de que todos los taburetes de la barra estaban vacíos. Cuando se metió la mano en el bolsillo para sacar su Blackberry, el áspero tweed de su americana Paul Stewart me rozó el brazo desnudo.

Sonreí, un poco azorada.

–Seguro que Sam hará la vista gorda esta vez -comentó con un guiño, señalando con la cabeza al barman.

–Sí, pero sólo porque es muy guapa. – Sam me sonrió y se encogió de hombros-. Y tampoco es que sean de primera necesidad. Las cerezas sólo se utilizan para los manhattan y algún que otro shirley temple.

Yo tomé buena nota de su sabiduría y volví a concentrarme en mi bebida.

–Soy Dan Finton -se presentó el hombre del taburete.

–Cassie Ellis -dije, estrechando la mano que me tendía.

Al observar su impecable camisa blanca y su chaleco de rombos me acordé del álter ego de Indiana Jones, el serio y atildado profesor universitario bajo cuyo atuendo académico se ocultabaun cuerpazo de impresión. Si aquel tipo se quitaba la chaqueta de tweed sería perfectamente capaz de atravesar el desierto y rescatar tanto el Santo Grial como a la damisela en apuros.

–Eh, Dan, ¿quieres la carta? – preguntó Sam.

Dan asintió y Sam volvió en un instante para colocarle delante una copa del tamaño de una pecera y una carta con tapas de cuero. Luego le presentó una botella de vino tinto (que a juzgar por la ornamentada etiqueta debía de ser carísima) y la abrió con pericia. Sirvió un poco de vino y, mientras yo miraba de reojo, Dan cogió la copa, dio vueltas al contenido y se inclinó para aspirar su aroma. Bebió un pequeño sorbo y pareció masticarlo unos segundos.

–Tiene menos taninos que el Qupe Bien Nacido Reserva del 97, y me gusta el deje de chocolate caliente -reflexionó como un auténtico sibarita-.

A pesar de todo es demasiado angular.

Sam terminó de llenar la copa y Dan se puso a leer la carta. Yo volví a concentrarme en mi bebida, pendiente, sin embargo, de lo que él fuera a

pedir.

–Voy a empezar con el foie-gras y luego unas chuletas de cordero. Muy crudas.

Yo nunca había probado el foie-gras, pero recordaba vagamente que tenía algo que ver con las ocas y el hígado, y con eso bastaba para que se me quitaran las ganas de probarlo. Y aunque me ponía morada de hamburguesas en el Corner Bistro -un famoso bar del West Village con unas colas que siempre se salían por la puerta-, jamás me había hecho a la idea de comer cordero porque siempre se me venía a la cabeza la imagen de un corderito correteando alegremente en un prado.

Mientras agitaba mi bebida con una pajita roja, advertí que Dan me miraba de vez en cuando, y me sentí un poco azorada. Metí mi imaginaria barriga e hice un esfuerzo por enderezarme: los hombros hacia atrás, la barbilla erguida.

–Dime, Cassie, ¿a qué te dedicas? – preguntó Dan, volviéndose hacia mí.

–Pues soy camarera-contesté, asumiendo mi nueva profesión y dejando de lado el hecho de que aún tenía que ir a Martini Mike's para ganarme el certificado en coctelería. Por no mencionar que en aquel momento mis conocimientos sobre cócteles se limitaban al repertorio de la facultad, a saber, vodka con tónica, Jack con Coca-Cola y algún que otro destornillador a base de OJ comprado en la bodega de la esquina. Añádanse los chupitos de Jell-O y el Milwaukee's Best (Bestia) y se obtendrá la totalidad de mi sabiduría al respecto. Pero Dan reaccionó de inmediato.

–Yo también me dedico al negocio de la hostelería. Tengo un bar en el centro. El Finton's.

Me moví incómoda en el taburete, convencida de que se daría cuenta de que estaba mintiendo. Hundí la cara en el vaso mientras me subía la sangre a la cara hasta teñirme las orejas de un color morado oscuro.

–Deberías pasarte por allí algún día -me ofreció.

–Eh… vale -contesté mientras me daba su tarjeta.

–El caso es que tengo que cubrir un par de puestos de barman-prosiguió pensativo, enarcando una ceja-. Si alguna vez necesitas trabajo, llámame.

–Vale. – Guardé la tarjeta en el bolso. – Lo harías de miedo -dijo-. Una chica como tú… -Esbozó una sonrisa mientras me miraba a los ojos un poco más de lo necesario. Yo aparté la vista.

Nueva York estaba lleno de hombres como Dan Finton: caballeros maduros y pulidos que no vacilarían en coquetear con una chica veinte o treinta años más joven. Mis amigas y yo llevábamos años tropezando con ellos por todas partes en clubes y restaurantes, y yo, como estudiante sin recursos, había sido culpable alguna que otra vez de aceptar sus tentadoras ofertas de Dom Perignon y fresas a las tres de la mañana, en distintos locales, en el momento preciso en que me había quedado sin blanca y me moría de hambre. Había descubierto que aunque siempre era divertido beberse una botella de champán de mil dólares, todo tenía un precio. La mayor parte de las veces, aquellos tipos animados por el Cialis se iban poniendo más agresivos a medida que se acababa la bebida. Por suerte, Sam regresó a nuestro extremo de la barra y comenzó a llenar sus bandejas con limas y limones. Cuando repuso las cerezas me guiñó un ojo.

–¿Cómo están los chicos? – preguntó, volviéndose hacia Dan.

–De maravilla. A Jacky acaban de darle el papel protagonista en la obra del colegio y Alex ha empezado a practicar esgrima. No paran.

–¿Y tu mujer?

–Linda está muy bien.

–¡Cassie! – Oí la voz de mi madre detrás de mí. Estaba con mi padre en la puerta del restaurante. Aunque sonreía, se notaba que estaba nerviosa y que se sentía tan fuera de lugar como un liberal en un mitin en contra del aborto. El maitre le explicaba a mi padre que allí se exigía chaqueta y corbata y le ofrecía una chaqueta que tendría que ponerse antes de sentarse.

Se marchó para regresar al cabo de un instante con una americana que parecía recién salida de la colección de Ralph Lauren en Barney's.

–Tal vez se encuentre más cómodo con esto, caballero -comentó mientras se la echaba a mi padre por los hombros.

Yo me volví hacia la barra.

–¿Me cobra?

–Te invito -dijo Dan.

Vacilé por un instante, pero deseaba rescatar a mis padres del bochornoso encontronazo con el maitre y, francamente, estaba demasiado arruinada para protestar. Además, ¿qué posibilidades tenía de encontrarme a Dan otra vez?

–Muchas gracias -contesté, sonriendo un poco incómoda.

Bajé del taburete y me dirigí hacia mis padres.

–¡Veintiséis dólares por una ensalada! – se lamentó mi padre una vez sentados a una mesa redonda.

Mi madre le dio una suave patada por debajo de la mesa.

–Hemos venido por Cassie -le recordó-. Vamos a pasarlo bien.

Cuando el camarero anotó el pedido, decidí que era el momento de dar la noticia.

–He estado pensando -comencé-. Ya sabéis que no tenía muy claro lo que quería hacer después de la graduación. Y ya sabéis también lo caro que es vivir en Manhattan. Así que he estado estudiando distintas opciones y creo que de momento voy a trabajar de barman.

–¡Cassie! ¡Pero qué dices! – resolló mi madre, pasmada-. ¿Y el trabajo que tenías en US Weekly? Pero ¿tú no querías ser escritora?

–Es verdad que quiero escribir, mamá, pero no sé si US Weekly es la revista adecuada para mí. Sería ayudante de redacción y con el sueldo no podría ni pagarme un alquiler en Albany.

–Pero hay que empezar por abajo, cariño -terció mi padre-. Ya irás luego ascendiendo. Las cosas funcionan así. – Si mi padre había intentado inculcarme algo, era la importancia de trabajar duro y «cumplir con tus obligaciones».

–Eso ya lo sé -contesté-. Pero lo que no entendéis es que vivir en Nueva York cuesta un ojo de la cara. Este trabajo va a ser temporal, para poder mantenerme mientras me concentro en escribir. Quiero trabajar en mi guión y voy a intentar meter algunos artículos en otras revistas también. No quiero pasarme la vida escribiendo columnas de cien palabras sobre J. Lo y su última boda.

Y sé que vosotros no podéis ayudarme, y menos después de haberme echado una mano para pagar la universidad. – Me arrepentí de mis palabras en cuanto vi la cara que ponía mi padre-. Lo siento, no quería decir eso.

Habéis sido fantásticos conmigo, pero a partir de ahora me tengo que cuidar yo sólita. Y voy a necesitar dinero ya, si quiero alquilar un piso. – Al ver que se quedaban callados, proseguí-: He encontrado una escuela de coctelería. Garantizan un trabajo bien pagado. ¡Se pueden ganar hasta mil dólares por noche! Sólo tendría que trabajar una o dos noches por semana.

Y el resto del tiempo me puedo dedicar a escribir.

–Pero ¿y los horarios? – preguntó mi madre-. Tendrás que trabajar de noche, y ya sabes que cuando quieres hacer demasiadas cosas acabas

destrozada. ¿Y el máster que ibas a sacar? Si tanto te preocupa el dinero,

¿por qué no intentas conseguir un puesto en Morgan Stanley, como Alexis?

Tú misma dices que va a ganar un sueldo de impresión.

–Mamá, Alexis ha conseguido trabajo en la banca de inversiones. Yo no he dado una clase de matemáticas desde el primer curso en el instituto. Y

tendrá que trabajar más de cien horas semanales. Yo así no podría nunca dedicarme a mi guión. – Sólo con verles la cara de pena tuve claro que me iba a costar muchísimo más trabajo convencerlos de lo que había pensado.

–¿Y qué pasará con el seguro médico si no tienes un trabajo de verdad?

– Mi madre se estaba dejando llevar por el pánico-. Ahora que has terminado los estudios nuestra póliza ya no te cubre. ¿Y si caes enferma?

Yo retorcí la servilleta que tenía en el regazo, mirándome las rodillas.

Lo del seguro médico ni se me había pasado por la cabeza.

–Todavía no he tenido ocasión de estudiar el tema, pero lo haré.

–Los seguros médicos son carísimos si no te los dan a través de un empleo. ¿Serás capaz de pagar quinientos dólares al mes sólo por la póliza?

–Pues sí. Mamá, voy a ganar al mes miles de dólares sin problemas.

Mi madre respiró hondo y apretó la mano de mi padre sobre la mesa.

–Cassie, tu padre y yo hemos trabajado mucho toda la vida para que tú pudieras tener oportunidades. Eres inteligente, eres guapa y eres capaz de hacer lo que te propongas. Queremos lo mejor para ti. Queremos que tengas estabilidad, un sueldo fijo, beneficios, y que no tengas que preocuparte por el dinero como hemos hecho siempre nosotros. Mañana te gradúas en la Universidad de Columbia. Puedes hacer lo que quieras. ¿Por qué ser camarera? – gimió.

–Mamá, lo que quiero que entiendas es que servir copas no es mi objetivo en la vida, sino el medio para llegar a un fin. Quiero ser escritora.

Por favor, confía en mí.

En ese momento llegó el camarero y dejó en medio de nuestro pétreo silencio los platos de mesclun y frisée delicadamente adornados.

–¿Cuánto cuesta esa «escuela»? Y ¿cómo piensas pagarla? – quiso saber mi padre.

La verdad es que aunque había conseguido ahorrar mis dos últimos cheques de estudios, sólo sumaban un total de trescientos trece dólares, y necesitaría un préstamo si quería sobrevivir unas cuantas semanas, por no mencionar la matrícula del curso de coctelería.

–Quinientos dólares -mascullé-. ¡Pero es una inversión! Los recuperaré en mi primera noche de trabajo.

A continuación se produjo una larga pausa que por fin rompió mi madre.

–Cassie, ya eres mayorcita. Mañana te gradúas en la universidad y tienes toda la razón: ya no tenemos que mantenerte. Así que supongo que harás lo que debas hacer. Pase lo que pase, siempre estaremos orgullosos de ti.

Los dos intentaron mostrarse animados el resto de la velada, pero a pesar de todo lo que encomiaron el salmón con semillas de mostaza, se notaba que estaban angustiados. Después de cenar fui con mi padre a devolver la chaqueta al maitre. Cuando nos quedamos a solas, me dio un cheque.

–Tu madre y yo nos estábamos volviendo locos pensando en el regalo de graduación perfecto para ti. – Suspiró-. Me parece que vas a necesitar esto.

Cuando miré la cantidad se me saltaron las lágrimas: quinientos dólares.

En ese momento me juré que aprendería a preparar los mejores cosmopolitan que Manhattan hubiese visto jamás. Me pondría a la altura de todo lo que prometía el anuncio de Martini Mike's.

–¡Bienvenidos, futuros barman! – gorjeó la instructora el primer día de la semana de clases intensivas. Era alegre, pequeña, y no parecía tener edad para poder beber legalmente-. Me llamo Britney, y en una sola semana voy a enseñaros todo lo que necesitáis saber para formar parte de la fabulosa movida neoyorquina.

Los últimos días había estado ilusionadísima pensando en todos los conocimientos que iba a adquirir en Martini Mike's, unos conocimientos que no sólo me permitirían recuperar con facilidad el precio de la matrícula del curso en una sola noche, sino que me harían ganar dinero de sobra (¡mil dólares por noche!) para todo lo que siempre había anhelado en la ciudad: desayunos decadentes en el Félix, almuerzos en el Barolo y cenas en el Cipriani's. Estaba tan emocionada planeando en qué me iba a gastar mi nueva fortuna (un iMac para escribir mi nuevo guión, el alquiler de un piso nuevo en el West Village), que mis créditos de estudios casi se habían evaporado en mi mente. Me moría de ganas de obtener mi segundo título en

una semana. En cuanto tuviera en la mano el certificado de coctelería, todo lo demás se arreglaría solo.

–Muy bien, aquí está el programa -prosiguió Britney mientras nos distribuía el Manual de coctelería de Martini Mike-. Hoy vais a aprender los ingredientes de los cócteles básicos, así como las reglas fundamentales de etiqueta en la barra, los niveles apropiados de las copas y las normas del servicio a los clientes. Al final de la clase haremos un cuestionario. Mañana veremos las distintas clases de tintos, blancos, rosados y de cervezas lager, ale, pilsner, etcétera. Los dos siguientes días los dedicaremos a los whiskis, licores, cordiales, oportos, coñac y bebidas especiales. El examen final será el viernes. ¿Alguna pregunta?

Y sin esperar respuesta prosiguió:

–Lo primero es lo primero. Existen tres niveles básicos de alcohol: el pozo, que es el más barato y se guarda en el pozo, que son los estantes delante del barman, debajo del grifo de soda. Los licores del pozo se utilizan cuando alguien nos pide un vodka con tónica o un gintonic sin especificar marcas. Luego tenemos las marcas, como Absolut, Stoli, Jack Daniel's, que se emplean cuando alguien especifica la marca que quiere. Y

por último está el top, que son los licores más caros, como Ketel One, Grey Goose o Bombay Sapphire. Siempre los encontraréis en los estantes más altos, ¿entendido?

Mi mano volaba por la página y la cabeza me daba vueltas intentando anotar cada uno de los detalles que Britney estuvo soltando a borbotones durante dos horas. La clase terminó con un examen práctico. Teníamos que salir de uno en uno a una barra improvisada delante de la clase para preparar un trago. Cuando me vi ante las relucientes cocteleras de acero inoxidable, los abre-botellas, las cucharillas y los sacacorchos, me sentí como un prisionero delante de los instrumentos de una cámara de torturas.

Y tuve que pasar la vergüenza de suspender, porque fui incapaz de preparar

«la más simple de las bebidas», un vodka con tónica. Era la primera vez en mi vida que suspendía un examen. Y para empeorar las cosas, después de mi fracaso salió Jack, un compañero de cara redonda que no sólo hizo un cosmo con una habilidad increíble, sino que además tuvo toda la gracia y empezó con un chiste clásico del oficio: «Una morena entra en un bar…»

El último día del curso Britney quiso hablar conmigo.

–Cassie -comenzó-, me parece que necesitas unas cuantas clases más antes de obtener el certificado de barman, porque no se te da muy bien actuar delante de un público. Un barman es en cierto modo un artista. Un barman es un actor, el alma de la fiesta, el que se encarga de que todo el mundo se lo pase bien. Si te interesa, nosotros ofrecemos otro curso a un precio reducido…

Se me cayó el alma a los pies. ¿Había suspendido el curso? ¿Acababa de licenciarme en una universidad de la Ivy League y había suspendido un curso de coctelería? Me quedé tan aturdida que no pude ni protestar.

Decliné la oferta y salí al frío del atardecer de primavera. El aire estaba cargado de humedad y de olor a ozono, y aunque todavía no era muy tarde, la noche se me antojaba tan densa y oscura como una pinta de Guinness.

Me entró el pánico. Había malgastado el dinero de mis padres en Martini Mike's. Y dos días antes, después de pasar varias horas en vano buscando en el Village Voice, en Craig's List y en nofeerentals.com un estudio barato, me había dado cuenta de que me iba a resultar del todo imposible vivir por mi cuenta en Manhattan, y en un impulso había alquilado un apartamento compartido con Alexis. Y tenía que pagar el alquiler. Mis cheques de estudio no llegaban ni para el primer mes, y encima ahora le debía al padre de Alexis tres mil novecientos ochenta dólares por la mitad de la fianza y la comisión de la agencia. Era un desastre en toda regla.

Me daba vueltas la cabeza. La única opción que me quedaba era aceptar un trabajo temporal, pero aunque me dieran doce dólares por hora y trabajara la jornada completa, sólo ganaría unos trescientos dólares netos a la semana y no me quedaría ni un duro para gastos. No tenía salida. ¿De qué iba a comer? Si volvía a mi casa en Albany me sentiría una fracasada. Y

además, ni siquiera tenía dinero para eso. Una mudanza costaba dinero, sobre todo cuando yo ni siquiera tenía coche. Calculé que lograría sobrevivir un máximo de dos días en Manhattan sin trabajar.

Para cuando llegué al metro, ya me había dado por vencida. Estaba hecha polvo. Me había resignado a decirle a Alexis que no podía quedarme en el apartamento y a llamar a mis padres para suplicarles que vinieran a Nueva York a rescatarme. Hurgué en el bolso en busca de mi tarjeta de metro, intentando contener las lágrimas. Entre el montón de recibos y