El Manhattan perfecto
Capitulo 14.
Kamikaze
–Ochenta dólares -le dije a la chica que tenía delante. Se parecía a Giselle. Medía uno ochenta y debía de pesar unos cuarenta y cinco kilos.
Me pregunté si habría comido jamás un solo carbohidrato. Tal vez se mantenía con la dieta típica de los Hampton de tabaco y cocaína, que hacía maravillas para las camareras.
Dejó en la barra un billete nuevo de cien dólares y yo podría haber jurado que Benjamin Franklin me guiñó el ojo desde la pegajosa superficie, absorbiendo Southern Comfort en su piel verde.
–Quédate con el cambio. – Y se alejó como si el Spark fuera su pasarela particular.
Sus palabras mágicas me provocaron un pequeño escalofrío de emoción, a pesar de estar en pleno apogeo de mi antepenúltima noche en el Spark. Arranqué el billete pegado a la barra, lo sequé con un trapo y después de marcar veinte dólares en la caja lo metí en el cajón (ningún observador podría decir nunca que no metía el dinero en la caja). Luego saqué veinte dólares (la propina legítima) y los metí en el cubo de champán que estaba a rebosar de billetes de un dólar. A continuación escribí un pequeño 60 en el papel que tenía junto a la caja, debajo de los 40, 20 y 20
que ya había anotado antes. Y sólo eran las once.
Por primera vez en todo el verano me sentí cerca de Jake. Es cierto que no me ponía de coca hasta arriba, pero las minúsculas cantidades que iba arañando de los astronómicos beneficios del Spark eran adictivas, y por fin comprendía por qué Jake se pasaba la noche yendo al servicio para meterse rayas con creciente frecuencia y urgencia a medida que avanzaba la noche.
A medida que avanzaba «mi» noche, necesitaba cada vez más chutes de dinero ilícito. Añadir cantidades a mi lista me ponía más que los chupitos.
Me imaginaba como una especie de Robin Hood: robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Sólo que en este caso no era para ayudar a los campesinos que sufrían bajo el mandato del rey, sino para ayudarme a mí misma.
Miré compulsivamente alrededor. No parecía haber observadores a la vista. A menos que fueran disfrazados de chicas de Jersey, con el pelo cardado y mascando chicle, que parecía que de camino a la playa se
hubieran equivocado de tren. En aquel momento estaban comparando los piercing que llevaban muy a la vista en el ombligo. Era imposible que fueran observadores de incógnito, decidí. En mi mente todos los observadores eran tíos fornidos vestidos con trajes negros baratos. Y
aquellas chicas no encajaban en el perfil.
James apareció como un espejismo detrás de las chicas de Jersey justo cuando una se inclinaba para enseñarle a la otra una mariposa de colores que llevaba tatuada en la nalga izquierda.
–Hola, cariño -me saludó, inclinándose sobre la barra para darme un beso.
–Cuidado, no te manches, que esto está sucísimo -le advertí-. Nos hemos quedado sin trapos limpios.
–Me da igual-aseguró él, inclinándose todavía más encima del charco de Southern Comfort. Me agarró la cara y me besó de nuevo.
–No sabes cómo me alegro de que hayas venido -le dije, ignorando a la gente que esperaba impaciente en la barra, mirándome ceñuda y blandiendo su dinero.
A medida que se acercaba el final del verano, se me iba acabando también la paciencia con los exigentes clientes del Spark. Me merecía un descanso de sus incesantes pedidos y su constante necesidad de atención.
De manera que me incliné yo también para besar a James de nuevo, esta vez con más pasión. Tenía un apetitoso sabor a chicle de menta, sal y un toque de alcohol. Me pareció ver a Rosalind entre la multitud, haciendo un gesto de desagrado ante mis demostraciones de cariño, pero como yo ya me había pimplado unos diez tragos, me dio igual.
–Vamos, James, que la mesa está lista -dijo Rosalind detrás de él.
Llevaba un vestido muy coqueto de color rosa pálido y parecía una primera bailarina que hubiera ido del Lincoln Center Stage hasta Wainscott sin dejar de hacer piruetas. Llevaba el pelo recogido con elegancia para dejar despejado su largo cuello y un bolso de piel Marc Jacobs blanco colgado del brazo. Tenía que admitir que, de todas las chicas, el estilo de Rosalind era el que más me impresionaba. Con perlas o sin ellas, siempre parecía recién salida de las páginas del Vogue y tenía una elegancia y un gusto que envidiaría Jackie O.
–Id subiendo. Yo voy ahora mismo -le contestó James.
Ella hizo un mohín con los labios y se marchó de mala gana hacia la sala VIP. El gorila la vio venir y levantó a toda prisa el cordón.
–Madre mía, a veces no hay quien la aguante -me dijo James en cuanto Rosalind desapareció. Al principio me pareció que no lo había oído bien.
Jamás había hecho crítica alguna de Rosalind o las otras Perlas-. Necesita atención constante.
Me dieron ganas de empezar con mi propia lista de quejas sobre Rosalind, que llevaba dentro desde el fin de semana del Memorial Day, pero me interrumpió Jake, que estaba sudando a chorros, como siempre.
Apestaba a Patrón y tenía los ojos fuera de las órbitas.
–¿Tienes una botella de triple seco? – gritó.
Saqué una de mi estante y se la tendí.
–Esas tías del extremo de la barra no hacen más que pedir kamikazes -
gruñó, señalando a las chicas de Jersey. Más les habría valido gastarse menos dinero en esmalte rosa de uñas y más en dentistas, porque sus bocas lo pedían a gritos.
Yo me volví hacia James.
–¿Tenéis mesa esta noche en la VIP?
–Sí-contestó él, poniendo los ojos en blanco-. Pero creo que me voy a quedar aquí contigo. ¿Me das una Budweiser?
–¿Una Budweiser? – exclamé-. ¡James! ¿Y si te ve alguien?
Él se echó a reír.
–¡Calla! Se me habrá pegado de ti.
Saqué de la nevera la botella de la etiqueta roja, la abrí y se la ofrecí.
–Has pasado de tomar champán en la sala VIP a beber cerveza con el populacho -dije-. Y tengo que admitir que estás muy sexy con una Bud en la mano.
Me aparté de James de mala gana para ponerme como una loca a preparar copas para la muchedumbre, que se agolpaba en la barra y que había ido creciendo cada vez más durante nuestro breve interludio.
–¿Te lo has pasado bien en la barbacoa? – le pregunté a James al cabo de un momento, mientras agitaba un martini moulin rouge. Me había invitado a ir con él a una barbacoa en casa de una de las Perlas, pero por una vez no me apetecía lidiar con aquella gente. Después de la cena en East Hampton Point no me quedaba ya mucha paciencia con ellas. Aunque me encantaba estar con James todo el tiempo posible, mentí diciendo que
Annie estaba deprimida (un asunto tan improbable como ver nevar en julio) y que quería pasar el día con ella. Estuvimos con Travis y el resto de la gran familia de la Casa de los Animales (con excepción de Camilla, que también estaba en la lista de invitados de la barbacoa), jugando con el Frisbee en la playa y chapoteando entre las enormes olas hasta que acabamos rojos como cangrejos y agotados por el sol y el ejercicio.
–Bueno, tampoco es que fuera precisamente divertida -confesó James-.
Sirvieron ensalada y bocadillos de berros, que por supuesto no probó ninguna chica.
Yo disimulé mi perplejidad, pero cada vez me daba más la impresión de que habíamos pasado una página.
Por fin estábamos de acuerdo en el tema más importante: sus amigos.
–Pero vendrás el domingo que viene al picnic, ¿no?
–¿Quién decías que lo organizaba? – pregunté. Porque si la cosa estaba a cargo de alguna otra Perla, por lo menos me acordaría de comerme antes una hamburguesa o algo.
–Es a beneficio de la ONG «Niños de América». Rosalind y yo estamos en el comité.
–Intentaré pasarme por allí -bromeé. James se inclinó para rozarme la nariz con la suya y yo me vi transportada lejos del bar, a la playa, donde nos besamos por primera vez con las olas chapaleando a nuestros pies…
–¡Eh! Cinco chupitos de Cuervo helado, dos martinis Goose con aceitunas y tres gimlets de Belvedere ¡con hielo! – chilló un cliente, haciéndome volver de mi última fantasía justo cuando me estaba imaginando que James me pedía que me casara con él.
A las cuatro en punto se encendieron todas las luces, iluminando el campo de batalla de detrás de la barra y animando a los últimos clientes a apurar lo que tuvieran en los vasos de plástico. Yo revisé mi lista de hurtos y calculé el total de las actividades ilícitas de la noche.
Tragué saliva al hacer las cuentas: cuatrocientos ochenta dólares. Era muchísimo. Estaba claro que me había pasado un poco, como hacía siempre que me enfrentaba a un desafío. Por desgracia no podía hacer nada al respecto, puesto que sería muy sospechoso que me pusiera a marcar copas en la caja a las cuatro y cuarto de la madrugada, cuando no quedaba ni un cliente en el bar. No tenía más remedio que quedarme con el dinero.
Esperaba que mi marca fuera bastante alta. Pero luego me puse a pensarlo y
vi que tampoco corría peligro: sólo nos quedaba una semana de trabajo y luego no tendría que volver a ver a Shalina, ni a Teddy ni a los amenazadores dueños nunca más (claro, que tampoco es que hubiera visto nunca a los dueños). Me sentía curiosamente inmune.
Apreté el contrabando en un puño sudoroso y me agaché para meterlo deprisa en la bolsa de maquillaje, que había colocado antes en el estante de abajo. Me levanté con cuidado de no mirar hacia las cámaras. Luego saqué el cajón de la caja registradora, agarré el bote y todos los recibos de las tarjetas de crédito y me uní al grupo borracho y drogado del comedor, pero no sin antes llevarme dos botellas de Bud para James y para mí. Me senté en la mesa de Jake.
–¿Cómo vamos? – me preguntó, contando los billetes más deprisa que las máquinas automáticas de los bancos.
–De maravilla -contesté mirándolo con una sonrisa triunfal.
–Bien.
Jake terminó de contar su dinero, lo metió en un sobre y se fue arriba.
Forcé la vista buscando los billetes de cinco, diez y veinte dólares del bote para poder contar y ordenar los de un dólar en fajos. Pero tenía el cerebro anegado de una mezcla mortal de Budweiser, Patrón y champán, hasta el punto de que apenas podía sumar.
–¿Te puedo ayudar? – se ofreció James.
–Toma. – Le di un puñado de billetes-. Cuéntalos.
Él no estaba ni la mitad de borracho que yo, así que clasificó deprisa los billetes que le había dado y el resto de las propinas, apilando los de veinte, diez y cinco y atando fajos de cien billetes de dólar. Los contamos en silencio, con el ruido de fondo de la charla de las camareras.
–El hijo de puta de la veintiuno sólo dejó cincuenta dólares de propina por una cuenta de quinientos. ¡Cabrón de mierda! Ojalá me hubiera dado cuenta antes, porque le habría dado una patada en los cojones al muy gilipollas -anunció Elsie con lengua pastosa. Lo que no mencionó es que a todas las facturas de las camareras se añadía automáticamente una propina del veinte por ciento, así que en realidad el tipo le había dejado cincuenta dólares encima de eso. Elsie fumaba como un carretero, encendiendo un cigarrillo con la colilla del anterior, de manera que estaba envuelta en una nube de humo. Entre calada y calada bebía de una botella de Cristal que uno de sus «clientes» había dejado a medias en una mesa. Ariel, otra compañera
suya, contaba el dinero mientras iba sacando las almendras de una ensalada que había comprado previamente en Citarilla.
–Odio que me echen nueces en la ensalada -se quejó.
–¿Prefieres que te las echen a la cara? – se burló Elsie. La rubia se echó a reír.
Yo las miré divertida, acordándome de Garth Brooks: «I got friends in low places, where tbe whiskey drowns and the beer chases my bines away…» «Tengo amigos en los tugurios, donde el whisky me ahoga y la cerveza mata las penas…»
De pronto cayó una sombra sobre mi mesa. Era Teddy.
–Cassie, tengo que hablar un momento contigo.
Se me cayó el alma a los pies. «Me han pillado. Sabe que estoy robando. Me va a despedir.»
–Vale -contesté con voz chillona.
–Ven a la oficina.
James alzó la vista cuando me levanté. Fui detrás de Teddy hasta la oficina y me llevé la sorpresa de encontrarme allí a Jake, fumándose un porro en el sofá y bebiendo Patrón. Escudriñé su expresión drogada para averiguar qué estaba pasando. Pero él tenía la mirada perdida y no parecía ver nada.
–Siéntate -ordenó Teddy.
Aparté un número viejo de la revista Hampton con Kristin Davis en la portada y me senté. Tenía el estómago revuelto y casi no podía ni respirar.
–Cassie, te he estado observando de cerca todo el verano y mirando tus marcas…
La adrenalina corría por mis venas, incitando la antigua respuesta de lucha o huida. «¿Cómo he podido ser tan tonta?», pensé. ¿Quién me creía que era? Debería haber sabido que Teddy llevaba la cuenta de mis ventas y detectaría automáticamente un súbito descenso en mis marcas. Aquello era una agonía.
–… Y, con excepción de Jake, eres la que tiene las marcas más altas del club.
Tardé un momento en darme cuenta de que Teddy me estaba haciendo un cumplido. Lo miré desconcertada sin decir nada.
–Un par de colegas van a abrir un club en la ciudad. Va a ser el doble de grande que el Spark. Sólo la sala VIP tendrá una capacidad de trescientas
personas. Estamos trabajando con un equipo de promotores de Lotus, Jet y Marquee, y te garantizo que va a ser el club más alucinante que haya habido en Manhattan.
Yo asentí con la cabeza. No tenía ni idea de adonde quería ir a parar.
–Yo quiero tener ya listo al personal, y Jake ha sugerido que te ofrezca un puesto de barman.
–Si el proyecto triunfa ganaremos el doble que aquí -comentó Jake a través de su bruma química.
–¿Te interesa? – preguntó Teddy.
–Pues… sí. – Me sentía no sólo aliviadísima, sino también muy halagada. Se disiparon todos mis miedos. Estaba ligera como una pluma.
Pocos meses atrás había suspendido en la escuela de coctelería y me había puesto a trabajar en un bar que no conocía nadie y donde iba tirando a duras penas, a veces sacando menos de cien dólares por noche. Y ahora, después de trabajar en el local más solicitado de los Hampton, uno de los promotores más punteros de Nueva York me estaba pidiendo que lo acompañara en su siguiente proyecto. Había logrado pasar a engrosar las filas de Jake, Elsie y las chicas que seguían a Teddy de un local a otro como discípulos.
–Genial -dijo Teddy-. Termina de contar el dinero. Estaremos en contacto.
Mientras bajaba de nuevo hacia el comedor, de pronto me entraron las dudas. Esperaba volver al Finton's después del Labor Day, pero eso significaba que ganaría un setenta y cinco por ciento menos que en mis turnos en el Spark. Era como estar atada con esposas de oro a las enormes sumas de dinero que podía ganar en los grandes clubes. Además, aunque tanto el personal como la clientela del Spark me daban náuseas a veces, seguía siendo emocionante formar parte de la movida. Me gustaba estar cerca de todo el glamour, aunque sólo participara desde detrás de la barra.
Y había ido cogiendo cariño a todo el mundo: Jake, Teddy e incluso a las camareras. Supongo que porque íbamos todos en el mismo barco, todos intentábamos ganar bastante dinero para evitar pasarnos el día en un trabajo miserable en la Norteamérica corporativa. Pero no estaba segura de querer dejar el Finton's. Es cierto que significaría un importante recorte salarial, pero allí jamás me había sentido presionada ni estresada como en el Spark.
En el Finton's nadie me empujaba a robar dinero y no tenía que vivir con el
miedo constante a perder el trabajo. Y a pesar de lo cuestionable de sus motivos, Dan Finton se había portado muy bien conmigo. Me había ofrecido trabajo cuando no tenía experiencia y luego me cambió el horario para que pudiera trabajar en los Hampton.
Lo que más me asombraba era que Teddy me tuviera en tanta consideración cuando yo le estaba robando cientos de dólares delante de sus narices. Esperaba un castigo por mi depravado comportamiento y en lugar de eso había recibido una recompensa. Pensé en lo retorcido que era aquel mundo en el que yo estaba cada vez más inmersa. Ahora tenía un trabajo en el club VIP más reciente de Nueva York porque había estado robando con Jake, un dinero que en parte pertenecía a su amigo Teddy, que era la persona que nos había contratado desde el principio.
Pero mi ansiedad desapareció cuando volvía a casa en el Range Rover de James con ochocientos noventa dólares en el bolsillo. Regué el bollo de sésamo que había comprado en el Twice Upon a Bagel con la Bud Light que me había llevado del bar. Desde luego, el asunto no me iba a quitar el sueño.
–Qué hay -saludó Billy desde detrás de la barra. Sean estaba contando el dinero de su caja antes de marcharse mientras Billy fregaba los vasos y limpiaba la barra, los grifos y las botellas. Después de todos aquellos meses, seguía admirando el orgullo de Billy por su trabajo. Siempre mantenía su espacio impecable.
–¡Qué tal, chicos! – Me incliné sobre la barra para echar mano de una servilleta con la que enjugarme el sudor de la frente y la espalda-. Ahí fuera no se puede estar. Hace un calor que no te deja ni respirar.
–¿Qué tal en los Hampton? – preguntó Billy con un burlón tonillo pijo.
–De maravilla. – Me metí tras la barra y me miré al espejo. El maquillaje me caía derretido por la cara.
–Va a ser una putada para ti dejar el club -comentó Billy, mientras yo me limpiaba los manchurrones de las mejillas y me ponía hielo en la cara.
–Sí, pero eso de trabajar hasta las siete de la mañana acaba contigo.
–Desde luego. Pero cuando vuelves a casa con quinientos o seiscientos dólares, se te pasa un poco el muermo.
–Más bien setecientos u ochocientos -repliqué.
–¿Ochocientos dólares en una noche? – preguntó Sean alucinado.
–A veces incluso más -dije con orgullo. Me encantaba ver la cara que ponía la gente cuando le contaba la cantidad de dinero que se podía llegar a ganar (legítimamente o no) sirviendo copas en los Hampton. Lo más curioso era que cada vez que lo comentaba exageraba más y más. Era como un viejo marino contando hazañas de pesca. En poco tiempo andaría por ahí diciendo que jamás volví a casa con menos de mil dólares.
–Yo no gano eso ni en una semana -dijo Sean. Luego me dio un beso-.
Bienvenida. Estás tan guapa como siempre.
–Gracias, cielo. – Se me había pegado el argot de las camareras, que siempre llamaban a los clientes y a los compañeros «cielo», «mi vida» o
«cariño». Siempre las oía decir: «¿Te traigo un zumo de arándanos, cielo?», o: «¿Te apetece un Red Bull con eso, mi vida?» Y a veces: «¿Otra botella de Cristal, cariño?»
–¿Qué, te han puesto las pilas en el Spark? – preguntó Billy. Estaba limpiando las neveras y organizando las cervezas en pilas muy bien ordenadas.
–Allí están todos un poco colgados. Bebemos todas las noches como cosacos y la mitad del personal se mete rayas de coca a cada minuto. Y el tío con el que trabajo, que está a cargo de los barman, roba dinero de la caja registradora y lo cuenta como si fueran propinas. – Esto último lo dije a propósito para ver la reacción de Billy, aunque desde luego no tenía ninguna intención de confesar que yo también me había llevado dinero que no me correspondía.
Él ni pestañeó. Después de doce años trabajando en Nueva York y en los Hampton, Billy había visto de todo.
–Es el mundo de los famosos, chica -dijo-. Después de un tiempo ya ni te inmutas. Lo único que hay que hacer es tener la cabeza sobre los hombros y no dejar que te arrastren, porque puedes acabar bien jodido.
Desde luego. Me puse entonces a pensar en la cadena de engaños: los barman robaban a los promotores, que robaban a los dueños, que robaban a los clientes, algunos de los cuales, curiosamente, también tenían sus propios problemas de cleptomanía. La semana anterior había leído en el Observer un artículo sobre ciertos miembros de las clases superiores que habían cometido robos y desfalcos. O por ejemplo Winona Ryder. ¿Para qué necesitaba robar? Todo aquello no era más que un ardid para llamar la
atención. Lo mío era distinto, por supuesto. Yo necesitaba el dinero extra de momento, pero luego no volvería a hacerlo nunca más.
–Hace un par de años estuvo trabajando aquí un tío que robaba a manos llenas -me contó Billy-. Dan le pilló muy pronto y lo despachó. Es una chorrada hacer una cosa así. El dueño siempre sabe si un empleado le roba.
–Ah, ¿sí?
–Sí. Según Dan, el tío robó dos mil dólares en menos de un mes. Luego me enteré por ahí que no pudo volver a trabajar en Nueva York. Es lo que pasa: si te despiden por robar, ya sea verdad o no, la noticia se corre entre los otros bares y acabas bien jodido. Tragué saliva, pero me calmé pensando que yo jamás robaría miles de dólares en un mes ni mucho menos, aunque en el Spark corría tanto dinero que seguramente no se darían ni cuenta.
–¡Ahí está!-bramó de pronto una voz desde la puerta.
Baby Carmine estaba entrando en el bar acompañado de una mujer baja y regordeta de largo pelo negro. Aunque la calle era un infierno de calor, la mujer tenía un abrigo de chinchilla hasta los pies y llevaba encima más adornos y chucherías de oro que la momia de Tutankamon. Baby Carmine vestía un traje de lino blanco, con una reluciente camisa de seda negra. Los tres botones superiores estaban desabrochados, por supuesto, dejando a la vista su crucifijo de diamantes que relucía bajo una maraña de pelo. El anillo de zafiros que llevaba en el meñique titilaba a la luz que reflejaba su gigantesco Rolex de oro. Advertí que la mujer llevaba un Rolex parecido, aunque el suyo quedaba en parte velado por un entramado de pulseras de diamantes.
–Cassie, te presento a mi mujer, Olimpia.
–Encantada -saludé. Ella se inclinó sobre la barra, me agarró la cara con las manos enjoyadas y me dio dos besos en las mejillas.
–¡Cariño! ¡He oído hablar muchísimo de ti! – exclamó ella, con un acento nasal neoyorquino tipo Fran Dreschner.
–¿Cómo estás, muñeca? – preguntó Baby Carmine, dándome un beso en la mano.
–Hacía ya tiempo…
–Sí, bueno, es que he estado de vacaciones… en una isla muy exótica -
explicó él con una sonrisa artera que dejó al descubierto sus dientes de oro.
–Sí -dije-, se te ve muy relajado.
Él se echó a reír.
–Vamos a ir a cenar algo, guapa. – Y con estas palabras llevó a su esposa hacia el comedor.
–Venid a tomar una copa cuando terminéis -les pedí, sonriendo a la señora de Baby Carmine.
Desfilaron por el restaurante en una nube de relucientes joyas y lujosas pieles. Me recordaron al séquito de P. Diddy con su logomanía. Si los hubiera sacado del Finton's para meterlos junto a los raperos del Spark, habrían encajado a la perfección, de no ser porque eran blancos, italianos y unos veinte años mayores. Noté en su estela la maldición de los nuevos ricos de Norteamérica. En palabras del gran Bruce Springsteen, «You end up like a dog that's been beat too much, so you spend half your Ufe triyn'to cover it up», «terminas como un perro al que han apaleado demasiado, de manera que te pasas media vida intentando ocultarlo». Cuanto más pobres sean tus orígenes, más accesorios tienes que llevar encima para demostrar tu posición.
No se lo podía reprochar. Al fin y al cabo, yo había caído en la misma trampa. Nada me gustaba más que presumir de mis nuevas gafas Gucci (auténticas) o que la etiqueta de mis jerséis Juicy asomara en el momento adecuado (sobre todo cuando me sentía insegura con las Perlas). Había leído por ahí que los estadounidenses definen la riqueza según la clase que haya más arriba. Por lo tanto, nunca nada es bastante. Es una adicción: cuanto más tiene uno, más quiere. Pero también era para mí una fuente de conflictos, porque a mí me habían educado para saber apreciar todo lo que tenía la suerte de tener y valorar cosas como la familia y los amigos por encima de cualquier posesión material. En el microcosmos de los Hampton, me habían infectado la fiebre consumista y yo no sabía cuál era el antídoto.
–¡Cassie! – ladró Laurel por el interfono. Yo corrí a contestar-. ¿Puedes trabajar este fin de semana? – me preguntó con brusquedad.
–Pues no. Es Labor Day y es mi último fin de semana en los Hampton.
–Ya. ¿Y cuándo te puedo poner de nuevo en el horario normal?
–Supongo que el otro fin de semana. – Se me disparó la ansiedad.
Todavía no había decidido si quería irme con Teddy y Jake al «local más alucinante que se haya visto en Manhattan» o seguir siendo fiel al Finton's.
De momento estaba comprometida con las dos opciones.
–Bien. – Laurel colgó. Yo añadí mentalmente su nombre a la lista de
«contras» del Finton's y volví a la barra.
–¿Por qué no llevas esto a la mesa de Baby Carmine? – dijo Billy, dándome una botella de Dom Perignon y dos flautas de champán heladas.
–¿Es que no tienen camarera?
–Sí, pero esto es un regalo de parte nuestra y de Dan. Es una gran noche para él. Acaba de salir otra vez de la cárcel.
–¿Qué? Pero ¿no ha dicho que estaba de vacaciones en una isla exótica?
–Bueno, no sé si la isla de Riker se puede calificar de exótica -rió Billy.
–¡Joder! – resollé. Miré hacia el comedor, a mi amigo, el gánster que dirigía Mulberry Street. Tenía la mano en el muslo rollizo de su mujer y la miraba con ternura-. ¿Y por qué lo detuvieron?
–Pues no sé, lo de siempre: drogas, crimen organizado… Deberías hacerle tú los honores. El tío te adora.
De manera que me llevé la botella, las flautas y una cubitera de hielo y se lo presenté todo al preso recién liberado y su consorte.
–Esto es de parte de Dan, de Billy y mía. – Apagué el ruido del corcho con una servilleta-. Bienvenido.
–Gracias, preciosa -dijo Baby Carmine. Su esposa me miró radiante mientras yo servía las copas-. Gracias, Dan -gritó Baby Carmine alzando la copa y mirando hacia el otro rincón de la sala.
Yo seguí su gesto y me sorprendió ver a Dan Finton con Martin Pritchard en una mesa. Dan me hizo una seña mientras yo metía la botella de champán en el cubo. Traté de esbozar una sonrisa relajada y amistosa y me acerqué a ellos.
–Cassie, siéntate un momento con nosotros. Tienes que probar el vino que ha traído Martin del viñedo de un amigo suyo de Oregon. Es magnífico.
Yo no entendía nada. ¿Por qué estaba Dan tan simpático conmigo de nuevo? La última vez que hablamos me acusó de que mis prioridades eran muy cuestionables. ¿Y ahora quería invitarme a una copa de vino?
No tuve más remedio que sentarme junto a Dan en aquel reservado en penumbra. Martin me tendió una reluciente copa Riedel Bordeaux y sirvió un poco de vino. Cuando el Finton's abrió por primera vez, un crítico comentó que las copas de vino eran tan grandes «que se podría ahogar a un gato dentro». Probé el aterciopelado pinot noir, saboreando el líquido con la lengua.
–Delicioso -afirmé, añadiendo mentalmente a la lista de los «pros» del Finton's el hecho de poder sentarme a beber vino caro con el dueño en
pleno turno de trabajo.
–Martin acaba de invitarme este fin de semana a jugar al golf en Shinnecock, así que a lo mejor me paso luego por el Spark, a ver qué has estado haciendo todo el verano.
¿Cómo podía ser tan voluble? Supongo que pensaba que ahora que se terminaba el verano yo volvería a estar sólo en el Finton's, de manera que era mejor tener buenas relaciones.
–No sabía que eras socio del Shinnecock -le dije a Martin-. Pensaba que eras del Southampton Country Club.
–Bueno, es que allí no hay golf, querida. La verdad es que desde que me lastimé la espalda no juego mucho -contestó él con una risita, mirando a Dan con expresión ladina. Yo di un respingo. Seguro que se había hecho daño en la espalda en sus intercambios de parejas con Lily, Denise y Bill y no con los palos de golf-. Pero el campo allí es precioso, y todos mis amigos son socios.
–Es el mejor campo de golf del país -aseguró Dan.
–No lo conozco. Pero hace un par de semanas estuve almorzando en el Maidstone con James y su padre. El campo de golf está justo en la playa y…
–¿Quién es James? – me interrumpió Dan. Me lo quedé mirando un momento, desconcertada. Dan había visto a James por lo menos cinco veces.
–James Edmonton, mi novio. Su padre es amigo de Martin. Os habéis visto unas cuantas veces, cuando ha venido al bar. – Creí ver que a Dan se le ensombrecía el semblante, de manera que me volví a toda prisa, jugueteando con la servilleta-. En fin, el caso es que aquello me pareció precioso.
–Ah, el Maidstone -dijo Martin-. Encantador. Es una de las pocas instituciones de los Hampton que ha permanecido igual desde que se inauguró, hace unos cien años. Todas las demás han ido «cambiando con los tiempos».
–Ah, ¿sí? – Recordé la genial conversación que había mantenido con Charles, el batallador ex director de admisiones del Maidstone, que había intentado diversificar un poco el club a expensas de su puesto de trabajo.
–Desde luego que sí. El Maidstone es de lo más tradicional -prosiguió Martin-. La junta directiva determina quién puede ser admitido y quién no.
Los otros clubes de los Hampton, menos antiguos, no son tan selectivos ni mucho menos -añadió con desdén-. Por ejemplo el National, en Southampton. Lo fundaron unos chicos a los que les había ido muy bien en el boom de Internet de los años noventa. No tenían ninguna relación familiar en los Hampton y no podían entrar en ninguno de los clubes, de manera que decidieron fundar el suyo propio.
–Pues bien hecho -repliqué, intentando cortar de raíz lo que amenazaba con ser otra de las diatribas de Martin contra los nuevos ricos que
«invadían» el santuario de la aristocracia blanca y anglosajona de los Hampton.
–La verdad es que el National es precioso -comentó Dan-. Un amigo mío es socio. Por lo visto, el servicio es excepcional. Hasta te enjugan el sudor de la frente y te rocían con Evian. Algo increíble.
–Es de mal gusto -gruñó Martin-. Eso es lo que esa gente no entiende.
Cuando uno entra en un club como el Maidstone, tiene que haber un ambiente informal. ¡Que es un club de campo, por Dios! Los socios no quieren que los empleados estén todo el rato encima de ellos. Lo que quieren es que los dejen en paz.
–Exacto -convino Dan, cambiando de chaqueta de repente-. Los socios del National necesitan estar rodeados de camareros y caddies porque así se sienten importantes.
–De muy mal gusto -repitió Martin con desdén.
Y sin embargo allí estaban estos dos, pensé yo. Seguro que entre los dos eran culpables de adulterio, acoso sexual y otros comportamientos reprobables. Los dos se pasaban la vida buscando reafirmarse y darse aires.
Por lo que yo veía, ostentaban las mismas pretensiones, si no peores, que los socios del National.
–¿Te gusta el vino, Cassie? – me preguntó Dan.
–Sí, es buenísimo.
Entonces me sirvió otra copa.
–Cuando vinimos a cenar la otra noche, a Lily le encantó el tinto -dijo Martin pensativo-. ¿Qué vino era?
–Debía de ser el rioja El Coto que le gustó a Cassie cuando hice una cata entre los empleados hace un par de semanas. Es el nuevo vino que vendemos por copas -explicó Dan. Puso la mano sobre la mía y la dejó allí
un rato más de lo necesario-. ¿Qué puedo decir? Cassie tiene un gusto exquisito.
Yo sonreí también y aparté la mano. Tenía que admitir, dejando aparte el toqueteo, que me gustaba que Dan me viera como algo más que una barman, que me considerase una persona con gustos y opiniones para tener en cuenta. En el Spark yo no era más que un objeto, una máquina de servir copas, elegida exclusivamente por mi capacidad de preparar combinados lo más deprisa posible. Si tenía un momento para mencionarle a un cliente que había ido a una universidad de la Ivy League y que aspiraba a ser escritora, a nadie parecía importarle. La inteligencia no aparecía en sus pantallas de radar como aparecía la posibilidad de echar un polvo o incluso la promesa de una copa.
Pero en la ciudad, en el pequeño microcosmos del Finton's, era diferente. Dan apreciaba de verdad mi capacidad para sostener una conversación inteligente, para manejar con astucia a sus clientes y para ofrecer sugerencias que mejoraban el atractivo del bar.
–¿No te parece que deberías volver a la barra, Cassie? – Laurel había aparecido a mi espalda con una mueca falsa y tensa que supongo quería hacer pasar por una sonrisa.
–Laurel, en la barra no hay nadie. Si quiere se puede quedar aquí un rato
-replicó Dan.
–No, no, me voy ya -dije.
–He dejado el horario de la semana que viene en la cocina -añadió Laurel con brusquedad cuando volvíamos a la barra-. Te toca venir el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado.
De pronto mi dilema se precipitaba. Me maldije por no haber tenido más disciplina durante el verano y no haber pagado mis deudas como debería haber hecho. Sopesé mis opciones e intenté enfocar la cosa de otra manera, pensando que lo mejor era llegar a un compromiso.
–¿Laurel? – comencé con timidez.
–¡Qué! – me espetó ella.
–Es que… los promotores del Spark me han pedido que haga un par de turnos en un local nuevo que van a abrir este otoño. No les he dicho que sí porque evidentemente quería hablar primero contigo -mentí-. A ver si estudiamos la manera de que pueda hacer las dos cosas. Podría trabajar allí un par de turnos que no interfirieran con mi horario aquí…
–De ninguna manera. – Su voz restalló como un látigo-. Es una norma muy estricta del Finton's. Los barman no pueden trabajar en ningún otro local de la ciudad.
–Pero muchos barman trabajan en varios…
–Es la norma, Cassie.
Me metí tras la barra preguntándome sombría qué iba a hacer.
Constantemente se me olvidaba que en el mundo de los bares la sinceridad no te lleva a ninguna parte y que, de hecho, decir la verdad solía traer serias repercusiones.
–Cass -me llamó Billy-. Tienes aquí a un amigo tuyo.
Cuando alcé la vista vi a Jake sentado en un taburete justo debajo del televisor. Estaba mirando la carta. Llevaba una enorme sudadera FUBU con capucha encima de una camiseta con la leyenda: «Los hombres son de Marte, las mujeres chupan penes.» Iba remangado, dejando al descubierto unas muñequeras PONY. Llevaba un gorro Van Dutch del mismo color mostaza ladeado sobre el pelo alborotado a la Ashton Kutcher 2002 (cuando el joven Ashton convenció a la población masculina blanca de que una ligera inclinación del sombrero podía dar pinta de duro al más rico de los urbanitas).
–¿Qué pasa, colega?-me saludó.
–¡Eh! Eres la última persona a la que pensaba encontrarme aquí.
–Bueno, pasaba por aquí…
–¿Una copa?
–Sí. ¿Qué tenéis de grifo?
–Guinness, Bass, Harp, Stella, Yuengling, Carlsberg, Sierra Nevada, New Castle…
–Una Bass.
Me puse a llenar una pinta, alucinada de ver a Jake tan comedido, pidiendo sólo cerveza.
–Toma -le dije, dejando el vaso sobre un posavasos nuevo.
–Y un Patrón sin.
Sabiendo que Jake querría uno doble, preparé un vaso de tubo y agarré la botella cuadrada de tequila. Marqué las dos copas en la cuenta de invitados (otro «pro» en la lista del Finton's: podía invitar a copas a mis amigos, siempre que las anotara en una cuenta aparte).
–¿Quieres comer algo?
–Sí, me muero de hambre. No he comido nada desde ayer y llevo tres días sin dormir ni una mierda. – Típico de Jake, pensé, jactarse de su desdén por la sobriedad como si fuera una medalla al valor-. ¿Qué tal está la hamburguesa?
–De puta madre.
–Vale. Un poco cruda. Con queso.
–Muy bien.
–Teddy y yo acabamos de estar en una reunión con los dueños del Rain, en Miami, y van a invertir también en el local nuevo. Creen que podrán abrir ya el mes que viene. Lo van a llamar Thunder. Cojonudo, ¿eh?
–Sí -contesté, mordiéndome el labio.
–Ya tienen programadas varias fiestas y han contratado como a mil promotores. Va a estar hasta los topes todas las noches. Va a ser la hostia.
Seguro que sacamos como dos mil dólares a la semana currando sólo dos o tres días.
Yo miré a mi alrededor para ver si Billy se había dado cuenta de que Jake hablaba de «nosotros». La lealtad hacia el Finton's que sentía sólo unos momentos antes se estaba disolviendo a toda prisa en las atractivas promesas de Jake sobre la perspectiva de sacar dos mil dólares a la semana.
A lo mejor podía pagar de una vez al padre de Alexis, liquidar la deuda de mi tarjeta y los créditos de estudios y abrir una cuenta de ahorros. O, de manera más realista, podría comprarme el vestido que había visto en el escaparate de C. Ronson para cuando James y yo entráramos en la escena social de Manhattan en otoño y pagarme unas merecidas vacaciones a Cabo.
–Joder, esto está muerto -comentó Jake mirando alrededor-. Si sacas cincuenta dólares esta noche ya te puedes dar con un canto en los dientes.
Vaya mierda.
–Hombre, no está tan mal. Es muy tranquilo y la verdad es que hacemos lo que queremos.
–Sí, pero si no vas a sacar pasta, ¿qué más te da? Vaya, que tú no vienes aquí a hacer amistades.
–Ya, pero me va bien.
–Cassie, esto está en mitad de la nada, joder. ¿A quién coño se le ocurre abrir un pub irlandés en Little Italy?