El Manhattan perfecto
Capitulo 11.
–No, gracias. – Aunque necesitaba el dinero, tenía que poner algún límite.
–Oye, tu cara me suena-me dijo un tío de pelo negro y grasiento al que le había servido un Patrón con hielo-. Tú eres amiga de Martin. Viniste a mi bar buscando trabajo.
–Hola -sonreí-. Eres Tony, ¿no? ¿Trabajas en el Saracen?
–Eso es, guapa. Gracias por la copa. – Y me dio un billete de cien dólares-. Eso es para ti. Pero el verano que viene te quiero en mi barra.
Yo sonreí y me volví hacia Andy.
–Me parece que esta noche vamos a sacar bastante. Ese tío acaba de darme cien dólares de propina.
Él se echó a reír.
–Bueno, todos los que han venido esta noche han preguntado por ti.
Deberías presentarte a alcaldesa.
Capitulo 11.
Thug's passion
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Con la vejiga a reventar me abrí paso entre la horda que bailaba en la zona VIP hasta el baño secreto de empleados. Maldiciéndome por haber bebido diez litros de agua en una noche tan ajetreada, me puse a dar saltitos pensando que me iba a hacer pis encima y abrí la puerta que llevaba a la oficina y al único servicio de todo el bar en el que no había que hacer una cola de cuarenta minutos. Entré sin llamar y me di de narices con Teddy.
Estaba de espaldas al retrete y con los pantalones bajados. Una rubia muy delgada con un top ajustado de Moschino y unos vaqueros Chloe de cintura baja estaba arrodillada delante de él.
–¡Joder! ¡Lo siento muchísimo! – balbuceé retrocediendo.
–No pasa nada -dijo la chica, limpiándose la boca con el dorso de la mano-. Ya hemos acabado. – Y se levantó mientras Teddy se subía los pantalones muy aturullado. La chica se puso de puntillas y le dio un brusco beso en los labios-. Después de este pequeño favor, me parece que ya no tendría que hacer cola para entrar en el club -dijo con una risa seductora.
Luego se marchó a bailar con sus amigos en la sala VIP.
–Teddy, lo siento muchísimo. Debería haber llamado.
El aire estaba cargado de humo de marihuana. Teddy se terminó su Amstel Light, luego se ajustó los pantalones y la corbata gris metálico y se fue. Todavía muerta de vergüenza, cerré la puerta y me aseguré de echar el pestillo.
Mientras volvía a atravesar la sala VIP me prometí no volver a abrir jamás una puerta cerrada sin llamar. Nunca se sabía lo quite ibas a encontrar. Pensé en Annie y me pregunté con cuántas mujeres llegaría Teddy a enrollarse en una sola noche. Annie parecia haberse cansado de él.
Últimamente sólo hablaba de los millonarios que parecían habitar la VIP y que siempre respondían a sus encantos. Pero de todas formas me pregunté si sabría lo que estaba pasando. Claro que conociendo a Annie lo más seguro es que no le importase. A mí ya me costaba llevar la cuenta de sus pretendientes: hacía tiempo que había perdido interés en Tom.
Esa misma noche, cuando Annie y yo entramos a trabajar, un gorila nos paró en la puerta.
–Lo siento, chicas, pero ahí está la cola.
–Trabajamos aquí -dije yo, orgullosa de ostentar un poco de poder en el cordón de terciopelo, un verdadero sello de distinción en los Hampton.
Vi que se habían formado dos colas delante de la puerta y recordé que Teddy había mencionado que iba a traer a un promotor nuevo para organizar una noche latina los viernes. La cola de la derecha era en su mayoría de gente de origen hispano. Los cacheaban y los hacían pasar por un detector de metales controla dos por guardias de seguridad nuevos. La otra cola parecía formada por la clientela habitual del Spark: chicas con tacones de Jimmy Choo, minifaldas Chip and Pepper y tops de Dior de vivos colores, y tíos con el uniforme habitual de camisa Hickey Freeman o Ascot Chang remangada y mocasines Cole Haan o Gucci. Mientras que una cola terminaba en una somera lista de invitados, la otra iba a parar a un cacheo.
–¡Cassie! ¿Me pones dos Ketel Cranberries? – pidió Elsie-. Perdona, iba a pedirlas en la barra trasera, pero han contratado a una tía para sustituir a Kyle y la muy idiota no tiene ni idea.
–¿Han despedido a Kyle? – pregunté, mientras ponía lima en los combinados.
–Sí. Vino esta noche desde Hampton Bays y cuando llegó le dijeron que se volviera a su casa. Teddy se está follando a una tía y ha contratado a su amiga, que es una hija de puta. – Elsie puso las copas en una bandeja y se metió entre la multitud.
Cada vez que despedían a algún barman o alguna camarera, se extendía por el Spark una epidemia de miedo. Los que quedábamos intentábamos dilucidar las razones exactas del despido, para que no nos echaran a nosotros también. Me imaginé que los portentosos dueños habían visto por las cámaras desde su casa a Kyle meterse rayas detrás de la barra. El caso es que con tantas caras que aparecían y desaparecían, al final me alegraba cuando veía a Elsie y a las otras chicas. Por lo menos a ellas las conocía.
Volví al trabajo, moviendo los brazos y la mente lo más deprisa posible.
Empecé preparando unos martinis de sandía para dos chicas «Lawn Gyuland», es decir, unas chicas de la orilla sur de Long Island, con marcado acento, las uñas muy largas de color rosa y el pelo cardado. Antes siquiera de que me diera tiempo a buscar el licor Pucker's Watermelon, vi a James y a Tom justo delante de mí.
–¡Hola, chicos! – exclamé, animándome de pronto y abandonando los cócteles un segundo para inclinarme sobre la barra y darle un beso a James-. ¡No sabía que ibais a venir!
–Pues mira. Hemos decidido pasar a tomar una copa rapidita. Pero no nos quedaremos mucho. Mañana me tengo que levantar temprano. He quedado para jugar al golf con unos compañeros del trabajo.
Yo hice un mohín exagerado mientras echaba el vodka al licor de sandía. El se echó a reír.
–¿Un Jack con cola? – pregunté sonriendo.
–Sí, muchas gracias. ¿Qué tal va la noche?
–Bien. Mucho ajetreo -le contesté, mirando a la masa de clientes.
–Sí, hoy está esto a reventar -dijo Tom.
–¿Qué tal la cena? – Mientras hablaba eché hielo en el cóctel de sandía y me puse a sacudirlo con energía.
–Muy bien.
–¿Dónde habéis ido? – pregunté, sirviendo los martinis a las chicas y cobrándolos.
–A Nick and Toni's -contestó Tom-. Estaba todo buenísimo.
–Oye… -James se inclinó sobre la barra.
–Dime. – Yo me incliné todavía más, de manera que nuestras nances casi se tocaban.
–Ya sé que estás muy liada, pero quería decirte que me he terminado tu guión esta tarde y me ha encantado. Es genial.
–¿De verdad? – El tiempo pareció detenerse y por un instante me olvidé por completo de que estaba detrás de una barra y delante de cientos de clientes impacientes. Desde que le pasé mi guión en el Finton's el miércoles anterior, estaba esperando en ascuas su contestación.
–De verdad. Me ha encantado.
–¿Sí? – insistí, poniéndome como un tomate.
–Sí. Es increíble. Ya hablaremos más tarde, pero pienso hacer unas cuantas llamadas a ver si lo podemos pasear por ahí un poco.
–¿Qué quieres decir? – Me daba escalofríos pensar en las posibilidades.
Me pregunté hasta dónde llegarían en realidad sus contactos en el mundo del cine, puesto que en todas nuestras conversaciones nunca habíamos llegado a hablar de detalles concretos. ¿Sería James capaz de lograr que me produjeran el guión?
–¿Es que aquí no atiende nadie? – gritó un hombre.
–Vuelve al trabajo. Ya hablaremos más tarde. Sólo quería decirte que el guión me ha encantado. – James se dio media vuelta y despareció con Tom
entre el gentío.
Yo me enfrenté a la furiosa muchedumbre con una sonrisa de orgullo. A lo mejor al cabo de unas semanas ya no tenía que volver a servir copas.
–Tres Ketel con soda, dos cubalibres de Jack, un martini sour apple, una copa de champán, cuatro Amstel Light…
Los clientes pedían a voces, pero lo único que yo oía era: «…Y el globo de oro al mejor guión es para… Cassie Ellis.»
–Por favor -pidió una voz, haciéndome bajar de nuevo a la tierra.
–¡Hola! ¿Qué tal? – pregunté con una amplia sonrisa, todavía intoxicada con las alabanzas de James.
–Pues muy bien, gracias. ¿Y tú? – Era un tipo con pinta de oso que llevaba una camisa de cuadros rojos y blancos arrugada y medio salida de unos pantalones caquis arrugados también. No era exactamente el tipo de cliente pulido habitual del Spark.
–¡De maravilla!
–¿Se pueden comprar botellas en la barra?
–Desde luego. ¿Qué te pongo?
–¿Tenéis Ketel One?
–¡Claro! – Me agaché junto a los estantes llenos de vodka y agarré una botella de Ketel sin dejar de bailar al ritmo del She Works Hardfor Her Money de Donna Summer. En el Spark los DJs rotaban constantemente, y éste estaba poniendo muchos de mis clásicos favoritos de los años setenta y ochenta-. ¡Aquí tienes! Son doscientos cincuenta dólares.
–Y para mí una Bud.
–Doscientos sesenta.
–¿Diez dólares por una Bud? – dijo él.
–Ya. Carísima. Pero en los Hampton ya se sabe.
El hombre se sacó del bolsillo un fajo de billetes y contó doscientos sesenta dólares. Luego me agarró la mano y me metió un billete de cien.
–Eso es para ti. Eres la primera persona que conozco en estos clubes que ha sido simpática conmigo antes de tener que gastarme cinco mil pavos.
–Gracias.
–Te voy a decir una cosa. El fin de semana pasado estuve en el Jet East y no me dejaron entrar en el club hasta que le dije al portero que estaba dispuesto a comprar varias botellas. Por fin me sentó en una mesa, y la camarera me estuvo tratando fatal hasta que pedí tres botellas de Cristal y
cuatro de Ketel. Entonces de pronto me convertí en el tío más popular del local. Se me echaron encima todas las camareras.
–El dinero es un imán-comenté, metiendo el billete de cien en el bote-.
Así son las cosas por aquí.
–Tienes toda la razón.
El hombre se marchó y yo me pregunté por qué tan poca gente conocía lo que a mí me parecía un secreto evidente: que una sonrisa y un poco de conversación pueden reportarte una propina enorme.
James volvió a acercarse a la barra y dejó su vaso vacío.
–Yo me marcho, Cass. ¿Quieres que venga luego a buscarte?
–No, no te preocupes. Duerme un poco. Seguro que Jake me lleva a casa. – Me quedé un poco sorprendida y molesta. Es verdad que me había dicho que no se quedaría mucho, pero no me imaginaba que se marcharía tan pronto. Atribuí mis sentimientos a la tensión premenstrual y esbocé una sonrisa, interpretando el papel de la novia superguay-. Ya nos veremos mañana.
–Desde luego. Te llamo por la mañana. – Y con otro rápido beso se marchó.
–¡Jake! ¡Chupitos!-grité.
–Ahora mismo. – Sin perder comba un instante Jake sacó el Patrón, sirvió dos copas y nos las pimplamos en cuestión de segundos.
El resto de la noche pasó muy deprisa. A eso de las cuatro menos cuarto, justo cuando íbamos a cerrar, se acercó a la barra una mujer que a duras penas podía mantener el equilibrio sobre sus tacones de veinte centímetros. Quería siete chupitos de Jagermeister.
–Ochenta y cuatro dólares -le dije cansada.
Ella me tiró cinco billetes de veinte.
–Quédate el cambio -replicó con voz pastosa.
Fui a meter el dinero en la caja cuando Jake masculló entre dientes:
–Mételo todo en el bote.
–¿Qué?
–Que lo metas en el bote -repitió él, que ya había comenzado con el ritual diario de limpiar el suelo, recoger los trapos de la barra y los vasos, las botellas, las copas, las pajas, las servilletas y el líquido derramado.
Sin cuestionar la autoridad de Jake, metí el dinero en el bote. A continuación me dio un ataque de paranoia grave. Evité mirar a las
ominosas y omnipresentes cámaras, temiendo que hubieran grabado mi robo y estuvieran en ese momento transmitiendo mi delito a los propietarios. Me dieron ganas de sacar ochenta y cuatro dólares del bote para marcarlos en la caja, pero pensé que todavía iba a parecer más sospechoso si las cámaras me pillaban rebuscando entre las propinas para luego meter dinero en el cajón. Luego me puse a pensar. Shalina, Teddy y por extensión los propietarios no se molestaban en absoluto por sus empleados y nos despedían o nos degradaban a voluntad. Luego me acordé de la paga de cincuenta dólares que nos habían dado el día de la fiesta del Cuatro de Julio, y se me desvaneció la culpa de golpe.
Agarré el bote de las propinas, el jersey de Yale de James y una Bud Light y me metí en el comedor para contar el dinero.
–Tu novio se ha marchado muy pronto hoy -comentó Jake mientras esperábamos las propinas de las camareras.
–Sí. Mañana tiene que levantarse muy temprano para ir a jugar al golf con gente de su trabajo -expliqué, antes de terminarme la Bud Light de un trago.
–Menudo pijo.
Yo no hice caso del comentario.
–¿Nos podrías llevar a casa a Annie y a mí?
–Claro. De todas formas igual me paso por el Talkhouse.
Cuando las camareras terminaron de cerrar, Annie y yo recogimos las cosas, nos hicimos con otras dos Bud Light y fuimos al coche de Jake.
–Creo que es el día que salimos más temprano -bostezó Annie-. Esta noche vamos a dormir y todo.
Jake asintió con un gruñido.
–Ya -dije yo-. Es increíble. Son sólo las seis. – Y pensé en lo absurdo que era que para nosotras «dormir por la noche» quería decir haber salido del trabajo antes de las siete de la mañana.
De camino a casa me dieron ganas de preguntarle a Jake cuántas veces metía el dinero de los clientes en el bote y no en la caja, pero al final me callé, pensando que seguramente los barman jamás hablaban de esas cosas.
No ver. No oír. No abrir la boca.
Cuando entramos en Main Street, en East Hampton, estaba amaneciendo y ya había gente en la calle paseando a sus perros o tomándose un café en The Golden Pear.
–No me puedo creer que ya haya gente levantada cuando nosotros no nos hemos acostado todavía-comentó Annie.
Yo miré la cerveza que tenía en la mano y me dieron náuseas. ¿Qué hacía bebiendo a las seis de la mañana?
Cuando llegamos a la Casa de los Animales, Annie y yo bajamos del coche.
–Vaya nochecita, ¿eh? – comenté mientras recorríamos el jardín tomadas del brazo.
–Como todas -suspiró ella.
–¡Ay! ¡Que se me había olvidado contarte lo de Teddy!
–¿Qué ha pasado?
–Pues que me lo encontré en el servicio de empleados y una tía le estaba haciendo una mamada -dije, esperando ver cuál era su reacción.
Annie se echó a reír.
–¡Me están robando las ideas!
–¿No te importa?
–¡Por favor, Cassie! Teddy es un auténtico pringado. Yo sólo quería pasar un buen rato con él.
En el porche nos encontramos a Travis, que estaba en una hamaca dándose el lote con una chica rubia que llevaba un vestido Lilly Pulitzer rosa y azul con la falda subida hasta los muslos. Sus zapatos, el bolso y el jersey estaban tirados junto a la silla. Travis tenía la camisa desabrochada.
–¡Buenos días! – saludó Annie con una risita.
–Ah… hola. – Travis se incorporó y se agitó incómodo.
–No os preocupéis por nosotras -dije. Abrí la puerta y entré en la casa.
Annie y yo nos echamos a reír.
–¿Has visto la cara que ha puesto? ¡Estaba muerto de vergüenza! –
exclamó Annie-. ¿Quién era la chica?
–Ni idea. No la conozco. No le he visto bien la cara.
Había un montón de gente tirada por el suelo del salón, durmiendo, casi todo el mundo en pareja, con pinta desaliñada y maltrecha.
–Pero ¿es que ha habido aquí una orgía? – saltó Annie al ver el envoltorio de un condón.
Desde allí se oían los inconfundibles jadeos de una pareja en el apogeo de un coito. Venían de las escaleras.
–Perdón -dijo Annie, pasando por encima de un cenutrio de melena de león y la chica que estaba con él. Yo respiré hondo y la seguí. La pareja no cejó en su desenfreno ni un momento, como si nosotras no existiéramos.
Armada con su habitual utensilio de cocina, Annie abrió la puerta.
–Estamos viviendo en un burdel -anuncié una vez que estuvimos a salvo en la habitación.
Annie se echó a reír y bostezó.
–El verano que viene, cuando me hayan dado el Oscar al mejor guión, me voy a comprar una casa de diez habitaciones en la playa, como la de James -declaré, tapándome hasta la cabeza-. Y nos vamos a partir de risa acordándonos de la Casa de los Animales y de la cantidad de veces que tuvimos que pasar por encima de las parejas que estaban follando en las escaleras.
Parecía que aquel ciclo no se iba a acabar nunca: me acostaba cuando amanecía, me levantaba al mediodía, iba a la playa, me tomaba unas copas y luego me iba a trabajar. Antes de darnos cuenta, Annie y yo estábamos de vuelta en el Spark, dispuestas a enfrentarnos a otra caótica noche de sábado.
–Hola -saludé al portero al entrar.
–¿Qué tal? ¿Cómo estás? – El tío colocó el cordón en su sitio, no fuera a ser que algún idiota pensara que podía entrar por la cara.
–Bien. Oye, quería pedirte un favor.
Me saqué un papel de la mochila. Travis y los demás llevaban todo el verano intentando entrar en el Spark, pero no había forma. Esa misma mañana Travis nos había dicho que quería impresionar a la chica con la que había empezado a salir, y Annie y yo le habíamos prometido utilizar nuestros contactos para apuntarlo a él y a los otros en la lista de invitados.
–No vengáis todos juntos -les advertí-. Venid de dos en dos como máximo. Y procurad traer chicas guapas, todas las que podáis. Si aparecéis en un grupo de tíos como hacéis en el Talkhouse, no os dejarán pasar ni de coña.
–Aquí tengo una lista de unos amigos -le expliqué al portero, dándole el papel-. ¿Podrías dejarlos entrar?
El miró la lista.
–Travis, Brian, Scout, Mike… son todo tíos. Venga ya.
–No, hay una chica en la lista.
Él se encogió de hombros.
–Ya sabes cómo va esto -dijo, devolviéndome el papel-. No podemos dejar pasar a un grupo de tíos a menos que vayan a sentarse a una mesa y a gastarse una pasta.
–Ya lo sé. Pero son mis compañeros de casa y no han estado aquí nunca.
Ponlos en la lista, anda. Sólo esta vez. Porfaaaaaa.
–A ver qué se puede hacer -aceptó de mala gana-. Pero no te prometo nada.
–Gracias.
Organicé la barra en un tiempo récord. Las puertas se abrieron a las diez y Jake aún no había llegado. Cuando estaba inspeccionando por última vez las cervezas, aparecieron en el local Martin Pritchard y Lily. Me quedé de piedra al verlos. Aparte de las ocasionales apariciones de Martin en el Finton's, no había vuelto a tratar con ninguno de ellos desde aquel primer fin de semana en los Hampton, hacía una eternidad.
–Hola -saludé.
Sabía muy bien cómo habían entrado. Lily era muy atractiva, con el tipo de belleza conservadora de las Perlas, y aunque Martin estaba viejo y cascado, seguro que había sobornado generosamente al portero.
–Hola, preciosa -bramó Martin, haciéndome una seña con su regordeta mano derecha para que le diera un beso. No me quedó más remedio que inclinarme sobre la barra y besarlo en la mejilla arrugada, conteniendo la respiración para evitar su olor acre y rancio-. Me alegro mucho de verte.
–Mucho -repitió Lily, sentada en un taburete con una postura tan tiesa y perfecta que podría haber tenido doce libros en equilibrio en la cabeza.
–Yo también me alegro -contesté-. ¿Qué tal estáis?
–Bien, bien. – Martin se frotó la prominente barriga-. Acabamos de cenar en el Della Femina.
–¿Y qué tal? Me han dicho que es el mejor restaurante de los Hampton.
–No te creas todo lo que te dicen-gruñó él-. Es mediocre, como mucho.
Yo me puse a limpiar las botellas de mi lado mientras Martin se quejaba de que su filete New York Strip estaba duro y correoso y la pasta de Lily demasiado cocida. Miré la cintura infinitesimal de Lily, imaginándome que después de comerse un solo linguini habría anunciado que estaba
«totalmente llena» y que sería «incapaz de comer ni un bocado más».
–¿Qué os pongo?
–Para mi un Ketel con tónica y para Lily un Ketel con soda -pidió Martin, dejando cincuenta dólares en la barra-. Y me parece que te tenemos que felicitar.
–¿Y eso? ¿Por qué? – No recordaba haber hecho nada excepcional últimamente, aparte tal vez de la medalla de oro que había ganado en
«marcha desenfrenada».
–Se dice por ahí que este verano estás triunfando -comentó Martin, saboreando su copa.
–Sí. El Spark es genial. Me lo estoy pasando muy bien, y gano mucho más dinero que en el Finton's.
–No estoy hablando del Spark, cariño. – Martin alzó sus hirsutas cejas con gesto sugerente.
Yo lo miré desconcertada.
–¿De qué estás hablando entonces?
–Me han contado por ahí que has cazado al soltero más buscado de toda la zona y los alrededores -contestó. Lily sonrió agitando su copa con la pajita.
Yo no supe qué decir, de manera que asentí, algo azorada. Me sentía más que vulnerable. Aunque en el fondo me alegraba saber que alguien del clan Edmonton había estado hablando de mí, haciendo así oficial nuestra relación, me torturaba pensar en Martin y James Edmonton II jugando al golf y comentando que James Edmonton III, heredero del trono y la fortuna familiar, se había liado con una desastrada camarera y no con una chica de la alta sociedad como era lo correcto.
–Tienes que estar muy orgullosa -prosiguió Martin-. Su padre dice que James suele salir siempre con modelos y actrices, pero que últimamente ha renunciado a ellas por estar contigo. Le has tenido que pegar fuerte. Bien hecho.
–Ya, bueno… -balbuceé, notando que la cara se me ponía de un alarmante tono escarlata. Esperaba que no se diera cuenta del brillo de resentimiento que había en mis ojos.
–Perdonadme un momento, por favor. Voy al cuartito -dijo Martin de pronto. Bajó del taburete y se encaminó hacia los servicios.
Lily tenía la mirada perdida. Se notaba que había bebido demasiado. La verdad es que no me apetecía nada tener que hablar con ella. Se bebió la
copa chupando delicadamente por la pajita roja y a continuación se levantó tambaleándose un poco y apoyó sus brazos de porcelana sobre la barra.
–Me encantaría tomar otra.
–Claro -contesté, cogiendo otro vaso de plástico.
–Plástico no, por favor. ¿No podrías ponerme uno de cristal?
–Muy bien. – Tiré el vaso a la basura y fui a ponerle uno de cristal.
–Gracias. – Lily se sacó del bolso Louis Vuitton una barra de labios de Chanel y se aplicó una capa de rojo. Con su piel pálida, la mirada perdida, el pelo castaño y los labios rojos parecía una Blancanieves atormentada.
Al cabo de un momento le puse delante otro Ketel con soda.
–Fabuloso -dijo, dando un largo sorbo.
Yo hice lo posible por parecer ocupada en la caja registradora, pero Lily no tardó en llamarme de nuevo.
–¡Cassie! – gritó, interrumpiendo mis reflexiones. Me estaba preguntando cómo y en qué circunstancias Martin se había enterado de lo mío con James.
–¿Sí?
–Ven aquí-pidió, apoyando todo el cuerpo sobre la barra-. Tengo que hablar contigo.
–¿Qué pasa?
–No te preocupes por lo que ha dicho Martin -comenzó, aclarando una idea por primera vez desde que llegó-. Siempre dice que una chica necesita un benefactor. Está contento de que hayas encontrado a alguien que pueda cuidar de ti.
–James no es mi benefactor, Lily. Es mi novio.
Ella sacó la pajita, se llevó el vaso a los labios y se bebió media copa de un trago.
–Ya sé lo que estás pensando -afirmó con voz pastosa.
–¿A qué te refieres?
–A Martin y a mí. Pero quiero que sepas que llevamos juntos casi dos años. ¿Lo sabías?
–Pues no, no lo sabía.
–El verano pasado rompimos durante un par de meses, y estuve saliendo con un hombre de Pacific Palisades, donde viven mis padres. Era muy bueno, pero a sus sesenta y pico de años todavía no tenía las cosas claras…
Yo no supe qué contestar, así que no dije nada. Por lo visto Martin no era el único amante que había tenido que le triplicaba la edad.
–Cassie-insistió ella-, ¿no lo entiendes? Eso es lo que me gusta de Martin. Que tiene las cosas claras, ¿sabes? – Tenía los ojos vidriosos e inexpresivos-. Es que estoy acostumbrada a un cierto estilo de vida, y no pienso renunciar a él.
En ese momento Martin volvió a la barra.
–¿Qué estáis tramando, chicas? – Se sentó y le puso la mano a Lily en el muslo.
Mientras se manoseaban el uno al otro yo pensé en todas las chicas de Nueva York que preferirían que alguien las mantuviera antes que intentar ganarse la vida por ellas mismas. Y en la legión de hombres maduros que estaban más que dispuestos a alzar sus manos arrugadas para ofrecerse voluntarios. En realidad no podía reprocharles a esas mujeres que prefirieran los Manolo Blahniks de Lily a mis gastados zapatos de camarera con las suelas siempre pringosas. A pesar de todo no me parecía un trueque muy equitativo.
Recordé la semana anterior en el Finton's, cuando atendí a Sal y Vinny, dos «colegas» de Baby Carmine. Sal era un tío agradable y callado, que venía al bar una vez al mes más o menos y bebía Amaretto Di Saronno con un hielo. Vinny era un cerdo chovinista que me miraba con lascivia cada vez que me agachaba para sacarle una Heineken de la nevera.
–Cariño, si sigues agachándote así, me voy a pasar la noche pidiendo Heineken -babeó, sacando un billete de cincuenta dólares de su billetero dorado con diamantes-. Esto es para ti. Tienes unas piernas de campeonato, preciosa.
Yo miré el billete preguntándome cuánto valía aquel dinero. Se había pasado la noche dándome grandes propinas, y aunque a mí me hubiera gustado reprocharle sus comentarios lascivos, me tuve que morder la lengua para aceptar su dinero. Pero una vez que el billete estaba en el bote, se producía un palpable cambio de poder. Me sentía como si le debiera algo, y él lo sabía.
–La tiras muy bien -me dijo con una amplia sonrisa cuando le serví una pinta de cerveza con mucha espuma. Y a continuación-: ¿Seis dólares por una caña? ¿Va incluida una mamada, cariño? – Él sabía, sólo por el hecho de que yo estaba detrás de la barra, que necesitaba dinero, y me estaba
poniendo a prueba para ver hasta dónde aguantaría con tal de seguir recibiendo propinas. Al final me tuve que tragar sus comentarios toda la noche. Pero siempre con una barra entre los dos, una cosa muy distinta a meterse en la cama con el hombre que ha pagado por tus servicios.
–Otro Ketel con tónica, guapa -pidió Martin, devolviéndome al presente. Agarré la botella de Ketel y le preparé deprisa la copa. El bar empezaba a llenarse y yo esperaba que una nueva oleada de clientes me diera la excusa para alejarme de Martin y Lily.
–Cassie y Jake, tengo que hablar con vosotros un momento -nos espetó Shalina.
Jake, que por fin había aparecido, se acercó a toda prisa.
–Acaba de llamarme la asistente personal de P. Diddy-explicó Shalina-.
Venía para aquí y estará a punto de llegar. A ver, aunque evidentemente se sentará en una mesa VIP, tal vez algunos de sus amigos prefieran pedir en la barra. Necesito que seáis de lo más amables con ellos. P. Diddy espera que lo traten como a un rey, y con el dinero que gasta tiene todo el derecho.
–Muy bien -dijo Jake.
Para mí aquello era de lo más emocionante. Había famosos y famosos.
Ya había visto a Carson Daly y Nick Carter unas cuantas veces y tampoco me habían impresionado tanto, pero P. Diddy era el rey de los triunfadores.
Una de las ventajas de estar en los Hampton era la posibilidad de ver a gente famosa, aunque solía estar tan liada detrás de la barra que se me pasaban todos por alto. Casi siempre se refugiaban en la sala VIP, lo cual quería decir que Annie se los tropezaba continuamente.
–Tendremos Hennessey de sobra en la barra. – Jake se volvió hacia mí-.
Lo único que piden es Cristal, thug's passion e incredible hulk.
–Cassie, cariño -me llamó de nuevo Martin.
–Perdona -me disculpé con Shalina antes de acercarme a Martin-. ¿Sí?
–Lily necesita otra copa.
Lily tenía toda la pinta de necesitar muchas cosas, pero no precisamente una copa. Le serví un combinado de Ketel One muy flojo.
–Dime, ¿te ha llevado ya James a la casa de su madre en Nantucket? –
preguntó Martin.
James ni siquiera había mencionado que tuviera madre. A mí me daba miedo preguntar por ella, puesto que él nunca sacaba el tema. Me imaginaba que ya saldría.
–No -contesté, forzando una sonrisa-. Todavía no.
–Pues dile que te lleve. Es increíble. En el acuerdo del divorcio el padre de James se quedó con la residencia de los Hampton y su madre con la de Nantucket. En mi opinión, Jim salió mejor parado, claro que tenía a Raoul Felder, el mejor especialista en divorcios de Manhattan.
La verborrea de Martin fue de pronto interrumpida por el pitido del acople de un micrófono. Luego una voz bramó:
–¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! Gente del Spark…
Yo alcé la cabeza de la cubitera de hielo a tiempo de ver entrar a unas cincuenta personas, encabezadas por el hombre que llevaba el micrófono.
–Soy Doug E. Fresh y voy a ser vuestro anfitrión esta noche. Que empiece la fiesta. ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!-gritó cuando Run DMC empezó a sonar a todo volumen en la cabina del pincha.
Cumpliendo con todos los estereotipos, la pedrería era cegadora. Era como si Jacob el Joyero, un magnate de los diamantes con base en Los Angeles que servía al mundillo del hip-hop, hubiera supervisado personalmente la colección de todos los llamativos accesorios que ahora pululaban por el bar.
Predominaban los enormes crucifijos de diamantes, seguidos por chillonas placas de diamantes con nombres como «Deebow», «Kid Funk» y
«T-Money». También vi un gigantesco signo de dólar, de oro, que titilaba cubierto de diamantes, y un emblema similar incrustado de piedras con la forma del logotipo de Cadillac. Todos y cada uno de aquellos tíos llevaban por lo menos cuatro pendientes de brillantes en las orejas, piedras preciosas que rivalizaban con las de los anillos de compromiso de algunas de las mujeres más adineradas de los Hampton. En todas las superficies se veían logotipos de marcas (Gucci, Fendi, Chanel, Prada, Hermés, Louis Vuitton y Sean Jean) y todos llevaban resplandecientes zapatillas deportivas blancas y sombreros. Un tío llevaba incluso un abrigo de visón hasta el suelo, a pesar de los treinta y dos grados de temperatura.
La voz de Doug E. Fresh improvisaba sobre el estruendo de la música, mientras que el resto de la multitud del Spark se abría como el mar rojo para dejarlos pasar. Formaban una procesión real, abriendo camino para su rey: P. Diddy. Apareció con sus sempiternas gafas Sean Jean incrustadas de diamantes que él mismo había diseñado, y escuchando su iPod también incrustado de diamantes, que según un programa que había visto yo en la
VHI, valía cien mil dólares. Por cómo lo observaban Shalina, Teddy e incluso Chris, nerviosos y maravillados, yo casi esperaba que alguno de ellos hiciera una genuflexión y le besara el gigantesco anillo de diamantes que relucía en su mano derecha como una bola de discoteca.
–Vamos todos a saludar al hombre del momento. ¡P. Diddy! ¡Ah! ¡Ah!
Oh yeah! – bramó Doug E. Fresh. Luego se puso a cantar Stunt 101 con los G. Unit, « The ice in my teeth keeps the Cristal cold…»
P. Diddy saludó a la muchedumbre con gesto ampuloso, absorbiendo el calor de su admiración. Martin, sin embargo, lo miraba con desdén.
–Estos matones están tomando los Hampton por asalto -masculló.
–Es horrible -convino Lily con su voz pastosa.
–Hemos intentado hacer algo al respecto, pero no hay manera de librarse de ellos. Por eso precisamente queremos establecer Dunehampton, en la sección de playa que va de Water Mili hasta East Hampton. Tenemos que preservar el carácter único de lo que eran los Hampton antes de que gente como ésta pudiera permitirse el lujo de venir. Cassie, ¿tú te has enterado de eso?
–No -contesté, pensando que, si fuera por Martin, los residentes de rancio abolengo de Dunehampton tendrían derecho a matar a tiros a la
«otra» gente que quisiera entrar, como matarían a un ciervo inoportuno en sus jardines delante de la playa.
–Uno de los concejales tuvo la cara dura de llamarlo «Richampton»
cuando rechazaron nuestra petición -prosiguió Martin-. Pero no nos vamos a rendir. Vamos a seguir luchando contra el Ayuntamiento hasta que nos dejen incorporarnos. Entonces tendremos derecho al voto. La cuestión es que a casi nadie le gusta que lo asalten con un micrófono a todo volumen y un comportamiento fuera de control. Hay que afrontar los hechos. Esta gente preferiría antes cubrirse de piedras brillantes que dar de comer a sus hijos. ¿Es ésta la gente que queremos en los Hampton?
Yo respiré hondo y me mordí la lengua, pero me dieron ganas de estrangularlo. El tío celebraba orgías en su casa y se consideraba superior sencillamente porque su dinero venía de antiguo. De hecho, Martin estaba tan jodido como cualquiera. Su hipocresía era tal que podría habérsela atado en torno al cuello para ahorcarse con ella.
–Perdón, señorita -me dijo un miembro del séquito de P. Diddy, interrumpiendo el sermón de Martin. Llevaba un jersey Kareem Abdul-
Jabbar, una gruesa cadena de oro con un símbolo de Mercedes Benz de diamantes y una gorra de béisbol con la frase «gangsta' tilt», torcida de manera que sólo se le veía uno de sus grandes ojos castaños.
–¿Sí?
–¿Se pueden comprar botellas de champán en la barra?
–Claro.
–¿Me das cuatro mágnum de Cristal?
Yo tuve que hacer un esfuerzo por no quedarme boquiabierta. Las mágnum de Cristal valían mil dólares cada una.
–Serán cuatro mil dólares -le dije.
Él se metió la mano en el bolsillo y sacó el fajo más gordo de billetes de cien que he visto en mi vida, recogido con una gomita. Contó cincuenta billetes.
–Ahí tienes. – Y me guiñó un ojo.
Yo hice un rápido cálculo. ¡Una propina de mil dólares! La mayor propina que había visto nunca. Por no mencionar que mi marca superaría definitivamente la de Jake, con una sola venta de cuatro mil dólares. Estaba deseando ver la reacción de Teddy a la hora de cerrar.
–¡Muchísimas gracias! – exclamé, mirando un instante a Martin, segura de que estaría despotricando contra las exhibiciones de dinero de los nuevos ricos. Pero por lo visto mi nueva clientela había sido demasiado para él.
Habían desaparecido los dos, aunque advertí que me habían dejado una propina de veinte dólares debajo del vaso vacío de Martin.
Saqué cuatro enormes cubos de champán de debajo de la barra, me los coloqué delante junto con una multitud de relucientes copas y los llené de hielo. Envolví varias servilletas de tela en torno al cuello de cada botella y fui a abrir la primera. Pero el cliente me la arrebató con una floritura.
–Ya lo hago yo. – Abrió con pericia el champán y llenó despacio la primera copa, sosteniéndola en ángulo. Luego sirvió otra y me la ofreció-.
Ésta es para ti. Salud -dijo, brindando conmigo.
El champán hizo espuma al chocar las copas y se derramó sobre la barra. Yo probé un sorbo, saboreando las delicadas burbujas. Jamás se me pasaría la emoción que me producía beber un champán que valía más que el alquiler de mi piso.
Pensé que las personalidades hip-hop de los Hampton eran un ejemplo perfecto de lo que significaba ser un nuevo rico. Muchos de ellos se habían
criado en la pobreza del gueto y ahora rezumaban pasta y Cristal. Miré a mi alrededor, advirtiendo todos los diamantes y la ropa de marca que llevaban, pensando que se envolvían en símbolos de riqueza para compensar sus humildes orígenes. Luego, acordándome de cuando me había probado el collar de perlas en Tiffany's, me di cuenta de que yo no era muy distinta. En cuanto tuve un poco de dinero, salí corriendo a las tiendas extravagantes de Main Street para envolverme en ropa y accesorios caros, intentando impresionar a James y a las Perlas. La diferencia estaba en que yo en realidad no me lo podía permitir. En los Hampton y en Nueva York era casi imposible no caer en la trampa del consumismo.
Me llovían los pedidos a derecha e izquierda, así que me puse en modo multifunción, bebiendo champán mientras agitaba unos cosmos para dos prostitutas, miembros de la comitiva de P. Diddy, que llevaban unos cubrepezones dorados relucientes y téjanos cortos Daisy Duke.
Al cabo de poco tiempo entraron en el bar James y su propia comitiva: Tom, Glen y las Perlas, como una parodia surrealista del grupo de P. Diddy.
A fin de cuentas, los bolsos Botkier y los conjuntos de Carolina Herrera que ostentaban los ricos y famosos eran equivalentes a los atuendos más ostentosos de P. Diddy y su gente. Un reloj de platino y diamantes de Cartier, o un reloj de trescientos mil dólares incrustado de piedras de Jacob el Joyero… ¿Cuál era la diferencia entre ellos, excepto el gusto? Bueno, y que, a diferencia de los raperos, la gente de abolengo no suele sentir la necesidad de mostrar logotipos ostentosos. Doug E. Fresh seguía bramando:
–¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
Yo sonreí, pensando que era muy divertido ver a Rosalind y sus amigos subir por las escaleras con la música de Biggie, que muy apropiadamente proclamaba: « Damn right I like the life I live 'cause I went from negative to positive…» «Nos ha jodido que me gusta mi vida, porque pasé de lo negativo a lo positivo…»
–¡Qué hay! – saludó James. Llevaba otro símbolo de categoría social: un perfecto bronceado dorado de un largo día en el campo de golf.
–¡Hola, cariño! – Me incliné sobre la barra para darle un beso-. ¿Os vais a quedar por aquí esta noche?
–No -suspiró James-. La hermana pequeña de Rosalind cumple veintiún años y tienen una mesa reservada arriba.
–Vale. ¡Pasadlo bien! – exclamé, intentando parecer positiva, pero sintiéndome algo celosa de que fueran a estar sentados junto a P. Diddy y su grupo. Unos minutos más tarde vi que Elsie les llevaba unas mágnum de Cristal.
Mi copa estaba vacía y necesitaba otro trago.
–Jake, ¿podemos beber champán?
–Pues claro que no -replicó él riéndose-. Pero tampoco podemos beber Patrón, así que da igual. Mientras no te pillen, haz lo que quieras.
–Ya lo sé. Pero seguro que tienen contadas las botellas de champán bueno, y no me apetece beber del malo -suspiré.
–Así que la Virgen María quiere robar una botella de Veuve, ¿es eso lo que me estás diciendo?
–¡No! – exclamé yo, mirando a mi alrededor por si Shalina o Teddy habían oído la acusación de Jake.
–Tranquila, tía. A mí me da igual. Nos partimos una botella. Trabajamos como bestias y nos lo merecemos.
–Vale. Pero ¿no se darán cuenta de que falta una botella cuando hagan inventario?
–Te sorprendería saberlo, chica. Esto lo administran fatal. No llevan la cuenta de nada.
Un momento después Jake y yo brindábamos con Veuve Cliquot, que habíamos disfrazado de «ginger ale» sirviéndolo en vasos de plástico.
–¡Por que hagamos una pasta esta noche! – gritó Jake.
Al cabo de una hora más o menos hubo un breve momento de calma entre el gentío que atestaba la barra, así que aproveché la ocasión para echar un vistazo a mi móvil. Tenía diez llamadas perdidas de Travis. No tuve ni que escuchar los mensajes: sabía que llamaba porque estaba en la puerta y los gorilas no lo dejaban pasar.
–Ahora mismo vuelvo -le dije a Jake.
Me abrí paso entre la gente hasta llegar al cordón de la puerta y escudriñe el gentío que luchaba por entrar, todos chillando que conocían a fulano o a mengano y que tenían que pasar. Travis y los chicos no estaban por ningún lado.
–Oye, ¿qué ha pasado con mis amigos? – le pregunté al portero, abriéndome paso como podía entre la muchedumbre que por fin había
recibido el codiciado brazalete de plástico indicativo de la admisión en el Spark.
–Mira, yo hice todo lo posible, pero Shalina estaba aquí y no quiso dejarlos pasar. Lo siento.
–Bueno, no es culpa tuya -suspiré.
Eché un último vistazo al gentío y vi al tío de la gorra de béisbol de Gucci que había comprado las cuatro mágnum de Cristal. Estaba delante del cordón, junto a una limusina blanca Humvee.
–¿Listos? – les preguntó a dos de sus amigos. Todos estaban sacudiendo las botellas de champán.
–Pero ¿qué hacen? – le pregunté al portero.
Antes de que él tuviera tiempo de contestar, los otros abrieron el champán con un fuerte estampido y con los pulgares en la boca de la botella se rociaron unos a otros con espuma de mil dólares, riéndose como locos y atrayendo una enorme multitud de admiradores. El champán salpicó la entrada y a los mirones, que estallaron en vítores cuando notaron la espuma en la cara y la ropa.
–¡Joder! – exclamé-. ¡Acaban de pagar miles de dólares por el champán y ahora se lo tiran por encima! – Estaba cubierta de burbujas y me eché a reír pensando que era lo más caro que había llevado nunca.
–En los Hampton ya se sabe -comentó el portero con una risita.
Cuando volví a la barra me serví una tercera copa de champán y me puse a preparar bebidas. Pronto se acabó el Veuve y yo estaba borracha.
Con la cabeza llena de burbujas me sentía sexy, chispeante y llena de vida.
Decidí que necesitaba ver a James de inmediato.
–Jake, ahora vuelvo.
Por lo general me habría dado miedo tomarme un descanso, pero esa noche, después de pasar cuatro mil dólares de champán, estaba segura de que me mantenía al nivel de Jake y la presión de «vender, vender, vender»
se había reducido de manera drástica. Me abrí paso por la pista de baile, atravesé el cordón de la sala VIP, subí las escaleras y entré en lo que muchos habrían considerado la escena social más privilegiada del mundo occidental. La imagen de P. Diddy y su séquito sentados junto a James y su pandilla era todo un estudio de antropología.
–Oye, ¿qué haces tú aquí arriba? – preguntó James cuando lo agarré del brazo para que se levantara.
–Ven conmigo -dije sonriendo y dedicándole mi sonrisa más sugerente.
Casi notaba las burbujas del champán bullendo en la zona libidinosa de mi cerebro y sabía que las seguiría sintiendo la mañana siguiente. Además, no me pude resistir a exhibir mi conquista: ese hombre tan guapo que bebía Cristal en la sala VIP era todo mío. Me consideraba guapa y atractiva, y una escritora de guiones brillante. Y a Rosalind y las chicas les podían dar mucha morcilla.
–¿Adonde vamos? – me preguntó.
–Hay un baño secreto -susurré, mirando alrededor como una espía. Lo llevé hasta el vestíbulo donde estaba la oficina, vacía en ese momento, y el servicio de los empleados. Cerré la puerta, lo empujé contra la pared, y agarrándole la cara con las manos lo besé. Luego comencé a desabrocharle la camisa, acariciándole el pecho con los labios.
–¡Eh! – resolló él-. Pero ¿qué te pasa?
Le estaba desabrochando el cinturón cuando Teddy irrumpió en el servicio.
–¡Joder! – chillé.
–Ah. Eh… lo siento, chicos. – Teddy se marchó y cerró la puerta.
Yo me volví hacia James, que estaba todo congestionado y con la camisa abierta.
–¿Quien era ése?
–Pues… mi jefe -contesté apocada. Se me había pasado la borrachera de golpe-. Me parece que tengo que volver al trabajo.
Me enderecé el top y le di un beso de despedida.
–Pues tendremos que seguir luego por donde lo hemos dejado -dijo él con una sonrisa sugerente, metiéndome el pelo detrás de la oreja. Yo todavía estaba un poco excitada cuando volvimos a la sala VIP.
Allí me tropecé con Teddy.
–Bueno, supongo que ahora estamos en paz -comentó él con una sonrisa irónica.
–Supongo. – Y pensé que en el extraño mundo de los bares era perfectamente permisible que te encontraran enrollándote con alguien en los servicios durante las horas de trabajo.
Eché un último vistazo en torno a la sala y casi di un brinco al ver a Elsie. Se había quitado el top y estaba sentada a horcajadas sobre P. Diddy mientras su séquito contemplaba la escena con aprobación. Llevaba sólo un
sujetador de encaje rosa transparente. Le había echado un brazo en torno al cuello y daba saltos en su regazo. P. Diddy miraba al gentío por encima de su hombro, con aspecto de no estar para nada interesado en ella.
–Pero ¿esto qué es, el Scores? – le pregunté a Teddy. Me refería al famoso club de striptease de Manhattan, conocido por su clientela de clase alta, como Howard Stern, por ejemplo.
–¿Qué quieres que te diga? – contestó él encogiéndose de hombros-.
Esas chicas se lo saben montar. Así es como sacan pasta.
Cuando volví a la barra Jake estaba rebuscando en el bote de las propinas.
–Joder, aquí hay una fortuna -comentó, con la vista fija en el fajo de billetes de cien dólares.
–Bueno, el tío que compró el Cristal me dio de propina mil dólares.
–Cassie, esto es la leche. – Jake casi se estremeció de placer-. Esta noche vamos a sacar una pasta. Mira, tú eres la única con la que yo comparto.
–¿Qué quieres decir?
–Pues que eres la única con la que comparto el dinero porque eres la única que se lo monta bien.
–Pero yo creía que había que repartir entre todos.
–Se supone, pero si alguien me da cien pavos no voy a meterlos en el bote para compartirlos con todo el mundo. Todo lo que pase de los veinte dólares me lo meto al bolsillo.
–Pues vaya mierda. Yo comparto todas las propinas. – Me estaba enfadando sólo con pensar lo que habría ganado si me hubiera quedado con las propinas más grandes.
–Oye, tú no compartirías todo el dinero con Kyle cuando currabas ahí atrás, ¿no?
Me puse colorada. Me sentía como una idiota.
–Pues sí.
Jake se echó a reír. No se lo podía creer.
–Pero ¿cómo podías compartir la pasta con aquel colgado?
–Porque es lo que hay que hacer -salté.
–A veces hay que romper las reglas un poco. Hay que mirar por uno mismo.
Me pasé el resto de la noche vigilando a Jake como un halcón, para ver si metía todas las propinas en el bote. Pero mi vigilancia me reveló más de lo que yo esperaba.
–Sesenta y cinco dólares, por favor -le dijo a un cliente.
El hombre le dio cuatro billetes de veinte.
–Quédate con el cambio.
Jake metió los ochenta dólares íntegros en el bote. No era de extrañar que siempre ganara más dinero cuando estaba con Jake. No sólo era el barman más rápido de los Hampton, sino que además era un ávido ladrón.
Más tarde un cliente le dio cien dólares y él se agachó fingiendo que se iba a atar los zapatos y se metió el dinero en el calcetín.
–Qué hay, guapísima -dijo James un poco más tarde de las cuatro, cuando los gorilas empezaban a echar a todo el mundo-. Voy a comer algo con esta gente en el Princess Diner de Southamp ton. Me paso luego a recogerte a las cinco y media.
–Vale. – Salí a darle un abrazo. Él me estrechó contra su pecho y me besó en el cuello.
–¿Te quedas esta noche en mi casa? – me preguntó.
–Desde luego.
Por lo visto, Teddy sabía lo que se hacía: los escarceos clandestinos en el servicio de empleados eran un perfecto aliciente. Aunque nos habíamos enrollado muchas veces en la playa al amanecer, todavía no nos habíamos acostado juntos ni yo había pasado una noche en su casa. No era que no quisiera dormir con él, pero, con el horario de locos que yo tenía, no era fácil encontrar tiempo para estar juntos. Y a decir verdad, como en el fondo era una romántica a la antigua, me gustaba que todo fuera poco a poco. Me gustaba que James me respetara. Sobre todo con la depravación y el descontrol que veía todos los días a mi alrededor.
–Nos vemos dentro de un rato -susurró James, besándome otra vez.
Yo recogí mi dinero, agarré una cerveza y me senté para ponerme a contar las propinas. Elsie, que por fin se había vuelto a vestir, iba hacia la salida detrás de un tío con una camisa de manga corta de color turquesa fuerte. Parecía Antonio Banderas en bajito.
–Te llamo esta semana -dijo Elsie. Luego se le subió encima de un salto, envolviéndolo con los brazos y las piernas y dándole un largo y apasionado beso en la boca-. ¿Me prometes que vendrás el fin de semana que viene? –